Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Manuel Vilas


Islandia, Manuel Vilas, p. 173

Ahora soy un ser humano que no duerme, que no sabe si ha puesto o no agua en la cafetera, que no encuentra una taza, que no tiene nada que desayunar, que se despierta llorando y de repente se acuerda de que se acostó llorando, que no sabe cómo subirse a un autobús en la ciudad de Madrid, que da los buenos días de una forma delictiva a sus vecinos, un culpable más de estar desesperado.

Los desesperados son los más culpables del mundo. No saben hacer nada. Tartamudean, se les caen las naranjas de la bolsa en los supermercados y todo el mundo sabe que no es por un descuido sino porque están desesperados y por tanto algo habrán hecho. No sabemos por qué los desesperados cantan como almejas. Porque muchos de ellos, entre los que me cuento, intentamos disimular con verdadero arte. Pero apestamos a culpabilidad. Tenemos cara de culpables. Culpables de lo que sea, pero culpables.

Somos los reos emocionales de este enorme imperio que mezcla basura y belleza al que hemos llamado civilización.

 


INCIPIT 1.618. ISLANDIA / MANUEL VILAS

 


Las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas suelen ser inenarrables. Por eso Islandia es una novela.

1 Ada y el adiós (largo lamento)

No me dejes, no imagino nada peor que perderte.

Carta de Albert Camus a María Casares (junio de 1944)

1

Veo gente feliz en el tren AVE, hablan y sonríen. En especial en las mesas de cuatro viajeros. Contemplo a dos matrimonios. Solo puedo ver los rostros de uno de esos dos matrimonios, un hombre de unos sesenta años y una mujer tal vez de cincuenta y cinco. Llevan una sonrisa encima que me parece amenazante, en el sentido de que yo no sonrío, ni tengo motivos para hacerlo. Están en paz con todo y su rostro emana luz. Están de vacaciones, deduzco, y van con otro matrimonio amigo, del que no puedo ver sus rostros porque me dan la espalda. También me inquieta que el otro matrimonio, que supongo feliz, me dé la espalda. Todo me aflige, todo engorda mi suplicio personal. Enseguida, enseguida contaré mi dolor, mi angustia, o tal vez mi desgarramiento, todo viene mezclado en este misterio de vivir.

Ahora se han levantado los cuatro porque van al bar, y puedo ver que uno de los dos hombres lleva pantalón corto, pues ya está cerca el calor, a pesar de que es mayo. Visten ropa cómoda. Y yo tengo dentro de mí como una piedra, una piedra en el alma, una amputación o una posesión, como si me estuviera torturando un demonio tan invisible como eficaz. Me resulta amenazante la felicidad de esos dos matrimonios. Me recuerdan que no he sabido lograr la serenidad, la paz. Me recuerdan que he fracasado, pero aun así hay en mí un deseo poderoso de seguir adelante.


MENDOZA Y KAFKA

 


Dos tardes con Kafka, Manuel Vilas, p.122

Bueno, hay un suceso y una excepción muy notable respecto. El escritor español Eduardo Mendoza dijo e público que Kafka era un mal escritor y que por eso mandó quemar sus libros, porque sabía que sus libros eran m los. Mendoza no soportaba a Kafka. Sus palabras están colgadas en YouTube con el título «Kafka era un mal escritor y él lo sabía».

Como gran gratificación a esta descalificación a Kafka Eduardo Mendoza recibió el prestigioso premio Kafka de Literatura.

Esto son cosas de Kafka. La mejor forma que tuvo Kafka de humillar a Eduardo Mendoza fue regalarle el premio Kafka.

También debe ser denunciada la ignorancia de ese jurado, que le dio el premio Kafka al único escritor del mundo que odiaba a Kafka.

Es una especie de sadismo kafkiano.

El único escritor del mundo que odia a Kafka recibe el premio Kafka de literatura. Es como rle el premio Cervantes a Lope de Vega.

Por eso hay algo siniestro siempre en el intento humano de solemnizar la literatura, y, como digo, no debemos descartar la mano del fantasma de Kafka en todo esto. Más bien esa mano decidió darle el premio Kafka a un odiador de Kafka para que luego se viera en la necesidad de retractarse.

Pues el colmo de la risa kafkiana viene luego, en el año 2015, que es el año en el que Mendoza recibe el premio Kafka. Ahora hay que volver de nuevo a YouTube y ver el vídeo que el Instituto Cervantes de Praga subió a las redes, festejando el gran acontecimiento de que un escritor español recibiera un premio tan importante. En ese video Mendoza alaba y adora a Kafka, todo es ditirámbico. ¿Qué ha pasado en tanto solo cinco o seis años?

La pasta, ha pasado la pasta con que está dotado el premio Kafka.

Para Mendoza el dinero lo es casi todo, muy probablemente para mí también, pero para Kafka no era importante. Y eso es demostrable con la vida que llevó. Mendoza y yo mismo hemos elegido el dinero porque tenemos miedo a morirnos de hambre. Es el miedo que Kafka no tuvo. Kafka eligió otra cosa, pero nadie sabe decir qué fue exactamente lo que eligió. Brod diría que la santidad. Milan Kundera y otros dirán que la vida salvaje o la vida sin dimensiones espaciales y temporales. Estaban diciendo lo mismo, Brod y Kundera y Canetti, lo mismo.

JOSEFINE


Dos tardes con Kafka, Manuel Vilas, p. 95

«Josefine, la cantante»

«Josefine, la cantante o El pueblo de los ratones» es uno de los últimos relatos de Kafka, escrito poco antes de su muerte. Josefine es una cantante que canta para su pueblo, pero su pueblo no sabe muy bien si realmente canta o solo chilla.

Este relato es de 1924. Nadie ha escrito un cuento como este, va más allá de todo lo concebible. Hay que leerlo dos veces, una vez no vale. Te puedes hacer adicto a este relato.

Lo más sobresaliente en «Josefine, la cantante» es la creación de una arquitectura histórica de un pueblo despreciable. Es el pueblo de los ratones, pero también es despreciable la propia Josefine.

«Josefine, la cantante» es un abismo, un agujero negro. Nadie sabrá nunca de qué habla Kafka en este cuento en la medida en que nadie llegará a conocer el misterio de las sociedades humanas.

¿Qué demonios es una civilización, una sociedad?

¿Josefine chilla o canta? ¿Quién decide si es bella u horrible la existencia humana? ¿Nosotros, el pueblo? Pero si somos un pueblo de ratones.


JOYCE BORGES K


Dos tardes con Kafka, Manuel Vilas, p. 96

Joyce, James

EI escritor argentino Jorge Luis Borges escribió esto a propósito de la inevitable competición entre Joyce y Kafka por la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de la Literatura:

Yo estuve en los actos del centenario de Joyce y cuando alguien lo comparó con Kafka dije que eso era una blasfemia. Es que Joyce es importante dentro de la lengua inglesa y de sus infinitas posibilidades, pero es intraducible. En cambio Kafka escribía en un alemán muy sencillo y delicado. A él importaba la obra, no la fama, eso es indudable. De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños Fuera conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria. Nosotros sabemos cuáles son sus fechas, cuál es su vida, que es de origen judío y demás, todo eso va a ser olvidado, pero sus cuentos seguirán contándose.


INCIPIT 1.597. DOS TARDES CON KAFKA / MANUEL VILAS


1. Yo soy el que soy

Yo no soy un lector de Franz Kafka, yo soy su enamorado.

Con mucha probabilidad, yo no me habría convertido en escritor si no hubiera leído a Franz Kafka, o si la obra de Franz Kafka no existiese. Si intento borrar la obra de Kafka de mi alma, me quedo sin vocación literaria. No me interesa la literatura si Kafka no es el dueño de la literatura. Lo cual no es un agradecimiento que yo quiera manifestar aquí a modo de elogio de la obra de Kafka, sino más bien una recriminación cuyas consecuencias ignoro, pero me aventuro a pensar que tal vez, de no existir la obra de Kafka, tampoco existiría la mía, y ese desvanecimiento o desaparición de cientos de páginas escritas hoy  me parece deseable e incluso decente.


INCIPIT 1.344. NOSOTROS / MANUEL VILAS


Poco sabíamos de la vida de los ángeles. Creíamos que eran criaturas inventadas, pero no es así. Los ángeles existen, tal vez discretamente. Son hombres y mujeres que pasan por este mundo sin otro cometido que el amor.

Son esperanzadores, sí.

Pero también son mortales y corrientes.

De una vulgaridad excepcional.

Que existan los ángeles es una gran noticia para el mundo.

Ellos dan belleza a este planeta.

Uno de esos ángeles se llama Irene, y su historia comienza en la página siguiente.


INCIPIT 1.307. ALEGRIA / MANUEL VILAS


Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría.

El alma humana no tendría que haber descendido a la tierra.

Tendría que haberse quedado en las alturas, en los abismos celestiales, en las estrellas, en el espacio profundo. Tendría que haber permanecido alejada del tiempo; el alma humana hubiera estado mejor sin ser humana, porque el alma  envejece bajo el sol, se derrite, se hunde y combustiona en millones de preguntas que se esparcen sobre el pasado, el presente y el futuro, que forman un solo tiempo, y ese es el tiempo personal de cada uno de nosotros, un tiempo en donde el amor es un deseo permanente, que no se cumple, que nos avisa de la hermosura de la vida y luego se marcha.

 Se marcha.

Nos deja en un silencio poderoso, amargo y sutil.

Millones de preguntas que fueron seres humanos antes de convertirse en preguntas. Millones de cuerpos, millones de padres, madres, hijos e hijas.

Y nos quedamos solos y ateridos.

El alma humana somos nosotros, todos nosotros, buscando amor, todos buscando ser amados cada día, cada día esperando la llegada de la alegría, qué habríamos de esperar si no.


PROUST


Alegría, Manuel Vilas, p. 280

«¿Qué religión tiene usted?», le preguntaban a Proust.

«Mi religión es el pasado», contestaba él.

Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en Auteuil, un barrio de París, y vivió cincuenta y un años, que hoy son muy pocos años. Tenía ojos grandes y bigote. Lo imagino mirándose al espejo. En el año 1905 murió su madre, a quien amaba profundamente. Ese fue un golpe del que nunca se recuperó. Fue la muerte de su madre la que desencadenó su gran obra, su enciclopédica En busca del tiempo perdido. También desencadenó su idea del recuerdo, porque la muerte de su madre le hizo ver que la vida necesita completarse con el recuerdo de la vida. Se dio cuenta de que solo había habido una persona en el mundo que mereciera toda su confianza, y esa fue su madre, a quien ninguna otra mujer o ningún otro ser humano. podría sustituir nunca. Eso es el fracaso: darte cuenta de que el amor incondicional es un hecho retrospectivo. Yo también me di cuenta de eso cuando murieron mi padre y mi madre. Se encerró en un cuarto parisiense, del que no salía, y se consagró a la fiesta del pasado. No soportaba los ruidos. Hizo colocar corchos en las paredes de su casa. Fue un pionero de la insonorización. No puede haber algo que yo entienda mejor que el de fijar corchos en las paredes para aislar el ruido. La búsqueda de la verdad es la misma que la del silencio absoluto. Me gustaría ver el día en que unos carpinteros entran en la vivienda de Proust con la tarea más rara de toda su vida: llenar las paredes de corcho. Nunca han hecho nada igual. Parece el trabajo más sencillo, porque los corchos no pesan como los ladrillos o la piedra o el mármol. Sin embargo, pronto advierten que el cliente es un perfeccionista, que los obliga a un cuidado obsesivo. El Arnold de Proust, como también fue el de Kafka, es el ruido.


SALVADOR ALLENDE


Alegría, Manuel Vilas, p. 203

Me vino también el recuerdo del presidente chileno Salvador Allende, que se suicidó el 11 de septiembre de 1973 ante el golpe de Estado de que fue víctima su gobierno, y ante el asalto armado y cruento del palacio de La Moneda. La izquierda no admitía su suicidio y sostuvo durante mucho tiempo que había sido asesinado por los militares golpistas. Ahora ya se acepta que Allende decidiera pegarse un tiro, en cuyo acto aún hay más honestidad que en su supuesto asesinato a manos de los militares, pues no les dio opción a que le ejecutaran, y eso cuenta. Cuenta mucho, pues supone un acto de conciencia, en donde la rendición ni siquiera es una hipótesis. Quien no se mata es porque en el fondo espera que los demás no le maten, y abre así la puerta de la petición de clemencia. Allende no quiso ni siquiera sugerir una hipotética clemencia, ni siquiera quiso convertirse en una decisión que hay que tomar, no quiso ni siquiera mirar a los ojos a los miserables que venían a destruir la democracia. Ni insultarlos ni hablarles ni decirles su nombre ni condenarlos, no quiso nada. Y esa bala que destruyó su cerebro era, por consiguiente, una bala moralmente buena, valiosa y llena de necesidad. En realidad, fueron dos balas, porque Allende usó su propia metralleta para dispararse a la cabeza y a la cara. Las dos balas destruyeron los huesos de la cara. Los forenses constataron que su rostro quedó irreconocible. La autopsia de Allende reveló algo sorprendente: el presidente de Chile tenía el hígado, el corazón, los riñones y los pulmones en un gran estado de salud, como si fuesen los órganos de una persona joven, algo infrecuente en un hombre de sesenta y cinco años. Que tuviera los órganos saludables nos dice simbólicamente que la democracia tiene que ver con la alegría, así deseo verlo yo. Podría haber vivido muchos más años. Dada la robustez de sus órganos internos Allende se habría hecho nonagenario.


LA TOALLA


Ordesa, Mauel Vilas, p. 309
Teníamos una pequeña bañera en aquel viejo piso, mi madre nunca quiso o no pudo reformarla. Era una bañera de obra de carácter testimonial, resultaba imposible asearse allí dentro. Mi madre nos bañaba una vez a la semana. El calentador nunca fue bien, no calentaba suficiente agua, de modo que mi madre calentaba el agua con ollas puestas en el fuego de la cocina.
El calentador tenía marca, se llamaba Orbegozo. Eran baños elementales, con muy poca agua. Casi era ridículo, no te llegaba el agua ni a los tobillos. Mi madre nos secaba con una enorme toalla roja. Cuando ella murió, encontré esa toalla en un armario, había sobrevivido casi cincuenta años. Me quedé maravillado viendo que aún existía, yo no sabía que una toalla podía vivir tanto tiempo. Me la llevé conmigo. Estaba tan bien conservada ... ¿Sería de una alta calidad? ¿Era un milagro?
Parecía la Sábana Santa de mi familia.
Con los años, la cal obstruyó completamente la salida del agua caliente. Yo entonces ya no vivía con mis padres. No sé cómo debieron apañarse. Ni siquiera les pregunté. No sé cómo conseguían ducharse. Tal vez no lo hicieran. Tal vez fuese el mismísimo Dios el que derramaba sobre sus cuerpos cansados el don de los olores limpios, los olores de aquellos que ya han entrado en el recinto donde nada se corrompe.
Ahora esa toalla está en mis manos mojadas. Muchas veces me quedo mirando esa toalla, intento preguntarle cosas, sí, preguntarle cosas a la toalla. Y ella me responde, la toalla me habla: «Es a ellos a quienes tenías que haberles preguntado, a ellos, y tiempo tuviste de hacerlo, pero ya sé que no sabías cómo hacerlo, no lo sabías, no sabías qué palabras eran”.
Me seco con esa toalla.
Sigue siendo suave, conserva el tejido toda la delicadeza que tuvo el primer día en que mi madre la estrenó en mi cuerpo, en el cuerpo de un niño de seis años. Nunca nos pudimos duchar por culpa de aquella bañera diminuta y del cabezal obturado por la cal de la ducha, de la que solo emanaba un hilo de agua, unas gotas cansadas de ser agua. Nadie sabe hasta qué punto puede marcarte eso.

POTLACH

Ordesa, Manuel Vilas, p. 280
Les traje a mis hijos regalos de mi último viaje, los vieron, dijeron que les gustaban mucho, y los olvidaron en mi casa.
Los tengo delante ahora: inertes, despreciados, condecorados con méritos tristes. Simbolizan la desaparición de un hogar. Y por tanto, la desaparición del amor. Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable.
¿Qué hacen esos regalos encima de la cama del cuarto pequeño en el que nunca duerme nadie?
Me tumbo en la cama del cuarto grande. Me levanto de la cama y vuelvo al cuarto pequeño, y me pongo a mirar los regalos que he traído a mis hijos, que están allí, encima de la cama pequeña, abandonados, fundiéndose el abandono de los regalos con el abandono de la cama pequeña, llegando a fundir sus soledades en una sola soledad que si la ves te parte el corazón y la vida.

En absoluto me entristece que hayan olvidado los regalos, más bien me asombra, tal vez porque he superado el estadio de la tristeza, o he cambiado la tristeza por el asombro, y porque amo a mis hijos, y me da igual lo que hagan conmigo y con mis regalos. Pero un padre también tiene espíritu de supervivencia, pues es un hómbre. El poco aprecio hacia mis regalos podría causarme incluso pánico: en mi vida ha habido más pánico que tristeza. Porque el pánico procede de la culpabilidad y la tristeza procede de sí misma. Es decir, si han abandonado los regalos es porque soy culpable. A veces pienso que mi culpa es más extensa que el universo. Podría competir en extensión con las simas siderales. La culpa es uno de los dorados enigmas; como es obvio, no me refiero a la culpa que se origina en las religiones, o concretamente en el catolicismo, sino a la culpa prehistórica, a la culpa como síntoma de gravedad y de alianza con la tierra y la existencia, la culpa de Kafka, esa.  La culpa es un poderoso mecanismo de activación del progreso material y de la civilización, porque la culpa crea «tejido moral”, y la moral y la ética son los bastiones que mueven la realidad. 

DIA

Ordesa, Manuel Vilas, p. 222
Voy a comprar a la cadena de alimentación Día. Entro y está lleno de gente, gente viviendo en la catástrofe, herederos de la crisis y del paro y de la nada. Hola, compañeros, comprad yogures de marca blanca, no saben igual que los Danone, pero son infinitamente más baratos. Me gusta comprar en el Dia: todo es barato y sencillo y obvio y comestible, como mi paso por este mundo. Todo es barato porque todo está casi caducado. Si te fijas en la fecha de caducidad de lo que compras, te llevas la sorpresa de que buena parte de los productos son tan baratos porque están a punto de caducar. Las galletas están casi caducadas, el pescado está casi caducado, por eso tiran los precios, porque los productos son casi cadavéricos. Unas galletas caducadas son como un cadáver. Da miedo comerte cosas caducadas, es como arrojarse al horno de la industria de la alimentación. Los técnicos que tenían que vigilar la fecha de caducidad de los productos caducaron también. La gente caduca. Morir es caducar, quiero decir que hemos extendido el concepto de acabamiento a todo cuanto nos rodea. Y al final la medida o trascendencia de nuestra muerte no está alejada de la medida y trascendencia de un yogur caducado.
La fecha de caducidad es una fecha fúnebre.

Sin embargo, los muertos no caducan; pero los vivos sí. La muerte es el lugar donde la caducidad ya no cuenta. Una botella de Coca-Cola Zero de un litro vale un euro: una equidad simbólica, que aúna la medición de seres líquidos con seres monetarios. La gente que compra en el Dia en mi barrio a las once o las doce del mediodía son parados, ancianos y amas de casa, y locos o enfermos. Ancianas que llevan el dinero justo en la mano, y se compran una lata de naranjada y una bolsa de golosinas, y arrojan las monedas contra el mostrador, y la cajera tiene que contar las sucias monedas, llenas del sudor de la anciana demenciada, que va con un pañal y huele que apesta.  Meto a la anciana en mi corazón, y la amo. Y pienso en que una vez esa octogenaria fue una niña al lado de una madre joven. 

EXPAÑA

Ordesa, Mauel Vilas, p. 212
Mi padre no me enseñó a quererle. Me cogía de la mano cuando era un niño y salíamos a la calle. Tampoco nadie le dijo a él si quería ser padre, si verdaderamente había tomado la decisión de ser padre de una manera libre y sin coacciones. Mi padre escribía sus duplicados, iba anotando allí lo que vendía a los sastres de las provincias de Huesca, Lérida y Teruel; sastres que hicieron trajes a medida a hombres que ya murieron y que tal vez fueron enterrados con esos trajes; murieron también los sastres y ninguno de sus hijos heredó el negocio porque ya no había negocio que heredar.
No supo enseñarme a quererle, pero cómo se hace eso.
Varias veces le dieron diplomas porque era el viajante que más vendía. A mí me ponían matrículas de honor en aquella carrera pobretona que estudié en Zaragoza, una carrera cuya finalidad era aprenderse cuatro frases sobre Lo pe de Vega y unas cuantas destrezas para analizar las oraciones subordinadas de relativo: menudo acierto de carrera. Era lo mismo, lo mismo lo que hizo mi padre y lo que hice yo. El subdesarrollo persistía, se había camuflado un poco pero seguía estando allí.
Los ricos seguían siendo los otros.
Nunca nosotros.

No hubo manera de pillar un chollo, eso es España para todos nosotros, para cuarenta y cuatro millones de españoles: ver cómo un millón de españoles pillan un chollo y tú no lo pillas.

KIKO LEGARD

Ordesa, Manuel Vilas, p. 131
Le gustaba ver la tele. Yo creo que se tragó millones de horas frente al televisor. He visto la evolución de la tecnología de los aparatos de televisión. Comprar un televisor en los sesenta y en los setenta del siglo pasado era un acto trascendental y daba alegría y miedo.
Recuerdo el primer televisor que entró en mi casa. De pequeño, recuerdo a mi padre viendo con fervor aquel programa concurso de la década de los setenta que se llamó Un, dos, tres ... responda otra vez. Mi padre era adicto a ese programa, donde los concursantes tenían que responder a inesperadas preguntas, bajo el mantra de «un, dos, tres ... responda otra vez”.
Mi padre respondía con los concursantes, y solía ganar él.
Podía haber ido a ese concurso.
Nunca lo hizo.
Debió de pensar que tendría que coger un autobús; no le gustaban los autobuses, ni los trenes. Solo le gustaba su coche, porque su coche era una emanación de sí mismo. Su coche era él. Por eso lo dejaba a la sombra en los veranos tórridos, porque a mi padre no le gustaba estar al sol.
Yo aborrecía ese concurso, pero lo ponían los viernes, y todos estábamos relajados. Al día siguiente no había que ir al colegio.

No sé cómo podía gustarte ese programa, era horrible,  has de saber que a mí no me gustaba nada, aquellas bobas preguntas, solo me cabe el consuelo de que se vayan muriendo todos los concursantes y todos los presentadores y los productores y las azafatas de aquella inmensa boñiga de programa, no te puedes ni imaginar lo que sufría ante esa horterada en la televisión, y tú allí, contestando con aquellos seres humanos reducidos a una sonrisa amarilla. Creo que  exhibían una España subdesarrollada. Bueno, tu hijo ya estaba en otro orden de la historia de España. Menos mal que ya todo ahora es un fantasma. Se murieron los presentadores, se fueron muriendo casi todos. El alivio y la purificación de la muerte para aquellos cuyos rostros capturó la televisión: humoristas, cantantes, presentadores, todos esos rostros tercamente españoles. Porque la única manera de vencer la vulgaridad en España es a través de la muerte. Puedo imaginarme fotos, enmarcadas en molduras de lujo aparente, de esos concursantes en las paredes de los pisos de sus casas; fotos pasando de padres a hijos, son mamá y papá en el Un, dos, tres ... responda otra vez, mamá y papá fueron concursantes en 1977 con Kiko Ledgard. ¿Os acordáis de Kiko Ledgard?

PADRES E HIJOS

Ordesa, Manuel Vilas, p. 127
No me importa exhibir la vida de mi padre. Aunque en España nadie quiere exhibir nada. Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo.
Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. De repente, soy todo oídos. Puedo verlos. Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos.

Esa lucha es la cosa más hermosa del mundo. Dios, qué hermosa es.

ADOLESCENCIA

Ordesa, Manuel Vilas, p. 54
Cuántas veces llegaba yo a mi casa, cuando tenía diecisiete años, y no me fijaba en la presencia de mi padre, no sabía si mi padre estaba en casa o no. Tenía muchas cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían la contemplación silenciosa de mi padre. Y ahora me arrepiento de no haber contemplado más la vida de mi padre. Mirar su vida, eso, simplemente. 
Mirarle la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato.

ALCOHOL

Ordesa, Manuel Vilas, p. 91
Llevo ya mucho tiempo sin beber.
Creí que no lo conseguiría, pero lo he conseguido. Hay ocasiones en que me apetece muchísimo tomarme una cerveza, una copa de vino blanco muy frío. La bebida me estaba matando, iba a ella de forma compulsiva, buscando el fin. Reaccioné. Ahora sigo sufriendo, pero no bebo.
Bebí muchísimo. Tuve dos ingresos hospitalarios. Me caía en mitad de la calle y venía la policía.
Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando mucho a tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro.
Beber era más importante que vivir, era el paraíso.
Beber mejoraba el mundo, y eso siempre será así.

Recuerdo el día en que, tras mi divorcio, una entidad bancaria me concedió la hipoteca de mi apartamento. Recuerdo que me preguntaron que si gozaba de buena salud y dije que sí. Cuando salí del banco, con la hipoteca concedida, me fui a un bar que había aliado de la sucursal. Era la una y media o las dos del mediodía. Estuve bebiendo en ese bar sin parar. Bebía vino. Me puse eufórico. Salí del bar y anduve justo por detrás de la sucursal y allí, en una plaza, me caí redondo. 
(En la imagen Días sin huella de Billy Wilder)

INCIPIT 922. ORDESA / MANUEL VILAS

Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números daros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré.
Nunca lo soporté.
Miraba la ciudad de Madrid y la irrealidad de sus calles y de sus casas y de sus seres humanos me llagaba por todo mi cuerpo.
He sido un eccehomo.
No entendí la vida.
Las conversaciones con otros seres humanos se volvieron aburridas, lentas, dañinas. Me dolía hablar con los demás: veía la inutilidad de todas las conversaciones humanas que han sido y serán. Veía el olvido de las conversaciones cuando estas aún estaban presentes.
La caída antes de la caída.
La vanidad de las conversaciones, la vanidad del que habla, la vanidad del que contesta. Las vanidades pactadas para que el mundo pueda existir.

Fue entonces cuando volví otra vez a pensar en mi padre. Porque pensé que las conversaciones que había tenido con mi padre eran lo único que merecía la pena. Regresé a esas conversaciones, a la espera de lograr un momento de descanso en mitad del desvanecimiento general de todas las cosas.

ANGELES

Ordesa, Manuel Vilas, p. 130
Puede que mis padres fuesen ángeles, o su muerte ante mis ojos los convirtió en ángeles. Porque tras su muerte todo cuanto les vi hacer mientras estuvieron vivos cobró un alcance taumatúrgico. Ese alcance no se produjo hasta el fallecimiento de mi madre, que cerró el círculo.
El cristianismo se asienta en una conversación interminable entre un padre y su hijo. La única forma de verdad resistente que hemos encontrado es esa: la relación entre un padre y un hijo; porque el padre convoca a su descendencia, y eso es la vida que sigue.

El rito de las monarquías es el mismo: un padre y un hijo. El rito de las sociedades del siglo XXI es el mismo: padres e hijos. No hay nada más. Todo se desvanece menos ese misterio, que es el misterio de la voluntad de ser, de la voluntad de que haya otro distinto a mí: en ese misterio se basan la paternidad y la maternidad.

WIKIPEDIA

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