El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161
Inacción, letargo, silencio encubren la desgracia que
está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno.
En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de
ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso
el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él
tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que
había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha
nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la
cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario,
por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se
ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en
ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los
tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado
por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su
mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de
su vergüenza y su condena.

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