Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SPIELBERG


El señor Wilder y yo, Jonathan Coe, p. 50

-Dios mío, esa película del tiburón ... ¿Cuándo va a parar la gente de hablar de esa película del tiburón? ¿Sabéis que ese maldito tiburón ha hecho más dinero en Estados Unidos que ninguna otra cosa en la historia de Hollywood? Ni siquiera la Monroe ni tampoco Scarlett O'Hara hicieron tanto dinero como ese tiburón. Y ahora todos los ejecutivos estúpidos de la ciudad quieren más películas con tiburones. Esa gente piensa de esa forma. Hicimos cien millones de dólares con ese tiburón, pues necesitamos otro tiburón. Necesitamos más tiburones, tiburones más grandes, tiburones más peligrosos. A mí se me ocurrió la idea de una película titulada Tiburones en Venecia. ¿Os imagináis? Todas esas góndolas yendo de arriba para abajo en el Gran Canal, y luego vienen como cien tiburones por el Gran Canal y las atacan ... Se la pasé de broma a un tipo de la Universal. Pues se la tomó en serio. Le encantó. Cualquier película que puedas describirles en tres o cuatro palabras les encanta, ¿sabéis? Les encantan las historias sencillas, y al tipo Tiburones en Venecia le pareció perfecta. Así que le dije: Vale, genial, te regalo la idea, pero yo no te la voy a dirigir. No es que me fascinen los peces, la verdad. Si os fijáis, en todas mis películas veréis que ninguna tiene que ver con un gran bicho de esos. Soy más un director de seres humanos.

»Aunque el tal señor Spielberg, es cierto, tiene auténtico talento. Forma parte de la generación esta nueva, con el señor Coppola y el señor Scorsese. El señor Diamond los llama «la panda de la barba». -Se rió con aquel mote, demostrando auténtica admiración (iba a verla muchas veces) por la ocurrencia de su amigo-. La verdad es que pienso que es el mejor de todos, lo que lo convierte en la persona con más talento de Hollywood en este momento.


I.A. DIAMOND


El señor Wilder y yo, Jonathan Coe, p. 100

Además había otra cosa que se lo ponía difícil a los actores: la creencia del señor Wilder de que el guión que había escrito con el señor Diamond había que considerarlo, como a la Biblia, un texto sagrado. Tras trabajar muchos meses en aquel guión (tras darle mil vueltas a cada compás del ritmo del diálogo, a cada elección concreta de palabras) no permitía que los actores se desviasen lo más mínimo de él. Por esa razón tenía que estar presente el señor Diamond en el rodaje de cada escena, sentado en una silla de tijera cerca del director, sujetando en la mano una copia enrollada del guión que no necesitaba consultar porque se lo sabía de memoria. Mientras el señor Wilder observaba la acción para asegurarse de que los actores se movían bien, que las marcas funcionaban, que la composición era buena, el señor Diamond escuchaba el diálogo hablado y, si uno de los actores no decía las palabras exactamente como estaban escritas, le echaba una mirada al señor Wilder cuando la toma estaba acabada, meneaba la cabeza y todo el mundo tenía que volver a empezar.


LA VIDA ES HORRIBLE


El señor Wilder y yo, Jonathan Coe, p. 234

-Me encantó. Taxi Driver ... no tanto.

-Sí, la he visto. El señor Scorsese es un tipo muy serio, un tío con talento. Es uno de los chicos de esa panda de la barba de la que ya hemos hablado, ¿sabes? Me pareció una gran película en muchos sentidos. Pero es un poco demasiado. Demasiado violenta para mí. Demasiado deprimente. Pero eso es lo que se lleva ahora. No has hecho una película seria a no ser que los espectadores salgan del cine sintiendo que les apetece suicidarse. Y no es solo una cosa de Estados Unidos, de hecho los europeos todavía son peores. Este chico alemán, Fassbinder, me han contado que pronto va a ir a los estudios de Bavaria a rodar una película titulada Desesperación. En serio, se titula así. Creo que está basada en una historia de Nabokov o algún tipo de esos. Y algo me dice que no va a ser una comedia. Así que imagínate ... Esta es la situación que me estoy oliendo cuando estrenen la película en un año o dos. Imagínate a una familia de Düsseldorf. El marido está desanimado, llega a casa y se encuentra con una carta de Hacienda. O paga 11.000 marcos o lo meten en la cárcel. La mujer le dice al marido: «Oye, me he enamorado del dentista y te voy a dejar.» Al hijo lo han detenido porque pertenece a una organización clandestina. A la hija la han dejado preñada y tiene sífilis. Y entonces alguien va a verles y les dice: «Oye, sé que habéis tenido un día muy malo, pero vamos a animarnos un poco. Vamos a ver Desesperación de Fassbinder». -Me reí un montón cuando puso ese ejemplo, y él no pudo evitar devolverme la sonrisa, porque siempre le ponía contento que a la gente le gustasen sus chistes-. ¿Lo ves? Eso no va a pasar, ¿verdad? No es lo que quiere la gente cuando va al cine. Sé que esta película, la que estoy haciendo ahora, es una de mis películas más serias, claro (quiero que sea seria, que sea triste), pero eso no significa que cuando el público salga del cine sienta que le has estado metiendo la cabeza en el váter las últimas dos horas, ¿entiendes? Les tienes que dar algo más, algo un poco más elegante, un poco más bonito. La vida es horrible. Eso lo sabemos todos. No te hace falta ir al cine para darte cuenta de que es horrible. Vas porque durante un par de horas le darán a tu vida un poco de chispa, ya sea por el humor o las risas, o aunque solo sea ... , no sé, por unos trajes bonitos o unos actores guapos o algo; una chispa que no tenía antes. Un poco de alegría, supongo.

Cogió la aceituna del martini y la comió directamente del palillo, masticándola poco a poco, disfrutando el sabor.


INCIPIT 1.245. EL SEÑOR WILDER Y YO / JONATHAN COE


LONDRES

Una mañana de invierno, hace siete años, iba en una escalera mecánica. Era una de las escaleras que te llevan hasta el nivel de la calle desde los andenes de la Piccadilly Line en la estación de Green Park. Si alguna vez han usado esas escaleras recordarán lo largas que son. Se tarda como un minuto en llegar desde abajo hasta arriba y, para una mujer impaciente por naturaleza como yo, un minuto quieta de pie es demasiado largo. Aunque no tuviera una prisa especial aquella mañana, enseguida me puse a subir la escalera, abriéndome paso por la izquierda de la fila de pasajeros inmóviles en el lado derecho (pensando todo el rato: puede que sea casi sesentona, pero aún estoy bien, todavía estoy en forma) hasta que, cuando ya había subido unas tres cuartas partes, me quedé atascada. Una madre joven estaba parada en  el lado derecho, y en el izquierdo, cogida de su mano, estaba su hija, una niña de unos siete u ocho años. Tenía el pelo rubio, y llevaba un impermeable rojo de plástico con capucha que la hacía parecerse un poco a la niña que se ahoga al principio de Amenaza en la sombra. (Todo me recuerda siempre alguna película, no lo puedo evitar.)


BILLY WILDER


El señor Wilder y yo, Jonathan Coe, p. 257

»En Berlín, en los años veinte (poco después de que yo llegara, aunque mucho antes de que empezase a escribir guiones y me metiera en la industria del cine) trabajé en un par de hoteles. El Eden y el AdIon. Grandes hoteles, hoteles famosos. Era bailarín profesional. Así que a eso me dedicaba, porque había todas esas mujeres que iban a los thés dansants por las tardes, a veces con sus maridos pero casi siempre solas, y necesitaban a alguien con quien bailar. Algún chico con buena pinta que supiera bailar, o porque no tenían a nadie con quien hacerlo, o porque sus maridos no podían bailar o tan siquiera tenerse en pie, o quizá porque ni podían pasarles el brazo a sus mujeres por la cintura, ¿comprendes? Cosa que no siempre era fácil, la verdad, porque muchas de esas mujeres alemanas tenían sesenta o setenta y tantos años, y eran auténticas mujeronas, todo hay que decirlo, después de pasarse la vida atiborrándose de Spdtzle y Knodely Wursty Sauerkrauty Apfelstrudel. Que no estarnos hablando de chicas con el tipo de Audrey Hepburn, vaya. Pero en realidad no eran las obesas las que más me llamaban la atención. Solían ser mujeres bastante contentas consigo mismas. Me la llamaban más las que conservaban la figura pero ya no eran guapas, y ahora estaban solas. Puede que sus maridos las hubiesen dejado o que se hubieran muerto, y ya no iban a conseguir tener otro hombre en su vida, ni en un millón de años, porque eran viejas. Nada más. Esa era la única razón. Y cuando te rodeaban con los brazos, ¿sabes? (y yo no era ningún Holden, ni ningún Cary Grant, eso te lo puedo jurar), aun así podías sentir su hambre, su necesidad, solo de tocar a otro ser humano, ¿entiendes? Y era una sensación bastante desagradable, bajo mi punto de vista, hacía que me entraran escalofríos, sentías esa desesperanza en la forma en que te tocaban. Pero no te quedaba más remedio que compadecerlas. En cuanto una mujer pierde su belleza, se acabó. Se hace invisible. Por eso se forran los cirujanos plásticos, ¿sabes?, y eso es una cosa muy seria, no están haciendo una operación sin importancia; muchos de esos tipos lo que hacen con estas mujeres es ... Bueno, está todo en la película. Ya has leído el guión. Y nunca lo he olvidado (incluso después de todos estos años, ¿cuántos ya?, cincuenta años, Dios mío), pues aun después de todo ese tiempo nunca me he olvidado de la sensación que te daban aquellas mujeres al rodearte con sus brazos, y al mirarlas a los ojos ... La tristeza que veías en ellos. La tristeza y la necesidad ... Solo pensarlo hace que me apetezca otro martini. ¿Tenemos tiempo?


ALCOHOL

El joven sin alma, Vicente Molina Foix, p. 322
Un maestro del que no fuiste discípulo, el cineasta Joseph Losey, hablando un día ante otros conferenciantes de un curso de verano en Santander, enseñó a distinguir las tres categorías del bebedor, según la ciencia angloamericana de este negociado. Hay un hard drinker, capaz de ingerir gran cantidad de alcohol en pocas horas, resistirlo sin caer al suelo o hacer el mico, y capaz, con todo el alcohol del mundo dentro del cuerpo, de volver a casa sin perder el rumbo, al volante de un coche de cinco puertas. Uno así conociste tú.
El hard drinker no tiene las exigencias del serious drinker, que forma la segunda categoría. El hard drinker se lo bebe todo cuando no queda en casa nada mejor o en los bares abiertos a altas horas solo sirven cerveza en cartones o vodka estonio perfumado al fruto de la pasión. El serious drinker, por el contrario, pone mucha atención en lo que bebe, y busca marcas de graduación precisa, de destilación artesana y procedencia, en el caso de los whiskies de malta, de las islas más escabrosas del Mar del Norte. El serious drinker no mezcla los alcoholes con gaseosas, ni les pone dados de hielo, evitando la gama de la coctelería limonada y ridiculizando el mero concepto de que puede haber aguas tónicas de gourmet. Pese a sus cautelas también bebe mucho, sin embriagarse.

Tú estarías en la tercera categoría, la del steady drinker, un metódico de la bebida que no desdeña nada, un curioso, un circunspecto. El steady drinker es un bebedor estable, y por eso un tanto maniático. Tu manía, ahora la estamnos viendo, es la colección de aguardientes mundiales, dentro de la cual mi cámara-ojo ha descubierto que este hombre tan desmañado se ha dedicado en los últimos años a la maceración individual. En un altillo de mampostería hemos localizado una bodega oculta a la mirada del hombre, con seis frascas de vidrio grueso, sin pegatina de marca, de un líquido granate en el que flotan, como pequeños orbes espaciales de un Kubrick metafísico, las endrinas del pacharán casero que el inquilino confecciona y bebe en poca cantidad todas las noches, sin darle a su licor salida comercial.
(En laimagen Días sin huella de Billy Wilder)

MARILYN Y BILLY WILDER

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 794
Se rumoreaba que Marilyn y W “se entendían y habían acabado mal”. Oíamos a W echarle la bronca, no en la cara, sino en la espalda que se alejaba. La llamaba por teléfono al ver que no llegaba pero no conseguía localizarla; a veces se retrasaba cinco horas, seis horas, o no aparecía. Los problemas de espalda de W comenzaron durante el rodaje de Con faldas y a lo loco, con contracturas. Enviaron al ayudante de W a buscarla a la caravana (estábamos entonces en exteriores, en Coronado Beach, para rodar la secuencia de Florida, y allí estaba Sugar Kane totalmente maquillada y con el traje de baño, hacía una hora que estaba lista y nos estaba esperando, de pie, con impaciencia, leyendo un libro que seguramente seria de ciencia ficción, El origen de las especies, y el ayudante de W dijo: «Señorita Monroe, W la espera», y Marilyn, sin mirarlo ni inmutarse, va y le suelta: «Dile a W que le den por el culo.»

Sus comienzos como joven promesa de la pantalla. Monroe era astuta y práctica. Adquiría los muchos fármacos que tomaba (Benzedrina, Dexedrina, Miltown, Dexamyl, Seconal, Nembutal, etcétera) en distintos drugstores de Hollywood y Beverly Hills, del mismo modo que consultaba a diversos médicos, sin que ninguno conociera y ni siquiera sospechara (por lo menos es lo que dirían después de su muerte) los servicios que prestaban los demás. Pero su drugstore favorito, según diría en las entrevistas, sería siempre Schwab's. «Donde Marilyn comenzó a prometer como actriz mientras Richard Widmark le miraba el culo.»

MARILYN Y TONI CURTIS

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 790-791
En el cerrado dormitorio trasero de la casa de Whittier Orive un hombre decía con ternura Norma ya sabes que me preocupo mucho por ti, y ella decía sí lo sé, con la cabeza puesta en Sugar Kane y en la sesión de rodaje del día siguiente, que era una escena de amor entre Sugar Kane y un hombre que (en la película) la adoraba y que interpretaba e, un actor que (en la vida real) había acabado por despreciar a Marilyn Monroe. Su conducta infantil y egoísta, su reiterada incapacidad para llegar al estudio a tiempo Y, una vez allí, su incapacidad para recordar frases, por mezquindad, por estupidez o porque las drogas le estuvieran derritiendo los sesos, obligaban a C y a los demás a repetir las tomas, y se sabía que su propia actuación en la película era cada dia peor, y W. el director, se inclinaría por Monroe en el montaje definitivo, porque la atracción principal de la película era Monroe, la muy guarra. Y por eso la despreciaba C, y en la culminante escena del beso le habría gustado escupir a Sugar Kane en aquella falsa cara de ingenua que tenía. ya que por entonces el simple roce de la legendaria pile de Monroe le revolvía las tripas, y  sería enemigo de Monroe durante toda la vida, ¡y la de cosas que contó de ella después de muerta! Así pues, al día siguiente, delante de las cámaras, aquellos dos tenían que besarse fingiendo pasión e incluso afecto, y el público tenía que creérselo, y era esta perspectiva a la que daba vueltas mientras un hombre le decía con voz suplicante ¿Qué puedo hacer por ti cariño? Por los dos. Recordó con un estremecimiento de culpa que aquel hombre que quería confortarla, aquel hombre adusto, honrado y medio calvo, era su marido. ¿Qué puedo hacer por nosotros, cariño, por los dos, dímelo? Quiso hablar, pero tenía algodón en la boca. 

TOPOI

De Campo de retamas de RSFerlosio, p.174-175
Lo ilustraré con un ejemplo sumamente genérico: a cada paso estamos leyendo el estereotipo de «un merecido descanso», fórmula tan manida que ya ni siquiera detenemos el oído. Pero si este estereotipo se nos viene de pronto a la memoria al leer en otros textos diferentes otras dos expresiones parecidas y no menos rutinarias, como “una sana alegría” o “un honesto esparcimiento”, salta al instante el timbre que nos advierte de la eventual presencia de una posible ideología. ¿Por qué -nos preguntamos- el descanso tiene que ser “merecido”, la alegría tiene que ser “sana” y el esparcimiento tiene que ser “honesto”? Debe de haber una  mentalidad para la que esas tres cosas sólo son tolerables si vienen avaladas por una justificación moral. La prueba inversa, que confirma la sospecha, está en el hecho de que a ninguna de las tres cosas contrarias, a saber: el cansancio, la tristeza y el aburrimiento, se les exija, en absoluto, alguna suerte de justificación moral equivalente. A mi entender, el caso pone de manifiesto la acrisolada pervivencia de una mentalidad para la que todo lo placentero, como el descanso, la alegría y el esparcimiento, sólo es lícito cuando está moralmente justificado. De manera que los tres estereotipos recogidos serían improntas dejadas en el habla por una añeja tradición de ideología represora.

En un texto ya muy antiguo remitía yo, como de broma, mi manera de discurrir a la de aquel admirable personaje de Edgar Allan Poe en sus dos relatos policíacos, “El doble asesinato de la calle Morgue” y “El misterio de Marie Roget”, o sea, el detective aficionado Auguste Dupin, que para la investigación de ambos casos se encerraba con su amigo, el cronista de la historia, en una habitación con luz artificial-incluso durante el día, previo cierre de persianas- y sólo se servía de las reseñas y los comentarios de los periodistas de sucesos para sus deducciones. Pues bien, hace sólo unos días mi mujer, Demetria Chamorro, releyendo aquellos dos relatos e informada de lo que yo quería escribir para esta ocasión, me dijo de pronto: “Mira lo que dice aquí”, y me leyó el juicio que a Monsieur Dupin le merecía el método de Vidocq, un inspector de la policía de París, que es el siguiente: «Era un hombre muy perseverante y lograba excelentes conjeturas. Pero, al no tener un pensamiento adiestrado, se equivocaba  constantemente por la intensidad misma de sus investigaciones. Alteraba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca ... En el fondo se trataba de un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. En realidad, creo que en lo que se refiere al conocimiento más importante, la verdad es siempre superficial. Hasta aquí la cita de Edgar Allan Poe, la cual redunda demasiado a favor de lo que he dicho de mis procedimientos como para que no les prevenga honestamente de que ni a Monsieur Dupin, ni mucho menos, por supuesto, a mí, nos tome nadie demasiado en serio.

FREUDIANA

De Conversaciones con Billy Wilder, p. 180-181
Cameron Crowe. Cuando era periodista en Berlín, de joven, entrevistó a Freud. ¿Cómo era la atmósfera que le rodeaba?
Billy Wilder. No le entrevisté. Me echó antes de poder abrir la boca. Fui a Berggasse, número 19, donde vivía: la calle de la Montaña. Era un barrio de clase media. Fui allí con una única arma, mi tarjeta de visita como periodista de Die Stunde. Era un reportaje para el número de Navidad: «¿Qué opina del nuevo movimiento político en Italia? ». Mussolini era un nombre nuevo. Corría el año 1925, 1926, y para mí era nuevo. Así que me documenté sobre él. Freud odiaba a los periodistas, les despreciaba; todos se reían de él.
En aquella época, no conocía a ningún austriaco que se hubiera psicoanalizado. No conocía a nadie que se hubiera psicoanalizado. Era una especie de cosa secreta. Llamé al timbre, y la doncella abrió y me dijo: «El profesor, Herr Professor, está comiendo». Le respondí: Esperaré. Así que me quedé allí sentado. En Europa, en Centroeuropa, los médicos usan sus pisos como consultas. Combinan consulta y vivienda. Algunas consultas están dentro de los hospitales. Pero en el caso del profesor, el salón era la recepción y, a través de la puerta que daba a su estudio, se veía el diván. Era muy pequeño, más o menos del tamaño de esto. (Indica un banco pequeño.) Con alfombras turcas, lleno de alfombras turcas, una sobre otra. Y tenía una  colección de arte africano y precolombino, en aquellos años, 1925 o 1926. Me llamó la atención lo pequeño que era el diván. (Hace una pausa.) Todas sus teorías se basaban en el análisis de personas muy bajas. (Me observa, satisfecho: un chiste bien colocado y una risa ganada merecidamente.)
Estaba sentado en una silla. La silla era una minucia detrás del cabecero del diván. Alzo la vista, y allí está Freud. Un hombre diminuto. Tenía una servilleta atada [alrededor del cuello], una cosa blanca, porque se había levantado a mitad de comer, y preguntó: «¿Periodista?».  Respondí: «Sí, tengo unas cuantas preguntas». Replicó: «Ahí está la puerta». Me echó.

Fue el momento culminante de mi carrera. Porque me han preguntado sobre ello, han viajado para preguntarme todos los detalles, para que les diga exactamente qué pasó. Y eso es todo lo que pasó. Un mero «ahí está la puerta». Le dije: «Gracias». (Se encoge de hombros.) En cualquier caso, es mejor que asistir a una cena de estado ofrecida por Sadam Husein.

INCIPIT 292. CONVERSACIONES CON BILLY WILDER / CAMERON CROWE

Uno

Jack Lemmon y George Cukor - La última escena de Con faldas J' a lo loco - «Cary Grant se me escapaba siempre» - Sobre Spielberg y Kubrick - «Goldwyn sabía lo que funcionaba" - Charles Boyer y la cucaracha - De baile en Berlín - «Laughton era todo lo que uno puede soñar, multiplicado por diez” – El «toque Lubitsch» - Marilyn Monroe - La colaboración con Charles Brackett y con L A. L. Diamond.

CAMERON CROWE A lo largo de los años, usted ha creado grandes personajes femeninos. No tiene hermanas. ¿Algún personaje de sus películas se parece a su madre?
BILLY WILDER No. Mi madre era distinta. Nosotros no éramos una familia de lectores, coleccionistas ni aficionados al teatro. Mi padre era un hombre que se dedicó superficialmente a muchas cosas. Poseía una cadena de restaurantes de ferrocarril. En aquellos días -estoy hablando de la monarquía austrohúngara- no había cafeterías, y él tenía restaurantes en varias estaciones. Al parar el tren, el revisor llamaba con la campana: «¡Parada de cuarenta y cinco minutos!» La gente tenía que esperar allí, veían los menús ya impresos y comían.
C.C. ¿Alguna vez tuvo el deseo de hacer una película autobiográfica sobre su infancia?
B.W. No. Estudié en el peor instituto de Viena. Los estudiantes eran, todos, o retrasados o genios chiflados.

JOYCE, MM Y FREUD Y DIOS

De Ultimas sesiones con Marylin, p.322
“Sus Lecciones de introducción: ¡menudo genio! Lo hace todo fácilmente accesible. Y tiene mucha razón. Reconoce que Shakespeare o Dostoyevski entendían mejor la psicología que todos los sabios juntos. Por supuesto. Así es. Wilder, Billy Wilder, me hizo decir una cosa en Con faldas y a lo loco: “Yo no soy el profesor Freud!”. ¿Recuerda la escena en que Tony Curtis simulaba ser asexuado o impotente y que no sentía nada cuando yo lo abrazaba? Decía: “Lo he intentado todo. Pasé seis meses en Viena con el profesor Freud pegado a la espalda. Nada que hacer”. Yo lo abrazaba, una vez, dos. A la tercera le decía: No soy el profesor Freud, pero lo voy a intentar de nuevo”. El psicoanálisis está muy bien; pero el amor, el de verdad, el que hacemos con la boca, las manos y el sexo, tampoco está mal para salir del hielo, de la muerte. Billy lo había entendido así.
“Me dijo que leyera el monólogo mental de Molly Bloom. Mientras lo hacía, había algo que me aburría. Joyce escribe lo que una mujer piensa de sí misma. ¿Era capaz? ¿Podía realmente conocer sus pensamientos más íntimos? Pero cuando acabé de leer el libro, lo entendí todo mejor. Joyce era un artista que podía penetrar el alma de las personas, hombres o mujeres. No tiene la menor importancia que Joyce tuviera o no tuviera pechos u otros atributos femeninos, ni que sufriera los dolores menstruales”

PSICOANALISIS Y BILLY WILDER Y MM

Pero había también otra Marilyn. Wilder recordó durante mucho tiempo esta escena: Marilyn no salía de su caravana, y cuando un ayudante fue a buscarla, la encontró leyendo Los derechos humanos, de Thomas Payne. «Que te den por culo!», le dijo ella. A partir de entonces, cada vez que le hablaban de los retrasos de la actriz en el plató, Billy Wilder decía: «Yo no tenía problemas con Monroe. Era Marilyn la que tenía problemas con Monroe. Había algo en ella que la mordía, la reconcomía, la devoraba. Era un ser inconexo que andaba a la búsqueda de una parte de sí misma que había perdido. Como en esa secuencia de Con faldas y a lo loco en la que, borracha y medio dormida, tenía que abrir todos los cajones de una cómoda y decir: “Pero ¿dónde está esa botella de bourbon?”. Habíamos puesto una etiqueta en cada cajón para que recordara la frase, No sirvió de nada, y cuando ya llevábamos sesenta y tres tomas en dos días, la pillé en un aparte y le dije: “Pero ¿qué e ocurre? No te preocupes, que lo acabaremos logrando . Y ella repuso: ¿Preocuparme de qué?”. Hicimos ochenta tomas, pero acabó valiendo la pena. Es una actriz excelente. Mejor Marilyn llegando tarde que las demás actrices de la época. Si hubiese querido a alguien que llegara siempre a tiempo y que recordara sus frases, habría contratado a una tía anciana que tengo en Viena. Se levanta cada mañana a las cinco y nunca tiene lapsos de memoria. Pero ¿quién pagaría por verla en una pantalla?»
Acababan de concederse los Oscar y Wilder había recibido el de mejor director por Con fa Idas y a lo loco, así como 1. A. L. Diamond se había hecho con el de mejor guionista yjack Lemmon con el de mejor actor. Los diseños de Orry-Kelly se llevaron el premio al mejor vestuario. Marilyn, que daba vida a la inolvidable Sugar Kane, no fue seleccionada Cuando se enteró de la nominación de Simone Signoret por su papel en Un lugar en la cumbre, oscura película británica, no se mostró afectada en lo más mínimo, sino casi feliz.
Wilder la ve al día siguiente,
-¿Cómo estás? ¿No ha sido tan duro?
-No, pues aprendí leyendo a Freud que, a menudo, el inconsciente desea fracasar Y hay gente a la que no le gustan las mujeres con faldas y a lo loco,

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