Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA FRANCE


Diarios, Rafael Chirbes, p. 90

Abajo, en la escalera principal, la Victoria de Samotracia aparece asediada por los fotógrafos, una actriz a la salida de una premíere durante el Festival de Cannes. Hay niños por todas partes, colegiales que toquetean cuanto se les pone a mano, como si hubieran ido con su madre de compras a La Samaritaíne. Peor, allí les llamaría la atención algún empleado. Dónde queda la severa educación republicana de Francia, que moldeaba unos niños temerosos, domados por los ritos, por las prohibiciones: se les prohibía parlotear y reírse en la mesa, hablar cuando lo hacían los adultos. Tenían que quitarse la gorra para saludar, ceder el paso a los mayores, masticar despacio, lavarse una y otra vez manos y dientes; había que respetar rigurosamente la puntualidad. Llegar tarde a la escuela o a la mesa constituían faltas gravísimas. Todo ese riguroso cuadro disciplinario que, en apariencia, moldeaba niños temerosos, dóciles, iba alimentando en ellos un nife duro, irrompible, que los capacitaba para acabar siendo implacables patronos, obreros infatigables, colonos tozudos, militares despiadados, modélicos ciudadanos para quienes la intimidad, la psicología individual, era algo que había que proteger más que cuidar: eran la sólida columna vertebral de la orgullosa Francia.


LOS EDUARDIANOS


Los eduardinaos, Vita Sackville-West

En honor a su abuela hay que decir que le propinó los golpes más duros que pudo. -iMajaderías! -dijo cuando Sebastian terminó-. En la vida he oído tales majaderías. Los muchachos de mi época no hablaban así. Los muchachos de mi época eran hombres. Cazaban y bebían y cortejaban a las mujeres, y no se preocupaban de si cumplían con su deber. No eran tan delicados. -Se rascó la espalda con la manita de marfil-. No te andes con esos tiquismiquis, hijo. Si has nacido para tener ciertos privilegios, disfRútalos, y alégrate. No es que yo esté de acuerdo con tu madre ni con sus costumbres. Con rey o sin él, a mí no me gustan esos judíos; hoy he visto un montón de esos apellidos horrendos, hojeando el libro de visitas. Debería haberlo guardado antes de que yo viniera si no quería que me enterase. No son buena compañía ni para ella ni para ti. Seguro que te han estado metiendo ideas en la cabeza; a lo mejor quieren que entres en negocios con ellos. Tú no hagas caso. Y no tengas ideas. Las ideas lo trastornan todo. Las cosas marchan bastante bien, aún hoy en día. Déjalas estar. No tengas ideas.

-Las cosas marchan bien para nosotros, abuela.

-iMira el mocoso este! ¿y qué otra cosa importa? Nosotros dirigimos el país, ¿no? Los que dirigen se merecen sus privilegios. ¿ Qué sería del país, quisiera yo saber, si los de arriba no tuvieran sus comodidades? ¿ Qué sería de las modistas si tu madre no se hiciera más vestidos bonitos? Además, al país le gusta. En eso no te engañes. La gente necesita algo que admirar. Es bueno para ellos; les proporciona un ideal. No les gusta ver que un señor se degrada.


NO ES NO

De Capital de John Lanchester, p. 258
Con los niños no le había ido tan mal, aunque siempre hubo decepciones. En los tres años que llevaba de niñera había tenido cinco empleos, el más largo de diez meses, con una familia de Clerkenwell. Marido y mujer eran abogados. Tenían dos chicas y un chico, de diez, ocho y cuatro años respectivamente, y como era habitual entre las familias para las que trabajaba, los tres estaban enfadados todo el tiempo. No tenía ninguna teoría previa sobre los niños, los aceptaba como llegaban, pero empezaba a tener la impresión de que muchos pequeños estaban a la vez mimados y abandonados. Como no había visto nada parecido en Hungría, tardó algún tiempo en darse cuenta. Otro detalle era que aunque estaban acostumbrados a que no les hicieran caso, y que en consecuencia solían recurrir a muchos extremos para llamar la atención, no estaban en modo alguno acostumbrados a que les dijeran “No” y menos cuando “No” significaba exactamente eso. Así que se enfadaban para llamar la atención y se enfadaban cuando no se salían con la suya, y en rotal era mucho enfado. Resultaba agotador y también, aun cuando sabía que  el enfado no era con ella, desmoralizador. Si el enfado se dirige contra nosotros, pensamos que es por nosotros, aunque otra parte de nuestro cerebro sepa que no es así. Los hijos de los abogados se habían comportado de aquel modo, y aunque Matya había sentido simpatía por ellos (cuando no estaban enfadados) y también por los padres (a quienes veía muy poco), había dejado el empleo, y sólo había tenido trabajos breves, de un par de semanas cada uno, hasta que empezó a trabajar para los Yount. Todo lo cual se reducía a que la química no había funcionado.

Pero en el caso de Joshua se había pulsado la nota justa desde el principio. No habría sabido explicarlo, era sólo que se compenetraban totalmente, y no porque el niño fuera distinto de los demás niños ricos mimados-y-abandonados, ni tampoco porque no se enfadase. Era únicamente que el niño era Josh y ella lo quería y él la quería a ella.

¡¡¡DISCURRE¡¡¡

De La lección de anatomía de Marta Sanz, p.97-98
Cuando acaban los cursos, por mi obcecación y por una disciplina que mis maestras no entienden, considerando las disipaciones de mi hogar, ocupo siempre el pupitre que originalmente le correspondía a María Beneyto. Mientras ella ha sido desplazada al que está detrás de mí. Recuerdo la frase preferida de las profesoras para definir el buen rendimiento de una niña:
-Es muy aplicada.
Era lo mejor que podían decir de ti. La curiosidad, la inquietud, la rebeldía, la imaginación no constituían valores y sin embargo, yo aprendí mucho a lo largo de esos años y a menudo me pregunto si esa educación no fue la mejor que podía haber recibido. Qué hubiera sido de mí si hubiese asistido a un colegio caro, creativo y liberal; tal vez, me habría enganchado a la heroína y ahora sería diseñadora de joyas, regentaría una casa rural y la mala  conciencia me impediría hacer lo que deseo, es decir, lo que racionalmente he decidido y que ramo choca con lo que se supone ·que debo desear. Conozco  muchos de estos casos, pero ahora aún permanezco sentada en el pupitre del colegio, mientras María se resigna a estar en el banco inmediatamente posterior al mío, consciente de que, después de las clases, cuando vamos a ver a su ría, ella es más lenta aunque también más minuciosa. María es una niña aplicada, pero le cuesta acabar las tareas porque le falta el otro ingrediente fundamental para el aprendizaje:
-¡María! ¡Discurre! Es que no discurres nada. Discurre, María, discurre, que no es tan complicado ...

Discurrir es buscar caminos. Hay que aplicarse, hay que repetir, hay que memorizar y que mimetizarse, hay que destacarse sin subvertir el orden establecido, pero también hay que  discurrir. Las señoritas nos daban buenos consejos quizá sin darse cuenta.

ENSEÑANZAS DE UNA MADRE

De También esto pasará de Milena Busquets, p.169-170
A veces, me cuento la historia que tú me contaste un día, sentada en mi cama, para consolarme de la muerte de mi padre: Érase una vez que en un lugar muy lejano, tal vez China, había un emperador poderosísimo y listo y compasivo, que un día reunió a todos los sabios del reino, a los filósofos, a los matemáticos, a los científicos, a los poetas, y les dijo: “Quiero una frase corta, que sirva en todas las circunstancias posibles, siempre.” Los sabios se retiraron y pasaron meses y meses pensando. Finalmente, regresaron y le dijeron al emperador. «Ya tenemos la frase, es la siguiente: También esto pasará. Y añadiste: «El dolor y la pena pasan, como pasan la euforia y la felicidad., Ahora sé que no es verdad. Viviré sin ti hasta que me muera. Me diste los flechazos como única forma posible de enamoramiento (tenías razón), el amor al arte, a los libros, a los museos, al ballet, la generosidad absoluta con el dinero, los grandes gestos en los momentos adecuados, el rigor en los actos y en las palabras. La falta total de sentido de culpa, y la libertad, y la responsabilidad que conlleva. En casa, nunca nadie se sentía culpable de nada, uno pensaba y actuaba en consecuencia y, si se equivocaba, no valía sentirse culpable, se apechugaba con las consecuencias y punto. Creo que jamás te escuché un “lo siento”. También me regalaste la risa loca, la alegría de vivir, la entrega absoluta, la afición a todos los juegos, el desprecio por todo lo que te parecía que hacía la vida más pequeña e irrespirable: la mezquindad, la falta de lealtad, la envidia, el miedo, la estupidez, la crueldad sobre todo. Y el sentido de la justicia. La rebeldía. La conciencia   fulgurante de la felicidad en esos instantes en los que uno la tiene en la mano y antes de que eche a volar de nuevo. 

LA BUENA EDUCACION

pero luego se acordó de lo que Baby había dicho: ''Tendríamos que estudiarlo bien", y todo lo que esa frase llevaba implícito: «Eres propiedad nuestra y antes o después tendrás que  Aceptarlo. Es absurdo que sigas pretendiendo que eres independiente”.
Hacía ya muchos años que Dick no le guardaba rencor a ningún ser humano: desde que, siendo estudiante de primer año en New Haven, había caído en sus manos un libro muy popular sobre higiene mental. Pero en aquel momento estaba tratando de contener la indignación que Baby le provocaba; su insensibilidad insolente de mujer rica creaba en él resentimiento. Tendrían que pasar cientos de años para que nuevas generaciones de amazonas llegaran a comprender que un hombre es vulnerable únicamente en lo que atañe a su orgullo, pero que una vez herido en su orgullo se vuelve tan frágil como Humpty-Dumpty, si bien algunas mujeres reconocían cautelosamente ese hecho de dientes afuera. La profesión del doctor Diver, que consistía en clasificar las cáscaras rotas de otra clase de huevo, le había infundido horror hacia cualquier tipo de rompimiento. Sin embargo:
-Se abusa demasiado de los buenos modales –dijo Dick cuando regresaban a Gstaad en el suave trineo.
-A mí me parece que están muy bien -dijo Baby.

-No, no lo están -insistió Dick al bulto de pieles anónimo-. Los buenos modales equivalen a reconocer que todo el mundo es tan delicado que se le tiene que tratar con guante blanco. Pero el respeto a los demás es otra cosa. A un hombre no se le puede llamar cobarde o mentiroso a la ligera, pero si uno se pasa la vida tratando de no herir los sentimientos de los demás y alimentando su vanidad, acaba por no saber qué es lo que debe respetar en ellos.

EDUCACION CONCERTADA

De El misterio de la cripta embrujada de EMendoza, p.142-143
-Llegada nuestra hija a la edad de la razón –continuó el dentista-, discutimos mi señora y yo largamente y no sin cierto encono el colegio al que debíamos mandarla. Ambos coincidimos en que había de ser éste lo mejor que ofreciera la dudad, pero, en tanto que mi señora se inclinaba por una escuela laica, progre y cara, yo era partidario de la tradicional enseñanza religiosa, que tan buenos frutos ha dado a España. No creo, por lo demás, que los cambios que recientemente han sobrevenido a nuestra sociedad sean duraderos. Tarde o temprano, los militares harán que todo vuelva a la normalidad. En las escuelas modernas, por otra parte, impera el libertinaje: los profesores, me consta, se jactan ante el alumnado de sus irregulares enjuagues matrimoniales; las maestras prescinden de la ropa interior, y en los recreos se desalienta el deporte y se propicia la concupiscencia; se organizan bailes y excursiones de más de un día y se proyectan películas del cuatro. No sé si, como dicen, esto prepara a los niños a enfrentarse al mundo. Quizá se les vacune contra los peligros, prefiero no opinar. ¿De qué le estaba hablando?
-Del colegio de su hija de usted -le recordé.

-Ah, sí. Discutimos, pues, corno le decía, v siendo mi señora mujer y yo hombre, tuvo ella que ceder, porque así es la ley natural. El colegio de las madres lazaristas de San Gervasio, que finalmente elegí, supuso para nosotros el doble sacrificio de tener que separarnos de la nena, ya que el régimen de internado no admitía excepciones, y de sufragar unas mensualidades que puedo calificar sin ambages de onerosas, tanto en términos relativos como absolutos. La educación, sin embargo, era esmerada y nunca nos quejamos, aunque bien sabe dios que el dinero no nos sobraba. Y pasaron los años . 

SOBRE LA EDUCACION

Werther de Goethe, p. 59 (Cátedra)
15 de mayo

La gente sencilla del lugar ya me conoce y me quiere; especialmente los niños. He tenido una triste experiencia. En un principio cuando me acercaba a ellos y les preguntaba amistosamente sobre esto y lo de más allá,  algunos creían que pretendía burlarme y me despachaban  groseramente. No me incomodaba por eso; pero sentía vivamente lo que ya otras veces había observado: que gente de cierta clase mantiene siempre una fría distancia con el pueblo bajo, como si creyera perder con el acercamiento; y hasta hay insustanciales y bromistas que simulan rebajarse para hacer sentir a la pobre gente, del modo más palpable, su petulancia. Ya sé que no somos ni podemos ser iguales, pero opino que quien juzga imprescindible  distanciarse del así llamado populacho para mantener su respeto, es tan reprobable como el cobarde que se esconde del enemigo por temor a sucumbir. El otro día estuve en la fuente y encontré a una criada joven que había colocado el cántaro en el último escalón y estaba mirando a ver si venía casualmente alguna compañera que le ayudase a ponérselo en la cabeza. Bajé las escaleras y la miré diciéndole: --«¿Quieres que te ayude, mocita?» --¡Oh, no señor¡ -contestó poniéndose roja como la grana. -«Sin cumplidos» - insistí. Se colocó bien el rodete y le ayudé, me dio las gracias y se fue escaleras arriba.

DE LA EDUCACION DE LOS NIÑOS

De Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza, p. 65
Ella, a su vez, no se metía con nadie, y menos aún con sus hijos, porque en aquella época, tan represiva en muchos sentidos, los niños todavía no se habían convertido en objeto de análisis y en receptáculo de las proyecciones de los adultos, que se limitaban a fiscalizar la marcha de sus estudios y la estricta rectitud de su comportamiento, dejando el resto de su formación a los curas, a los amigos, a las putas o a quien se la quisiera dar.

LOS AGRADECIMIENTOS DEL ORLANDO DE VIRGINIA WOLF


Prólogo a Orlando de Virginia Wolf
Muchos amigos me han ayudado a escribir este libro. Algunos han muerto y son tan ilustres que apenas me atrevo a nombrarlos, aunque nadie puede leer o escribir sin estar en perpetua deuda con Defoe, Sir Thomas Browne, Sterne, Sir Walter Scott, Lord Macaulay, Emily Bront De Quincey y Walter Pater —para no mencionar sino a los primeros que se me ocurren. Otros, quizús igualmente ilustres, viven aún y el hecho mismo los hace menos formidables.
Estoy agradecida especialmente a Mr. C. P. Sanger, cuya versación en la ley de inmuebles me ha permitido realizar este libro. La vasta y peculiar erudición de Mr. Sydney Turner me ha evitado, lo espero, algunos lamentables errores. He tenido la ventaja —sólo yo puedo apreciar su valor— del conocimiento del chino de Mr. Waley. Madame Lopokova (Mrs. 1. M. Keynes) ha estado siempre lista a corregir mi ruso. A la imaginación e incomparable simpatía de Mr. Roger Dry debo cuanto sé del arte pictórico. Espero haber aprovechado en otro terreno la crítica singularmente penetrante, aunque severa, de mi sobrino Mr. Julian Bell. Las investigaciones infatigables de Miss M. K. Snowdon en los archivos de Harrogate y de Cheltenham no fueron menos arduas por haber resultado del todo inútiles. Otros amigos me auxiliaron en modos demasiado diversos para ser especificados aquí. Básteme nombrar a.
Mr. Angus Davidson; a Mrs. Cartwright; a Miss Janet Case, a Lord Berners (cuyo conocimiento de la música isabelina me ha resultado inapreciable); a Mr. Francis Birreli; a mi hermano, el Dr. Adrian Stephen; a Mr. F. L. Lucas; a Mr. y Mrs. Desmond Maccarthy; al más alentador de los críticos, mi cuñado, Mr. Clive Dell; a Mr. H. G. Rylands; a Lidy Colefax; a Miss Nellie Boxail; a Mr. J. M. Keynes; a Mr. Hugh Walpole; a Miss Violet Dickinson; al Honorable Edward Sackville West; a Mr. y Mrs. St. John Hutchinson; a Mr. Duncan Grant; a Mr. y Mrs. Stephen Tomlin; a Mr. y Lady Ottoline Morreil; a mi madre política Mrs. Sidney Woolf; a Mr. Osbert Sitwell; a Madame Jacques Raverat; al Coronel Cory Beil; a Miss Valerie Taylor; a Mr. J. T. Sheppard; a Mr. y Mrs. T. S. Eliot; a Miss Sands; a Miss Nan Hudson; a mi sobrino Mr. Quenrin Bel! (apreciado y antiguo colaborador en materia novelística; a Mr. Raymond Mortimer; a Lady Gerald Welleley; a Mr. Lytton Strachey; a la Vizcondesa Cecil; a Miss Hope Mirrlees; a Mr. E. M. Forster; al Honorable Harold Nicolson; y a mi hermana, Vanessa Bel!
—pero la lista se alarga demasiado y ya es demasiado ilustre. Me trae recuerdos de lo más agradables, pero despertará en el lector una expectativa que el libro sólo puede frustar. Concluiré, pues, agradeciendo a los empleados del Museo Británico y del Archivo su habitual cortesía; a mi sobrina Miss Angelica Bel! un favor que sólo ella pudo prestarme; y a mi marido, la invariable paciencia que ha puesto en ayudar mis pesquisas y la profunda erudición histórica a la que deben estas páginas la poca o mucha precisión que poseen. Finalmente agradecería, pero he perdido su dirección y su nombre, a un caballero norteamericano, que generosa y gratuitamente ha corregido la puntuación de mis anteriores publicaciones y que, lo espero, no escatimará su celo esta vez.

LA EDUCACION

Prólogo a Bajo el signo de Marte de Fritz Zorn, de Adolf Muschg, p. 31 (Anagrama)

Me parece que este documento tiene un valor extraordinario en el plano del conocimiento psicológico y médico a la vez (si todavía hay que mantener esta precaria división del trabajo científico). Zorn presenta su infancia como el estudio de un caso perteneciente a un medio social en el cual el buen tono consiste en eludir el presente; un medio social que ha perfeccionado el mecanismo del aplazamiento hasta hacer de él un estilo de vida, para poder otorgar a cada instante el don de la armonía. O bien, dado que lograr la armonía real no es posible (en la medida en que exige un trabajo del alma, un esfuerzo de conciliación y reconciliación), construir la ficción de la armonía. Llevar una casa como es debido significa tratar los problemas como si fueran faltas de buen gusto; considerar una falta de educación la provocación que constituyen los hechos; dejar para «mañana» las realidades particularmente rebeldes o diferirlas hasta que sean objeto de un estudio más profundo (que realizarán otros). Lo cual significa ausencia de un punto de vista propio; prescindencia diplomática de otros puntos de vista; combinación ingeniosa de un sí que no compromete a nada con un no que no llega a formular- se; la producción de una topografía sin luces ni sombras, definida por la ausencia de problemas que —si a pesar de todo llegan a manifestarse— son relegados al más allá de lo “complicado” o de lo “incomparable”. Esto significa resarcirse de la pérdida del propio cuerpo por medio del espectáculo exótico (pero decente) de cuerpos extraños. Esto significa, en el sentido literal de la palabra, matar el tiempo hasta la muerte, eludiendo toda presencia. Por otra parte, la muerte es también, hasta nueva orden, la muerte de los otros.

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