Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.491. CUALQUIER COSA PEQUEÑA / RAFAEL REIG


Es un edificio colonial de dos plantas, un antiguo colegio británico en el barrio del puerto, cerca de la aduana marítima -la alfándega, así la llamamos aquí, no sé si por influencia del portugués o del gallego-; en la planta baja hay una lencería, una clínica dental y una acogedora, y abarrotada, tienda de libros de lance; allí estaban en otros tiempos los despachos y el refectorio de la selecta Clifford School; un cartel discreto anuncia con letras apenas legibles, en la segunda planta, MUDANZAS PANERO, adonde se accede por una herrumbrosa puerta metálica muy estrecha, entre las cristaleras de la clínica y la librería. Tiene dos timbres y solo en el de la derecha hay pegada una borrosa etiqueta que pone Panero. Parece la entrada a un túnel, un tabuco para guardar herramientas o la mazmorra en la que el dentista interviene a los pacientes más ruidosos; pero se abre a una amplia escalera de piedra que lleva al segundo piso, donde hay dos puertas: la de la izquierda (allí estuvo el dormitorio de los internos) permanece cerrada con llave, nadie sabe qué hay ahora en su interior, y los de Mudanzas Panero la llaman La Catacumba; la otra es la de los supuestos trajineros a los que jamás se ha visto transportar un mueble o ni siquiera un paquete, por más que a veces alguno lleve un portafolios de cuero.


RAFAEL REIG

Amor intempestivo, Rafael Reig, p. 248

Mis padres -aunque mi madre no lo dijera con tantas palabras- esperaban más de mi carrera literaria: esa novela que estaba ahí, pero que yo no había logrado escribir. Esa O.M. Para ellos, ya siempre seré aquel que escribió tres novelas sin ninguna fortuna. Pero eso no tiene importancia. Lo que me habría gustado poder mostrarles no son mis obras completas, sino algo más valioso: que he logrado hacerme un alma, sacarla de ese pozo que no tiene polea ni pozal. No nacemos con ella, hacerse un alma es el propósito de toda vida que merezca ser vivida. Ser escritor, ingeniero, licenciada en Derecho, no es nada ni quiere decir que uno haya vivido. Llegar a ser bueno es la única aventura de la existencia, lo único para lo que vivimos.

Sin embargo, nadie es más digno de desprecio que el fariseo, el sepulcro blanqueado que edifica su bondad sobre la maldad ajena: Señor, yo no soy como aquellos que pecan, míralos, mientras yo rezo. Comprenderse solo sirve para quererse uno más a sí mismo. El que no se quiere a sí mismo, en cambio, ya no tiene más remedio que convertirse en otro, construir una persona mejor a la que poder querer, a partir de su propia maldad, no de la del os demás. Por eso nunca he querido comprenderme, solo necesito quererme; hacerme un alma para poder quererme un poco.

Lo que sí he logrado comprender es por qué no he podido escribir una obra maestra. No era cuestión de una glándula, se trataba de un alma. Ahora sé que ya nunca escribiré esa O.M. que ya nadie espera de mí, ni siquiera en mi casa. Y aunque no sin melancolía, puedo confesar que casi me alegro. Si mis padres resucitaran mañana, ¿qué podría enseñarles para merecer su aprobación? ¿una docena de novelas? ¿Los premios recibidos? ¿Las traducciones de mis libros a varios idiomas? ¿Mi condición de “figura central de las letras españolas”? ¿La victoriosa y triste presa de la felicidad?


L'AMOUR

Amor intempestivo, Rafael Reig, p.116

Me acosté con la mayor cantidad posible de chicas, pero como en la biblioteca, me interesóalgo parecido al benedictino fray Benito Jerónimo: una parisina mayor, chiflada, culta y muy promiscua. Con Marie Matin aprendí que el sexo no tenía por qué ser un saludable pasatiempo juvenil ni tampoco un drama clandestino, lleno de sufrimiento y rimbombancia lúgubre. Para Marie el sexo era parte del patrimonio cultural francés y merecía dedicación y aprendizaje; y exigía imaginación, inteligencia y curiosidad. El objetivo era por supuesto el placer, pero ¿qué placer? ml de quien asiste a una ejecución pública o al lanzamiento de una cabra desde un campanario, como en España? ¿o el de quien hace gimnasia por las mañanas y forma parte del equipo de cheerleaders de la universidad, como en Estados Unidos? Lo que me enseñó Marie es que el placer aumenta con el esfuerzo. Uno puede conformarse con escuchar a una charanga interpretando Paquito el chocolatero, sin duda; pero valen la pena el tiempo y el trabajo empleado en poder disfrutar mucho más con Mozart. Los meses empleados en leer a Proust ponen a tu alcance un placer desconocido e inalcanzable para el lector de Pérez-Reverte. Pero hubo más cosas que me enseñó Marie: el placer da forma a la identidad. Descubrir qué es lo que te provoca placer, inventarlo juntos la mayoría de las veces, es construir una identidad propia. Por eso el sexo es quizá la gran contribución francesa a la cultura europea (de la cultura sexual japonesa o india, por entonces, yo no sabía gran cosa): descubrir una forma de placer que has creado a tu medida y ser capaz de compartirla con otra persona, crear una intimidad, es una de las aventuras más valiosas de una vida que merezca ser vivida.


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