Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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KUOROS DE CRESO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 34

ANÁFLISTOS, ÁTICA

525 ANTES DE CRISTO

Según lo convenido con el maestro estatuario, esta mañana han llegado al taller los padres de Creso, el joven soldado de Anáflistos muerto en combate el pasado verano. Vienen a recoger la estatua funeraria que adornará la tumba de su hijo.

En la pequeña estancia dispuesta para la entrega, aquel inmenso bloque inerte traído desde Paros en barco y arrastrado hasta aquí sobre un carro de bueyes ha perdido su horizontalidad y su peso, se ha puesto sorprendentemente en pie apoderándose de la figura del muchacho, cobrando ligereza y vida ahora que ha pasado la muerte.

La visión de la estatua produce escalofríos. Por alguna razón, esta imagen de mármol no es como los colosos votivos del cercano santuario de Sunion, simbólicos y ausentes. Aquí, detrás de la sonrisa y la mirada, han quedado atrapadas la serenidad y la inocencia; ese pecho espacioso entregado a la luz parece aún lleno del aire limpio de la bahía; esos músculos nítidos y turgentes son, sin lugar a dudas, los de aquel muchacho que aún era un niño hace apenas tres años.

Pasados unos minutos, el lapicida entra en la sala con gesto reverente y solicita las palabras para grabar el epitafio. El padre le hace entrega de un trozo de papiro escrito la pasada noche. Su esposa y él han decidido que no habrá ningún elogio épico, ninguna alusión al valor o a la patria, ninguna mención al enemigo.

PARATE Y LAMENTATE

ANTE LA TUMBA DEL DIFUNTO CRESO

A QUIEN ANIQUILO EN EL FRENTE EL FURIOSO ARES


ACROPOLIS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 198

No obstante, su logro más duradero fue el plan, puesto en marcha en 447 a. C., consistente en emplear parte de la riqueza que los atenienses habían conseguido gracias a la expansión de su imperio para financiar la transformación arquitectónica de la Acrópolis, que albergaba a los dioses de la ciudad y el erario público. Durante las invasiones de 480, los persas habían arrasado los templos, y los edificios no se reconstruyeron hasta que se ejecutó el plan de Pericles.

En 432 a. C. se terminó de construir el nuevo y deslumbrante Partenón, el templo de Atenea, con sus columnas dóricas y sus frisos y esculturas en el frontón. Las obras las supervisó el escultor Fidias, autor también de la enorme escultura en oro y marfil de Atenea Partenos: de más de diez metros de altura, con casco y peto, la diosa lleva un escudo a un lado y una pequeña estatua de Niké (Victoria) en la mano derecha. Recubierta  con un baño de oro de más de mil kilos, la Atenea Partenos de Fidias era una de las estatuas más imponentes que los griegos vieron jamás. En el friso del Partenón, que recorre toda la superficie externa del templo interior, se ven escenas que evocan una procesión en honor de la diosa: caballos y  jinetes, carros, hombres con instrumentos musicales, bandejas y jarras de agua, animales sacrificiales, un grupo de diez hombres importantes (héroes, quizá), dioses sentados y una escena en la que aparecen un hombre y una mujer adultos, tres niños y una tela plegada. A los atenienses, el conjunto solo podía evocarles la procesión panatenaica.


ESQUILO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 183

El mejor testigo de ese periodo fue Esquilo, que combatió contra los persas y escribió la pieza teatral más antigua de las que han sobrevivido, Los persas (472 a. C.), para celebrar la victoria griega. Esquilo murió en la década de 450, en la cúspide del poder ateniense, unos años en que las instituciones políticas fundamentales de la democracia (la Asamblea, el Consejo y los tribunales) alcanzaron su pleno desarrollo. Sin embargo, para las primeras dos décadas de la Guerra del Peloponeso, nuestra mejor ventana contemporánea para asomarnos a la mentalidad ateniense son Tucídides y los festivales. El capítulo concluye con Sócrates, el enigmático filósofo estrechamente vinculado a los otros tres atenienses que dejaron constancia del rumbo desastroso que tomó la ciudad en los últimos años de la guerra, entre 413 y 404 a. C., y su parcial recuperación posterior: el soldado Jenofonte, el comediógrafo Aristófanes y el filósofo Platón.

Con la revolución de 507 a. C., seguida de la resistencia triunfal al imperialismo en 490 y entre 480 y 479, se sentaron las bases de la cultura cosmopolita e innovadora de la que se nutrió la receptividad ateniense. Además de las Hístorias de Heródoto, la mejor fuente sobre esas guerras es la tragedia Los persas (Esquilo, 472 a. C.). En la época de la revolución democrática, el autor, nacido en 525 a. C., era un joven impresionable de apenas dieciocho años, hijo de una familia aristocrática que vivía a poco más de diez kilómetros al oeste de la ciudad, en la zona ribereña de Eleusis, famosa por su antiguo culto a Deméter. Vino al mundo dos años después de la muerte del tirano ateniense Pisístrato, durante el gobierno de sus despóticos hijos, Hipias e Hiparco. Hiparco murió asesinado en 514 a. C., cuando Eurípides solo tenía once años; según la propaganda democrática ateniense, un tiranicidio que pasó a simbolizar la liberación del pueblo del despótico hijo de Pisístrato. A quienes lo mataron, Harmodio y Aristogitón, se les rindió homenaje con alegres cánticos que se entonaban en las tabernas y un famoso conjunto de estatuas en un lugar prominente del ágora (la plaza del mercado). A pesar de todo, siguieron otros siete años de tensión entre los Pisistrátidas y el pueblo.

Los dirigentes de quienes se oponían a Hiparco e Hipias fueron los Alcmeónidas, una familia que por tradición apoyaba a los ciudadanos de las clases bajas y con la que Esquilo se alió políticamente. Se decía que descendían de Alcmeón, tataranieto de Néstor de Pilos. El alcmeónida más destacado de su generación fue Clístenes, nacido hacia 570 a. C. Era hijo del estadista Megacles, pero el linaje de la madre era aún más importante,  pues su abuelo materno fue Clístenes de Sición, un tirano prominente. Por lo tanto, el joven tenía credenciales ancestrales como líder y amigo del pueblo a la vez.


EFEBO DE CRITIOS


Sexual Personae, Camille Pagina, p. 152
El sonriente kuros es la primera escultura totalmente exenta de la historia del arte. La estricta simetría egipcia se conservó hasta los albores de la época clásica. El Efebo Critios, mirando  hacia un lado y reposando el peso del cuerpo en la pierna contraria es el primero en romperla. En el inventario de artefactos griegos, el Efebo Critios es el último kuros. Ya no se trata de un tipo, sino que es un joven de verdad, serio y regio. Su cuerpo suave y bien formado tieue una sensualidad pura. En el kuros arcaico, que era calipigio, se realzaban y se valoraban más que la cara las nalgas grandes y bien formadas. Pero las nalgas del Efebo Critios tienen un refinamiento femenino, tan erótico como el pecho en la pintura veneciana. Es una figura en contrapposto: aprieta una nalga y relaja la otra. El artista las imagina como una manzana y una pera, brillantes y compactas. Durante trescientos años, el arte griego produjo muchos muchachos hermosos, tanto en piedra como en bronce. No conocemos sus nombres. La anticuada denominación genérica de «Apolos» era en cierto modo adecuada, pues el kuros solitario, exento, era una idea apolínea, una liberación de la mirada. Su desnudez era polémica. La kore («doncella») arcaica iba siempre vestida y tenía una función utilitaria: era una figura ofurente. El kuros, sin embargo, se yergue heroicamente desnudo con una externalidad y visibilidad apolíneas. A diferencia de la bidimensionalidad de las esculturas faraónicas, invita al espectador que pasa ante él a contemplarlo en redondo. No es ni rey ni dios, sino un joven humano. Un joven humano que goza de la divinidad y del estrellato. Constituye una secularización de la revelación y una ritualización de la identidad. El kuros es el primer ejemplo del culto a la personalidad de la historia occidental. Es un icono del culto a la belleza, de una jerarquía que no es dinástica, sino autogenerada.

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