Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Endlösung


Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, p. 76

Porque el mundo no se detiene. La rueda de la guerra conoce en 1942 un giro inesperado, decisivamente brutal, que una vez más convertirá a Prohaska en testigo de excepción, ojo ubicuo, presencia al otro lado de la lente. La llamada Conferencia de Wannsee, el 20 de enero, permite a los más feroces cachorros de Hitler bosquejar el plan de exterminio selectivo más radical de la historia de la humanidad, la Endlösung o Solución Final, enfocada al asesinato de todo miembro de la comunidad judía.

Cualquier hijo bastardo de Lovecraft y Lautréamont, los mismos que hoy se dedican a la angeología, la demonología y el terror espúreo, resultan tan asépticos como la literatura de un prospecto farmacéutico cuando se los compara con la narración de un día entre los intelectos rectores del Tercer Reich. Cualquier novela de espanto puede muy poco ante los extravíos de la razón instrumental. La imaginación más sanguinaria palidece ante la prosa de los quince carniceros del Endlösung, cuyos nombres, cima del terror de todos los tiempos, merecen recordarse: Bühler, Joseph; Eichmann, Freisler, Roland; Heydrich, Reinhard; Hofrnann, Otto; Klopfer, Gerhard; Kritzinger, Friedrjch; Laze, Rudolf; Leibbrandt, Georg; Luther, Martín; Meya, Alfred; Müller, Heinrich; Neumann, Erich; Schöngarth, Eberhard; Stuckart, Wilhelm.

Su decisión, punto de no retorno en la historia del maquiavelismo político, exige, por descontado, decenas, cientos, miles de técnicos. Y alguien al oro lado del discurso, donde no suceden las palabras sino los hechos, alguien para quien las novelas y el archivo histórico no son suficientes, que deje constancia de que las cosas se han hecho adecuadamente esto es: con eficacia.


INCIPIT 1.448. LA INFLACION ALEMANA / JOSEP PLA


Más prusificados que nunca

Berlín, agosto.-Toda la vida de Alemania se sitúa hoy bajo este hecho: el Gobierno de Cuno, para mantener la resistencia en la cuenca del Ruhr, ha dado préstamos enormes a los industriales. Con este dinero, los industriales han pagado el  jornal a los obreros, y así han asegurado la resistencia pasiva. Estos préstamos se han hecho a largo plazo, a sesenta, a noventa días. No obstante, en el transcurso del plazo para devolver los préstamos, los industriales han hecho que bajara el marco. Ello quiere decir que cuando llega el momento de liquidar los préstamos, el Estado recibe una cantidad nula. Y esto es así no porque los empresarios no devuelvan rigurosamente la cantidad que les ha dejado el Estado, sino porque esa cantidad, en el transcurso del plazo concedido, ha perdido su valor de adquisición. La cantidad prestada tenía, hace noventa días, en el momento de firmar el préstamo, un valor de adquisición, digamos, por ejemplo, de mil, mientras que, en el momento de la liquidación, a duras penas tiene un valor de diez.

Este es el gran hallazgo de la industria alemana. Toda la vida de Alemania en la actualidad está influida por este hecho. Yo pago doscientos marcos al día por mi habitación. El trato lo hice el lunes pasado, es decir, cuando doscientos mil marcos valían dos pesetas. Al final de la semana, liquidaré mi cuenta. Pero al final de la semana se habrá producido un hecho extraordinario. El marco habrá bajado. El sábado, antes de hacer cuentas con el propietario de mi hotel, para tener doscientos mil marcos, habrá suficiente con una peseta. De forma que yo habré dormido una semana entera a mitad de precio.


Krematorium


Historia de los abuelos que no tuve, Ivan Jablonka p. 360

La muerte de ellos solo pertenece a los desaparecidos. Incluso Gradowksi, asignado al Krematorium II, jefe de la revuelta del Sonderkommando y autor de un desgarrador «manuscrito bajo la ceniza» no puede acompañarlos hasta el final. Solo puede contar lo que sigue: «El pelo es lo que arde primero. La piel se infla de burbujas que explotan al cabo de unos segundos. Los brazos y las piernas se contorsionan, venas y nervios se tensan y hacen que los miembros se muevan. El cuerpo ya se abrasa por completo, la piel está agrietada, la grasa se escurre y oyes el rechinar del fuego ardiente. Ya no ves el cuerpo, solo un horno de fuego infernal que consume algo en su interior. El vientre explota. Los intestinos y las entrañas emergen y, en pocos minutos, no quedan rastros de ellos. Lo que tarda más en quemarse es la cabeza. Dos pequeñas llamas azules centellean en las órbitas -son los ojos que se consumen junto con los sesos al fondo-, y en la boca, aún se está calcinando la lengua. Todo el proceso dura veinte minutos, y un cuerpo, un mundo, queda reducido a cenizas» (Gradowski, 2009: 195-196).


MONSTRUOS PERFECTOS


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 26

De hecho, el proceso no se completa hasta que te jubilas, edad que se aproxima cada vez más al día mismo de la muerte. Y, a diferencia de una transición sexual convencional, no hay  marcha atrás. La vida laboral, igual que el tiempo, no es reversible.  Yo, por ejemplo, no estoy segura de poder ser algo distinto de lo que ya soy A veces, para consolarme, me miento pensando que una cosa es lo que hago y otra muy distinta quién soy, pero lo cierto es que esta idea no resiste ningún juicio.

Adolf Eichmann, el líder nazi juzgado en 1961 en Jerusalén y condenado a la pena capital por diseñar la Solución Final en distintos campos de exterminio, también creía que era un buen hombre, a pesar de lo bien que hacía su trabajo .. Él era un triste burócrata, un hombre normal y corriente convertido en un asesino brutal por motivos laborales. La filósofa judía Hannah Arendt asistió al juicio y definió a Eichmann como una persona «terrible y temiblemente normal». Es posible que Eichmann no fuera de entrada un maníaco antisemita sino un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso empleado. La clase de persona que cumple las normas todos los días, que siempre llega puntual, que termina lo que empieza, que hace lo que le dicen, que trata de ascender en su empresa. Él nos demuestra que, tanto si nos gusta como si no, antes o después nos convertimos en aquello que hacemos. Y que hacerlo bien no nos convierte en buenas personas, sino en monstruos perfectos.


Exceso por exceso


Minima moralia, TW Adorno, p. 117

. -Lo que han hecho los alemanes escapa a la comprensión, y más aún a la psicológica, pues las atrocidades parecen de hecho haber sido cometidas más como medidas enajenadas de terror en una forma planificada y ciega que como actos realizados con espontánea complacencia. Según los relatos de algunos testigos, se torturaba sin placer, se asesinaba sin placer, y acaso por tal motivo más allá de toda medida. Sin embargo, la conciencia que quiera resistir lo indecible se verá una y otra vez abocada a intentar explicar este hecho, si no desea caer subjetivamente en la demencia que objetivamente domina. Entonces se impone la idea de que el horror alemán es algo así como una venganza anticipada. El sistema basado en el crédito, en el que todo puede anticiparse, hasta la conquista del mundo, determina igualmente las acciones que preparan su propio final y el de toda la economía de mercado hasta llegar al suicidio de la dictadura. En los campos de concentración y las cámaras de gas se negociaba en cierto modo el derrumbe de Alemania. A nadie  que hubiera asistido en Berlín a los primeros meses del dominio nacionalsocialista en 1933 pudo pasarle inadvertido el momento de mortal tristeza, el abandono semiinconsciente a los aires fatídicos que acompañaban a la embriaguez desatada, a los desfiles de antorchas y al retumbar de los tambores. ¡Con qué acentos de desesperanza sonaba la canción del «pueblo a las armas», la favorita canción alemana de aquellos meses, en la avenida Unter den Linden! La de un día para otro anunciada salvación de la patria llevaba desde el primer momento la expresión de la catástrofe, y ésta se ensayaba en los campos de concentración mientras el triunfo ahogaba en las calles su presentimiento

ROMY


Putzi. El confidente de Hitler, T. Snégaroff, p. 174

En el documental del realizador israelí Chanoch Ze'evi Los hijos de Hitler, descubrimos el insondable sentimiento de culpa de la sobrina nieta de Goring, del nieto de Hoss, de la nieta de Himmler o del hijo de Hans Frank, Niklas. Lo inefable se oculta en las manos, que no saben dónde poner, y más aún en la mirada. Ese sentimiento de culpa fue también el de Romy Schneider; me la imagino de niña, divirtiéndose con los hijos del alto dignatario nazi Martin Bormann, mientras su madre, no muy lejos de allí, bromea con Hitler. «Creo que mi madre tenía una aventura con Hitler», le confió la actriz a la periodista Alice Schwarzef en 1976. Que el Führer admirase a Magda hasta el punto de invitarla regularmente al Berghof es un hecho. El idilio, en cambio, Romy se lo inventa. O puede incluso que fantasee con ello. Las manos de Hitler sobre el cuerpo de su madre; la lengua de Hitler en la boca de su madre ... Ella podría haber sido hija del monstruo. La indignaban todos esos alemanes y austriacos amnésicos o, peor aún, que fingían serlo. Entonces Romy, asqueada, plantó su conciencia en el fuego de la historia. Quiso quemarse. Era el precio que tenía que pagar para liberarse del sentimiento de culpa de ser. Eso, interpretar papeles de judías -Alemania la odiaba por ello- y poner nombres hebreos a sus hijos. Cuando murió, la estrella de David que llevaba al cuello la siguió bajo tierra.


BAYREUTH


Wagnerismo, Alex Ross

En 1955, la ciudad de Bayreuth tomó la curiosa decisión de instalar el enorme busto de Wagner de Arno Breker en el parque que hay debajo de la Festspielhaus. La escultura sigue mirando hoy día fríamente a los espectadores del festival, pero en los últimos; años se ha visto rodeada de una exposición al aire libre titulada, « Verstummte Stimmen» ( «Voces silenciadas»), un despliegue de paneles que cuenta la suerte de los músicos judíos que trabajaron en Bayreuth antes de la época nazi. Una docena de ellos perecieron durante la guerra, ya fuera en guetos, en el «campo modelo» de Theresienstadt, o en los campos de la muerte. Un panel honra al barítono Karl August Neumann, nieto de Angelo Neumann, el empresario judío a quien Wagner confió la producción itinerante del Anillo. Neumann cantó Beckmesser en presencia de Hitler en 1933. Fue arrestado y encarcelado por haber mantenido supuestamente contactos con la resistencia, pero sobrevivió a la guerra.

Es posible que algunas de las víctimas judías de Bayreuth oyeran música de Wagner justo antes de morir. Varios supervivientes del Holocausto recuerdan el encuentro con Wagner en los campos de concentración. Un músico polaco recordaba que cuando llegó a Auschwitz en 1944 fue saludado por una «gran orquesta sinfónica de primera clase» tocando Lohengrin. Alex Dekel, que fue seleccionado cuando era un niño para los experimentos médicos de Josef Mengele en Auschwitz, dijo que «podía oír la música atronadora de Lohengrin saliendo a todo volumen de los altavoces cuando estaba atravesando las puertas de Auschwitz». Un prisionero político en Dachau contó cómo oyó «música patriotera wagneriana» en 1933. Mengele silbaba al parecer melodías de Wagner, entre otros compositores, cuando recorría las instalaciones de Auschwitz haciendo sus selecciones.


HANS FRANK


Calle Este-Oeste, Philippe Sands, p.405

Samuel Rajzman compareció en el estrado la mañana del 27 de febrero, tras ser presentado a los jueces como un hombre que había «vuelto del otro mundo». Llevaba traje oscuro y corbata y lo observaba todo atentamente a través de unas gafas. Su rostro arrugado y anguloso tenía cierta expresión de asombro y desconcierto por estar vivo; y ahora se sentaba a unos pasos de Hans Frank, en cuyo territorio se situaba Treblinka. Mirando a aquel hombre, uno no se hacía idea del camino que había recorrido o de los horrores que había presenciado.

Habló con voz comedida y tranquila del viaje desde el gueto de Varsovia en agosto de 1942, del transporte en tren en condiciones inhumanas: ocho mil personas apretujadas en vagones de ganado. Él era el único superviviente. Cuando el fiscal  ruso le preguntó por el momento de la llegada, Rajzman le explicó cómo les habían hecho desnudarse y caminar a lo largo del Himmelfohrtstrasse, el «camino al cielo», un corto paseo hasta la cámara de gas, cuando de repente un amigo de Varsovia lo sacó de la fila y se lo llevó: los alemanes necesitaban un  intérprete; pero antes le hicieron cargar la ropa de los muertos en trenes vacíos que partían de Treblinka. Pasaron dos días; luego llegó un transporte procedente de la pequeña población de Vinegrova en el que venían su madre, su hermana y sus hermanos. Él los vio caminar hacia las cámaras de gas, sin poder intervenir. Varios días después le entregaron los papeles de su esposa, junto con una fotografía en la que aparecía esta con su hijo.

«Eso es todo lo que me han dejado de mi familia», declaró en la sala de justicia, en aquella reveladora comparecencia pública. «Una fotografía.»

Luego hizo un vívido relato del asesinato a escala industrial, detallando actos individuales de horror e inhumanidad. Una niña de diez años fue conducida al Lazarett (hospital) junto con su hermana de dos, custodiadas por un alemán llamado Willi Mentz, un lechero con un bigotito negro (más tarde Mentz volvería a su oficio, que siguió ejerciendo hasta que fue condenado a cadena perpetua en el juicio de Treblinka, celebrado en Alemania en 1965). La mayor de las niñas se lanzó sobre Mentz mientras este sacaba su arma. ¿Por qué quería matar a la pequeña? Rajzman describió cómo vio a Mentz coger a la niña de dos años, recorrer la breve distancia que le separaba de uno de los crematorios, y arrojarla dentro de un horno. Luego mató a su hermana.


H


Trilogía de Copenhaguen,. p. 216

No estará usted prometida, ¿verdad?, me pregunta llevándose una mano al corazón. No, contesto. Gracias a Dios, suspira aliviada como si acabase de superar algún peligro. ¡Hombres! Yo he estado casada, querida. Me molía a palos cuando bebía y encima me tocaba mantenerlo. Esas cosas no pasan en Alemania, Hitler no lo permitiría. A la gente que no quiere trabajar la  mandan a un campo de concentración.  […] Estoy helada, aunque llevo el abrigo puesto, y no puedo concentrarme y escribir porque los gritos de Hitler atraviesan las paredes y retumban como si él estuviese aquí, pegadito a mí. Su discurso es amenazador y vociferante, y me llena de terror. Habla de Austria, y yo me abotono el abrigo hasta el cuello y se me encogen los dedos de los pies. Unos Heil! rítmicos lo interrumpen sin cesar y no hay rincón en el cuarto donde me pueda ocultar. Cuando termina el discurso, la señora Suhr entra en mi cuarto con los ojos brillantes y las mejillas encendidas de puro éxtasis. ¿Lo ha oído?, grita embelesada, ¿ha entendido lo que ha dicho? No hace falta entenderlo.Se te mete por los poros como un baño de vapor. Me he bebido cada una de sus palabras. ¿Le apetece una tacita de café? Declino su ofrecimiento con mucha educación, aunque llevo todo el día sin probar bocado. Lo declino porque me niego a sentarme bajo el retrato de Hitler. Tengo la impresión de que si lo hago, me descubrirá y hallará la manera de aplastarme. Lo que yo hago es entartete Kunst, y aún recuerdo lo que dijo el señor Krogh de la intelligentsia alemana. Al día siguiente, yo empiezo a trabajar en los despachos de la Oficina de Cambios y Hitler invade Austria.


DOCTOR FRANK


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 71

Con todos sus fallos, el sistema consiguió llevar a los viajeros a Núremberg a su debido tiempo. Al instante se hizo evidente una brecha entre quienes habían venido al juicio para asistir, digamos, a la apertura y a estas últimas dos sesiones, y aquellos que tenían una experiencia más prolongada de las sesiones. El tribunal había promulgado una directiva prohibiendo que se les sacaran fotos a los acusados en el momento en que se les comunicaran las sentencias. A algunos periodistas que acababan de llegar, esto les pareció una escandalosa intromisión en las prerrogativas de la prensa, e incluso algunos historiadores pensaron que el registro filmado del caso quedaría de este modo lamentablemente incompleto. Ahora bien, los que llevaban meses acudiendo a la sala de audiencias eran, en su mayoría, de otra opinión.

La cuestión no era baladí, porque existía la certeza de que varios de los acusados serían sentenciados a muerte. Daba la impresión de que cuando no se había visto nunca a un hombre, o se lo había visto sólo una o dos veces, no había nada ofensivo en la idea de fotografiarlo mientras se lo sentenciaba a muerte, pero cuando se lo había visto a menudo, la idea dejaba de resultar atractiva. Los corresponsales que habían asistido al juicio un día tras otro sabían cuánto odiaban los acusados esos momentos de cada sesión en que la rutina consistía en poner en acción las cámaras. La mayor parte de ellos echaba mano de sus gafas oscuras en cuanto se encendían las luces penetrantes y ácidas de los focos, con una adustez que significaba que hacían algo más que meramente intentar proteger sus ojos; y los que recurrían más a menudo a esas gafas oscuras eran aquellos que habían manifestado mayor arrepentimiento. El doctor Frank, que había masacrado Polonia y se había visto empujado por el remordimiento a una conversión al catolicismo que las autoridades juzgaban sincera, era siempre el primero en alargar la mano hacia el estuche de sus gafas. Puede que fuese justo colgar a estos hombres, pero no podía serlo sacarles fotos mientras se les comunicaba que iban a ser ahorcados. En efecto, cuando la sociedad tiene que lastimar a una persona, tiene que hacerle el menor daño posible, y debe proteger su orgullo en la medida que pueda, so pena de que se extiendan por esa sociedad sentimientos de los que impulsan a la gente a cometer actos por los que acaban en la horca.


GÖRING EN NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 31

Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Göring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas  preternaturalmente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir  instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Göring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo, llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Göring se cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado una pelea entre dos marionetas.

La apariencia de Göring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdeL A última hora de la mañana, se puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella, con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones. Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era apetito y elaborados proyectos para saciado, y aun así daba la sensación de sed en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la noticia de que se iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.


RUDOLF HESS EN NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 29

Tan venidas a menos estaban sus personalidades, que resultaba difícil recordar quién era quién, incluso después de llevar una días ahí sentada mirándolos; los que destacaban se definían más bien por alguna rareza que por su carácter.

Hess resultaba llamativo porque estaba claramente loco: tan claramente loco que parecía una vergüenza someterlo a juicio. Tenía la tez cenicienta y esa extraña facultad, propia de los lunáticos, de adoptar posturas forzadas que ninguna persona sana podría mantener más que unos pocos minutos, y quedarse contorsionado durante horas. Tenía la pinta de desclasado característica de los internos de un asilo psiquiátrico: era evidente que su personalidad perturbada había borrado cualquier indicio de su pasado. Daba la impresión de que su mente careciera de superficie, como si hubiesen dinamitado todas las partes de la misma, menos la profundidad donde moran las pesadillas. Schacht era igualmente llamativo porque no podía estar más cuerdo, y por conseguir ser tan por completo igual a sí mismo en esas circunstancias extraordinarias. Se sentaba de lado, de forma que su alto cuerpo, tan rígido como un tablón, se apoyaba en el extremo del banquillo, que le servía de respaldo y no para acodarse. Así, quedaba sentado en ángulo recto respecto a los demás acusados y miraba por encima de sus cabezas: siempre había sostenido que era muy superior a la banda de Hitler. De este modo asimismo, se sentaba en ángulo recto respecto a la bancada de los jueces que lo confrontaban: su argumento era que él era un destacado banquero internacional, un hombre de lo más respetable, y no había tribunal en la tierra con derecho a juzgarlo. Lo petrificaba la furia porque ese tribunal pretendiera disponer de tal derecho. Podría haber sido un cadáver envarado por el rigor mortis, un desagradable cadáver que se las había ingeniado para agravar el proceso de modo que resultara particularmente difícil hacerlo encajar en su ataúd.


STEINER


Extraterritorial, p. 49

Aun cuando dejemos de lado que una obra artística o literaria pueda afectar al público de modo impredecible, que una obra teatral o determinado cuadro puedan despertar en un hombre la compasión y en otro el odio, actualmente tenemos suficientes pruebas de que la sensibilidad y la producción artísticas no representan un obstáculo para la barbarie. Está comprobado, aun cuando nuestras teorías sobre la educación y nuestros ideales humanísticos y liberales no lo hayan comprendido, que un hombre puede tocar las obras de Bach por la tarde, y tocarlas bien, o leer y entender perfectamente a Pushkin, y a la mañana siguiente ir a cumplir con sus obligaciones en Auschwitz y en los sótanos de la policía. El carácter civilizado de la cultura en Ruskin y la confiada identificación de Sartre de la literatura con la libertad son insostenibles. Quizás eran ingenuos, ya que muchas obras de arte, música y literatura florecieron con el mecenazgo de tiranías. En lo que se refiere a la literatura moderna, basta pensar en las posiciones políticas de Yeats, T. S. Eliot y Pound para hacer frente a la incongruencia entre la creación poética de primer nivel y el humanismo radical y libertario en el que pensaban Ruskin y Sartre. Y, en un caso (aunque, como lo señalaré, existe otro todavía más desconcertante), una de las formas más extremas de barbarie política coincidió con una obra que un número considerable de críticos ubican en la vanguardia de la literatura moderna.

La verdad sobre Louis-Ferdinand Céline merece ser recordada, aunque sólo sea por las falsificaciones, las verdades a medias y el misterio con los que sus apologistas enturbian nuestra visión. En 1937 Céline publicó Bagatelles pour un massacre, donde clamaba por la aniquilación de todos los judíos de Europa describiéndolos como basura, como bazofia subhumana de la que había que deshacerse si se deseaba que la civilización recobrara su energía y se mantuviese la paz. Si exceptuamos ciertas obras panfletarias publicadas en Europa oriental a finales del siglo pasado y relacionadas con la falsificación de los llamados “Protocolos de Sión”, la obra de Céline fue la primera manifestación pública de lo que sería la «solución final» de Hitler. Un segundo tratado antisemita, L'école des cadavres, apareció en 1938. Les beaux draps, publicado en 1941, reafirma la convicción del autor de que la derrota y las desgracias de Francia fueron resultado directo de las intrigas judías, la estupidez judía y la reconocida asquerosidad de las influencias judías y sus complots en las altas esferas. En 1943, cuando hombres, mujeres y niños judíos eran deportados desde todos los rincones de Europa occidental para ser torturados hasta la muerte y convertidos en cenizas anónimas, Louis- Ferdinand Céline vuelve a publicar Bagatelles pour un massacre, acompañando la obra con adecuadas fotografías antisemitas.


INCIPIT 1.164. RUTA DE ESCAPE / PHILIPPE SANDS


Roma, 13 de julio de 1949

La dolencia del hombre de la cama nueve era grave. Una fiebre intensa y una afección hepática aguda le impedían comer y no le dejaban centrarse en los objetos de ambición y deseo que le habían motivado durante toda su vida. Las breves anotaciones que había registradas al pie de la cama apenas ofrecían información, y gran parte de esta era inexacta: «El 9 de julio de 1949 ingresó un paciente llamado Reinhardt.

La fecha era correcta; el apellido, no. Su verdadero apellido era Wachter, pero, de haberse utilizado, habría alertado a las autoridades de que al paciente, un alto mando nazi, se le buscaba por asesinato masivo. Antaño había sido la mano derecha de Hans Frank, gobernador general de la Polonia ocupada, ahorcado tres años antes en Núremberg por la matanza de cuatro millones de seres humanos. También Wachter estaba acusado de asesinato masivo, concretamente del fusilamiento y la ejecución de más de cien mil personas. Era una estimación a la baja.

«Reinhardt” había huido y se encontraba en Roma. Se creía perseguido por los estadounidenses, polacos, soviéticos y judíos por genocidio y crímenes contra la humanidad. Esperaba llegar a Sudamérica.


POLICIA JUDIA


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 130

Los acontecimientos siguientes a la conferencia, según recordaba Eichmann, se sucedieron sin dificultades, y todo se convirtió prontamente en tarea rutinaria. Rápidamente, Eichmann se  convirtió en un experto en cuestiones de «evacuación forzosa», tal como antes había sido un experto en «emigración forzosa». Uno tras otro, todos los países impusieron a los judíos la obligación de empadronarse, de llevar un distintivo amarillo para su más fácil identificación ... Luego, fueron reunidos y deportados. Y las distintas expediciones iban a uno u otro campo de exterminio del Este, según la capacidad relativa de cada cual en un momento determinado. Cuando un tren atestado de judíos llegaba a un centro de exterminio, se seleccionaba entre ellos a los más fuertes para dedicarlos al trabajo, a menudo al servicio de la maquinaria de exterminio, y los restantes eran inmediatamente asesinados. Había algún que otro problema, pero todos eran de menor importancia. El Ministerio de Asuntos Exteriores estaba en contacto con las autoridades de los países extranjeros ocupados por los nazis o aliados de Alemania, a fin de ejercer presión en ellas para que deportaran a sus judíos, o, como bien podía ocurrir, para evitar que los enviaran al Este sin orden ni concierto, sin tener en cuenta la capacidad de absorción de los centros de exterminio. (Esto era lo que Eichmann recordaba, aunque en realidad la operación no fue tan sencilla.) Los asesores jurídicos redactaron borradores de la legislación necesaria para dejar a las víctimas en estado de apátridas, lo cual tenía gran importancia desde dos puntos de vista. Por una parte, eso impedía que hubiera algún país que solicitara información sobre las víctimas, y, por otra, permitía al Estado en que la víctima residía confiscar sus bienes. El Ministerio de Hacienda y el  Reichsbank hicieron los preparativos precisos para recibir el enorme botín que les mandarían desde todos los rincones de Europa, botín formado por todo género de objetos de valor, incluso relojes y dientes de oro. El Reichsbank efectuaba una selección y mandaba los metales preciosos a la fábrica de la moneda de Prusia. El Ministerio de Transportes proporcionaba los vagones de ferrocarril, por lo general vagones de carga, incluso en los períodos de mayor escasez de material rodante, y procuraba que el horario de los convoyes de deportados no obstaculizara los demás servicios ferroviarios. Eichrnann o sus subordinados informaban a los consejos de decanos judíos del número de judíos que necesitaban para cargar cada convoy, y dichos consejos formaban las listas de deportados. Los judíos se inscribían en los registros, rellenaban infinidad de formularios, contestaban páginas y páginas de cuestionarios referentes a los bienes que poseían para permitir que se los embargaran más fácilmente, luego acudían a los puntos de reunión, y eran embarcados en los trenes. Los pocos que intentaban ocultarse o escapar fueron cazados por una fuerza especial de la policía judía. En tanto en cuanto Eichmann podía comprobar, nadie protestaba, nadie se negaba a cooperar. Immerzu fahren hier die Leute zu ihrem eigenen Begriibnis (Día tras día, los hombres parten camino de su tumba), como dijo un observador judío en Berlín el año 1943.


HOLOCAUSTO


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 130

Bien, en este caso, Eichmann fue afortunado, ya que únicamente vio lo que era una fase previa a las futuras cámaras de monóxido de carbono de Treblinka, uno de los seis campos de exterminio del Este, en el que morirían varios cientos de miles de judíos. Poco después, en el otoño del mismo año, Müller, el superior inmediato de Eichmann, le mandó inspeccionar el centro de exterminio de las zonas occidentales de Polonia incorporadas al Reich, llamadas el Warthegau. Este campo se encontraba en Kulm (en polaco Chelmno), donde, el año 1944, se asesinarían a más de trescientos mil judíos procedentes de toda Europa, que habían sido primeramente “reasentados” en el gueto de Lódz. El campo se hallaba en pleno funcionamiento, pero el sistema era distinto al empleado en el anterior,  ya que en vez de cámaras de gas se utilizaban camiones. He aquí lo que Eichmann vio: los judíos se encontraban en una gran sala; les dijeron que se desnudaran totalmente; entonces llegó un camión que se detuvo ante la puerta de la gran estancia, y se ordenó a los judíos que entrasen, desnudos, en el camión; las puertas se cerraron y el camión se puso en marcha. «No sé cuántos judíos entraron, apenas podía mirar la escena. No, no podía. Ya no podía soportar más aquello. Los gritos ... Estaba muy impresionado, y así se lo dije a Müller cuando le di cuenta de mi viaje. No, no creo que mi informe le sirviera de gran cosa. Después, seguimos al camión en automóvil, y entonces vi la escena más horrible de cuantas recuerdo. El camión se detuvo junto a un gran hoyo, abrieron las puertas, y los cadáveres fueron arrojados al hoyo, en el que cayeron como si los cuerpos estuvieran vivos, tal era la flexibilidad que aún conservaban. Fueron arrojados al hoyo, y me parece ver todavía al hombre vestido de paisano en el acto de extraerles los dientes con unos alicates. Aquello fue demasiado para mí. Volví a entrar en el automóvil y guardé silencio. Después de haber presenciado esto era capaz de permanecer horas y horas sentado al lado del conductor de mi automóvil, sin intercambiar ni una sola palabra con él. Fue demasiado. Me destrozó. Recuerdo que un médico con bata blanca me dijo que si quería podía mirar, a través de un orificio, el interior del camión, cuando los judíos aún estaban allí. Pero rehusé la oferta. No podía. Tan solo me sentía con ánimos para irme de allí.”


SIONISMO


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 175
En Amsterdam al igual que en Varsvia, en Berlín al igual que en Budapest, los representantes del pueblo judío formaban listas de individuos de su pueblo, con expresión de los bienes que poseían; obtenían dinero de los deportados a fin de pagar los gastos de su deportación y exterminio; llevaban un registro de las viviendas que quedaban libres; proporcionaban fuerzas de policía judía para que colaboraran en la detención de otros judíos y los embarcaran en los trenes que debían conducirles a la muerte; e incluso, como un último gesto de colaboración, entregaban las cuentas del activo de los judíos, en perfecto orden, para facilitar a los nazis su confiscación. Distribuían enseñas con la estrella amarilla y, en ocasiones, como ocurrió en Varsovia, «la venta de brazaletes con la estrella llegó a ser un negocio de seguros beneficios; había brazaletes de tela ordinaria y brazaletes de lujo, de material plástico, lavable». En los manifiestos que daban a la publicidad, inspirados pero no dictados por los nazis, todavía podemos percibir hasta qué punto gozaban estos judíos con el ejercicio del poder recientemente adquirido. La primera proclama del consejo de Budapest decía: «Al Consejo Judío central le ha sido concedido el total derecho de disposición sobre los bienes espirituales y materiales de todos los judíos de su jurisdicción». Y sabemos también cuáles eran los sentimientos que experimentaban los representantes judíos cuando se convertían en cómplices de las matanzas. Se creían capitanes «cuyos buques se hubieran hundido si ellos no hubiesen sido capaces de llevarlos a puerto seguro, gracias a lanzar por la borda la mayor parte de su preciosa carga», como salvadores que «con el sacrificio de cien hombres salvan a mil, con el sacrificio de mil a diez mil». Pero la verdad era mucho más terrible. Por ejemplo, en Hungría, el doctor Kastner salvó exactamente a 1.684 judíos gracias al sacrificio de 476.000 víctimas aproximadamente. A fin de no dejar al «ciego azar» la selección de los que debían morir y de los que debían salvarse, se necesitaba aplicar «principios verdaderamente santos», a modo de «fuerza que guíe la débil mano humana que escribe en un papel el nombre de un desconocido, y con ello decide su vida o su muerte». ¿Y quiénes eran las personas que estos «Santos principios» seleccionaban como merecedoras de seguir con vida? Eran aquellas que «habían trabajado toda la vida en pro del zibur” (la comunidad) -es decir, los funcionarios- y los «judíos más prominentes», como dice Kastner en su informe.

SHOAH


Fin, KO Knausgard, p. 712
El exterminio judío tuvo lugar fuera del lenguaje, no fue denominado, fue un suceso mudo, y los propios judíos también estaban fuera del lenguaje, desterrados en sus cuerpos, en «eso”, la nada de lo innominado, que también acabó por ser aniquilada. Una de las escenas más significativas de Shoah es la entrevista con Czeslaw Borowi, que durante la guerra vivía aliado de la estación de ferrocarril de Treblínka, por aquel entonces un joven que todos los días veía llegar trenes repletos de judíos, los veía esperar su turno, poco a poco completamente consciente de lo que estaba ocurriendo a sólo unos cientos de metros de allí. En medio de la descripción de lo que veía se pone de repente a imitar las voces de los judíos de los abarrotados vagones. Ra ra ra ra, dice. Ra rara ra. Parecen sonidos como de un animal o un pájaro. Para él era su lenguaje.
Richard Glazar, que iba en uno de los trenes, en un vagón de pasajeros normal, con asientos, como si fuera de vacaciones, cuenta que  después de la estación de Treblinka el tren iba despacio, a paso de tortuga a través del bosque, era verano y hacía calor, y vieron a un joven que les hacía señas. El joven se pasó la mano rápidamente por la garganta, como señalando que los iban a degollar. Glazar no entendió el gesto. Dos horas después todos sus compañeros de viaje se habían convertido en cenizas. Él se salvó, ellos necesitaban fuerza de trabajo y Glazar sobrevivió.
También Czeslaw Borowi hace ese gesto cuando es entrevistado, se pasa la mano rápidamente por la garganta, y dos hermanos que vivían en una granja aliado del campo, y que escuchaban los gritos de horror y notaban el olor a cadáveres podridos y quemados todos los días mientras araban la tierra y cuidaban de sus animales -el olor se percibía a una distancia de varios kilómetros-, también hicieron el mismo gesto varias veces seguidas. Uno de esos hermanos es el que se lo habría hecho a Glazar. Ese gesto, aunque no directamente sádico, al menos lleno de regodeo, era la única comunicación que existía entre ellos y los judíos. Rara ra era el lenguaje de los judíos dirigido a ellos, el corte de la garganta era el lenguaje de ellos a los judíos. Lo que se pone de manifiesto en esta escena es que los entrevistados no son conscientes de lo que revelan. Son obviamente antisemitas, y aunque se encuentran entre los pocos que han sido testigos del exterminio, no saben lo que implica, no hay perspectiva de la dimensión de la catástrofe humana. Resulta doloroso ver cómo revelan su infinita falta de juicio, porque sólo pueden hacerlo en su inocencia. No saben.

DEL HOLOCAUSTO


Fin, KO Knausgard, p. 710
Ningún ser humano puede decir cuál es la causa del exterminio de los judíos. Resulta imposible trazar una conexión entre, por ejemplo, el embrutecimiento de las mentes en la Primera Guerra Mundial, los movimientos alemanes populistas de la época de antes de la guerra, el floreciente nacionalismo entre las dos guerras, el gran crac, la inflación y el desempleo en masa, el desarrollo de la biología racial, el odio y el carisma patológicos de Hitler, la humillación de Alemania tras el Tratado de Versalles y el exterminio de los judíos, porque esa conexión no existe. El exterminio de los judíos fue algo que se desencadenó en esa sociedad, un suceso dentro de ella, pero algo a lo que ella misma ni pudo ni quiso poner nombre, y ya entonces, cuando los primeros trenes de judíos se dirigían hacia el este, era algo casi irreal, algo que estaba teniendo lugar en la periferia de lo humano, mudo y casi invisible, porque lo que compartían los pocos que lo vieron es que le dieron la espalda. Se trata del silencio con el que se encontró aquel obrero ferroviario polaco que era entrevistado en Shoah. Ese silencio, eso era el exterminio de los judíos. El sonido de lo humano que de repente cesó, el silencio que se posa sobre ese paisaje que acaba de resonar. El viento que de vez en cuando zumba por entre los árboles, golpes que se oyen a lo lejos, sonidos desolados. ¿Cómo era posible que tanta gente, más de mil personas, pudieran enmudecer? ¿Dónde estaban? El silencio es la nada cuando lo que era ya no es, y eso es lo que hace imposible entender el suceso, el exterminio de los judíos es lo que no es. Sí, es nada. ¿Cómo podemos relacionarnos con aquello de un modo verdadero? Si elegimos a alguien que lo represente, un individuo con nombre e historia, familia, amigos? lo convertimos en un destino, es decir, le otorgamos dignidad, porque ese individuo la tenía solo en virtud de ser un individuo, pero era justamente la dignidad lo que estaba ausente en el exterminio, y esta ausencia lo que lo posibilitó. Si no elegimos a alguien que lo represente, si no ponemos nombre a las víctimas, sino que pensamos en ellas como seis millones, lo generalizamos, y eso tampoco es verdad, nunca fueron exterminados seis millones de judíos, fue uno por uno seis millones de veces. Las perspectivas se excluyen recíprocamente.

H.


Fin, KO Knausgard, p. 40
Como Hilter escribe más tarde, cuando discute el problema de un fuerte aumento de la población:
“En cuanto a la Naturaleza, liberando la generación, somete, entre tanto, la conservación de la especie a una prueba de las más severas, escogiendo dentro de un gran número de individuos los que juzga mejores, y sólo a éstos preserva para la perpetuación de la especie; el hombre limita la procreación y se esfuerza denodadamente para que cada ser, una vez nacido, se conserve a cualquier precio. Esta corrección de la voluntad divina le parece ser tan sabia como humana, y él se alegra más de una vez por haber sobrepujado a la Naturaleza y hasta haber demostrado la insuficiencia de la misma. Y el hijo de Adán no quiere ver ni oír hablar que, en realidad, el número es limitado, pero a costa del abatimiento del individuo. Siendo limitada la procreación, por disminución del número de nacimientos, sobreviene, en lugar de la natural lucha por la vida (que sólo deja en pie al más fuerte y al más sano), como lógica consecuencia,  el prurito de ''salvar)) a todo trance también al débil y hasta al enfermo, cimentando el germen de una progenie que irá degenerando progresivamente, mientras persista ese escarnio de la Naturaleza y sus leyes.”
Aquí el ser humano es visto como un número. El número de personas es la fuerza decisiva y reinante, lo que expresa la voluntad de la naturaleza, que equivale a la voluntad divina, y el individuo sin nombre que sucumbe al hambre o la enfermedad no tiene el derecho a la vida. Mantener con vida a esa clase de individuos es “humano”, es decir, va en contra de la naturaleza. Esta perspectiva no era exclusiva de Hitler, imperaba por todas partes en su época, y no habría sido posible sin Darwin y su libro tan inauditamente influyente El origen de las  especies, en el que todos los seres vivos eran considerados bajo la misma perspectiva, lo evolutivo, esa enorme fuerza que a través de unas sencillas leyes ha conducido la vida desde su punto de partida unicelular en el mar universal hasta la complejidad del ser humano. El más apto sigue viviendo, de esa manera se reparten constantemente las cualidades que favorecen la vida, y como la vida es una lucha continua, los más aptos son a menudo los más fuertes, y esa idea, transmitida a lo social y lo que tiene que ver con la civilización, constituye uno de los pilares de Mi lucha, una de las irrevocables premisas de las que sale el resto de la ideología.

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