Es un edificio colonial de dos plantas, un antiguo colegio británico en el barrio del puerto, cerca de la aduana marítima -la alfándega, así la llamamos aquí, no sé si por influencia del portugués o del gallego-; en la planta baja hay una lencería, una clínica dental y una acogedora, y abarrotada, tienda de libros de lance; allí estaban en otros tiempos los despachos y el refectorio de la selecta Clifford School; un cartel discreto anuncia con letras apenas legibles, en la segunda planta, MUDANZAS PANERO, adonde se accede por una herrumbrosa puerta metálica muy estrecha, entre las cristaleras de la clínica y la librería. Tiene dos timbres y solo en el de la derecha hay pegada una borrosa etiqueta que pone Panero. Parece la entrada a un túnel, un tabuco para guardar herramientas o la mazmorra en la que el dentista interviene a los pacientes más ruidosos; pero se abre a una amplia escalera de piedra que lleva al segundo piso, donde hay dos puertas: la de la izquierda (allí estuvo el dormitorio de los internos) permanece cerrada con llave, nadie sabe qué hay ahora en su interior, y los de Mudanzas Panero la llaman La Catacumba; la otra es la de los supuestos trajineros a los que jamás se ha visto transportar un mueble o ni siquiera un paquete, por más que a veces alguno lleve un portafolios de cuero.
Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.491. CUALQUIER COSA PEQUEÑA / RAFAEL REIG
Es un edificio colonial de dos plantas, un antiguo colegio británico en el barrio del puerto, cerca de la aduana marítima -la alfándega, así la llamamos aquí, no sé si por influencia del portugués o del gallego-; en la planta baja hay una lencería, una clínica dental y una acogedora, y abarrotada, tienda de libros de lance; allí estaban en otros tiempos los despachos y el refectorio de la selecta Clifford School; un cartel discreto anuncia con letras apenas legibles, en la segunda planta, MUDANZAS PANERO, adonde se accede por una herrumbrosa puerta metálica muy estrecha, entre las cristaleras de la clínica y la librería. Tiene dos timbres y solo en el de la derecha hay pegada una borrosa etiqueta que pone Panero. Parece la entrada a un túnel, un tabuco para guardar herramientas o la mazmorra en la que el dentista interviene a los pacientes más ruidosos; pero se abre a una amplia escalera de piedra que lleva al segundo piso, donde hay dos puertas: la de la izquierda (allí estuvo el dormitorio de los internos) permanece cerrada con llave, nadie sabe qué hay ahora en su interior, y los de Mudanzas Panero la llaman La Catacumba; la otra es la de los supuestos trajineros a los que jamás se ha visto transportar un mueble o ni siquiera un paquete, por más que a veces alguno lleve un portafolios de cuero.
RAFAEL REIG
Amor intempestivo, Rafael Reig, p. 248
Mis padres -aunque mi madre no lo
dijera con tantas palabras- esperaban más de mi carrera literaria: esa novela
que estaba ahí, pero que yo no había logrado escribir. Esa O.M. Para ellos, ya
siempre seré aquel que escribió tres novelas sin ninguna fortuna. Pero eso no
tiene importancia. Lo que me habría gustado poder mostrarles no son mis obras
completas, sino algo más valioso: que he logrado hacerme un alma, sacarla de
ese pozo que no tiene polea ni pozal. No nacemos con ella, hacerse un alma es
el propósito de toda vida que merezca ser vivida. Ser escritor, ingeniero,
licenciada en Derecho, no es nada ni quiere decir que uno haya vivido. Llegar a
ser bueno es la única aventura de la existencia, lo único para lo que vivimos.
Sin embargo, nadie es más digno
de desprecio que el fariseo, el sepulcro blanqueado que edifica su bondad sobre
la maldad ajena: Señor, yo no soy como aquellos que pecan, míralos, mientras yo
rezo. Comprenderse solo sirve para quererse uno más a sí mismo. El que no se
quiere a sí mismo, en cambio, ya no tiene más remedio que convertirse en otro,
construir una persona mejor a la que poder querer, a partir de su propia
maldad, no de la del os demás. Por eso nunca he querido comprenderme, solo
necesito quererme; hacerme un alma para poder quererme un poco.
Lo que sí he logrado comprender
es por qué no he podido escribir una obra maestra. No era cuestión de una
glándula, se trataba de un alma. Ahora sé que ya nunca escribiré esa O.M. que
ya nadie espera de mí, ni siquiera en mi casa. Y aunque no sin melancolía,
puedo confesar que casi me alegro. Si mis padres resucitaran mañana, ¿qué
podría enseñarles para merecer su aprobación? ¿una docena de novelas? ¿Los
premios recibidos? ¿Las traducciones de mis libros a varios idiomas? ¿Mi condición
de “figura central de las letras españolas”? ¿La victoriosa y triste presa de
la felicidad?
L'AMOUR
Amor intempestivo, Rafael Reig, p.116
Me acosté con la mayor cantidad
posible de chicas, pero como en la biblioteca, me interesóalgo parecido al benedictino
fray Benito Jerónimo: una parisina mayor, chiflada, culta y muy promiscua. Con
Marie Matin aprendí que el sexo no tenía por qué ser un saludable pasatiempo
juvenil ni tampoco un drama clandestino, lleno de sufrimiento y rimbombancia
lúgubre. Para Marie el sexo era parte del patrimonio cultural francés y merecía
dedicación y aprendizaje; y exigía imaginación, inteligencia y curiosidad. El
objetivo era por supuesto el placer, pero ¿qué placer? ml de quien asiste a una
ejecución pública o al lanzamiento de una cabra desde un campanario, como en
España? ¿o el de quien hace gimnasia por las mañanas y forma parte del equipo
de cheerleaders de la universidad, como en Estados Unidos? Lo que me enseñó
Marie es que el placer aumenta con el esfuerzo. Uno puede conformarse con
escuchar a una charanga interpretando Paquito el chocolatero, sin duda; pero
valen la pena el tiempo y el trabajo empleado en poder disfrutar mucho más con
Mozart. Los meses empleados en leer a Proust ponen a tu alcance un placer
desconocido e inalcanzable para el lector de Pérez-Reverte. Pero hubo más cosas
que me enseñó Marie: el placer da forma a la identidad. Descubrir qué es lo que
te provoca placer, inventarlo juntos la mayoría de las veces, es construir una
identidad propia. Por eso el sexo es quizá la gran contribución francesa a la
cultura europea (de la cultura sexual japonesa o india, por entonces, yo no
sabía gran cosa): descubrir una forma de placer que has creado a tu medida y ser
capaz de compartirla con otra persona, crear una intimidad, es una de las
aventuras más valiosas de una vida que merezca ser vivida.


