Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.580. LOS WITTGENSTEIN, UNA FAMILIA EN CARTAS



INTRODUCCIÓN de Brian Mcguinness

Aunque para muchos Ludwig Wittgenstein sea un enigma—no sólo algunas de sus ideas, por ejemplo que «El enigma [del mundo] no existe» (Tractatus 6.5)—, al menos es posible hallar una clave de ese enigma en un concepto que, no por casualidad, era decisivo para él, a saber, el de «parecidos de familia». Lo entenderemos mejor si en vez de buscarlo en las categorías que lo definen, nos fijamos en ciertos rasgos que se repiten aquí y allá, si bien combinados de distintos modos en un determinado grupo y, en este caso en particular, en su familia, concretamente entre sus hermanos y hermanas. La de Wittgenstein fue una familia que, gracias a su riqueza y su autoconfianza, consiguió crear un mundo propio, junto con un sistema de subsistencia, valores y clientela (en el sentido que el término tenía en la Roma antigua): personas muy diversas—pintores, músicos, estudiantes, amigos y conocidos de toda índole— fueron invitadas, protegidas o empleadas, en una palabra, integradas a su medio. Wittgenstein introdujo a sus amigos—entre otros, Engelmann, Ludwig Hänsel y Koder— en ese círculo y, por regla general, se convirtieron también en amigos y protegidos de todos los miembros de la familia. Él mismo debía al medio familiar algunas amistades, y al menos en una ocasión conoció en ese círculo a una amiga a la que amó. Ludwig se crio en el ethos familiar—y se atuvo a él—de elegir siempre el camino más difícil y la intolerancia (cuanto más cercanos los familiares, más acentuada) hacia todo lo que se considerase debilidad moral.


Wittgenstein


Nada que temer, Julian Barnes, p. 33
Wittgenstein trabajaba de profesor en varios pueblos remotos de la baja Austria. Los lugareños le consideraban austero y excéntrico, pero entregado a sus alumnos; además, a pesar de sus propias dudas religiosas, estaba dispuesto a empezar y acabar cada día lectivo con el padrenuestro. Cuando enseñaba en Trattenbach, llevó a sus alumnos a una excursión escolar a Viena. Como la estación más cercana se encontraba en Gloggnitz, a unos veinte kilómetros, la excursión comenzó con una caminata pedagógica a través del bosque que había entre las dos localidades, y pidió a los niños que identificaran las plantas y las piedras que habían estudiado en clase. En Viena pasaron dos días haciendo lo mismo con muestras de arquitectura y tecnología. Después tomaron el tren de regreso a Gloggnitz.Cuando llegaron anochecía.  Emprendieron la caminata de veinte kilómetros. Wittgenstein, intuyendo que muchos de los alumnos estaban asustados, iba de uno a otro, diciendo en voz baja: "i Tienes miedo? Pues entonces sólo tienes que pensar en Dios.» Estaban, literalmente, en un bosque oscuro. ¡Vamos, cree! No pierdes nada. Y así era, en teoría. Un Dios inexistente al menos te protegerá de los inexistentes elfos, duendecillos y demonios del bosque, aunque no de los lobos y osos (y leonas) existentes.

Un experto en Wittgenstein señala que aunque el filósofo no era "una persona religiosa», había en él, "en cierto sentido, la posibilidad de religión»; pero su idea de ella era menos la creencia en un creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio. Pensaba que «la vida puede enseñarte a creer en Dios»: es una de sus últimas notas. También se imaginaba respondiendo a la pregunta de si sobreviviría o no a la muerte, y contestaba que no podía decirlo: no por las razones que tú o yo podríamos aducir, sino porque «no tengo una idea clara de lo que estoy diciendo cuando digo "No dejo de existir"». No creo que muchos de nosotros lo sepamos, salvo los fundamentalistas y los que se inmolan esperando recompensas muy concretas. No obstante, seguramente está más a nuestro alcance entender lo que esto significa que lo que podría dar a entender.


Ludwig Wittgenstein


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 50

Respecto al, para mí, extraño hecho de que nos acostumbramos a todo menos a la muerte, en realidad ya había comenzado a pensarlo muchos años atrás, concretamente en la Navidad de 1997, mientras leía la biografía que de Ludwig Wittgenstein había escrito Ray Monk, titulada Wittgenstein. Concretamente cuando llegué al capítulo en el que Monk describe una anécdota en la que, tal como yo la entendí entonces, son resumidas y entran en colisión dos grandes tendencias del pensamiento del siglo XX: año 1939, Wittgenstein imparte clases de lógica del lenguaje en Cambridge -lo que en su caso equivale a decir que imparte clases acerca de sí mismo-, y entre sus alumnos se encuentra un jovencísimo Alan Turing, quien en pocos años estaría llamado a inventar el concepto de computadora tal como hoy lo entendemos. En un momento dado el alumno interpela al profesor por el uso que éste viene haciendo de la palabra contradicción, y estalla entonces una fuerte discusión. Para Turing, incurrir en una contradicción equivale a que todo lo que hagas a partir de ese momento te llevará por un camino equivocado, extraviado, condenado al error. Por el contrario, Wittgenstein cree que no, que una contradicción jamás puede extraviarte porque una contradicción «no te conduce a parte alguna; una contradicción, sencillamente, te paraliza, te deja inmóvil», de modo que no puede llevarte ni por el camino equivocado ni por el correcto; la contradicción es, simple y llanamente, la parálisis. Y es en ese sentido wittgensteniano en el que creo que percibimos la muerte, como una contradicción, un absurdo que ni te deja avanzar ni te permite retroceder, una parálisis a la que resulta imposible acostumbrarse y de la que sólo te escapas haciendo metáforas, alegorías y ficciones.


LA AMANTE DE WITTGENSTEIN


David Foster Wallace, DT Max, p. 173

El libro narra los pensamientos de Kate, una mujer que o bien es la última persona sobre la faz de la tierra o bien está falsamente convencida de que lo es. La novela escenifica el postulado wittgensteiniano de que el mundo no es nada más que hechos observados, una proposición que desemboca, corno Wallace escribiría después en su ensayo sobre el libro, «La plenitud vacía», en la creencia de que «la cabeza de uno es, en cierto sentido, el mundo entero». Los pensamientos carentes de efecto alguno de Kate, por tanto, podrían muy bien ser un registro de la mente de Wallace en su momento más deprimido:

En el cuadro de la casa no se ve a nadie en la ventana, por cierto.

Ahora he llegado a la conclusión de lo que creía que era una persona es una sombra.

Si no es una persona, será quizá una cortina.

De hecho, podría no ser más que un intento de sugerir la profundidad del interior de la habitación.

Aunque en cierto sentido, todo lo que hay realmente en la ventana es pigmento de color siena tostado. Y un poco de amarillo ocre.

En realidad tampoco hay ninguna ventana, en el mismo cierto sentido, sino solo forma.

Así que cualquier cantidad de especulaciones que yo pueda haber hecho acerca de esa persona en la ventana parecerían ahora completamente carentes de sentido, obviamente.

A no ser, por supuesto, que subsiguientemente yo vuelva a convencerme de que hay alguien en la ventana de nuevo.


Wittgenstein


David Foster Wallace, DT Max, p. 76

Más adelante, Wallace vería todas las cuestiones que Wittgenstein le había invitado a plantearse como meros divertimentos trillados. En una entrevista llegaría a tildar a La escoba del sistema de banal, una autobiografía encubierta, «el relato sensible de un joven WASP muy sensible que acaba de atravesar una crisis "de la mediana edad" que le ha llevado desde una matemática analítica fría y cerebral a una aproximación fría y cerebral a la literatura [ ... ] lo que también transformó su terror existencial desde el miedo a no ser más que una calculadora a 36,5 ° C hasta el miedo a no ser más que un constructo lingüístico». 38 Pero en aquel momento, el interés por las implicaciones de las teorías de Wittgenstein estaba muy vivo en éL Después de todo, el segundo Wittgenstein era Wallace sano; el primer Wittgenstein, el autor deprimido.

El manuscrito de ficción y la tesis de filosofía de Wallace se correspondían: ambos indagaban en la cuestión de si el lenguaje describía el mundo o si de alguna manera profunda lo definía o incluso lo alteraba. ¿Responde la comprensión que tenemos de nuestra experiencia a una realidad objetiva o a determinadas limitaciones cognitivas de nuestro interior? ¿Constituye el lenguaje una ventana o una jaula? Por supuesto, con su empeño intelectual, Wallace quería alcanzar un panorama real y veraz, o al menos un espejismo lúdico y benigno. Uno de los ejemplos favoritos del vibrante vínculo existente entre el lenguaje y los objetos que a Wallace y sus amigos les gustaba discutir en su mesa de Valentine Hall era el siguiente: ¿qué parte de una escoba es más importante, el cepillo o el mango? La mayor parte de la gente se decantaría por el cepillo, pero la cuestión depende realmente del uso que quieras darle a la escoba, Si lo que quieres es barrer, entonces sin duda las cerdas son la parte fundamental, pero si tuvieras que romper una ventana, entonces, lo sería el mango.


WITTGENSTEIN


La estrella de la mañana, KO Knausgard, p. 324

Un estudiante que trabajó allí unas semanas antes ese verano dijo que Karl Frode se parecía a un filósofo, a Hvitgensten. Me enseñó una foto en el teléfono, y la verdad es que se parecía muchísimo. El pelo rizado, los ojos redondos con la mirada perdida, la cara alargada y las comisuras de los labios hacia abajo. Karl Frode tenía las mejillas más redondas, pero aparte de eso, eran como gemelos.

Karl Frode había vivido en esa institución casi toda su vida. Después de la época en la que dormían con correas por la noche, había adquirido la costumbre de llevar un cinturón que le mantenía sujeto el pantalón. Otra cosa que se había torcido en él era la masturbación. Solo podía practicarla estando de pie entre los setos fuera del edificio, mirando hacia las ventanas. Y en las ventanas tenía que haber un reflejo de nubes. Lo sacaban a veces cuando el tiempo lo permitía y esperaban fumando de espaldas, él estaba un poco más allá con los pantalones bajados hasta las rodillas masturbándose. Era algo inofensivo, pero no obstante no se hablaba de ello.

Le puse la margarina delante.

-Ja ja. Ja ja-dijo.

-¿Qué pasa? -pregunté.

-No es mantequilla, es margarina -dijo.

-Sí, en eso tienes razón -dije-. Pero llamamos mantequilla a las dos cosas, ¿no?

Se quedó quieto, mirando la mesa. Una mosca se posó en el borde de la mantequilla. Otra en el queso, bien visible  en contraste con lo amarillo.


INCIPIT 1.280. LUDWIG WITTGENSTEIN / RAY MONK


La figura de Ludwig Wittgenstein ejerce una fascinación muy especial que no queda totalmente explicada por la enorme influencia que ha ejercido en el desarrollo de la filosofía de este siglo. Incluso aquellos no muy interesados en la filosofía analítica le profesan admiración. Se han escrito poemas acerca de él, se han pintado cuadros inspirados por él, se ha puesto música a su obra, y se le ha convertido en personaje central de una novela de éxito que es poco más que una biografía novelada (The World as I Found It, de Bruce Duffy). Además, existen al menos cinco programas de televisión dedicados a él, y se han escrito incontables evocaciones de su persona, con frecuencia por gente que le conoció muy poco. (F. R. Leavis, por ejemplo, que quizá habló con él en cinco o seis ocasiones, ha hecho de sus «Recuerdos de Wittgenstein» el tema de un artículo de dieciséis páginas.) Se han publicado remembranzas de Wittgenstein escritas por la mujer que le enseñó ruso, por el hombre que le llevaba la turba a su casa de campo de Irlanda, y por el hombre que, aunque no le conocía muy bien, dio la casualidad que tomó las últimas fotografías que se conservan de él.

Todo esto, en cierto modo, sigue un rumbo distinto de la ininterrumpida industria que produce comentarios acerca de la filosofía de Wittgenstein. Sin embargo, esta industria también progresa con rapidez. Una bibliografía reciente de fuentes Secundarias enumera no menos de 5.868 artículos y libros acerca de su obra. De ellos, muy pocos resultarían de interés (o ni siquiera inteligibles) a cualquiera que no pertenezca al mundo académico, y del mismo modo escasos serían los autores de esos libros o artículos que sentirían curiosidad por los aspectos de la vida y la personalidad de Wittgenstein que han inspirado las obras mencionadas en el párrafo anterior.

Parece, por tanto, que el interés por Wittgenstein, por grande que sea, sufre de una inoportuna polaridad entre aquellos que estudian su obra aislada de su vida y los que encuentran su vida fascinante y su obra ininteligible.


LA CASA STEINER


Wittgenstein arquitecto, p.137

Definitivamente, y debido a su temperamento inestable, Ludwig Wittgenstein se da cuenta de su incapacidad profesional como maestro de escuela primaria, y decide trabajar como jardinero en el convento de los Hermanos de la Caridad de Hütterldorf, acariciando la idea de convertirse en fraile.

La posterior muerte de su madre, así como alguna que otra conducta tiberiana, le llevará a una profunda crisis personal y moral. En estas extrañas circunstancias, su hermana Margarethe Stonborough-Wittgenstein le propone en I926 que se involucre, junto a su amigo el arquitecto Paul Engelmann, en el proyecto de construirle una casa para su felicidad eterna.

A partir del lenguaje formal que Adolf Loos utilizó en su Casa Steiner (1910), Wittgenstein proyecta un entramado de formas cúbicas entrelazadas carentes ornamentación y, como señala Carlos Muñoz Gutiérrez, reduce la arquitectura a líneas rectas e imperturbables que corren paralelas o perpendiculares entre sí. Animado por sus estudios de ingeniero aeronáutico, también diseña los elementos mecánicos,  como picaportes, cerraduras, rejillas de ventilación, marcos de las puertas, interruptores, radiadores ... Diseña hasta el aire, aunque para la iluminación se incline por la desnudez de las bombillas. La belleza de esta casa está en su precisión y rigor matemático. Es la representación exacta de nuestros límites. Es la encarnación de la lógica en hormigón armado.


INCIPIT 1.141. WITTGENSTEIN, ARQUITECTO / FERNANDEZ MALLO


Advertencia

En otoño de 1926, enjaulado en una soledad sin precedentes, Ludwig Wittgenstein se sumerge hasta el esternón en la tarea de construir una casa para su hermana en la Kundmaungasse, en Viena. Después de revisar los primeros bocetos firmados por su amigo y colaborador el arquitecto Paul Engelmann, se obsesiona de tal manera con el proyecto que el propio Engelmann, apartado de las decisiones, hace la maleta y emigra a Palestina.

En I975 Thomas Bernhard publica Korrektur, editada en España en I 9 8 3 como Corrección y traducida por Miguel Sáenz. La segunda edición de esta novela es del año I986. Yo la leí cuatro años después y fui aplastado por ella. A partir de ese momento entendí lo más básico: tu cabeza es cárcel y carcelero.

Corrección nos cuenta la descomunal tarea de Roithamer -catedrático de Cambridge atrapado en la buhardilla del taxidermista Hóller-, quien desea construir una casa ideal en forma de cono en el centro geométrico del bosque de Kobernauss, en la garganta del Aurach. Ese cono, que iba a ser la residencia y felicidad suprema de su hermana, nunca fue habitado. Ella se suicidó en el momento exacto en que fue terminado.

Este texto de Bernhard, correlato de la casa que Wittgenstein construyó -en este caso, para la felicidad suprema de su hermana Margarethe Anna Maria Wittgenstein


LA CASA WITTGENSTEIN


Wittgenstein arquitecto, p. 86

Debido en parte a su propia monumentalidad, y también en parte al triste destino de la propia Austria, la casa –que había consumido tanto tiempo, energía y dinero- ha tenido una historia desgraciada. Menos de un año después de que Gretl se mudara a ella, la Gran Depresión de 1929 (aunque de ninguna manera la dejó en la indigencia) la obligó a despedir a gran parte del personal que necesitaba para llevar la casa tal y como se debía, y tenía que recibir a sus invitados no en la sala, sino en la cocina. Nueve años después, tras el Anschluss, huyó de los nazis para vivir en Nueva York, dejando la casa vacía al cuidado del único sirviente que le quedaba. En 1945, cuando los rusos ocuparon Viena, la casa fue utilizada como cuartel por los soldados rusos y como establo para los caballos, Gretl regresó en 1945 y vivió allí hasta su muerte, en 1958. La casa entonces pasó a ser propiedad de su hijo, Thomas Stomborough. Compartiendo las reservas de Hermine acerca de su idoneidad como residencia, Stomborough la dejó vacía durante muchos años hasta que, en 1977, la vendió a un constructor para que la demoliera. La salvó de este destino una campaña a favor de que se declarara monumento nacional, promovida por la Comisión Histórica de Viena, y ahora sobrevive como sede del departamento cultura de la Embajada de Bulgaria, aunque el interior ha sido sustancialmente alterado para adaptarse a este propósito. Si Wittgenstein la hubiera visto en su estado actual-tabiques para formar habitaciones en L, paredes y radiadores pintados de blanco, el vestíbulo alfombrado y forrado de madera-, probablemente habría preferido que la demolieran.


WITTGENSTEIN EN SU FIORDO 2


Wittgenstein arquitecto, p. 98
En Skjolden, Wittgenstein se hospeda inicialmente en una habitación -austera, como a él le gusta-, situada en el segundo piso de la casa del cartero. Trabaja y se siente desgraciado a partes iguales. Años más tarde, refiriéndose a esos días, diría: «Entonces mi mente estaba en llamas». Por las noches escribe frenéticamente. A veces usa una linterna frontal, de carburo, que ata a su cabeza, porque dice que el haz directo de la luz desde su cerebro al papel le ayuda a no distraerse. Paralelamente se ve tomado por la idea, que poco tiempo después escrupulosamente cumpliría, de regalar toda su fortuna a diferentes artistas austriacos -Rilke, Trakl, Adolf Loos, entre otros-. También busca un emplazamiento para construir la austera cabaña en la que vivir. Para ello no dejará de observar el lago y la montaña que hay frente al pueblo.

En el verano de 1914, antes de irse de Skjolden para visitar a su familia en Viena, sobre el lago, y en un lugar casi inaccesible, tanto que hay que construir un empinado camino al que sólo se llega en barca, levanta la cabaña, y  un sistema de poleas y cables (del que aún hoy quedan vestigios) por el que subirá los víveres y el agua. Su propósito era regresar a ella al terminar el verano. La Primera Guerra Mundial estalla pocos días después de su partida, se alista voluntario para ir a las trincheras, lugar donde terminaría la redacción de su Tractatus. No regresaría a la cabaña de Skjolden hasta 193 6. Fue ésa la única casa de su propiedad que tendría en su vida.


WITTGENSTEIN EN SU FIORDO


Wittgenstein arquitecto, p. 94

En 1913, Ludwig Wittgenstein, afincado en Cambridge y aún aspirante a filósofo, viaja a la población del Skjolden, situada junto a un fiordo del norte de Noruega, y allí traza parte de lo que poco tiempo después sería uno de los libros más influyentes, controvertidos y audaces de la filosofía del siglo xx, el ya citado Tractatus Logico-Philosophicus. Para él, antes de partir a Skjolden era importante dejar escrito algo acerca de su trabajo, ya que tenía la convicción de que le quedaban semanas, a lo sumo meses de vida. Desde un punto de vista objetivo tal convicción estaba absolutamente injustificada pues no padecía enfermedad alguna, pero también todos los escaladores cuando abren una ruta sienten que ésa puede ser la última; sólo tal sentimiento anuncia la posibilidad al éxito. Su amigo y valedor Bertrand Russell -filósofo ya entonces mundialmente famoso-, siempre tuvo el convencimiento de que Wittgenstein se volvería loco o se suicidaría en ese viaje. Cuenta Russell: «Le dije que en Noruega estaría oscuro, y él me dijo que odiaba la luz del día. Le dije que sería un lugar muy solitario, y me respondió que pervertía su mente hablando con la gente inteligente de Cambridge. Finalmente le dije que estaba loco y replicó que Dios le guardara de la cordura». Así, convencido de que moriría en su estancia en Skjolden, Wittgenstein le deja a Russell sus Notas sobre lógica, que eran todo cuanto había escrito hasta entonces, y que pueden considerarse el germen de lo que llegaría a ser la moderna filosofía del lenguaje. Esas notas giran en torno al análisis de la sentencia: «A es la misma letra que A».

Más directo, imposible.


CARL WILHELM WITTGENSTEIN


Wittgenstein, arquitecto, p. 20

Parece como si Ludwig quisiera, de un modo inconsciente, remedar en negativo a su padre: Carl Wilhelm, el padre del filósofo, fue un hombre dotado de una personalidad extraordinaria. En 1864, cuando tenía dieciséis años, tuvo que abandonar el Instituto de Enseñanza Media, poco antes de acabar el bachillerato, a causa de un trabajo escolar en que exponía sus opiniones sobre la inmortalidad del alma. Se fugó de casa, y en 1865 llegó a Nueva York con un pasaporte falso. Al principio trabajó de camarero en esa ciudad, y luego se unió a una banda de músicos negros en la que tocaba el violín; poco después se enroló como timonel en un transbordador y más tarde se ganó el sustento como vigilante de un parque. A continuación ocupó el puesto de encargado en un bar de Washington; su cometido consistía en recordar las caras de los clientes que habían pagado su consumición. Finalmente se ganó la vida como profesor de griego, matemáticas, trompa y violín. Regresó a Austria en 1867 (¡con veinte años!) y comenzó la carrera de perito industrial que, sin embargo, no llegó a terminar». Tras otras correrías, llegó a dirigir una industria metalúrgica en Praga para llegar a convertirse en multimillonario. Karl Wittgenstein proporcionó apoyo a la Sezesion Vienesa; no sólo Gustav Klimt frecuentaba su casa, también lo hacían Gustav Mahler, Bruno Walter, Pau Casals y Auguste Rodin. Su hijo Paulllegó a ser un destacado pianista. Perdió un brazo en la Primera Guerra Mundial y, a pesar de ello,  los compositores Maurice Ravel, Richard Strauss y Serguéi Prokófiev le dedicaron sendos conciertos para piano. En este clima fantástico acechaba la sombra del suicidio: tres de los cinco hijos varones de Karl Wittgenstein se suicidaron. En la Viena de aquellos años se había impuesto en muchos círculos una cierta sensibilidad de «fin de siglo» que tuvo su concreción en un elevado número de suicidios. «Hans, nacido en r877, hermano mayor de Ludwig, que sufría por la discrepancia entre su interés por la música y los deseos abrigados por su padre, puso fin a su vida en r 902, en la Habana. El tercero de sus hijos varones, Rudolf, nacido en 1881, se suicidó en Berlín en 1903; antes hizo que en una taberna cantaran para él su canción preferida: Abandonado estoy. Ambos eran homosexuales declarados».


PALAIS WITTGENSTEIN

El mundo tal como lo encontré, B. Duffy, p. 496
Wittgenstein no era tan afortunado. Al regresar del campo de prisioneros en Italia, presenció cómo la turba casi famélica de Viena talaba los bosques de la ciudad y se llevaba la madera en rechinantes carros y carretillas. Pero lo peor para él fue comprender que ahora era uno de los hombres más ricos de Viena porque el grueso de su fortuna estaba a salvo en América y rendía cuantiosos intereses. Para él era el infierno tener tanto cuando los demás tenían tan poco ... sentir de manera tan indeleble la culpa y la responsabilidad del dinero añejo que, después de acumularse durante tanto tiempo al sol, se concentraba en poder como la miel de la abeja. El peso del dinero amontonado sólo servía para abismar aún más su alma que se ahogaba. Apenas una semana después de que Wittgenstein regresara a casa, la sensación de culpa por su riqueza se volvió insoportable. A pesar del gozoso alivio que les producía tenerlo otra vez junto a ellas, Mining y Gretl percibían su ansiedad que se encrespaba como las ondas de un lago. Su hermano o bien no hablaba en absoluto, o bien de pronto lo hacía a toda prisa, con una complejidad alarmante, vertiginosa. No podía pensar por lo mucho que pensaba, no podía dormir por lo mucho que soñaba, porque el soñar también era pensar; todo era pensamiento y todo pensamiento, sueño. ¡La música! Anhelaba la música, pero la música también era pensamiento y siempre la tocaban demasiado lenta o demasiado rápida, como la conversación que, en su ansiedad e impaciencia, le hacía desear apresurarse hasta un extremo que resultaba imposible en medio de la algarabía. La culpa la tenía la casa, pensaba, el Palais Wittgenstein, ese pastel pringoso relleno de sueños muertos. Detestaba la casa. Hundida en el suelo de una cultura anterior era, como él, un anacronismo. ¡Ojalá hubiera muerto en un momento de brillantez! ¡Ojalá se hubiera convertido en una estrella del cielo! Pero ahora se sentía arrojado a los hornos de un futuro informe, como otra inútil reliquia de la guerra que había que desguazar y fundir.

WITTGENSTEIN

El mundo tal como lo conocí, B. Duffy, p. 458
El libro se publicó a pesar de todo, primero en alemán en 1921 y al año siguiente en una traducción inglesa que apareció con el título latino sugerido por Moore: Tractatus Logico-Philosophicus.

Moore conocía sólo los hechos más esquemáticos de lo que había sucedido a partir de entonces. Después de haber donado su fortuna y renunciado a la filosofía, Wittgenstein  desapareció, yéndose como maestro de escuela a una pequeña aldea austríaca llamada Trattenbach. Un joven y brillante protégé de Moore, llamado Frank Ramsey, quien de hecho había ayudado a traducir el libro de Wittgenstein, viajó a Trattenbach en 1923, con la esperanza de que Wittgenstein le resolviera algunos problemas que le planteaba el libro. Por lo que sabía Moore; Ramsey era el único hombre de Cambridge que vio a Wittgenstein durante el llamado período perdido, y al parecer no fue una visión optimista. Después de la guerra, Austria estaba en malas condiciones y al parecer Wittgenstein también. Ramsey dijo a Moore que la aldea era un lugar pobre y espantoso. Lo peor era que existían tensiones entre Wittgenstein y los aldeanos. Ramsey no podía comprender por qué Wittgenstein se quedaba allí... Ramsey habló de «suicidio intelectua”. Wittgenstein le dijo un día a Ramsey, con mucho misterio, que había padecido una dolorosa pero necesaria operación en su carácter. Dijo que había sido una especie de cirugía, una cirugía de tipo radical... se le habían amputado ciertos miembros. Pero afirmaba que estaba mejor así, aunque evidentemente se encontraba disminuido y debilitado. Dijo a Ramsey que no abrigaba ilusiones sobre sí mismo o su talento. Ese tipo de trabajo lógico sólo se podía hacer durante seis u ocho años antes de quedar destrozado, al menos en el caso de un talento incierto y poco original como el suyo. Wittgenstein se apresuró a añadir que no se trataba de una gran pérdida para la filosofía. De hecho, había dicho, no había pérdida alguna. Después de haber expresado todo lo que quería decir respecto a la filosofía, se había vuelto hacia el mundo de la infancia, sintiendo que era mejor subsistir como un espíritu benigno entre los niños que como un fantasma entre los hombres.

W.

El mundo tal como lo conocí, B. Duffy, p. 405
Más tarde, Ernst le preguntó a Wittgenstein, dándole un ligero apretón en el hombro:
-¿Ha escarmentado ya a esa rata?
Era un apretón inocente; sólo la manera que tenía el cabo de establecer contacto. ¡Cuántas veces había caminado Wittgenstein en la oscuridad con la mano de Ernst apretándole el brazo! El gesto significaba mucho más para él mismo que para Ernst ... por eso le ponía tan nervioso. Además, Ernst era su amigo y los sentimientos que Wittgenstein experimentaba a veces por él eran, desde su punto de vista, inapropiados para dos amigos, por no mencionar para el ejército.
En ese sentido, la amistad con Pinsent había sido fácil, porque Pinsent no era su tipo. Pero el confiado y rudo Ernst sí lo era. En general, Wittgenstein había conseguido acallar sus propios deseos, pero de pronto lo arruinaba todo la visión de una pantorrilla musculosa, una espalda desnuda o un par de nalgas blancas envueltas en el picante vapor antiséptico de la ducha contra los piojos. ¿Por qué?, se preguntaba. Era sólo pelo, músculo, piel. ¿Por qué lo abrumaban estos detalles?

En los Evangelios de Tolstoi las tentaciones eran hogareñas y simples. Un campesino que trabajaba en el campo levantaba la mirada y veía a un diablo con pequeños cuernos de chivo espiándolo desde un árbol podado, instándole a tomar un trago o una pizca de rapé. Pero el pecado del campesino era una nadería y su demonio un mero cero a la izquierda comparado con el demonio de la lujuria. Bajo aquellas inquietudes yacía la desesperación ... ya que esas periódicas ansias sexuales eran siempre un indicio de su desesperación.

WITTGENSTEIN

El mundo tal como lo encontré, B. Duffy, p. 110
Había otra cosa que atormentaba a Russell: la verdadera manera de ser de Wittgenstein.
Lo que más le desconcertaba era esa cualidad suya insular y fugitiva. Russell advertía que no se trataba de simple reserva ni tampoco de la afectación de un joven que asume un falso aire de tragedia. Aunque no era capaz de explicar cómo o por qué, sentía que las creencias y el modo de ser de Wittgenstein) eran de una pieza. Al fin y al cabo, el hecho de que Wittgenstein se negara a admitir la existencia de nada salvo de las proposiciones habladas, denotaba a juicio de Russell una firmeza que iba más allá de la testarudez del solipsista o nihilista. Otro joven hubiera podido decir esto para resultar peculiar u ocurrente, para contender con la autoridad. Pero la postura de Wittgenstein parecía formar parte de una ruptura más profunda. No se limitaba a discutir; discutía por su vida.
Pero ¿por qué todo este sufrimiento para llegar a ideas nuevas?, se preguntaba Russell. Era una pregunta que hubiera podido hacerse a sí mismo con toda facilidad. En la lógica, existe la ley de la identidad por la cual lo que es, es. También, está la ley de la contradicción por la cual nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Y además la ley del tercero excluido, por la cual todo debe ser o no ser. Aparte de estas leyes, está también la navaja de Ockham-más una estética práctica que una ley- por la cual las entidades lógicas no deben multiplicarse más de lo necesario. Pero Russell veía que para el pensador existe lo que podría llamarse la ley del  Quiero-y-no-quiero, por la cual el acto de buscar o desear, como una especie de propulsión, va acompañado de un rechazo o un temor simultáneo. Russell sabía que buscar nunca era simplemente buscar; no era sólo aquella cosa anhelada en la distancia sino también el impulso que había detrás y que se añadía exponencialmente al impacto consiguiente.

Fuera como fuese, Russell intuía peligro, y sin embargo lo encontraba extrañamente emocionante. Pero olvidaba el corolario de la ley del Quiero-y-no-quiero, es decir, que esta condición era mucho más emocionante para él, el observador, que para Wittgenstein, para quien esta necesidad era otra cosa, una cosa absolutamente distinta.

DEL SEXO Y W

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 499
Durante todo aquel verano, mientras las diversas prótesis morales se derrumbaban, en el alma de Wittgenstein se libró un asedio. N o era una estrella en el cielo sino sólo un continente vacío, una escupidera. Ahora. sólo había sexo, espasmos convulsos de sexo incontrolable, indiscriminado. Una y otra vez se encontraba desnudando y chupando el salado semen de alguna polla desbordante que se inclinaba como una yugular hinchada en su boca mientras las fuertes piernas de un extraño se estremecían al viento. Reacio a racionalizar su culpa, incapaz de perdonarse y empezar de nuevo, absolutamente adherido a su podredumbre original, se había hundido hasta el fondo. El pecado rezumaba de todos sus poros. De hecho había veces en que el único signo de vida que percibía en sí mismo eran las repentinas erecciones, que se extendían por la pernera de su pantalón en los tranvías, en clase y en otros lugares inadecuados, unas turgencias que su mente no controlaba, como un perro que hubiera roto su correa. No había manera de luchar contra ello. Peleando contra la marea como un nadador agotado, su voluntad se derrumbaba inevitablemente ante un torrente de ansia que lo arrastraba al Prater, para arrodillarse allí bajo el vientre liso de algún carnicero o mecánico sin empleo y con ojos de predador nocturno, unos tipos que apenas terminar se retiraban sacudiéndose el miembro como si estuvieran frente a un orinal mientras Wittgenstein se giraba con delicadeza y escupía el semen, como si fuera veneno, entre los matorrales.

DE LA POBREZA

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 494
Más tarde, cuando Wittgenstein comprendió la magnitud de su arrogancia, vio que había sido embrujado por una imagen; la de que la pobreza y la desdicha podían compartirse comunitariamente si se asumían sus manifestaciones exteriores. Pero la pobreza no era la fraternidad o la camaradería; no era pan que podía partirse y distribuirse como limosnas a fin de atenuar las dificultades de la penuria. La pobreza elegida por el padre Haft y por Wittgenstein no se parecía en nada a la trampa sin esperanzas que conocían los aldeanos. Para los elegidos, para aquellos filántropos para quienes la pobreza era una vocación, Dios había quitado la carne pero reservado el caldo, la esencia, de la pobreza; a diferencia de los ignorantes aldeanos, para el padre Haft y para Wittgenstein el conocimiento absoluto de la propia condición entrañaba pobreza de espíritu. El conocimiento también era una enfermedad y Wittgenstein y el sacerdote conocían bien esa situación, la conocían en toda su profundidad y amplitud. Pobreza espiritual o pobreza material... ¿cuál era la más dolorosa? ¿Para quién era dolorosa? Al principio, Wittgenstein creía que para la persona de intelecto superior la angustia de la pobreza espiritual era mucho más profunda que la que padecía la persona ignorante ante la irremediable pobreza material. Pero más tarde, cuando se hizo más sensible al dolor de la gente común, comprendió que Dios, en su sabiduría, había repartido el dolor según las propias luces, de modo que estas dos angustias, si bien cualitativamente diferentes, eran físicamente iguales: una mesa abundante dispuesta para todos.

W.

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 448
Un día, mientras hojeaba un manual de salvamento mal redactado, vio una fotografía de un accidente de automóvil, en la que habían señalado las huellas del frenazo y trazado círculos blancos alrededor de algunos objetos significativos: una señal de tráfico rota, un par de gafas destrozadas, el guante de una dama. Vio que los objetos del dibujo se relacionaban con los objetos de la narración, del mismo modo que las palabras se relacionan con las cosas del mundo que representan. El dibujo se conectaba con la realidad y la realidad estaba contenida, de manera inexpresable, en lo que estaba dibujado, empalmando así, en un retrato fidedigno, el esquema representado con su representación.

El dibujo evolucionó hasta constituir una teoría del lenguaje y la forma lógica, y esta teoría, a su vez, se combinó con otras hasta que se convirtió en un libro. Sin embargo, al poner un límite a aquello de lo cual puede hablarse, Wittgenstein se las había arreglado para aislar aquello de lo que no se puede hablar de ninguna manera significativa: Dios, la mística, la ética. Pero como para él estas cosas eran lo más importante sobre lo que se podía pensar, en realidad hubo dos libros: el libro escrito y el trabajo, más amplio y ambicioso, que sugería la inmensidad de todo lo que el libro no mencionaba. Este último era el libro del silencio, del silencio y la espantada resignación ante el silencio.

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