Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Mesa Sara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mesa Sara. Mostrar todas las entradas

La casa invadida


Reina del grito, Desirée de Fez, p. 198

La casa invadida

SARA MESA, escritora

En Un amor, la protagonista alquila una casita y su casero, que es una persona muy invasiva, entra incluso cuando está ella dentro. Es un miedo que siempre se me ha manifestado a través de sueños, que alguien entrara en mi casa c invadiera mi espacio. Yéndome un poco por el psicoanálisis, diría que hay un miedo a la violación, porque ahí entran en tu intimidad. Además, en los sueños se supone que la casa eres tú.

Este asunto de los límites de la privacidad y la intimidad, de cómo una persona consigue entrar en tu vida hasta el punto de modificar tus conductas y de hacer que te tengas que ocultar o que tengas que fingir... Eso es un tema recurrente mío y es lo que realmente me da miedo: todo lo que conlleva una pérdida de libertad con las personas que te rodean (y que muchas veces, teóricamente, son quienes te quieren).


INVCIPIT 1.549. OPOSICION / SARA MESA


INICIACIÓN

La mesa la pusieron en mitad de la nada, en un lugar de paso, sin ventanas. Sonaba un ronroneo constante, quién sabe de qué aparato o cosa. Dejé el bolso y la carpeta encima de la  mesa, el chaquetón en el respaldo de la silla y me senté a esperar tal corno me había indicado el ordenanza. Allí en medio, entre sombras, solo se oía el ronroneo, nada más, y sus mínimas variaciones cada pocos segundos, corno un cuerpo asfixiado cogiendo a duras penas bocanadas de aire. Frente a mí, la pared color crema; a la izquierda, el recodo que llevaba a los despachos; a la derecha, la puerta doble con ojos de buey por la que yo acababa de entrar. Era una mañana fría de invierno, apenas había amanecido, la luz me hizo pensar en la textura porosa de la cera. Tuve la sensación de haberme colado en un edificio vacío. De estar ocupando ese sitio por error.

Había un ordenador sobre la mesa, con su teclado y su ratón. Un ordenador no muy nuevo, amarilleado por el tiempo, con pegatinas corporativas y una etiqueta con un código de barras. Tras unos minutos de indecisión, pulsé el botón de arranque. La pantalla se tiñó de azul, luego de blanco y al final de un brillante tono verde manzana.


Inemori


Oposición, Sara Mesa, p. 150

¿Sabes lo que es el karoshi?, me preguntó días después, interesadísima de repente en hablar conmigo. Me encogí de hombros, esperé a que me lo explicara. La muerte por agotamiento laboral, dijo, en Japón caen miles y miles de personas como moscas cada año. ¿Te imaginas? ¿Morir por trabajar mucho? Una está tecleando y pum, se muere. O en mitad de una reunión y pum, se muere. O de camino al curro y pum, se muere. Se lo había contado Víctor, que estuvo un par de años viviendo en Tokio, me dijo, y en ese momento empecé a confirmar mis peores sospechas. Las anécdotas que contaba Víctor de aquella experiencia eran alucinantes, siguió relatando Sabina, como aquello de la gente durmiéndose de pie en el metro de puro cansancio. Colocaban sus maletines en los compartimentos superiores, se agarraban a la barra y se quedaban fritos, en filas ordenadas, los cinco, siete o diez minutos que durara el trayecto. Lo más flipante era que siempre se despertaban justo a tiempo, como si tuvieran un reloj  interno, se bajaban y se iban derechitos al trabajo. Los japoneses se quedaban dormidos en cualquier parte y ese fenómeno también tenía un nombre, inemori. Echarse una cabezada en una cafetería, en la sala de espera del médico o incluso en la oficina, solo unos minutitos, como duermen los gatos, siempre en tensión, eso allí no se considera de mala educación, le había explicado Víctor. El inemori es una costumbre aceptada socialmente y, aunque también es producto del agotamiento, no es lo mismo que el karoshi, porque hay mucha diferencia entre dormirse y morirse, ¿no?, rió, una diferencia básicamente de duración, y se retocó el moño que llevaba sujeto con un boli.


INCIPIT 1.479. CICATRIZ / SARA MESA


0. CICATRIZ

Ahí está, dice él. Señala el edificio más alto de la avenida, un bloque de dieciséis plantas viejo y rojizo, con desproporcionados alerones y pequeñas ventanas que espejean bajo el sol.

Se detienen en la acera de enfrente y alzan la cabeza para mirarlo.

Junto a las señales del abandono -cristales rotos, persianas descabalgadas, antiguos anuncios de alquiler-, se distinguen carteles de oficinas aún en funcionamiento: un bufete de abogados, dos auditorías, dos asesorías fiscales, una academia de idiomas.

Como te dije. Está casi vacío, murmura. Ella asiente en silencio. Cruzan la calle.

El interior es oscuro y está recalentado. En el vestíbulo flota una especie de polvo en suspensión que les hace carraspear. El color del enlosado palidece en el centro, donde debido al uso ha perdido el brillo. Tras su mostrador de madera, el portero no les pregunta adónde se dirigen. Los observa inmutable, masculla un saludo y enseguida vuelve a bajar los ojos hacia un folleto de publicidad que escruta con detalle.


INCIPT 1.478. CARA DE PAN / SARA MESA


La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo. La niña está apoyada en el tronco del árbol, leyendo una revista, cuando oye sus pasos acercándose, el chasquido de las hojas secas al quebrarse, y después lo ve, de pie delante de ella, quizá un poco turbado pero no sorprendido por encontrarla allí, oculta tras los setos. El viejo pide perdón -¡no quise asustarte!, dice- y después le pregunta qué está leyendo, pero entre una cosa y otra -entre la disculpa y la pregunta- a la niña le da tiempo a reaccionar. Esto, responde mostrándole la revista, una revista para chicas. Quizá así -piensa ella-, al ver esa revista que obviamente no es para niñas, creerá que es mayor de lo que es y evitará la temida pregunta -qué haces aquí, a estas horas-, aunque lo cierto es que el viejo se limita a sonreír y a mirar la revista, vacilante. Al principio parece que va a cogerla -sus dedos dudan, se estiran en su dirección-, pero el gesto se deshace y la mano cae a un lado, como muerta.


INCIPIT 1.313. LA FAMILIA / SARA MESA


LA CASA

Mírala desde el ojo del sueño. El pasillo como centro geográfico y frontera. Estancias a los lados. Recórrelo sin ser vista, de una punta a otra. O cruza, de una habitación a la de enfrente, mediante un salto limpio. Arriésgate a entrar. Quizá ya hay alguien dentro, no lo sabes. En caso de que sí, calla, recula. En caso contrario, no eches el cerrojo. No hay cerrojo.

Mírala bien, antes de despertar. Los puntos ciegos y las madrigueras. Palabras que significan justo lo contrario de lo que aparentan, tramposillas. El peine que traza la ordenada raya en medio y el revoltijo de pelos debajo del colchón. La puerta del armario que no cierra del todo. La rendija que queda. Los ojos que espían.

No dejes de mirar, ahora que la tienes ante ti, ardiendo tras los párpados. Calcula cuántos pasos hay entre una esquina y su opuesta. Hazlo con precisión, es importante. Capta las diferencias entre el clic del pomo al cerrarse y el clic al abrirse. Identifica el ronroneo del teléfono justo antes del primer timbrazo. Ajusta el volumen de tu voz en la respuesta, modula con cuidado el fingimiento.


DEIMOS Y POBOS


Perder el miedo, Sara Mesa, p. 33

La Antigüedad, tan poblada de dioses paganos y de símbolos, tiene un curioso relato del origen del miedo. Aunque la etimología no es una ciencia exacta, parece ser que la palabra pánico viene del semidios Pan, hijo de Hermes, que ya en su nacimiento (con sus cuernos retorcidos, su poblada barba y sus patitas de cabra) le dio un buen susto a su madre. Luego, al crecer, se hizo muy aficionado a corretear tras las ovejas y perseguir ninfas por el bosque para violarlas, cosa de pánico se mire por donde se mire. También tenía reacciones iracundas si se le despertaba de la siesta (podría matarle, vaya), por lo que se ganó el apodo de Demonio del Mediodía.

Por su parte, Deimos (equivalente griego de metus, término latino del que proviene miedo) era el dios del horror, lo cual tiene todo su sentido si se investiga su genealogía, dado que era hijo de Ares, dios de la guerra. Curiosamente su hermano gemelo era Pobos, de donde viene fobia, pues ya se sabe que el miedo y el odio suelen ir cogidos de la mano, tan juntitos como iban Deimos y Pobos cuando tiraban del carro de su padre sembrando el terror dondequiera que fuesen. Según la mitología, era tanto el miedo que daban esos dos que a los soldados les bastaba con oír a lo lejos el sonido del carro para sufrir una angustia indecible.

Más allá de todos estos relatos, en la Antigüedad se podía tener miedo a cosas bastante más ... tangibles. Por ejemplo, en la Antigua Roma, a morir en el incendio de tu ciudad (ay, Nerón, Nerón) o a que, por ser esclavo, paralítico o ciego, te echaran a los leones en el circo para diversión del público romano. También, por qué no, a que te crucificaran por robar o desobedecer, te comieran los cerdos por no llegar virgen al matrimonio o te enterraran viva por adúltera. “Que me odien, con tal de que me teman», dijo el cruel Calígula. A su lado, los dioses del miedo se nos quedan pequeños.


INCIPIT 1.125. PERDER EL MIEDO / SARA MESA


l. La almendra del miedo: una introducción

Piense en una almendra. En el tamaño y la forma de una almendra. En esas dimensiones tan pequeñas caben nuestros miedos más grandes. Mezclados, eso sí, con otras muchas emociones humanas como la satisfacción, la ira, la tristeza, el deseo, la frustración o la alegría. Una almendrita que está ahí, alojada en el cerebro reptiliano, el más profundo, animal e inaccesible. Una almendrita que se llama amígdala y que nos maneja como quiere. Usted va por la calle, está oscuro, una cosa negra y veloz cruza corriendo por delante, da un respingo. ¡Qué rápida, la amígdala, que ha actuado antes de que el resto del cerebro se posicione y le haga ver que eso que creyó una rata era, en realidad, un lindo gatito!

¿Quién querría prescindir de su preciada amígdala cerebral? Es un mecanismo perfecto de protección y defensa. Igual que avisa de la presencia de la rata (o gatito), puede avisar de peligros mayores. Nos permite estar muy alertas, todo por nuestro bien. Nos dice: "¡Corre, coge un cuchillo, tírate al suelo, escóndete!”. Hasta se comunica con la musculatura facial para que se nos ponga la típica cara de terror: ojos como platos, pupilas dilatadas, boca abierta, cejas hacia arriba. Pensemos, por ejemplo, en la expresión de Shelley Duvall en El resplandor mientras el filo del hacha de Jack Nicholson asoma por la puerta…


INCIPIT 1.124. UN INCENDIO INVISIBLE / SARA MESA


l. LA LLEGADA

A unos veinte kilómetros del centro de Vado, una vez enfilada la flamante autopista de Cárdenas, todavía podían verse los últimos barrios periféricos: casitas adosadas, urbanizaciones a medio construir, solares roturados y, más allá, los bloques terrosos de Bocamanga y de Pozolán. Mirado desde el coche, el paisaje carecía por completo de vida. Sólo de vez en cuando, entre las nubes deshilachadas, se distinguía una pareja de milanos volando con desgana a media altura. Un par de coches y un camión de pollos sin pollos cruzaron por uno de los carriles opuestos. Pudo oírse un graznido, pero no se supo de quién.

Las afueras de Vado, anunció el taxista mirando hacia delante, ni más ni menos como las de todas las demás ciudades del mundo. Hoy nadie lo diría, continuó, pero aquéllos habían sido barrios normales, incluso más limpios y modernos de lo habitual, con gente más feliz y tranquila que en el resto de los sitios.


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia