Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Nietzsche


El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas, p.84

El loco de Nietzsche es un demente que enciende un farol en pleno día y corre al mercado gritando: «¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!». La gente se ríe del loco, mientras él se pregunta, retóricamente: «¿Que adónde se ha ido Dios? Os lo voy a decir», se contesta. «Lo hemos matado: vosotros y yo. ¡Todos somos su asesino!». Y a continuación suelta un epigrama corno un grito terrible cuyo eco todavía no se ha extinguido: «¡Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado!». ¿Ese grito es de alegría o de pena? ¿Hace feliz al loco la muerte de Dios, la liberación de la eterna autoridad suprema, el final de aquello que siempre ha impuesto normas y límites, pero también ha otorgado sentido a todo? ¿Está satisfecho el loco con ese  crimen? No: está desesperado; para el loco, la muerte de Dios no es un acontecimiento gozoso: es un acontecimiento atroz, que no depara al mundo alegría sino desolación.«¿ Cómo hemos podido hacerlo?», se pregunta el loco, incapaz de dar crédito a aquella enormidad. «¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el  horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la Tierra de su Sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles?[ ... ] ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos?[ ... ] ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros?». Éste es el loco de Nietzsche: un loco sin Dios, pero también un loco que no está loco, o no del todo, uno de esos locos lúcidos que, como don Quijote, son más lúcidos que los cuerdos porque ven más allá que los cuerdos, más allá de lo que son capaces de ver los hombres comunes y corrientes, aquellos que solo saben reírse de él.


DIOS


MANIAC, Benjamin Labatut, p 247

Von Neumann pensaba que, si nuestra especie iba a sobrevivir el siglo XX, necesitábamos llenar el enorme vacío dejado por la huida de los dioses, y la única candidata viable para realizar esa extraña y esotérica transformación era la tecnología. Me dijo que un saber técnico cada vez mayor, alimentado por la ciencia, era lo que nos diferenciaba de nuestros ancestros. Porque en términos de nuestra moral, filosofía y calidad de pensamiento, no éramos mejores (de hecho, éramos más pobres) que los griegos, el pueblo védico o las pequeñas tribus nómadas que aún se aferran a la naturaleza como única fuente de gracia y verdadera medida de la existencia. Nos hemos estancado, me dijo, en todas las artes salvo en una -tékne-, en la que nuestra sabiduría se ha vuelto tan profunda y peligrosa que incluso los titanes temblarían ante ella, porque su poder hace que los viejos dioses de los bosques parezcan simples duendecillos. Pero ese mundo había desaparecido. Y la ciencia tendría que dotarnos de algo mayor a los seres humanos, mostrándonos la nueva imagen que debíamos adorar. Para Von Neumann era evidente que nuestra civilización había progresado hasta un punto tal que los asuntos de la especie ya no podían confiarse de manera segura en nuestras propias manos. Necesitábamos otra cosa. Algo superior. A medio y largo plazo, si íbamos a tener siquiera una mínima posibilidad de supervivencia, debíamos encontrar una forma de ir más allá de nosotros mismos, de superar los límites actuales de la lógica, el lenguaje y el pensamiento, para hallar soluciones a los muchos problemas que indudablemente enfrentaríamos, a medida que expandíamos nuestro dominio sobre la faz de la Tierra y -más temprano que tarde- desde allí hasta el vacío que rodea las estrellas.


LA TRANSUSTANCIACION


El Reino, Carrère, p. 84

Sabemos cómo se hace esto. Comenzó hace dos mil años y no se ha interrumpido nunca. Antiguamente, y todavía hoy en algunos ritos, se practicaba realmente con pan: el pan más vulgar, el que amasa el panadero. Hoy, entre los católicos, son esas pequeñas obleas blancas, de consistencia y sabor a cartón, que llamamos hostias. En un momento de la misa, el sacerdote declara que se han convertido en el cuerpo de Cristo. Los feligreses hacen cola para recibir cada uno la suya, en la lengua o en el hueco de la mano. Vuelven a su sitio bajando los ojos, pensativos y, si creen en ello, interiormente transformados. Este rito de una rareza inverosímil, que se refiere a un acontecimiento preciso, sucedido hacia el año 30 de nuestra era y que constituye la médula del culto cristiano, lo celebran actualmente en todo el mundo centenares de millones de personas que, como diría Patrick Blossier, no están, por lo demás, locos. Algunas, como mi suegra o mi madrina, lo practican todos los días sin falta, y si por casualidad están enfermas hasta el punto de no poder acudir a la iglesia hacen que les lleven el sacramento a su domicilio. Lo más extraño es que la hostia no es nada más que pan. Sería casi tranquilizador que fuese un hongo alucinógeno o un secante impregnado de LSD, pero no: es solamente pan. Al mismo tiempo es Cristo.

Es obvio que se puede dar a este ritual un sentido simbólico y conmemorativo. El propio Jesús lo dijo: «Haced esto en memoria mía.» Es la versión light del asunto, la que no escandaliza a la razón. Pero el cristiano hard cree en la realidad de la transubstanciación, ya que es así como la Iglesia denomina a este fenómeno sobrenatural. Cree en la presencia real de Cristo en la hostia. Sobre esta línea de cresta se opera la división entre dos familias espirituales. Creer que la eucaristía es sólo un símbolo es como creer que Jesús no es más que un maestro de sabiduría, la gracia una forma de método Coué o Dios el nombre que damos a una instancia de nuestro espíritu. En este momento de mi vida, yo me opongo: quiero formar parte de la otra familia.


INCIPIT 1.255. EL LIBRO DEL GENESIS LIBERADO


CUANDO, AL PRINCIPIO, Elohim creó los cielos y la tierra, la tierra no tenía forma ni orden, la oscuridad cubría la superficie del abismo y el espíritu de Elohim revoloteaba sobre la superficie de las aguas. Y entonces dijo Elohim:

-¡Que haya luz!

Y hubo luz. Y Elohim vio que la luz era buena, y separó Elohim la luz de la oscuridad; a la luz la llamó día y a la oscuridad la llamó noche. Y anocheció, y amaneció. Día uno.

Y dijo Elohim:

-¡Q¡e haya una bóveda en medio de las aguas para que separe unas aguas de las otras!

Y creó Elohim la bóveda, separando así las aguas de debajo de las de arriba. Y a la bóveda Elohim la llamó cielos. Y anocheció, y amaneció. Día dos.

A continuación, dijo Elohim:

-¡Q¡e se reúnan en un solo lugar las aguas que están debajo de los cielos para que aparezca lo seco!

Y así se hizo. Y Elohim llamó a lo seco tierra, y a la reunión de aguas la llamó mares. Y Elohim vio que aquello estaba bien.

Y dijo Elohim:

-Qie la tierra haga brotar verdor, hierba de la que surjan plantas, y que los árboles frutales den sobre la tierra frutos según la naturaleza de sus semillas.


LA TRANSUBSTANCIACION


El Reino, Carrère, p. 84

Sabemos cómo se hace esto. Comenzó hace dos mil años y no se ha interrumpido nunca. Antiguamente, y todavía hoy en algunos ritos, se practicaba realmente con pan: el pan más vulgar, el que amasa el panadero. Hoy, entre los católicos, son esas pequeñas obleas blancas, de consistencia y sabor a cartón, que llamamos hostias. En un momento de la misa, el sacerdote declara que se han convertido en el cuerpo de Cristo. Los feligreses hacen cola para recibir cada uno la suya, en la lengua o en el hueco de la mano. Vuelven a su sitio bajando los ojos, pensativos y, si creen en ello, interiormente transformados. Este rito de una rareza inverosímil, que se refiere a un acontecimiento preciso, sucedido hacia el año 30 de nuestra era y que constituye la médula del culto cristiano, lo celebran actualmente en todo el mundo centenares de millones de personas que, como diría Patrick Blossier, no están, por lo demás, locos. Algunas, como mi suegra o mi madrina, lo practican todos los días sin falta, y si por casualidad están enfermas hasta el punto de no poder acudir a la iglesia hacen que les lleven el sacramento a su domicilio. Lo más extraño es que la hostia no es nada más que pan. Sería casi tranquilizador que fuese un hongo alucinógeno o un secante impregnado de LSD, pero no: es solamente pan. Al mismo tiempo es Cristo.

Es obvio que se puede dar a este ritual un sentido simbólico y conmemorativo. El propio Jesús lo dijo: «Haced esto en memoria mía.» Es la versión light del asunto, la que no escandaliza a la razón. Pero el cristiano hard cree en la realidad de la transubstanciación, ya que es así como la Iglesia denomina a este fenómeno sobrenatural. Cree en la presencia real de Cristo en la hostia. Sobre esta línea de cresta se opera la división entre dos familias espirituales. Creer que la eucaristía es sólo un símbolo es como creer que Jesús no es más que un maestro de sabiduría, la gracia una forma de método Coué o Dios el nombre que damos a una instancia de nuestro espíritu. En este momento de mi vida, yo me opongo: quiero formar parte de la otra familia.


DEL CUERPO


Fin, KO Knausgard, p. 583
Cuatrocientos años después lo extraño no parece el fenómeno en sí, sino que no sé hubiese producido antes. ¡Qué era lo que impedía a las gentes de la Edad Media investigar el interior del cuerpo? Mediante su arte de embalsamiento, los egipcios lo conocían bien, pero nunca se interesaron por cómo funcionaban e interactuaban los órganos, ya que lo que les preocupaba era la muerte y el respeto por ella. Los griegos, con los que el oficio de médico pasó de ser una actividad de brujo a convertirse en un ejercicio racional, basaban sus conocimientos del interior del cuerpo humano en lo que podían ver y entender del interior  de los animales, y en lo que se veía en accidentes y guerras, me imagino, cuando el cuerpo se abría de distintos modos. El cerebro en un cráneo destrozado, los intestinos en un vientre abierto en canal, los huesos y tendones de la superficie de un brazo o píe amputado. No se les ocurrió que ellos también podían descuartizar uno o dos cadáveres y luego investigar tranquilamente lo que había dentro. Esa idea tenía que resultar imposible, porque curiosidad intelectual no les faltaba.
¿Por qué era un pensamiento imposible?
Tal vez consideraran el cuerpo y la vida un todo, de tal modo que dividirlo no tenía ningún sentido. Tal vez no supieran que la vida de un cuerpo podía prolongarse si se conseguían más conocimientos detallados sobre él diseccionando otro. Tal vez no vieran valor a prolongar la vida. O quizá simplemente consideraran el interior del cuerpo como algo inviolable. Fuera cual fuera la razón, ellos no diseccionaron personas muertas, y tenían pocos conocimientos sobre las funciones de los órganos internos. Sus textos médicos y biológicos, llenos de inexactitudes y conjeturas, pero a pesar de todo sorprendentemente fiables, teniendo en cuenta sus escasos conocimientos empíricos, fueron normativos durante los siglos anteriores al Renacimiento, en que seguían teniendo tanto peso que los estudios anatómicos tanto de Durero como de Leonardo, realizados teniendo delante los cuerpos, contienen errores, detalles que pertenecen a la literatura médica y no al cuerpo, lo que, dicho de otra manera, significa que lo que sabían superaba a lo que de hecho veían.

DIOS


Némesis, Philip Roth, p. 197
Dios mató a mi madre cuando estaba dando a luz. Dios me dio un ladrón por padre. Cuando era veinteañero, Dios me dio la polio, que contagié a mi vez a una docena de niños, probablemente más, incluida la hermana de Marcia, incluido usted, casi con toda seguridad. Incluido Donald Kaplow, que murió en un pulmón de acero en el hospital de Stroudsburg, en agosto de 1944. ¿Hasta dónde debería llegar mi amargura? Dígamelo usted. -Lo díjo de un modo cáustico, en el mismo tono en que había afirmado que un día el Dios de Marcia la traicionaría y también le clavaría un cuchillo en la espalda.
-No seré yo quien culpe a una víctima de la polio, joven o mayor, por no poder superar totalmente la angustia de una enfermedad que jamás termina -repliqué-. Claro que uno se amarga al pensar que es permanente. Pero, al cabo del tiempo, tiene que haber algo más. Habla usted de Dios. ¿Cree todavía en ese Dios al que menosprecia?
-Sí. Alguien ha tenido que hacer el mundo.
-Dios el gran criminal-dije-. Pero si Dios es el criminal, no es posible que usted lo sea también.
-De acuerdo, es un enigma médico. Soy un enigma médico -replicó Bucky confusamente.
¿Quería decir tal vez que era un enigma teológico? ¿Era esa su versión de la doctrina gnóstica propia de un hombre corriente, con un Demiurgo maligno incluido? ¿Es la divinidad adversa a nuestra existencia en la tierra? Desde luego, las pruebas que su experiencia le permitia presentar no eran desdeñables. Solo un demonio podía inventar la polio. Solo un demonio podía inventar a Horace. Solo un demonio podía inventar la Segunda Guerra Mundial. Súmalo todo, y el demonio vence. El demonio es omnipotente. El concepto que Bucky tenía de Dios, tal como yo lo entendía, era el de un ser omnipotente cuya naturaleza y cuyos propósitos no era posible aducir con la dudosa evidencia bíblica sino mediante una irrefutable prueba histórica, recogida durante una vida pasada en este planeta en pleno siglo xx. Su concepto de Dios era el de un ser omnipotente no constituido por la unión de tres personas en una divinidad, como en el cristianismo, sino de dos: un jodido enfermo y un genio maligno.

REDIOS

4321 de Paul Auster, p. 271
Eso tampoco importa. Una de dos: o bien coges la principal o la secundaria, y cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Digamos que eliges la carretera principal y llegas a tiempo a la cita. Ya no pensarás si has elegido bien, ¿verdad? Y si vas por la carretera secundaria y llegas a tiempo, una vez más, ningún problema, y nunca volverás a pensar en ello durante el resto de tu vida. Pero ahora es cuando la cosa se pone interesante. Coges la carretera principal, hay un choque múltiple de tres vehículos, el tráfico queda colapsado durante más de una hora, y mientras estás sentado en el coche lo único en que piensas es en la carretera secundaria y en por qué no has ido por ese camino. Te maldecirás a ti mismo por no haber elegido bien y, sin embargo, ¿cómo ibas a saber que no era la elección acertada? ¿Acaso puedes ver la carretera secundaria? ¿Saber lo que está pasando allí? ¿Te ha dicho alguien que una enorme secuoya se ha caído en medio de esa carretera y ha aplastado un coche que pasaba, matando al conductor y parando el tráfico durante tres horas y media? ¿Ha consultado alguien el reloj y te ha dicho que si hubieras ido por la carretera secundaria el coche aplastado sería el tuyo y el muerto serías tú? O de otro modo: no se ha caído ningún árbol y coger la carretera principal ha sido la elección errónea. O si no: coges la carretera secundaria y el árbol se cae sobre el conductor que va justo delante de ti, y mientras estás sentado en el coche deseando haber ido por la carretera principal, no sabes nada de la colisión en cadena de los tres vehículos que de todas formas te habría hecho llegar tarde a la cita. O incluso: no se ha producido ningún accidente múltiple y coger la carretera secundaria ha sido la mala elección.
¿Qué sentido tiene todo eso, Archie?
Te estoy diciendo que nunca sabes si has elegido bien o mal. Para saberlo, tendrías que conocer todos los hechos de antemano, y la única forma de conocer todos los hechos de antemano es estar en dos sitios a la vez, cosa que es imposible.
¿Y?

Y por eso es por lo que la gente cree en Dios.

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

4321 de Paul Auster, p.219-220
Dios había sido injusto con él, y ahora Dios se esforzaba en compensarlo tratándolo con divina clemencia y delicadeza. Si la voz ya no podía decirle lo que necesitaba saber, tal vez Dios podría comunicarse con él de otra forma, mediante alguna señal inaudible que demostrara que seguía escuchando sus pensamientos, y así se inició la última etapa de su prolongada indagación teológica, los meses de silenciosa oración en que suplicaba a Dios que se le manifestara o renunciase a Su derecho de llevar el nombre de Dios. Ferguson no pedía una grandiosa revelación bíblica, un trueno poderoso o la súbita partición de los mares, no, se contentaría con algo más modesto, un milagro infinitesimal del que sólo él fuese consciente: que el viento de pronto soplara lo bastante fuerte para hacer que un errante trozo de papel cruzara la calle antes de que el semáforo cambiara de color, que su reloj dejara de andar durante diez segundos para luego ponerse de nuevo en marcha, que una solitaria gota de lluvia cayera de un cielo sin nubes para depositarse en su dedo, que su madre pronunciara la palabra misterioso dentro de treinta segundos, que la radio se encendiera sola, que diecisiete personas pasaran frente a la ventana durante minuto y medio a partir de aquel mismo momento, que el petirrojo de Central Park sacara un gusano entre la hierba antes de que otro avión pasara por encima, que tres coches  tocaran el claxon al mismo tiempo, que el libro se le cayera de las manos abriéndose por la página 97, que el periódico de la mañana llevara una fecha errónea, que se encontrara una moneda de veinticinco centavos en la acera al bajar la vista a sus pies, que los Dodgers anotaran tres carreras al final de la novena y ganasen el partido, que el gato de su tía abuela Pearlle guiñara el ojo, que todos los presentes en la habitación bostezaran al mismo tiempo, que todos los presentes en la habitación soltaran una carcajada al mismo tiempo, que nadie en la habitación hiciera un solo ruido durante treinta y tres segundos y un tercio. Una por una, Ferguson deseaba que ocurrieran esas cosas, ésas y otras muchas, y cuando ninguna ocurrió a lo largo de seis meses de muda súplica, dejó de desear nada y apartó a Dios de sus pensamientos.

JUDAS ISCARIOTE

Borges esencial, p. 119
La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1 857 ). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso  acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: el Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de codos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación.
(En la foto Harvey Keytel en la película de Scorsese)

PETRUS CHRISTUS

Nada que temer, Julian Barnes, p. 72
¿Tiene importancia que saquemos la religión fuera del arte religioso, que la reduzcamos a la categoría estética de simples colores, estructuras, sonidos, y cuyo significado esencial es tan lejano como un recuerdo de la infancia? ¿O es una pregunta ociosa, puesto que no tenemos alternativa? Fingir creencias que no profesas durante el Réquiem de Mozart es como fingir que te parecen graciosos los chistes de cuernos de Shakespeare (aunque algunos espectadores siguen riéndose sin parar). Hace unos años yo estaba en la galería de arte municipal de Birmingham. En una esquina, dentro de una vitrina, hay un cuadro pequeño e intenso de Petrus Chrístus en el que Cristo muestra sus heridas: con el índice y el pulgar extendidos indica el lugar traspasado por la lanza; hasta nos invita a medir el corte. Su corona de espinas se ha convertido en una dorada aureola de gloria, como de azúcar hilada. Dos santos le escoltan,  uno con un lirio y el otro con una espada, y retiran las cortinas verdes de terciopelo de un proscenio extrañamente doméstico. Cuando yo retrocedía después de mi inspección, advertí que un padre y un niño con chándal corrían hacia mí a un trote vivo de gente que odia el arte. El padre, provisto de mejores zapatillas y mayor resistencia, llevaba un metro o dos de ventaja cuando doblaron la esquina. El chico echó una ojeada a la vitrina y preguntó, con un fuerte   acento de Birmingham: «Papá, ¿por qué ese hombre se agarra el pecho? » El padre, sin reducir la marcha, lanzó un vistazo rápido hacia atrás y una respuesta instantánea: «No sé”

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Nada que temer, Julian Barnes, p. 32
Quizá debido a mi condición de paria, en ocasiones reconocía ante mí las frustraciones y restricciones de la vida sacerdotal. Un día me confesó con cautela: “No pensarás que soportaría todo esto si no creyera que al final está el paraíso, verdad?''

En aquel entonces, en parte me impresionaba este pensamiento  práctico y en parte me horrorizaba una vida malgastada  por una vana esperanza. Pero el cálculo de Pere de Goesbriand tenía una historia distinguida, y yo podría haber descubierto en ella una versión prosaica de la famosa apuesta de Pascal. Parece una apuesta sencilla. Si eres creyente y resulta que Dios existe, ganas. Si crees y resulta que Dios no existe, pierdes, pero no es ni la mitad de malo de lo que sería decidir no creer y descubrir después de la muerte que Dios sí existe. No es quizá tanto un argumento de lo que un ejemplo de posicionamiento interesado, digno del cuerpo diplomático francés; aunque la apuesta primordial sobre la existencia de Dios depende de una segunda y simultánea apuesta sobre Su naturaleza. ¿Y si Dios no es como imaginamos? ¿Y si, por ejemplo, desaprueba a los que apuestan, sobre todo a aquellos cuya supuesta  creencia en Él depende de una mentalidad de juego de azar? ¿Y quién decide quién gana? No nosotros: Dios quizá prefiera al dubitativo sincero que al adulador oportunista.

ETANT DONNES

De El día que Nietzsche lloró de Irvin D. Yalom, p. 310-311
-Es más que una fantasía -insistió Nietzsche-, es más aún que un experimento mental. ¡Escuche mis palabras! ¡Expulse todo lo demás! Piense en el infinito. Mire hacia atrás: imagínese mirando hacia atrás. El tiempo se extiende hacia atrás durante toda la eternidad. Y si el tiempo se extiende hacia atrás, ¿no es posible que lo que pueda pasar haya pasado ya? ¿No es posible que todo lo que ocurre ahora haya sucedido antes? Quienes recorren este sendero, ¿no pueden haberlo recorrido antes? Y si todo ha sucedido antes en el infinito del tiempo, ¿qué piensa usted entonces de este momento, de esta conversación bajo la bóveda de los árboles? ¿No puede esto haber sucedido antes? Y el tiempo que se extiende infinitamente hacia atrás, ¿acaso no puede también extenderse infinitamente hacia delante? ¿No podemos nosotros, en este momento, en todos los momentos, retornar eternamente?
Nietzsche guardó silencio con el fin de dar tiempo a  Breuer para que asimilara su mensaje. Era mediodía, pero el cielo se había oscurecido. Y una nieve ligera empezaba a caer. El coche y Fishchmann surgieron ante sus ojos. En el viaje de regreso a la clínica, los dos hombres  reanudaron la charla. Nietzsche sostuvo que, aunque lo denominaba un experimento mental, su teoría del eterno retorno podía ser científicamente demostrada. Breuer se mostró escéptico con respecto a la prueba que aducía Nietzsche, que estaba basada en dos principios metafísicos: que el tiempo es infinito y que la fuerza (materia básica del universo) es finita. Dado un número finito de estados potenciales del mundo y una cantidad infinita de tiempo transcurrido, se deduce, según NietzSche, que todos los estados posibles ya deben de haber ocurrido, y que el estado actual debe de ser una repetición. De igual manera, el estado que le dio origen y el que surge de éste, etc., etc., hacia atrás en el pasado y hada delante en el futuro.
La perplejidad de Breuer aumentó.
¿Quiere decir que por una simple ocurrencia del azat este momento preciso puede haber ocurrido antes?
-Piense en el tiempo que siempre ha sido, en el tiempo que se extiende hacia atrás hacia la eternidad. En este tiempo infinito, ¿no pueden haberse repetido un número infinito de veces las distintas combinaciones de todos los acontecimientos que constituyen el mundo?
~¿Como un gran juego de dados?

DIOS Y LA FISICA

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 46
Profundamente sugestiva, decimos, en el sentido de la inquietud, del miedo. Automáticamente nos hemos visto obligados a verificarla, a disponer las palabras sobre una hoja de papel con un ritmo de dicción y de visión. Extraña operación, y gratuita, se dirá: pero el hecho es que al transmitirla hemos sentido crecer en nosotros la inquietud, el miedo. Y probad también vosotros si os parece: os encontraréis ante un tremendo epigrama. (Y decimos epigrama en su significado de composición poética breve y llena de conceptos; aunque, ¿quién sabe?, también irónica, también burlesca.)

Su hermana María recuerda que Ettore, durante aquellos años, decía frecuentemente: «La física anda por un camino equivocado», o (no lo recuerda exactamente) “Los físicos andan por un camino equivocado”; y seguro que no se refería a la investigación en sí, a los resultados experimentados o en vía de experimentación de esa investigación. Se refería posiblemente a la vida y a la muerte, quería decir, posiblemente, lo que el físico alemán Otto Hahn se dice que había dicho cuando, a principios de 1939, se empezó a hablar de la «liberación de la energía atómica»: ¡Pero esto no puede quererlo Dios!

EL CONDENADOR

De Campo de retamas de RSFerlosio, p.37
Sentado como en un escabel en la parte alta del centro del cuadro y con un tamaño algo mayor que el de las figuras que lo rodean, Cristo aparece semidesnudo, cubiertos sólo el hombro izquierdo y el regazo, el cuerpo levemente escorado hacia la izquierda como acompañando al rostro, que forma ya un perfil de algo más de tres cuartos hacia ese mismo lado; del poderoso torso se levanta el brazo derecho, bien musculado, formando un ángulo algo menos que recto con el antebrazo, que remata en la mano abierta, con los dedos separados pero curvados en forma de concha, como formando un espejo cóncavo que concentrase los rayos de luz, ahora rayos de ira, hacia el mismo rincón inferior de la izquierda al que apunta la mirada: el rincón más oscuro del cuadro, donde se retuercen los réprobos: la mano del Salvador no está salvando, está condenando. 

LA VISION DE EZEQUIEL

De Un hombre enamorado de KO Knausgard, p.352
Al día siguiente volví al despacho y seguí escribiendo la historia sobre Ezequiel que había iniciado, para intentar convertir el material sobre ángeles en una historia, como Thure Erik había sugerido, y no sólo un repaso ensayístico de los ángeles como fenómeno. Las visiones de Ezequiel eran grandiosas y enigmáticas, y la orden del Señor de que se comiera el libro enrollado para convertir así las palabras en carne y hueso, me resultaba completamente irresistible. Al mismo tiempo, aparecía en la escritura el propio Ezequiel, el profeta enajenado con sus visiones escatológicas, rodeado de la vida cotidiana de los pobres, con todo lo que ello conllevaba de dudas, escepticismo y repentinos cambios entre el interior de las visiones, en las que los ángeles arden y los seres humanos son objeto de una matanza, y el exterior de las mismas, donde aparece Ezequiel con un ladrillo que se supone que es Jerusalén, dibujando figuras que pretenden ser ejércitos, alcázares y parapetos, todo por orden del Señor, delante de su casa, ante los ojos de los hombres de la ciudad. Los detalles concretos de la resurrección: “¡Huesos secos, oíd la palabra de Yahvé. Así dice el Señor Yahvé a estos huesos: Yo voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis. Y pondré sobre vosotros nervios, os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel”. Y entonces cuando está concluido: “Revivieron y se pusieron de pie, un ejército grande en extremo”

El ejército de los muertos.

EDEN




De Todo lo que hay, de James Salter, p. 81
Edén

En la pequeña casa blanca de Piermont, en compañía de su mujer y de Lean, Eddins llevaba la vida de un rey filósofo. La casa seguía amueblada de forma muy austera. Había dos viejas sillas de enea con cojines cerca del sofá y una raída alfombra oriental. Había libros, dos mesillas de noche de bambú y una atmósfera de armonía. No les faltaba nada. En la cocina, que también era el comedor, estaba la mesa donde Eddins solía sentarse a leer con un cigarrillo humeante en una boquilla de ámbar y la grata sensación de que la casa descansaba en cierto modo sobre sus hombros, mientras su mujer y Lean dormían en el piso de arriba. El, como Atlas, la sostenía.

HACE DOS MIL AÑOS, EN UNA ROMA MUY LEJANA...

De Las tabilllas de boj de Apronenia Avitia de Pascal Quignard, p.52
XXXVII. Controversia teológica
-Desde Juliano, los dioses nos han abandonado -dijo C. Baso.
-Dios nos ha abandonado desde Augusto –dijo M. Polio.
-Los dioses nos abandonaron después de Numa -dijo Ti. Sosibiano.

-Dios nos ha tenido abandonados desde siempre -dijo P. Saufeyo.

INFANCIA

De Noticias de interior de Paul Auster, p. 17-18

El Dios que estaba en todas partes y reinaba en todas las cosas no era un poder de bondad ni amor sino de miedo. Dios era la culpa. Dios era el capitán de la policía celestial del  pensamiento, el invisible y todopoderoso que podía entrar en tu cabeza y ver todo lo que pensabas, que podía oírte hablar contigo mismo y traducir el silencio a palabras. Dios siempre estaba vigilando, no dejaba de escuchar, y por tanto tenías que hacer gala de tu mejor  comportamiento en todo momento. Si no, horrorosos castigos caerían sobre ti, tormentos indecibles, cautiverio en la mazmorra más oscura, condenado a vivir a pan yagua por el resto de rus días. Cuando fuiste lo bastante mayor para ir al colegio, descubriste que todo acto de rebelión acababa aplastado. Veías cómo rus compañeros quebrantaban las normas con ingenio y brillantez, inventando formas nuevas y cada vez más taimadas de crear el caos a espaldas de los maestros para salir continuamente impunes, mientras que a ti, siempre que sucumbías a la tentación y participabas en aquellas diabluras, acababan cogiéndote y castigándote. Sin falta. Ningún talento para las travesuras, lamentablemente, y re imaginabas a un Dios colérico   burlándose de ti con un arrebato de carcajadas desdeñosas, comprendías que tenías que ser bueno ... o atenerte a las consecuencias.

DIOS

De Un corazón sencillo de Flaubert, p. 68-69 (Valdemar)
En la iglesia, siempre contemplaba al Espíritu Santo, y observó que tenía cierto parecido con el loro. Su semejanza le resultó aún más manifiesta en una imagen de Épinal que representaba el bautismo de Nuestro Señor. Con sus alas de púrpura y su cuerpo de esmeralda, era verdaderamente el retrato de Lulú.


Lo compró, y luego lo colgó en lugar del conde de Artois; de manera que, de un solo vistazo, los tenía a los dos. Se asociaron en su pensamiento, de modo que el loro se encontró santificado por aquella relación con el Espíritu Santo, que así se hada más vivo e inteligible. El Padre, para enunciarse, no había podido elegir una paloma, puesto que esos animales no tienen voz, sino más bien a uno de los ancestros de Lulú. Y Félicité rezaba mirando la imagen, pero de cuando en cuando se volvía un poco hacia el pájaro.



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