Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

DFW


No callar, Javier Cercas, p.651

Me limitaré a citar, a propósito de ella, unas palabras de David Foster Wallace, que fue el primer escritor posmoderno en hacer una crítica radical del posmodernismo, aunque a la postre fuera incapaz de emanciparse de él -y de ahí en parte su tragedia-; sus palabras datan de 1990, once años antes de Soldados de Salamina, y están escritas pensando en sus compatriotas y sobre todo, sospecho, en sí mismo, pero me gusta pensar que algunas de ellas valen también para esta novela, o al menos para la conclusión de esta novela:

Los próximos rebeldes literarios verdaderos de este país podrían muy bien surgir como una extraña banda de antirrebeldes, mirones natos que, de alguna forma, se atrevan a retirarse de la mirada irónica, que realmente tengan el descaro infantil de promover y ejecutar principios carentes de dobles sentidos. Que traten de los viejos problemas  y emociones pasados de moda de la vida americana con reverencia y convicción. Que se abstengan de la autoconciencia y el tedio sofisticado. Por supuesto, estos antirrebeldes quedarían pasados de moda antes de empezar. Muertos en la página. Demasiado sinceros. Claramente reprimidos. Anticuados, retrógrados, ingenuos, anacrónicos. Quizá se trate de eso. Quizá esa es la razón de que vayan a ser los próximos rebeldes verdaderos. Los rebeldes verdaderos, por lo que yo sé, se arriesgan a ser desaprobados. Los viejos rebeldes posmodernos se expusieron a los chillidos de asco: al horror, al disgusto, al escándalo, la censura, las acusaciones de socialismo, anarquismo y nihilismo. Los riesgos actuales son distintos. Los nuevos rebeldes pueden ser artistas que se expongan al bostezo, a los ojos en blanco, a la sonrisita de suficiencia, al golpecito en las costillas, a la parodia de los ironistas y al «Oh, qué banal». A las acusaciones de sentimentalismo y melodrama. De exceso de credulidad. De blandura

He dicho que para Soldados de Salamina solo valen, o me gustaría que valiesen, algunas de estas palabras; añado que, si se retiran las alusiones a la ironía, los dobles sentidos y la autoconciencia, ojalá valgan todas.


HÉCUBA


Las troyanas de Eurípides

Tiembla la tierra, tiembla toda la ciudad al desplomarse. Tiembla mi cuerpo. Algo dentro de mí también se deshace. Siento por la sangre un rumor de ceniza. Abandono mi casa. Voy a vivir en la esclavitud, en el destierro. Troya, dejo ya tus bosques, los perros desvelados, la tierra que cuida de mis muertos. ¿Dónde amaneceré mañana? ¿Adónde iré? Qiizá el mar sea más seguro que esta tierra. Prosigue, Hécuba, ahora estás sola. Te abrasarás las palmas de las manos bajo los trenes, bajo los vagones. ¿Qué extraños palparán tu cuerpo desnudo, buscando qué? Dormirás en estaciones, en los campos embarrados, tú y todas las Hécubas de la tierra: las bocas sin palabras, los cuerpos perseguidos, los vientres castigados. Poco a poco tu idioma se convertirá en una cicatriz en tu lengua. Todas las palabras con las que nombraste por primera vez la vida -«madre, luz, agua»- te dolerán como pinchazos. Querrás hablar. Pero tu boca se llenará de arena. De noche, tras las alambradas, te despertará el mismo sueño. Una y otra vez, una y otra vez. Soportarás las miradas y sus palabras: ¿de dónde vienen?, ¿qué hacen aquí?, ¡traen la guerra en sus entrañas!, ¿los has visto? Apártate de ellos. Como a un fantasma avergonzado te despertará la luz y no será la luz. Pero aguantarás, en pie, desdichada Hécuba, como todas las Hécubas del mundo: detrás de las alambradas, en las barcas que el oleaje quiera tragar, en los campamentos de invierno; aguantarás, porque Troya está en ti y mientras tú vivas Troya seguirá viva; aguantarás y no habrá tiempo, ni fuego, ni mentira que la derrumbe; aguantarás, Hécuba, para que el silencio no siga al crimen, para que la última palabra no sea de ellos, para que no se queden con toda la luz de este mundo.


INCIPIT 1.482. KAFKA NO QUIERE MORIR / LAURENT SEKSIK


Kierling, 4 de junio de 1924

Nos, el doctor Hugo Hoffmann, médico diplomado de la Facultad de Viena, administrador del sanatorio de Kierling, certificamos, en conformidad con el artículo 29 del reglamento interno de dicho sanatorio, la siguiente declaración y damos fe de su autenticidad.

(Nota a la atención de la secretaría: envíese un historial clínico por partida doble al profesor Pick, en Praga, y al doctor Siegfried Liiwy, médico de cabecera y tío del paciente.)

Ayer, 3 de junio de 1924, certificamos el fallecimiento del paciente Franz Kafka, nacido el 3 de julio de 1883 en Praga, de Hermann y Julie Kafka, de profesión doctor en Derecho, residente en el domicilio familiar, empleado en la sede central del Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia en Praga, en excedencia de sus funciones.


INCIPIT 1.481. FIGURAS CON PAISAJE / FRANCISCO RICO


Introducción

No quisiera que nadie se llamara al engaño de conjeturar, ni por un segundo, que los tres ensayos reunidos aquí pertenecen al campo de la iconografía, iconología o cualquier otra disciplina de recibo en las facultades y en los departamentos de Arte. No es el caso. Son, lisa y llanamente, esbozos de historia de la literatura, concebida, eso sí, en los únicos términos que me han resultado sugestivos. E interesantes desde que empecé a hacer un cierto uso de la poca o mediana razón que Dios me había dado: historia de la literatura, concebida, pues, no como conocimiento autónomo y suficiente, sino como dominio privilegiado -por gustoso en sí mismo y por abierto a infinidad de otros- en una historia cabal de la cultura y aun de la vida.

Esa historia cabal, justa y cumplida, es, naturalmente, una utopía, pero también un horizonte irrenunciable. Un texto digno de aprecio está siempre en una relación más o menos estrecha y más o menos perceptible con los demás elementos del conjunto histórico en que en cada momento se inserta; y supone, en especial, el diálogo de unas formas y unos sentidos originarios con una cambiante sucesión de interlocutores, desde los más cercanos -con el autor al frente- hasta los más remotos. La tarea del historiador consiste en establecer las vías de esa relación y las peculiaridades de ese diálogo, a conciencia de que tiene en las manos la tela de Penélope, porque cada punto de conexión que le permita ampliar la trama de hilos entre el texto singular y la totalidad del contexto le obligará asimismo a reajustar la comprensión del uno y del otro.


Kenzaburo Oé


No callar, Javier Cercas, p. 574

Me parece exactísimo: la cuestión no radica en ejercer la autoridad sobre un niño -esto sabe hacerlo hasta un imbécil-, sino en ejercerla después de identificarnos imaginativamente con él, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como él lo ve, y de hacerlo todo ello en función de sus necesidades y no de las nuestras; esa es sin duda una operación dificil, pero también una forma de que la paternidad se parezca un poco a lo que era para Kafka, que nunca tuvo un hijo: «Lo máximo a que, a mi parecer, puede aspirar una persona». No todo el mundo tiene es capacidad de empatía, sin embargo, o no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo. En 1966 el dramaturgo Arthur Miller tuvo un hijo con síndrome de Down; recién cumplidos los cincuenta y un años, Míller juzgó que aquel hijo, de nombre Daniel desbarataba su proyecto vital, y a los cuatro días de su nacimiento lo ingresó en un orfanato, lo borró de su vida y no volvió a ver hasta que veintinueve años más tarde, al terminar un acto público en el que él acababa de hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, su hijo abandonado subió al escenario, le dijo quién era y lo abrazó. La historia de Miller es conocida no menos conocida es una historia opuesta. Tres años antes de que naciera el hijo deficiente de Miller, nacía el hijo deficiente del novelista Kenzaburo Oé; se llamaba Hiraki y era hidrocefálico y autista y los médicos aconsejaron al padre dejarlo morir. Por entonces Oé acababa de cumplir veintiocho años y tenía una vida y una carrera literaria prometedoras por delante, pero no aceptó la sentencia de los médicos, y, tras una operación, su hijo siguió viviendo. A partir de aquel momento Oé dedicó exclusivamente su vida a cuidar a su hijo y sus obras a tratar de entenderlo (y a tratar de entenderse a sí mismo a través de su hijo); a este doble empeño se debe quizá que Hiraki Oé sea ahora mismo un reconocido compositor musical y se debe sin duda que Kenzaburo Oé sea uno de los grandes narradores vivos porque muchos de sus libros -entre ellos obras maestras como Una cuestión personal o como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura- constituyen un salvaje esfuerzo moral por asumir su responsabilidad en el destino de su hijo y un esfuerzo imaginativo asombrosamente logrado por ponerse en la piel de su hijo.


BORGES


No callar, Javier Cercas, p. 528

Pocos relatos ilustran el usus scribendi y el pensamiento borgiano con tanta elocuencia como «Tema del traidor y del héroe». Borges narra en él la historia sintetizada y conjetural de Fergus Kílpatric, romántico héroe frustrado de la frustrada independencia decimonónica irlandesa, muerto a principios de siglo justo antes de encabezauna rebelión contra los ingleses, pero sobre todo narra la historia paralela y subsidiaria de su bisnieto Ryan, que cíen años después proyecta una biografía de su antepasado e indaga en las extrañas circunstancias de su muerte. Esa indagación, esa búsqueda, constituye el hilo conductor del relato, y de ahí su diseño de relato policíal; o más bien de relato policía! que se transmuta en relato antipolicial: porque, a diferencia de lo que ocurre en el relato policial clásico, en «Tema del traidor y del héroe» el enigma, o por lo menos el enigma culminante, no se resuelve. En este aspecto «Tema del traidor y del héroe» vuelve a conectar con «El acercamiento a Almotásim» (y, por ahí, con otros textos de Borges). Este relato inaugural refiere, como se recordará, la historia de un estudiante de Bombay que busca a un hombre llamado Almotásim; después de largos años e innumerables peripecias, el estudiante lo encuentra o cree encontrarlo en una casa, detrás de una cortina, pero el relato concluye justo cuando el estudiante descorre la cortina y avanza hacia Almotásím, de forma que la respuesta a la pregunta del relato (¿quién es Almotásim y por qué lo busca el estudiante?) acaba siendo que no hay respuesta; o si se prefiere: acaba siendo la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio relato; es decir: acaba siendo una respuesta ambigua, equívoca, poliédrica y contradictoria, esencialmente irónica.

Fotograma de La estrategia de la araña


El problema de Lanzmann


No callar, Javier Cercas, p. 500

Como muestran sus memorias, Lanzmann es un personaje de una vanidad indescriptible, capaz de afirmar sin morirse de vergüenza que Shoah es un filme insuperable, o que no es un filme sino un monumento; en suma: Lanzmann debería legar su ego a Oxford para que los sabios lo estudien. Que este hombre sea el responsable de las diez horas prodigiosas de humildad y respeto por la verdad del Holocausto que integran Shoah constituye uno de esos misterios paradójicos en los que abunda la historia del arte; que tantos críticos y académicos hayan acatado sin rechistar los delirios de su egolatría constituye un misterio sin más. Porque lo cierto es que, aunque sea un acontecimiento monstruoso, el Holocausto no es un acontecimiento excepcional, casi sagrado: es un acontecimiento humano, histórico, y como tal susceptible de ser representado por el cine. Puede hacerse bien o mal: uno puede abominar, como Lanzmann, del sentimentalismo edulcorado y demagógico de La lista de Schindler o de La vida es bella (aunque a Imre Kertész, que a diferencia de Lanzmann estuvo recluido en Auschwitz, la película de Benigni le gustó); pero eso no significa que no pueda hacerse. Nemes demuestra que puede hacerse, y además muy bien. ¿Cómo? Explotando a fondo una de las verdades centrales del cine ( o de la novela): la verdad de la elipsis, según la cual todo el arte narrativo consiste en saber callar a tiempo, en comprender que un silencio vale más que mil palabras y que cuanto menos dices o muestras de algo, mejor puedes representarlo. Es lo que hace El hijo de Saúl. La película cuenta la historia de un miembro de un sonderkommando -un deportado judío elegido por su fortaleza física para mantener en funcionamiento la industria de la muerte de las cámaras de gas- y la cuenta ateniéndose al punto de vista estricto del protagonista; esto significa que el espectador percibe solo lo que el protagonista puede percibir y que es él quien reconstruye el espanto de Auschwitz a partir de fragmentos inconexos: cuerpos desnudos, sangre, gritos, disparos. Así, el horror no se presenta de forma directa, sino indirecta; así, el Holocausto no ocurre en la pantalla, sino en la imaginación del espectador.


INCIPIT 1.480. VIDA DE GUASTAVINO Y GUASTAVINO / ANDRES BARBA


NOTA

Se puede decir de la biografía lo que decía Borges del barroco: que es un género que agota sus posibilidades y por eso linda con la caricatura. Habría que añadir  que su credibilidad no está menos en entredicho. Con el mismo puñado de datos fragmentarios y el pertinente aparato retórico, podrían hacerse múltiples biografías opuestas, todas ellas verosímiles. El biógrafo es siempre un exégeta por su obligación de interpretar lo que admite muchos significados posibles, pero también -y sobre todo- por la de darle a la vida una forma y un sentido que casi nunca tuvieron. Solo una sociedad que nos hace confundir información con sabiduría es capaz de olvidar ese aspecto tan elemental de la narración histórica: el de que no importa cuán documentado esté un texto, toda biografía es inevitablemente una ficción. Puede que este libro sea solo una mentira con respecto a la vida real de Rafael Guastavino (si es que existe tal cosa). Me gustaría, en cualquier caso, que esa mentira mereciera ser verdad.

A.B.


INCIPIT 1.479. CICATRIZ / SARA MESA


0. CICATRIZ

Ahí está, dice él. Señala el edificio más alto de la avenida, un bloque de dieciséis plantas viejo y rojizo, con desproporcionados alerones y pequeñas ventanas que espejean bajo el sol.

Se detienen en la acera de enfrente y alzan la cabeza para mirarlo.

Junto a las señales del abandono -cristales rotos, persianas descabalgadas, antiguos anuncios de alquiler-, se distinguen carteles de oficinas aún en funcionamiento: un bufete de abogados, dos auditorías, dos asesorías fiscales, una academia de idiomas.

Como te dije. Está casi vacío, murmura. Ella asiente en silencio. Cruzan la calle.

El interior es oscuro y está recalentado. En el vestíbulo flota una especie de polvo en suspensión que les hace carraspear. El color del enlosado palidece en el centro, donde debido al uso ha perdido el brillo. Tras su mostrador de madera, el portero no les pregunta adónde se dirigen. Los observa inmutable, masculla un saludo y enseguida vuelve a bajar los ojos hacia un folleto de publicidad que escruta con detalle.


-KAFKA, Franz, 1883-1926:


Kafka no quiere morir, Laurent Seksik, p. 298

-KAFKA, Franz, 1883-1926: representante prominente del grupo pragués de escritores alemanes (Max Brod, Gustav Meyrink, etc.)».

-Perdone -dijo ella con voz dubitativa-, pero Franz murió en 1924.

Él le echó una mirada fulminante y exclamó:

- ¿Quién eres tú para poner en duda las afirmaciones de la Enciclopedia literaria de la Academia de Ciencias de la URSS? ¿Crees saber más que un académico soviético? Si pone que Kafka murió en el 26, es que murió en el 26. Lo demás solo es revisionismo burgués. Y en adelante, no me interrumpas, te lo ruego. Prosigo: «Kafka escribió tres tomos de novelas y de relatos; los más notables, algunos de ellos inacabados, solo vieron la luz después de su muerte (bajo la dirección de Max Brod).

A las primeras obras de Kafka pertenece La metamorfosis, cuyo héroe es un hombre infinitamente solitario. Posteriormente, Kafka planteará el problema de la soledad de manera más concreta. Así, en El proceso, la soledad del héroe está determinada por su situación de acusado, en El castillo, por el hecho de que es un extranjero, y, en fin, en la novela América, por el hecho de que es un adolescente sin experiencia abandonado a su suerte en las difíciles condiciones de vida propias de la América contemporánea.

La oposición entre el hombre solitario y el mundo que lo rodea está presentada por Kafka de tal forma que el hombre solitario cede a la presión del medio.

La negación pesimista de la realidad en Kafka aparece sobre todo en el hecho de que la personalidad más capaz perece y de que el entorno pequeñoburgués, limitado y obtuso, triunfa.

Se puede considerar a Kafka como el portavoz de la psicoideología de una clase decadente o, por decirlo con mayor precisión, de un estrato social que entra en colisión contra su propia clase. Es un representante de la intelectualidad pequeñoburguesa

DORA


Kafka no quiere morir, Laurent Seksik, p. 270

-Mi primera pregunta, camarada Dora LaskDiamant, es sobre tu primer compañero -expuso Yuri a modo de introducción-. Me gustaría saber por qué, según tú, Franz Kafka no está traducido al ruso. ¿Por qué Kafka no está traducido al ruso y en cambio lo está en numerosos países? ¿Crees que nuestra lengua quizá no esté a la altura de sus textos, que no pueda captar la sutileza de su pensamiento? ¿Es posible que a toda la Nomenklatura entera se le haya pasado por alto la obra de tu marido? Algunos artículos que están en mi poder hablan de profeta visionario, otros de novelista de la Salvación, otros de novelista de la Gracia, de novelista de la Angustia, de novelista del Absurdo.¡Algunos incluso se atreven a compararlo con Dostoievski! ¡Dime la verdad! ¿En qué lado están sus personajes, en el del Bien o en el de la contrarrevolución? ¿Cómo tratan sus novelas a la clase trabajadora? ¿Calumnia Kafka la Revolución de Octubre o la celebra como debe ser? ¿Evoca al campesinado koljosiano? ¿Es tu Kafka un reaccionario sin patria, un escritor ajeno al proletariado, un kerenskista, un menchevique? ¿Ha ensalzado la grandeza del pueblo soviético y la mansedumbre de su líder? ¿Es el nihilista que asegura ser? ¿Su obra exalta la figura de Stalin, esperanza de todos los pueblos y luminaria de nuestras vidas? ¿O, por el contrario, se pone del lado de esos perros rabiosos trotskistas, del lado de los kulaks y los blancos? ¿Cuál es el sentido oculto de su obra? Nada tiene que quedar en la oscuridad, ya lo sabes. Dime si Kafka mantiene algún nexo con la literatura realista socialista.


EINSTEIN Y KAFKA


Kafka no quiere morir, Laurent Seksik, p. 270

-¿Se lo quieres pedir a Dios?

-Casi ... ¡A Einstein!

Ella se echa a reír, aunque sabe muy bien que, desde Princeton, donde ha encontrado refugio, Einstein tiene fama de responder a todas las solicitudes de petición de asilo que provengan de Alemania. Provee de recomendaciones firmadas de su puño y letra a diestro y siniestro, esos «afidávits » que la administración norteamericana exige para entrar en su suelo o permanecer en él. Se está convirtiendo en el Moisés de los judíos alemanes, al posibilitar que crucen el océano. Pero, ay, la misericordia del secretario de Estado norteamericano, el temible Cordel! Hull, tiene un límite. Y en materia de salvación de judíos, ese límite hace tiempo que ya se superó.

-¿Qué quieres decirle a Einstein?

El físico fue profesor antes de la guerra en la Universidad de Praga, donde Robert estudió quince años más tarde. Esto podría crear un vínculo. Aunque sobre todo quiere evocar a Kafka. En Praga, Einstein frecuentaba la casa de Berta Fanta, aquel salón literario del que Franz hablaba a menudo, donde incluso llegó a hacer alguna lectura. Tal vez los dos genios se cruzaron allí. Tal vez, en la misma velada, Kafka leyó extractos de La condena y Einstein tocó el violín. Pero su intención es contarle a Einstein que él es uno de los especialistas alemanes del tratamiento quirúrgico de la tuberculosis y que puede poner su saber, sus conocimientos y las técnicas operatorias desarrolladas en el hospital de la Charité al servicio de Estados Unidos.


K.


Kafka no quiere morir, Laurent Seksik, p.88

ontempla el cuerpo echado ante él, el rostro donde las sombras dibujan grietas profundas. El alma de Kafka no tardará en abandonar ese cuerpo. O, mejor dicho, no hay ningún alma que retener, ni antes ni después, la vida es una estación inmensa y desolada en la que se cruzan unos seres humanos movidos por esperanzas insensatas, que no hacen más que esperar trenes que no llegarán jamás. Nada acompaña, nada precede, nada prolonga el murmullo de nuestras almas atormentadas, de nuestros amores y nuestras penas, nadie aclarará jamás los misterios de nuestras vidas, nuestro insolente deseo y nuestras hechizadas memorias, nadie escucha nuestras plegarias, nadie puede redimir nuestras faltas. Eres polvo y al polvo volverás.


iQUÉ NECESITA UNO PARA SER FELIZ?


Ensayo general, Milena Busquets, p. 73

Ser feliz no es tan difícil, no hacen falta tantas cosas, no son necesarias tantas personas, ni tanto éxito, ni tantos viajes, ni tantos libros. Yo creo que, en las épocas buenas, soy feliz al menos una vez al día, incluso más. No hace falta desear que el tiempo se detenga o ver el Partenón o que sea verano y estar bañándote en el Mediterráneo. No hace falta estar delgadísimo ni tener una casa enorme. No es necesario comprar una chaqueta de tweed, un vestido por duplicado o el vigésimo par de vaqueros casi idénticos a los que uno ya tiene. Tampoco hace falta escribir dos páginas buenas al día porque sabes que eso es imposible y que si pudieses pedir algo imposible pedirías cenar con tu madre una vez más. No hace falta tener grandes amigos, es suficiente con tener cerca a algunas personas a las que respetes y admires o con las que hayas compartido una parte de tu juventud, a alguien que te haya tendido la mano en un momento crítico o que se la haya tendido a otro ser humano.


INCIPT 1.478. CARA DE PAN / SARA MESA


La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo. La niña está apoyada en el tronco del árbol, leyendo una revista, cuando oye sus pasos acercándose, el chasquido de las hojas secas al quebrarse, y después lo ve, de pie delante de ella, quizá un poco turbado pero no sorprendido por encontrarla allí, oculta tras los setos. El viejo pide perdón -¡no quise asustarte!, dice- y después le pregunta qué está leyendo, pero entre una cosa y otra -entre la disculpa y la pregunta- a la niña le da tiempo a reaccionar. Esto, responde mostrándole la revista, una revista para chicas. Quizá así -piensa ella-, al ver esa revista que obviamente no es para niñas, creerá que es mayor de lo que es y evitará la temida pregunta -qué haces aquí, a estas horas-, aunque lo cierto es que el viejo se limita a sonreír y a mirar la revista, vacilante. Al principio parece que va a cogerla -sus dedos dudan, se estiran en su dirección-, pero el gesto se deshace y la mano cae a un lado, como muerta.


INCIPIT 1.477. MAMUT / EVA BALTASAR


El día que iba a preñarme, cumplía veinticuatro años y organicé una fiesta de cumpleaños que, en realidad, era una fiesta de fecundación encubierta. Algunos compañeros de piso me ayudaron. Llamaron a amigos y conocidos. Mis amigos podían traer a sus conocidos. Necesitaba gente; cuanta más, mejor. Reunir a una multitud, a ese hormiguero donde los gestos épicos pasan desapercibidos. Quería ser madre soltera, que ningún padre me reclamase nunca su parte. Era abril y la primavera estallaba en los ventanales con la inmensa vaharada de vida en suspensión. Esa desmesurada da luz me hacía sentir fértil, la tragaba como una medicina, creía en ella, en su función preparatoria para convertir mi vientre en una capilla. Después del almuerzo, me tumbaba en el sofá-cama de mi habitación, apoyaba la cabeza contra los cristales que daban al zoológico y me entregaba a esa fosforescencia que transformaba mi piel en oro, los pelos de mi brazo en espiga pura, mis piernas en disolutos y laxos apéndices. Me masturbaba al sol deseando un hijo. Me dormía acunada por chillidos de aves enjauladas y despertaba al atardecer


LUNA


Cuchillo, Salman Rushdie, p. 21

En mí novela Ciudad Victoria los primeros reyes del imperio indio de Bisnaga aseguran ser descendientes del dios Luna y, en consecuencia, formar parte de la llamada «estirpe lunar», entre cuyos miembros se cuentan Krishna y el poderoso guerrero Arjuna del Mahabharata. A mí me gustaba la idea de que, en lugar de que simples terráqueos hubieran viajado a nuestro satélite en una nave curiosamente bautizada con el nombre del dios sol Apolo, hubieran sido divinidades lunares las que descendieran al planeta Tierra. Estuve un rato allÍ de pie, al claro de luna, y pensé en asuntos lunares. Por ejemplo, en la anécdota apócrifa de Neil Armstrong al poner el pie en la luna y decir por la bajo: «Buena suerte, señor Gorsky», porque, según parece, siendo apenas un muchacho en su Ohio natal, oyó discutir al matrimonio Gorsky por el deseo del señor G de que le hicieran una felación. La señora Gorsky, se dice, le respondió: «Pues tendrás que esperar a que el chico de al lado llegue a la luna». La anécdota, lamentablemente, no era verídica, pero mí amiga Allegra Huston había hecho una divertida película sobre el particular.

Pensé también en «La distancia hasta la luna», un relato de !talo Calvino perteneciente a Cosmicomics, acerca de una época en que el satélite estaba mucho más cercano a la Tierra que ahora y los enamorados podían alcanzarlo de un salto para sus citas lunares.

Y pensé en Billy Boy, de Tex Avery, los dibujos animados donde el pequeño macho cabrío se come la luna.

Mi cabeza funciona así, por libre asociación.


JAVIER MARIAS


Ensayo general, Milena Busquets, p. 72

Yo tenía una amistad pendiente con Marías. Durante meses o quizá años no podré escuchar su nombre sin sentir una punzada de dolor y de incredulidad en el corazón, sin pensar que murió demasiado pronto; sé que no soy la única. Entre susurros y sin hacer grandes dramas, sus hordas de lectores le echan de menos como se echa de menos a un amigo -a alguien que te hizo feliz y que supo a ratos alejar la soledad y el miedo, a alguien que cumplió con el destino de todos: hacer que el mundo fuese un lugar un poco mejor-, hablan de él y, sobre todo, le siguen leyendo. Seguro que Javier Marías sabía que era el mejor escritor de España, espero que supiera también que además (a pesar de ser un gruñón y de tener tal vez la polla un poco vieja, como correspondería a un hombre de su edad) era el más querido.


EL GRAN TEATRO DEL LICEO


Ensayo general, Milena Busquets, p. 45

He vuelto a ir al Liceo. De niña me llevaban a las representaciones de ballet. Mi madre reservaba uno de los palcos de platea y lo llenaba de amigos. Cada palco tenía su antepalco, un salón pequeño como un camarote de barco donde dejábamos nuestras cosas, comíamos canapés y charlábamos durante el entreacto. Me pregunto si alguna vez alguien los utilizó para hacer el amor mientras la música sonaba fuera, los cantantes respiraban profundamente y abrían los brazos y las bailarinas demostraban que incluso frente a la desgracia más absoluta se podía ser grácil y etéreo. Seguro que sí, todos tenemos una imaginación bastante parecida y una imaginación calenturienta bastante parecida también, tal vez incluso fuesen construidos especialmente para eso, para follar. Los quitaron hace años, claro. Ya no se suele reservar un palco entero para toda la temporada, los asientos se venden de forma individual, como los del resto del teatro, no hay ningún sitio para besarse, ni para fumar, ni para echar una cabezadita si estás cansado, ni para pensar a solas (el pensamiento se ha vuelto muy aburrido porque ya casi nunca pensamos a solas, lo hacemos en grupo, como un rebaño de vacas gordas y satisfechas, la promiscuidad del pensamiento cuando el pensamiento debería ser como una monja de clausura, sola delante de un muro, puro, duro, brillante, no promiscuo, bastardo, mugriento y perezoso).

Y un día, diez años más tarde, mi madre me llamó por teléfono desconsolada porque el Liceo acababa de arder.


CENTRAL PARK


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 322

Al completarse Central Park en 1873, el valor de las propiedades al norte de la calle Cincuenta y nueve se multiplicó un doscientos por cien. Entre las décadas de los sesenta y los ochenta del siglo XIX, la población de Manhattan pasó de unas ochocientas mil personas a más de un millón, gracias en buena medida a la afluencia de inmigrantes. Muchos de ellos formaron parte del cuerpo de veinte mil trabajadores del parque que aportaron el músculo necesario para desplazar las rocas, cavar la tierra y plantar sus más de doscientos setenta mil árboles y arbustos.

En los años precedentes, la ciudad había expulsado a varios centenares de ocupantes ilegales y chabolistas que llevaban mucho tiempo viviendo entre los salientes rocosos con sus cerdos y sus cabras, lo cual abarcaba un área que se extendía desde la calle Cincuenta y nueve a la Ciento seis, delimitada por las avenidas Quinta y Octava. En las fases finales de su construcción, el extremo norte de Central Park llegaba hasta la calle Ciento diez y su alcance era de trescientas cuarenta y un hectáreas. Durante las tardes de invierno, los visitantes patinaban en lagos que antaño habían sido pantanos.


NUEVA YORK


Bartebly y yo, Gay Talese, po. 227

En torno a un millón de edificios se alzan en la ciudad de Nueva York. Estos incluyen rascacielos, bloques de apartamentos, brownstones, bungalós, tiendas, grandes almacenes, ultramarinos, talleres mecánicos, colegios, iglesias, hospitales, centros de día y refugios para indigentes.

A lo largo de sus aproximadamente setecientos ochenta kilómetros cuadrados también se cuentan más de diecinueve mil solares vacíos, uno de los cuales amaneció así por sorpresa hace muchos años -el ubicado en el 34 Este de la calle Sesenta y dos, entre la avenida Madison y Park Avenue--, después de que el infeliz dueño de un browstone decidiera volarlo por los aires (con él dentro), antes que vender su preciada residencia decimonónica y de estilo neogriego y desembolsar cuatro millones de dólares a la mujer de la que se había divorciado tres años atrás, por orden judicial.

Este hombre era un médico de sesenta y seis años llamado Nicholas Bartha. Un individuo corpulento, con gafas, de pelo blanco, dos metros de estatura, de modales formales y un ligero acento extranjero. Había nacido en Rumanía, en 1940, en el seno de una familia con recursos -su padre era católico, y su madre, judía-, cuyo hogar y su negocio ligado a las minas de oro habían sido confiscados por los nazis y luego por los soviéticos. Muchas décadas después, cuando una jueza de Nueva York había fallado a favor de su exesposa y le había ordenado desalojar el 34 Este de la calle Sesenta y dos, el doctor Bartha había jurado: «No voy a permitir que nadie me eche de mi casa como ya hicieron los comunistas en Rumanía en 1947»


INICPIT 1.476. BARTEBLY Y YO / GAY TALESE


Nueva York es una ciudad de cosas que pasan inadvertidas. Es una ciudad con gatos durmiendo bajo vehículos aparcados, dos armadillos de piedra que trepan por la catedral de San Patricio y miles de hormigas arrastrándose sobre la cima del Empire State Building. Probablemente las hormigas acabaran ahí transportadas por el viento o los pájaros, pero nadie lo sabe con certeza; las hormigas son tan desconocidas para la gente de Nueva York como el mendigo que coge taxis hasta el Bowery, o el hombre atildado que rebusca entre los cubos de basura de la Sexta Avenida, o el médium que ronda por los números setenta de la zona oeste asegurando: «Soy clarividente, clariaudiente y clarisensorial».

Nueva York es una ciudad para excéntricos y una fuente de retazos de información extraña. Los neoyorquinos parpadean veintiocho veces por minuto, pero cuarenta cuando están tensos. La mayoría de los que mastican palomitas en el estadio de los Yankees hacen una breve pausa justo antes de un lanzamiento. Los que mastican chicle en las escaleras mecánicas de Macy's hacen una breve pausa, justo antes de abandonarlas, para concentrarse en el último escalón. Los encargados de limpiar la piscina de los lobos marinos en el zoo del Bronx se encuentran monedas, clips, bolígrafos y monederos de niñas ...

En Nueva York, del amanecer al atardecer, día tras dia, uno puede oír el retumbo constante de los neumáticos sobre el asfalto del puente George Washington. El puente jamás está del todo inmóvil. Tiembla con el tráfico. Se mueve con el viento.


INCIPIT 1.475. BOULDER / EVA BALTASAR


Quellón. Chiloé. Una noche hace muchos años. Las diez pasadas. Ni cielo ni vegetación ni océano. Sólo viento, la mano que todo lo toma. Seremos una docena de personas. Almas. En un lugar como este, a esta hora, puede decirse que las personas son almas. El embarcadero es pequeño y hace pendiente. La isla se entrega al agua en bloques de hormigón a los que están sujetos, uno al lado de otro, alnos amarraderos. Parecen las cabezas deformes de los descomunales clavos que sujetan este muelle al fondo del mar. Nada más. La quietud de los isleños me maravilla. Están sentados bajo la lluvia, dispersos, junto a unos bultos grandes como baúles. Se cubren con plásticos resistentes al viento, comen en silencio con un termo entre las piernas. Esperan. La lluvia les percute como si los maldijera, les resbala por la chepa y forma riachuelos que bajan hasta el mar, esa boca inmensa nunca cansada de recibir y tragar. Hace un frío curioso, habré bebido de él, porque lo siento fanático, combativo, bajo la piel y más adentro, en los arcos que construyen los órganos entre ellos. Isleños incompresibles.


DE LA VEJEZ


Se mía, Richard Ford, p. 108

"En cuanto vislumbramos los límites de nuestra existencia, se desvanece el sueño que nos llevó a creer que disponíamos de infinitas posibilidades: la comodidad, la ociosidad, tomarse las cosas a la ligera."

Leí esto de madrugada, segundos después de las 2.46, en el Hilton de Sioux Falls, con mi hijo profundamente dormido en la cama contigua. A menudo, cuando me despierto a esa hora, pienso en lo lejos que estoy de mi primer despertar -2.46, Biloxi, 1945- y me maravillo de la vida transcurrida entre esos dos momentos: llena de comodidad, ociosidad y cosas tomadas a la ligera. El viejo Heidegger solo escribía sol sobre el ser humano (aunque alemán), pero dio con una expresión bastante exacta de mi situación y la de mi hijo, juntos en la gran franja central del país. Nuestro dilema humano no es tan único como podría pensarse, sino parecido al de todos. Lo que significa que ser viejo es exactamente igual que tener una enfermedad mortal, al menos en la medida en que yo no estoy más dispuesto que mi hijo a renunciar a la comodidad, a la ociosidad y a tomarme las cosas serias a la ligera.


El Palacio del Maíz,


Se mía, Richard Ford, p. 264

El Palacio del Maíz, cuando siento a Paul en su silla y le empujo hacia la parte delantera del edificio, es tan gratificante como lo recordaba cuando era un niño de diez años que no sabía nada. Aunque también es ni más ni menos que como lo recuerdo: unos primeros recuerdos entrañables avivados por el glamur de la vida que acabas de conocer y apagados por el paso del tiempo. A menudo, no es una desventaja.

Concebido en un principio por los impávidos y melancólicos padres luteranos de la ciudad, que tenía una vena traviesa, como un homenaje festivo (si bien kremliniano) a Deméter en medio de la población, el Palacio del Maíz fue siempre, incluso hace ciento cuarenta años, una curiosidad arquitectónica. (¿Para qué querríamos dos?) Cuando servía de extravagante centro cívico en los días de la expansión al oeste, todo el exterior del palacio -varios muros de quince por treinta metros- estaba literalmente cubierto de «arte» hecho con mazorcas de maíz para crear imágenes gigantescas y rústicas que promovieran temas sólidos de la cámara de comercio, favorables a los negocios y edificantes para el municipio. «Setenta y cinco años de progreso en la pradera.» «El noble piel roja.» «Lewis y Clark.» «La fe de los colonos”. Cuando  mis padres me trajeron en el 54, de camino al monte Rushmore, el tema del año era «El regreso del Chico de Dakota», con grandes imágenes de un sonriente Mr. Welk (acordeón en ristre) y su Champagne Orchestra (que, de hecho, actuó mientras estábamos allí y la gente bailó dentro del palacio) y que a mi madre le gustó, y a mí más o menos, aunque mi padre, que tenía a gala no bailar nunca, se quedó en el vestíbulo fumando cigarrillos y contemplando la Amenaza Roja, cosa que a mi madre y a mí no nos importaba demasiado.


LA MUERTE


Se mía, Richard Ford, p. 108

la «regla» que me enseñaron en mi curso de escritura en Michigan y que decía que insertar una muerte en algo tan frágil como un relato no estaba permitido, ya que la muerte debe tener una importancia proporcional a la vida que se acaba, y los relatos cortos, según mi profesor, no eran buenos para relatar la enormidad de la vida humana. Ese era el terreno de la novela. Y como a mí no se me daba muy bien dar una importancia desmesurada a los personajes, mi destino estaba decidido. Pero ahora, como últimamente he tenido cada vez más trato con la muerte (la muerte en mayúsculas y en minúsculas), he llegado a la conclusión de que la regla de mi profesor era errónea. No es la vida la que es casi insondable y necesita amplificación y más luz. En el caso de la vida, hay muchos datos con los que trabajar, ya que todos tenemos una. El misterio profundo y la historia real es la muerte. Pensadlo: yo lo hago a menudo, escuchando la respiración de mi hijo durante las horas trascendentes de cada noche, cuando pienso que estoy muriendo junto a él. Extrañamente, nunca he sentido que tengo menos en común con él que en estos días y semanas de su evanescencia. Aunque puedo decir que le conozco mucho mejor, nunca he tenido menos «relación», nunca he estado más a oscuras sobre cómo piensa y siente las cosas. No es tan diferente a contemplar el espacio exterior, que intentamos imaginar pero en realidad no podemos. Como dice el viejo y genial Heidegger, solo la plena conciencia de la muerte (que solo se consigue de una manera) permite apreciar la plenitud y el misterio del ser. Bla, bla.


MELVILLE


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 63

En el mundo de Whitman, los difuntos recientes eran «alguien» o un «donnadie», y si los familiares de los segundos deseaban hacer pública su pérdida, no tenían otra opción que comprar uno de los espacios que el diario destinaba a las necrológicas, las cuales aparecían en un cuerpo de letra diminuto.

Uno de los dolientes que hizo esto, dado que la muerte de su marido había pasado desapercibida, fue una viuda llamada Elizabeth Melville. Después de que aquel sufriera un infarto en el domicilio neoyorquino que compartía la pareja, poco después de la medianoche del 28 de septiembre de 1891, pagó un anuncio de seis líneas que al día siguiente reprodujeron varios periódicos: “Herman Melville falleció ayer en su domicilio del 104 Este de la calle Veintiséis de esta ciudad, fruto de un infarto, a los setenta y dos años. Fue el autor de Typee y Omoo, Mobie Dick y otras historias de temática marina, escritas años atrás. Deja esposa y dos hijas, la señora M. B. Thomas y la señorita Melville.”

El de Melville fue uno de aquellos casos en los que, tomando prestada una expresión de A. E. Housman, el nombre murió antes que el hombre. La carrera de Melville había empezado de forma prometedora al publicar dos novelas superventas antes de cumplir los treinta: Typee, en 1846, y Omoo, su secuela, en 1847, ambas basadas en las aventuras vividas durante sus viajes a la Polinesia. Pero ninguno de los dieciséis libros que siguieron -novelas, poemarios o relatos como «Bartleby, el escribiente»- despertaron mucho interés entre los lectores. De hecho, todos sus libros estuvieron descatalogados y cayeron en el olvido durante el último tercio de su vida, incluyendo su empresa más ambiciosa, Moby Dick, cuyo título se reprodujo mal en varias de las notas necrológicas dedicadas a su autor. No sería hasta el centenario del nacimiento de Melville, en 1919, al que siguió la publicación en 1914 de su novela póstuma, Billy Budd, que los académicos y los lectores descubrirían y apreciarían sus escritos tempranos, reconociéndolo al fin como una de las figuras literarias más destacadas de la nación.


BARTEBLY


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 16

«Bartleby no muestra emoción alguna a lo largo de la historia». Esta última apreciación no es del todo cierta. Hacia el final del relato, Bartleby es detenido y encarcelado tras negarse a abandonar el viejo edificio una vez ha sido despedido de su trabajo y el despacho de abogados se ha trasladado a otro sitio. El día en que el abogado lo visita en el patio de la prisión, se muestra insólitamente irritado.

Rechaza el saludo del abogado y declara: «Lo conozco y no tengo nada que decirle». El silencio se extiende entre ambos hasta que el letrado advierte la inutilidad de permanecer ahí. Antes de abandonar el lugar, sin embargo, lleva a cabo un gesto de buena voluntad: entrega dinero a un empleado de la cocina para garantizar que será bien alimentado. Sin embargo, esto también se demuestra fútil, pues Bartleby se declara en huelga de hambre y acaba muriendo de inanición en la cárcel.

El relato acaba con el afligido abogado mencionando que más adelante recibió un informe algo vago en el que constaba que Bartleby, antes de ser contratado como escribiente en su despacho, había estado empleado en la Oficina de Correo no Distribuido de Washington, un puesto que perdió con el cambio de administración. Aunque el abogado no es capaz de confirmar la veracidad del informe, se toma un momento para imaginar lo desmoralizante y deprimente que esta experiencia debió resultar para Bartleby, la tarea de «trasegar sin descanso esas misivas jamás entregadas y decidir cuáles acabarían arrojadas a las llamas».

Con todo, el abogado insiste en que no está seguro de que Bartleby estuviera ahí destinado, a lo que se suma el hecho de que, a lo largo del extenso relato, el lector no descubre nada acerca de la vida privada y de las motivaciones de Bartleby.


INCIPT 1.474. EL HUERTO DE EMERSON / LUIS LANDERO


Tiempo de vendimia

Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Y o me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco. Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitarnos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién. Así que no hay más que salir a pasear por el bosque del tiempo ya vivido


INCIPT 1.473. PERMAFROST / EVA BALTASAR


Se está bien aquí. Por fin. Las alturas tienen eso: cien metros de vidrio vertical. El aire es aire en un estado superior de pureza, y por eso, además, parece más duro, por momentos casi compacto. Se cierne cierto olor a ferretería. La capa de ruido pesa corno hollín y se mantiene latente, allí abajo, corno un ojo de petróleo finísimo, crujiente, una suerte de regalo negro y brillante. No pasa ni un pájaro. En realidad, ellos también tienen su propio estado, entre nosotros y nuestros, llamémosles, dioses. Un vacío habitable entre las líneas más elevadas del pentagrama. Ahora mismo soy y no soy. Quizá solo me muestre, me manifieste corno una mácula discretamente molesta en una gafa, una sombra inadecuada en esta zona chill out. Torno aire, lo obligo a ser de mi propiedad a lo largo de mis conductos animados. Viva aún desprendo cierto calor, me imagino blandísima por dentro. Por fuera lo soy más de lo que creo, casi un producto de pastelería, un objeto de cera tibia barnizado, atractivo corno una primera línea. Cada célula se reproduce, ajena a mí, y a la vez me reproduce, me convierte en una entidad debida.


HOMBRES


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 131 

En aquellos tiempos, mientras las mujeres iban y venían, los hombres se ocupaban de los temas propios de su rango, que eran siempre graves, arduos y trascendentes, y que por eso precisaban de largas reflexiones, de hondas y lentas chupadas al cigarro, de resoplos y de suspiros, y de mucho cabecear y removerse en la silla y derramar la mirada en el suelo. Bajo el peso de tan grandes cuestiones, parecían titanes encadenados que se debatían contra los designios de alguna poderosa deidad, en tanto que las mujeres andaban como flotando y resolviendo problemas con su varita mágica, sin necesidad de aquellas interminables y amargas sentadas pensativas.

Los hombres se ocupaban del porvenir, que era siempre incierto, en tanto que las mujeres vivían correteando por el presente, siempre ligeras y siempre laboriosas. Es más, si las mujeres sacaban tiempo para todo, a los hombres les ocurría que la vida entera les resultaba demasiado breve para llevar a cabo sus proyectos, de tan ambiciosos como eran, y que por tanto no merecía la pena intentar siquiera realizarlos, sino que era mejor pasar directamente a los lamentos y entregarse sin más a la melancolía de lo que pudo haber sido y que, por cosas del destino, por pura mala suerte, se quedó en ilusión, en humo, en sueño, en nada.


MUJERES


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 130
 

Veréis, yo tengo una prima hermana, mi prima Antonia, que debe de andar muy cerca ya de los cien años, que va diciendo por ahí desde hace mucho tiempo que yo no he escrito los libros que he escrito, que en qué cabeza cabe que yo sea capaz de escribir libros. «¿No veis que yo lo vi nacer y lo vi criarse desde bien chico?», argumenta, y sostiene que los libros me los escribe mi mujer y que luego yo los firmo y me llevo el mérito y la fama. Pero no hay mala intención en sus palabras, ni da a entender siquiera que eso pueda ser un engaño, una rareza o un agravio, sino que lo dice corno la cosa más natural del mundo, porque los negocios entre hombres y mujeres siempre fueron así. Eran ellas las que se atareaban en la sombra, las que se afanaban a escondidas, las que hacían los incontables trabajos de diario con tan menudo ahínco que nadie reparaba en ello sino que parecía que las cosas se resolvían por sí solas, o por intercesión de alguna fuerza etérea, y eran también ellas, las hadas con alpargatas y mandil, las que aún sacaban tiempo -¿cómo lograrían convertir el día en un pozo inagotable de tiempo?- para ayudar a tejer los delirios y sueños de los hombres. Por eso mi prima Antonia  pensaba que la idea de escribir libros sería mía, sí, y que acaso yo los tenía inventados en la cabeza, pero que quien los había hecho de verdad era mi mujer, como venía ocurriendo desde siempre.


LANDERO


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 80

Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean.

«Tenemos pues que afanarnos en nuestro mundo», les decía a mis alumnos, «es decir, en nuestro huerto y en nuestras lechugas», y a continuación volvía a hacer una alabanza de lo concreto. «Lo concreto, siempre lo concreto», y aquí ataviaba mis palabras con algunas citas ilustres. Les hablaba de cómo Freud dice que hay que apartarse de lo universal y ocuparse de lo concreto, de las contingencias personales, de nuestro pasado individual, de nuestras ciegas marcas. De cómo Goethe afirma que la expresión de lo particular constituye la propia vida del arte, que eso es lo que nos hace distintos a los otros, únicos e inimitables, y que no hay que temer que lo particular no encuentre eco en los demás. De Joyce, que aconseja que se escriba lo que dicta la sangre, no el intelecto.


INFANCIA


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 47

No sé de qué manera, pero la rupia y el cronómetro de oro irán conmigo juntos ya para siempre, como signos desesperados de nobleza y honor. Pequeños gestos, oscuros símbolos, que encierran algo esencial y misterioso de la naturaleza humana. Como dice Juan Benet: «La conciencia atesora lo incomprensible».

También van juntos en mi memoria, formando un trío inseparable, Stevie, Ike y Alfanhuí, los personajes de Conrad (El agente secreto), de Faulkner (El villorrio) y de Sánchez Ferlosio. Tres niños que representan mejor que nadie la inocencia primordial de esa edad en que aún somos naturaleza, en que amamos la vida más que su sentido, y a las cosas y a los hechos por sí mismos y no por su finalidad. Cuando los animales son nuestros semejantes, el caballo semejante de Stevie, la vaca de Ike, los bueyes de Alfanhuí. Juntos van conmigo, y con mi propia infancia, inseparables cofrades no contaminados aún por la condena del pan y del sudor, ni por el pacto de la razón con la necesidad de vivir con cordura y provecho ...


INCIPIT 1.472. SE MIA / RICHARD FORD


FELICIDAD

Últimamente, me ha dado por pensar en la felicidad más que antes. No es una consideración ociosa en ningún momento de la vida, pero ahora que me acerco a mi asignación bíblica estipulada (nací en 1945) ya no es un tema que pueda pasar por alto.

Como soy un presbiteriano histórico (no practicante, no creyente, como la mayoría de los presbiterianos), he pasado tranquilamente por la vida observando una versión de la felicidad que el mismísimo John Knox podría haber aprobado: recorriendo la delgada línea que separa esas dos frases hechas que parecen gemelas: «Lo que no te mata te hace más fuerte» y «La felicidad es lo que no es una lacerante infelicidad». La segunda es más agustiniana, aunque todos esos complejos sistemas te llevan al mismo misterio: «¿Qué hacer ahora?».

Este camino intermedio ha funcionado bastante bien en casi todas las situaciones a las que me ha abocado la vida. Una sucesión gradual de acontecimientos, a veces inadvertida, a través del tiempo, en la que no ha ocurrido nada grandioso, pero tampoco nada insuperable, y en general todo ha ido bastante bien. La dolorosa muerte de mi primer hijo varón (tengo otro). El divorcio (¡dos veces!). He tenido cáncer, mis padres han muerto. También ha muerto mi primera mujer.


INCIPIT 1.471. MADRE DE CORAZON ATOMICO / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO


Se me aparece una imagen: mi padre todavía vive y me dice, «coge esos arándanos, pero no comas demasiados, es un fruto que tiene mucho ácido benzoico, incluso puede envenenar a gatos como tú».

Hoy, 25 de febrero de 2024, hace doce años que con ochenta y siete años de edad murió mi padre.

No deja de producirme inquietud haber comenzado así estas notas, «Hoy, 25 de febrero de 2024, hace doce años que ... », palabras que tienen un tono de cuaderno de bitácora, de personas que exploran aguas que por mucho que sean navegadas siempre les serán extrañas, viajeros que se adentran en un mar que termina en una catarata: la vida. Como si yo mismo especulara que la Tierra es plana. Tarde o temprano el mapamundi se acaba, te caes.

También podría haber comenzado diciendo, «los años han muerto pero al tiempo no le ha pasado nada», y no estaría mintiendo porque cuando alguien muere el tiempo finge seguir su curso


El guardián entre el centeno


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 184

Me viene a la cabeza la novela El guardián entre el centeno, supongo que porque fue publicada ese año, pero también porque hay en esa foto un aire de la América ingenua y rural que El guardián entre el centeno se encargaría de demoler. Nunca le vi interés alguno a esa novela; devaneos de un adolescente problemático que niños de clase media acomodada estadounidense pronto hicieron propios.  Cuando la leí, en el primer curso de carrera, lo hice inducido por un compañero, que a su vez indujo a otros. El veredicto fue unánime, El guardián entre el centeno era lo peor. No obstante, sabedores de la influencia que ese libro había ejercido y aún ejercía sobre el mundo adolescente cool, siempre que queríamos señalar,la existencia de algo para nosotros de culto o atractivo, decíamos, «eso es un guardián entre el centeno». En ese contexto de amigos, el libro ¿Está usted de broma, señor Feynman? era nuestro guardián entre el centeno; el maxisingle Malos tiempos para la lírica, de Golpes Bajos, era nuestro guardián entre el centeno; el Curso de física teórica, tomos II y III, de Lev Landau, era nuestro guardián entre el centeno; Terciopelo azul, de David Lynch, era nuestro guardián entre el centeno, y El hacedor, de Borges, era mi particular guardián entre el centeno, un libro que me impactó nada más abrirlo.


Siete Problemas del Milenio


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 129

No profundizaré ahora en ellos, pero se trata de siete conjeturas o hipótesis matemáticas y físicas cuya demostración la comunidad científica considera capitales a fin de entender los cimientos teóricos del mundo tal como lo conocemos. Es tal su importancia que en el año 2000 el prestigioso Clay Mathematics Institute ofreció un premio de un millón de dólares a quien resolviera alguno de esos siete problemas. El artículo relataba cómo el año anterior el matemático ruso Grigori Perelman se había hecho mundialmente famoso cuando, tras resolver uno de los problemas -concretamente, la llamada «Conjetura de Poincaré»-, había rechazado el millón de dólares por considerar que tal clase de premios resultan mercantilistas y corrompen la pureza presupuesta en la matemática. Perelman, que vivía y aún vive con sus padres en una modesta vivienda de algún lugar de la antigua Unión Soviética, había empleado más de diez años en la resolución de la citada Conjetura de Poincaré solamente por ampliar lo que en la única entrevista que concedió denominó como la «intrínseca belleza de la matemática». La resolución del tal problema le hizo célebre entre la comunidad matemática, pero fue su rechazo al premio de un millón de dólares lo que le dio fama entre los no expertos, elevándolo a héroe popular. Así, tras la demostración de Perelman, de los Siete Problemas del Milenio sólo quedaban -y todavía quedan- seis, cuyos nombres, y como dato meramente informativo, consigno:

Conjetura de Hodge

La hipótesis de Riemann

P versus NP ·

Ecuaciones de Navier-Stokes en turbulencia

Conjetura de Birch y Swinnerton-Dyer

Existencia de Yang-Milis y el salto de masa


IA


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p.112

Por otra parte, nunca me interesó la religión como verdad, tan sólo como relato y proyección antropológica. Técnicamente, la mente paranoica es aquella que tras todo signo de duda encuentra una mano oculta, una conspiración universal que, de manera supuesta, le sobrepasa. Desde este punto de vista, la religión, ya sea occidental, oriental, sincrética o de tipo new age, es la teoría de la conspiración más grande jamás contada, y el creyente, un perfecto paranoico inducido. Todo ello, y habida cuenta de que el humano es un ser religioso en sí mismo -no se conoce cultura que no rinda culto a alguna clase de experiencia transcendente-, da como resultante ese carácter de incompletitud emocional del cual la humanidad al completo participamos. La actual fascinación y simultáneo temor ante la Inteligencia Artificial no responde sino a ese mismo mecanismo religioso: crear un ente superior en el cual verter todo lo que por nosotros mismos no podemos resolver. Dar algo para recibir algo, una economía netamente religiosa.


Ludwig Wittgenstein


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 50

Respecto al, para mí, extraño hecho de que nos acostumbramos a todo menos a la muerte, en realidad ya había comenzado a pensarlo muchos años atrás, concretamente en la Navidad de 1997, mientras leía la biografía que de Ludwig Wittgenstein había escrito Ray Monk, titulada Wittgenstein. Concretamente cuando llegué al capítulo en el que Monk describe una anécdota en la que, tal como yo la entendí entonces, son resumidas y entran en colisión dos grandes tendencias del pensamiento del siglo XX: año 1939, Wittgenstein imparte clases de lógica del lenguaje en Cambridge -lo que en su caso equivale a decir que imparte clases acerca de sí mismo-, y entre sus alumnos se encuentra un jovencísimo Alan Turing, quien en pocos años estaría llamado a inventar el concepto de computadora tal como hoy lo entendemos. En un momento dado el alumno interpela al profesor por el uso que éste viene haciendo de la palabra contradicción, y estalla entonces una fuerte discusión. Para Turing, incurrir en una contradicción equivale a que todo lo que hagas a partir de ese momento te llevará por un camino equivocado, extraviado, condenado al error. Por el contrario, Wittgenstein cree que no, que una contradicción jamás puede extraviarte porque una contradicción «no te conduce a parte alguna; una contradicción, sencillamente, te paraliza, te deja inmóvil», de modo que no puede llevarte ni por el camino equivocado ni por el correcto; la contradicción es, simple y llanamente, la parálisis. Y es en ese sentido wittgensteniano en el que creo que percibimos la muerte, como una contradicción, un absurdo que ni te deja avanzar ni te permite retroceder, una parálisis a la que resulta imposible acostumbrarse y de la que sólo te escapas haciendo metáforas, alegorías y ficciones.


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