Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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PIO PIO


 Fractal, Andrés Trapiello, p. 564

Si no recuerdo mal, la secuencia más o menos es la siguiente. En Las armas y las letras se desvelan por primera vez algunas de las actuaciones torticeras de don Pío durante la guerra, y se dan a conocer algunas de las contundentes afirmaciones que don Pío escribió por entonces en los periódicos españoles e hispanoamericanos. Algunos de estos artículos estaban perdidos y otros publicados en un libro que se editó durante la guerra en Chile y que ni don Pío, primero, ni don Julio luego quisieron reeditar, con ser primordiales en la obra de don Pío y en la literatura comprometida del momento. En esos artículos don Pío queda como un cuco, alguien que no quiere olvidar quién fue pero que se pliega a los militares fascistas y jura por el Ángel Custodio  en Salamanca en 1938 lo que le ponen por delante. Esta clase de historias, así como el reclamo que se les hacía a sus herederos para que publicaran todos esos libros excluidos de sus obras completas o permitieran que otros lo hiciesen, molestaron sobremanera al hermano de don Julio, hermano que ya llevaba las riendas de los negocios familiares, ante la enfermedad de don Julio. Dos o tres libreros de la Cuesta de Moyana amigos míos así me lo confirmaron: «Ha pasado por aquí ese hombre y va diciendo que esta se la guardan a usted». No sabe uno cómo se la querrían guardar, pero lo cierto es que a los pocos años todos esos libros cuya publicación se reclamaba en Las armas y las letras fueron apareciendo, como había exigido uno.


INCIPIT 1.501. RECUERDOS DE UNA MUJER DE LA GENERACION DEL 98 / CARMEN BAROJA


Yo no creo, como cierto arqueólogo conocido mío, que los antiguos escribieron para dejarle a él una colección de «fuentes» con que progresar en su trabajo; pero sí creo que hay que cultivar la conciencia del recuerdo. Acaso esto sea producto de una manía familiar de la que participamos mis dos tíos y yo ... junto con mi madre. Porque mi madre ha dejado, también, unas notas de recuerdos escritas en sus últimos años, que yo he leído varias veces .

Julio Caro Baroja, Los Baroja

Como algunas novelas, la historia de este libro parte del descubrimiento de un manuscrito inédito: el original de las memorias de Carmen Baroja y Nessi (1883-1950). Hace unos años, en el verano de 1993, leyendo Los Baraja (Memorias familiares), 1 las recién mencionadas palabras de Julio Caro Baroja me descubrieron la existencia de una Baroja, escritora de memorias. Enseguida quise leerlas.

Anduve buscándolas biblioteca tras biblioteca, pero no aparecían por ninguna parte. Un compañero de trabajo -a quien agradezco mucho el dato- me informó de que uno de los biógrafos de Pío Baroja, Miguel Pérez Ferrero,' había dedicado varias páginas a la hermana del novelista, citando entre otras obras sus Memorias de una mujer del noventa y ocho. Al saber el título, pensé que iba a ser más fácil encontrarlas. Los ordenadores permiten acceder a cualquier biblioteca nacional o internacional como si se estuviese en la auténtica Biblioteca de Babel, de modo que, con sólo introducir un par de datos básicos, raro es el libro que escapa a la máquina.


DON PIO PIO


Calendario sin fechas, Josep Pla, p. 156

Baroja es un inmenso escritor. Pero se equivocó de técnica. Escribió novelas. Como novelas, sus novelas son ridículas. No conoció ni los trucos, ni las triquiñuelas ni la manera escandalosa de componer sus novelas que tienen los novelistas. Desde el punto de vista de la técnica de la novela -como en tantos otros aspectos de su vida-, Baroja fue un niño. Sus novelas, en tanto que novelas, no tienen el menor interés, no tienen la menor composición, no tienen aquella exposición, nudo y desenlace que han de tener las novelas para apasionar a la gente. Baroja  fue un tipo que anduvo por el mundo dotado de una aguda capacidad de observación y escribió lo que se le fue presentando: paisajes, personas, personas sobre el paisaje, ambientes. Lo que ha de contener una novela para imantar al lector estuvo a mil leguas de su concepción del mundo. ¿ Y cómo había de estar más cerca, si en el mejor de los casos Baroja reaccionó siempre como un hombre ingenuo? Todas las personas que han reflexionado un poco sobre la vida y el mundo -y Baroja es una de ellas- saben que las novelas no existen, que se trata de un género literario de ínfima categoría, un género literario basado en la cocina editorial más maliciosa y más grosera. Y, sin embargo, casi todos los libros de Baroja llevan el título de novela. ¿Por qué Baroja escribió novelas?

En 1921, le dije una vez:

-Sin duda tiene usted alguna razón para escribir novelas.

-¡Pero, hombre! Azorín llama a sus libros también novelas.

En mi tiempo no se podía escribir otra cosa. Estábamos fascinados por el éxito de Galdós, nos parecía que el género podía venderse.


PIO PIO


Familia, infancia y juventud, Pío Baroja, p. 263

Estaba uno en esa edad en que todas las mujeres le gustan: las bonitas, las feas, las solteras, las casadas, las niñas y las viejas.

Las chicas aquellas, compañeras de la infancia, me manifestaron un desdén, que, a la larga, me produjo indignación. Si les hacía alguna pregunta, me respondían por compromiso y con aire fastidioso: «sí», «no», como si no valiera la pena de ocuparse de lo que se les decía.

Sin duda, para ellas no había que fijarse en un joven si no era rico o elegante.

En mi tiempo, las muchachas eran como plazas fuertes atrincheradas y amuralladas. Llevaban un corsé que era como la muralla de la China o el baluarte de Verdún. Si por casualidad ponía uno la mano en su talle, encontraba una coraza tan dura como la que podía llevar a las cruzadas Godofredo de Bouillon.

Si uno pretendía entrar en relación con uno de aquellos verdunes vivos, le contestaban varios días o semanas «sí» o «no», como Cristo nos enseña.

Únicamente si podía uno presentar en el estandarte un sueldecito o una renta, bajaba el puente levadizo del castillo y se parlamentaba.

Yo muchas veces he pensado que, quizá por la presión local, las mujeres jóvenes de esa época en España no tenían ningún sentido erótico. Quizá el sentido erótico lo tenían más tarde; pero en plena juventud no pensaban en el matrimonio más que como una carrera. Como en San Sebastián yo no tenía amigos y las chicas que conocía de hacía tiempo se mostraban tan desdeñosas conmigo, la estancia comenzó a serme aburrida, y empecé a acariciar la idea de regresar a Madrid, para lo que pronto encontré el pretexto.


INCIPIT 1.334. FAMILIA, INFANCIA Y JUVENTUD / PIO BAROJA


Se piensa en esos postulados que sirven para caracterizar a los pueblos y para dar una base a la política, y mientras quedan vagos y sin detalles, en calidad de lemas, se sostienen; pero cuando se los quiere contemplar en sus detalles, van perdiendo los contornos, y muchas veces se advierte que no son más que palabras.

Si fueran realidades, el mundo conocido estaría ya catalogado corno un herbario, y no daría sorpresas corno las va dando constantemente.

El español es de este modo; el francés, de este otro; el italiano es así, y el inglés, de esta manera. Todo ello es mucha fantasía, y constantemente se están haciendo rectificaciones.

Hay un libro de A. Fouillée, titulado Esquisse psychologique des peuples européens, que quiere ser aclaratorio y definidor, con una petulancia muy francesa; pero a mí no me parece que tenga ninguna exactitud, y creo que se puede afirmar lo contrario de lo que afirma el autor, casi con las mismas garantías.

El mundo quizá fuera más monótono de lo que es si se supieran con seguridad las reacciones de los pueblos; pero, en cambio, cada país tendría más seguridad en sus ideas y en sus actos. La nación sabría su especialidad, y cada provincia sabría la suya dentro de la nación.


BAROJA



Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 115
Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente corno un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.
De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar, unas veces asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.
Para entretener mi soledad, he ido cantando, silbando, tarareando canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente en mi espíritu.
A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado. «Alguna ventana se abrirá», pensaba, «y aparecerá un rostro simpático y jovial».
No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y, al insistir, iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote en las manos huesudas.
«Quizá los he ofendido», discurría yo. «Esa gente no quiere nada conmigo», y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin objeto, cantando, tarareando y silbando

HIDALGUIA


Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 46

En el norte, y sobre todo en el País Vasco, solo hay hidalguía, es decir, idea racista y psicológica, no social y decorativa.

En la hidalguía hay un hecho real, que es la raza, aunque esta no se reconozca a fondo; pero ella existe. Ahora la genealogía tiene menos valor; es más social que biológica, y las consecuencias que se puedan sacar de ella son más aleatorias.

Sobre esta cuestión de la nobleza se cuenta que un señor vascofrancés, que se llamaba Sagasti y Polloe, se estableció en San Sebastián de cerero, y con sus velas y el chocolate y sus cirios para las iglesias y los caramelos para los chicos hizo una fortuna.

Este señor tuvo varios hijos, y el mayor fue marino y músico y compuso una Misa de Réquiem que estaba bien. Después pretendió ser alcalde de San Sebastián; pero, al parecer, en esa época, para ser alcalde o regidor se necesitaba tener una ejecutoria de nobleza.

Entonces un escribano, Legarda, le resolvió la cuestión fácilmente.

En el sitio del cementerio de San Sebastián que se llama Polloe existía, al parecer, una ruina de una casa fuerte o castillo con este nombre. El escribano Legarda hizo que se pusiera una larga escalera sobre la ruina. El señor Sagasti y Polloe subió unos cuantos escalones, y después Legarda le mandó que los bajara.

Luego el escribano redactó un documento afirmando que el señor Sagasti descendía en línea recta de la casa fuerte de Polloe. Y era verdad; lo que permitió al marino músico ser alcalde de San Sebastián.


BAROJA

Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 132

A mí me pasa que, no ya desde un punto de vista intelectual, sino de uno material, he sido considerado de tan distinta manera que me ha sorprendido. Se me ha pintado como alto y bajo, como rubio y moreno, como esquelético y como hombre de una obesidad monstruosa. Si en una cuestión de aspecto físico y comprobable puede haber opiniones contrarias, ¡qué no habrá desde un punto de vista espiritual!

Así he sido yo para algunos anarquista, conservador, reaccionario, imperialista, racista, enemigo del pueblo, partidario de la aristocracia; bueno, malo, impío, piadoso ... Como literato, he sido imitador, plagiario de treinta o cuarenta escritores, algunos de los cuales no conocía siquiera. La mordedura a mí no me choca, aunque no hago mucho caso de ella. Está en el aire exasperado y cerrado de los pueblos meridionales. Me choca más la incomprensión.

A mí me ha interesado mucho la gente, sus reacciones, sus ideas, sus costumbres, pero sus opiniones no me han interesado tanto. De ahí que haya vivido un poco como extranjero curioso, y que los demás hayan tenido de mí una idea un poco estrafalaria y absurda.

Yo no sé si he hecho algo que valga la pena, pero en ciertas cosas me siento tranquilo. Creo que he luchado por la existencia con dignidad, sin aprovecharme de los demás, y sin emplear vilezas.

No he adulado nunca a nadie y menos al pueblo. Ahora mismo, ya viejo, en un momento en que todo lo que tenía se lo ha llevado la trampa, he conservado la serenidad. Y al ver que el barco en donde uno navega se hunde, va comprobando cómo va subiendo el nivel del agua en la sentina.

París, Cité Universitaire, 1938

Del prólogo de Pío Baroja a la obra de Miguel Pérez Perrero, Vida de Baroja


BAROJA

Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 122

Contrariamente al juicio de que Baroja era un escritor anacrónico que deambulaba por el siglo XX con la vista fija en el XIX, la percepción que Baraja tenía o intuía de la novela difería poco de la de aquellos escritores contemporáneos cuyo desconocimiento le reprochaba Juan Benet. Porque lo que Baroja vio o intuyó fue que los lectores que leían sus novelas no eran los mismos lectores que varias décadas atrás habían leído a su admirado Dickens. Los lectores de Baraja, conscientemente o no, esto poco importa, no seguían las peripecias de Aviraneta como sus antecesores habían seguido las peripecias de Oliver Twist. Lo que ahora seguían los lectores era a Pío Baraja relatando las peripecias de Aviraneta. De este modo, Baraja estableció un pacto tácito con sus lectores, en virtud del cual éstos aceptaban, saboreaban y casi exigían los defectos obvios de Baraja: los arranques titubeantes de las novelas, las digresiones, las vías muertas, las idas y venidas de los personajes de ninguna parte a ninguna parte, en suma, una narración pura para la que las dotes naturales de Baraja no tenían rival. A cambio de esto, Baraja había de ser siempre el mismo, no sólo en los escritos, sino en la vida: el personaje de Baroja que en algún momento, sin saber muy bien cómo, él mismo había creado: Baraja-persona sólo era Baroja-escritor: un hombre huraño, prematuramente avejentado, irresoluto y confuso ante todo lo que no fuera la aventura de inventar y escribir: un hombre sin familia, casi inexistente, sin otra personalidad que la que los demás quisieran otorgarle: el anarquista, el fascista, el novelista famoso, el inofensivo tertuliano, el hombre malo de Itzea.


ESPAÑA

Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 103

Ante la ruina de lo que había sido su mundo, viejo, enfermo y arruinado, trató si no de congraciarse con los vencedores de la guerra civil, al menos de no indisponerse con ellos y de ganarse el sustento sin claudicar de sus principios. En el bando franquista fue acogido con recelo, pero acabó imponiéndose el criterio de quienes veían en Baroja un colaborador tibio y poco fiable, pero sumamente útil de cara a la opinión pública europea, entre la que gozaba de cierta fama como escritor y hombre de pensamiento libre. A cambio de esta colaboración, le garantizaron su seguridad física y la de su familia y unos medios de subsistencia modestos, pero nada desdeñables en tiempos de hambre y guerra.

Obligado a escribir artículos que justificaran la rebelión militar y las formas políticas que propugnaba el nuevo régimen, hizo equilibrios para redactar frases ambiguas que admitieran más de una lectura. Pero los tiempos no estaban para guiños al lector ni para juegos de palabras. Le presionaron para que se comprometiera de un modo más explícito y no quiso o no supo hacerlo.

Entonces renunció a todo y regresó primero a Vera y más tarde, acabada la guerra, a Madrid para pasar allí el resto de sus días, apartado de cualquier actividad pública, salvo de los homenajes que regularmente se le hacían. Lo mejor de la inteligencia española había muerto o estaba en el exilio y había que recurrir a viejas glorias en estado de desguace para tener la sensación de que no todo había sido destrozado a cañonazos.


PIO BAROJA

Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 59

Pío Baroja trató de exiliarse a América, pero no lo consiguió. Se sentía viejo, enfermo y desalentado, y regresó a España en 1937. Para ser admitido tuvo que pagar un alto precio. Permitió que se publicara una selección de sus opiniones más virulentas contra los comunistas, los masones y los judíos, y juró fidelidad al nuevo régimen, cosa que, según cuentan, hizo con la mezcla de sorna y zafiedad que le eran propias. Preguntado por el conde de J ordana si juraba ser leal a España y la tradición cristiana representada por el Caudillo, respondió: "Lo que sea costumbre".

En otra ocasión, estando en Vera la familia Baroja, se presentó allí un brigada de la Guardia Civil para verificar la autorización con la que Pío Baroja había regresado a España. Una vez comprobados los documentos pertinentes, el guardia civil le preguntó: "¿Y cómo andamos de  religión?". A lo que Pío Baraja, un tanto inquieto, pero incapaz de resolver la papeleta mediante una mentira, respondió: "Pues bastante medianamente". Al relatar esta anécdota, Julio Caro comenta: "Cuando un brigada de la Guardia Civil tiene autoridad para preguntar a un escritor famoso, de cerca de setenta años, cómo anda de religión, en el país que eso ocurre ha debido de ocurrir algo gravísimo"."


PIO BAROJA


Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 21
La autobiografía de Baraja es un documento esencial para conocer a su autor y también para malinterpretarlo, en primer lugar porque todo lo que en ella nos cuenta Baraja está filtrado por la visión del viejo quejumbroso que pasa revista a los hechos con la perspectiva de los años y la lente deformante de quien, a la vista de un resultado aciago, no puede por menos de ver en todos los sucesos precedentes un mal augurio cuando no un mal paso. Y, en segundo lugar, porque las memorias de Baroja, con todos sus defectos de estructura y de forma, sus digresiones, reiteraciones, imprecisiones y silencios, resultan en extremo convincentes, no tanto por la veracidad de lo que narran como por el implacable estilo barojiano, a cuya influencia es imposible sustraerse. De resultas de ello, y por regla general, los biógrafos de Baroja no sólo dan por válido todo lo que él dice sobre su persona y sus andanzas, sino que tienden a reproducir esos mismos datos en el inconfundible estilo de Baroja. Esto no tendría, ni en el fondo tiene, nada de malo si no fuera porque Baroja era un manipulador nato de la realidad, y muy particularmente de su propia imagen. El que lo hiciera en forma consciente o no, es difícil de saber y, a los efectos de este libro, del todo irrelevante.

DON JUAN Y DON PIO


Pío Baroja, Edurado Mendoza, p. 20
Benet ejemplifica con esta anécdota: en cierta ocasión acudió un periodista a la casa de la calle de Alarcón a entrevistar a don Pío, y éste, en lugar de responder a sus preguntas con las respuestas al uso, lo abrumaba con sus queja.
“A medida que se sucedían las preguntas -cuenta Benet-, las respuestas no podían ser más desconsoladoras. Don Pío se quejaba de su mucha edad, de su falta de interés por las cosas, del precio del carbón, del frío que pasaba, del insomnio que padecía, del poco entusiasmo que le inspiraba la calle, de lo dura que era una existencia que a su edad le obligaba a seguir escribiendo para ganarse el sustento. Finalmente, buscando siquiera un rayo de luz en medio de aquella oscuridad, al periodista se le ocurrió decir: "Pero a fin de cuentas ... en general se encuentra usted bien, ¿no es así?". ''No, señor -fue la terrible respuesta del viejo-, en general me encuentro mal, bastante mal. Pero me da lo mismo encontrarme bien que encontrarme mal."
Es curioso cómo Baraja había asumido su propio personaje, por no decir su propia caricatura, con efectos retroactivos, hasta el extremo de parecer que durante roda su vida se había mantenido al margen de las terribles convulsiones de su tiempo y había evitado las no menos terribles peripecias personales de sus contemporáneos. Muchos años más tarde, al redactar sus recuerdos de aquel tiempo, Benet rememoraba, subyugado y repelido, aquella "tertulia anacrónica, envuelta en una luz tibia y opalescente, en la que -maldición de todos los inmortales que por no tener a nadie por encima ni misterios que resolver ni ciencia que hacer progresar ni cuentas que saldar, la mayor parte del tiempo sólo hablando de asuntos del barrio- todo había sido dicho más de una vez"

INCIPIT 985. PIO BAROJA / EDUARDO MENDOZA


INTRODUCCIÓN
Cuando empecé a trabajar en el presente texto, lo hice  partiendo de dos errores de concepción. El primer error consistía en pensar que Baroja ocupaba un lugar ilustre en la historia de la literatura española. No tardé, sin embargo, en percatarme de que no era así, o, al menos, de que no lo era en el sentido que yo daba a la expresión, esto es, al de haber entrado Baroja en el mausoleo de los escritores sancionados por el tiempo. Con grata sorpresa vi que Baroja seguía siendo un escritor actual, cuya obra se resistía a abandonar en las librerías el sector de "Narrativa" o incluso el de "Novedades" para ocupar otro más digno pero menos vivo en el de "Clásicos".
Con esto quiero decir que el lector no especializado sigue leyendo novelas de Baroja "de ida", o "por saber qué pasa", como las de cualquier otro autor contemporáneo, sin ninguna intención historicista o literaria, es decir, académica. Entre los novelistas españoles antiguos y algunos no tan antiguos, éste es un privilegio que, si no me equivoco, la obra narrativa de Baroja comparte únicamente con La Regenta de Clarín.

INCIPIT 931. LAURA / PIO BAROJA

LA CASA DE MONROY
La señora Monroy, doña Paz Avendaño, andaba aquella mañana de domingo por el comedor de su casa, más inquieta y bulliciosa que de ordinario. Murmuraba, hablaba sola y cambiaba los muebles de un sitio a otro con el exclusivo objeto de hacer el mayor ruido posible.
Su hija Laura estudiaba en un cuarto próximo. Se había dado cuenta de que algo le pasaba a su madre, quien cuando le entraba la inquietud no dejaba parar ni a su sombra.
Doña Paz hizo varias tentativas para ir a hablar a su hija y al fin se decidió y entró en el cuarto.
-¿Qué pasa? -preguntó Laura, que tenia dos o tres libros encima de la mesa, uno de ellos de cirugía con láminas en color.
-Ayer no creo que te dije que nos han mandado un del Banco Hipotecario. Parece que ya tenemos allí recíBos sin pagar.
-¿Tres recibos?
-Sí.
-¿Y se lo has dicho a Luis?
-Sí.
-¿Y qué ha contestado?

-Ha contestado que eso no tiene mayor importancia.

POLICRATES

Los caprichos de la suerte, Pío Baroja, p. 162
Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates.
-No sé cuál es --dijo Evans.
-Yo tampoco -repitió Escalan te.
-Polícrates era un tirano griego de Samos, de cinco siglos antes de Jesucristo, que había gozado durante más de cuarenta años de una prosperidad absurda. Temiendo que esta suerte tan larga y tan completa no fuera el preludio de una desgracia, sacó de su dedo un anillo de oro con una esmeralda magnífica que estimaba mucho y lo tiró desde el alto de una torre al mar. Era una ofrenda a una divinidad, a la diosa Fortuna.
-¿Y esto le dio resultado?
-No, no le dio resultado, porque la diosa Fortuna, muy caprichosa, no aceptó este sacrificio e hizo que el anillo se lo tragara un pez, y este pez se lo sirvieran a la mesa a Polícrates quien, al ver de nuevo el anillo, se echó a temblar. Poco después los éxitos militares de Polícrates cesaron y en la guerra que tuvo contra el rey de Persia, Darío, las tropas de este, al mando de Orestes, hicieron prisionero a Polícrates, lo crucificaron y allí murió.

-La mala sangre es muy general en el mundo –dijo Escalante- y cuando es interesada, todavía se puede perdonar, pero muchas veces no es interesada, es puramente gratuita.

INCIPIT 557. LOS CAPRICHOS DE LA SUERTE / PIO BAROJA

Luis Goyena y Elorrio, hijo de un médico de una aldea guipuzcoana próxima a Oyarzun, era un tipo casi autodidacto. Al estudiar su bachillerato, no quiso estudiar medicina, como le indicaba su padre. Le parecía un oficio incómodo, trabajoso. Decidió motu proprio hacerse licenciado en Filosofía y Letras, materias por las que tenía más afición, y mal pagado vivió dando lecciones de latín y de griego.
El padre era  un tipo de médico de pueblo, seco, mal humorado, tirando a carlista. La madre una mujer fanática y la hermana de Luis también.
Esto hacía que él no pudiera vivir a gusto en su casa. No se entendía con nadie de la familia. Al padre le parecía una traición que su hijo se hubiera hecho periodista y escribiera con sentido liberal exagerado.
Luis era hombre trabajador, constante, de voluntad.

Había estudiado latín y algo de griego; y de los idiomas modernos, el francés y el inglés. Más tarde comenzó a escribir en los periódicos, unas veces con su nombre y apellido,  Luis Goyena, y otras con el seudónimo de Juan de Oyarzun. 

MALOS TRATOS

Los caprichos de la suerte, Pío Baroja, p. 89
Gloria había contado a Escalante con todo detalle cómo se había desarrollado su odisea conyugal. En los primeros tiempos, mientras el marido sentía entusiasmo por ella, la vida pareció normal. Cuando se anunció la llegada del hijo, el marido empezó a recobrar su libertad para andar detrás de otras mujeres. Llegado el hijo, no produjo entusiasmo en el hombre. Pareció que al principio retomaba el entusiasmo por su mujer, pero pronto comenzaron las disidencias entre los cónyuges, llegados a una situación lamentable. El marido comenzó a salir de noche solo, a volver a casa en las altas horas de la madrugada, borracho, y a la menor queja de la mujer, a la más suave réplica, se lanzaba a pegarla como pudiera hacerlo un gañán o un chulo de las afueras.

Una noche ella, cansada de verse vapuleada, furiosa y harta de su papel de víctima, se lanzó sobre él, le agarró del pelo, que tenía abundante y llevaba largo, y sujetándole por él con la mano izquierda, con la derecha le descargó cuatro o cinco puñetazos en la cara. En vista de que con aquello no había conseguido gran cosa, pues sin duda el marido era un peso fuerte y la mujer un peso pluma, cogió del tocador una botella de agua de colonia y con el frasco golpeó la frente del marido hasta que saltó la sangre. Entonces él sacó el pañuelo del bolsillo apaciblemente, se secó la sangre y se quedó tan tranquilo. Al ver esto, Gloria se echó a llorar. Sin embargo, obtuvo un éxito, porque desde ese día ya no la pegó ni se pegaron

INCIPIT 394. LAS TRAGEDIAS GROTESCAS / PIO BAROJA

PAISAJES DE OTOÑO
El otoño fue dulce,  templado, de una temperatura suave. Era una verdadera delicia sentarse en los bancos del Luxemburgo durante aquellos días tibios. El sol pálido iluminaba los macizos de geranios, dalias, crisantemos y margaritas.
Algunos días, lluvias ligeras refrescaban el follaje y avivaban el color de las flores: Los árboles amarilleaban lentamente; el aire fresco murmuraba entre las ramas y robaba al pasar alguna hoja grande y cobriza, hoja alegre y juguetona al correr por la avenida enarenada ; triste y mustia luego, aplastada sobre el tronco de un árbol o caída en e] agua inmóvil de un estanque.
Don Fausto Bengoa llevaba en su nueva casa una vida cómoda y tranquila, propia de un filósofo. El paseo, la conversación amena, el recogimiento del hogar. Nada le faltaba.

Había enviado definitivamente a Madrid a Mudarra; sabía que la calle Plumet, tan buscada por él, tan importante en Los miserables

14 DE ABRIL

De Rojos y blancos de Pío Baroja, p.137
En el Heraldo de Aragón  hay un artículo que dice: “Los artífices de! 14 de abril que se han visto obligados a tomar el camino del destierro”
La verdad es que yo no recuerdo con exactitud qué es lo que ocurrió el 14 de abril. Supongo que es una fecha de la Revolución española; pero no sé cuál. Aquí, en París, no tengo libro que consultar.
A continuación, se inserta una lista estúpida, en la que se ven mezclados los nombres de unos escritores con los de unos políticos, a los que yo no conozco ni sé quiénes son: entre ellos figuran Rodríguez Pérez, Calviño, Gubiert, Mayol y algunos otros que deben ser políticos, y entre los escritores estoy yo, que, de primera intención, no recuerdo qué es lo que pasó el 14 de abril. Qué necedades. Yo no hablaría nunca de la política de Zaragoza, si no estuviera enterado de ella. ¡Qué estupidez!
Del 14 de abril no sé nada, ni sé qué pasó. De fechas históricas modernas, recuerdo el 93 en Francia, en parte por la novela de Víctor Hugo, el 14 de julio con la toma de la Bastilla, el 2 de mayo en Madrid con Oaoiz y Velarde, el año 23 con la intervención del duque de Angulema.

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