Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Los huesos de Mengele


La desaparición de Jospe Menguele, p. 241

Los huesos de Mengele fueron legados a la medicina brasileña en marzo de 2016.

Con sus restos abandonados a las manipulaciones de los médicos aprendices de la Universidad de Sao Paulo: así concluye la fuga de Josef Mengele, más de setenta años después de finalizar la guerra que aniquiló a un continente culto y cosmopolita, Europa. Mengele o la historia de un hombre sin escrúpulos y alma acerrojada, impregnada de una ideología venenosa en una sociedad desquiciada por la irrupción de la modernidad. A esa ideología le cuesta poco seducir al joven médico ambicioso, embaucarlo con sus mediocres inclinaciones, la vanidad, la envidia, el dinero, hasta inducirlo a cometer crímenes abyectos y a justificarlos. Cada dos o tres generaciones, cuando se agosta la memoria y desaparecen los últimos testigos de las masacres anteriores, la razón se eclipsa y otros hombres vuelven a propagar el mal.

Aléjense de nosotros los sueños y las quimeras de la noche.

Desconfianza, el hombre es una criatura maleable, hay que desconfiar de los hombres.


1967


La desaparición de Josep Menguele, p. 182

Temblando de frío e impotencia en su mísero mirador, contempla la luna roja camuflada tras nubes negruzcas cargadas de lluvia. Esa noche de septiembre de 1967, Mengele presiente que ha perdido. No entiende ya nada de un mundo que se le escapa y al que ya no pertenece, un mundo que lo ha expulsado, a él, el «cochero del diablo». Durante todo el invierno austral ha visto en la televisión a los jóvenes alemanes cuestionar el orden ancestral, la disciplina, la jerarquía, la autoridad, pedir cuentas a sus padres; ha visto a melenudos desmadrados bailar en el Summer of Love de San Francisco e irse a Katmandú, a blancos defender a los negros en Norteamérica. Lo descomponen los artistas contemporáneos alemanes, las primeras comunas aparecidas en Colonia, Múnich y Berlín Oeste, Beuys y sus esculturas sociales de carbón, residuos y hierro oxidado, el movimiento Zero, Richter, Kieffer, los accionistas vieneses, Bms, Muehl, Nitsch, que se laceran la piel y manchan sus lienzos con sangre, y los músicos psicodélicos cuyos sintetizadores contestatarios, flautas y percusiones liberadoras entierran el lirismo wagneriano. Sus melopeas cósmicas exploran las entrañas del alma alemana y claman su desesperación pisoteando el pasado. Obsesionados por la guerra, artistas plásticos, pintores y músicos abandonan la Alemania del eufemismo, su hipocresía y sus mentiras, Alemania y su furor iconoclasta, cámara de tortura, lodazal de los pecados humanos, Alemania, a la que asocian con el panel derecho del Jardín de las delicias del Bosco, con el infierno y el diablo, el foco de la gran peste que acaba de devastar Europa.


MEDICOS DE AUSCHWITZ


La desaparición de Josep Menguele, p. 163

Ese día Mengele está amargado. Se lamenta de su suerte, como siempre, sin remordimientos ni pesar, y descarga su hiel en sus cuadrúpedos y en los baobabs de la selva virgen, que murmura y canta pero no le escucha. Al llegar a un calvero, se sienta en un tronco, la cabeza entre las manos, y piensa en sus colegas de Auschwitz, los veinte médicos destinados al campo. Horst Schumann esterilizaba a hombres y mujeres irradiándoles rayos X antes de castrar a los primeros y someter a una ovariotomía a las segundas. Carl Clauberg implantaba fetos de animales en el vientre de sus cobayas humanas y las esterilizaba inyectándoles sustancias a base de formol en el sistema genital. El farmacéutico Víctor Capesius birlaba las prótesis dentales aún sangrantes de los deportados asesinados para venderlas fuera del campo. Friedrich Entress inoculaba el tifus a los prisioneros y los eliminaba mediante inyecciones intracardiacas de fenol. August Hirt inyectaba hormonas a los homosexuales y asesinaba para establecer una tipología del esqueleto judío. Y de todos los demás que cometían barbaridades en el campo (trescientos cincuenta profesores de universidad, biólogos, médicos) y habían participado en el programa T4 de eutanasia, ¿qué había sido de ellos? Algunos se habían dado muerte o fueron condenados en los procesos de Núremberg, pero la mayoría se había escurrido entre las mallas de la red, habían retornado a la familia y a la sociedad civil y habían reemprendido su carrera, Mengele lo sabía y se ponía enfermo.


BORGES


La desaparición de Josep Mengele, p. 31

Los Perón quieren emancipar Argentina y anuncian una revolución estética e industrial, un régimen plebeyo. El presidente Perón atruena y vitupera, en la radio, ante las masas hechizadas, gesticula y fanfarronea, promete el fin de la humillación, de la dependencia, y una vida maravillosa, el gran salto: es el salvador, el justicialismo peronista logrará que Argentina figure en los libros de historia.

Perón es el primer político que sacude a la vetusta sociedad colonial argentina. Como secretario de Estado, ha mimado a los trabajadores; como presidente, impulsa los servicios públicos con el apoyo de la CGT, integrada en el inmenso aparato estatal. Crecimiento y autosuficiencia, orgullo y dignidad: Perón quiebra los privilegios de la oligarquía, planifica sus sueños de grandeza, centraliza y nacionaliza los ferrocarriles, el teléfono, los sectores estratégicos hasta ahora en manos de los extranjeros.

Evita es el icono de la modernización radical en ciernes. Vestida de gala, la madona de los pobres recibe a delegaciones sindicales, visita hospitales y fábricas, inaugura ramales de carretera, reparte prótesis dentales y máquinas de coser, arroja fajos de pesos por las  ventanillas del tren en el que recorre infatigablemente el país. Crea una fundación de ayuda a los descamisados, a todos los desheredados, y propaga el bondadoso mensaje peronista en el extranjero ante las multitudes que la aclaman. En 1947, durante su Gira del Arcoíris, la reciben el Papa y varios jefes de Estado. Los Perón, mediadores del pueblo y de la voluntad divina, consolidan el orden nuevo, nacionalista y autoritario. Purgan la universidad, la justicia, la prensa, la administración; triplican los efectivos de los servicios secretos, hombres de gabardina beis y traje oscuro. Perón vocifera: «¡Alpargatas sí; libros no!»: despedido de su puesto en la biblioteca municipal de Buenos Aires, Jorge Luis Borges es ascendido a inspector nacional de aves de corral y conejos.


BORGES


La desaparicón de Josef Menguele, p. 74

Apostado ante su mueble-radio, Gregor escucha la voz marcial de Aramburu, que remacha: «Será castigado con una pena de seis meses a tres años de cárcel todo aquel que haya colocado en lugar visible imágenes o esculturas de él, el tirano fugitivo, y de su cónyuge difunta, todo aquel que haya pronunciado en público palabras o expresiones tales como Perón, peronismo, tercera vía, y haya loado los méritos de la dictadura caída ... ». En nombre de la revolución libertadora, los líderes sindicales son detenidos y millares de funcionarios destituidos. Todos los lugares ( ciudades, barrios, provincias, calles, estaciones de tren, plazas, piscinas, hipódromos, estadios, dancings) que ostentan los nombres de los Perón son rebautizados; las pequeñas Evitas cambiarán de nombre de pila. La fundación es clausurada, sus sábanas quemadas, la cubertería fundida, las estatuas son retiradas, y los ciclomotores y adornos, exhibidos para mostrar el vicio y la codicia de la pareja derribada. Desaparece el cuerpo embalsamado de Evita. Borges es nombrado director de la Biblioteca Nacional y profesor de la Facultad de Letras de Buenos Aires. Perón encuentra refugio en Panamá, un exilio dorado, cabarés, cigarrillos, whisky, guapas jóvenes, y se enamorisca de una artista de variedades


EICHMANN


La desaparición de Josef Menguele, Olivier Guez, p. 68

Siempre vestido con elegancia y de humor jovial, Gregor goza de buena reputación entre la comunidad alemana de Buenos Aires. Considerado de gran talla intelectual, trufa sus frases con citas de Fichte y de Goethe. Las mujeres alaban su cortesía casi ceremoniosa y su notable cultura germánica. Dentro de esa comunidad, sólo en un hombre no opera su encanto. Se lo presentó Sassen un día en que Gregor almorzaba en el ABC, en su reservado habitual, bajo el blasón de Baviera. Cuando saludó a aquel tipo de frente despoblada y toscamente vestido, supo de inmediato que no podrían entenderse. La mano de Ricardo Klement estaba húmeda, protegían su mirada oblicua unas gruesas gafas que llevaba torcidas.

Aquel día, Sassen no pudo evitar revelar a los interesados la auténtica identidad de ambos. Adolf Eichmann, le presento a Josef Mengele ; Josef Mengele, éste es Adolf Eichmann. Al segundo, a Eichmann, el nombre del primero no le dice nada. El gran mandamás del Holocausto se ha cruzado con cientos y con miles de capitanes y médicos. Mengele es un verdugo de pacotilla, un mosquito a ojos de Eichmann, quien se lo hizo notar de forma manifiesta durante ese primer encuentro, poniendo especial cuidado en recordarle su deslumbrante trayectoria en la cima de los arcanos del Tercer Reich, el aplastante peso de sus responsabilidades, su poder: «¡Todo el mundo sabía quién era yo! Los judíos más ricos me besaban los pies para salvar la vida».


PERONISMO


La desaparición de Josef Menguele, Olivier Guez, p. 41


Alemania e Italia le fascinan desde el ascenso de Mussolini al poder, a comienzos de la década de 1920. Como todos los lanzadores de boleadoras de su generación, a Perón le entusiasman las hazañas de Italo Balbo y de Francisco de Pineda, los fascistas voladores, esos intrépidos aviadores que fustigan el éter estrellado para enlazar Roma con Sudamérica. Perón escucha la voz del Duce difundida en las ondas argentinas y corre a ver al cine Palace Un hombre, un pueblo. Mussolini le impresiona: un dirigente investido por la Providencia para salvar una nación y hacer estallar el continuum de la Historia.

Descubre Italia en 1939 siguiendo una formación del ejército fascista y como agregado militar en la embajada de Argentina en Roma. Durante dos años viaja, se informa y toma notas: está convencido de hallarse en el corazón de una experiencia histórica inédita desde la Revolución francesa, la fundación de una democracia popular auténtica. Mussolini ha conseguido que converjan fuerzas dispersas hacia el objetivo que él les ha fijado, el socialismo nacional. El 10 de junio de 1940, el ejército italiano entra en guerra. Desde el balcón de la Piazza Venezia, el Duce enfervoriza a una inmensa multitud ante un Perón ataviado con uniforme de gala.


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