Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.633. LO DESORDEN / LA ORDEN DEL FINNEGANS


Orden de expulsión

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Los seguidores de los blogs de El País debieron de quedarse bastante desconcertados cuando, en junio de 2011, apareció un artículo de Malcolm Otero Barral titulado «¿Qué fue de Ray Loriga?». Se habla en él de un peculiar grupo de escritores que se hacen llamar la Orden del Finnegans y cada 16 de junio viajan a Dublín para celebrar el Bloomsday y, con tal excusa, reírse un poco e ingerir abundantes pintas de cerveza Guinness en varios de los numerosos pubs de la capital irlandesa. La alusión que en el título se hace al escritor Ray Loriga queda en el texto reducida a una enigmática acusación y una estrafalaria condena. El cargo que se le imputaba era el de «deserción inexcusable» y la condena que acabó aplicándosele fue la quema pública de un dibujo que le representaba mientras una mujer disfrazada de dama eduardiana gritaba alborozada: «Bye bye, Ray!».

Pero comencemos por el principio. El Bloomsday empezó a celebrarse el 16 de junio de 1954, exactamente cincuenta años después del día en que, según el Ulises, Leopold Bloom realizó el recorrido dublinés que arrancaba del hogar conyugal que compartía con Molly y, tras llevarle por lugares como el cementerio de Glasnevin, la tienda de licores de Davy Byrne, el hotel Ormond, la playa de Sandymount, el hospital de maternidad o el burdel de Bella Cohen en Nighttown, le devolvía borracho a su casa, en cuyo patio trasero acababa de orinar en compañía del no menos borracho Stephen Dedalus.

 


JOYCE BORGES K


Dos tardes con Kafka, Manuel Vilas, p. 96

Joyce, James

EI escritor argentino Jorge Luis Borges escribió esto a propósito de la inevitable competición entre Joyce y Kafka por la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de la Literatura:

Yo estuve en los actos del centenario de Joyce y cuando alguien lo comparó con Kafka dije que eso era una blasfemia. Es que Joyce es importante dentro de la lengua inglesa y de sus infinitas posibilidades, pero es intraducible. En cambio Kafka escribía en un alemán muy sencillo y delicado. A él importaba la obra, no la fama, eso es indudable. De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños Fuera conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria. Nosotros sabemos cuáles son sus fechas, cuál es su vida, que es de origen judío y demás, todo eso va a ser olvidado, pero sus cuentos seguirán contándose.


INCIPIT 1.594. Libro de los días de Stanislaus Joyce / Diego Garrido


2 de enero. Jim dice que jamás seré capaz de escribir prosa. Por supuesto tampoco verso. Dice que, si estas notas tienen algún interés, es porque en gran medida tratan de su vida. Solo puedo darle la razón.

Todo el mundo habla del poeta menor, pero nadie del filósofo menor. Soy yo. De qué me sirve pensar tanto si no tengo el talento ni la inteligencia necesarios para comunicar mi pensamiento.

4 de enero. Papi ha pasado toda la noche sentado junto al fuego, revisando papeles y suspirando. Ha sido una de sus grandes noches; creo que ha estado llorando. Me enferma. Casi lo prefiero borracho.

Esta familia es un barco a la deriva. O mejor un tren, cuesta abajo y sin frenos. Ya no se salva nadie.

La vida de Poppie está perfectamente arruinada: ella sustituye a madre. La de las niñas lo estará pronto: todas ellas (quitando quizá a Mabel, que es la protegida de papi) irán a un convento. Charlie es un putero y un meapilas. Yo apenas soy algo.

En las Noches de Lucidez –así las llamamos Jim y yo– papi promete cosas. Promete un trabajo estable, promete la alimentación regular de sus hijos, promete dejar de beber. En noches así, es fácil sacarle un par de chelines, pero hay que saber aprovechar la ocasión. Hoy, Jim se me adelantó. Consiguió un puñado de monedas y hasta lo abrazó; los vi desde la escalera. Luego fue hasta la puerta haciendo una torre sobre la palma de la mano, me guiñó un ojo y se marchó dando saltos de alegría. La hipocresía de Jim no conoce límites. Ahora, mientras escribo esto, tres de la madrugada, estará tirado sobre la barra de algún bar, o lanzando uno de sus discursos junto a O. G., aburriendo a un puñado de patanes con sus lecciones de prosodia.


MOLLY BLOOM


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 138

El mejor lector de la Odisea ha sido James Joyce, quien no se contentó con imitarla, sino que se dio a la tarea de traducirla no a otra lengua, sino a otro espacio-tiempo. Su Ulises no es tanto una reescritura cuanto un maniático viaje al futuro: capítulo a capítulo, el irlandés muta, altera y se ríe de los personajes de Homero. Frente a los diez años de viaje de Ulises, el del apacible y no tan ingenioso Leopold Bloom dura un solo día: el 16 de junio de 1904, 1a fecha de la primera cita entre Joyce y Nora Barnacle. No deja de resultar significativo que Joyce haya preferido verse encarnado en el personaje de Telémaco bajo la apariencia de Stephen Dedalus, en vez de en Ulises. Bloom es el prototipo del hombre común -el andrós, el everyman- descrito en el proemio de la Odisea: un personaje que se deja arrastrar de un lado a otro de Dublín, navegando por la vida al capricho de los otros. A diferencia de Penélope, Molly no desraca por su fidelidad: Bloom no puede olvidar el affaire de su mujer con Hugh Boylan, conocido como Blazes, una suerte de donjuán dublinés. En el último capítulo de su proceloso libro, Joyce le devuelve a Penélope la palabra que le arrebató Telémaco. De vuelta en la cama con Leopold, su célebre monólogo interior-una frase como una corriente marina- concluye de este modo (en traducción de José María Valverde): « ... y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí». Sí es la palabra con que inicia y termina el monólogo. En opinión de Joyce -tan machista como sus modelos griegos-, se trata de la expresión femenina por excelencia: la de la mujer que por fin acepta y se somete.


LOS MUERTOS


Conversaciones con Ian McEwan, p. 233

En el relato de James Joyce «Los muertos», Gabriel sale, con su esposa Gretta, de la fiesta que dan sus tías, un acontecimiento anual que tiene lugar en fechas navideñas. Gretta se ha detenido en el rellano a escuchar una canción y una música de piano que proceden del salón, y que Gabriel no puede oír. Luego ella baja la escalera y ambos salen a la calle con el cantante, que es bastante famoso. Es una noche fría y húmeda, y Gabriel comienza a sentir un creciente deseo por Gretta. Le gustaría saltar por encima de todos los años que han pasado cuidando de sus hijos y preocupándose por asuntos domésticos, todas las penas que han padecido, y regresar al momento en que se conocieron. Con cierta dificultad, consiguen un coche, un coche de caballos, y él espera con ansia el momento en que llegarán a su habitación de hotel. Luego ocurre una terrible sucesión de malentendidos. Él cree que ella se da cuenta de que él la desea. Ella le besa levemente, pero está pensando en otra cosa, y a él le irrita que algo se interponga entre ellos. A continuación, ella suelta su famosa confesión de que la canción que escuchó antes: «The Lass of Aughrim», le ha hecho recordar a un muchacho de diecisiete años, Michael Furey, que antaño estuvo enamorado de ella. Gabriel siente un relámpago de furia celosa hacia este rival y dice con amargura: « ¿Quizá por eso querías ir a Galway con la chica de los Ivors?». La pareja tiene cuarenta y muchos o cincuenta años. Y ella dice: «Murió ... , creo que murió por mí». Luego le cuenta la dolorosa historia de cómo este chico, que se estaba muriendo de tuberculosis, salió en medio de la lluvia, se colocó bajo su ventana y cantó esa canción. Ella tuvo que regresar a Dublín, al convento donde estudiaba, y una vez allí le llegó la noticia de que él había muerto. Es una de las representaciones más hermosas de cómo las mentes de dos personas siguen caminos completamente distintos. Él cree estar iniciando una seducción y ella está inmersa en un dolor que luego se convierte también en el de él. Él se pone a pensar en los muertos, y Joyce hace la famosa evocación de la nieve que cae sobre las llanuras centrales y sobre las agitadas olas de Shannon y sobre la tumba de Michael Furey y sobre las colinas sin árboles. Diría que esta conversación a media noche entre Gabriel y Gretta es tal vez lo mejor que Joyce escribió jamás.


ULISES


La librera de París, Kerri Maher, p. 74

Joyce había recuperado a Stephen del Retrato y le había dado un amigo más viejo y optimista, Leopold Bloom. La novela describía con minucioso detalle cada palabra, pensamiento y movimiento de Stephen y de Leopold a lo largo de un solo día de su vida -el 16 de junio de 1904- en la capital irlandesa. La nueva novela de Joyce parecía que deseaba hacer estallar todas las superficies protectoras de la vida moderna con la misma determinación con que las granadas habían volado ciudades y trincheras por toda Europa. Tanto si los personajes estaban en el retrete como si debatían sobre Hamlet Joyce no escatimaba detalles y nivelaba lo vulgar con lo sublime. Se trataba de un libro que no se permitía ningún tipo de concesiones, y que describía con absoluta claridad el cuerpo y la mente de Stephen y de Leopold.

La insistencia de la novela en detallar todo de manera exhaustiva y veraz fue también lo que provocó tanta controversia en Inglaterra y Estados Unidos, donde las revistas que iban publicando capítulos habían sido consideradas obscenas y confiscadas por la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio de John Sumner. No hacía mucho que Margaret Anderson se había quejado de ello en sus editoriales de The Little Review, y Sylvia compartía su indignación. Entendía que algunos lectores no quisiesen seguir a Bloom hasta el retrete, pero ¿prohibirlo? Los lectores tenían que abrir los ojos ante la impactante honestidad del libro y la audacia de su prosa, porque la complejidad de la obra ocultaba su mayor verdad: el mundo tal como lo conocíamos ha terminado, y ha llegado la hora de que surja algo completamente nuevo. Joyce no solo había eliminado las comillas, sino que a veces se había burlado de las convenciones gramaticales para penetrar lo más profundamente posible en la mente de sus personajes, donde, después de todo, la gramática no existe. Era realmente una novela de su tiempo.


ULISES


Asentir o desestabilizar, Rafael Chirbes, p. 142

James Joyce, Ulises. Traducción de J. M. Valverde. Barcelona, Editorial Lumen, 1975, 2 volúmenes: 577 y 463 páginas, 840 pesetas

Joyce nació en Dublín en 1882 y murió en 1941, en plena guerra mundial. Fue, por excelencia, escritor y a la escritura dedicó la mayor parte de sus esfuerzos. Poeta (Música de cámara), dramaturgo (Exiliados), autor de narraciones breves (Dublineses) y novelista (Ulises).

Su obra es una mezcla de ternura, musicalidad, ironía y captación de lo cotidiano. Sin pretensiones de ser testigo de la realidad captó con la sensibilidad de un Flaubert, con la precisión de un Balzac, el mundo de lo pequeño y diario; su belleza, su patetismo, su grandeza y su miseria. Si esto es patente en creaciones como Dublineses o el Retrato del artista adolescente, sin duda cobra nuevos significados en su obra maestra que es, a la vez, una obra maestra de la literatura universal: Ulises. Introducía en ella, revolucionando el arte de escribir, nuevas técnicas, una perspectiva irónica, un minucioso culto a lo cotidiano y un diálogo con el lector, con la literatura y con la cultura, haciendo de todo ello el centro mismo de su arte de novelar.

Joyce declaró en una entrevista que había escrito el Ulises «para tener ocupados a los críticos durante trescientos años». En otra ocasión negó que existiese en toda la novela una sola línea que pudiera tomarse en serio. Los resultados de su labor fueron, sin embargo, una burla maestra, un modelo para toda la posterior literatura.

La publicación en España de esta novela, que hasta ahora habíamos tenido que leer en la mediocre traducción de una editorial latinoamericana, se ha llevado a cabo con un rigor ejemplar del que debemos dejar constancia. J. M. Valverde ha dedicado varios años de su vida a traducir y preparar una edición impecable.


LOS ÚLTIMOS DOS AÑOS DE JOYCE. SU MUERTE


Cuentos y prosas breves, James Joyce, p. 423

Allí la vida es tranquila. Joyce vive en una pensión modesta, toma algunos breves apuntes para un posible libro y pasea con su nieto, al que cuenta muchas historias. A las pocas semanas de  estar en Zúrich empieza a quejarse de un dolor en el estómago, y una vez más le dicen que son los nervios acumulados. La noche del diez de enero pide que por favor le administren morfina para poder dormir; pero esta no calma su dolor, y por la mañana tiene que ser ingresado de urgencia en un hospital. Allí descubren que tiene una úlcera perforada, e inmediatamente le operan. La operación parece salir bien. Convaleciente, solo puede preguntar por Nora; pide que la llamen, que la dejen dormir allí con él. Pero Joyce está solo cuando pierde la consciencia. La madrugada del 13 de enero, a los cincuenta y ocho años, muere de una peritonitis. Dos días después se celebra su funeral en el cementerio de Fluntern de Zúrich.

Lo último que Joyce escribió antes de caer inconsciente fue una postal para su hermano, que tuvo que ser ingresado con un ataque de nervios cuando se enteró por los periódicos de la muerte de James. El profesor Stanislaus Joyce aún vivirá trece años más, en Trieste; a su muerte dejará un libro inconcluso, My Brother s Keeper, y un niño de diez años, James. Morirá un 16 de junio, día de Ulises.

Nora pasará los pocos años que le quedan en Zúrich, donde visitará todos los días la tumba de su marido. Hacia el final de su vida se verá obligada a vender sus cartas y manuscritos por falta de dinero. Morirá un 10 de abril, y será enterrada con él. Lucia pasará el resto de sus días en los sanatorios sin aceptar la muerte de su padre: «¿Qué hace ese idiota debajo de la tierra? ¿Cuándo piensa salir?». Morirá en uno de Northampton, Inglaterra, en 1982.


INCIPIT 1.260. CUENTOS Y PROSAS BREVES / JAMES JOYCE


[Salón de la casa de Martello Terrace]

SR. VANCE- (entra con un palo) ... Oh, ya sabe, va a tener que pedir perdón, señora Joyce.

SRA. JOYCE- Oh, sí. .. ¿Oyes eso, fon?

SR. VANCE - O si no, si no lo hace, las águilas vendrán y le sacarán el corazón.

SRA. JOYCE - Oh, pero estoy segura de que pedirá perdón.

JOYCE - (debajo de la mesa, a sí mismo):

Pide perdón, pide perdón:

te sacarán el corazón.

Pide perdón, pide perdón:

te sacarán el corazón.

El corazón, el corazón:

pide perdón ...


EL ULISES


Cuentos y prosas breves, James Joyce, p.349
En Francia Joyce es una celebridad, comparable a Proust y comparable a Picasso. Él no desdeña la adulación, le gustan los rumores y hasta los asombrados murmullos que su paso deja por las calles. Se deja invitar a numerosas fiestas y disfruta ( dentro de lo posible) de su nueva posición social en los salones, de la que pronto se cansa -no deja de ser entrañable imaginar a Joyce, cliente habitual de los peores antros de Dublín, borracho nocturno y callejero, rodeado de marquesas, vinos rosados y cocottes-. Y es en una de estas fiestas que conoce a Sylvia Beach, joven muy tímida que estaba nerviosa por saludarle, pues es una gran admiradora de su trabajo. Después de hablar de las muchas dificultades que para salir al mundo está teniendo Ulises -declarado por un juez de Estados Unidos peligro oficial para la moral americana- Miss Beach (Miss Bitch cuando le llevaba la contraria) sugiere publicarlo ella misma con el sello de su librería, «Shakespeare & Company», en el 12 de la calle Odeón. Joyce acepta inmediatamente, y feliz escribe su dirección en una tarjeta, «acercándose tanto al cartón que me dieron ganas de llorar».

Sylvia Beach va a dedicar los próximos dos años de su vida a preparar con una minuciosidad enfermiza el parto de Ulises, «el libro más peligroso del mundo». Pronto empieza a recabar adeptos y voceros y a buscar suscriptores para una primera edición de lujo, que costará nada menos que ciento cincuenta francos y que tendrá firmantes tan inesperados como Winston Churchill. Joyce, mientras tanto, sigue engordando su libro, postergando la visita a su padre y conociendo a grandes artistas. Marcel Proust, con el que hablará del tiempo y del postre; Pablo Picasso, con el que no hablará ni del tiempo; T. S. Eliot, del que a pesar de su amistad no sabrá nada (ni siquiera que es un poeta); Ernst Hemingway, al que inmediatamente unirá su pasión por los bares y la música y al que Nora tendrá que encontrar borracho y abrazado a su marido sobre el felpudo de su casa.

En medio de toda esta agitación, Joyce termina el libro, y Sylvia Beach mueve cielo y tierra para cumplir con las supersticiones de su autor. Lo consigue: el 2 de febrero de 1922, cuarenta cumpleaños de James Joyce, aparece publicado en Paris Ulises, cambia la literatura.


INCIPIT 1.256. ESCRITOS BREVES / JAMES JOYCE

 


[Bray, en el salón de la casa en Martello Terrace)

Señor Vanee -(entra con un bastón) ... Oh, sabe usted, él tendrá que disculparse, señora Joyce.

Señora Joyce -Oh sí ... ¿Has oído, Jim?

Señor Vanee -O si no -si no lo hace- las águilas vendrán y sus ojos le arrancarán.

Señora Joyce -Oh, pero estoy segura de que se disculpará.

Joyce -(bajo la mesa, para sí mismo)

-Sus ojos le arrancarán

Se disculpará

                                                              Se disculpará,

                                                              Sus ojos le arrancarán.

                                                             Se disculpará

                                                            Sus ojos le arrancarán,

                                                            Sus ojos le arrancarán,

                                                            Se disculpará.


LOS MUERTOS DE JOYCE


Errata, George Steiner, p. 66
Poco después, un grupo acudió a mi habitación. Se instalaron en las literas y en el suelo. ¿Podía serles útil con Los muertos, el relato de Joyce? Existen pocos relatos breves tan llenos de multiplicidades, tan sometidos a la presión de la historia recordada y a la revelación gradual de sus intenciones como éste. Pocos en los que resulte posible omitir una frase sin causar un grave perjuicio a la inteligencia, a la exigente estructura del conjunto. Me encontré a mí mismo impartiendo un seminario extraoficial en plena noche, leyendo con y para un grupo espectadores sumamente atentos. Los vi tomar notas, subrayar el texto y escribir en los márgenes. Hablé de la absoluta musicalidad del relato. Las canciones y los títulos de canciones son tan importantes en Los muertos como en Noche de Reyes o en Finnegans Wake. Leí el final en voz alta:
Sí, los diarios tenían razón: la nieve se había extendido por toda Irlanda. Caía en todos los rincones de la oscura llanura central, sobre las montañas desnudas de árboles, caía dulcemente sobre la ciénaga de Allen y, más al oeste, dulcemente caía en las oscuras y amotinadas olas del Shannon. Caía también en todos los rincones del solitario cementerio de las colinas, donde yacía enterrado Michael Fury. Se amontonaba, arrastrada por el viento, sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la pequeña verja, sobre las áridas espinas. El espíritu de Fury se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer, como el descenso de su último fin, sobre los vivos y los muertos.
¿Habían observado la vieja figura retórica (su nombre griego era ... ) mediante la cual «Caía dulcemente» se transforma en «dulcemente caía», como preludio del cambio final «caer mansamente» y “mansamente caer”? ¿O los sonidos sibilantes que anuncian la llegada del sueño en «El espíritu de Fury se desvanecía lentamente»? También valía la pena subrayar aquellas «lanzas» y «espinas», emblemáticas de la pasión de Cristo en otra montaña, hacía mucho tiempo. Pero se había hecho tarde y el ambiente en la habitación estaba muy cargado. Intenté evitar lágrimas absurdas. Hasta que las vi en uno de aquellos rostros sin afeitar. Entonces supe que podía conducir a otros hasta las fuentes del significado. Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y la interpretación no han cesado de cantar para mí.

JOYCE


Siete noches, JL Borges, p.159
Recordemos otro ejemplo más famoso que el de Groussac. En James Joyce se da también una obra doble. Tenemos esas dos vastas y por qué no decirlo ilegibles novelas que son Ulises y Finnegans Wake. Pero es la mitad de su obra (que incluye bellos poemas y el admirable Retrato del artista adolescente). La otra mitad y quizá la más rescatable -como se dice ahora- es el hecho de que tomó el casi infinito idioma inglés. Ese idioma que estadísticamente supera a todos los demás y que ofrece tantas posibilidades para el escritor, sobre todo de verbos muy concretos, no fue bastante para él. Joyce, el irlandés, recordó que Dublín había sido fundado por los vikingos daneses. Estudió noruego, le escribió una carta en noruego a Ibsen, y luego estudió griego, latín. . . Supo todos los idiomas y escribió en un idioma inventado por él, un idioma que es difícilmente comprensible pero que se distingue por una música extraña. Joyce trajo una música nueva al inglés. Y dijo valerosamente (y mendazmente) que "de todas las cosas que me han sucedido creo que la menos importante es la de haberme quedado ciego". Ha dejado parte de su vasta obra ejecutada en la sombra : puliendo las frases en su memoria, trabajando a veces una sola frase durante todo un día y luego escribiéndola y corrigiéndola. Todo en medio de la ceguera o de períodos de ceguera. Análogamente, la impotencia de Boileau, de Swift, de Kant, de Ruskin y de George Moore fue un melancólico instrumento para la buena ejecución de su obra; lo mismo cabe afirmar de la perversión, cuyos beneficiarios, ahora, se encargan de que nadie ignore sus nombres. Demócrito de Abdera se arrancó los ojos en un jardín para que el espectáculo de la realidad exterior no lo distrajera; Orígenes se castró.

FAMOSOS

Un andar solitario entre la gente. Muñoz Molina, p. 65
Cambia Ahora el Color de Tu Mirada. Por las calles de Trieste, James Joyce, flaco y miope, desastrado, formal, va de un lado a otro siempre con retraso para su próxima clase de inglés. Va tan rápido por Triste como Pessoa en esas fotos en las que pasa muy diligente junto al escaparate de la librería Bertrand. Quizás Pessoa va tan aprisa no porque tenga urgencia de llegar a ninguna parte sino tan solo porque quisiera eludir al fotógrafo callejero que se gana la vida retratando a la gente que pasa e intentando luego venderles las fotos. Hay un aire familiar en las fotos de Joyce y de Fernando Pessoa. Las gafas, el bigote, la pajarita digna y torcida, la cartera abultada de papeles y libros. Los dos caminan atareados y miopes, y con frecuencia muy bebidos, por ciudades portuarias que misteriosamente también guardan semejanza. En algunas arquitecturas oficiales de Lisboa hay una especie de tronada magnificencia austrohúngara. A lo que más se parece la Praça do Comércio de Lisboa es a la Piazza Uniti en Trieste, las dos monumentales y abiertas a un horizonte marítimo. Joyce y Pessoa son dos políglotas enamorados cada uno de una lengua que no es la suya. James Joyce y Walter Benjamín se cruzan por París en vísperas de la invasión alemana y el gran derrumbe de Europa, dos apátridas de condición insegura, los dos fugitivos. Los dos son muy miopes y es probable que si se ven no se reconozcan. En Trieste y en París, James Joyce sigue en realidad caminando imaginariamente por Dublín, quizás como Benjamín por Berlín. Ninguno de los dos volverá a su ciudad de origen. Virginia Woolf camina al mismo tiempo por Londres y por los senderos del campo inglés cerca de su casa y entre la racionalidad y el delirio imagina que habrá pronto una invasión alemana. Anda con unos austeros zapatos ingleses, despeinada en la lluvia, con un bastón que se clava delante de ella en los senderos embarrados. Camina cerca de un río y escucha el rumor del agua como una invitación.

SOBRE JOYCE

Opiniones contundentes, Nabovok, p. 86-87
Pero en el caso de usted y de ]oyce, me parece que ha aprovechado el ejemplo de ]oyce sin imitarlo ... , que ha comprendido usted lo que Ulises entraña sin haber echado mano de recursos obviamente «joyceanos» (fluir de la conciencia, efectos de «collage» creados con los objetos flotantes y lo que la marea de la vida cotidiana arroja). ¿Podría darnos su opinión sobre lo que Joyce ha significado para usted como escritor, su importancia con respecto a la liberación y la expansión de la forma de la novela?

Mi primer contacto verdadero con Ulises, después de una mirada de reojo a los veintipocos años, fue cuando ya había pasado los treinta, y cuando ya estaba definitivamente formado como escritor e inmune a coda influencia literaria. Estudié seriamente Ulises sólo mucho después, en la década de 1950, cuando preparaba mis cursos para Cornell. Ésta es la mejor  arte de la educación que recibí en Cornell. Ulises destaca sobre el resto de la obra de Joyce, y en comparación con su noble originalidad y su lucidez singular de pensamiento y estilo, el infortunado Finnegans Wake no es más que una masa informe y opaca de falso folklore, un libro muerto, un ronquido persistente en el cuarto de al lado, sumamente irritante para un insomne como yo. Además, siempre he detestado la literatura regional llena de rarezas arcaicas y pronunciación imitada. La fachada de Finnegans Wake oculta un conventillo muy convencional y ordinario, y sólo los arrebatos poco frecuentes de entonaciones celestiales lo redimen de una total insipidez. Sé que me excomulgarán por este juicio.

INCIPIT 414. DUBLINENSES / JAMES JOYCE

Las hermanas
No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: No me queda mucho tiempo en este mundo, y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomón en Euclides y la simonía del catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.
El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando, cuando baj é a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:
-No, yo no diría qué era exactamente ... pero había en él algo raro ... misterioso. Le voy a dar mi opinión.
Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus interminables cuentos sobre la destilería.
-Yo  tengo mi teoría -dijo-. Creo que era uno de esos ... casos ... raros ... Pero es difícil decir ...

INCIPIT 376. LO DESOREN / ORDEN DEL FINNEGANS

Orden de expulsión
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
Los seguidores de los blogs de El País debieron de quedarse bastante desconcertados cuando, en junio de 2011, apareció un artículo de Malcolm Otero Barral titulado «¿Qué fue de Ray Loriga?». Se habla en él de un peculiar grupo de escritores que se hacen llamar la Orden del Finnegans y cada 16 de junio viajan a Dublín para celebrar el Bloomsday y, con tal excusa, reírse un poco e ingerir abundantes pintas de cerveza Guinness en varios de los numerosos pubs de la capital irlandesa. La alusión que en el título se hace al escritor Ray Loriga queda en el texto reducida a una enigmática acusación y una estrafalaria condena. El cargo que se le imputaba era el de «deserción inexcusable» y la condena que acabó aplicándosele fue la quema pública de un dibujo que le representaba mientras una mujer disfrazada de dama eduardiana gritaba alborozada: «Bye bye, Ray!".

Pero comencemos por el principio. El Bloomsday empezó a celebrarse el 16 de junio de 1954, exactamente cincuenta años después del día en que, según el Ulises, Leopold Bloom realizó el recorrido dublinés que arrancaba del hogar conyugal que compartía con Molly y, tras llevarle por lugares comno el cementerio de Glasnevin, la tienda de licores de Davy Byrne, el hotel Ormond, la playa de Sandymount, el hospital de maternidad o el burdel de Bella Cohen en Nighttown, le devolvía borracho a su casa

ANNA LIVIA PLUREBELLE

      ¡OH,
      cuéntamelo todo
      Anna Livia! Quiero saberlo todo
de Anna Livia. Porque sabéis quién es Anna Livia, ¿no? Claro que sí; todos sabemos quién es Anna Livia. Cuéntamelo todo; ahora mismo. Te va a dar algo cuando lo oigas. Ya sabes, cuando el viejo anduvo riorriendo, se mojó e hizo lo que hizo. Sí, ya lo sé, sigue. Que hay mucha ropa sucia que lavar; y no salpiques. Remángate y larga. Y no embistas -¡soo!- a! agacharte. Fuese lo que fuese lo que intentasen descubrir que les hiciera a aquellas dos en Phoenix Park, es un tipo de cuidado. ¡Fíjate en su camisa! ¡La de mierda que tiene! Como si me echase encima todo el albañal de Dublín. Como si se hubiese pasado toda la semana arrastrándose por el lecho del río.  ¿Cuántas veces se la habré lavado? Me conozco de memoria todos los lugares donde le gusta ensuciarse, ¡el muy cerdo! Despellejándome las manos y matando el hambre para hacer presentables sus mudas. La paliza que hay que darle a todo esto para dejarlo limpio. Me arden las mullecas de tanto restregar las manchas. ¡Con niéperes de humedades y ganges del pecado! ¿Qué puñeta fue lo que ese anima sancta hizo junto al Sendai? ¿Y cuánto tiempo  estuvo locknessao en la cangrí? Salió en los periódícos, ¡válgame!, el rey fierceas Humphrey, con todos los ulícitos detalles, punto por punto. Pero ni en una ciclopedia cabría todo. Si lo sabré yo. Que bien cierto que es: que el tiempo y la marea con todo hombre arrea. Y, tal andas, tal acabas. ¡ Menudo pendón! Meándose en el ayuntamiento y chuleando. La rive gauche was right et la rive droite sinistrous! ¡Vaya pinta! ¡Y lo que se pavoneaba! Y lo erguido que iba siempre, con la cabeza tan alta como el Howth, aquel famoso duque extranjero, con aquellos aires de grandeza que le inflaban la jiba
De FinnegansWake, p. 85

LA HOMINIZACION

De Stephen el héroe, de JJ, p.231
-Amadísimos hermanos: Había una vez una tribu de monos en Berbería. Y... esos monos eran tan numerosos como las arenas de] mar. Vivían juntos en las selvas... en comercio... polígamo ... y reproducían ... su especie ... Pero he aquí que llegaron a Berbería ... los santos misioneros, los santos hombres de Dios ... a redimir al pueblo de Berbería. Yesos santos hombres predicaron a la gente ... y luego ... fueron a las selvas ... muy adentro de las selvas ... a rezar a Dios. Y vivieron como ermitaños ... en las selvas ... y rezando a Dios. Y he aquí que los monos de Berbería que estaban en los árboles ... vieron a esos santos hombres viviendo como ermitaños... como ermitaños solitarios... rezando a Dios . y los monos que, amadísimos hermanos. son criaturas imitativas... empezaron a imitar las acciones... de esos santos hombres ... y empezaron a hacer lo mismo. Y así.. . se separaron unos de otros ... y se apartaron muy lejos,  a rezar a Dios... e hicieron lo que habían visto hacer a los santos hombres ... y rezaron a Dios ... Y ... no volvieron ... más .. . ni trataron de reproducir la especie ... Y así... poco a poco .. . esos po ... bres monos... fueron siendo cada vez menos y menos ... Y hoy ... no hay monos en toda Berbería.

QUERELLA DE LOS ANTIGUOS Y LOS MODERNOS

De Stephen el héroe
-Amigo mío, eso es una bobada. Siempre estás hablando de lo “moderno”. ¿Tienes idea de la edad de la tierra? Dices que estás emancipado, pero, en mi opinión, no has pasado todavía del primer libro del Génesis. No hay tal cosa como moderno y antiguo : todo es lo mismo.
- ¿ Qué es lo mismo?
-Lo antiguo y lo moderno.
-Ah, sí, ya sé, todo es lo mismo que todo lo demás. Claro que sé que la palabra moderno es sólo una palabra. Pero cuando la uso, la uso con cierto significado ...
-¿Qué quieres decir tú, por ejemplo?

-El espíritu moderno es de vivisección. La vivisección misma es el proceso más moderno que se puede concebir. El espíritu antiguo aceptaba los fenómenos de mala gana. El método antiguo investigaba la ley con la linterna de la justicia, la moralidad con la linterna de la revelación, el  arte con la linterna de la tradición. Pero todas esas linternas tienen propiedades mágicas: transforman y desfiguran. El método moderno examina su territorio a la luz del día. Italia ha añadido una ciencia a la civilización al apagar la linterna de la justicia y considerar al delincuente en su producción y su acción. Toda la crítica moderna, política y religiosa, prescinde de presuntos Estados, presuntos Redentores e Iglesias. Examina a la entera comunidad en acción y reconstruye el espectáculo de la redención. Si fueras un filósofo estético tomarías nota de todas mis divagaciones porque ah! tienes el espectáculo del instinto estético en acción. El colegio filosófico podría reservar un detective para mí.

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