Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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TROSKI


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 467

El sentimiento de injusticia del que al parecer Lev Davídovich tuvo conciencia por vez primera se relacionaba con los campesinos de la hacienda de su padre. Durante sus años de estudio en Odesa vivió con un sobrino de su madre -hombre inteligente y culto, cuyas tendencias liberales, aunque bastante moderadas, le habían impedido ingresar en la universidad- que le enseñó la gramática rusa y el modo de lavar y coger un vaso; y cuando Lev Davidovich, todavía adolescente, regresaba a Yánovka en el verano «vestido con un traje de lienzo recién lavado, el talle ceñido por un cinturón de cuero con hebilla de metal y la gorra blanca adornada con una escarapela amarilla que refulge al sol» solía ponerse nervioso al darse cuenta de que los hombres y las mujeres contratados por su padre se reían de él maliciosamente ante su torpeza para segar trigo. Un segador de la aldea, de lengua viperina y una piel tan negra como sus botas, a veces hacía mordaces comentarios sobre la mezquindad de sus amos en presencia del joven Lev Davídovich; y el muchacho quedaba desgarrado entre la rabia y el deseo de hacer callar a aquel hombre, de un lado, y la admiración por «su agudeza y atrevimiento» y el deseo de tenerlo de su parte, de otro. Un día en que el hombre le dijo: «¡Ve con tu mamá, a comer pasteles!», se encontró al llegar a la casa con una campesina descalza que había caminado siete vertsas para cobrar un rublo que se le debía. Estaba sentada en el suelo frente a la casa porque no tenía valor -pensó Lev-para hacerlo en el escalón de piedra de la puerta; la mujer tuvo que esperar allí hasta la noche porque no había nadie que pudiera darle el rublo. Lev sabía que los criados que trabajaban para su padre no comían más que gachas y sopas; para que les dieran carne tuvieron que hacer una manifestación silenciosa en el patio de la casa, tumbándose en el suelo boca abajo. Un día en que Lev Davídovich volvía de jugar al cróquet, encontró a su padre discutiendo con un campesino: una vaca de este había entrado en la propiedad del viejo Bronstein, que la había encerrado y se negaba a devolvérsela hasta que su propietario le pagara los daños causados en el sembrado. El campesino protestaba y suplicaba; y Lev Davídovich comprendió, por lo que oía, que el hombre estaba lleno de odio contra su padre. Se marchó a su cuarto y rompió a llorar, y no contestó cuando le llamaron para la cena. Luego, el padre mandó a la madre para que le dijera que el campesino había recuperado la vaca sin tener que pagar los daños.


COMUNIDAD ONEIDA


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 148

Pero de estos experimentos el que más éxito tuvo fue el de la Comunidad Oneida, en el estado de Nueva York, que duró treinta y dos años, de 1847 a 1879, conservando siempre su base colectivista original. Su jefe,John Humphrey Noyes, fue con mucho la personalidad más extraordinaria producida por este movimiento en América.

Procedía de Brattleboro, Vermont. Había nacido en 1811 en el seno de una familia con cierto prestigio político. Estudió para pastor protestante en Yale, pero pronto abrazó la herejía del perfeccionismo. Según esta doctrina, no es preciso morir para salvarse: cabe liberarse del pecado en este mundo. Una visita a la ciudad de Nueva York, que no conocía, llenó de pánico al joven Noyes, que sintió que las tentaciones de la carne lo arrastraban a los umbrales del infierno. Sin poder conciliar el sueño, solía deambular durante la noche por las calles y entraba en los burdeles a predicar la salvación a sus clientes. A diferencia de los otros socialistas de la época (Joseph Smith es su contrapartida religiosa), le preocupaba enormemente la cuestión sexual; en la comunidad que más tarde fundó inventó una técnica para fa práctica del amor  que, al eliminar el riesgo del embarazo, situaba el amor sobre una nueva base comunitaria. En esta comunidad se llegó a autorizar en algunos casos el nacimiento de hijos ilegítimos. Empezando con los miembros de su propia familia, Noyes ejerció una influencia tan poderosa sobre sus adeptos y se impuso a sí mismo una disciplina tan estricta que pudo controlar las situaciones difíciles que surgieron; y realmente consiguió, para satisfacción propia y de los respetables habitantes de Vermont, separar el placer sexual de los conceptos de infierno y pecado, e incluirlo dentro de los instrumentos para la salvación sobre la tierra.


LENIN


Hacia la Estación de Finlandia, E Wilson, p. 432

A pesar de su cautela natural, al principio Lenin no poseía las dotes propias de un conspirador. Era demasiado confiado y entusiasta. Su hermana Ana solía tener que contenerle para que no escribiera cartas comprometedoras para los destinatarios; e incluso después de su regreso de Siberia, cuando le resultaba vital eludir a la policía, tuvo la culpa de que lo detuvieran otra vez, al intentar entrar en San Petersburgo por Tsárskoie-Seló, particularmente vigilado por ser la residencia veraniega del zar -una artimaña tan ingenua que la Ojrana no se la tornó en serio-. Sin embargo, Lenin dedicó a la técnica de la conspiración la misma atención minuciosa y objetiva que había aplicado antes a sus estudios de derecho; y, puesto en libertad tras esta segunda detención, después de haber estado solo diez días en la cárcel, y con su lista de contactos políticos escrita con tinta invisible todavía a salvo, empezó inmediatamente a visitar a sus colaboradores y a enseñarles a utilizar la clave.

Tampoco tenía la constitución de toro de un Bakunin. A los veintitantos años ya sufría de tuberculosis estomacal; y cuando en 1895 salió al extranjero para conocer a Plejánov hizo una cura en un sanatorio suizo. La tensión derivada del exceso de trabajo ilegal durante aquellos años hizo en él mucha mella. Ya padecía de los nervios y estaba enfermo cuando lo detuvieron por primera vez; la estancia en Siberia logró fortalecerle, pero la angustia de los últimos días – temía una prolongación arbitraria de su condena- le hizo adelgazar de nuevo. Antes de cumplir los treinta años estaba ya casi completamente calvo. Y en los años siguientes, la angustiosa tensión ocasionada por las crisis del partido le producía a veces graves depresiones nerviosas. Sin embargo, aprendió a administrar sus energías y adaptarse a las vicisitudes de su vida. Durante sus tres meses de prisión, encerrado en una celda de metro y medio por tres de superficie y de menos de dos metros de altura, frotaba el suelo con cera cada mañana para  hacer ejercicio, y también por higiene; y todas las noches, antes de acostarse, hacía cincuenta flexiones. En Siberia patinaba y cazaba; solía dar largas y saludables caminatas al aire libre, mientras sus compañeros de exilio permanecían sentados horas y Roras, chismorreando, discutiendo y especulando mientras fumaban y bebían té.


ICARIA


Hacia la estación de Finlandia, E Wilson, p. 146

La historia de los icarianos es más larga. Étienne Cabet, hijo de un tonelero, pudo, gracias a la Revolución francesa, abrirse camino como abogado y como político. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona muy visible y extremadamente incómoda tanto para la Restauración borbónica como para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su actitud de oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Buonarotti, descendiente de Miguel Ángel y antiguo compañero de armas de Babeuf. Durante su exilio en Inglaterra, Cabet escribió una novela, Voyage en Icarie, que describía la utopía de una isla comunista con impuesto progresivo sobre la renta, abolición del derecho de herencia, reglamentación estatal de los salarios, talleres nacionales, educación pública, control eugenésico del matrimonio y un solo periódico controlado por el Gobierno.

El efecto de esta novela sobre la clase trabajadora francesa durante el reinado de Luis Felipe fue tan grande que hacia 1847 Cabet contaba con un número de partidarios que se estin1aba entre doscientos mil y cuatrocientos mil. Estos discípulos estaban ansiosos de poner en práctica el icarianismo; y Cabet publicó un manifiesto: Allons en Icarie. Icaria tenía que ser buscada en América: Cabet estaba convencido de que ni siquiera una revolución general podía solucionar los problemas europeos. Robert Owen le recomendó el estado de Texas, ingresado recientemente en la Unión y de población escasa. Cabet firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Cuando el primer contingente de sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los «contratos sociales» por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que «ante tales hombres de vanguardia» no podía «dudar de la regeneración de la raza humana». Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de zonas inexploradas. De añadidura, solo tenían derecho a ocupar diez mil acres, que además se encontraban desperdigados, en lugar de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludismo, y el médico se volvió loco.

Cabet y otros emigrantes se les unieron más tarde. Después de terribles esfuerzos y sufrimientos consiguieron establecerse en Nauvoo (Illinois), abandonada recientemente por los mormones (quienes, durante su estancia en Utah y hasta la muerte de Brigham Young, constituyeron un ejemplo de comunidad cooperativa próspera).


MARXISMO


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 246

Los habitantes de los países civilizados, en la medida en que han sido capaces de actuar como seres creadores y racionales, han luchado para conseguir una disciplina y unos objetivos que pudieran aportar orden, belleza y salud a sus vidas; pero en la medida en que continúan divididos en grupos, interesados en hacerse daño mutuamente, están  limitados por barreras ineludibles. Solo a partir del momento en que tengan conciencia de dichos conflictos y comiencen a liberarse de ellos podrán iniciar el camino que los lleve hacia un código de ética, un sistema político o una escuela artística verdaderamente humanos y distintos de los imperfectos y tarados que ahora conocemos. Pero la corriente de las actividades humanas se orienta siempre en esta dirección. Cada uno de los grandes movimientos políticos que rompe las barreras sociales significa una fusión nueva y más amplia del elemento asaltado y absorbido, y del factor agresivo en ascenso. El espíritu humano sigue abriéndose paso contra la voraz presión animal, para formar unidades cada vez mayores de seres humanos, hasta que, finalmente, nos demos cuenta, de una vez para siempre, de que la raza humana es una y que no debe hacerse daño a sí misma. Entonces podrá fundarse sobre esta realización una moral, una sociedad y un arte más profundos y abarcadores de lo que en la actualidad el hombre puede imaginar.

Y aunque es cierto que ya no podemos recibir de Dios leyes que trasciendan las limitaciones humanas, y aunque también es verdad que no podemos ni siquiera pretender que las construcciones intelectuales del hombre tengan una realidad independiente del conjunto específico de condiciones terrenales que han estimulado a ciertos individuos a elaborarlas, cabe, sin embargo, afirmar en favor de esta nueva ciencia de cambio social, por rudimentaria que todavía sea, que es más verdaderamente, universal y objetiva que cualquier otra teoría anterior de la historia. Pues la ciencia marxista se ha desarrollado como respuesta a una situación en la que finalmente resulta claro que para que la sociedad pueda subsistir de alguna manera tiene que organizarse sobre nuevos principios de igualdad; por ello nos hemos visto obligados a formular una crítica de la historia desde el punto de vista de la necesidad inminente de un mundo liberado de nacionalismos y de clases. Si nos hemos comprometido a luchar por los intereses del proletariado, es porque queremos trabajar por los intereses de la humanidad en su conjunto. En ese futuro, el espíritu humano, representado por el proletariado, se desplegará para formar esa unidad más amplia cuya contemplación teórica es ya posible.

MARX


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 153

Karl Marx: Prometeo y Lucifer

En agosto de 1835, un joven judío alemán, alumno del Gymnasium Federico Guillermo de la ciudad de Tréveris, a orillas del Mosela, redactó un tema para su examen final. Se titulaba «Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión». Resplandecían en el trabajo esos altos ideales que son usuales en tales ocasiones; si han llamado la atención en este caso es solo por el hecho de que este joven logró vivir conforme a sus aspiraciones. Al elegir una profesión, decía Karl Marx a los diecisiete años, debe uno tener la seguridad de que no va a ponerse en la situación de actuar simplemente como un servil instrumento de los demás; dentro de su propia esfera, cada cual debe gozar de independencia y asegurarse de que dispone de un campo de acción que le permita servir a la humanidad; pues si no, aunque se pueda llegar a ser un erudito o un poeta famoso, jamás se será un gran hombre. No podremos realizarnos auténticamente a menos que trabajemos por el bien del prójimo: solo entonces conseguiremos que no nos quebranten nuestras cargas, y solo entonces nuestras satisfacciones no se limitarán a placeres pobres y egoístas. Hemos de permanecer en guardia para no ser víctimas de la tentación más peligrosa de todas: la fascinación del pensamiento abstracto.


LOS ICARIANOS


Hacia la estación de Finlandia, Edmund Wilson, p. 146

La historia de los icarianos es más larga. Étienne Cabet, hijo de un tonelero, pudo, gracias a la Revolución francesa, abrirse camino comno abogado y corno político. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona muy visible y extremadamente incómoda tanto para la Restauración borbónica corno para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su actitud de oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Buonarotti, descendíente de Miguel Ángel y antiguo compañero de armas de Babeuf. Durante su exilio en Inglaterra, Cabet escribió una novela, Voyage en Icarie, que describía la utopía de una isla comunista con impuesto progresivo sobre la renta, abolición del derecho de herencia, reglamentación estatal de los salarios, talleres nacionales, educación pública, control eugenésico del matrimonio y un solo periódico controlado por el Gobierno.

El efecto de esta novela sobre la clase trabajadora francesa durante el reinado de Luis Felipe fue tan grande que hacia 184 7 Cabet contaba con un número de partidarios que se estimaba entre doscientos mil y cuatrocientos mil. Estos discípulos estaban ansiosos de poner en práctica el icarianisrno; y Cabet publicó un manifiesto: Allons en Icarie. Icaria tenía que ser buscada en América: Cabet estaba convencido de que ni siquiera una revolución general podía solucionar los problemas europeos. Robert Owen le recomendó el estado de Texas, ingresado recientemente en la Unión y de población escasa. Cabet firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Cuando el primer contingente de sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los «contratos sociales» por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que «ante tales hombres de vanguardia» no podía «dudar de la regeneración de la raza humana». Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de zonas inexploradas. De añadidura, solo tenían derecho a ocupar diez mil acres, que además se encontraban desperdígados, en lugar de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludísmo, y el médíco se volvió loco.


BAKUNIN


Hacia la estación de Finlandia, p. 330
Solo tiene una idea: la revolución; ha roto con todas las leyes y códigos morales del mundo civilizado. Si vive en ese mundo y pretende formar parte de él, solo lo hace con el propósito de destruirlo más fácilmente; debe odiar por igual todo lo que lo constituya. Debe ser frío: tiene que estar dispuesto a morir, tiene que aprender a soportar la tortura y tiene que ser capaz de ahogar todos sus sentimientos, incluso el del honor, en cuanto se interfieran con su objetivo. Únicamente puede llegar a sentir amistad hacia aquellos que sirven a su causa; los revolucionarios de inferior categoría serán para él un capital del que disponer. Si un camarada se encuentra en una dificultad, su suerte se decidirá calculando tanto su utilidad como el gasto de fuerza revolucionaria necesaria para salvarle. En cuanto a la sociedad establecida, el revolucionario debe clasificar los miembros de esta en función no de su infamia personal, sino del daño que puedan hacer a la causa revolucionaria. Los más peligrosos deben ser inmediatamente eliminados; existen, sin embargo, otras personas que,si se les deja en libertad durante un tiempo, beneficiarán los intereses de la revolución perpetrando actos brutales que indignarán al pueblo; o que pueden ser utilizadas en bien de la causa por medio del chantaje y de la intimidación. Los liberales deben ser explotados haciéndolos creer que uno acepta su programa, a fin de comprometerlos a renglón seguido e implicarlos en el programa  revolucionario. Se debe impulsar a otros radicales a que hagan cosas que: destruirán completamente a la mayoría de ellos, pero que convertirán, en verdaderos revolucionarios a los restantes. La única finalidad del revolucionario es la libertad y felicidad de los trabajadores manual, pero, persuadido de que este objetivo solo se realizará mediante una revolución del pueblo totalmente destructora, favorecerá con todas sus fuerzas el progreso de los males que agoten la paciencia del pueblo. Los rusos deben repudiar categóricamente el modelo clásico revolución de moda en los países occidentales, que hace concesiones a la propiedad y al orden social tradicional de la pretendida civilización y moral y que solo busca sustituir un Estado por otro; así pues revolucionario ruso debe abolir el Estado con todas sus tradiciones, instituciones y clases. En consecuencia, el grupo que fomenta la revolución no tratará de imponer al pueblo ninguna organización política desde arriba: la organización de la sociedad futura surgirá sin pueblo mismo. Nuestra tarea es simplemente la destrucción, terrible, completa, universal y despiadada; y para alcanzar este objetivo debemos unirnos no solo con los elementos  recalcitrantes de las masas, sino también con el audaz mundo de los bandidos, los Únicos  revolucionarios auténticos de Rusia.» Es preciso añadir que, en aquella época, Bakunin solía expresar su· admiración por los jesuitas y hablaba-todo un presagio--de seguir su ejemplo

SAINT-SIMON


Hacia la Estación de Finlandia, E. Wilson, p. 120

Primero, alquiló una vivienda frente a la Escuela Politécnica y estudió fisica y matemáticas; luego, tomó otra casa cerca de la Escuela de Medicina y estudió medicina. Durante algún tiempo llevó una vida de disipación por razones -decía- de curiosidad moral. Se casó para tener un salón literario. Luego, se divorció y se presentó ante madame de Stael para decirle que, dado que ella era la mujer más extraordinaria y él el hombre más extraordinario de la época, era evidente que debían colaborar para tener un hijo aún más extraordinario. Pero madame de Stael se lo tomó a risa. Saint-Simon viajó por Alemania e Inglaterra en busca de inspiración intelectual, pero regresó desilusionado de ambos países.

Al leer la vida de Saint-Simon se tiende, al principio, a pensar que el conde estaba un poco loco, hasta que uno cae en la cuenta de que los demás idealistas sociales de la época eran también unos excéntricos que compartían ese mismo tipo de extravagancia. Los primeros años del siglo XIX fueron una época extremadamente confusa en la que todavía era posible tener ideas simples. La filosofía racionalista del siglo XVIII, en la que se había basado la Revolución francesa, constituía aún el fundamento del pensamiento de la mayoría de la gente (la educación de Saint-Simon fue dirigida por D' Alembert); pero aquella filosofía racionalista de la que se esperaba solución para todos los problemas no había conseguido rescatar a la sociedad ni del despotismo ni de la pobreza. Ahora la autoridad de la Iglesia y la coherencia del antiguo sistema social habían desaparecido; y ya no existía ningún cuerpo de pensamiento -tal como la obra de los enciclopedistas (uno de los proyectos de Saint-Simon fue una enciclopedia para el siglo XIX)- que fuera aceptado como más o menos la autoridad que respetar. Era evidente que los inventos mecánicos, de los cuales se había esperado que mejoraran enormemente la suerte de la humanidad, estaban empobreciendo a mucha gente, pero los avances del comercio y de la manufactura no habían alcanzado todavía el punto abrumador en que incluso la filantropía y la filosofía llegarían a ser consideradas como pasadas de moda y simples caprichos de personas ineficaces. De modo que los franceses, privados de los sistemas del pasado y sin prever todavía la sociedad del futuro, eran libres de proponer cualquier sistema, de colocar sus esperanzas en cualquier futuro que pudiesen imaginar.


La Sociedad de los Iguales

Hacia la Estación de Finlandia, E. Wilson, p. 111

La Sociedad de los Iguales fue también disuelta; el propio Bonaparte la cerró. Pero, empujados a la clandestinidad, sus miembros proyectaron ahora una insurrección; su propósito era instalar un nuevo Directorio. Redactaron un proyecto de Constitución que garantizaría «una gran comunidad nacional de bienes», y elaboraron con cierta precisión los mecanismos de una sociedad planificada. Disminuiría el número de habitantes de las ciudades y la población sería dispersada en pueblos y aldeas. El Estado «tomaría a su cargo al recién nacido, vigilaría los primeros momentos de su existencia, le garantizaría la leche y el cuidado materno, y lo llevaría a la maison nationale, donde adquiriría las virtudes y los conocimientos de un verdadero ciudadano». Así, la educación sería igual para todos. Todas las personas físicamente capaces tendrían que trabajar, y las labores duras y desagradables serían ejecutadas por turno por todos los ciudadanos. Las necesidades de la vida serían cubiertas por el Gobierno, y la gente comería en mesas comunales. El Estado controlaría el comercio exterior y ejercería la censura sobre toda la producción impresa.

Mientras tanto, el valor del papel moneda se había depreciado casi por completo. El Directorio trató de salvar la situación mediante la conversión del numerario en títulos de bienes raíces, que se cotizaron al 82 por ciento de su valor nominal el mismo día de su emisión; la creencia general del público era que el Gobierno estaba en completa bancarrota. Solo en París había medio millón de personas en la indigencia. Babeuf y sus partidarios llenaron la ciudad de pasquines con un manifiesto de trascendencia histórica. Declaraban que la Naturaleza había dotado a todos los hombres de igual derecho para disfrutar de todos los bienes, y que el fin de la sociedad era defender ese derecho; que la Naturaleza había impuesto a todos la obligación de trabajar, y que nadie podía rehuir este deber sin cometer un delito; que en «una sociedad verdadera» no habría ni ricos ni pobres y que el objeto de la Revolución había sido destruir la desigualdad y establecer el bienestar de todos; que la Revolución, por tanto, aún «no estaba acabada;,, y que aquellos que habían abolido la Constitución de 1793 eran culpables de un crimen de lese-majesté contra el pueblo.


INCIPIT 1.207. HACIA LA ESTACION DE FINLANDIA / EDMUND WILSON


Michelet descubre a Vico

Un día de enero de 1824, un joven profesor francés llamado Jules Michelet, que enseñaba filosofía e historia, descubrió el nombre de Giovanni Vico en una nota del traductor de un libro que estaba leyendo. Tanto le interesó aquella referencia que, inmediatamente, se puso a estudiar italiano.

Aunque Vico había vivido y escrito su obra un siglo antes, todavía no había sido traducido al francés y era poco conocido fuera de Italia. Nacido en Nápoles, atrasado confín de la península, durante la época en que el Renacimiento italiano, obstaculizado por la Inquisición, había entrado en un estado de parálisis casi total, Vico fue un estudioso que vivió en la pobreza. A causa de su origen humilde y de su fama de estrafalario no pudo hacer carrera en la universidad; pero su reacción al encontrar los caminos cerrados y verse reducido a sus propios medios fue la de dar mayor impulso a sus impopulares ideas. Así, escribió y publicó en 1725 un libro titulado Principios de una ciencia nueva relativa a la naturaleza común de las naciones, a través de la cual se muestran también nuevos principios del Derecho Natural de los pueblos. Vico había leído a Francis Bacon y llegado a la conclusión de que era  posible aplicar al estudio de la historia humana métodos similares a los que Bacon había propuesto para el estudio del mundo de la naturaleza. Posteriormente, Vico leyó también a Grocio, quien había propugnado un examen histórico de la filosofía y la teología desde el punto de vista de las lenguas y actos humanos, con el fin de elaborar un sistema jurídico que pudiera abarcar los diferentes  sistemas morales y que mereciera así la aceptación universal.


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