Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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11S


David Bowie: Vidas, p. 479

DAVID BOWIE: Cuando atacaron las Torres Gemelas, yo personalmente no estaba en Nueva York, me hallaba al norte del estado, en Woodstock, trabajando en el nuevo álbum. Iman sí que estaba, con nuestra hija recién nacida, por lo que, naturalmente, a un nivel psicológico resultó increíblemente traumático, por el mero hecho de no hallarme a su lado. Nos mantuvimos en contacto telefónico hasta que de repente cortaron las líneas. Oh, tío, eso sí que fue verdaderamente aterrador. ¡Me entró el pánico! Porque justo estaba hablando en aquel momento con Iman y me estaba diciendo: “Dios mío, acaba de estrellarse un segundo avión». ¡Bum! Y le dije: «Sal echando leches de ahí, estáis siendo atacadas». Me quedó meridianamente claro, tan pronto como estrellaron el segundo avión. ¡Por el amor de Dios, están atacando la ciudad! Así que le dije: «Coge el carrito, mete sólo lo básico y márchate de ahí ahora mismo». Imán recorrió unas quince o veinte manzanas, literalmente corriendo con el carrito, hasta que llegó a casa de una amiga, porque nosotros vivíamos en el centro. Le dije: “Llámame cuando llegues a un lugar seguro” y, por supuesto, ya no volvió a telefonear porque todas las líneas estaban cortadas. Y yo: no, no, justo ahora, no. ¿Habrá conseguido salir? Y, naturalmente, nadie sabía nada. Nada. Y luego cortaron todas las carreteras. Intentamos llegar conduciendo a Nueva York y fue imposible, porque la policía tenía la ciudad cercada. No podías entrar ni podías salir. Fue verdaderamente espantoso. En cierto modo, supongo que inevitable, sobre todo si tenemos en cuenta lo que había estado ocurriendo en el plano político. Es muy fácil contemplar situaciones como esta de modo binario y los ataques del 11 de septiembre nos animaron a prestar un poco más de atención.


11M


La hora violeta, Sergio del Molino, p. 65

Cuando se cumplió el primer aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004, que mataron a casi doscientas personas en Madrid, me encargaron varios trabajos especiales en el periódico. Básicamente, se trataba de localizar a las familias de las víctimas aragonesas -oficialmente, tres- y narrar sus historias en un suplemento especial. En todo ese tiempo, no habían salido en el diario, sólo se habían dado los nombres de los fallecidos, algunas fotos de los funerales y un par de datos biográficos incluidos en la nota policial. Yo iba a ser el primero en interrumpir su duelo.

Dos de las tres familias declinaron salir en mi reportaje. Uno era el hijo de un militar, y el otro, una señora de Ateca que vivía en Alcalá de Henares. Los terceros, sin embargo, aceptaron a regañadientes, y yo fui el primer sorprendido. Eran los padres de un chaval de diecinueve años, estudiante del Instituto Nacional de Educación Física. Un deportista bonachón y entusiasta de su pueblo, Alfambra, en la provincia de Teruel, donde la familia había abierto una casa rural. El joven iba a clase y se montó en uno de los trenes que volaron por los aires.

El matrimonio vivía en un chalet de Coslada, y hasta allí fui, en tren de cercanías, haciendo el trayecto inverso al que hizo su hijo el 11 de marzo de 2004. Entré en la casa, saludé con dos besos a la madre y estreché la mano lánguida del padre. Al instante percibí una hostilidad desganada que asumí como merecida. Toda la casa estaba impregnada del recuerdo del hijo muerto. Un gran retrato, el mismo que días después ilustraría mi artículo en el suplemento especial del periódico, presidía el salón. Trofeos deportivos, libros, fotos. La ausencia del hijo lo llenaba todo. La casa era el horizonte de sucesos de un agujero negro, antimateria. El vacío absorbía la realidad. ¿ Y qué quieres saber?


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