Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA VIOLACIÓN QUE NO SE ESTÁ MOSTRANDO


La palabra que aparece, E Díaz Alvarez, p. 200

En la relación de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial suele omitirse el uso y abuso de los cuerpos de las mujeres. Se desconoce el número exacto, pero se calcula que pudieron ser hasta dos millones de mujeres alemanas las que fueron violadas durante la ocupación de sus ciudades tras los bombardeos aliados. Por los testimonios de las víctimas supervivientes, sabemos que los edificios en ruinas fueron un escenario propicio para que cientos de soldados rusos y norteamericanos que patrullaban las calles perpetraran esos actos de forma sistemática e impune. El hecho de que el relato oficial suela omitir las violaciones en masa revela que esas agresiones fueron parte constituyente o natural de las formas de poder y control social que establecieron los vencedores para someter ya no solo a nivel físico, sino psicológico y emocional, a las ciudades que tomaban.

En la exposición Errata, la artista y teórica israelí Ariella Aisha Azoulay realiza una serie de ensayos que desvelan cómo se legitimó la violencia con la que los aliados pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. Su ejercicio de archivo demuestra que la destrucción, el saqueo o la agresión sexual de entonces han sido sostenidos por una cultura visual cuyo objetivo gira en torno a «enseñar a los ciudadanos a no ver la violencia imperial y negar cualquier responsabilidad sobre esa violencia». Desde esta perspectiva, la dificultad para encontrar registro gráfico o escrito sobre la violación de las mujeres alemanas es consecuencia de una política de borrado y desmemoria instaurada por los vencedores.


VERDUGO COMO VÍCTIMA


La palabra que aparece, E Díaz Alvarez, p. 118

La victoria, lo sabemos desde Homero, también puede ser amarga. Pocos hombres encarnan esa ambivalencia como Claude Eatherly, un piloto texano que participó en el bombardeo a Hiroshima. Aquel 6 de agosto de 1945, el comandante del Straíght Flush tenía como misión seleccionar el blanco donde sería arrojada una nueva bomba. Eatherly ignoraba los detalles de la operación, pensaba que se trataba de un ataque convencional y se limitó á seguir las órdenes. Sobrevoló el objetivo durante cuarenta y cinco minutos hasta que las condiciones meteorológicas fueron ideales. El punto de mira era uno de los siete puentes de Hiroshima. El comandante dio las coordenadas al piloto del Enola Gay, pronunció «go ahead» y se alejó. Poco después se enteró de que aquella bomba había estallado a seiscientos metros del suelo, y también que había matado a más de cien mil personas.

Tras conocer el alcance de su acción, Eatherly se aisló y se hundió en un profundo silencio. En la base militar de Tinián lo diagnosticaron como un caso más de battle fatigue. Después de meses de intenso combate, pensaron que era esperable ese cansancio que alteraba sus nervios. Nada que no pudiera solventarse con los tratamientos psicológicos de costumbre y la medalla al mérito que iba a otorgarle la Fuerza Aérea. Se equivocaban. En los meses que siguieron al fin de la guerra, Eatherly fue el único militar participante en los bombardeos atómicos que se negó a ser condecorado como héroe.

Se licenció del ejército en 1947 y, tras volver a casa, intentó proseguir su vida. Tenía una esposa, hijos y un buen trabajo en una empresa petrolera de Houston. Sus días parecían transcurrir bajo el guión del olvido recetado. Las noches, en cambio, eran un infierno. Una y otra vez soñaba con los rostros abrasados y desfigurados de los habitantes de Hiroshima. Al principio intentó sobrellevar el insomnio con pastillas y tragos de whisky, pero no tardó en caer en una depresión profunda. Fue entonces cuando comenzó a enviar sobres con dinero a Hiroshima. Cartas en las que solía declararse culpable y pedir perdón a unos destinatarios que desconocía. Poco después intentó suicidarse con somníferos en una habitación de un hotel de Nueva Orleans.Apenas fue rescatado con vida.A raíz de este episodio, ingresó voluntariamente en un hospital militar de Waco especializado en atender trastornos mentales y- permaneció allí seis semanas. No experimentó gran mejoría.


INCIPIT 1.248. LA PALABRA QUE APARECE / ENRIQUE DIAZ ALVAREZ

I


NTRODUCCIÓN

Nada parece ser más propio de la época actual que la lucha por la supervivencia. Esta palabra, que parecía desterrada en varias sociedades, se ha instalado con fuerza en el léxico cotidiano. La pandemia nos ha obligado a asumir la fragilidad que nos constituye y a centrarnos en el cuerpo que somos.

La sensación de alarma se ha visto espoleada por la obsesiva tendencia a narrar la crisis sanitaria en términos bélicos. Svetlana Alexiévich tiene razón, si se tiende a confundir entre guerra y catástrofe es porque la Historia se nos ha enseñado como un largo relato de batallas y héroes: nuestros miedos más profundos tienen que ver con la guerra, ella es «la medida del horror». Declarar la guerra al virus formó parte de la estrategia discursiva de los mandatarios_ para encaminar un estado de excepción que permitiera desacelerar y controlar los cuerpos ante una amenaza real. No es mera seguridad lo que ahora se antepone a la libertad, sino la posibilidad misma de persistir. Parte del guión consistía en recordarnos que nuestros padres y abuelos lo habían pasado peor y que lo que teníamos delante era la guerra de nuestra generación. En suma, venían a descubrirnos que todos somos hijos de supervivientes.


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