Aviones marineros
Hace algunos años escribí un
artículo titulado «Madera de avión» en el que confesaba con guasa mis miedos a
viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por
hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho
durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás
edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la
ya acumulada. Pero mis traslados en avión de al menos un par de decenios me
convirtieron sin falta —durante cincuenta minutos, dos horas, siete o incluso
doce— en un niño de pocos años y lleno de supersticiones, que llegaba a sus
diversos destinos completamente agotado tras la enorme tensión y el indecible
esfuerzo de «llevar» yo mismo el aparato.

No hay comentarios:
Publicar un comentario