Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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USA


¿Porqué escribir? Philp Roth, p. 470
Estoy de acuerdo en que ha sido una buena época para la novela en Estados Unidos, pero no sé decir por qué. Tal vez la explicación sea la ausencia de ciertas cosas. La indiferencia, sino el desprecio, del novelista estadounidense por la teoría “crítica”. Una escritura no contaminada por la propaganda política ... o incluso por la responsabilidad política. La ausencia de una «escuela” de escritura. En un lugar tan enorme no hay un solo centro geográfico en el que se origine la escritura. Ninguna población homogénea, ninguna unidad nacional básica, ningún carácter nacional único, una calma social totalmente desconocida, incluso la torpeza generalizada a propósito de la literatura, la incapacidad de la mayoría de los ciudadanos para leerla siquiera con un mínimo de comprensión, confieren cierta libertad. Resulta embriagador que en realidad los escritores les traigan sin cuidado a nueve décimas partes de la población.
Hay muy poca sinceridad, antagonismo por todas partes, en gran parte calculado para desagradar, enormes hipocresías, pasiones feroces e incontenidas, crueldad vulgar que se puede ver solo con apretar el mando a distancia, armas explosivas en manos de tipos que dan escalofríos, la lúgubre tabulación de hechos violentos indescriptibles, el incesante pillaje de la biosfera para obtener beneficios, una vigilancia excesiva que no va sino a ir a peor, grandes concentraciones de riqueza dedicadas a financiar a malvados antidemócratas, analfabetos científicos que siguen celebrando el juicio Scopes ochenta y nueve años después,   desigualdades económicas tan grandes como el Ritz, un endeudamiento masivo, familias que no saben hasta qué punto pueden empeorar las cosas, el dinero que se saca de todo -ese frenesí- y (algo nada nuevo) un gobierno antipopular que no está basado en la democracia representativa sino en los grandes intereses financieros, la vieja plutocracia estadounidense peor que nunca.
Hay trescientos millones de personas en un continente de cuatro mil ochocientos kilómetros de anchura que se las arreglan como pueden con sus problemas inagotables. Estamos presenciando una nueva y benéfica mezcla de razas a una escala desconocida desde la perversión de la esclavitud. Podríamos seguir y seguir. Es difícil no sentirse cerca de la existencia aquí. Este no es un rincón tranquilo del mundo.

COCINAS AMERICANAS

Jambalaya, Albert Forns, p. 141-142
-Señor Jrushchov, quiero mostrarle nuestra cocina. Todas las casas de California son así. ¿Había visto alguna vez una lavadora integrada? -le preguntó Nixon señalándole la lavadora.
-Bah, nosotros también tenemos lavadoras, ¿qué se han creído? -respondió el ruso.
-¿Y no le parece que sería mejor que compitiéramos para ver quién fabrica las mejores lavadoras, en vez de pelearnos por quién tiene los misiles más potentes?
-Seguro que sí, pero dígaselo a sus generales, que son los primeros en competir con los cohetes. Y que sepa que en esto -dijo Jrushchov señalando la lavadora- también les ganaremos.
Aunque el intercambio de reproches acabó en tablas, aquella pelea retransmitida en todo el mundo puso las casas Leisurama en el mapa. Llegaron a venderse en Macy's, donde se instaló una completa en la novena planta, que podía visitarse para probarla entre los expositores de ropa y el menaje del hogar. Se vendían con el todo incluido más todo incluido de la historia: incorporaban tanto los electrodomésticos como las sábanas, desde los vasos Duralex hasta los cepillos de dientes, por únicamente 13.000 dólares de entonces, un 40% más baratas que la media. El comprador sólo tenía que instalarla y presentarse con la manduca para llenar la nevera. Para que el norteamericano estándar se animara a comprarlas, el promotor instaló doscientas de ellas de una sola vez en Culloden Poinr, al norte de Montauk. De manera que las cocinas Leisurama son las cocinas de Montauk. Ahora se han convenido en una pieza de coleccionista, y hay millonarios aburridos que han llegado a pagar un millón de dólares por una de esas casas viejas en las que ya no queda ni un vaso original

Los personajes, menudo barrizal. ¿Quién los inventó? Y aún más importante: ¿por qué coño lo hizo? Quizá es mi mochila periodística, pero hace muchos años que sé que, por mucho que invente, nada podrá igualar a un personaje de verdad. La realidad siempre supera la ficción, cualquier persona de verdad es mejor, más compleja e interesante que lo que yo pueda acabar inventándome. ¿Qué necesidad hay de ocultarme tras personajes que ni me interesan a mí ni interesarán a los lectores?  Los personajes: siempre malas copias de mí mismo, el principal obstáculo entre yo y una ficción convincente.

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