Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA EDUCACION SENTIMENTAL


Una conciencia nueva, Silvia Bardelás, p. 83

La educación sentimental ya representaba la nueva vida como una máquina de producción. Una materia, Frédéric Moreau, entra en un tubo y después de seguir una larga cadena de transformaciones, sale convertido en otra cosa, en un producto. Una vez ha entrado esa materia prima en la máquina, ya no puede salir. Por eso Flaubert comienza con el bachiller recién graduado, listo para entrar en la máquina. Al principio, toma una decisión, en lugar de seguir una formación académica para acabar teniendo una vida tediosa, decide dejarse llevar por sus sentimientos. Puede llegar a ser un pintor o incluso sueña con la gloria de un escritor. El sentimiento que le produce la posibilidad de conseguir esa vida le satisface suficientemente como para no pintar ni escribir nunca. El sentimiento pasional hacia la mujer imposible de alcanzar le permite mantener cierta dignidad, como si fuera fiel a un ideal hasta el punto de rechazarla al final para no degradarse. El sentimiento de nostalgia de una revolución no vivida o el sentimiento de rechazo hacia gente que considera inferior le permiten mantenerse al margen de los acontecimientos políticos. Las sensaciones en el campo al lado de su amante le hacen pensar que su vida está bien. El sentimiento por delante, pensado y atribuido a las cosas, sin que surja de la relación Con ellas, la proyección del yo en todo lo exterior, la imposibilidad de ver al otro como otro, el asco al ver a otros Como son, el rechazo a la vejez, la enfermedad, la fealdad, la pobreza.

 

 

 


PROUST, STENDHAL Y FLAUBERT


La mirada de Ulises, Erich Auerbach, p. 86

A su lado, los personajes de las grandes novelas realistas del siglo XX son meras comparsas, personajes a los que se ha atrapado por algún extremo de su ser y acto seguido se los ha compuesto. La gran inutilidad y la aparente falta de composición de la novela, que no exige de ninguna de sus figuras absolutamente nada que deba suceder para conducir el desarrollo del relato en tal o cual dirección, les concede la libertad de moverse como más propio les parezca; la necesaria limitación que para Stendhal o Flaubert (por no mencionar a otros) se origina a partir de la construcción, del inamovible plan pragmático de sus obras, está ausente en el caso de Proust. Así, el producto, caprichoso y casi botánico, brota de un modo totalmente autónomo, apenas se siente la mano del hacedor, y si otros grandes escritores, desdeñando la descripción y el análisis, logran con pocas palabras que un personaje sea, en su momento trágico, inolvidable durante siglos, esa actitud, quizá más sublime, no corresponde a la novela; al lado de la obra de Proust, casi todas las novelas que conocemos parecen novelas cortas. En busca del tiempo perdido es una crónica de la memoria—en la que el lugar de la sucesión temporal empírica pasa a ocuparlo el encadenamiento secreto y a menudo descuidado de los acontecimientos, que el biógrafo del alma, el que vuelve la vista atrás y mira dentro de sí mismo, siente como propio—. Lo que ha ocurrido no tiene ya poder alguno sobre él, v el autor nunca pretende que aún no ha ocurrido lo que sucedió hace mucho tiempo y que todavía esté por decidir lo decidido mucho tiempo antes, Es por eso que no hay ni  tensión ni punto dramático culminante, nada se precipita ni se amontona, y tampoco, después, hay solución y calma.


MADAME BOVARY


El club de lectura de David Bowie, p. 60

El Bromley de las afueras de Londres no es tan distinto de la llana Normandía del siglo XIX. La fantasiosa heroína de la sátira de Flaubert sobre la vida provinciana -esto es, sobre la vida más allá de París- no es tan distinta a la fantasiosa heroína de la canción de Bowie «Life On Mars?». El reproche que tenía Henry James para Madame Bovary era que, a pesar de todo, su discreta historia sobre el infeliz matrimonio de una muchacha voluble con un doctor de segunda era «un asunto demasiado pequeño». Emma Roualt -que pronto se convertirá en Emma Bovary-- tiene el cabello negro, claro; y no mousy o castaño ceniza. Pero ambas se mueren de ganas de vivir emociones y de escapar, y se moverán entre el hastío y el profundo anhelo romántico que, en el caso de Emma, la llevarán a su  trágico suicidio.

The girl with the mousy hair ('la chica del pelo castaño ceniza') tiene problemas para concentrarse en una película que le resulta demasiado aburrida: no la lleva a ningún sitio nuevo, no hace sino reflejar la experiencia vivida. Emma devora los libros, pero lo que lee no le hace bien: son lecturas trilladas, simplonas, románticas. Le llenan la cabeza de falsas ilusiones, de expectativas poco realistas; una de ellas es que el adulterio será mucho más interesante que el matrimonio con Charles. Esa relación le ha arrebatado su individualidad y ha hecho de ella la tercera Madame Bovary del libro, después de su suegra y de la primera esposa de Charles, ya fallecida, cuyo viejo ramo de novia encuentra en un cajón: un bonito toque gótico. Aunque Emma se da cuenta de que está atrapada en una especie de infierno y casada con un zoquete al que desprecia, carece de los medios intelectuales para tramar una fuga que vaya más allá que juntarse con idiotas como Léon y Rodolphe.

Madame Bovary es una novela que habla de huidas frustradas y de los peligros de leer indiscriminadamente. Pero sobre todo habla de la atracción por el sexo ilícito, razón por la que Flaubert fue enjuiciado por obscenidad en enero de 1857. Una acusación debida a su escena más famosa, en la que Emma y Léon recorren Ruan durante horas, estremecidos, en un coche tirado por caballos que lleva las cortinillas echadas, gritándole al cochero cada vez que amenaza con detenerse.

Es famosa la declaración que hizo Flaubert: «Madame Bovary, c' est moi» ('Madame Bovary soy yo'). La identificación era tan estrecha que, cuando escribía las escenas de la muerte de Emma - al describir el sabor a tinta del arsénico, sacado a toda prisa del frasco del boticario, con el corazón vacilante «como el último eco de una sinfonía que se aleja»-, Flaubert vomitaba una y otra vez.


Barbey d'Aurevilly


El hombre de la bata roja, Julian Barnes, p. 75

El gusto. Que a menudo se halla cerca del prejuicio persuasivo. No hace falta mucho para que nos desagrade un escritor; y nos ahorra tiempo. Por lo que respecta a la Francia del siglo XIX, siempre he tenido ojeriza a Barbey d'Aurevilly. El motivo es muy sencillo: fue ruin con Flaubert. Juré, por tanto, hace mucho tiempo, negarle el  placer póstumo de saber que yo lo había leído. Y los detalles ocasionales que fui espigando -monárquico, católico militante, fingía pertenecer a una clase más alta que la suya- refrendaron mi antipatía. A juzgar por descripciones de otros lectores de sus libros, parece que escribía relatos misóginos, de un romanticismo trasnochado, y literatura fantástica a la manera de Poe. Y otra cosa más: nació trece años antes que Flaubert pero le sobrevivió nueve. Qué existencialmente injusto.

Me acuerdo de sus maldades. En 1869 Flaubert escribió a George Sand quejándose de una crítica de La educación sentimental: «Barbey d' Aurevilly afirma que si me lavo en un riachuelo lo emponzoño.» (Lo que Barbey escribió realmente es más interesante pero igual de ofensivo: «Flaubert no posee gracia ni melancolía: su fuerza es como la del cuadro Las bañistas de Courbet; mujeres que ensucian el arroyo en que se bañan”). Esta comparación habría acentuado la mueca de agravio en la cara de Flaubert: nunca tuvo un gran aprecio por la pintura de Courbet.

Cuatro años y medio más tarde, en su reseña sobre La tentación de San Antonio, Barbey destacó la diferencia entre «el ardiente y piadoso temperamento de un grandísimo santo [ ... ] y el hombre más frío de esta época, el de talento más materialista y el más indiferente al aspecto moral de la vida». Flaubert, por descontado, no respondió pública· mente, pero cuando, meses después, Barbey publicó su obra más conocida, Las diabólicas, le dice a su vieja amiga George Sand que el libro le parece «desternillante. Quizá se deba a mi perversidad natural, que me inclina a degustar cosas perniciosas, pero este texto me pareció extremadamente divertido. Es imposible ir más lejos en el ámbito de lo inadvertidamente grotesco». Cierto, esto me exime de volver a leerlo entero.


El suicidio de madame Bovary.


Imaginar el mundo, Vargas Llosa, p. 72
el suicidio de madame Bovary. Por una extraña razón que seguramente un psicoanalista podría explicarme ... bueno, tengo un yerno que es psicoanalista, tal vez un día podría explicármelo: ¿por qué un episodio que es de una tristeza tan atroz, como lo es el del suicidio de madame Bovary, cuando ella se traga el arsénico y hay esa descripción verdaderamente estremecedora de lo que ocurre con la cara, la lengua, la boca de madame Bovary, es un episodio que a mí me saca de la tristeza, me saca de la desmoralización y me produce una especie de reconciliación con la vida? N o estoy bromeando, es verdad. En periodos de enorme depresión en mí vida, he ido a leer el episodio del suicidio de madame Bovary, y es tanta la perfección, la maestría, la belleza con que está descrito ese horror que siento como una inyección de entusiasmo y una justificación de la vida. Siendo así, la vida vale la pena ser vivida, aunque sea para leer la maestría semejante a la que hay en esas páginas de extraordinaria lucidez, inteligencia, destreza, intuición, con que ha podido redondear un episodio que, contado en seco, produce un rechazo, un disgusto, un desagrado de la vida. 

EMMA BOVARY


Imaginar el mundo, p. 77

M. P.: Quisiera volver sobre madame Bovary, que como personaje era una mujer frívola, vana, irresponsable, voluble ...

M. V. L.: ¡No! ¡Protesto! ¡Mentira! ¡Calumnias!

M. P.: ¿Por qué tiene tanto magnetismo ese personaje?

M. V. L.: ¡Calumnias infames de los críticos! ¡No es verdad! Perdón, voy a hacer mi defensa de madame Bovary. Era una muchachita que leía novelas rosas, y creía que la vida era como la pintaban las novelas. Y su tragedia fue que quiso convertir esa ficción en realidad. Como el Quijote, que leía novelas de caballería y creía que la vida era como la pintaban las novelas de caballería, y salió de su casa a convertir en realidad la ficción de las novelas de caballería. Eso es lo que hace madame Bovary. Ella quiere que la vida sea pasiones extraordinarias que hacen vivir grandes aventuras, que la vida sea el placer de la elegancia, del derroche, de la sensualidad; el placer del exceso sentimental, de la pasión, y eso es lo que quiere materializar con las cosas que hace. Y ¿qué encuentra a su alrededor? Mediocres, pobres diablos incapaces de vivir a la altura de la sensibilidad, de la imaginación educada en ella por la ficción. Ese es el maravilloso simbolismo de madame Bovary. Es lo que hace que Madame Bovary no sea una novelita realista, sino una novela que expresa un elemento fundamental de la condición humana: la incapacidad de nosotros, seres humanos, de aceptar la realidad tal como es, la necesidad tan profunda de vivir de otra manera,, de no tener esa única vida que tenemos, que es por lo que leemos novelas, por lo que leemos ficciones. Y a lo largo de la historia ha habido gentes como el Quijote, como madame Bovary, que han querido hacer realidad de la ficción. Y el mundo ha cambiado, el mundo ha progresado. Hemos salido de las cavernas y hemos  llegado a conquistar el espacio y llegar a la Luna gracias a esos locos insensatos. Madame Bovary no era frívola. Era una gran soñadora, una gran rebelde, era una mujer extraordinaria y admirable.

J. B.: Mario lleva enamorado de Emma Bovary unos cuarenta o cincuenta años.

M. V L.: Es cierto, absolutamente. La pura verdad.


MADAME BOVARY


Imaginar el mundo, p. 71

M. V L.: Yo sigo releyendo a veces fragmentos de Flaubert, y es un escritor que nunca me ha decepcionado y siempre me ha conmovido. Incluso releer episodios que tengo muy presentes, algunos por su inteligencia, su destreza literaria. Me fascina, por ejemplo, el episodio de la feria agrícola en Madame Bovary,en el que hay tres planos superpuestos que se van entreverando, y que al mismo tiempo el lector distingue con enorme facilidad: lo que está ocurriendo en el acto oficial, con unos discursos llenos de frases hechas, de falta total de vitalidad; el diálogo romántico que tiene madame Bovary con un noble de la región, en un balcón; y las frases que van diciendo los campesinos, que están allí asistiendo, que ni entienden de los discursos Y nada saben del diálogo. Al final, es un episodio que da una totalidad de la escena que hace sentir al lector que está realmente inmerso allí Y con una visión casi divina, porque tiene el conjunto y al mismo tiempo el detalle. Es un episodio de una enorme maestría técnica. Y después, el episodio que releo siempre, sobre todo cuando tengo depresión o tristeza: el suicidio de madame Bovary. Por una extraña razón que seguramente un psicoanalista podría explicarme ... bueno, tengo un yerno que es psicoanalista, tal vez un dia podría explicármelo: ¿por qué un episodio que es de una tristeza tan atroz, corno lo es el del suicidio de madame Bovary, cuando ella se traga el arsénico y hay esa descripción verdaderamente estremecedora de lo que ocurre con la cara, la lengua, la boca de madame Bovary, es un episodio que a mí me saca de la tristeza, me saca de la desmoralización y me produce una especie de reconciliación con la vida? No estoy bromeando, es verdad. En periodos de enorme depresión en mi vida, he ido a leer el episodio del suicidio de madame Bovary, y es tanta la perfección, la maestría, la belleza con que está descrito ese horror que siento comno una inyección de entusiasmo y una justificación de la vida. Siendo así, la vida vale la pena ser vivida, aunque sea para leer la maestría semejante a la que hay en esas páginas de extraordinaria lucidez, inteligencia, destreza, intuición, con que ha podido redondear un episodio que, contado en seco, produce un rechazo, un disgusto, un desagrado de la vida. Yo le quería preguntar a Julian si ese episodio le produce ese tipo de reacciones emotivas.


INCIPIT 758. LA PRIMERA EDUCACION SENTIMENTAL / FLAUBERT


Una mañana de octubre, el protagonista de este libro llegó a París con un corazón de dieciocho años y un título de bachillerato en letras.
Penetró en dicha capital del mundo civilizado por la puerta Saint-Denis, pudiendo admirar su bella arquitectura; por las calles, vio coches de estiércol tirados por un caballo y un asno, carretas de panadero tiradas a brazo de hombre, lecheras vendiendo leche, porteras barriendo la calle. Entre todos organizaban un escándalo considerable. Nuestro hombre, arrimada la cabeza a la portezuela de la diligencia, contemplaba a los viandantes y leía los rótulos.

Cuando, apenas apearse del coche, abonar su billete, dejar que el empleado de impuestos indirectos registrara sus bultos, elegir un mozo y decidir por fin un hotel, se encontró de repente en un cuarto vacío y desconocido, se sentó en un sillón y se puso a meditar, en vez de abrir sus baúles y lavarse la cara.

EDUCACION SENTIMENTAL

La primera Eucación sentimental, Flaubert, p. 202
Despojado tempranamente de ilusiones y creyendo aún en ellas, privado de placeres estruendosos y hastiado de soñar distracciones apacibles, un buen día dio en compadecerse de sí mismo y de cuanto rodeaba su vida, quiso salir por fin de la invisible cárcel en la que giraba sobre sí mismo, cual oso en su jaula. Como estaba cansado del pensamiento o de lo que   imaginaba como tal, le apeteció la acción. Así, casto, quiso de repente el placer: nacido burgués, deseó la riqueza: creado por el cielo manso como un cordero, se prendó del sonido de los clarines y meditó el choque de los ejércitos. Amó, pues, todas las pasiones, requirió para sí todos los apetitos, todas las aspiraciones, todas las ansias; no tardaron éstas en llegar una tras otra, cual yeguas salvajes que galopan a sus anchas, relinchando y crines al viento, a la vasta llanura de su corazón.
Al principio fue el dinero. Lo amó como un pródigo y como un ladrón, para poseer extensos céspedes sombreados por robles seculares, bosques donde retozaran por el musgo los corzos, un palacio con peristilo de mármol, con estatuas antiguas y una galería de viejos cuadros, un cálido invernadero donde crecen las palmeras en plena tierra, donde es posible oler áloes y cactus, comer desconocidas frutas, tocar insólitos follajes; para tener un semental negro, con un cordón dorado en la boca y una piel de león en la grupa, montado por un negro atlético, con chaqueta de seda negra con cierre de plata, desnudos brazos y piernas, formas magníficas y briosa planta: para tener un montón de criados bien cebados, que se apiñaran en la antecámara y le escanciasen mientras comiese; para trastocar días y noches, tomar helado en verano, frutas en invierno, calentarse con caoba, lavarse los pies con kirsch, llevar una vida insolente y desdeñosa, sentirse adorado por la chusma y aborrecido por los burgueses, alimentar a una multitud de bribones y deslumbrar a una masa de imbéciles. Le hubiera gustado caminar por una mina de oro, para notar, en las entrañas de la tierra, las cálidas exhalaciones de los metales.

Pero se le olvidó ganarlo, demasiado ocupado en soñar con él. 

INCIPIT 564. BOUVARD Y PECUCHET / FLAUBERT

Como hacía un calor de treinta y tres grados, el boulevard Bourdon estaba completamente desierto.
Más abajo, el canal Saint-Martin, encerrado entre las dos exclusas, expandía en línea recta su agua de color de tinta. En medio había un barco cargado de madera, y en la orilla dos hileras de barricas. Más allá del canal, entre las casas que separan unas obras, el gran cielo diáfano se recortaba en franjas de un azul ultramar, y, bajo la reverberación del sol, las fachadas blancas, los tejados de pizarra, los muelles de granito, deslumbraban. Un ruido confuso subía a lo lejos en el aire tibio; y todo parecía entorpecido por la inactividad del domingo y por la tristeza de los días de verano. Aparecieron dos hombres.
Uno venía de la Bastilla, el otro del jardin des Plantes. El más alto, vestido de lino, caminaba con el sombrero echado hacia atrás, el chaleco desabrochado y la corbata en la mano. El más bajo, cuyo cuerpo desaparecía en una levita marrón, agachaba la cabeza cubierta con una gorra con la visera en punta. Una vez que hubieron llegado al centro del boulevard se sentaron en el mismo instante en el mismo banco.

 Para secarse la frente, se quitaron los sombreros, que cada uno dejó junto a sí; y el hombrecillo vio escrito en el sombrero de su vecino: Bouvard, mientras que el otro distinguía fácilmente en la gorra del individuo enlevitado la palabra: Pécuchet.

MADAME BOVARY

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra, p. 59
El método de urgencia que me había enseñado mi padre: leer las dos primeras páginas y enseguida las dos últimas, y sólo entonces, sólo después de saber el comienzo y el final de la novela, seguir leyendo de corrido. Si no alcanzas a terminar, al menos ya sabes quién era el asesino, decía mi padre, que al parecer sólo habla leído libros en que habla un asesino.
Entonces lo primero que supe de Madame Bovary fue que el niño tímido y alto del capítulo inicial finalmente moriría y que su hija terminaría de obrera en una fábrica de algodón. Sobre el suicidio de Emma ya sabía, pues algunos padres alegaron que el tema del suicidio era demasiado fuerte para niños de doce años, a lo que la profesora respondió que no, que el suicidio de una mujer acosada por las deudas era un tema muy actual, perfectamente comprensible por niños de doce años.
No avancé mucho más en la lectura. Estudié un poco con los resúmenes que había hecho mi compañero  de banco y el día anterior a la prueba encontré una copia de la película en el videoclub de Maipú. Mi mamá intentó oponerse a que la viera, pues pensaba que no era adecuada para mi edad, y yo también pensaba o más bien esperaba eso, porque Madame Bovary me sonaba a porno, todo lo francés me sonaba a pomo.

La película era, en este sentido, decepcionante, pero la vi dos veces y llené las hojas de oficio por lado y lado. Saqué un 3,6, sin embargo, de manera que durante algún tiempo asocié Madame Bovary a ese 3,6 y al nombre del director de la película

ES TAN VASTA E INFINITA LA ESTUPIDEZ HUMANA

De Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas, p. 234
-No creo que la gente tenga ningún problema con el  arte, en general no tiene ningún problema con la cultura. el problema lo tiene la política, que no sabe muy bien qué  es la cultura. Que cuando no hay dinero simplemente la tratan como si fuese un plus, ¿no? Y ésa también es la lógica que hay que cambiar. Si los artistas son intelectuales. desde luego no son un lujo. Son una necesidad. Es más, pueden cambiarnos la vida. Y hoy más que nunca  necesitamos otras voces porque las que estamos escuchando son pesadas repeticiones de lo que venimos oyendo toda la vida. Lo que nos conviene son ideas y una energía que sea diferente. Escuchar a los que formulan algo nuevo y darles confianza y decirles: «Ok, igual no acabo de entenderte, pero creo en lo que me propones, suena al menos diferente.)' Hay que dar oportunidades a los silenciados y a los locos, decirles que adelante y no tener con ellos una mirada de desconfianza y de cinismo y de estar de vuelta de todo. Eso precisamente nos ha perdido, creer que está ya todo hecho y negarse a ver que todavía queda un arte ingenioso, complejo, sabio, que hace avanzar permanentemente nuestros límites. Hay que escuchar a los artistas, nunca como en nuestros días han sido tan necesarios. Son lo contrario de los políticos. ¿Te acuerdas de Flaubert cuando cuenta en una carta que va a palacio y se presenta ante el príncipe Napoleón, pero éste ha salido? He oído como hablaban de política, escribe Flaubert,  les he escuchado y es algo inmenso, ¡es tan vasta e infinita la Estupidez humana!

LA ESTUPIDEZ

De Fuera de aquí, de Vila-Matas, p.94
Esa injerencia de las noticias de todas partes en nuestra vida privada cada día es mayor. Toman cada vez más decisiones idiotas desde las cúpulas del poder. Volviendo a Flaubert . En una cana a George Sand escribe: «Me he presentado ante el príncipe Napoleón, pero había salido. He oído cómo hablaban de política. Es algo inmenso. ¡Ah' ¡Que vasta e infinita es la estupidez humana. El otro día, me pasó algo parecido en un pasillo del Palau de la Generalital de Barcelona. Me quede muy impresionado. Rumbo a peor, que decía Beckett .

EL AMOR DE GUSTAVE

De El loro de Flaubert, de Julian Barnes, p.35
Seis años solamente después de que ella se convierta en su amante, ya quedan fijadas las pautas de sus relaciones: «¡Contén tus lágrimas! -se queja él-o Son una tortura para mí. ¿Qué quieres que haga? ¿Que lo deje  todo y me vaya a vivir a París? Imposible.» Esta relación imposible se mantendrá sin embargo durante ocho años; Louise es pasmosamente incapaz de comprender que Gustave puede amarla aun sin sentir deseos de verla .” Si yo fuese una mujer --escribe él al cabo de seis años- no me querría a mí como amante. Como un antojo, sí; pero una relación íntima, no”.

FLAUBERT TENIA RAZON

De El loro de Flaubert, de Julian Barnes, p. 102
Esta forma de pensar suele poner nerviosa a la gente. Pero, ¿no es un buen retrato de lo que ha ocurrido? Durante los últimos cien años el proletariado ha estado aprendiendo las pretensiones de la burguesía; mientras que la burguesía, menos segura de su dominio, se h. ido haciendo más taimada y fraudulenta. ¿Puede llamarse progreso a esto? Si él quiere ver una moderna nave de los locos, que estudie un transbordador del Canal de la Mancha, uno de esos días en que van atestados de gente. Ah! están todos: calculando unos lo que han ganado  comprando en las tiendas libres de impuestos; tomando en el bar más copas de las que tienen ganas de tomar; jugando en las máquinas tragaperras; paseando aburridos por las cubiertas; decidiendo si van a ser más o menos honestos en la aduana; esperando a que la tripulación les dé nuevas órdenes, como si de ello dependiera la travesía del Mar Rojo. No estoy criticando;  me limito a observar; y no estoy muy seguro de qué pensaría si todo el mundo se apoyara en la barandilla para admirar el juego de luces que se ve en la superficie de las aguas, y empezase   luego a hablar de Boudin. Ni soy tampoco diferente, por cierto; hago acopio de artículos en las tiendas libres de impuestos y espero las órdenes como todos los demás. Lo que quiero decir es simplemente esto: Flaubert tenía razón.

SOBRE LA LECTURA

De El loro de Flaubert, de Julián Barnes, p. 128
“él decía que ningún libro que esté bien escrito puede ser peligroso”. Desplacémonos unos setenta años aproximadamente, para entrar en otra familia de otra región francesa Esta vez nos encontramos con un muchacho libresco, una madre, y una amiga de la madre que se llama Mme. Picardo El muchacho escribió posteriormente en sus memorias, cito otra vez: «Mme. Picard opinaba que hay que permitirles a los chicos que lo lean todo. "Ningún libro bien escrito puede ser peligroso."» El muchacho, consciente de la opinión que con tanta frecuencia expresaba Mme. Picard, explota deliberadamente su presencia y le pide permiso a su madre para leer una novela especialmente famosa. "Pero, si mi hijito lee libros como ése a esta edad , dice la madre-, ¿qué hará cuando sea mayor?» «¡Los viviré! », contesta el muchacho. Fue una de las contestaciones más ingeniosas de su infancia; los mayores la repitieron una y otra vez en las conversaciones familiares, y gracias a ella conquistó -según se nos permite deducir- el derecho a leer aquella novela. El muchacho era Jean-Paul Sartre. El libro era Madome Baoary.

¿Progresa el mundo? ¿O simplemente va y vuelve, como un transbordador? 

INCIPIT 349. EL LORO DE FLAUBERT / JULIAN BARNES

Seis norteamericanos jugaban a la petanca al pie de la estatua de Flaubert. Se oían limpios chasquidos por encima del estruendo de la circulación atascada. Con una final e irónica caricia de la yema de los dedos, una mano morena lanzó una esfera plateada que aterrizó, botó pesadamente, y trazó una curva acompañada de un lento esparcimiento de polvo duro. El lanzador se congeló en una elegante estatua temporal: las rodillas no desdobladas del todo, y la mano derecha extáticamente extendida. Me llamó la atención una arremangada camisa blanca, un antebrazo desnudo y una mancha en el envés de la muñeca. No era un reloj como pensé al principio, ni un tatuaje, sino una calcomanía de colores: el rostro de un santón político muy admirado en el desierto. Permítaseme que comience con la estatua: la de arriba, la permanente, la inelegante, la que llora lágrimas cúpricas, la imagen legada de ese hombre de suelta corbata de lazo, chaleco de ángulos rectos, pantalones holgados, mostacho  desordenado, y aspecto receloso, fríamente distante. Flaubert no devuelve la mirada. Desde la Place des Carmes vuelve la vista hacia el sur, en dirección a la Catedral, a la ciudad que  despreciaba, y que a su vez le ha ignorado casi siempre. Mantiene la cabeza defensivamente alzada: sólo las palomas pueden ver en toda su dimensión la calvicie del escritor.

INCIPIT 330. LA EDUCACION SENTIMENTAL / GUSTAVE FLAUBERT

1
Hacia las seis de la mañana del 15 de septiembre de 1 B40, próximo a zarpar, el Ville de Montereau despedía grandes torbellinos de humo delante del muelle de Saint-Bernard.
La gente llegaba sin aliento; las barricas, los cables, los cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no contestaban a nadie; tropezaban unas con otras las personas; los bultos subían por entre los dos tambores, y el bullicio se absorbía en el ruido del vapor, que, escapándose por las tapaderas de hierro de las chimeneas, todo lo envolvía en una nube blanquecina mientras la campana sonaba avante sin cesar.
Por fin, el barco arrancó, y las dos orillas, pobladas de tiendas, de canteros y de ¡¡¡bricas, desfilaron como dos anchas cintas que se desenrollan.
Un joven de dieciocho años, de pelo largo, que llevaba un áIbum debajo del brazo, estaba inmóvil cerca del timón. A través de la bruma contemplaba campanarios y edificios, cuyo   nombre ignoraba;después abrazó en una última ojeada la isla de Saint Louis, la Cité, Notre-Dame, y muy pronto, al desaparecer París, lanzó un suspiro prolongado.

11

INCIPIT 310. TRES CUENTOS / GUSTAVE FLAUBERT


UN CORAZÓN SENCILLO
Durante medio siglo las burguesas de Pont- l’Eveque envidiaron a la señora Aubain su sirvienta, Félicité.
Por cien francos al año cocinaba y limpiaba la casa, cosía, lavaba, planchaba, sabia cepillar un caballo, cebar a las gallinas, batir la mantequilla; y se mantuvo fiel a su ama, que, sin embargo, no era una persona nada agradable.
Ésta se había casado con un apuesto joven sin fortuna, que murió a principios de 1809 dejándole dos hijos muy pequeños y una gran cantidad de deudas. Entonces ella vendió rodas sus propiedades salvo la granja de Toucques y la de Gelfosses, cuyas rentas ascendían como máximo a 5.000 francos, y abandonó su casa de Saint-Melaine para irse a vivir a otra

DIOS

De Un corazón sencillo de Flaubert, p. 68-69 (Valdemar)
En la iglesia, siempre contemplaba al Espíritu Santo, y observó que tenía cierto parecido con el loro. Su semejanza le resultó aún más manifiesta en una imagen de Épinal que representaba el bautismo de Nuestro Señor. Con sus alas de púrpura y su cuerpo de esmeralda, era verdaderamente el retrato de Lulú.


Lo compró, y luego lo colgó en lugar del conde de Artois; de manera que, de un solo vistazo, los tenía a los dos. Se asociaron en su pensamiento, de modo que el loro se encontró santificado por aquella relación con el Espíritu Santo, que así se hada más vivo e inteligible. El Padre, para enunciarse, no había podido elegir una paloma, puesto que esos animales no tienen voz, sino más bien a uno de los ancestros de Lulú. Y Félicité rezaba mirando la imagen, pero de cuando en cuando se volvía un poco hacia el pájaro.



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