Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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DOCTOR BUÑUEL – RAYOS X


Ropa de casa, Ignacio Martínez de Pisón, p. 89

En general, me bastaba con saber que ser surrealista equivalía a formar parte de una secta a la que pertenecía mi paisano Luis Buñuel. Acostumbrado a venerar todo aquello que me estaba vedado, admiraba el cine de Buñuel sin haber visto ninguna de sus películas. Admiraba más bien la idea que me había formado sobre su cine, una idea tan vaga que se adaptaba con facilidad a lo ilimitado de mi admiración. Como la gente religiosa con respecto a la figura de Dios, me había creado un Buñuel a la medida de mi voluntad y mi fantasía, a la medida de mi fe. Y, como el propio Dios, ese Buñuel era al mismo tiempo próximo y lejano. Lejano porque no tenía muchas posibilidades de ver sus películas, Y próximo porque, de haber seguido viviendo en Zaragoza, probablemente habría sido mi vecino. Sus hermanas conservaban el piso familiar de la Calle Isaac Peral, a apenas dos manzanas de casa, y el letrero de la consulta de radiología de su hermano Eduardo ( DOCTOR BUÑUEL – RAYOS X) destacaba en un portal del paseo de la Independencia, también muy carca de casa. Todas esas señales alimentaban mi fe en Buñuel.


BUÑUEL


La tierra de la gran promesa, Juan Villoro, p. 104

Los comensales de otras mesas, jóvenes estudiantes y miembros de la colonia española que bebían cantidades ingentes de Anís del Mono, veían al genio como a un parroquiano al que se ha visto muchas veces sin saber de quién se trata. Esa naturalidad lo ayudó a sentirse un poco menos nervioso, pero olvidó soplarle al café con leche y se quemó el paladar. Al recordar la escena, sentía la boca herida como un rito de iniciación. Había estado ante el amigo de García Lorca y Dalí que llevaba piedras en los bolsillos para defenderse de las agresiones en el estreno de Un perro andaluz, el manipulador erótico que le prometió a Catherine Deneuve que no la desnudaría y la convenció de ponerse un camisón transparente, logrando una imagen más sensual, la de un cuerpo entrevisto tras un velo ... Diego no se sintió ante un "artista", sino ante algo más natural y misterioso. Buñuel abrumaba como si fuera un peñasco, un árbol, un abismo. Tenía una manera directa y simple de ser portentoso. Hablaba del sueño como de una mesa, algo que podía modificar con esas manos grandes que habían calzado guantes de boxeador. Diego no olvidó sus ojos. Demasiado abiertos, demasiado vivos. Su mayor truco consistía en cerrarlos. La cabeza del maestro disminuía cualquier almohada. Una cabeza de campesino, difícil de romper.

Estuvo ahí hasta que Buñuel se despidió para ir a dormir la siesta. Vivía cerca de La Veiga, en una dirección digna de su filmografía, cerrada de Providencia. Su silueta se recortó contra la luz sucia de Insurgentes. Un hombre alto, de pelo escaso y hombros cargados. Un anciano fuerte.


LA PESADILLA


La tierra de la gran promesa, Juan Villoro, p. 102

Nunca olvidaría los ojos descomunalmente abiertos del cineasta, sus manos grandes de luchador, su voz levemente rasposa. En la oscuridad de un cine, le gustaba ver el cono luminoso que salía de la cabina de proyección y en el que flotaban corpúsculos de polvo que parecían chispas. La voz de Buñuel tenía esa cualidad, un resplandor nimbado de impurezas.

A los quince años, gracias al amigo de un amigo, logró colarse a la tertulia de La Veiga. Bebió un café con leche en un vaso de vidrio grueso mientras el viejo león expresaba su deseo de filmar como quien dirige un sueño. Aquella tarde contó que cuando el cine llegó a Zaragoza la gente se asustaba con los movimientos y tenía que hacer un enorme esfuerzo físico para seguirlos:

-Acababan agotados; ir al cine era como ir al gimnasio. Ahora pongo el mismo empeño en soñar. Dormir cansa -se llevó a los labios una bebida que en su inexperiencia Diego no alcanzó a descifrar; lo hacía despacio, como si bebiera mercurio.

Buñuel hablaba con seguridad pero en un tono llano, ajeno a cualquier alarde. Tenía una extraña forma de ser, simultáneamente, simbólico y literal. Un amigo le diría años después que cualquier frase de Buñuel podía ser entendida "a la francesa" o "a la aragonesa", en clave metafórica o con granítico realismo.

Esa tarde, el cineasta contó la leyenda de un pintor que comía cerdo crudo para tener las pesadillas que luego pintaba. El más célebre de sus cuadros se llamaba, precisamente, La pesadilla. En ese lienzo, la cabeza de un caballo asoma tras una cortina para espiar a una mujer que yace desmayada bajo el influjo de una criatura demoniaca. Buñuel describió el cuadro en detalle y elogió el deseo del pintor de concebir pesadillas comiendo cerdo crudo y comentó que él se conformaba con el jamón serrano.


BUÑUEL Y WAGNER


Wagnerismo, Alex Ross, p.704

En el estreno, Buñuel se quedó de pie detrás de la pantalla con un fonógrafo, en el que puso un disco de tangos, y su partitura ad hoc se reprodujo tal cual para la versión sonora de la película. La yuxtaposición de elementos resultante -una luna romántica, la violencia misógina, la propulsiva música de tango- tipificaba las preocupaciones surrealistas, para bien o para mal. La siguiente pieza en la lista de reproducción de Buñuel es la Transfiguración de Isolde; acompaña a un hombre vestido con un hábito de monja que va montando en bicicleta por las calles casi desiertas de una ciudad. La disonancia audiovisual va más allá que cualquier cosa imaginada por Eisenstein.

Buñuel tuvo Tristan en mente desde el principio. «Asómate a la ventana y mira como si estuvieras escuchando a Wagner», fue la indicación que dio a Pierre Batcheff, que interpretaba al ciclista. Para el resto de la película, la banda sonora alterna entre Tristan y dos piezas argentinas, como si estuviera desafiando al manifiesto de Marinetti «Abajo el tango y Parsifal». Durante la primera secuencia wagneriana, el ciclista se cae, una mujer acude en su ayuda, salen hormigas de un agujero en la palma de su mano moviéndose lentamente, una joven andrógina investiga una mano amputada con un palo y la andrógina es atropellada por un coche. Durante la segunda, otro hombre joven, interpretado también por Batcheff, muere tras ser disparado por el primero con libros que se convierten en pistolas. Cuando preguntaron a Buñuel si se trataba de un caso de «contrapunto cómico», contestó que utilizaba a Wagner porque sentía por él auténtico cariño. Lo cierto es, como escribe Torben Sangild, que Tristan procura una trágica continuidad a estos amantes deplazados : “Ya han dejado de ser héroes metafísicos de un pasado lejanoy ahora son seres confundidos e inmaduros en un mundo caótico de deseo y violencia».

Tristan se convierte en un himno del deseo prohibido en L’Age d'or (La edad de oro), el primer largo de Buñuel, de 1930. La película sigue las desgracias de una apasionada pareja que se enfrenta a las convenciones burguesas. En medio de una ceremonia al aíre libre en la que participan funcionarios, soldados y sacerdotes -la sinopsis afirma que se trata de la fundación de Roma-, los amantes son descubiertos mientras se revuelcan efusivamente en el barro. El preludio de Tristan empieza a sonar cuando son separados. Más tarde, la pareja hace el amor en un jardín de noche mientras una orquesta toca muy cerca de allí la Transfiguración de Isolda para un público impecablemente vestido. «Qué alegría, qué alegría, haber asesinado a nuestros hijos», dice la mujer. El hombre, con el rostro cubierto de sangre, responde: «Mon amour, mon amour». En este momento, el director detiene a la orquesta, arroja su batuta y mete la cabeza en las manos. La multitud murmura mientras él se aleja tambaleándose. Muy pronto se funde en un abrazo con la mujer de la pareja. Estos hechos anárquicos tienen un sesgo político: podría ser que el director de orquesta haya decidido abandonar el podio porque se da cuenta de la disparidad existente entre su público burgués y la música revolucionaria de Wagner. La secuencia podría ser también una parábola del artista que alcanza la independencia social.


WAGNER Y BUÑUEL


Wagnerismo, Alex Ross, p. 707

Buñuel volvió repetidamente a su amado Wagner, aunque nunca de una forma previsible. Tristan impulsa el clímax de Abismos de pasión, una adaptación de Wuthering Heights (Cumbres borrascosas). El título y el argumento de Tristana, basado en la novela de Benito Pérez Galdós de 1892, son implícitamente wagnerianos. En Le Fantóme de la liberté (El fantasma de la libertad), los asistentes a una cena hablan sobre una producción de Tristan mientras están sentados sobre unos inodoros; El ángel exterminador cuenta con un personaje que es una cantante de ópera conocida con el sobrenombre de La Valquiria. Finalmente, Ese oscuro objeto del deseo traslada a Wagner a una Europa moderna marcada por el terrorismo. El guión se inspira en una historia de amor sadomasoquista, La Femme et le Pantin (La mujer y el pelele), de Pierre Louys. En la última escena, los amantes, Mathieu y Conchita, caminan por una galería comercial de París mientras una voz en off describe las alianzas cambiantes entre grupos radicales, incluido el Ejército Revolucionario del Niño Jesús. «Y ahora, para evadirnos un poco, demos paso a la música», dice el locutor. Mientras Mathieu y Conchita observan a una mujer que está zurciendo un vestido blanco ensangrentado, Siegmund y Sieglinde cantan a su amor: «Ein Minnetraum / gemahnt auch mich: / in heissem Sehnen / sah ich dich schon!» («Un sueño de amor / también me hace recordar: / ¡ya te había visto / en mi ardiente desear!»). Buñuel da a entender que los personajes de Wagner experimentan un eterno retorno en el mundo moderno, en el que reproducen su sino. Estalla una bomba, y termina la película.


LAS HURDES


La España vacía, Sergio del Molino, p. 101

No se sabe la fecha exacta, pero fue en diciembre de 1933, poco antes de las vacaciones de navidad. Un grupo de escogidos se congregó en la puerta del Palacio de la Prensa, en la Gran Vía de Madrid. Presentaban una invitación en la puerta y entraban en desorden. Bien abrigados en sus gabanes, se estrechaban las manos, se palmoteaban  las espaldas y se abrazaban. Todos se conocían, más o menos. Estarían por allí Rafael Alberti, Federico García Lorca, si andaba por la capital, algunos ya no tan jóvenes traviesos de la Residencia de Estudiantes (la pintora Maruja Mallo, por ejemplo) y otros intelectuales más circunspectos y graves, en representación del Partido Comunista, como César Muñoz Arconada, Benjamín Jarnés y algún anarquista como Ramón J. Sender. Jóvenes impetuosos que harían piña aparte de los señorones que llegaban, quizá, de la cercana redacción de El So como José Ortega y Gasset y el doctor Gregario Marañón. En una esquina bromeaba muy socarrón, pero nervioso y expectante, un señor de Huesca que presumía de ser un agitador anarquista, Ramón Acín. Era el productor. La película que toda aquella gente se disponía a ver en un pase privado se había financiado con veinte mil pesetas procedentes de un premio que ganó a la lotería. Se lo había prometido a un paisano suyo unos años antes: Luis, le elijo, si me toca la lotería, te pago ese documental. Tuvo la mala suerte de que le tocara. Aquella noche de diciembre de 1933 se jugaba mucho. Luis, le insistía, mueve la película, colócala, que no quiero perder los duros.

El invitado más importante de aquella velada era Gregario Marañón. Prohombre republicano de primera hora, una de las voces más respetadas e influyentes en la España de la época, era también presidente del Patronato de Las Hurdes. En 1922 había redactado un informe sanitario sobre la situación critica en la comarca cacereña y acompañó al rey Alfonso XIII en el viaje que hizo allí en abril de aquel año. Si a Marañón le gustaba la película, podría escribir un informe favorable para el ministerio de Estado y evitar así la censura. La explotación comercial y la exhibición en cines de la cinta dependían del resultado de ese pase privado en el Palacio de la Prensa. Por eso Ramón Acín estaba más nervioso que el propio director.

Luis Buñuel salió al escenario y dirigió unas palabras protocolarias al público. Luego, se encendió el proyector. De un gramófono empezó a salir una sinfonía de Brahms. Desde un lateral, micrófono en mano, el propio Buñuel, acompañado por la música, comentó en vivo la película de Las Hurdes, que entonces aún no llevaba en el título el sintagma Tierra sin pan. Probablemente habló sin guion, improvisando sobre unos planos que sabía de memoria.


EL ANGEL EXTERMINADOR

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 219
El Misterio del Justiciero del Autobús Sacude México.
México busca a un Angel Exterminador. No tiene nombre, ni rostro, ni edad.
Pero todos saben lo que hizo. A las seis de la madrugada de/lunes, en un autobús de línea
desplegó las alas de la venganza y mató sin titubeos a cuatro asaltantes.
Fue una ejecución gélida, sorda, abismal. Desde la penumbra
de los asientos traseros aguardó a que los ladrones desvalijaran al pasaje
y cuando el robo ya estaba en los momentos finales se levantó y los liquidó uno por uno.
Luego devolvió los bienes robados a sus dueños y se perdió en la salvaje noche mexicana.
Ningún testigo lo ha delatado, ni siquiera el conductor del transporte. Todos se escudan
en la oscuridad para evitar su descripción. Hay quien aplaude abiertamente la matanza.
Los hechos ocurrieron entre las cinco y las seis de la mañana. De noche el autobús se dirigía
desde San Mateo a la Ciudad de México. Eran sesenta y dos kilómetros de buena carretera.
Cincuenta y tres pasajeros iban adormilados. En San Pedro Tutelpe subieron los asaltantes.
Cinco km después dio comienzo el atraco. El cabecilla apuntó con un arma al conductor.
Los otros empezaron a despojar al pasaje de dinero y joyas y tarjetas y teléfonos móviles.
Hubo insultos y golpes. Un hombre resistió y fue reducido a la fuerza. Con navajas los ladrones
iban guardando el botín en dos mochilas. A la altura del kilómetro 35 el vehículo
ya aminoraba la velocidad. El jefe de la banda  no había dejado de hablar por su teléfono.
Faltaba poco y los ladrones ya se acercaban a la puerta. Ése fue el momento que el hombre
sentado al fondo eligió para ponerse en pie. Sacó una pistola. Apuntó en silencio
y apretó cuatro veces seguidas el gatillo. Cada bala alcanzó a un asaltante.
El autobús seguía la marcha. El cabecilla fue el primero en caer. El tiro
le atravesó el omóplato izquierdo y le reventó la carótida. Murió en el suelo, desangrado.
Sus tres compañeros, heridos, aterrorizados, se agolpaban ante la puerta. Desde lo más profundo del pasillo el Exterminador se dirigía hacia ellos. El autobús se detuvo abruptamente.
La puerta se abrió. Rodó primero el cadáver del jefe. Luego saltaron los demás atracadores.
Intentaban huir pero la venganza no los dejó ir muy lejos. Al píe del autobús,
en plena fuga, fueron abatidos uno tras otro. Con la muerte en los ojos el Exterminador
tomó las mochilas empapadas de sangre y tras devolver lo robado a cada pasajero
pidió que no lo delataran. En pleno parque natural de la Marquesa
bajó y se perdió en la espesura. El enigma de su identidad agiganta las especulaciones
y las pistas son muy escasas. Se ha marchitado la esperanza de encontrarlo. Nadie sabe

dónde estará el Angel Exterminador. Su rastro se pierde en la noche de México.

LUIS BUÑUEL

Impón tu criterio, E. Vila-Matas, p. 440
En Mi último suspiro no hay lugar para el tedio porque un finísimo hilo lo está quebrando siempre. Habla Buñuel, por ejemplo, del pedantismo de las jergas literarias, fenómeno típicamente parisiense que causa estragos, cuando se acuerda del joven intelectual mexicano que conoció en una escuela de cine de D F y de quien, al preguntarle qué enseñaba, recibió esta respuesta:
-La semiología de la imagen clónica.
Lo hubiera matado, dice Buñuel.
Y a continuación -tirando del hilo del crimen- da otro salto en la conversación y añade a bote pronto lo siguiente: detesta a muerte a Steinbeck. Le habría matado, dice, a causa de un artículo en el que contaba -seriamente- que había visto a un niño francés pasar ante el Palacio del Elíseo con una barra de pan en la mano y presentar armas con ella a los centinelas: “Steinbeck encontraba este gesto "conmovedor", pero  ¿cómo se puede tener tan poca vergüenza? Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores ...”.
Ahí está ya el Buñuel de la segunda parte del retrato de Marsé, el hombre absoluta y admirablemente libre. El mismo que huye con dolor de barriga de una salita de cine. Un perfecto anarquista baturro. El mismo hombre libre que nos narra en Mi último suspiro su última aventura en Hollywood: habiendo sido nominado para los Óscar, le visitaron cuatro periodistas mexicanos amigos y le preguntaron si creía que ganaría. Estoy convencido, les dijo, ya he pagado los veinticinco mil dólares que me han pedido, y los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.
Cuatro días después, los periódicos mexicanos anunciaban que había comprado el Óscar por veinticinco mil dólares. Escándalo en Los Ángeles. El productor Silberman no podía estar más molesto con Buñuel. Pero tres semanas después la película obtenía el Óscar, lo que le permitió insistir en su idea:

-Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.

OBEDIENCIA

De La cartera del cretino de Kurt Vonnegut, p. 109
Otro alemán llamado Heinrich -aunque apellidado Boll y que es un gran escritor- y yo nos hicimos amigos pese a haber sido cabos en ejércitos enemigos. Una vez le pregunté cuál era para él el defecto principal del carácter alemán y me contestó, «la obediencia». Cuando pienso en las siniestras órdenes obedecidas por los secuaces de Colón, o en esos sacerdotes aztecas que supervisaban los sacrificios humanos, o en esos burócratas chinos seniles dispuestos a silenciar a los que protestaban pacíficamente y sin armas en la Plaza de Tian'anmen hace apenas tres años, cuando escribo esto, debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.
§§§

Ya es lunes. Que no se me olvide: en esta parte del Nuevo Mundo, el martes es el Día de la Basura. Cuando estaba en Sicilia, aceptando un premio por mi libro Galápagos, en el que yo sostenía que los seres humanos eran unos animales tan terribles porque tenían el cerebro demasiado grande, todo el mundo se puso a hablar de repente de una historia que acababa de aparecer en la prensa y en la televisión. Resulta que soldados americanos con excavadoras habían enterrado vivos a miles de soldados iraquíes en los túneles donde se refugiaban de nuestras bombas, cohetes y misiles. Respondí sin dudarlo que los soldados americanos serían incapaces de llevar a cabo algo tan mezquino . Me equivocaba de nuevo.
En la imagen El Angel exterminador

ENGAÑO

De Si viviéramos en un país normal de Juan Pablo Villalobos, p. 24
Mi padre finalmente se resignó al silencio y a la tristeza, su única ocupación era hacernos piojito por turnos, pero en lugar de calmarnos nos angustiaba, porque se concentraba tanto en su ternura que parecía que el fin del mundo se acercara.
-¿Qué es eso?
-Balazos -respondía mi padre, opuesto a cualquier intento de edulcorar la realidad.
-¿Los van a matar, papá?
-No, es sólo para asustarlos -se apresuraba mi mamá a intervenir, conociendo la respuesta que mi padre nos daría: para eso sirve la policía, para matarnos, o algo por el estilo.
-¿Y qué van a hacer con los rebeldes?
-Los van a meter a la cárcel y los ...
-Los van a soltar después, cuando se hayan arrepentido del mal que hicieron.
-¡No, no, no! Ellos no hicieron nada mal, les robaron las elecciones, tienen derecho a protestar.
-Los niños no pueden entender.
-Los niños ya están grandes y pueden distinguir lo que está mal.
-Los vas a confundir.
-Mejor confundidos que engañados.
En la imagen Los olvidados

FELICIDADES


Cuentan que en cierta ocasión, Buñuel asistió junto con otros emigrados españoles en el Hollywood de los años 30 -Tono, Neville, etc.- a una de las famosas fiestas de Charles Chaplin en las que corría, a pesar de la Ley Seca, el alcohol en abundacia, y que irritado por la declamación grandilocuente y patriotera de unos versos de Marquina ensalzando a los soldados de Flandes, desató su ira y la de Eduardo Ugarte y a cuatro manos y otros tantos pies intentaron destruir sin demasiado éxito el árbol de Navidad, símbolo putrefactoy burgués que adornaba la sala, pues a decir del propio Buñuel, "desgraciadamente, es muy difícil partir un árbol de Navidad. Nos desollábamos las manos sin resultado. Entonces cogimos los regalos y los tiramos al suelo, para pisotearlos..." Parece ser que en la siguiente fiesta, la de Fin de Año, y antes de pasar a la mesa, Chaplin le hizo la siguiente proposición directamente: "-Puesto que le gusta romper árboles, hágalo ahora Buñuel, y así ya no tenemos que volver a pensar en ello". como se puede suponer, nuestro paisano no le hizo el menor caso, la espoleta del acto subversivo había sido desactivada por las palabras de Chaplin, quien, por cierto, nunca fue santo de su devoción (parece ser que Chaplin se resistió a comprar en una ocasión diferentes gags que Buñuel le ofreció).

TRANSUBSTANCIACION

Retrato del artista adolescente
Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un hombre hubiera rabada una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado luego una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar al administrar el bautismo, vierte el agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua mineral?¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento de la eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo estando presente bajo las especies cama Dios y como hombre?

BUÑUEL EN PROVIDENCE

De Providence, de Juan Francisco Ferré, p. 228
Spielberg se precipita a estrecharme la mano mientras me advierte contra Buñuel sin contemplaciones. Tenga cuidado. Es un tipo muy peligroso, recuerde La dalia negra. Pobre Brian. El autor del crimen fue él, el autor de Él, no se equivoque de hombre. Tengo pruebas concluyentes sobre el caso, aunque no podría utilizarlas ante ningún jurado, ya me comprende, películas y fotografías de aficionados, cartas de Buñuel a algunas de sus amiguitas de Hollywood cornunicándoles que se excita con la idea de cortarlas en pedazos, confidencias iii extremis de testigos moribundos a los que no podría traicionar ahora sin perder a una parte de mi público, secuencias inéditas de sus propias películas y, por si fuera poco, el bodrio de Brian. Si no me cree, pregúntele a Marty, que lo sabe todo sobre películas y directores. Todo, créame. Marty es una enciclopedia ambulante, aunque cuando se pone pedante no lo aguanta nadie, ni siquiera ese bobo de George. Me estoy entusiasmando, disculpe, luego nadie se cree que no bebo alcohol ni me meto drogas. Soy así. Es la grandeza del cine. Cuando se trata de películas, me pongo como loco, no lo puedo evitar. La suya, por ejemplo. Me ha puesto a cien. Esto no me pasaba desde que vi en la intimidad de un pase privado, a solas con la viuda de Stanley, ya me entiende, su película póstuma, ¿cómo se llamaba? Algo sobre los ojos, ¿es que nadie se acuerda ya?

SOBRE BUÑUEL

SOBRE BUÑUEL
De Aire Nuestro, de Manuel Vilas, p. 68
Hay un tipo aquí que sí me entiende. Este tipo no tiene problemas en beber un whisky con un degenerado cinematográfico como yo. Este tipo es Luis Buñuel. A Buñuel sí le gustan mis westerns. La verdad es que a mí también me encantan sus películas, que son westerns religiosos. En realidad, todo es un western. A Buñuel le encanta el Charles Bronson de Hasta que llegó su hora. Dice que le recuerda al cura que le bautizó en Calanda. Pero yo le digo que Bronson en realidad tenía ancestros rusos, de ahí sus facciones de origen mongol. Buñuel dice que justamente por eso le recuerda al sacerdote que le bautizó. Buñuel y yo somos dos solitarios de aquí abajo. A él tampoco le va muy bien con sus westerns religiosos. Aquí el jefe es Hitchcock, claro.
.
Con Buñuel hablamos de España, de Almería, de Burgos, de Madrid, de los sitios en donde yo rodaba mis parodias del franquismo. Porque mis westerns hispánicos tenían un mensaje oculto: Clint era la democracia del futuro, un ser invencible, enigmático, un ser para la libertad, que venía a disparar al mundo de la Iglesia católica y a la Falange Española, etcétera. Buñuel se ríe, pero dice que sí, que él siempre vio que mis westerns no podían gustarle a Francisco Franco. Por ejemplo, está clarísimo que en El bueno, el feo y el malo, Franco era ¿feo. Buñuel dice que jamás le cupo la más mínima duda al respecto. Dice Buñuel que en Calanda y en los Monegros mis westerns hubieran quedado de lujo. Yo le digo a Buñuel que al Fernando Rey de su Tristana le hubiera quedado muy bien una canana y un sombrero, y que a su Simón del desierto le hubiera quedado estupendamente un Winchester, que a su Carberine Deneuve le hubiera venido muy bien ir montada en un caballo y llevar puesto un poncho y nada debajo. Con Buñuel sí vale la pena hablar. Me dice Buñuel que a él tampoco le habla Bergman. El pobre Luis no lo entiende. Dice que es normal que a mino me hable Bergman porque soy un cineasta de serie B. Pero no entiende que no le hable a él, que es el padre del surrealismo, y eso es institución y grandeza’. A lo mejor no tiene nada que decirnos, le digo. En cambio, el bueno de Michelangelo Atonioni sí que nos habla, pero siempre que nos habla salimos corriendo, porque el tipo es un pelma y padece halitosis múltiple (también por las narices y los ojos). En cambio, Bergman sí que aguanta a Antonioni, curioso, ¿verdad? Yo creo que alguien debería decirle a Bergman que yo hice Érase una vez en América, que me parece que se merece un respeto.

WIKIPEDIA

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