Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.633. LO DESORDEN / LA ORDEN DEL FINNEGANS


Orden de expulsión

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Los seguidores de los blogs de El País debieron de quedarse bastante desconcertados cuando, en junio de 2011, apareció un artículo de Malcolm Otero Barral titulado «¿Qué fue de Ray Loriga?». Se habla en él de un peculiar grupo de escritores que se hacen llamar la Orden del Finnegans y cada 16 de junio viajan a Dublín para celebrar el Bloomsday y, con tal excusa, reírse un poco e ingerir abundantes pintas de cerveza Guinness en varios de los numerosos pubs de la capital irlandesa. La alusión que en el título se hace al escritor Ray Loriga queda en el texto reducida a una enigmática acusación y una estrafalaria condena. El cargo que se le imputaba era el de «deserción inexcusable» y la condena que acabó aplicándosele fue la quema pública de un dibujo que le representaba mientras una mujer disfrazada de dama eduardiana gritaba alborozada: «Bye bye, Ray!».

Pero comencemos por el principio. El Bloomsday empezó a celebrarse el 16 de junio de 1954, exactamente cincuenta años después del día en que, según el Ulises, Leopold Bloom realizó el recorrido dublinés que arrancaba del hogar conyugal que compartía con Molly y, tras llevarle por lugares como el cementerio de Glasnevin, la tienda de licores de Davy Byrne, el hotel Ormond, la playa de Sandymount, el hospital de maternidad o el burdel de Bella Cohen en Nighttown, le devolvía borracho a su casa, en cuyo patio trasero acababa de orinar en compañía del no menos borracho Stephen Dedalus.

 


JM


Ropa de casa, Martínez de Pisón, p. 167

Marías me tenía por discípulo suyo a la manera en la que él se consideraba discípulo de Juan Benet. No había en ello ningún desdoro, y casi diría que esa visión jerárquica, tan semejante a la del mundo académico al que pertenecía por familia, se le presentaba como el único orden razonable.  De trato educado y amistoso pero no particularmente cálido, demasiado centrado en su propia persona aunque no necesariamente vanidoso, Marías se veía a sí mismo como el futuro escritor de éxito que acabaría siendo. La suya era la magnanimidad de los grandes maestros cuando todavía no lo era. Lo que daba lo daba a cambio de muy poco: admiración, nada más. Y no daba pocas cosas. Aquí va un ejemplo de su generosidad. Algunos meses después de conocernos, me llamó a casa para ofrecerme una plaza de profesor en Oxford que por tradición se reservaba a escritores españoles. Por allí habían pasado Vicente Molina Foix, Félix de Azúa y él mismo. Obsérvese que lo que me ofrecía no era un puesto de trabajo. Lo que me ofrecía era empezar a formar parta de su pequeño Olimpo, seguir su trayectoria, ser como él, en definitiva. Para alguien como Marías, que acabaría repartiendo títulos y honores desde su imaginario Reino de Redonda, aquello equivalía a admitirme oficialmente es su isla. Por desgracia, no pudo ser.


INCIPIT 1.530. ROPA DE CASA / MARTINEZ DE PISON


A principios de 2019 viajé a Segovia para consultar en el Archivo Militar la hoja de servicios de mi padre. Nacido en 1923, José María Martínez de Pisón Gaztelu se libró por edad de hacer la guerra y tuvo que esperar a la reapertura de las academias militares para dar curso a una vocación que podía deberse, en parte, a la tradición familiar y, en parte, al entonces irresistible prestigio de la milicia. Mi padre fue un militar vocacional y tardío en una época llena de militares prematuros y a la fuerza. Fue también un militar de academia en una España de militares de ocasión, rebosantes de méritos de guerra. La suya debía de ser una vocación arraigada y sincera, dado que podía augurársele cualquier cosa menos una carrera meteórica. En 1947 alcanzó el empleo de teniente del arma de artillería, en 1951 el de capitán y en 1962 el de comandante.


VILA-MATAS 1982


Ropa de casa, Martínez de Pisón, p. 167
También con Vila-Matas utilicé la misma estrategia de aproximación. En este caso la utilicé de forma involuntaria. Un par de años antes había leído sus relatos de Nunca voy al cine, entre los cuales dos me habían parecido magníficos.  Cuando me lo presentaron en el Hotel Colón, fue lo bastante gentil para decirme que le habían hablado muy bien de mis libros. Yo, por corresponderle, le elogié dos relatos suyos y él se lo tomó con suspicacia: “O sea que los otros doce no te han gustado”. Aclarar las cosas era demasiado complicado, así que, fingiendo pesadumbre, preferí dar por bueno el malentendido. Fue el vacilante comienzo de una amistad que no iba a tardar en afianzarse. Empezamos a vernos con regularidad. Su base de operaciones estaba entonces en la cafetería del cine Astoria, de luces tenues y colores rojizos, con las mesas alineadas como compartimentos de hotel y, al igual que en los cuadros de Hooper, una larga barra para los bebedores solitarios. Se había inaugurado en los años treinta como salón de té

DOCTOR BUÑUEL – RAYOS X


Ropa de casa, Ignacio Martínez de Pisón, p. 89

En general, me bastaba con saber que ser surrealista equivalía a formar parte de una secta a la que pertenecía mi paisano Luis Buñuel. Acostumbrado a venerar todo aquello que me estaba vedado, admiraba el cine de Buñuel sin haber visto ninguna de sus películas. Admiraba más bien la idea que me había formado sobre su cine, una idea tan vaga que se adaptaba con facilidad a lo ilimitado de mi admiración. Como la gente religiosa con respecto a la figura de Dios, me había creado un Buñuel a la medida de mi voluntad y mi fantasía, a la medida de mi fe. Y, como el propio Dios, ese Buñuel era al mismo tiempo próximo y lejano. Lejano porque no tenía muchas posibilidades de ver sus películas, Y próximo porque, de haber seguido viviendo en Zaragoza, probablemente habría sido mi vecino. Sus hermanas conservaban el piso familiar de la Calle Isaac Peral, a apenas dos manzanas de casa, y el letrero de la consulta de radiología de su hermano Eduardo ( DOCTOR BUÑUEL – RAYOS X) destacaba en un portal del paseo de la Independencia, también muy carca de casa. Todas esas señales alimentaban mi fe en Buñuel.


Las manos manchadas de sangre


Filek, Martínez de Pisón, p. 143

Franco había anunciado que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían que temer represalias. Pero sus promesas de clemencia resultaron falsas. Con el fin del conflicto se desató una inmisericorde persecución del adversario político. Cerca de medio millón de republicanos vivían en condiciones deplorables en prisiones y campos de concentración. Un sistema judicial carente de las mínimas garantías condenaba a los soldados del Ejército Popular a las penas más elevadas por auxilio o adhesión a la rebelión. Quienes habían militado en organizaciones políticas o sindicales de izquierda no corrían mejor suerte. Cuando un republicano era condenado a muerte, sus familiares se apresuraban a implorar avales entre gente del bando vencedor. Si el aval procedía de una figura influyente, la pena capital solía ser conmutada por la de treinta años de reclusión. En la primerísima posguerra, más de cincuenta mil republicanos fueron fusilados, lo que da una idea del ensañamiento practicado sobre los vencidos. Además, con arreglo a una aberración jurídica que llevaba el nombre de Ley de Responsabilidades Políticas, las familias de éstos podían ser despojadas de  su patrimonio, convertido en botín de guerra para los vencedores. Hasta los moderados y los tibios corrían serios peligros en la nueva España. Sólo estaban libres de toda sospecha los que con su sacrificio o su valor habían acreditado sobradamente su adhesión a la causa: excautivos, excombatientes, quintacolumnistas, viudas y huérfanos de caídos.


PARACUELLOS


Filek, Martínez de Pisón, p. 101

Entre ellos abundaban los derechistas, incluidos muchos militares. La toma de la capital parecía ser cuestión de horas. Para evitar que esos reclusos, una vez libres, se sumaran al enemigo, se decidió su evacuación. La labor de clasificación de los presos de la Modelo por su «peligrosidad», llevada a cabo por miembros del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) con la colaboración de un par de chivatos, se prolongó hasta la tarde del día 7. Después unos milicianos fueron pasando ante las celdas y leyendo en voz alta los nombres que figuraban en las listas. A los elegidos se les ataron las manos y se les agrupó en el patio. Luego se les hizo subir en unos autobuses de dos pisos, al estilo londinense, utilizados habitualmente para el servicio regular. Al poco de salir de Madrid, esos autobuses abandonaron la carretera para desviarse hacia unos cerros. Allí los presos fueron puestos en fila y fusilados mientras los vehículos regresaban en busca de nuevas víctimas. Se hizo todo deprisa y corriendo, sin entretenerse en enterrar a los muertos, y los desdichados que iban siendo conducidos en sucesivas tandas se encontraban con los cadáveres amontonados de las tandas precedentes. Finalmente se obligó a los vecinos del pueblo más próximo, Paracuellos de Jarama, a cavar unas grandes zanjas en las que sepultarlos a todos.                                                                                                                                                                  Cuando se produjeron las matanzas, el máximo responsable de las cárceles madrileñas era Santiago Carrillo, quien con sólo veintiún años acababa de hacerse cargo de la consejería de Orden Público en la recién creada Junta de Defensa. Carrillo negó siempre cualquier relación con los hechos, lo que, a juicio de los especialistas, carece de toda credibilidad.


INCIPIT 1.502. FILEK / IGNACIO MARTINEZ DE PISON


La primera noticia sobre Filek la encontré en Franco, caudillo de España, la monumental biografía del dictador escrita por Paul Preston. Eran apenas diez líneas, y en ellas se hablaba de cómo el austriaco se había ganado la confianza de Franco y le había convencido de las bondades de su invento: un combustible de calidad superior a la gasolina, obtenido a partir de una mezcla de agua con extractos de plantas y otros ingredientes secretos. Según los periódicos de la época, Filek habría rechazado generosas ofertas de las grandes compañías petroleras para ceder gratuitamente su gasolina a la España de Franco, por lealtad a la cual había sufrido condena de prisión durante la Guerra Civil. Los cálculos oficiales cifraban en ciento cincuenta millones de pesetas anuales el ahorro que el invento de Filek supondría para la maltrecha economía española de la posguerra. Al final el fraude salió a la luz, y el austriaco volvió a ingresar en prisión ...

Lo primero que pensé es que ahí había una buena historia: ¡un estafador internacional que tomó el pelo a Franco¡


INCIPIT 783. LA BUENA REPUTACION / IGNACIO MARTINEZ DE PISON

PRÓLOGO
El último mes de su vida fue el de las despedidas. Pero, en apariencia, doña Mercedes estaba bien de salud, y ninguna de las personas a las que hizo ir a su casa sospecharía hasta después de su muerte la verdadera razón. Las iba llamando de un día para otro y con excusas más que convincentes. A Daniel, el mayor de sus cinco nietos, le dijo que el motor del Dodge Dart había empezado a hacer ruidos raros y que prefería que fuera él (y no la inútil de Felisa, le faltó decir) quien hablara con el hombre del taller.
-¿Ruidos raros? A mí me parece que suena igual de bien que siempre. ¡Escucha, abuela! ¡Qué sinfonía! –dijo Daniel mientras asomaba la cabeza por la ventanilla y con gestos de director de orquesta marcaba la cadencia de los acelerones-. ¡Brum.! ¡Brum, brum! ¡Bruuum!
Era un modelo de mediados de los años sesenta, gris, con el techo negro. Del bolsillo interior de la puerta sacó Daniel los viejos guantes de conducir del abuelo. Antes de ponérselos, los observó con aprensión.
-Sube, abuela -añadió- . Nos vamos a dar una vuelta.
-¿Una vuelta? ¿Ahora?

-Tenemos que asegurarnos de que todo está bien, ¿no?

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