Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA MUERTE DE PAUL AUSTER


Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, p. 104

Nuestro querido Paul ha muerto hoy a las 6.58, Hemos puesto la música de Sophie. Hemos puesto Old On, de Tom Waits. No ha podido aguantar. “Os puede oir. Hablad con él”, ha  dicho Kettlie. Le he cogido la cara. Le he dicho: «Dios mío, nos hemos divertido, ¿verdad?», Es lo que me ha venido a la cabeza, la diversión. Parecía tan importante. Ha habido sufrimiento, pero también mucha diversión. Quería estar lo más cerca posible de su cuerpo antes de que muriera, de su cuerpo que respiraba, de su pecho que subía y bajaba, sentir su piel caliente. los pelos finos de la barba, grises con un toque negro y esos ojos enormes. Ojos embrujados- Lo he besado una luego me he apartado para que Sophie se sentara y pudiera abrazarlo, acariciarlo y besarlo también. Me he quedado mirando cada respiración entrecortada, y luego ha estado unos segundos sin respirar. ¿Cuántos segundos entre una respiración y otra? No Io sé. Yo observaba ¿Es la última? ¿Lo es? Estaba tan cerca de su boca, abierta y jadeante. Hemos esperado el siguiente aliento. pero no ha llegado. La muerte. Y entonces nos hemos quedado con él, con su cuerpo, su cuerpo sin vida, y la cabeza todavía estaba caliente al tacto. Kettlie ha dicho que esa era la última parte del cuerpo en perder el calor. He notado cómo se enfriaba su cabeza. Y lo he dicho en voz alta: «Ahora tiene la cabeza fría”. Quería conocer la muerte. tocarla. Quería que fuera real porque sabía que no lo seria Io suficiente. Y le he dicho a Sophie: “¿Ves? No da miedo». Lo he dicho también para mi. Le he apretado las piernas y los brazos, tan tan flacos, flacos a causa del cáncer, lo brazos y las piernas consumidos por la enfermedad. Y le he acariciado la cata muerta,  aún hermosa.                                                         

 


SIRI HUSTVEDT


 Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, p. 356

¿Quieres saber cómo ocurrieron los horrores de era nazi? Un gran número de personas que estaban a salvo no se preocuparon por los que no lo estaban, y la campaña de «nosotros contra ellos» reforzó su indiferencia ante el genocidio y los crímenes contra la humanidad.

Temo por los demás, pero también por mí misma. Siguiendo la famosa frase de Simone de Beauvoir de “No se nace mujer, se llega a serlo», la vulnerabilidad ha sido parte de mi proceso de convertirme en mujer. De niña aprendí que la autoridad habla en tonos graves y masculinos, y que los registros más agudos tienen menos peso. Aprendí que un hombre, especialmente si es «importan te», puede decir tonterías y la gente, aun así, Io escuchará con paciencia y atención. Aprendí que el más mínimo indicio de pasión o ira en mi propia voz puede interpretarse como un signo de histeria, de que he perdido el control, mientras que la ira desmedida de los hombres no solo se tolera, sino que se admira. De joven aprendí que un hombre que me presionaba para tener sexo se sentía libre de recurrir a la intimidación y la coerció npara conseguirlo, y que su comportamiento no era culp suya, sino mía. Yo era la culpable de que él se sintiera atraído por mí.

 


FRACASO

 


Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, p. 270

Las experiencias de rechazo que afrontaron escritores a los que admira: Dickinson. Hawthorne. Melville, Thoreau. Proust, Kafka, Bekckett. Murphy. de Beckett. fue rechazada treinta y seis veces.

«Independientemente de cómo tratara el mundo a escritores, con elogios, indiferencia o rechazo, todos siguieron escribiendo.»

Es importante destacar que las historias sobre escritores que se negaron a ceder ante la presión externa -entre ellos, Paul- se cuentan porque, en algún momento, antes o después de su muerte, se ha reconocido su obra, Si esos autores hubieran sido engullidos por la historia literaria, no habría nada que contar. A menudo me he preguntado cuántos grandes libros han desaparecido en esas fauces.

«Me resulta sorprendente que Melville tuviera sólo treinta y cuatro años cuando escribió Bartleby, el ecribiente, esa asombrosa historia sobre la obstinación humana ante la presión externa, incluso al punto dela muerte”-

                              

 


11S


Historias de fantasmas,  Siri Hustvedt, p. 231

Apuntes sueltos: 11 de septiembre de 2001

16.00

Nuestra hija de catorce años ha empezado hoy el instituto. Por primera vez en su vida, ha viajado sola en metro de Brooklyn a Manhattan.

No vendrá  a casa esta noche. Ya no funciona el metro en Nueva York, y mi mujer y yo hemos hecho arreglos para que sequede con unos amigos en el Upper West Side.

Menos de una hora después de que ella pasara por debajo del World Trade Center, las Torres Gemelas se han derrumbado.

Desde el piso de nuestra casa Se puede ver aún el humo que el de la ciudad. Hoy el viento sopla hacia Brooklyn y el olor del fuego se ha impregnado cada rincón de casa. Un hedor horrible y punzante: plástico quemado , cables eléctricos, materiales de construcción, cuerpos incinerados .

La hermana de mi mujer, que vive Tribeca, solo diez manzanas al norte de Io que fue el World Trade Center, nos ha llamado para hablarnos de los gritos que ha oído cuando ha caído la primera torre. A amigos suyos, que viven en John Street, aún más cerca del lugar de catástrofe, los ha evacuado la policía después de que la puerta de su edificio haya saltado por los aires tras el impacto. Han caminado hacia el norte entre los cascotes y los escombros, que, según le han dicho, estaban mezclados con restos humanos.

 


INCIPIT 1.628. HISTORIAS DE FANTASMAS / SIRI HUSTVEDT


TIEMPO PERDIDO

Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras. En enero de 2023 le diagnosticaron un cáncer de pulmón no microcítico de tipo escamoso. Pero antes de eso, a principios de noviembre de 2022, le hicieron un TAC en la sala de urgencias del Mount Sinai West. El radiólogo le detectó «una masa» en el pulmón derecho y dijo que podía ser cáncer.

Todos morimos, pero solo algunos de nosotros sabemos que nuestra vida podría acabar pronto. Aunque muchas veces me había preguntado qué significaría vivir sin Paul, empecé a pensar en ello con más frecuencia. Me imaginaba deambulando sola por la casa. Me imaginaba llorándolo. Si tu padre muere —le dije a nuestra hija Sophie—, perderé mi día a día.

Lo que no imaginé es que, tras la muerte de Paul, el tiempo perdería toda forma reconocible. Recuerdo qué día es y al momento lo olvido.


INCIPIT 1.594. EL HECHIZO DE LILY DAHL / SIRI HUSTVEDT


Llevaba tres semanas observándolo. Cada mañana desde principios de mayo se había apostado en su ventana para mirarlo. Siempre lo espiaba temprano, poco antes del amanecer, y no creía que él la hubiera visto nunca. La primera mañana, Lily había abierto los ojos y había divisado una luz procedente de una ventana del hotel Stuart, al otro lado de la calle; al acercarse más, lo había visto a él dentro del cuadrado resplandeciente: un hombre guapísimo, de pie frente a un lienzo de gran tamaño, sin más ropa que unos pantalones cortos de tanto calor que hacía. Durante un minuto había permanecido tan quieto que no le había parecido real. Luego había empezado a moverse, usando el cuerpo entero para pintar, y Lily lo había visto estirar el brazo, echar el cuerpo hacia delante e incluso arrodillarse frente al lienzo. Lo había visto caminar por la habitación, frotarse con fuerza la cara con las manos y fumar. Fumaba unos puritos que sostenía entre los dientes cada vez que se paraba a pensar. A veces, cuando se limitaba a fumar en silencio, el hombre le dedicaba gestos con la cabeza a la pintura, como si estuviera hablando con ella. Lily había examinado con detenimiento el contorno de sus músculos, el color castaño claro de la piel y la forma en que le brillaba bajo la luz. Sin embargo, no había visto nunca lo que pintaba. La parte frontal del lienzo siempre le había estado oculta.


PAUL AUSTER


Baumgartner, Paul Auster, p. 144

Nada que hacer, piensa, nada en absoluto. La pérdida de memoria a corto plazo forma inevitablemente parte de hacerse viejo, y si no es olvidarse de subirse la cremallera, es ir a registrar la casa en busca de las gafas de lectura mientras las llevas en la mano, o bajar a realizar dos pequeñas tareas, coger un libro del salón y servirse un vaso de zumo en la cocina para luego volver a la planta de arriba con el zumo pero no con el libro, o si no con nada, porque una tercera cosa te ha distraído en la planta baja y has vuelto arriba con las manos vacías y habiendo olvidado para qué bajaste en un principio. No es que no le pasaran esas cosas cuando era joven, o que no olvidara el nombre de esa actriz, de aquel escritor o del secretario de Comercio, pero cuanto más viejo te haces, con mayor frecuencia te ocurren esas cosas, y si empiezan a suceder tan a menudo que ya apenas sabes dónde estás y no puedes realizar un seguimiento de tus últimos pasos, estás acabado, aún vivo, pero acabado. Antes lo llamaban senectud. Ahora, demencia senil, pero de un modo u otro, Baumgartner es consciente de que si al final acaba así, aún le queda bastante camino por recorrer.


INCIPIT 1.409. UNA SUPLICA PARA EROS / SIRI HUSTVEDT


En cierta ocasión, mi padre me preguntó si sabía dónde estaba en lontananza. Yo le dije que creía que en lontananza era otra manera de decir allá. Él sonrió y dijo: «No, en lontananza se encuentra entre aquí y allá.» Esta pequeña anécdota me ha acompañado durante años como ejemplo de magia lingüística: se me identificaba un nuevo espacio -una zona media que no estaba ni aquí ni allá-; un lugar que, sencillamente, no había existido para mí hasta que alguien le dio un nombre. Durante la breve explicación que mi padre elaboró del significado de en lontananza, y siempre que he pensado en ello desde entonces, en mi mente aparece un paisaje: me encuentro en la cresta de una pequeña colina, contemplando un valle desierto en el que se alza un árbol solitario, y más allá se extiende el horizonte, definido por una serie de lomas o altozanos. Esta imagen, tosca pero práctica, regresa a mí cada vez que pienso en lontananza, una de esas palabras magníficas que, como luego descubrí, los lingüistas denominan «variables»: palabras que se diferencian de las demás porque obtienen su animación de quien las pronuncia y así se comportan. En términos lingüísticos, esto significa que nunca puedes encontrarte realmente en lontananza.

PIROPOS


Una súplica para Eros, Siri Hustvedt, p.167

Lo cierto es que no puedo irme de Nueva York porque estoy loca por ella, estoy locamente enamorada de esta ciudad de un modo que suelo reservar para una persona. Y en esto tampoco soy la única. Es una ciudad grande, mala y maravillosa, ruidosa, estrepitosa y desagradable pero también amable y querida. Llevo veinticuatro años viviendo en ella, y aún no se ha terminado mi historia de amor. Hay partes tan feas que me parecen maravillosas. Siempre me he sentido atraída por la basura, los grafitos, los trenes ruidosos y traqueteantes, y parece que a pesar de mi antipatía hacia ellos, les tengo bastante apego a los basureros hoscos, los taxistas mudos y los camareros demasiado encantadores. Durante un tiempo reinó el silencio en Nueva York, la inquietante calma que envuelve los ritos de duelo. Sigues percibiéndolo cerca de la Zona Cero, pero a la que te alejas de allí, la gente hace meses que ha vuelto a las andadas. Grita a las controladoras de aparcamiento. Los camioneros chillan obscenidades a los peatones imprudentes y los pasajeros que viajan de pie en el metro se empujan unos a otros. Pero, como antes, la gente se apresura a ayudar a levantar a alguien que se ha caído al suelo. Tira monedas a los vagabundos, estafadores, músicos y tropas de jóvenes que cantan en armonía con los trenes. Y los neoyorquinos de ambos sexos y de todas las clases sociales siguen echándote piropos o soltándote palabras de aliento: «Me encanta tu sombrero, cielo», «Bonito abrigo» o «Eh, tú, flaca, regálanos una sonrisa».

 

GATSBY


Una súplica para Eros, Siri Hustvedt, p. 83

Leí por vez primera El gran Gatsby cuando tenía dieciséis años y era estudiante de instituto en Northfield, Minnesota. Volví a leerlo con veintitrés años, cuando vivía en Nueva York, y lo he releído ahora a la avanzada edad de cuarenta y dos. La magia del libro me ha acompañado desde aquella primera lectura, y el recuerdo de la misma permanece nítido en mi mente debido a que, a diferencia de muchos libros que retoman a mí fundamentalmente como series de imágenes, El gran Gatsby ha dejado asimismo su rastro en mi oído como música encantada, como susurros y risas, y como la propia voz de la narrativa.

El libro comienza con el recuerdo del narrador de algo que su padre le había dicho años atrás: «Cada vez que sientas el impulso de criticar a alguien, recuerda que no todas las personas de este mundo han contado con las mismas ventajas que tú.» Como lema para una vida, la cita es un anticlímax: palabras reprimidas que imagino pronunciadas por un hombre reprimido y acaso refugiado tras las páginas de su periódico; y, sin embargo, sin esta aguada versión norteamericana del «nobleza obliga», la historia de Gatsby no podría existir. Las palabras del padre constituyen la semilla de la historia; su origen. El hombre que llegamos a conocer como Nick Carraway nos cuenta que su padre «quería ir mucho más allá» de lo que sus palabras denotan, y yo le creo. Ocultos bajo el comentario subyacen un modo de vida y todo un universo moral. Sus resonancias son dobles: en primer lugar, sabemos que las palabras del narrador se hallan vinculadas a las palabras de su padre, que procede de un lugar que es capaz de identificar, y que no ha quebrado ese vínculo; en segundo lugar, que esas palabras paternas le han modelado para ser lo que es: un hombre «inclinado a reservarse todo juicio» ...

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