Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCXIPIT 1.438. RETRATO DE UNA MUJER MODERNA / MANUEL VICENT



Fue una larga noche de insomnio. Con los ojos abiertos en la oscuridad, creí oír el pasodoble «Suspiros de España» que sonaba en un apartamento de Nueva York. Eran los tiempos en que la mafia calzaba con unos zapatos de cemento a los de otro bando para arrojarlos desde una hormigonera a los fundamentos de los primeros rascacielos que se estaban construyendo. Pero al son del pasodoble español un fiambre flotaba boca arriba en el río Hudson hasta desembocar en el Atlántico.


BETTE DAVIS


Ava en la noche, Manuel Vicent

Y de este modo llegó por fin la fecha señalada: 23 de abril de 1958. El día anterior, en un basurero de las afueras, habían logrado cazar cuatro gatos nocturnos de buen tamaño, dos negros y dos blancos. Se los entregaron vivos dentro del saco a Doménech, quien los sacrificó con un golpe en la nuca como si fueran conejos para una paella, luego los desolló con insólita destreza, les quitó las vísceras y, antes de trocearlos, los dejó a la serena toda la noche colgados de un tendedero para que se orearan. A la hora de freír la carne en la sartén, optó por hacerlo unos con tomate y otros con ajetes de primavera. Fue a la una de la tarde de aquel día cuando David tuvo el privilegio de llevar en sus manos la bandeja con el plato de carne de gato a la carpa instalada en la explanada del puerto y depositarlo en la mesa ante los ojos ávidos de Bette Davis. Lo hizo en silencio, con media reverencia, como si fuera un elegante mayordomo ducal. Ella ni siquiera volvió el rostro. Imbuida en su papel imperial, cogió el cuchillo y el tenedor, partió un trozo de muslo, se lo llevó a la boca, lo masticó a conciencia y, después de sorber un poco de agua, exclamó:

-! like this meat. It's exquisite!-y solo entonces miró a David con sus ojos redondos de muñeca de porcelana.

David le preguntó a Quico Doménech si había conocido a otras divas, como A va Gardner. El tratante no la había visto nunca en carne y hueso, pero le contó que un díaAva Gardner se cruzó en el vestíbulo del hotel Castellana Hilton con Bette Davis y Avale dijo:

-Señorita Davis, soy Ava Gardner y soy una gran admiradora suya.

-Claro que lo eres, querida, claro que lo eres

-le contestó displicente la diva y se dio media vuelta.

En 1958 Bette Davis se comió ella sola unos diez gatos en un pueblo del Mediterráneo, y a eso debió tal vez su carácter.


HEMINGWAY


Ava en la noche, Manuel Vicent

David solo había leído algunos cuentos de este escritor, pero lo admiraba por su instinto para estar en el tiempo y en el lugar oportunos a la hora de salir en la foto en los momentos decisivos de la historia. Era uno de esos tipos fortachones que presumen de ser todo un hombre y siempre va retando a los amigos a echar un pulso o batirse en un combate de boxeo.  Parece ser que la violencia excitaba su imaginación. Hizo la Primera Guerra Mundial de conductor de ambulancias en el frente del norte de Italia. Recibió una esquirla de metralla en la pierna con la alegría con que un niño católico toma la hostia en la primera comunión. En el hospital se enamoró de una enfermera, una tal Agnes H. von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. David lo admiraba y odiaba a la vez. Le atraía la forma con que convertía cualquier percance de su vida en una categoría literaria, hasta el punto de que su miseria de los años de París la convirtió en una fiesta. Pero le repugnaba la forma de exhibir su fortaleza frente a la debilidad alcohólica de Scott Fitzgerald. Se paseaba por Saint Michel, se sentaba en la terraza de Le Cloiserie des Lilas, bebía en casa de  Gertrude Stein, con Ezra Pound, visitaba la librería Shakespeare & Company, en Odeón 12, en cuya puerta se cruzaba con James Joyce cuando también acudía a pedir libros prestados a Sylvia Beach, o en el Harry's Bar, donde dejó colgados sobre la barra sus guantes de boxeo. Todo lo hacía como un dios que crea el mundo. Pero la vida pastueña de corresponsal en París no iba con su carácter. Alguien le contaría que en una pequeña ciudad del norte de España se celebraba un rito de sangre con mucho sabor étnico. En Pamplona se corrían toros en un encierro y los mozos con pantalones y camisa blancos, faja roja y pañuelo al cuello del mismo color, se iniciaban ante sus novias jugándose la vida entre un bosque de cuernos de toros y cabestros. Era cosa del gremio de carniceros, que llevaban ese pañuelo  rojo en el hombro para no mancharse de sangre cuando trasportaban reses descuartizadas. Los sanfermines dejaron de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse como un icono en el café Iruña antes de escribir esa novela mediocre titulada Fiesta, que lo llevaría a la fama.

La violencia parecía ser solo una aventura, tenía un buen olfato para detectarla y eso había hecho en 1937 cuando, en plena Guerra Civil, se presentó en el hotel Florida de Madrid para mojar la pluma en sangre hasta saciada por entero. El resultado fue otra novela mediocre, Por quién doblan las campanas, que David había comprado en la trastienda de una librería que vendía libros prohibidos. ¿Valía la pena haber hecho una guerra civil solo por complacer a Hemingway, por ver a Ingrid Bergman con la cabeza de miliciana rapada o a Gary Cooper como un combatiente que no se entera de nada?


JULIAN GRIMAU


Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 240

En el extranjero hubo conatos de incendiar algunas embajadas españolas y en el bulevar de Saint –Germain de París se realizó una gran manifestación de protesta contra el juicio de Grimau, que había comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de Campamento ell8 de abril de 1963, y entre la multitud aparecía tres filas por detrás de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre. David recordaba el silbido en la noche de aquel tren que lo iba a llevar a París. Si aquel viaje se hubiera realizado, tal vez ahora David iría detrás de esa pancarta con el puño en alto en compañía de una novia francesa, con la que viviría en una buhardilla y se besaría bajo los puentes del Sena después de cruzar el puente de las Artes con una baguette bajo el brazo. Tal vez habría publicado una novela, tal vez sería ayudante de algún director de cine de gafas con montura negra y escribiría en Cahiers du Cinema, o tal vez no sería nada, pero viviría en París. Mientras se celebraba el juicio contra Julián Grimau ardía la Feria de Abril en Sevilla y al mismo tiempo Berlanga estaba terminando de rodar en los estudios CEA la película El verdugo, con guion de Rafael Azcona.

Julián Grimau acababa de ser ejecutado y también en su caso, como una premonición de arte, hubo una resistencia por parte del pelotón de fusilamiento, como una nueva versión del verdugo pusilánime. En teoría le correspondía a la Guardia Civil apretar el gatillo, pero su director alegó que solo tenía la responsabilidad de custodiar al reo. Por su parte, el capitán general se negó a que fuera ejecutado por militares de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que aJulián Grimau lo fusilara un pelotón de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer, según los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un tiro de gracia en la nuca. Este militar acabó años más tarde en un psiquiátrico al no lograr disolver este crimen en su conciencia.

La Iglesia fue fundada por un inocente condenado a muerte. Era partidaria de la pena de muerte y en este caso también había callado. En la televisión la escueta noticia del cumplimiento de la sentencia capital de Grimau en la madrugada del 20 de abril de 1963 fue acompañada de imágenes de Ava Gardner y de Orson Welles en la Feria de Sevilla.


AVA


Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 164

A partir de ese día, el mono Manolo se hizo el dueño y señor del Café Gijón, y el lance del león fue suficiente para que David fuera admitido como pasajero con todos los honores en aquella barcaza de náufragos hambrientos de gloria y de pepitas de ternera. Días después tuvo la oportunidad de conocer en persona a Fernando Fernán Gómez, de darle la mano, de decirle que de chaval había llorado viendo Balarrasa y todas esas cosas que se dicen de forma algo babosa ante un personaje al que se admira. David le confesó con cierta timidez que quería ser director de cine, que había ingresado en la escuela y que lo que más deseaba en el mundo era conocer a Ava Gardner.

-Pero ¿tú eres idiota o qué? -exclamó Fernán Gómez.

-Idiota ... Sí, sin duda. Ya que usted lo dice ...

-Ava Gardner no es nada, muchacho –exclamó-. Oye lo que te digo que te lo voy a explicar: Se sabe, según cuentan los gitanos de los tablaos flamencos, que Ava Gardner elige cada noche a un ejemplar moreno y de pelo rizado para llevárselo a la cama. Tanto es así que algunos la siguen al hotel Castellana Hilton, hasta el mismo pie del ascensor, y una vez allí puede que ella los invite o no a subir a la habitación, según su capricho o la lucidez que le permita el alcohol. Es como una lotería. Una madrugada la seguimos de cerca Paco Rabal y yo desde la venta de Manolo Manzanilla para probar suerte y logramos coincidir con la Gardner en la entrada del hotel; la saludamos al pie del ascensor y ella nos miró medio borracha sin dirigirnos ni una sonrisa, ni un gesto, ni una palabra. Nos quedamos muy corridos, pero de vergüenza. Habíamos hecho el gilipollas, ¿entiendes? En ese momento bajó el ascensorista, un bell boy muy experimentado, y al vernos tan decepcionados a los dos, que nos creíamos glorias nacionales, nos dijo: “Les advierto que no es para tanto. No merece la pena. No es nada del otro mundo”.


INCIPIT 1.121. AVA EN LA NOCHE / MANUEL VICENT


Un joven aspirante a director de cine llega a Madrid dispuesto a realizar sus sueños de gloria cuando la sombra de un asesino vagaba por los salones de la alta burguesía del barrio de Salamanca. En los tablaos flamencos no eras nadie si no le habías encendido un cigarrillo a Ava  Gardner. Los soldados negros de la base de Torrejón volaban como aves del paraíso sobre los prostíbulos de color fresa de la calle de la Ballesta y en todas las barras de los bares siempre había alguien que sabía explicar cómo funcionaba el garrote vil y en ese momento todo el mundo callaba. En la radio sonaba la canción de Renato Carosone «Tu vuo fo !'americano».


EMMA SUAREZ


Desfile de ciervos, Manuel Vicent, p. 147
Después, en las tardes del café Gijón, un grupo de náufragos, no más de cinco, en torno a un velador habían elegido a Emma Suárez como la mujer de sus sueños. Solo era un pacto secreto. En esa tabla redonda donde había cómicos, periodistas y algún magistrado siempre se aludía a esta actriz como si fuera la vestal de una secta. Había un comentario que funcionaba a modo de divisa: Emma Suárez era esa actriz que siempre lo hacía bien. Nadie se permitía discutir este principio. Cuando se hablaba de alguna película o de una obra de teatro donde ella trabajaba junto con otras figuras estelares, los cinco enamorados querían ser el primero en decir: «Emma es la que está mejor”. Su nombre fluctuaba siempre en los carteles sin alcanzar una cima, pero ese segundo primer plano la hacía más atractiva, más deseable. Era una actriz solo para degustadores, y de hecho los miembros de la asociación preferían que se mantuviera siempre así: discreta, con un morbo envasado, con ese mensaje en la mirada como queriendo decir: solo necesito un buen director que me rompa por dentro. La sensación que daba Emma Suárez era la de una actriz que había incorporado el arte a su experiencia de la vida. Su manera de actuar tenía algo de artesanía después de fabricarse pieza a pieza el alma todos los días. Era muy fácil imaginar a Emma Suárez como esa mujer fuerte, dura de pelar, de una película de vaqueros. Tenía el moño rubio un poco desgreñado mientras sacaba agua de un pozo, se quitaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, su marido con tirantes y calzones de felpa arreglaba el tejado de la casa a martillazos, de pronto llegaban los cuatreros, Emma podía sacar el rifle y disparar desde una ventana hasta ahuyentarlos; por la tarde el vaquero desnudo se introducía en una cuba humeante y ella lo lavaba, también le había dado tiempo a preparar una tarta de calabaza; al anochecer el vaquero leía salmos de lsaías en el libro sagrado balanceándose en una mecedora. De pronto Emma aparecía en camisón transparente en el vano de la alcoba y se soltaba el pelo, que le caía sobre los hombros. El vaquero cerraba la biblia e iba hacia ella. Javier era ese vaquero en sueños. En el momento de abrazarla, Emma le decía al oído: “Nada me gusta más que volverme loca”.

CARMEN MAURA


Desfile de ciervos, Manuel Vicent, p, 145
Un día, aquella muchacha modosa desapareció del mundo del arte y de forma inesperada emergió en medio de una pandilla enloquecida, que tenía su reino en RockOla y en la discoteca Sol de la calle Jardines. En 1980 Almodóvar rodó su primera película, Pepi, Lucí, Bom y otras chicas del montón, con Carmen Maura de protagonista. Desde entonces ya no pudo librarse de estar por siempre atada a Pedro Almodóvar, el amo de llaves de aquella estética alegre y disparatada de los años ochenta. Les ligaba un nudo maldito. Era la mezcla perfecta: una aristócrata desclasada y un ácrata dinamitero. Los huesos del dictador produjeron un fuego fatuo y de él se prendió la mecha que produjo la detonación libertaria. Una nube de libélulas con pendientes de plumas de pato en las orejas y la cresta verde en el cráneo rapado llenó la noche. La década prodigiosa fue inaugurada por un abad disfrazado de político socialista llamado Tierno Galván. Si Dios no existe, todo está permitido, dijo Dostoievski; si Franco ha muerto, ahora mismo me pongo a bailar en Rock-Ola con una bata guateada y unos rulos para lamerme los traumas, dijo Almodóvar. Solo le faltaba encontrar una musa que diera sentido a todo aquel disparate y estuviera como él dispuesta a ponerse el mundo por montera. La encontró en el dulce rostro de Carmen Maura, lleno de ingenuos mohínes, y en el papel de Pepi ella desarrolló su talento todavía en agraz ante las cámaras de Almodóvar, que tampoco sabía entonces dónde colocarlas. Carmen Maura era un detonante en medio de aquel mundo de drogas, sexo, tamaños de pene y amas de casa histéricas, materia primigenia en la creación de Almodóvar. Mientras los fachas iban con cadenas y bates de béisbol imponiendo su verdad por las calles de Madrid y el golpe de Tejero aún estaba caliente, en 1983 Carmen Maura apareció en la película Entre tinieblas en el papel de sor Perdida, del convento de Redentoras Humilladas, junto a sor Estiércol y sor Rata de Callejón, entregadas a redimir chicas descarriadas. Eran monjas de clausura que después de orinar de pie sobre las coles de la huerta del convento se metían un pico pensando en el centurión que traspasó  con una lanza el costado del Nazareno. La cuestión era echar a la basura todo el surrealismo católico de Buñuel para sustituirlo por una burla desvergonzada de la Iglesia; recrear un mundo de sofás  de plástico donde unas mujeres en zapatillas con una borla de lana rosa en el empeine soñaban con ser cajeras de supermercado; secuencias con colores agrios, un kitsch descalabrado de fotos de los abuelos encima del televisor.

ANA BELEN


Desfile de ciervos, Manuel Vicent, p. 139
Javier, en sueños, tendió la mano conmovido hacia un sexo femenino misterioso, profundo, turbulento, y de pronto creyó haber despertado en medio de la muerte, pero en realidad había perdido la noción del tiempo y del espacio en medio de una duermevela en la que comenzó a sonar una música confusa de Víctor Manuel, de Serrat, de Miguel Ríos, de Sabina, de Aute, de Antonio Vega, y sobre ellos la figura de Ana Belén se paseaba cantando La puerta de Alcalá hasta que su voz se impuso a la de todos los demás. Cuando la política se abría a la libertad y una generación de artistas jóvenes creía que las cosas podían cambiar cantando, Ana Belén, sin perder su poder de seducción, estaba siempre donde había que estar, donde se esperaba que estuviera: en la huelga de actores, en los mítines contra la OTAN, al pie de todos los manifiestos, detrás de todas las pancartas. Ella es de los nuestros, se decían los políticos progresistas. Sin perder el swing, la elegancia que se ondulaba sobre su eje corporal, sin gritar ni descomponer la figura, se había apuntado al Partido Comunista, que era el puerto natural donde recalaban contra Franco todos los inconformistas, rebeldes, visionarios y compañeros de viaje. Ana Belén estaba de moda. ¿Cómo una chica tan guapa, tan sexy, llena de éxito, podía ser roja? Contra este icono comenzaron a urdir represalias los reaccionarios, quienes llegaron a ponerle una bomba en su chalé de Torrelodones acusándola de haber quemado una bandera española durante la representación de una obra de teatro en México. Ana Belén también entró después en el paquete de los que sufrieron el desencanto de los sueños juveniles. Pero ella seguía siendo atractiva y conservaba todavía la energía del barrio de Embajadores, el latido de la gente sencilla de la calle. La travesía de Ana Belén iba a doblar el cabo del milenio y su rostro, aun en esos días, era todavía el icono de una vieja lucha que más allá del desencanto conservaba el aura de resistente, ese eje interior que por la planta de los pies la afinca siempre en la tierra.

ANGELA MOLINA


Desfile de ciervos, Manuel Vicent, p. 137
En el sueño de Javier se superpuso el rostro acuático de Ángela Molina en un légamo de algas. Una generación de españoles había asociado a esta actriz con la vida naturista de Ibiza. Esa isla se había convertido en paradigma de la libertad en  los primeros años de la Transición. Realmente Ibiza había sido descubierta en los años cincuenta por los bohemios locos, que la asaltaron para vivir una inspiración que se inventaba cada día. Vida barata, payeses, silencio, cigarras, paredes de cal, lagartijas autóctonas. Artistas, escritores, golfos de oro con foulard establecieron su estética sobre una esfumada polonesa de Chopin, los pantalones masculinos de la señora George Sand y la luz áspera de la sequía que iluminaba la filosofía de Walter Benjamin. Posteriormente fue exaltada por el hippismo auténtico y luego vulnerada por impostores de receta, por la especulación, la moda y el turismo masivo, de chancleta y mochila. Cada día los barcos descargaban jóvenes guerreros que iban a librar batallas de sexo. Todos se sentían vencedores. Frente a esta Ibiza falsificada, la de Ángela Molina parecía que aún era la de verdad. Parir hijos dentro del agua, coronarse con la sombra de una higuera, permanecer desnuda de noche señalando las constelaciones, vivir la vida beata al margen de la  ansiedad de estar siempre en primer plano, ser sincera y distinta. En los años setenta comenzó a establecerse el nudismo en nuestro país como una actitud higiénica y natural. También fue una conquista de la libertad de los cuerpos, que iba pareja a la libertad política y acompañada por la cocina vegetariana, la teoría de las semillas, pulseras energéticas, infusiones de percepción, recetas de la abuela, ascensión a la salud mediante el kéfir y el yoga. El rostro de Ángela Molina era el símbolo de Ese oscuro objeto del deseo, que rodó con ella Luis Buñuel en 1977, cuando este país estaba rompiendo aguas en un parto difícil.

CHARO LOPEZ


Desfile de ciervos, Manuel Vicent, p. 136
No obstante, en la duermevela no tuvo ninguna pesadilla, más bien al contrario: este sentenciado a muerte en la oscuridad fue premiado con una memoria evanescente de un pasado placentero lleno de glamour. Cuando recobraba la conciencia sentía una punzada de angustia en el estómago, pero luego volvía a sumergirse en una somnolencia asaltada de nuevo por imágenes de la gloria pasada.
Estaba sentado en el plató de televisión, maquillado bajo los focos, y el rostro líquido de una belleza griega o castellana tomó forma y comenzó a fluir en su inconsciente, acompañado de una voz oscura, de una risa descarada. La Dictadura se hallaba ya en estado de derribo. En medio de los escombros del franquismo, bajo la luz roja de un cuarto oscuro, se había revelado el rostro de Charo López. La naturaleza le había regalado una rara belleza, como de perfil acuñado en un dracma. Charo López inauguraba la nueva estética de las hembras más deseadas en sueños cuando estaba llegando la libertad. Hasta entonces, el sexo matrimonial de la burguesía española se celebraba en una alcoba conjuntada con retratos ovalados de los abuelos, hondos cajones de la cómoda con mantillas traspasadas por una aguja de plata, corpiños de ballenas, sábanas en alcanfor, armarios severos de luna, camas de hierro cuyos muelles gemían mucho más que las legítimas esposas sobre colchones de lana, amparadas por un crucifijo que vigilaba desde la pared del cabezal cualquier exceso de placer. Chicas como Charo podían establecer una pasión clandestina, paralela, pero nunca eran imaginables en el papel de entretenidas a las que un ricachón o alto funcionario les pusiera una mercería. Podías sorprenderlas morreándose en los pubs, en el coche, en los soportales, en los jardines oscuros; fueron las primeras que rompieron la orden de estar a las diez en casa, eran libres, podían ser amantes pero ya nadie las llamaría queridas, con el tufo agrio del machismo. Charo López era el símbolo de la luz al final del túnel.

INCIPIT 926. DESFILE DE CIERVOS / MANUEL VICENT


Un día de julio del año 1994, la aurora iluminó el cadáver de un hombre gordo colgado de lo más alto de una grúa de la construcción a orillas del Mediterráneo. El cuerpo estaba partido en dos por la luz de un amanecer color de rosa, medio cuerpo lleno de sol y medio lleno de sombra, según lo balanceaba una brisa de gregal que anunciaba lluvia de verano. Antes de que llegara el juez a bajar el fiambre de aquel patíbulo industrial hubo noticias de que no muy lejos de allí, en la misma línea del mar, otro muerto se mecía igualmente de otra grúa de la misma empresa constructora. Alrededor de las diez de la mañana fue descubierto un ahorcado más y a este ya le daba el sol de lleno en la cara y, aunque estaba a unos siete metros de altura, uno de los curiosos creyó haberlo visto la noche anterior tomando un gin tonic en la barra de El Venado, un prostíbulo de lujo situado entre naranjos a pocos kilómetros del lugar donde fue colgado del cuello. En total eran tres, al parecer todos rematados previamente con un tiro en la nuca antes de darles la soga y exponerlos en lo alto de idéntica forma como un exorcismo, lo que los mafiosos llaman la fiesta de la corbata.

LA BODA


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 200
Eran las doce y cuatro minutos del mediodía del 6 de marzo de 1978. Envuelta en telas italianas, rosadas y etéreas, unas gasas firmadas por el modista André Laug, y el pelo afro o a la escarola, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, duquesa de Alba, y un antiguo clérigo volteriano de chaqué, corbata gris, gafas ligeramente ahumadas y una sonrisa hasta la tercera muela entraban en la capilla de Liria decorada con pinturas de Sert, bajo la luz cenital de la vidriera redonda del techo, a los sones de un órgano electrónico que atacaba la marcha nupcial de Mendelssohn, la misma con que se casa una cajera de supermercado con un chapista de Móstoles en cualquier iglesia de barrio montada en un antiguo garaje. En Liria había un centenar de invitados, algunos nobles con cara de caballo, como debe ser, algunos amigos intelectuales con un rictus de sueño y alcohol en los ojos, algunos políticos de adorno. Hubo pocos cuchicheos, ningún uniforme y ni una sola pamela, pero dejó ofendidos a algunos familiares por no ser invitados. Aguirre también se olvidó de Eugenio Calderón,su protector desde Sniace, un desaire que éste no le perdonó. La madre del novio, Carmen Aguirre, estaba ya casi ciega. “Hijo, ¿quién me va a recoger?”, le preguntó antes de salir a palacio para la boda. «En la puerta de Liria te estará esperando Huéscar”, le contestó su hijo. «¿Huéscar? ¿Huéscar no es un pueblo?” «No, no, Huéscar es el hijo mayor de la duquesa.” Carlos Martínez de Irujo, duque de Huéscar, hijo mayor de la duquesa, fue el padrino y Carmen Aguirre y Ortiz de Zárate, madre del novio, la madrina, nuevamente con el rímel corrido por las lágrimas, como en la ordenación sacerdotal de su hijo en el Ludwigskirche en Múnich, como la primera misa en la Universitaria. Por parte de la duquesa firmaron como testigos, además de sus otros cuatro hijos, doña María Victoria Marone de Álvarez de Toledo, la duquesa de Santa Cruz y el conde de Teba. Por parte de Jesús Aguirre lo hicieron Pío Cabanillas, el duque de Arión, Sebastián Martín-Retortillo, la condesa de Carvajal, Javier Pradera y la señora de López Aranguren, en representación de su marido, ausente en Barcelona. Al juez Clemente Auger, uno de los fundadores de Justicia Democrática, veterano luchador antifranquista en la universidad y castizo contertulio del café Gijón, le había sido encomendado asistir al acto desde un lado del presbiterio como autoridad civil para dar parte en el registro. En la ceremonia estuvieron presentes, entre otros invitados, toda la Familia Real excepto los propios Reyes y los condes de Barcelona, que por protocolo no asisten a este tipo de actos. El duque de Alburquerque y el marqués de Mondéjar representaban a la Casa Real. Junto a los duques de Cádiz, los de Badajoz, la infanta Margarita y don Gonzalo de Barbón podía verse a los príncipes de Baviera y a la gran mayoría de la aristocracia española. Antes de entrar en la capilla había llegado la noticia de que había sido secuestrado Aldo Moro.

LOS NOVIOS


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 195
Jesús Aguirre estaba en pleno proceso de secularización el mismo año en que el Vaticano también produjo la cosecha de dos papas muertos. Pablo VI había entregado su alma a Dios y la paloma se había posado sobre la cabeza del cardenal Luciani, quien bajo el nombre de Juan Pablo I tardó sólo un par de meses en volar también al cielo. Un día salió al balcón de la plaza de San Pedro, abrazado por la columnata de Bernini, y ante una multitud llena de fervor proclamó que Dios era una Madre, no un Padre, una afirmación que pese a ser muy cierta produjo una conmoción entre los cardenales de la curia romana. A renglón seguido el Papa pidió las cuentas de la empresa y comprobó que el banco del Vaticano invertía gran parte del dinero de las indulgencias en armas y condones. Estaba dispuesto a cortar por lo sano y a impedir este propósito fue ayudado mediante un té bien cargado. Viejos amigos de Jesús Aguirre desde los tiempos en que estudiaba brujerías en Múnich, los teólogos Hans Küng y Joseph Ratzinger ahora andaban tirándose silogismos a la cabeza en una gresca escolástica a cara de perro. A todo esto Vicente Aleixandre había ganado el Nobel de Literatura sin haberse levantado de la butaca durante treinta años en su casa de la calle Velintonia, que era la meca de los poetas venecianos, de la experiencia, viejos y novísimos. En los tresillos isabelinos del Congreso algunos diputados socialistas liaban canutos de marihuana mientras se hablaba de los pactos de la Moncloa y en el aeropuerto de Barajas pillaban a Carmen, la hija de Franco, sacando de contrabando las insignias y las medallas conmemorativas de oro que le habían regalado a su padre, gracias a que se había instalado por primera vez un detector de metales y ella lo ignoraba.
La noticia de que Jesús Aguirre y Cayetana de Alba se iban a casar circulaba por Madrid desde principios de 1978. Todo el mundo lo consideraba un disparate. Nadie se esperaba ese lance moderno de la corte de los milagros. ¿Dónde diablos estaba ValleInclán? ¿Por qué había muerto tan temprano si el gran esperpento del ruedo ibérico no había hecho más que empezar? “El cura Aguirre ¡duque de Alba! Ha sido lo mejor que nos ha pasado en la vida”, exclamó José María Castellet. “Primera impresión, desconcierto. Primera reflexión, entusiasmo”, fue el telegrama que le mandó Carlos Barra! “Vamos a convertir Liria en nuestro palacio de invierno», gritaron chocando las copas en alto los contertulios de Parsifal. Pero la duquesa no entendía por qué se escandalizaba la gente. Era viuda, se casaba con un hombre soltero del que estaba enamorada. No se explicaba dónde estaba el problema, teniendo en cuenta, además, que ella siempre se había puesto el mundo por montera y había hecho lo que le había dado la gana.

1975


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 149
Puesto que Franco había gobernado España durante treinta y nueve años como un cuartel, llegado el momento su muerte consistió en entregar su cuchara del rancho al sargento, que en este caso era el propio Satanás. El dictador se despidió de este mundo con cinco penas de muerte, que fueron ejecutadas en Hoyo de Manzanares al alba un septiembre negro en la noche más larga, mientras en la radio sonaba Con un sorbito de champán, de Los Brincos, y todo el mundo empezaba a creer que llegaban nuevos tiempos a España. Flanqueado por el brazo incorrupto de Santa Teresa, por el manto de la Virgen del Pilar y por toda suerte de reliquias, incluida la sangre sólida de San Pantaleón, su cuerpo formaba la parte menos interesante de un: circuito de cables adherido a un monitor cibernético. La habitación de la clínica era a medias un cuadro de la España negra de Solana y un puesto de control aeroespacial, preparado para un despegue inmediato. Puertas y rampas.
Antes de ser trasladado al hospital de La Paz, los progres acudían a El Pardo en peregrinación nocturna a enterarse de la cuenta atrás, y el próximo fin del dictador era celebrado con solomillos de choto, de venado, conejos con tomate, platos típicos de los mesones de El Pardo.

1965

Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 141
En el extranjero hubo conatos de incendiar algunas embajadas españolas y en el bulevar de Saint Germain de París se realizó una gran manifestación de protesta contra el juicio de Grimau, que había comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de Campamento el 18 de abril de 1963, y entre la multitud aparecía tres filas detrás de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre y no muy lejos de este intelectual comprometido iba una joven brasileña que se llamaba Solange, según vi después en un recorte del periódico Le Fígaro, que ella trajo a Madrid en el bolso.
Mientras se celebraba el juicio contra Julián Grimau ardía la Feria de Abril en Sevilla y Jesús Aguirre, que estaba muy lejos todavía de imaginar que un día sería un personaje ducal en la barrera de la Maestranza con un nardo en la solapa, ahora se veía obligado a apearse de las esferas celestes y ensuciarse las manos con la realidad. ¿El famoso compromiso del marxismo podía remediarse con una misa? Después del juicio sumario por supuestos crímenes cometidos ya prescritos sólo cabía esperar que Franco conmutara la pena de muerte a la que había sido  condenado el reo sin deliberación del tribunal. “Que pase la viuda del acusado”, se decía en estos casos.
Al mismo tiempo que sucedía esta tragedia política Berlanga estaba rodando la película El verdugo, con guión de Rafael Azcona. En este alegato contra la pena de muerte el encargado de ejecutar la sentencia tiene que ser arrastrado a la fuerza hasta los palitroques del garrote por los funcionarios de prisiones al negarse a cumplir con su oficio. Cuando se estrenó esta película Julián Grimau acababa de ser ejecutado y también en su caso, como una premonición de arte, hubo una resistencia por parte del pelotón de fusilamiento. En teoría le correspondía a la Guardia Civil apretar el gatillo, pero su director alegó que sólo tenía la responsabilidad de custodiar al reo. Por su parte, el capitán general se negó a que fuera ejecutado por militares de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que a Julián Grimau lo fusilara un pelotón de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer, según los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un tiro de gracia en la nuca. Este militar acabó años más tarde en un psiquiátrico al no lograr disolver este crimen en su conciencia.

1961


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 121
Bajo la larga ceniza de la posguerra habían comenzado a avivarse algunos rescoldos. Los universitarios más inquietos ya habían puesto el dedo gordo en la cuneta y habían partido hacia Europa a bordo de un camión cargado de naranjas, de tomates y melones; luego regresaron con la buena nueva de que en París maullaba una gata con jersey negro de cuello alto que se llamaba Juliette Gréco y en las aceras del Barrio Latino los novios se besaban con La ndusea de Sartre en la mano. Por Montparnasse se movía un grupo de pintores españoles que alternaba el oficio de brocha gorda en los andamios con el trabajo de artistas nocturnos; los sábados se los veía con óleos y carpetas bajo el brazo yendo de galería en galería a ofrecer sus cuadros y se alimentaban de sus propios sueños, unos de conocer a Picasso y otros a Santiago Carrillo. El Partido Comunista en el exilio remediaba su hambre a cambio de la filiación en una célula. Unos estudiantes se iban en vacaciones a aprender alemán en las minas del Ruhr, otros optaban por fregar platos en los restaurantes de Londres. Aquí en España, cuando se hablaba de oposición siempre se refería uno a la de notarías o registros, a abogados del Estado o a judicatura, nunca a Franco, que iba cogiendo un pergeño de abuelito pánfilo y no por eso menos cruel y asesino. La aspiración sublime a llegar a alto dignatario del Estado se compartía con visitas rituales a los prostíbulos con olor a permanganato poblados de putas muy maternales, entre cuyos senos les bailaba una medalla de la patrona de su pueblo. De Alemania regresaba Aguirre a Santander o a Madrid de vacaciones envuelto en silogismos escolásticos, brillantes y escurridizos. En casa de sus primos en la calle Costa Rica, durante los insomnios de las noches de verano, vaciaba su teología sobre la cama y los dejaba admirados. Sus primos le decían: «Jesús, vas a llegar a cardenal";. Y él contestaba: " A papa".

JULIAN GRIMAU

Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 139
La gente entreveía ya el primer placer del consumo de pollos al ast entre boleros de Los Cinco Latinos y bailes muy pegados de sudor perfumado en Micheleta con aquellas chicas de faldas tubulares, cuando un día a la superficie de una sociedad dispuesta a olvidar la aciaga desdicha del pasado, afloró de pronto el nombre de un clandestino desde el fondo negro del franquismo. La noticia consistía en que un comunista llamado Julián Grimau, hombre al parecer muy importante y peligroso, se había arrojado al vacío por una ventana en la trasera de la Dirección General de Seguridad. Ese nombre acaparó la conversación en las redacciones de los periódicos y los claustros de la universidad hasta terminar por apoderarse de las sobremesas familiares. Poco a poco se iban sabiendo cosas. Julián Grimau pertenecía al comité central del Partido Comunista y había sido enviado a Madrid por la dirección desde París. Fue delatado y en noviembre de 1962 la policía lo detuvo en un autobús cerca de la plaza de las Ventas, como no podía ser de otra parte dado que se trataba de una misma forma de lidia ibérica. Durante los interrogatorios en la Puerta del Sol se dijo oficialmente por medio del ministro Fraga que el convicto había tenido un trato exquisito, pero que en un momento de descuido se había subido a una silla y, aunque iba maniatado con formidables esposas de gran calidad, pudo abrir una ventana y de forma inexplicable había logrado saltar a la calle desde un despacho del tercer piso hasta el asfalto de un callejón, donde cayó como un guiñapo entre unos furgones de policía allí aparcados. Junto a aquellos furgones había uno preparado por la funeraria, según contaron algunos testigos, pero había sobrevivido de milagro con graves heridas en el cráneo.
·Toda la clandestinidad comenzó a movilizarse.

1950


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 81
Cuando toda España olía a sardina entre clérigos, militares, lentejas y Concha Piquer, y en los descampados se lamían mutuamente las heridas los perros famélicos y los mutilados de guerra, por la calle Sacramento de Madrid, a la sombra de viejos palacios, se pavoneaba de noche Eugenio d'Ors con correajes, un águila bicéfala en la hebilla del cincho, boina colorada con borla hasta la oreja y otros abalorios franquistas como un orondo fantasma. De regreso de Argentina, Ortega y Gasset se había exiliado voluntariamente en Portugal, donde imperaba Salazar, otro férreo dictador, un hecho que dejó descolocados a sus incondicionales y sumergidos seguidores. Los intelectuales del régimen e incluso los poetas líricos dormían con las polainas puestas y la pistola bajo la almohada por si había que levantarse otra vez a matar rojos. En aquel Madrid desolado de adoquines y raíles de tranvía, los señoritos calaveras con esmoquin y bufanda blanca iban a bailar a Pasapoga y cada tronco de acacia tenía un mendigo o un policía de la Secreta apoyado. Cualquier deseo administrativo, excepto el de acostarse con Ava Gardner en el hotel Hilton, necesitaba estar sellado con timbre móvil y dos pólizas.
En medio de aquella España con olor a amoniaco de urinario público, resulta que Jesús Aguirre no quería ser como los demás.

SEXO JESUITICO


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 98
Muy pronto el sexo se levantó como una barrera negra en el horizonte, una obsesión lúbrica que acompañaba al seminarista día y noche unida a la tibieza de la cera del altar, al olor de incienso, a la humedad pegada a la tela del pijama.
Reclinado en una cama turca en el palacio de Liria, me contó Aguirre, como sintiéndose ya a salvo de todo aquello: «Lo que para los padres de la compañía eran amistades particulares para Goethe eran afinidades electivas y yo que había leído a Goethe así lo creía. Un día me llamó el director espiritual a su despacho, un jesuita que era famoso por la voz de barítono y porque llevaba siempre un tomate en los calcetines, como el que describe Pérez de Ayala en A.MD. G. Fui acogido por su sonrisa meliflua, que no borraba el rigor del entrecejo. Me hizo sentar a su lado muy cerca, me puso la mano en el hombro y luego me dio un suave pescozón en una mejilla. A continuación comenzó el interrogatorio”.
Los superiores habían observado que Jesús Aguirre tenía predilección por un compañero con el que siempre se le veía departiendo a solas durante el recreo en un rincón del patio. Un día el padre prefecto le vio muy pálido, le cogió de la oreja en un corredor y lo llevó a su habitación. El prefecto pronunció el nombre de un chico de Laredo llamado Antonio, de aspecto curtido, de ojos negros, cejas prietas y mejillas muy carnosas. Jesús puso cara de sorpresa. Ante las preguntas cada vez más directas e inquisitivas, con las orejas enrojecidas por el rubor, negó que entre ellos pasara nada más allá de compartir la misma afición por la lectura. No se masturbaban, no se intercambiaban ninguna caricia ni siquiera se tocaban. Sólo leían a escondidas a Ortega y Gasset. No se sabe qué era peor. Ante la rociada de amenazas y consejos, Jesús prometió que en adelante se dedicaría sólo a jugar al balón. El prefecto, antes de despedirlo del despacho, mientras no dejaba de sobarle las mejillas, le hizo esta confidencia: “Anoche, después de apagar la luz, me paseé como todas las noches por el dormitorio vigilando vuestro sueño. Cuando ya estabais todos dormidos me fijé en ti. Estabas destapado y tenías las dos manos entre las piernas dentro del pantalón del pijama. Eso es gravísimo. ¿Lo sabes? Te doy dos días para que te quites esas ojeras. Y si tienes que dormir con las manos atadas, hazlo como penitencia”.

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