PLUMAS
Ese amigo mío del trabajo, Bud,
nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no
conocía a Fran. Así que estábamos a la par. Pero Bud y yo éramos amigos. Y yo
sabía que en casa de Bud había un niño pequeño. Aquel niño debía de tener ocho
meses de edad cuando Bud nos invitó a cenar. ¿Qué ha sido de esos ocho meses?
¡Qué deprisa ha pasado el tiempo desde entonces! Recuerdo el día en que Bud fue
al trabajo con una caja de puros. Los repartió en el comedor. Eran puros de
importación. Masters holandeses. Pero llevaban una etiqueta roja y un
envoltorio que decía: ¡ES UN NIÑO! Yo no fumo puros, pero cogí uno de todos
modos.
–Coge un par de ellos – dijo Bud,
sacudiendo la caja–. A mí tampoco me gustan los puros. Es idea de ella.
Se refería a su mujer. Olla.
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