Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas

La Plaza Real


Nela 1979, Juan Trejo, p. 167

Y ciertos núcleos, rincones, calles y plazas del centro de Barcelona habían ido consolidándose desde principios de la década de los setenta como espacios con voluntad evidentemente cosmopolita, liberados de la grisura general. Por ese motivo, para ser conscientes del verdadero calado de esa clase de mezclas sociales que estaban teniendo lugar, era imprescindible alejarse un poco del barrio y desplazarse a esos puntos cercanos al centro, donde las posibilidades de que se produjesen intercambios sorprendentes eran mucho mayores.

Lugares como la plaza Real. Un espacio rectangular porticado al que se puede acceder desde tres calles diferentes, con una gran fuente en el centro, llamada de las Tres gracias, y varias palmeras desperdigadas a ambos lados. Por encontrarse casi en mitad de la Rambla, en medio del Barrio Gótico, pero sobre todo por su cercanía con el puerto y su carácter un tanto íntimo, al estar casi completamente cerrada sobre sí misma, la plaza Real siempre había sido un lugar de encuentro entre los recién llegados y los vecinos de toda la vida. Pero en los años setenta, al caer la noche, los jóvenes hippies y los buscadores de todo pelaje llegados de Europa y Latinoamérica, que en muchos casos recalaban en la ciudad de paso hacia Ibiza y Formentera, se mezclaban en la plaza con marineros de la Sexta Flota estadounidense, portadores casi involuntarios de nuevos estilos musicales, jóvenes lugareños en busca de emociones intensas, vendedores de grifa y de marihuana y transmisores más o menos espontáneos de saberes esotéricos y filosóficos. Por aquel entonces, había en la plaza un tablao flamenco, Los Tarantos, justo en el mismo local en el que antaño había habido una cueva de jazz, el Jamboree. Abundaban las cervecerías y todo tipo de restaurantes de precios asequibles en los alrededores, además de algún que otro local nocturno de carácter heterodoxo. En cualquier caso, en esos años la plaza adquirió fama como punto de encuentro de la contracultura, porque allí, llegada la noche, siempre se cocían cosas interesantes.


En los años setenta, Barcelona


Nela 1976, Juan Trejo, p. 94

En los años setenta, Barcelona representaba una esperanza para el resto de España. O, si se prefiere, representaba el atisbo de una posibilidad. La capital catalana, a pesar de ser mucho más pequeña, menos poblada y, sin lugar a dudas, infinitamente menos relevante en el aspecto político que Madrid, se había convertido en la ciudad española más pujante, más llamativa; sobre todo para los jóvenes con inquietudes.

Por una parte, un considerable número de integrantes de la burguesía de la ciudad, nacidos entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, sin renegar por completo del capital o del vínculo familiar, estaban dando un giro hacia un enfoque ideológico alejado del de sus predecesores, más acorde con su condición de jóvenes formados intelectualmente según  las tendencias en boga en Europa o Estados Unidos, donde algunos de ellos estudiaron o habían estado de vacaciones. Jóvenes capaces y emprendedores, amantes del hedonismo y de la cultura, que llamaban la atención desde hacía tiempo entre la gente más avezada del país por disfrutar de lo que parecía, al menos desde la distancia, un considerable margen de maniobra tanto en el ámbito creativo como social. A los integrantes de ese grupo de fronteras más o menos difusas se les iba a conocer poco después como la gauche divine.

Por otra parte, Barcelona, o como mínimo ciertas zonas de la ciudad, tenía asociada desde principios de siglo XX la etiqueta de ser una ciudad más bien tolerante con todo tipo de vicios e incluso prácticas sexuales. De hecho, el Barrio Chino, herencia del pasado portuario de la ciudad, era conocido en Europa como un territorio casi autónomo en el que eran bien acogidos no solo los parias y los delincuentes, sino también los bohemios y los estetas de gustos menos convencionales.


INCIPIT 1.504. NELA 1979 / JUAN TREJO


Salimos del parque zoológico de Barcelona poco después de la una de la tarde. Era el 25 de noviembre de 1979. Yo tenía nueve años.

Fue una visita más bien rutinaria, aburrida como todas las que me veía obligado a hacer con mis padres, sin incentivo ni sorpresa alguna. De hecho, nadie sabe a ciencia cierta por qué precisamente ese día, de entre todos los domingos del año, fuimos a ver a Copito de Nieve. A mí no me gustaba el zoológico, me parecía un lugar triste, deprimente. Prefería recrearme en las ilustraciones y leer los breves textos de un libro que tenía en casa que hablaba de cómo y cuándo se creó el parque y también de la llegada de su más distinguido huésped, el gorila albino. Los dibujos de ese libro eran amables, desprendían un agradable aire nostálgico, como de ensueño, que no se correspondía en absoluto con el abandono y la grisura que imperaban en esa época en el zoológico de la ciudad.


BARCELONA


La tierrra de la gran promesa, Juan Villoro, p.236

Una y otra vez, Diego había enfrentado en Barcelona la opulencia del buen gusto, categoría incómoda para alguien acostumbrado a pensar en el papel corrosivo de la fortuna. En las óperas del Liceo y los montajes del Lliure había  visto suficientes alardes en foros rotatorios para preguntarse si la escenografía giraba por necesidad o porque podía girar. La abundancia de recursos era muchas veces superflua, pero rara vez contradecía la estética.

En una ocasión acompañó a un fotógrafo de espectáculos a un restaurante sin ventanas, con las paredes tapizadas en fieltro verde, un sitio claustrofóbico donde se reunían arquitectos y escritores de éxito. Antes de subir al restaurante, bebieron unas copas de pie, en el bar de la planta baja. Sin el menor empacho, su amigo tiró la colilla de su cigarro al suelo alfombrado. Diego pensó que lo hacía por descuido y se agachó de inmediato a recogerla. El otro tuvo que explicarle que estaban ante una tradición del lugar. Cada mes renovaban el tapete minuciosamente quemado, listo para el desperdicio. En ese momento, Diego entendió que lo suyo era el subdesarrollo. Jamás se sentiría cómodo ante esos lujos.

En otra ocasión, Jaume le pidió que lo acompañara a un "incordio terrible" que resultó ser el coctel de una entidad bancaria en la Sagrada Familia. Veinte edecanes, vestidas con trajes sastres corporativos, les dieron la bienvenida. Le parecieron tan hermosas como si él hubiera seleccionado a cada una de ellas. Las chicas ofrecieron estéticos canapés de contenido indescifrable: comestibles rectángulos de colores. También eso le pareció excesivo.

Detestaba la vulgaridad de Adalberto Anaya, aún más notoria ante la controlada estética catalana. La detestaba porque en cierta forma la compartía. En muchas circunstancias sentía que lo único vulgar de Barcelona era él.


INCIPIT 1.258. BARCELONA MODERNISTA / CRISTINA Y EDUARDO MENDOZA


El período modernista es aquel dominado por el Modernismo, un estilo artístico que se manifestó de un modo especial en la arquitectura y las artes plásticas a finales del siglo XIX y principios del XX. Por supuesto, todos los términos de esta definición son relativos y discutibles. Si bien es cierto que el Modernismo dio sus frutos más conocidos y duraderos en el terreno de las artes plásticas, el movimiento no habría existido sin un contenido ideológico cimentado en una realidad histórica compleja, cuyas raíces se hunden en el pasado más remoto. Del mismo modo, el período a que hemos circunscrito el Modernismo (finales del siglo XIX, principios del XX) es aproximativo. Por una parte, los períodos históricos no empiezan ni acaban a toque de clarín; por otra parte, no todas las actividades que configuran un movimiento evolucionan al mismo ritmo. Una persona puede concebir una idea nueva por la noche y plasmarla al día siguiente en un artículo periodístico; un pintor, en las mismas circunstancias, necesitará un cierto tiempo para adaptar al nuevo ideario su lenguaje pictórico, destilado a lo largo de años de reflexión y trabajo; un arquitecto, por último, habrá de contar además con la evolución de una industria, una mano de obra y unos modos de construcción tradicionales. De ahí que, mientras en un sector se da por definitivamente saldado un período o movimiento, en otro sector de la misma sociedad ese período pervive en pleno vigor. Se da además el caso de que muchos creadores, cuyas obras caracterizan un determinado período, se aferran a la vida, y aun a la vida activa, después de que los especialistas han proclamado el fin de ese período, e incluso contribuyen al ocaso de aquél con su propia evolución personal y artística. En el fondo, estas divergencias no deben preocuparnos demasiado. Las sociedades, como las personas, están en perpetua evolución y los llamados períodos históricos no son más que divisiones artificiales de dicha evolución, ideadas en forma convencional para facilitar el trabajo del estudioso, no para ser fuente de polémicas.


PARSIFAL EN EL LICEU

Wagnerismo, Alex Ross, p. 476


La Primera Guerra Mundial y la juventud de Hitler El wagnerismo alcanzó su cenit a comienzos de 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De acuerdo con la Convención de Berna, el plazo de los derechos de autor de las obras de Wagner expiraba en la medianoche del 1 de enero. Parsifal, que se había considerado como propiedad exclusiva de Bayreuth, pasó a ser de dominio público y al cabo de pocos meses se había llevado a escena en alrededor de una cincuentena de ciudades repartidas por toda Europa. Tan solo el día de Año Nuevo, la ópera se representó en Berlín, Roma, Budapest, Praga y Madrid. Cosima Wagner llevaba años temiendo la llegada de ese momento. En 1901 intentó conseguir una ampliación de la vigencia de los derechos de autor por parte del Reichstag; el proyecto de ley fue ridiculizado como «Lex Cosima» y no fue aprobado tras una votación perdida por 123 noes frente a 107 síes.

El primero en la línea de salida fue el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, cuyo Parsifal se programó para que diera comienzo a las once de la noche el día de Nochevieja: medianoche en el huso horario de Bayreuth. Los catalanes se sentían poseedores de la obra, porque la tradición local sostenía que el Santo Grial estuvo un tiempo en Montserrat, el emplazamiento de un antiguo monasterio benedictino en las montañas situadas al noroeste de Barcelona. Las versiones medievales del relato de Parsifal situaban el Grial en un castillo llamado Montsalvage; Wagner convirtió esto en Monsalvat, emplazándolo en las «montañas septentrionales de la España gótica». Al poeta Manuel Muntadas y Rovira le gustaba  especialmente esta asociación: escribió una  serie de Balades Wagnerianes, una de las cuales se titula «Monserrat-Monsalvat », y también dio una conferencia con el nombre de «Los  probables  orígenes catalanes de las leyendas del Santo Grial». Los decorados para el Parsifal del Liceu se modelaron a partir de la arquitectura rocosa en que se encarama Montserrat. La representación, dirigida por Franz Beidler, yerno del compositor, empezó en realidad a las diez y veinticinco de la noche, a fin de que las campanas del Templo del Grial pudieran repicar cuando fuera la medianoche. Terminó a las cinco de la mañana.


INDEPENDENCIA


Independencia, Cercas, p. 58

-Los tres son sobre todo unos hijos de papá. Unos hijos de puta también, desde luego, pero sobre todo unos hijos de papá. Nacieron así y se morirán así... La gente rica es de otra especie. ¿Nunca has oído decir eso? Bueno, pues es la verdad. Te lo digo yo. El mundo se divide en dos clases de personas: los ricos y todos los demás, incluidos aquellos que aspiran a ser ricos, que son la mayoría. Aquí donde me tienes, yo fui uno de ellos.

>>Mi padre decía que Cataluña siempre ha estado en manos de un puñado de familias. Ellos mandaban antes del franquismo, mandaron durante el franquismo, mandan después del franquismo y mandarán cuando tú y yo estemos muertos y enterrados ... El dinero es una cosa mágica, una cosa inmortal y trascendente. El dinero es la hostia. Es algo muchísimo más fuerte que el poder, porque el poder depende de él, y además sobrevive a todo, empezando por los cambios de poder. Bueno, pues mis tres amigos pertenecen a ese puñado de familias catalanas. Por eso yo me empeñé en ser amigo suyo. Y por  eso me doy asco ... ¿Seguro que no quieres un poco de whisky?

-Seguro. Continúa.

-Continúo ... Aunque, bien pensado, no sé si debería. En realidad, no sé por qué hago esto. No sé qué voy a sacar en limpio ...

-Claro que lo sabes. Hemos hecho un trato.

-¿De verdad vas a ayudarme?

-Y a te he dicho que sí. Te he dicho que haré lo que pueda.

-¿Qué te interesa de ellos? ¿Por dónde empezamos?

-Eso también te lo he dicho: empieza por el principio. ¿Cuándo los conociste?

-¿Cuándo los conocí ... ? Hace muchos años, en Esade, la escuela de negocios adonde la élite catalana manda a sus cachorros para que aprendan cómo se hace el dinero. Y cómo se conserva ... Los tres se conocían de antes, claro, en realidad se conocían de toda la vida, porque el puñado de familias que mandan en Cataluña se conoce de toda la vida. Casas y Vida! vivían muy cerca, en la avenida Pearson. Rosell también vivía por Pedralbes, no recuerdo exactamente dónde, no fui mucho a su casa, mucho menos en todo caso que a la de los otros ... Sea como sea, los tres habían coincidido desde niños por todas partes, en el Club de Tenis Barcelona, que queda cerca de donde vivían, o en la Cerdanya, que era adonde iban en navidades y en verano. Los tres tienen la misma edad, nacieron el mismo año, el mismo que yo, y habían sido alumnos de Aula, otra escuela de élite. Y los tres tenían montones de hermanos y hermanas; yo en cambio soy hijo único ... Ninguno de los tres era un gran estudiante, eso es verdad, pero Casas y Vida! leían bastante y son inteligentes, incluso muy inteligentes, cosa que nunca se ha podido decir de Rosell, que ha acabado en política porque la familia lo consideraba demasiado torpe para los negocios.


COPITO DE NIEVE


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 247-248
El peculiar emplazamiento geográfico de Barcelona, que causa buena impresión al forastero, es uno de sus principales defectos para quienes viven allí. Enmarcada entre una espaciosa franja de mar y una suave y diminuta cordillera, Barcelona viene definida por sus límites. Por esta causa, el barcelonés vive encajonado y, aunque finge ignorar su discapacidad, por más que se apresure, nunca saldrá del corto perímetro de su demarcación. A menudo un tráfico caótico y unos transportes públicos insuficientes le hacen creer que soporta los problemas propios de una gran ciudad, pero esta reflexión sólo es un falso consuelo: comparada con una aldea, Barcelona es una gran ciudad, pero comparada con una gran ciudad, sólo es un reducto provinciano, hipertrofiado, endogámico y pretencioso.
En aquella época y a nivel simbólico, todo barcelonés se identificaba en su fuero interno con el más estrafalario de sus habitantes: un gorila albino apodado sin ingenio Copito de Nieve, que el azar había llevado desde la selva de la Guinea Ecuatorial al exiguo zoo ubicado en los terrenos de la antigua Ciudadela. Allí transcurría del modo más desafortunado la vida de aquel simio, mitad bestia, mitad institución municipal, más peluche que fiera, sin esperanza de libertad ni de cambio, en su desesperante rutina, alimentado y cuidado con esmero, observado con rigor, y condenado, como un Sísifo obsceno, a copular sin pausa con la esperanza, siempre fallida, de reproducir su valiosa anomalía. Así pasaba las horas Copito de Nieve, ante los ojos asombrados de millones de visitantes que venían de todas partes a contemplarlo y se iban, al cabo de un rato, admirados, aburridos y a menudo asqueados, perseguidos por la mirada esquiva, malévola, a ratos desdeñosa y a ratos suplicante, de aquella criatura cuya extraña morfología la había convertido, sin que mediara por su parte voluntad ni esfuerzo, en una atracción única en el mundo, por la que nadie sentía piedad, quizá porque él nunca esbozó un ademán que la inspirara.
-No reconocerás nada, tanto ha cambiado todo. Y esto es sólo el principio.

BARCELONA

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 241
Vuelvo de Madrid y entro de nuevo en Barcelona una semana antes de viajar, casi por primera vez, al pueblo de Mercadal. Antes del último impulso, en una inercia que todavía mantengo y que ahora utilizo para decir esto:
Nfumu Ngui murió en 2003, a la edad exacta de cuarenta años. Había nacido en la selva de Nko en Malabo, Guinea Ecuatorial, en 1963. Y lo capturaron unos cazadores fang que se lo vendieron a Jordi Sabater i Pi, conservador del Centro de Experimentación Zoológica de Ikunde del zoológico de Barcelona, Por unas quince mil pesetas. 19 Aquí recibió el nombre de Floquet de Neu, de Copito de Nieve. Y fue para siempre el único gorila albino del mundo.
Nunca hemos visto otro.
Y yo he imaginado con frecuencia la conmoción que supuso la ciudad la llegada de Floquet. Antes, cuando había fascinación por los animales y los sucesos eran grandes eventos. Cuando en la ciudad se cortaban las grandes avenidas para dar paso a los submarinos y cuando, como ha hecho recientemente mi amigo Víctor para contar cuánto pesan los libros utilizando el peso del cuerpo de las ballenas, las medidas de las cosas eran fácilmente comprensibles. En aquel mundo pequeño e igual en el que crecimos todos. Mi padre tenía, entonces, veinte años. Ya había salido del internado en la Seu d'Urgell, había estudiado en varias escuelas de.- Barcelona sin mucho interés, había comenzado arquitectura y había hecho el servicio militar obligatorio. Ya conocía a mi madre, con quien se casó en la catedral de Barcelona el 14 de junio de 1967, y vivía todavía en casa de sus padres, con mi abuela, con la tata.
Franco seguía vivo y sin embargo:

En 1968 militares mexicanos acorralaron y mataron a cientos de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México. Era asesinado Martin Luther King en Memphis. Llegó la  primavera a Praga, el socialismo radical emitió un suspiro efímero de alivio y ardió París en una revolución universitaria sin precedentes. Y este mundo en el que creció mi padre, y que para mí ya tiene un sentido que no es tan sólo histórico, cambió definitivamente 

BARCELONA LIBERADA

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 102
El frente se aproximaba a nosotros: la carretera había empezado a llenarse de militares a pie y a caballo, vehículos oficiales, sidecares, camiones de Intendencia. Luego, en largas, interminables hileras, veíamos pasar desde nuestras ventanas a los prisioneros de guerra; sus guardianes los habían apriscado, como ganado, junto a la parroquia del pueblo y distribuían entre ellos unos calderos de rancho aguanoso. El cansancio, enfermedad, abatimiento, se pintaban en todos los rostros: su paso dejaba una estela de defecaciones, papeles sucios, latas vacías. Lolita Soler y los tíos les veían pasar con lágrimas en los ojos e intentaban darles a escondidas algún mendrugo de pan u otro socorro. José Agustín y yo nOs aventuramos a charlar con ellos y regalamos a uno un cigarrillo liado con hojas secas de maíz. Una mañana, apareció un pequeño avión de reconocimiento de los nacionales y un capitán desenfundó su pistola y disparó contra él unos tiros sazonados con maldiciones y tacos. Según oímos decir a mí padre, Barcelona había sido liberada por los requetés.

El lugar ofrecía diariamente escenas de pánico y desbandada. Automóviles atestados de fugitivos, camiones repletos de soldados atravesaban el pueblo hacia el norte seguidos de centenares de peatones sucios y astrosos, combatientes, civiles, mujeres, chiquillos, viejos, cargados todos de maletas y bultos, trastos absurdos, cacerolas, muebles, una estrafalaria y absurda máquina de coser, diáspora insectil consecutiva a la muerte de la reina o cierre inesperado del hormiguero. Había heridos transportados en parihuelas, cojos con muletas, brazos en cabestrillo. Los nacionales acababan de cortar la línea del ferrocarril y José Agustín afirmaba haber visto a un muerto. Una tarde, recibimos la visita de unos oficiales. Tras acomodarse a descansar en el comedor, el capitán advirtió la existencia de un gallinero en la buhardilla y, con amable desenvoltura, se autoinvitó a cenar. María sacrificó un par de gallinas y, mientras mi padre se esforzaba en mantener una conversación insustancial con sus huéspedes, uno de éstos había inspeccionado curiosamente la casa y mostró súbito interés por el estuche de violín de tia Consuelo. Quiso examinar el instrumento, pulsó las cuerdas, dijo que su asistente era aficionado a la música. Al concluir la comida, se despidieron cortésmente de nosotros y, desmintiendo nuestros temores, no se llevaron nada.

GAUDI

Mac y su contratiempo, E. Vila-Matas, p. 268
Al doblar la esquina, camino de la Carson, me he encontrado a un vagabundo muy viejo y claramente loco al que no había visto nunca antes y que estaba canturreando una canción, lo cual no ha dejado de parecerme muy chocante y me ha hecho caer en la cuenta de que, en ninguna parte, ni siquiera en los patios interiores de las casas del barrio, se oye hoy en día cantar a alguien. Cuando era niño, esa tradición estaba muy arraigada en Barcelona, y no sé si por ello la dudad era más alegre y desinhibida, pero lo cierto es que se cantaba. También los vagabundos forman parte en esa ciudad de una tradición muy especial, ya que el héroe moderno de la misma es un vagabundo, es el arquitecto Gaudí, malmirado en vida y objeto de todo tipo de burlas por su indumentaria. El gran genio de la ciudad fue atropellado  mortalmente por un tranvía y, debido a esa descuidada forma de vestir, fue confundido con un vagabundo. Hasta el punto de que el conductor del tranvía bajó para apartar el cuerpo y poder seguir su camino y no hubo además ni un solo transeúnte que socorriera al hoy gran héroe de la ciudad. Ni que decir tiene que el motivo secreto, inconsciente, que hace de Barcelona una ciudad que fascina a todos sus visitantes es el espíritu de vagabundo del mayor genio que ha dado este lugar.

BARCELONA 2016

Dicionario enciclopédico, JP Andújar, p. 259
Mesmer dijo percibir en una paciente un flujo eléctrico y supuso que eso tan magnético era la salud. Pero el magnetismo animal, lo estamos viendo hoy, es la corriente que nos arrastra por los adoquines como si fuésemos tranvías. Es lo que nos hace vibrar como un diapasón entre la voz de su amo y la voz de la conciencia; dos criaturas a elegir: el perro y el grillo. El magnetismo animal es la fascinación por la gente, por el mogollón que se ha echado a la calle con pancartas descomunales que reproducen el Guernica de Picasso, con banderas que llevan impreso el cuadro de El cuarto Estado, aquel de los campesinos marchando hacia la industria, que sirvió luego para el cartel de Novecento. Así son las manifestaciones ahora en Barcelona. El personal hablándole en la calle a gobiernos que no escuchan, y de esta manera parece que de repente la ciudad se llene cada tarde de sábado con decenas de miles de locos que van hablando solos en un alzheimer de camisetas monocolores donde la lucha por no olvidar es también a vida o muerte. Sí, así es Barcelona cuando avanzan las reivindicaciones en columnas hacia el corazón de la ciudad. No es la ciudad burguesa donde los trabajadores pueden ir al centro para darles algarrobas a las palomas de la plaza de Catalunya. Es una ciudad anegada por mareas ingentes que gritan porque les han engañado con la casa, con el trabajo y en las cajas de ahorros, les han robado hasta las mantas de los hospitales (sí, lo dicen los Goyas, en sus grabados se ve esta misma desesperación y esta misma incertidumbre, todo esto viene de lejos). Una larga marcha (siempre es así, la noche es corta pero la marcha es larga) de familias que se sienten rotas porque les han quitado todo (es decir, todo lo que creían tener); de gente libre en un mundo libre saqueada por los eternos dueños de este país donde el dolor persigue como una sombra a cada mujer, a cada hombre, por las autopistas, las aceras, los ascensores... En este secarral rodeado de mar por todas partes menos por una que le une a Hollande, el dolor es la única compañía que se tiene. ¿Recuerdas la historia de Juana la Loca? Reina de picas habiendo querido ser reina de corazones, fue arrastrando su depresión por su siglo de oro sucio y acabó muriendo encerrada.

BARCELONA 2006

En 2006 vivíamos ya tiempos presentes, si entendernos el presente como el desmantelamiento de todo lo alcanzado por las generaciones anteriores. Es el año en que explota la burbuja inmobiliaria y la gente empieza a salir a la calle a mogollón en defensa del derecho a la vivienda. Y es cuando aparece Mauricio o las elecciones primarias, una novela ambientada en otra de las épocas más desalentadoras y duras de nuestra ciudad, la que discurre entre las elecciones a la Generalitat de 1984 (donde el mapa político catalán queda fijado para toda la eternidad) y el nombramiento en 1986 de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos del 92. Es la Barcelona del desencanto de la izquierda (la novela empieza con los socialistas buscando gente para llenar sus listas), de la especulación inmobiliaria sometiendo a los ayuntamientos, la Barcelona de los confines ignotos (parte de la acción transcurre en Santa Coloma de Gramenet) ...  Se dibuja en este libro una ciudad deprimida, que va a viajar de un sueño a otro y que no se atreve a hacer realidad lo que anhela, que va del sueño prescrito de la Transición al sueño prometido de las Olimpiadas igual que el enfermo que cambia de estimulantes a ver si tiene suerte. La novela está escrita con una prosa hecha astillas por el hacha vasca de Baraja. No hay Mendoza más barojiano que el de este libro. Ningún escritor ha sabido leer a Pío Baraja mejor que Eduardo Mendoza. Aquí, como en Baraja, todo es un trasunto de un estado de ánimo: el fraseo abrupto, los diálogos secos y lejanos, como oídos en la casa de al lado, la propia ciudad, sus paisajes y sobre todo sus personajes. Mauricio es un indeciso que vive en permanente estado de anhelo, y así cuando la vida le da a elegir entre dos realidades, entre dos formas de plasmarse como ser vivo, se paraliza y deja que la realidad más potente lo arrastre como una riada se lleva con ella un tronco muerto, o a una ciudad entera. En todos los libros de Mendoza de lo que más se habla es de la lucha por el amor, de la difícil lucha por establecer un amor que nunca se pone a tiro. Las elecciones primarias de Mauricio son entre una joven abogada de clase media, que aún vive con sus padres, y una mujer de Santa Coloma, roja histórica que hace vida independiente. Pero también ambas representan esos dos sueños en los que se sumerge la época narrada. La promesa del éxito anunciado en Lausanne, y un sueño al que, como no se cumplió, tan sólo le queda morir igual que mueren todos los sueños rotos, de la manera más triste y solitaria. Mauricio es el hombre sin voluntad, atrapado en una ola de pesimismo y que al final se verá atrapado en una ola de optimismo. Pero eso no quiere decir que se haya redimido. Mauricio Greis es también la imagen invertida de Onofre Bouvila en La ciudad de los prodigios (sobre el paso, a través de estas dos novelas, de la Barcelona moderna a la posmoderna ha escrito la filóloga Cristina Jiménez-Landi Crick), y así una obra es espejo de la otra, del mismo modo que lo son sus respectivas Barcelonas. Los  libros de Eduardo Mendoza contienen el espejo que Stendhal introdujo en la novela. Por la obra de Mendoza se va reflejando Barcelona en todos sus rostros. Cuando leí Mauricio o las elecciones primarias vi reflejado el mío.

STUDIO 54 BCN

Diccionario enciclopédico de la vieja escualea, Javier Pérez Andújar, p.136
A Barcelona también se la cargaron las clases biempensantes cuando la ciudad, en tiempos de Anarcoma, las tentó en una sangre misteriosa que llegaba de todas partes. Ya hace décadas que Barcelona es una ciudad que no existe y por eso le han puesto al fin un alcalde que tampoco existe. Como mucho, Barcelona se ha quedado en el nombre de un equipo de fútbol; eso sí, que ha llegado a ser el mejor del mundo, según dicen los que saben de eso (cada vez que empieza la liga me propongo seguir algún equipo para ver si esta vez me gusta el fútbol, lo he probado hasta con el Calvo Sotelo, que jugó mucho tiempo en segunda). Barcelona llegó a tener en el Paral·lel, la más creativa de sus calles, una delegación oficial de Studio 54; pero su lugar lo acabaría ocupando una sala de la SGAE de cuando Teddy Bautista, acto que se celebró a bombo y platillo con presencia de nuestras autoridades. En ese sentido creo que no existe Barcelona. Pasando de la fiebre del sábado noche al chico en la burbuja de plástico, la ciudad ha recorrido el camino inverso al de John Travolta. A eso también se le dice ir para atrás. El chico que vive dentro de una burbuja de plástico, a estas alturas, ya somos todos, excepto los de la PAH, que, unos a la fuerza y otros por solidaridad, están siempre en la calle (y bien que hacen). El Sónar, que se celebró hace unos días, es otra burbuja de plástico (quizá sea necesario aislarse así para poder seguir viviendo). Con el Sónar pasa como con los pisos en Barcelona, que mayoritariamente se lo puede pagar un público extranjero. De este modo, coinciden dos tipos diferentes de burbuja, aunque, ya lo observó Paracelso, macrocosmos y microcosmos se reflejan el uno en el otro. Barcelona es un Zara. Unas escaleras mecánicas con careta de ciudad. Una marca, un nombre escrito en miles de bolsas, un sello que puede encontrarse de la misma manera en cualquier parte del mundo, y un trasfondo de miseria, de niños que cosen en talleres o de niños que van sin comer al colegio (esta última noticia me recordó la vieja canción de los Asfalto, la de Días de escuela, cuando decía «la leche en polvo y el queso americano», pero ellos se referían a los colegios del franquismo ).

AULLIDO

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, Javier Pérez Andújar, p. 28-29
Aullido. He visto a las viejas de la generación de mi madre robadas por los bancos y las cajas de ahorros, engañadas, saqueadas, desplumadas, timadas por directores de sucursales de traje moderno que se llevaban comisiones a cambio de sus abusos salvajes, y que después de su jornada de fraude volvían en un coche caro y nuevo al piso de siempre, al piso reformateado del barrio donde seguía siendo todo igual que la vida,
hombres jóvenes que empezaron a hacerse viejos a golpes de estafa, esclavos de hipotecas que enfermaron de miedo y de impotencia y que con la quimio a cuestas iban a todas las manifestaciones, a concentraciones, a la puerta de la Bolsa o de su entidad bancaria, a donde hiciera falta, a gritar que ellos estaban más vivos que el sistema, a poner pegatinas en las cristaleras de las cajas llamándoles ladrones a quienes les habían robado,
que, con la hoja del paro en el bolsillo, una mañana pillaron el periódico gratuito en una calle de la Vemeda y al abrirlo sentados junto a las esculturas de Acín encontraron al consejero de economía Andreu Mas-Colell diciendo que no había que meterle d dedo en el ojo a quienes traficaron con preferentes firmadas tan sólo con un dedo, destrucción política de la condición humana, los representantes del pueblo representando a los enemigos del pueblo,
carne de cañón, manobres que hablaban con sólo media lengua aprendida explicando por las mesas de los ayuntamientos, por los despachos sindicales o de abogados especializados o de quienes puedan escucharles gratis, que no sólo les retiraron la prestación de desempleo, sino que encima les obligaron a devolverla porque habían viajado a Marruecos a ver a su madre que cayó enferma y no avisaron de que salían de España (aunque quizá lo mejor sea irse de aquí para siempre),
familias enteras ardiendo en las barracas de los solares del Poblenou, y comunidades de más de trescientas personas que encontraron su único sitio en un descampado y luego quisieron echarlos a la nada porque al fin se podía decir que son nada, que nadie es nada comparado con un presupuesto, sesión de prestidigitación en la callejuela de las ratas, lo nunca visto: el show del programa oculto y la oposición invisible
los vecinos más pobres de los barrios más pobres, de Torre Baro, de Vallbona, de Ciutat Meridiana, sacados a rastras de sus casas por hombres como ellos que llevaban durante sus horas de trabajo uniforme de policía, observados por un cerrajero tembloroso también como ellos, gritando de desesperación, pero no bajo la mirada de quienes nunca son como ellos ni como nadie, porque éstos desprecian mirar la vida; y por la noche había chavales adictos, recogidos, sentados en las urgencias de los hospitales, que no esperaban al médico sino a que pasaran la noche y el frío,

que sin saber adónde llevar los muebles se pusieron a andar por la acera, su nueva espaciosa vivienda, y les dijo el alcalde Trías que pronto iba a inaugurarse un Centro de Alojamiento Familiar, campo urbano de refugiados de esta guerra con mercados negros y mutilados económicos mendigando de rodillas comida a las puertas de los supermercados; padres y madres separados que volvieron a vivir en las casas de sus padres y madres y que cuando les tocaba llevarse con ellos a los hijos tenían que pedir dinero prestado para comprarles la merienda
(En la foto inauguración del puente de San Adrián, en el Besós)

INCIPIT 554. VIDA PRIVADA / JOAN DE SAGARRA

Los párpados, al abrirse, hicieron un clac casi imperceptible, como si estuvieran pegados por una pretérita convivencia con las lágrimas y el humo, o bien por esa secreción que se produce en los ojos irritados después de una lectura muy larga bajo una luz insuficiente.
El dedo meñique de la mano derecha frotó las pestañas, como en un rápido golpe de peine, y las pupilas intentaron ver algo. De hecho, la visión consistió en un panorama de sombras fofas y semilíquidas de gran imprecisión: lo mismo que captaría un hombre deslumbrado por la luz de la calle al penetrar en un acuario. Entre las sombras se imponía una especie de cuchillo largo y vaporoso, del color que suele tener el jugo de las naranjas aplastadas en el puerto. Era un rayo de luz que se filtraba por la ranura de los postigos y que iban agriándose al contacto  con la atmósfera cargada de la habitación.
Probablemente serían las cuatro de la tarde y algo más. El hombre de los párpados irritados, Federico de Lloberola, se despertaba normalmente. Nadie le había llamado, ni le había sobresaltado ningún ruido; sus nervios estaban hartos de dormir; había aprovechado hasta el máximo un sueño absurdo y descolorido, de esos que tenemos cuando en la vida no pasa nada, y de los que, al despertar, apenas si recordamos el argumento.
Federico no tardó ni ocho segundos en ponerse a nivel de la realidad.

Sobre las baldosas desnudas yacían prendas de vestir de él dolidas de su desorden, mezcladas con unas medias de gasa y una camisa de mujer, de punto de algodón, deshinchada y, por si fuera poco, sucia.

REPUBLICA CATALANA

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 191
El conde de Romamones fue a despedir a la reina al hospital. El conde estaba en la estación, sentado en un banco de madera, con el sombrero torcido, con el bigote y unos ojillos desoladamente históricos; un zapato del conde había una botella vacía de sinalco. En aquella época, en El Escorial, aún bebían sinalco.
La reina salió de España como una señorita de compañía con un collar de lágrimas. Nadie se atrevió a robarle ninguna de las rosas deshojadizas que llevaba en un gran ramo pálido y  brumoso, regado por el lloriqueo de la aristocracia.
Ya hacía horas que el  rey había huido. En Barcelona se proclamó la República Catalana, y la plaza de San Jaime vivió los días más sublimes, más cargados de sudor y entusiasmo de su historia.

Durante aquellos cinco años la vida privada de las personas que hemos conocido en las páginas de este libro fue resolviendo el interrogante cotidiano con la venda en los ojos que a todos nos pone el Destino. Los Lloberola pasaron muchas espinas. El momento más agrio para don Tomás coincidió con el momento más brillante de la Exposición: fue cosa de una herencia fracasada.

BARCELONA Y DIOS

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 188-189
Se entronizó la imagen del Corazón de Jesús en todas las capitanías generales y en todos los casinos militares, en los que se jugaba al póquer y se proyectaba el asesinato de las prostitutas, como el de una pobre muchacha a la que arrojaron desde un balcón del pasaje Escudellers, con los riñones agujereados por una espada que se había hecho famosa en los desastres africanos.
Los obispos y los arzobispos fomentaban la orgía reaccionaria. Los canónigos enviados a Barcelona para custodiar el tesoro del Palacio Nacional consumían dos mil litros diarios de manzanilla, y les reservaron la carne Integra de todos los toros que se lidiaban en la Monumental y en las Arenas; para comer un bocadillo del primer toro había cola de canónigos. El dictador resucitó la mentalidad propia de los «generales bonitos» y de algunos cabecillas carlistas del siglo XIX, que aumentaban la temperatura de los prostíbulos y de las sacristías para que el pueblo viviese con la baba acaramelada pegada a los labios. En este aspecto y en otros, el dictador, que en el fondo despertaba una simpatía tartarinesca, recordaba al famoso Savalls.
Barcelona fulguró como una estrella internacional; sin embargo, los «Violines» de los magnates de la situación alcanzaron proporciones  cósmicas en la propaganda que de la Exposición se hada en el extranjero: quien no robaba descaradísimamente era porque el pobre desgraciado no tenía dedos.

Pasado algún tiempo, la gente se estremecía al pensar en cómo se habían podido tolerar tantas cosas. Era muy natural que se tolerasen y aceptasen. Los políticos saben que nada hay tan variable, tan engatusable, tan corruptible como una multitud. Y Barcelona, Cataluña y Espafta, entonces, fueron eso: una gran multitud de delgados intestinos y pasmadas mejillas. La Dictadura llenaba de mendrugos los abdómenes canijos y organizaba unos pocos fuegos artificiales para dar un reflejo de roja felicidad a las mejillas. La estupidez y la cobardía de todo el mundo contribuyeron a aquel juego, pero no se puede negar que Barcelona tuvo un momento brillante, maravillosamente decorativo.

BARCELONA

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 187
Habían pasado cinco años desde el día en que el barón de Falset se agujereó la cabeza de un balazo. Durante esos cinco años la vida pública del país cambió considerablemente. En Barcelona hubo sucesos de brillante trascendencia. La Exposición de Montjuic marcó el  momento de más lustre. Todo el plantel de almas que el lector conoció en casa de Hortensia Portell se inclinó ante el gran pavo real; lanzó cohetes por los ojos y confeti por la boca. Aquel verano fue una estación fosforescente; las carrocerías más lustrosas, los yates más cándidos y  más empavesados deslumbraban a todos los limpiabotas de Almeda que doblaban el espinazo cerca del monumento a Colón y en las terrazas de la Plaza de Cataluila. Los cabarets volvieron a segregar champada helado como en los buenos tiempos de la guerra. Los hoteles de Barcelona estaban hasta los topes; todo aquel que tuviera un catre de sobras o una habitación destinada a las pulgas, tuvo como realquilado a un canónigo de Extremadura o a una pescatera de Portbou; se llegó hasta el extremo de colocar colchones en los terrados y utilizar los pararrayos como percheros. Barcelona hervía en un sofrito de grandeza y de sálvese quien pueda. Los ojos, las mejillas, la nariz y el sexo de las personas conseguían infinitos desahogos. Las fiestas nocturnas de la Exposición eran realmente un sueño, un prodigio que anonadaba a  los barceloneses. «¿De dónde saldrán los millones para pagar todo este despilfarro?», se decía el hombre de la calle, con un crío en cada brazo y un perrito asomando la cabeza por el bolsillo del chaleco. El hombre de la calle sacaba el pecho para que el azul, el verde, el rosa y el misterio de la fuente del Palacio Nacional le salpicasen la corbata de ballets rusos, lágrimas de nereida y espuma ultraterrena.

DON QUIJOTE EN BARCELONA

De El impostor de Javier Cercas, p.399
¿Salvó de verdad Cervantes a Alonso Quijano en el Quijote? ¿De verdad estoy haciendo lo posible: en este libro por salvar a Marco? ¿Es que yo también me he vuelto loco o qué?

Hacia el final don Quijote el bachiller Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota en combate singular a don Quijote en la playa de Barcelona y le exige que regrese a su aldea. Obligado por las leyes de la caballería, don Quijote obedece, y al cabo de unos días llega a su casa «vencido de los brazos ajenos>~, como dice Sancho, pero «vencedor de sí mismo". Poco después, el caballero enferma de melancolía y recupera la cordura y. sereno y reconciliado con la realidad tras tanta ficción, en presencia de los amigos y familiares que lo rodean en su lecho de muerte se conoce a sí mismo o se reconoce como quien es («Ya no soy don Quijote de la Mancha sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de "Bueno"») y abjura de los libros de caballerías ... verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno», dice entonces su amigo el cura, igual que si fuese el mismísimo Marco, y acto seguido, como Narciso después de reconocer su imagen verdadera en las aguas de la fuente, don Quijote expira.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia