Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Ypi Lea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ypi Lea. Mostrar todas las entradas

INCIPIT 1.615. INDIGNIDAD / LEA YPI


PRÓLOGO: LA FOTO

–Estoy buscando el archivo del servicio secreto –digo mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación. Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la pregunta «Tú no eres de por aquí, ¿no?» ya surgía con irritante regularidad cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.

         La mayoría de la gente que vuelve a Tirana comenta lo mucho que ha cambiado la ciudad: ahora hay más rascacielos, calles pavimentadas, cafés, bares y carriles para bicicletas. Sin embargo, para mí es un lugar de pena, culpa y un sinfín de posibilidades truncadas. No guardo buenos recuerdos de él; a lo sumo lo que conservo son vínculos más bien fríos con algunas noticias de la tele, las películas de los años comunistas y, en tiempos más recientes, los atascos de tráfico. La estancia más larga que he podido soportar en la ciudad fue cuando mi abuela murió y volví de Italia, donde estaba estudiando, para ocuparme de su funeral.


ATENAS


Libre, Lea Ypi., p. 178

Cuando llegamos a Atenas, mi abuela me animó a que empezara a escribir un diario. Decidí hacer una lista de todas las cosas nuevas que veía por primera vez y las fui registrando meticulosamente: la primera vez que sentí el aire acondicionado en la palma de las manos; la primera vez que comí plátanos; la primera vez que vi semáforos; la primera vez que me puse unos vaqueros; la primera vez que no tuve que hacer cola para entrar en una tienda; la primera vez que pasé un control de fronteras; la primera vez que vi una cola formada por coches en lugar de por seres humanos; la primera vez que me senté en un retrete en lugar de ponerme en cuclillas; la primera vez que vi que la gente iba detrás de un perro sujeto a una correa en lugar de ver perros callejeros yendo detrás de la gente; la primera vez que tuve entre las manos un chicle de verdad en lugar de solo el envoltorio; la primera vez que vi edificios con diferentes tiendas y escaparates repletos de juguetes; la primera vez que vi cruces sobre las tumbas; la primera vez que contemplé paredes cubiertas de anuncios en lugar de proclamas antiimperialistas; la primera vez que admiré la Acrópolis, aunque solo desde fuera porque no teníamos dinero para pagar la entrada. Y también describí en detalle mi primer encuentro con niños turistas siendo yo también una niña turista, cuando me enteré, sorprendida, de que no sabían quiénes eran Atenea ni Ulises, y se rieron de mí porque yo no conocía a un ratón que, al parecer, era muy famoso, llamado Mickey.

En la imagen: Apolonia de Iliria


INCIPT 1.360. LIBRE / LEA YPI


1. STALIN

Nunca me pregunté lo que significaba la libertad hasta el día en que abracé a Stalin. De cerca era mucho más alto de lo que yo esperaba. La profesora Nora nos habla dicho que a los imperialistas y a los revisionistas les gustaba destacar que Stalin era un hombre bajito. Según ella, no era tan bajo como Luis XIV, cuya estatura, por extraño que parezca, jamás se mencionaba. En cualquier caso, añadió con tono serio, hacer hincapié en las apariencias y no en lo que realmente importaba era un típico error imperialista. Stalin era un gigante y sus actos eran mucho más relevantes que su físico.

Lo que lo convertía en alguien verdaderamente especial, continuó explicando Nora, era que sonreía con los ojos. ¿Os lo podéis creer? ¿Sonreír con los ojos? Eso se debía a que el simpático  bigote que adornaba su rostro le tapaba los labios, por lo tanto, si solo te fijabas en la boca, era imposible saber si Stalin estaba sonriendo o haciendo cualquier otro gesto. Pero bastaba con mirarlo a los ojos, aquellos ojos castaños, penetrantes e inteligentes, para darse cuenta. Stalin estaba sonriendo. Hay gente incapaz de mirarte a los ojos. Está claro que tienen algo que ocultar. Stalin te miraba de frente y, si le apetecía, o si te portabas bien, te sonreía con los ojos. Siempre llevaba un abrigo sencillo y unos discretos zapatos marrones


EL FIN DE LA HISTORIA


Libre, Lea Ypi, p. 134

Unos meses antes del día en que abracé a Stalin había visto sus retratos desfilando por las calles de la capital para conmemorar el Primero de Mayo, el Día de los Trabajadores. Era el tradicional desfile anual. Los programas de televisión empezaban más temprano y no pasaban ningún deporte en la cadena yugoslava, lo cual significaba que no tenía que enfrentarme a mi padre para ver quién tenía acceso a la pantalla. Aquel día se podía ver el desfile, después había un espectáculo de marionetas, a continuación una película para niños y luego salíamos a pasear con nuestras mejores ropas, comprábamos helados y finalmente nos hacíamos una foto con el único fotógrafo de la ciudad, que solía estar junto a la fuente, cerca del Palacio de la Cultura.

El Primero de Mayo de 1990, el último que celebramos, fue el más feliz. O quizá me lo parezca porque fue el último. Objetivamente no pudo ser el más feliz. Las colas para conseguir artículos básicos eran cada vez más largas y las estanterías de las tiendas estaban cada vez más vacías. Pero a mí no me importaba. En el pasado, yo había sido muy caprichosa con la comida, pero con el paso de los años ya había dejado de ser quisquillosa sobre si tenía que comer queso feta barato en lugar del más apetecible queso amarillo, o una mermelada vieja en lugar de miel. «Primero está la moral, después la comida », decía alegremente mi abuela y yo había aprendido a adoptar la misma actitud.


INFANCIA


Libre, Lea Ypi, p. 99

Los niños extranjeros despertaban nuestra curiosidad, a veces envidia y, a menudo, también pena. A mí me daban lástima especialmente el Primero de Junio, el Día de los Niños, cuando mis padres me compraban regalos, íbamos a comer helados a la playa y al parque de atracciones. Ese día también me regalaban una suscripción anual a varias revistas infantiles. A través de ellas yo me enteraba de lo que hacían los demás niños del mundo. La revista Estrellitas era para niños entre seis y ocho años, y el Día de los Niños aparecía una viñeta que se llamaba «Nuestro Primero de Junio y el de ellos». En un lado se veía a un capitalista gordo, con un gran sombrero de copa, que le compraba un helado a su hijo gordo mientras, sentados en el suelo junto a la puerta de la heladería, había dos niños harapientos. Debajo de estos últimos, una leyenda decía: «Para nosotros nunca hay un Primero de Junio». Al otro lado de la viñeta había banderas socialistas, niños felices de la mano de sus padres, que llevaban flores y regalos y hacían cola para comprar un helado delante de una tienda. «Nos encanta el Primero de Junio», rezaba la leyenda. La cola era muy corta.


RELIGION COMUNISTA


Libre, Lea Ypi, p. 45

La profesora Nora nos dijo que antiguamente la gente se reunía en unos edificios muy grandes llamados «iglesias » y «mezquitas» para cantar canciones y recitar poemas dedicados a alguien o algo que ellos llamaban Dios y que teníamos que tener mucho cuidado de no confundirlo con los dioses de la mitología griega como Zeus, Hera o Poseidón. Nadie sabía qué aspecto tenía aquel Dios único y sobre esto había todo tipo de interpretaciones diferentes. Algunos, como los católicos y los cristianos ortodoxos, creían que Dios tuvo un hijo que también era medio humanó. Otros, los musulmanes, creían que Dios estaba en todas partes, tanto en las partículas más pequeñas de la materia como en el universo entero. Y había otros más, los judíos, que pensaban que Dios les daría un rey que los salvaría cuando llegase el final de los días. Además todos tenían profetas diferentes. En el pasado, esos grupos religiosos habían luchado encarnizadamente entre sí y habían matado y mutilado a gente inocente para imponer cuál de los profetas era el auténtico. Pero no en nuestro país. En nuestro país, los católicos, los cristianos ortodoxos, los musulmanes y los judíos siempre se habían respetado unos a otros, porque les importaba más la nación que sus diferencias sobre el aspecto de Dios. Entonces llegó el Partido, más gente empezó a leer y a escribir y, cuánto más aprendían sobre el funcionamiento del mundo, más cuenta se daban de que la religión era una ilusión, algo que los ricos y poderosos utilizaban para dar falsas esperanzas a los pobres prometiéndoles felicidad y justicia en otra vida.


ALBANIA


Libre, Lea Ypi, p. 23

Yo recordaba vagamente algo del año anterior que se llamó la «protesta del Muro de Berlín». Habíamos hablado de eso en el colegio y la profesora Nora nos explicó que era debido a la  lucha entre el imperialismo y el revisionismo, y a que cada uno sostenía un espejo frente al otro, pero que ambos espejos estaban rotos. Nada de eso nos afectaba. Con frecuencia, nuestros enemigos intentaban derribar nuestro gobierno y con la misma frecuencia fracasaban. A finales de la década de 1940 nos separarnos de Yugoslavia cuando esta rompió con Stalin. En la década de 1960, cuando Jruschov deshonró el legado de Stalin y nos acusó de un «desviacionismo nacionalista de izquierdas», rompimos las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. A finales de la década de 1970 abandonarnos nuestra alianza con China cuando esta decidió enriquecerse y traicionar la Revolución Cultural. Daba igual. Nos rodeaban enemigos poderosos, pero sabíamos que estábamos en el lado correcto de la historia. Cada vez que nuestros enemigos nos amenazaban, el Partido, apoyado por el pueblo, salía fortalecido. A lo largo de los siglos nos habíamos enfrentado a grandes imperios y le habíamos demostrado al mundo cómo una pequeña nación en el extremo de los Balcanes podía sacar fuerzas para resistir. En aquel momento liderábamos la lucha para lograr la transición más difícil: la de la libertad socialista a la comunista; la de un Estado revolucionario regido por leyes justas a una sociedad sin clases, donde el Estado en sí mismo se iría debilitando.


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia