Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT. 1.106. CUANDO EDITAR ERA UNA FIESTA / JAIME SALINAS

El primer volumen de las memorias de Jaime Salinas, Travesías, terminaba con estas palabras:

Poco después, el taxi nos dejaba ante un sólido edificio de cemento gris con un gran rótulo que decía: INDUSTRIAS GRÁFICAS SEIX BARRAL, HNOS. Al adentrarnos en el portalón sentí el olor, casi familiar, de la tinta. A la derecha vi la puerta que tenía que cruzar. Esta vez no fue necesario agachar la cabeza. Poco podía imaginarme que, al cruzar el umbral de aquel edificio, que más tarde sería conocido como «la Casa Oscura», daba los primeros pasos de lo que sería mi larga trayectoria profesional en el mundo editorial. iY precisamente en España, país del que siempre había querido huir! Jaime Salinas acababa de llegar a España pocos meses antes sin un plan definido. Una carta a la familia resumía sus impresiones:

Queridos todos:

Qué difícil es el analizar mi reacción a todo esto, algo completamente inesperado; nada de lo que creía que iba a sentir he sentido. O sea que es totalmente diferente de la idea de España que nosotros nos hemos hecho en los EE.UU. o donde sea. No quiere decir esto que lo que he encontrado aquí me disgusta, ni muchísimo menos.


SOBRE LA NECESIDAD DEL COSIDO DE LOS LIBROS

Nada peor que no dejar a nuetros hijos los recuerdos de nuestras lecturas; y los libros mismos. En micasa ya hemos destrozado los viejos volúmenes de la colección El libro de bolsillo de Alianza: Conrad, Stevenson, Proust. Como muy bien se dice en Babelia este sábado:
Adoro a Auster como se adoran esos objetos transicionales que sirven a niños y a enamorados infelices para tomar aliento y marcharse (o regresar) a otra cosa: a Proust, por ejemplo, o a Balzac, o a Flaubert, de los que tanto aprendió el elegante y austero Auster, el más francés de los escritores norteamericanos de hoy. Sunset Park, su novela número 16, trata de muchas cosas. De la paternidad, por ejemplo, y del amor, y de las dificultades para ejercerlos. Auster coloca a su media docena de personajes contra el telón de fondo de la crisis -del otoño de 2008 a la primavera de 2009- y los deja moverse en ella, sin dejar de guiñar el ojo referencial a su lector: de Happy Days, de Beckett, a Los mejores años de nuestra vida, de Wyler, pasando por el Gatsby de Scott Fitzgerald. Si quieren pasar cinco o seis horas estupendas, déjense llevar por Auster. Les ayudará, sin duda, la tersa, vibrante, impecable traducción de Benito Gómez, a la que sólo le sobra la única N. del T. que aparece en el texto. Y, por favor, señor Herralde, regrese a los libros cosidos. No resulta tan caro, le distingue, y sus (fieles) lectores se lo merecen.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

BENETIANA

De Egos revueltos, de Juan Cruz, p.261-262
Habíamos pensado en revitalizar la idea (de Schavelzon) de publicar en bolsillo a algunos escritores nuestros, españoles y extranjeros, «para defender los derechos»; entonces en España se creía poco en las colecciones de bolsillo, poco o nada; de hecho, Carmen Balcells, que desde hacía mucho tiempo marcaba la pauta de lo que se podía hacer con los derechos aquí y en América Latina, era muy reacia a otorgar derechos de bolsillo... Era como si las colecciones de bolsillo hubieran sucumbido ante la fuerza moral de Alianza Editorial, y después de los vaivenes de las colecciones de Distribuciones de Enlace. Y aunque Carmen suele tener razón (no siempre, pero ella actúa como si siempre tuviera razón), esta vez parece que erró el tiro, porque las colecciones de bolsillo proliferaron luego, y ahí siguen marcando una manera de acercarse a los libros que en el extranjero ya era habitual y aquí resultaba, en 1992, una aventura con el porvenir incierto... Y para hacer nuestra colección, que estaba en estudio, a mí me parecía que teníamos que empezar por Juan Benet... Se lo dije; le propusimos que fuera Saúl ante Samuel la obra con la que deberíamos comenzar. Fue entonces cuando Benet me dijo aquella frase que repito siempre que le nombro recordando su relación con sus propios libros:
—Pero, Juanito, ¿tú quieres arruinar a Polanco?
En aquel entonces me lo dijo varias veces; eso formaba parte de su manera de hablar, de su forma de dirigirse a mí, entre bromas y veras. Me sugirió, en todo caso, que deberíamos pedirle la portada a su hijo Eugenio, pintor, sin duda el que más se le parece, con su pelo ya completamente gris, como el pelo del padre, su flequillo cayéndole en onda sobre el ojo. Y se la pedimos a Eugenio. Lo cierto es que Juan me iba dando indicaciones por teléfono; el otoño coincidía con el otoño, o el invierno, de su vida; aquel ser pletórico se apagaba, pero siguió trabajando. Un día me dijo que tenía ya las pruebas dispuestas; había trabajado hasta la extenuación; era un hombre cumplidor y preciso, y ni la enfermedad varió el ritmo de esa actitud, que mantuvo hasta el final. No quería dejar en manos del editor un libro cualquiera, revisado de cualquier manera. Fui a su casa a buscar las pruebas, un atardecer que está marcado para siempre en mi memoria.
Allí estaba Juan, enflaquecido aún más de lo que pudiera imaginar, con su pelo en guedejas grises, sentado ante el piano; se levantó, dio algunos pasos para buscar las pruebas. En la estantería vi una foto de su amigo Antonio Martínez Sarrión, y libros, muchos libros. Sobre un atril, junto al piano, una partitura. En la casa había paz; Blanca Andreu leía arriba, y vino a saludar poco antes de que yo me marchara. Juan hizo algunas bromas, de nuevo sobre el coste que para Polanco iba a suponer la edición de ese libro en bolsillo, y sobre mí, sobre el trabajo que me aguardaba.

LA INDUSTRIA EDITORIAL EN ESPAÑA, SEGUN BARRAL

De Almanaque, Prueba de artista de Carlos Barral, p.179
Ya tenemos tus libros y tus nuevas aventuras editoriales. ¿ Qué decirnos de las macroeditoriales?
Me parece que han tenido una gran importancia en la vida cultural española y en realidad en la vida literaria española y latinoamericana, en el ámbito de la lengua, en los últimos años. Es lo que yo llamaría confusión y catástrofe del mercado de los derechos de autor. Y al mismo tiempo también agudización de los problemas del mercado librero.
¿Qué ha pasado?
Lo que ha ocurrido es lo siguiente: la publicación de libros literarios ha pasado de ser una gestión de la cultura escrita, hecha por editores esforzados, a convertirse en aparentemente un gran negocio desde que practican cuatro o cinco grandes centros de producción industrial que tienen, sobre todo, grandes y eficaces redes de distribución a los puntos de venta libreros, que utilizan los medios de comunicación de masas y básicamente la televisión para su publicidad. Lo cual ha convertido la publicación en una especie de carrera de lanzamiento de libros sin cuenta alguna de su calidad, de su
oportunidad, de su congruencia... De lanzamiento de eso que llaman editoriales millonarias, que son las de los premios u otras, de operaciones descaradamente comerciales. Lo cual ha favorecido a algunos autores, a una minoría de autores que han ganado mucho dinero con eso, lo que es de celebrar. Pero ha perjudicado enormemente a otros y ha hecho que nuevamente el pasar de ser inédito a ser édito sea tan difícil como en los años diez. Cuando, en cambio, era fácil y estaba lleno de garantías de seriedad por parte de loseditores en el año sesenta. Se ha producido eso que además tienerelación de causa a efecto, pero también dialéctica, con un problema concreto de la librería...
¿Cuál?
La librería se ha convertido en lo que se llama una mesa de novedades. Es decir, los libros no tienen duración ninguna, están unos meses allí, como se dice en lenguaje comercial, en oferta. Y luego desaparecen de ahí y no se vuelven a encontrar nunca más. El señor que oye hablar de una novela que se publicó hace seis meses, acude a la librería a buscarla y ya no está. El librero tampoco la busca. El editor ya no sabe si la tiene en el almacén. Ese libro muere. Y, por lo tanto, da a la literatura, en tanto que producto de la imprenta, una vida brevísima. Y la sucesión de modas, caprichos,
estupideces y errores se acumula.,.

JORGE HERRALDE Y ENRIQUE VILA-MATAS

De Letras libres -mágnifica revista mejicana-, nº 97: una entrevista con Herralde

Son los grandes grupos, entonces, el malo de la película, mucho más que los agentes.
Bueno, algunos agentes literarios y algunos grupos hacen una pinza con muy pocos escrúpulos, considerándolo todo una mercancía.
¿Cómo se sintió personalmente ante la marcha de Vila-Matas?
Bueno, está dentro de una normalidad… indeseada. Pero mira, yo he publicado a Vila-Matas durante veinticinco años. Hablamos de un Vila-Matas que publicó cuatro libros con un fracaso estrepitoso –dos en Tusquets, donde luego ya no lo quisieron, y dos en editoriales minúsculas. Empezó a publicar con nosotros y durante casi veinte años fue subiendo lentamente, a base de buenas críticas y de convertirse en autor de culto. Hasta Bartleby y compañía no hubo una eclosión y empezó a venderse –como veinte mil ejemplares. Lo animé a que se presentara al premio, lo ganó, y llegamos a publicar sus cuatro o cinco últimos libros. Tras el pináculo que fueron Bartleby... y París no se acaba nunca, en los tres últimos libros había habido un declive claro. Hay que decir que de los anticipos que le pagábamos en cuanto empezó a vender, no se recuperaba ni la mitad. En el momento en que él tomó a una agente, muy codiciosa y muy conocida, ya preví el desenlace. Esta agente me mandó la novela y me dijo: “también la presentaré a otras editoriales, porque Vila-Matas quiere saber cuál es su valor en el mercado”, y le contesté: “me parece muy bien, pero te referirás al mercado de las subastas, porque el mercado de las ventas reales él ya lo sabe”. Con Vila-Matas siempre habíamos hecho lo mismo desde que empezó a vender: él me decía lo que quería cobrar y yo se lo pagaba, y así se lo reiteré a la agente, para que se quedara a gusto en Anagrama. La cantidad que dio era astronómica y… son cosas que pasan. En realidad no me afectó mucho, incluso te diría que si tuviera un director financiero, estaría aplaudiendo su marcha.
¿Cuándo diría que se disparó esta burbuja de adelantos exorbitados?
Tiene una fecha bastante precisa, y es a finales de los ochenta, cuando se produjeron las grandes concentraciones editoriales. Planeta absorbió editoriales tan importantes como Seix Barral o Destino, y se creó esta especie de extraño engendro Random-Mondadori-Bertelsmann, que también compró editoriales prestigiosas como Lumen o Plaza y Janés. Tenía razón José Manuel Lara Jr. una vez que me dijo: “claro, somos tan gigantescos, que nos movemos un poco y aplastamos a alguien”.
¿Quién le ha querido comprar Anagrama?
Prácticamente todos. El primero fue José Manuel Lara padre, que dijo en televisión: “yo quiero comprar Anagrama pero con Herralde dentro”. También se interesaron franceses e italianos (Hachette, Bompiani), pero la respuesta siempre fue la misma: Anagrama no está en venta. Luego uno no puede impedir las leyendas urbanas, y desde hace veinte años se dice que si Anagrama y Planeta tal o cual, y nunca hemos tenido la menor conversación. Las opiniones que he vertido sobre Planeta últimamente creo que demuestran que es una leyenda urbana, tenaz pero leyenda.
¿La competencia son colegas o son enemigos?
Cuando empecé a editar, no se nos pasaba ni por la cabeza que pudiéramos ser enemigos ni competidores. En aquel entonces, un grupo de ocho editores incluso montamos una distribuidora común, Distribuciones de Enlace –con Carlos Barral, Beatriz de Moura, Josep María Castellet, etcétera–, que creaba esta sensación de que éramos cómplices. Sí hay el pacto no escrito, que nosotros seguimos a rajatabla, de no buscar jamás a ningún escritor publicado por una editorial independiente donde se sienta a gusto. Un ejemplo es la mujer de Paul Auster, Siri Hustvedt, una excelente novelista que publicaba en la editorial Circe, de una buena amiga mía: hasta que Hustvedt no quiso salir de esa editorial, yo no le ofrecí publicar en Anagrama.

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