Fue una larga noche de insomnio. Con los ojos abiertos en la oscuridad, creí oír el pasodoble «Suspiros de España» que sonaba en un apartamento de Nueva York. Eran los tiempos en que la mafia calzaba con unos zapatos de cemento a los de otro bando para arrojarlos desde una hormigonera a los fundamentos de los primeros rascacielos que se estaban construyendo. Pero al son del pasodoble español un fiambre flotaba boca arriba en el río Hudson hasta desembocar en el Atlántico.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
BETTE DAVIS
Ava en la noche, Manuel Vicent
Y de este modo llegó por fin la
fecha señalada: 23 de abril de 1958. El día anterior, en un basurero de las
afueras, habían logrado cazar cuatro gatos nocturnos de buen tamaño, dos negros
y dos blancos. Se los entregaron vivos dentro del saco a Doménech, quien los
sacrificó con un golpe en la nuca como si fueran conejos para una paella, luego
los desolló con insólita destreza, les quitó las vísceras y, antes de
trocearlos, los dejó a la serena toda la noche colgados de un tendedero para
que se orearan. A la hora de freír la carne en la sartén, optó por hacerlo unos
con tomate y otros con ajetes de primavera. Fue a la una de la tarde de aquel
día cuando David tuvo el privilegio de llevar en sus manos la bandeja con el
plato de carne de gato a la carpa instalada en la explanada del puerto y
depositarlo en la mesa ante los ojos ávidos de Bette Davis. Lo hizo en
silencio, con media reverencia, como si fuera un elegante mayordomo ducal. Ella
ni siquiera volvió el rostro. Imbuida en su papel imperial, cogió el cuchillo y
el tenedor, partió un trozo de muslo, se lo llevó a la boca, lo masticó a
conciencia y, después de sorber un poco de agua, exclamó:
-! like this meat. It's
exquisite!-y solo entonces miró a David con sus ojos redondos de muñeca de porcelana.
David le preguntó a Quico
Doménech si había conocido a otras divas, como A va Gardner. El tratante no la
había visto nunca en carne y hueso, pero le contó que un díaAva Gardner se
cruzó en el vestíbulo del hotel Castellana Hilton con Bette Davis y Avale dijo:
-Señorita Davis, soy Ava Gardner
y soy una gran admiradora suya.
-Claro que lo eres, querida,
claro que lo eres
-le contestó displicente la diva
y se dio media vuelta.
En 1958 Bette Davis se comió ella
sola unos diez gatos en un pueblo del Mediterráneo, y a eso debió tal vez su
carácter.
HEMINGWAY
Ava en la noche, Manuel Vicent
David solo había leído algunos
cuentos de este escritor, pero lo admiraba por su instinto para estar en el
tiempo y en el lugar oportunos a la hora de salir en la foto en los momentos
decisivos de la historia. Era uno de esos tipos fortachones que presumen de ser
todo un hombre y siempre va retando a los amigos a echar un pulso o batirse en
un combate de boxeo. Parece ser que la
violencia excitaba su imaginación. Hizo la Primera Guerra Mundial de conductor de
ambulancias en el frente del norte de Italia. Recibió una esquirla de metralla
en la pierna con la alegría con que un niño católico toma la hostia en la
primera comunión. En el hospital se enamoró de una enfermera, una tal Agnes H.
von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a
las armas. David lo admiraba y odiaba a la vez. Le atraía la forma con que
convertía cualquier percance de su vida en una categoría literaria, hasta el
punto de que su miseria de los años de París la convirtió en una fiesta. Pero
le repugnaba la forma de exhibir su fortaleza frente a la debilidad alcohólica de
Scott Fitzgerald. Se paseaba por Saint Michel, se sentaba en la terraza de Le
Cloiserie des Lilas, bebía en casa de Gertrude
Stein, con Ezra Pound, visitaba la librería Shakespeare & Company, en Odeón
12, en cuya puerta se cruzaba con James Joyce cuando también acudía a pedir
libros prestados a Sylvia Beach, o en el Harry's Bar, donde dejó colgados sobre
la barra sus guantes de boxeo. Todo lo hacía como un dios que crea el mundo.
Pero la vida pastueña de corresponsal en París no iba con su carácter. Alguien
le contaría que en una pequeña ciudad del norte de España se celebraba un rito
de sangre con mucho sabor étnico. En Pamplona se corrían toros en un encierro y
los mozos con pantalones y camisa blancos, faja roja y pañuelo al cuello del
mismo color, se iniciaban ante sus novias jugándose la vida entre un bosque de
cuernos de toros y cabestros. Era cosa del gremio de carniceros, que llevaban
ese pañuelo rojo en el hombro para no
mancharse de sangre cuando trasportaban reses descuartizadas. Los sanfermines dejaron
de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la
violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su
mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse
como un icono en el café Iruña antes de escribir esa novela mediocre titulada
Fiesta, que lo llevaría a la fama.
La violencia parecía ser solo una
aventura, tenía un buen olfato para detectarla y eso había hecho en 1937
cuando, en plena Guerra Civil, se presentó en el hotel Florida de Madrid para
mojar la pluma en sangre hasta saciada por entero. El resultado fue otra novela
mediocre, Por quién doblan las campanas, que David había comprado en la
trastienda de una librería que vendía libros prohibidos. ¿Valía la pena haber hecho
una guerra civil solo por complacer a Hemingway, por ver a Ingrid Bergman con la
cabeza de miliciana rapada o a Gary Cooper como un combatiente que no se entera
de nada?
JULIAN GRIMAU
Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 240
En el extranjero hubo conatos de
incendiar algunas embajadas españolas y en el bulevar de Saint –Germain de
París se realizó una gran manifestación de protesta contra el juicio de Grimau,
que había comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de
Campamento ell8 de abril de 1963, y entre la multitud aparecía tres filas por
detrás de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre. David recordaba el silbido en
la noche de aquel tren que lo iba a llevar a París. Si aquel viaje se hubiera
realizado, tal vez ahora David iría detrás de esa pancarta con el puño en alto en
compañía de una novia francesa, con la que viviría en una buhardilla y se
besaría bajo los puentes del Sena después de cruzar el puente de las Artes con
una baguette bajo el brazo. Tal vez habría publicado una novela, tal vez sería
ayudante de algún director de cine de gafas con montura negra y escribiría en Cahiers
du Cinema, o tal vez no sería nada, pero viviría en París. Mientras se
celebraba el juicio contra Julián Grimau ardía la Feria de Abril en Sevilla y
al mismo tiempo Berlanga estaba terminando de rodar en los estudios CEA la
película El verdugo, con guion de Rafael Azcona.
Julián Grimau acababa de ser
ejecutado y también en su caso, como una premonición de arte, hubo una
resistencia por parte del pelotón de fusilamiento, como una nueva versión del
verdugo pusilánime. En teoría le correspondía a la Guardia Civil apretar el
gatillo, pero su director alegó que solo tenía la responsabilidad de custodiar
al reo. Por su parte, el capitán general se negó a que fuera ejecutado por militares
de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que aJulián Grimau lo
fusilara un pelotón de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer,
según los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar
mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un
tiro de gracia en la nuca. Este militar acabó años más tarde en un psiquiátrico
al no lograr disolver este crimen en su conciencia.
La Iglesia fue fundada por un
inocente condenado a muerte. Era partidaria de la pena de muerte y en este caso
también había callado. En la televisión la escueta noticia del cumplimiento de
la sentencia capital de Grimau en la madrugada del 20 de abril de 1963 fue
acompañada de imágenes de Ava Gardner y de Orson Welles en la Feria de Sevilla.
AVA
Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 164
A partir de ese día, el mono
Manolo se hizo el dueño y señor del Café Gijón, y el lance del león fue suficiente
para que David fuera admitido como pasajero con todos los honores en aquella
barcaza de náufragos hambrientos de gloria y de pepitas de ternera. Días
después tuvo la oportunidad de conocer en persona a Fernando Fernán Gómez, de
darle la mano, de decirle que de chaval había llorado viendo Balarrasa y todas
esas cosas que se dicen de forma algo babosa ante un personaje al que se
admira. David le confesó con cierta timidez que quería ser director de cine,
que había ingresado en la escuela y que lo que más deseaba en el mundo era
conocer a Ava Gardner.
-Pero ¿tú eres idiota o qué?
-exclamó Fernán Gómez.
-Idiota ... Sí, sin duda. Ya que
usted lo dice ...
-Ava Gardner no es nada, muchacho
–exclamó-. Oye lo que te digo que te lo voy a explicar: Se sabe, según cuentan
los gitanos de los tablaos flamencos, que Ava Gardner elige cada noche a un ejemplar
moreno y de pelo rizado para llevárselo a la cama. Tanto es así que algunos la
siguen al hotel Castellana Hilton, hasta el mismo pie del ascensor, y una vez
allí puede que ella los invite o no a subir a la habitación, según su capricho
o la lucidez que le permita el alcohol. Es como una lotería. Una madrugada la
seguimos de cerca Paco Rabal y yo desde la venta de Manolo Manzanilla para
probar suerte y logramos coincidir con la Gardner en la entrada del hotel; la
saludamos al pie del ascensor y ella nos miró medio borracha sin dirigirnos ni
una sonrisa, ni un gesto, ni una palabra. Nos quedamos muy corridos, pero de
vergüenza. Habíamos hecho el gilipollas, ¿entiendes? En ese momento bajó el
ascensorista, un bell boy muy experimentado, y al vernos tan decepcionados a
los dos, que nos creíamos glorias nacionales, nos dijo: “Les advierto que no es
para tanto. No merece la pena. No es nada del otro mundo”.
INCIPIT 1.121. AVA EN LA NOCHE / MANUEL VICENT
Un joven aspirante a director de cine llega a Madrid dispuesto a realizar sus sueños de gloria cuando la sombra de un asesino vagaba por los salones de la alta burguesía del barrio de Salamanca. En los tablaos flamencos no eras nadie si no le habías encendido un cigarrillo a Ava Gardner. Los soldados negros de la base de Torrejón volaban como aves del paraíso sobre los prostíbulos de color fresa de la calle de la Ballesta y en todas las barras de los bares siempre había alguien que sabía explicar cómo funcionaba el garrote vil y en ese momento todo el mundo callaba. En la radio sonaba la canción de Renato Carosone «Tu vuo fo !'americano».
EMMA SUAREZ
CARMEN MAURA
ANA BELEN
ANGELA MOLINA
CHARO LOPEZ
INCIPIT 926. DESFILE DE CIERVOS / MANUEL VICENT
LA BODA
LOS NOVIOS
1975
1965
1961
JULIAN GRIMAU
La gente entreveía ya el primer placer del consumo de pollos al ast entre boleros de Los Cinco Latinos y bailes muy pegados de sudor perfumado en Micheleta con aquellas chicas de faldas tubulares, cuando un día a la superficie de una sociedad dispuesta a olvidar la aciaga desdicha del pasado, afloró de pronto el nombre de un clandestino desde el fondo negro del franquismo. La noticia consistía en que un comunista llamado Julián Grimau, hombre al parecer muy importante y peligroso, se había arrojado al vacío por una ventana en la trasera de la Dirección General de Seguridad. Ese nombre acaparó la conversación en las redacciones de los periódicos y los claustros de la universidad hasta terminar por apoderarse de las sobremesas familiares. Poco a poco se iban sabiendo cosas. Julián Grimau pertenecía al comité central del Partido Comunista y había sido enviado a Madrid por la dirección desde París. Fue delatado y en noviembre de 1962 la policía lo detuvo en un autobús cerca de la plaza de las Ventas, como no podía ser de otra parte dado que se trataba de una misma forma de lidia ibérica. Durante los interrogatorios en la Puerta del Sol se dijo oficialmente por medio del ministro Fraga que el convicto había tenido un trato exquisito, pero que en un momento de descuido se había subido a una silla y, aunque iba maniatado con formidables esposas de gran calidad, pudo abrir una ventana y de forma inexplicable había logrado saltar a la calle desde un despacho del tercer piso hasta el asfalto de un callejón, donde cayó como un guiñapo entre unos furgones de policía allí aparcados. Junto a aquellos furgones había uno preparado por la funeraria, según contaron algunos testigos, pero había sobrevivido de milagro con graves heridas en el cráneo.
·Toda la clandestinidad comenzó a movilizarse.



















