Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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VIVA LA ABERRACIÓN


Cuenta mi admirado Juan Marsé una anécdota que me encanta: un día cualquiera, no en Sant Jordi, fue a firmar ejemplares de sus libros a unos grandes almacenes. Los organizadores del evento le sentaron detrás de una mesa con varias pilas de su última novela y desaparecieron. Fueron pasando los minutos y las horas sin que llegara ningún lector.

Finalmente, Juan vio con cierto alivio cómo se le acercaba una mujer. Cuando estuvo delante de él, le preguntó: «¿Cuánto vale?» Juan le respondió, solícito: «Pues no lo sé, unos quince euros, creo.» Y cogió uno de los libros para cerciorarse del precio exacto. Entonces la mujer le miró perpleja y exclamó: «¡No, no! ¡El libro no! ¡La mesa! ¡¿Cuánto vale la mesa?!»

Y era Juan Marsé, uno de los mejores escritores de este país.


PIJOAPARTE


La España vacía, Sergio del Molino, p. 224

El macarra que ha ido al centro a ver un -concierto o a tomar unas cervezas percibe la ciudad como algo extraño. Sabe que no pertenece a ella, y se protege fingiéndose una amenaza. En realidad, asimila el papel que la ciudad le ha asignado, el del indeseable que no debería merodear por allí. Obús transforma ese complejo y ese desprecio clasista en orgullo identitario, y Tierno Galván, seguramente de una forma intuitiva pero  también estratégica, lo propicia. El alcalde ha dejado claro con su biografía y sus palabras que esa ciudad también les pertenece. Que no son extraños adheridos a ella, que Madrid no es cosa de gatos ni organillos ni verbenas. Que Madrid son ellos, los hijos de la dehesa, los que vinieron de los pneblos. Aunque el éxodo llevaba treinta años transformando la capital, eran sus hijos quienes empezaban a levantar la cabeza con orgullo y a romper la inercia casticista y elitista de la ciudad. No sentían vergüenza por ser hijos de paletos. Puede que sus padres y sus madres caminasen encogidos, disimulando su acento, sumisos cuando iban a servir a la casa de unos señores o cuando arreglaban sus coches o les abrian las puertas desde su garita de porteroso les limpiaban las calles o les servían el desayuno en la cafetería o los llevaban en sus taxis. Pero sus hijos se negaban a sentirse así. Si los pijos de la calle Serrano les tenían miedo, estaban dispuestos a armarse con tachuelas y cueros para dar razones a su miedo. Por primera vez desde el comienzo del éxodo había una voluntad de apropiarse de la ciudad desde la insolencia y el orgullo de los orígenes.

Sucedía lo mismo en Barcelona, la otra gran receptora del éxodo de la España vacía. Si en los años 6o Juan Marsé narró la rabia del lumpen llegado del campo ibérico, fue Francisco Casavella quien recogió el cambio de etapa, la de la apropiación de la ciudad, en los años de la transición. El Pijoaparte, héroe suburbial de Últimas tardes con Teresa, de Marsé, cree que ha seducido a una señorita fina en una casa de la parte alta de Barcelona. Pero, al despuntar el alba, los rayos del sol dan forma a un bulto de ropa que resulta ser el uniforme de una chacha, con su cofia y su delantal. La revelación le avergüenza. No se ha ligado a una niña bien, sino a la criada de la casa. Sigue en la casilla de partida. La ciudad aún le mantiene a raya, en sus márgenes.


INCIPIT 578. ESA PUTA TAN DISTINGUIDA / JUAN MARSE



1) Ahí va, señorita. Lo Toma o lo deja. Yo solo respondo por escrito.
2) Porque siempre he confiado más en la escritura que en el blablablá.
3) Hijo adoptivo y de incierto origen biológico.
4) Habría preferido nacer en otra época, en otro país, con ojos azules y un hoyuelo en la barbilla.
5) No perdamos el tiempo con bobadas. No milito bajo ninguna bandera. Decía Flaubert que todas están llenas de sangre y de mierda y que ya va siendo hora de acabar con ellas.

6) Soy algo más que laico, soy decididamente anticlerical. Mientras la Iglesia católica no pida perdón por su complicidad con la dictadura franquista, declararme anticlerical es lo menos que puedo hacer. Disfruto de una saludable clerofobia desde la más tierna adolescencia.

ECFRASIS

Esa puta tan distinguida, Juan Marsé, 56-57
Pero de pronto, cuando más provocativa está resultando la actuación silente de la bella, más explícita su sonrisa y más insinuante el contoneo de su cuerpo enfundado en el vestido negro de satén, cuando abre los brazos en un gesto amplio y fogoso de posesión que alcanza a la totalidad del público del casino y también del cine, un abrazo amoroso que llegará con el tiempo a los más remotos rincones del ancho mundo y alcanzará a futuras generaciones de rendidos admiradores, cuando ya el cuerpo filmado en rutilante blanco y negro se ha convertido en puro sexo bajo la luz de los focos, y ella, con maliciosa lentitud, se quita del brazo el largo guante y lo agita en el aire haciendo molinetes, entonces la imagen se congela y brota súbitamente en torno a su deslumbrante cabellera una tímida constelación de manchas grises y marrones, como un sarpullido o como pequeñas burbujas de un ácido corrosivo. La bella aún ha tenido tiempo de arrojar el guante al público del casino que la aclama, y también el collar que alegremente se arranca del cuello; incluso ha podido iniciar, con pícara parsimonia, el gesto de bajar la cremallera en el costado de su vestido, pero poco más puede hacer antes de quedarse fijada y a merced de la corrosión del celuloide que la rodea y avanza imparable. Al principio son manchas difusas, pequeñas mariposas de luz que revolotean alternando su posición, como si no acabaran de decidirse a permanecer, algunas se funden al instante como pompas de jabón y otras se expanden y se ennegrecen como manchones de tinta, hasta que la mancha más grande y activa gana rápidamente terreno y empieza a absorber a las demás y a todo lo que encuentra a su paso, primero la cabellera de reflejos cobrizos, que una luz soñada iluminaba por detrás de la cabeza, y enseguida la cara hermosa, borrando de paso el fulgor de la sonrisa y los ojos alegres, después los hombros de seda y acto seguido los pechos, las ondulantes caderas y la mano tocando ya la cremallera, anunciando el inmediato desnudo. La imagen congelada se desvanece por fin totalmente, se encienden las luces de la sala y arrecian los silbidos y las protestas del público.

DE LA MUJER BURGUESA

De Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé
Sabía que Marta obedecería después de una leve resistencia, pero también temía una discusión. Miró a su mujer. Llevaba un vestido de algodón, con grandes apliques de badana estampados en rojo y azut y una bolsa de playa del mismo género y color. Estaba erguida en su butaca, con las piernas muy juntas, de espaldas a la celosía. La favorecía mucho esa luz indirecta, flotante. Era una mujer bien conservada, mucho mejor que él. Llevaba muy bien sus 45 años de asombroso músculo sometido, milagrosamente tenso todavía, sin amenaza aparente de caída, y cuando se la veía correr en bikini por la playa, seguida por sus perros y sus sobrinos, bruñida la piel por el agua y el sol, el señor Serrat, admirado, tenía ocasión de calibrar una vez más el secreto poder de aquel cuerpo a la vez que intuía de repente que la vida no siempre es musical: era un hombre terriblemente celoso. Sin embargo, sin que él supiera exactamente por qué, cada vez que miraba las piernas de su mujer, se tranquilizaba. Tenía Marta Serrat unas piernas firmes, un tanto gruesas, con tobillos deformados y rojos, quemados por el sol, de los cuales ella renegaba. Tenía también un delicado rostro ovalado, un poco inglés a causa del fino mentón y las pecas y los ojos de agua, amén de los cabellos pajizos y juveniles que le permitían peinarse casi como su hija y que mantenía en ella aquel aire de muchacha distinguida que el señor Serrat tanto había admirado en su juventud (una juventud difícil y pijoapartesca, por cierto, poco conocida entre sus amistades de hoy).

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