Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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BURDELES CON ORQUESTA

De El váter de Onetti de Juan Tallón, p.41
El mismo día del fallo, Miguel y Ángel se pusieron en contacto conmigo para felicitarme. Cuando les oí lamentar que mi novela no se hubiese impuesto, aun siendo a sus ojos mejor que la vencedora, me acordé enseguida del Premio Rómulo Gallegos y la famosa edición de 196 7. Ese año, el jurado concedió la victoria a Vargas Llosa por LA casa verde. Se trataba de una obra irreprochable, magnífica, a la que el tiempo nunca dejó en mal lugar. En segunda posición había quedado ]untacadáveres, de Juan Carlos Onetti, una novela que le había costado mucho acabar, pero cuyo resultado brillaría por los siglos de los siglos. Onetti, en todo caso, había tenido una reacción memorable a la decisión del jurado, digna de un perdedor perfecto, al señalar que, al fin y al cabo, el burdel que salía en la novela de Mario Vargas Llosa era más grande y mejor que el que aparecía en Juntacadáveres. (“El suyo tenía hasta orquesta”, comentó el novelista uruguayo, y sólo por eso ya merecía el premio.

INCIPIT 411. LOS ADIOSES / JUAN CARLOS ONETTI

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a
los portones del hotel viejo. 
Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubiera bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para 

INCIPIT 37. LA VIDA BREVE / JUAN CARLOS ONETTI


-Mundo loco -dijo una vez más la mujer, como remedando, como si lo tradujese.
Yo la oía a través de la pared. Imaginé su boca en movimiento frente al hálito de hielo y fermentación de la heladera o la cortina de varillas tostadas que debía estar rígida entre la tarde y el dormitorio, ensombreciendo el desorden de los muebles recién llegados. Escuché, distraído, las frases intermitentes de la mujer, sin creer en lo que decía.
Cuando su voz, sus pasos, la bata de entrecasa y los brazos gruesos que yo le suponía pasaban de la cocina al dormitorio, un hombre repetía monosílabos, asintiendo, sin abandonarse por entero a la burla. El calor que la mujer iba hendiendo se reagrupaba entonces, eliminaba las fisuras y se apoyaba con pesadez en todas las habitaciones, en lso huecos de las escaleras, en los rincones del edificio.
La mujer iba y venía por la única pieza del departamento de al lado, y yo la escuchaba desde el baño, de pie, la cabeza agachada bajo la lluvia casi silenciosa.
-Aunque se me destroze a pedazitos el corazón, le juro -dijo la voz de la mujer, cantando un poco, cortándosele el aliento al final de cada frase, como si un empecinado obstáculo surgiera cada vez para impedirle confesar algo-. No le voy a ir a pedir de rodillas. Si él lo quiso, ahora lo tiene. Yo también tengo mi orgullo. Aunque me duela más que a él mismo.
-Vamos, vamos -conciliaba el hombre.

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