Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS


Huaco retrato, Gabriela Wiener,p 113

El racismo científico vivió su apogeo en el siglo XIX gracias a los avances en varias ramas del conocimiento ilustrado que ayudaron a crear las bases de una concepción racista de las sociedades. Biólogos y antropólogos se aplicaron en dividir la especie humana en clases a partir de su color de piel y otros rasgos físicos, estableciendo una jerarquía entre personas y otorgándole a la raza blanca la supremacía. Fue en la segunda mitad de la centuria que los imperios europeos usaron estas teorías para justificar la explotación colonial y las políticas genocidas en América, Asia, Oceanía y sobre todo en África. En 1885 se legalizó el reparto de África en la Conferencia de Berlín, un encuentro entre doce países europeos, Estados Unidos y el imperio otomano para atribuirse derechos territoriales exclusivos sobre este continente sin preguntárselo a los pueblos que lo habitaban. Esta visión del mundo legitimó que el rey Leopoldo II de Bélgica se quedara el Congo como propiedad privada, su parque de diversiones personal para esclavizar, torturar y asesinar sanguinariamente congoleños. Francia conquistó Madagascar y destruyó Tombuctú y el Reino de Dahomey. Gran Bretaña hizo lo mismo con  Benín. En 1906, en la Conferencia de Algeciras, Francia y España se repartieron Marruecos.


INCIPIT 1.493. SUSPENSE / JOSPEH CONRAD


En la ladera de una árida montaña, cuya cresta pelada dibujaba en lo alto del cielo oscuro un contorno resplandeciente y fantasmal, un brillo enrojecía las fachadas de los palacetes de mármol que allí se agolpaban. El sol invernal se estaba poniendo por el Golfo de Génova. Más allá de la inmensa costa, hacia el este, el cielo era como un cristal oscurecido. También el mar abierto aparecía cristalino con una pátina púrpura en la que la luz de la tarde se demoraba como si quisiera aferrarse al agua. Las velas sin viento de unas cuantas feluccas lucían rosadas y alegres, inmóviles en la penumbra que iba adueñándose de todo. Todas las proas se dirigían hacia la soberbia ciudad. Al abrigo del largo embarcadero que tenía una torre circular y achaparrada en el extremo, el agua del puerto se había ennegrecido. Una embarcación mayor con velas cuadradas salía de él y, frenada de repente por la llegada de la calma, encaraba el rojo disco del Sol.


INFANCIA


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 47

No sé de qué manera, pero la rupia y el cronómetro de oro irán conmigo juntos ya para siempre, como signos desesperados de nobleza y honor. Pequeños gestos, oscuros símbolos, que encierran algo esencial y misterioso de la naturaleza humana. Como dice Juan Benet: «La conciencia atesora lo incomprensible».

También van juntos en mi memoria, formando un trío inseparable, Stevie, Ike y Alfanhuí, los personajes de Conrad (El agente secreto), de Faulkner (El villorrio) y de Sánchez Ferlosio. Tres niños que representan mejor que nadie la inocencia primordial de esa edad en que aún somos naturaleza, en que amamos la vida más que su sentido, y a las cosas y a los hechos por sí mismos y no por su finalidad. Cuando los animales son nuestros semejantes, el caballo semejante de Stevie, la vaca de Ike, los bueyes de Alfanhuí. Juntos van conmigo, y con mi propia infancia, inseparables cofrades no contaminados aún por la condena del pan y del sudor, ni por el pacto de la razón con la necesidad de vivir con cordura y provecho ...


LA LINEA DE SOMBRA


Desde dentro, Martin Amis

La línea de sombra se escribió en el segundo año de la Primera Guerra Mundial y Conrad, su autor, se la dedica a su hijo Borys, a punto de alistarse con diecisiete años. Borys sobrevivió, y sobrevivió, gaseado, herido y con estrés postraumático, a la batalla del Somme. Conrad, afligido y perturbado («Esta inutilidad mía me está desquiciando»), pudo al menos defender la solidaridad paternal en esta novela breve tenebrosa y autobiográfica sobre un episodio crítico clave en su vida: su primer mando, en el mar de la China Meridional (era el año 1887, cuando Conrad iba a cumplir los treinta). «A Borys y a todos los que como él -reza la dedicatoria- atravesaron en la primera juventud la línea de sombra de su generación, CON AMOR.» No es casual que La línea de sombra sea también uno de los testamentos más virulenrarnente ateos escritos en inglés. Dice el autor en la nota introductoria:

No, mi conciencia de lo maravilloso es lo bastante sólida como para dejarme fascinar por lo meramente sobrenatural, que no es (se mire por donde se mire) sino un artículo manufacturado, una invención de mentes insensibles a las íntimas sutilezas de nuestra relación con los muertos y con los vivos, en sus incontables multitudes; una profanación de nuestros recuerdos más tiernos; un ultraje a nuestra dignidad.


INCIPIT 874. EL NEGRO DEL NARCISSUS / JOSEPH CONRAD


El señor Baker, primer oficial del barco Narcissus, franqueó de una zancada el umbral de su camarote iluminado y se encontró en la oscuridad del alcázar. Sobre su cabeza, en el frontón de la toldilla, el sereno tocó dos campanadas. Eran las nueve. El señor Baker, hablando desde abajo, preguntó:
-¿Todo el mundo a bordo, Knowles?
El hombre bajó rengueando la escalera, luego dijo reflexivamente: -Me parece que sí, señor. Todos los antiguos ya han venido y muchos de los nuevos también ... Deben de estar todos. -Dile al contramaestre que envíe a todos a popa –continuó el señor Baker-; y hazme traer una buena lámpara. Voy a pasar lista a nuestra gente.
En la cubierta mayor había gran oscuridad en popa, pero poco más allá, por las puertas abiertas del castillo de proa, dos franjas de viva luz rasgaban las tinieblas de la noche tranquila que envolvía el navío. Se oía allí un zumbido de voces, en tanto que a babor y estribor, en el rectángulo luminoso de las puertas, siluetas móviles aparecían un instante, negrísimas, sin relieve, como figuras recortadas en hojalata. El barco estaba a son de mar. El carpintero había encajado la última cuña que condenaba la escotilla mayor, y tirando su maza se había enjugado la frente con lentitud ceremoniosa, al darse el toque de las cinco.

INCIPIT 544. LA LOCURA DE ALMAYER / JOSEPH CONRAD

-¡Kaspar! ¡Makan!
La aguda voz familiar sacó a Almayer de su sueño, y volvió desde un espléndido porvenir a la desagradable realidad del presente. Una voz que también era desagradable. La había oído durante muchos años, y cada año le gustaba menos. No importaba, todo se acabaría muy pronto.

Se revolvió con inquietud, pero no hizo caso a la llamada. Acodado a la balaustrada del porche, continuó mirando fijamente el gran río que fluía, indiferente y apresurado, ante sus ojos. Le gustaba observarlo al atardecer, quizá porque a esa hora el sol del ocaso extendía un brillante tinte dorado sobre las aguas del Pantai, y los pensamientos de Almayer estaban a menudo centrados en el oro; en el oro que no había podido obtener; en el oro que otros habían obtenido, fraudulentamente, por supuesto; y en el oro que tenía la intención de conseguir por medio de sus propios honestos esfuerzos

INCIPIT 403. LA LOCURA DE ALMAYER / JOSEPH CONRAD



I
-¡Kaspar! ¡Makan!
La voz familiar y penetrante sacó a Almayer de su sueño de grandezas futuras, restituyéndole a las desagradables realidades de la hora presente. También la voz era desagradable. La había oído durante muchos años, y cada vez le gustaba menos. No importaba: todo aquello tendría un próximo fin.
Mostró su irritación con un gesto, pero no hizo caso del llamamiento. Apoyándose con ambos codos en el antepechodel porche continuó mirando de hito en hito al gran río que corría -indiferente y rápido- ante sus ojos. Le gustaba contemplarlo durante el ocaso, quizá porque a aquella hora el sol poniente teñía de oro encendido las aguas del Pantai: el oro que tan a menudo ocupaba los pensamientos de Almayer; el oro que él no había logrado adquirir; el oro que otros habían ganado -por medios infames desde luego-, pero que él pensaba alcanzar aún, con su honrado trabajo, para
sí mismo y para Nina. Almayer se abismaba en su sueño de riqueza y poder, lejos de esta costa donde había pasado tantos años, olvidando las amarguras de las fatigas sufridas, con la visión de una gran y espléndida recompensa.

EL ARTE POR EL ARTE

Carta de Conrad a Sir Sydney Colvin


“Tal vez no me encuentre usted demasiado presuntuoso si, al cabo de veintidós años de trabajo, me atrevo a decir que no he acabado de ser comprendido. Se me ha llamado un escritor del mar, de los trópicos, un escritor descriptivo, un escritor romántico, y también un realista. Pero, a decir verdad, toda mi preocupación ha sido el valor ideal de las cosas, de los acontecimientos y de las personas. Esto, y nada más. Los aspectos irónicos, apasionados, sentimentales, se han presentado por sí solos, mais en vérité, c' est les valeurs idéales des faits et gestes humains qui se sont imposés a mon activité artistique. Sean cuales fueren las dotes de dramaturgo o de cuentista que pueda yo tener, siempre han sido instintivamente empleados con el único objeto de alcanzar y reproducir los valores ideales”

KURTZ

De El corazón de las tinieblas de Jospeh Conrad


En cuanto a mí, me pareció ver por primera vez a Kurtz. Fue un vislumbre preciso: la canoa, cuatro remeros salvajes; el blanco solitario que de pronto le daba la espalda a las oficinas principales, al descanso, tal vez a la idea del hogar, y volvía en cambio el rostro hacia lo más profundo de la selva, hacia su campamento vacío y desolado. Yo no conocía el motivo . Era posible que sólo se tratara de un buen sujeto que se había entusiasmado con su trabajo. Su nombre, sabéis, no había sido pronunciado ni una sola vez durante la conversación. Se referían a "aquel hombre". El mestizo que, según podía yo entender, había realizado con gran prudencia y valor aquel difícil viaje era invariablemente llamado "ese canalla". El "canalla" había informado que" aquel hombre" había estado muy enfermo; aún no se había restablecido del todo ... Los dos hombres debajo de mí se alejaron unos pasos; paseaban de un lado a otro a cierta distancia . Escuché: "puesto militar... médico... doscientas millas ... ahora completamente solo ... plazos inevitables ... nueve meses ... ninguna noticia ... extraños
rumores". Volvieron a acercarse. Precisamente en esos momentos decía el director: "Nadie, que yo sepa, a menos que sea una especie de mercader ambulante, un tipo malvado que les arrebata el marfil a los nativos".

DEL AHORA Y DEL AYER

Hizo una pausa.

-Tened en cuenta -comenzó de nuevo, levantando un brazo desde el codo, la palma de la mano hacia fuera, de modo que con los pies cruzados ante sí parecía un buda predicando, vestido a la europea y sin la flor de loto en la mano-, tened en cuenta que a ninguno de nosotros le sería posible conocer esa experiencia. Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia ... el culto por la eficiencia. Pero aquellos jóvenes, en realidad no tenían demasiado en qué apoyarse. No eran colonizadores; su administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran conquistadores, yeso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que puede uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros. Se apoderaban de todo lo que podían. Aquello era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala, y los hombres hacían aquello ciegamente, como es natural entre quienes se debaten en la oscuridad. La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras , no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio .. .

INCIPIT 268. EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS / JOSEPH CONRAD

El Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el ancla sin una sola vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado, casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea.


El estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un interminable camino de agua. A lo lejos, el cielo y el mar se unían sin ninguna interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los navíos que subían con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aún, parecía condensarse en una lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande y poderosa del universo.

El director de las compañías era a la vez nuestro capitán y nuestro anfitrión. Nosotros cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en la proa, contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera la mitad de su aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la personificación de todo aquello en lo que se puede confiar. Era difícil comprender que su oficio no se encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino atrás, en la ciudad cubierta por la niebla.

Existía entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo del mar. Además de mantener nuestros corazones unidos

CONRADIANA

De El sueño del celta de Mario Vargas Llosa, p.72-73
La memoria le devolvió a Roger el recuerdo de aquel día de junio de 1890 cuando, transpirando por el húmedo calor del verano que empezaba y fastidiado por las picaduras de los mosquitos que se encarnizaban contra su piel de extranjero, llegó a Matadi ese joven capitán de la marina mercante británica. Treintañero de frente despejada, barbita negrísima, cuerpo recio y ojos hundidos, se llamaba Konrad Korzeniowski y era polaco, nacionalizado inglés hacía pocos años. Contratado por la Sociedad Anónima Belga para el Comercio con el Alto Congo, venía a servir como capitán de uno de los vaporcitos que llevaban y traían mercancías y comerciantes entre Leopoidville-Kinshasa y las lejanas cataratas de Stanley Falls, en Kisangani. Era su primer destino como capitán de barco y eso lo tenía lleno de ilusiones y proyectos. Llegaba al Congo impregnado de todas las fantasías y mitos con que Leopoldo II había acuñado su figura de gran humanitario y monarca empeñado en civilizar el Africa y librar a los congoleses de la esclavitud, el paganismo y otras barbaries. Pese a su larga experiencia viajera por los mares del Asia y de América, su don de lenguas y sus lecturas, había en el polaco algo inocente e infantil que sedujo a Roger Casement de inmediato. La simpatía fue recíproca, pues, desde ese mismo día en que se conocieron hasta tres semanas después, en que Korzeniowski partió en compañía de treinta cargadores por la ruta de las caravanas hacia LeopoldvilleKinshasa, donde debía tomar el mando de su barco Le Roi des Beiges, se vieron mañana, tarde y noche.
Hicieron paseos por los alrededores de Matadi, hasta la ya inexistente Vivi, la primera y fugaz capital de la colonia, de la que no quedaban ni los escombros, y hasta la desembocadura del río Mpozo, donde, según la leyenda, los primeros rápidos y saltos de Livingstone Falis y el Caldero del Diablo habían detenido al portugués Diego Cao, hacía cuatro siglos. En la llanura de Lufundi, Roger Casement le enseñó al joven polaco el lugar donde el explorador Henry Morton Stanley construyó su primera vivienda, desaparecida años después en un incendio. Pero, sobre todo, conversaron mucho y de muchas cosas, aunque, principalmente, de lo que ocurría en ese flamante Estado Independiente del Congo que Konrad acababa de pisar y donde Roger llevaba ya seis años. A los pocos días de amistad el marino polaco se había hecho una idea muy distinta de la que traía sobre el lugar donde venía a trabajar. Y, como dijo a Roger al despedirse, en el amanecer de ese sábado 28 de junio de 1890, rumbo a los Montes de Cristal, «desvirgado». Así se 1o dijo, con su acento pedregoso y rotundo: «Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida». Y repitió, con dramatismo: «Desvirgado».

CONRADIANA

De El sueño del celta de Vargas Llosa, p.76-77

¿Qué lo había afectado tanto? ¿Descubrir que prácticas muy primitivas como la antropofagia tenían aún vigencia en algunas comunidades? ¿Que en las tribus y en los puestos comerciales todavía circulaban esclavos que cambiaban de amo por unos cuantos francos? ¿Que los supuestos libertadores sometían a los congoleses a formas todavía más crueles de opresión y servidumbre? ¿Lo había abrumado el espectáculo de las espaldas de los nativos rajadas por los chicotazos? ¿Que, por primera vez en su vida, vio a un blanco azotar a un negro hasta dejarle el cuerpo convertido en un crucigrama de heridas? No le pidió precisiones, pero, sin duda, el capitán de Le Roi des Beiges había sido testigo de cosas terribles, cuando acababa de renunciar a los tres años de contrato que tenía a fin de regresar cuanto antes a Inglaterra. Adems, le contó a Roger que en Leopoidville-Kinshasa, a su vuelta de Stanley Falis, tuvo una violenta disputa con el director de la Sociedad Anónima Belga para el Comercio con el Alto Congo, Camille Delcommune, a quien llamó «bárbaro con chaleco y sombrero». Ahora quería volver a la civilización, lo que para él quería decir Inglaterra.
—Has leído El corazón de las tinieblas? —preguntó Roger a Alice—. ¿Crees que es justa esa visión del ser humano?
—Supongo que no lo es —repuso la historiadora—. Lo discutimos mucho un martes, cuando apareció. Esa novela es una parábola según la cual Africa vuelve bárbaros a los civilizados europeos que van allá. Tu Informe sobre el Congo mostró lo contrario, más bien. Que fuimos los europeos los que llevamos allá las peores barbaries. Además, tú estuviste veinte años en el África sin volverte un salvaje. Incluso, volviste más civilizado de lo que eras cuando saliste de aquí creyendo en las virtudes del colonialismo y del Imperio.
—Conrad decía que, en el Congo, la corrupción moral del ser humano salía a la superficie. La de blancos y negros. A mí, El corazón de las tinieblas me desveló muchas veces. Yo creo que no describe el Congo, ni la realidad, ni la historia, sino el infierno. El Congo es un pretexto para expresar esa visión atroz que tienen ciertos católicos del mal absoluto.

INCIPIT 233. LA NATURALEZA DE UN CRIMEN. JOSEPH CONRAD, FORD MADOX FORD


1
Me imagino que ya estarás en Roma. Es muy curioso lo presentes que estáis para mí tanto Roma como tú. Hay un monte al que nunca se te ocurriría ir, y esto es lo curioso... Ayer, al final de la tarde, me encontraba en la cima y te vi llegar caminando desde un lugar situado en la falda del monte. Siempre es mediodía allí: ante el espectador se alzan los siete pilares del Foro, con sus capiteles entrelazados, formando un ángulo recto. En sus bases yacen algunos detritos, un león de mármol roto, y creo —no estoy seguro — que la estatua de bronce de la loba amamantando a los dos niños. Observé cómo tu vestido rozaba la hierba: era gris, de un tejido fino. No conoces, supongo, la imagen que ofreces cuando no eres consciente de ser observada. Yo te estuve observando largo rato: observé a la persona que eres para mí.
Ayer vi a tu marido en el club; me dijo que no regresarías hasta finales de abril. Cuando volví a mi aposento encontré una carta. Te hablaré de ella más tarde, te prohíbo que leas
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TRISTAN E ISOLDA

De La naturaleza de un crimen, de Jospeh Conrad y Ford Madox Ford, p.41-42
Acabo de asistir a una representación de Tristán e Isolda. Tuve que apresurarme para llegar antes de que sonasen los primeros acordes: tenía la sensación de que ibas a estar allí, sentada a mí lado como tantas otras veces. Eso, sin duda, es la pasión, la misma pasión que nos exime de responder por nuestras acciones.
No me costó encontrarte; pero encontré algo más. Siempre me ha parecido un misterio el que volvamos una y otra vez a Tristán. Algunos pasajes de esta ópera son tan insufribles como puede serlo cualquier pieza del maestro germano, y sin embargo la idea misma del filtro de amor basta para atraparnos; no nos interesa nada más que eso. Lo que de encantador y primoroso tiene al principio la relación de Tristán y la prima donna nos tiene, en efecto, sin cuidado; por lo demás, las especulaciones psicológicas del rey Marke nos resultan inverosímiles. Sin embargo, apenas han apurado enloquecidamente la copa, esas dos tétricas marionetas cobran vida: de pronto vemos a dos seres atrapados por una pasión; los observamos actuando de forma tan irracional como lo hice yo al prometer al cochero que le pagaría cinco chelines si me dejaba en el teatro antes de que comenzase la obertura
Es el filtro de amor lo que obra este milagro. Nos interesa —nos parece real— porque todo ser humano sabe lo que es actuar de forma irracional ante los embates de alguna pasión. Nos vemos arrastrados irremisiblemente; llevamos a cabo actos insensatos y actos heroicos que están ya prefijados; el otro lado de nuestro ser contraviene todas las normas de la razón y todas las que regulan la conducta. En Tristón vemos cómo una sustancia concreta, una hierba, justifica esta locura; se nos presenta un estado mental en el que la moralidad no existe ya. De modo que se nos ofrece un respiro, un descanso, un intervalo de tiempo en el que no nos sentimos oprimidos por ningún principio de conducta. Ninguna de las ideas en las cuales se refugia la imaginación exhausta de la humanidad ejerce una atracción tan universal como ésta.
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INCIPIT 231. EL REGRESO / JOSEPH CONRAD


El tren de cercanías procedente de la City surgió impetuoso del negro túnel, y con un fuerte chirriar de las ruedas se detuvo en la oscura y humeante estación de West End. Se abrieron una tras otra las compuertas de los vagones, dando paso a una multitud de viajeros; bajo los sombreros de copa aparecían unos rostros más bien pálidos de personas sanas, que llevaban abrigos de tonos oscuros, y botas lustrosas. Con las manos enguantadas sostenían delgados paraguas y los diarios de la tarde, doblados con apresuramiento, que parecían trapos apelmazados de un color entre blancuzco, rosa y verde. Junto a los demás salió Alvan Hervey, con un puro medio apagado en la boca.
Ignorada por la muchedumbre, una mujer menuda, vestida de negro deslustrado y cargada de paquetes, corrió como una loca hasta que logró encaramarse a un vagón de tercera; y entonces el

DEL MATRIMONIO, SEGÚN CONRAD

De El regreso de Joseph Conrad, p. 11-12
Una vez casados, ambos se dedicaron con bastante éxito a ampliar su círculo de amistades. Treinta personas los conocían de vista; otras veinte toleraban, con conspicuas sonrisas, su presencia ocasional bajo sus hospitalarios techos; y unas cincuenta más, como mínimo, llegaron a saber de su existencia. En este círculo ampliado trataban con hombres y mujeres encantadores, que temían más la emoción, el entusiasmo o el fracaso que a un incendio, una guerra o una enfermedad mortal; personas que únicamente toleraban la expresión más vulgar de las ideas más vulgares y que sólo aceptaban los hechos que les fueran ventajosos. Era un mundo de gente encantadora, auténtico dechado de virtudes, un mundo donde nada se realiza y donde toda alegría y tragedia se ven rebajadas, prudentemente, a mera satisfacción y molestia. En esta serena región, en que se cultivan bastante los nobles sentimientos para disimular el despiadado materialismo de las ideas y de las aspiraciones, fue donde Alvan Hervey y su esposa vivieron cinco años de comedida felicidad, jamás perturbada por duda alguna sobre el justo valor moral de su existencia. Ella, para dar rienda suelta a su personalidad, se dedicó a todo tipo de obras benéficas e ingresó en diversas sociedades protectoras y reformistas, que patrocinaban o presidían damas de la nobleza. Él se interesó de modo activo por la política; y habiendo trabado conocimiento, casualmente, con cierto hombre de letras —y que tenía parentesco con un conde— se dedicó a brindar apoyo económico a un agonizante diario de carácter mundano.

KURZ

De El corazón de las tinieblas, p.71-72
»Entonces pude ver un pequeño cuadro al óleo en un marco, representando a una mujer envuelta en telas y con los ojos vendados, que llevaba en la mano una antorcha encendida. El fondo era sombrío, casi negro. La mujer permanecía inmóvil y el efecto de la luz de la antorcha en su rostro era siniestro.
»Eso me retuvo, y él permaneció de pie por educación, sosteniendo una botella vacía de champaña (para usos medicinales) con la vela colocada encima. A mi pregunta, respondió que el señor Kurtz lo había pintado, en esa misma estación, hacía poco más de un año, mientras esperaba un medio de trasladarse a su estación comercial. ‘Dígame, por favor”, le pedí, “quién es ese señor Kurtz?”
»“El jefe de la estación interior”, respondió con sequedad, mirando hacia otro lado. “Muchas gracias”, le dije riendo, “y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación Central. Eso todo el mundo lo sabe.” Por un momento permaneció callado. “Es un prodigio”, dijo al fin. “Es un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el diablo sabe de qué más. Nosotros, necesitamos”, comenzó de pronto a declamar, “para realizar la causa que Europa nos ha confiado, por así decirlo, inteligencias superiores, gran simpatía, unidad de propósitos.”“Quién ha dicho eso?”, pregunté. “Muchos de ellos”, respondió. “Algunos hasta lo escriben; y de pronto llegó aquí él, un ser especial, como debe usted saber.”“Por qué debo saberlo?”, le interrumpí, realmente sorprendido. Él no me prestó ninguna atención. “Sí, hoy día es el jefe de la mejor estación, el año próximo será asistente en la dirección, dos años más y... pero me atrevería a decir que usted sabe en qué va a convertirse dentro de un par de años. Usted forma parte del nuevo equipo... el equipo de la virtud. La misma persona que lo envió a él lo ha recomendado muy especialmente a usted. Oh, no diga que no. Yo tengo mis propios ojos, solo en ellos confío.” La luz se hizo en mí. Las poderosas amistades de mi tía estaban produciendo un efecto inesperado en aquel joven. Estuve a punto de soltar una carcajada. “Lee usted la correspondencia confidencial de la compañía?”, le pregunté. No pudo decir una palabra. Me resultó divertido. “Cuando el señor Kurtz”, continué severamente, “sea director general, no va usted a tener oportunidad de hacerlo.”

EL CORAZON DE LA FICCION

De Fuera de la literatura, de Joseph Conrad, p. 24-25
En el corazón de la ficción, incluso de aquella que menos merece tal nombre, es posible hallar verdad de alguna clase, así sea tan sólo la verdad de un ardor pueril y teatral en el juego de la vida, como sucede en las novelas de Dumas padre. En cambio, la justa verdad de la delicadeza humana se encuentra en las novelas de Henry James, y la cómica, sugestiva verdad de la rapacidad humana que campa por sus respetos entre los despojos de la existencia pervive en el monstruoso mundo creado por Balzac. La búsqueda de la felicidad por medios legales e ilegales, a través de la resignación o la rebeldía, de la astuta manipulación de las convenciones o de la solemnidad de quien se adhiere a la última de las teorías científicas, es el único tema que legítimamente le cabe desarrollar al narrador que sea de veras cronista de las vicisitudes del género humano en medio de los peligros que abundan en el reino de la tierra. Y el reino de esta tierra en sí, el terreno sobre el que se asientan las individualidades, sobre el que tropiezan o fenecen, ha de ingresar en el plan de su crónica fiel. Abarcar todo esto en una concepción armónica es una gran hazaña; aspirar incluso a ello con seriedad de intención, y no por el insensato acicate que pueda sentir un corazón ignorante, es ambición honrosa. Y es que se precisa de valentía para adentrarse con calma allí donde cualquier mentecato temerario puede estar ansioso de precipitarse. Como ya dijo un distinguido novelista francés de éxito notable a propósito de la ficción, «C’est un art trop difficile».

CONRAD HABLA DE LOS LIBROS

De Fuera de la literatura, de Joseph Conrad, p. 23
Sobre todo de compasión. Se ha dicho hace ya mucho que tienen los libros su destino. Lo tienen, claro que sí, y se parece mucho al destino de los hombres. Con nosotros comparten la gran incertidumbre que envuelve la ignomiia o gloria la severidad de lajusticia y la insensatez de la persecuciÓfl la calumnia y el malentendido, la vergüenza del éxitO inmerecido. De todos los objetos inanimados, de todas las creaciones humanas, los libros son los más cercanos a nosotros, pues contienen nuestro pensamiento mismo, nuestras ambiciones, nuestras indignaciones, nuestras ilusiones, nuestra fidelidad a la verdad, nuestra persistente tendencia al error. Pero se nos parecen sobre todo en la precariedad con que se aferran a la vida. Un puente construido de acuerdo con las reglas del arte de la construcción de los puentes con certeza tendrá una vida larga, honorable y útil. En cambio, un libro a su manera tan bueno como ese puente bien puede perecer en la oscuridad el día mismo en que nace. El arte de sus creadores no basta para dar a los libros más que un instante de vida. Los libros que han nacido del desasosiego, de la inspiración y de la vanidad del intelecto de los hombres, aquellos que más estiman las Musas, son los que más sujetos se hallan a la amenaza de una muerte prematura. A veces son sus defectos los que han de salvarlos. A veces, un libro de agradable factura bien puede —por emplear una expresión desmedida— carecer de un alma individual. Obviamente, un libro de esa clase no puede morir. En el peor de los casos, se desmenuzará hasta no ser más que polvo. En cambio, los mejores libros, los que se nutren de la simpatía y la memoria de los hombres, han vivido al filo de la destrucción, pues la memoria del ser humano es corta, cuando no escasa, y su simpatía, hemos de reconocerlo, es una emoción muy fluctuante, que no obedece a principios.

WIKIPEDIA

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