Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.586. AGOSTO, OCTUBRE / ANDRES BARBA


Ocurría al volver a casa desde la playa, junto a sus padres y su hermana pequeña. La excitación se parecía más a una molestia que a un placer. Se quitaba el bañador y se masturbaba en el cuarto de baño antes de ducharse evocando imágenes medio difusas que acababa de ver hacía tan sólo unos minutos en la playa o en el paseo que la unía a la casa que habían alquilado sus padres para las vacaciones, imágenes casi abstractas de chicas de su edad, o incluso un poco mayores, de dieciséis, de diecisiete años. Más que la certeza de un cuerpo concreto sentía –cuando cerraba los ojos y comenzaba a tocarse– una suma difusa de cuerpos fantasma cuyas formas eran, a la vez, inquietantemente concretas. El pliegue, por ejemplo, de las caderas cuando estaban sentadas, la doblez de unos pechos vistos de perfil, las muescas extrañas y circulares, como hoyuelos, en el final de una espalda.


INCIPIT 1.480. VIDA DE GUASTAVINO Y GUASTAVINO / ANDRES BARBA


NOTA

Se puede decir de la biografía lo que decía Borges del barroco: que es un género que agota sus posibilidades y por eso linda con la caricatura. Habría que añadir  que su credibilidad no está menos en entredicho. Con el mismo puñado de datos fragmentarios y el pertinente aparato retórico, podrían hacerse múltiples biografías opuestas, todas ellas verosímiles. El biógrafo es siempre un exégeta por su obligación de interpretar lo que admite muchos significados posibles, pero también -y sobre todo- por la de darle a la vida una forma y un sentido que casi nunca tuvieron. Solo una sociedad que nos hace confundir información con sabiduría es capaz de olvidar ese aspecto tan elemental de la narración histórica: el de que no importa cuán documentado esté un texto, toda biografía es inevitablemente una ficción. Puede que este libro sea solo una mentira con respecto a la vida real de Rafael Guastavino (si es que existe tal cosa). Me gustaría, en cualquier caso, que esa mentira mereciera ser verdad.

A.B.


INCIPIT 1.449. REPUBLICA LUMINOSA / ANDRES BARBA


Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor. Si tiene la mía respondo que comprender no es más que recomponer lo que solo hemos visto fragmentariamente, si es más joven le pregunto si cree o no en los malos presagios. Casi siempre me contestan que no, como si creer en ellos supusiera tenerle poco aprecio a la libertad. Yo no hago más preguntas y les cuento entonces mi versión de los hechos, porque es lo único que tengo y porque sería inútil convencerlos de que no se trata tanto de que aprecien la libertad como de que no crean tan ingenuamente en la justicia. Si yo fuese un poco más enérgico o un poco menos cobarde, comenzaría mi historia siempre con la misma frase: Casi todo el mundo tiene lo que se merece y los malos presagios existen. Vaya que si existen.


INCIPIT 501. VERSIONES DE TERESA / ANDRES BARBA

MANUEL
Ahora es como si se hubiese parado en una hondonada.
Como si estuviera quieto.
Trata de recordar los pasos que dio para encontrarse aquí. Se detiene y es el mismo bosque. Desea acercarse y es el mismo bosque. Lo reconoce. Toca un árbol. Abajo, recorriendo el sendero de piedras, el camino hace una curva. Sabe que si avanza hacia él encontrará un árbol en el que, herrumbroso, un cartel indica la dirección de la poza. Sabe que, antes de llegar, podrá escuchar el murmullo sordo del agua. Y que será el mismo murmullo que conoce. Entonces se detendrá. Antes de llegar será necesario que se detenga. Y que piense por qué está aquí. Por qué se ha levantado esta mañana y ha tomado un autobús para venir a este bosque. Por qué lo necesitaba. Recorrerá despacio en la memoria los movimientos que ha hecho y los rostros que ha visto, y ellos aparecerán; rostros y cosas, inamovibles y sólidos. Tan independientes y ajenos a lo que siente que no parecerán humanos.

Tan simples que no parecerán rostros. Y reconocerá que está aquí porque todavía quiere saber lo que ha ocurrido, porque aún no lo comprende

UNA CONFESION

De La recta intención de Andrés Barba, p. 56-57
El sacerdote es joven y guapo. De una hermosura casi obscena, casi morbosa. Ha llegado tarde pero se acerca a Mamá con una expresividad que demuestra su falta de recursos y que, a la vez, le salva a los ojos de ella. Cada segundo que llega es antiguo, cada sentimiento vivido. Le pregunta al doctor su nombre y él responde, antes de marcharse, que María Antonia.
“María Antonia Alonso, dice mamá.
“Mada Antonia, ¿está dispuesta para confesarse?”, pregunta el sacerdote.
“No tengo nada de lo que confesarme, le he llamado para que me bendiga.”
“Todos tenemos algo de lo que confesarnos --dice el joven sacerdote, consiguiendo que su perplejidad no se note demasiado-. El justo peca siete veces al día, dijo el Señor.”
“No me interesa lo que haga el justo -responde Mamá-, como decía ése: he luchado el buen combate y ahora exijo mi corona.”
“El texto de San Pablo no es exactamente así, dice he luchado el buen combate, he guardado la fe, y ahora espero la corona de la justicia que me estaba reservada.”
La precisión del joven sacerdote irrita ligeramente a  Mamá, que no puede evitar revolverse en la cama con desesperación.
“Eso, quiero mi corona.”
“Espero, dice San Pablo.”
“Es lo mismo.”
Hay un silencio breve en el que la vida se hace de pronto más cruel que absurda y en el que Mamá se convierte de nuevo en María Antonia Alonso volviendo de la fábrica, gritando en el teléfono a Joaquín que revisen los marcos hasta que los hayan pulido correctamente.
“No tengo nada de lo que arrepentirme --dice Mamá otra vez-, pido lo que es mío, nada más que lo que es mío, eso es lo que pido -y después, mirándola a ella como a una traidora inexcusable-, y amor, pido también amor.”
El sacerdote ha notado su repulsión a esas últimas palabras porque la ha mirado más de lo necesario. Ahora siente de nuevo el peso de Mamá, la artificiosidad con que se santigua, piensa: “No me has querido, arrepiéntete.” El sacerdote pone un corporal sobre la cama, junto a Mamá, y una hostia consagrada a la que trata con frágil, casi ridícula, dulzura. Después abre su misal y recita:

“Te recomiendo, querida hermana María Antonia, a Dios omnipotente, te entrego al mismo que te creó para que vuelvas con tu Dios, que te formó del barro de la tierra.”

ADOLESCENCIA

De La recta intención de Andrés Barba, p.135-136
“¿Cómo que te vas?”, preguntó Maite, cuya autoridad desde el suceso de la cena estaba en entredicho.
“Pues lo que habéis oído -comentó la enfermera-, que se va, y si seguís todas su ejemplo os podréis marchar también pronto a casa.”
Nuria había sido una presencia invisible hasta aquel día. Hablaba, pero nunca demasiado alto ni con demasiada convicción. Comía, pero jamás terminó la primera. Era, en definitiva, sustituible.
Todas, menos Ana y Sara, parecieron comprender aquello de una forma rápida, intuitiva, porque desde esa misma tarde cayeron en una especie de emulación de aquella invisibilidad. Nadie quería hablar, ni comer, ni reír más que nadie. El silencio era también peligroso, porque delataba, por lo tanto nadie quería tampoco estar en silencio. Lo que ocurrió entonces fue algo que se parecía bastante a la vida; aquella representación, hecha de forma consciente al  principio, tomó en el plazo de un día la cotidianeidad de lo irreflexivo y ellas mismas, quizá sin darse cuenta, empezaron a describirse en las reuniones no como quienes eran sino como quienes fingían y, tal vez, como quienes realmente creían ser.

Para Sara el descanso a aquella situación cada vez más irritante era ir con Ana a la habitación. Se desnudaban como la primera vez pero ya no eran necesarias las palabras. Sara la miraba a ella, o Ana hada un gesto con los ojos y se ponían las dos en marcha hacia allí. Calladas, desnudas cada vez la una más cerca de la otra, casi a punto de rozarse pero sin llegar a hacerlo nunca, el olor corporal de Ana subiendo hacia arriba en aquella mezcla de jabón y champú, y frío en los pies por las baldosas, y sudor en las manos, y ruidos metálicos de carritos que cruzaban tras la puerta. Todo exacto, todo repetido con la misma lentitud de ritual que iba creando, en su hacerse, sus propias reglas.

AMIGAS

De La recta intención de Andrés Barba, p.134-135
“Tenemos que vernos desnudas», dijo Ana, todavía seria con un punto de solemnidad en la voz, y ella sintió una contracción rápida en el estómago.
“¿Ahora?”
“Ahora.”
Nunca se habían visto desnudas. Parte del ritual que todavía las hacía extrañas era precisamente aquella conciencia de la fealdad de su desnudez. Hasta ese momento, y sin que hubiese sido necesario que lo comentaran, habían utilizado la una detrás de la otra el cuarto de baño para cambiarse. Si la puerta estaba cerrada la otra no se atrevía a entrar, a llamar siquiera, y aquello acrecentaba la solemnidad de la desnudez que era un acto cuyo íntimo desagrado aniquilaba la posibilidad de contemplarse. Pero ahora Ana había dicho que se tenían que ver desnudas, Ana, que nunca decía nada, había dicho que se tenían que ver desnudas y aquellas palabras le habían suavizado inexplicablemente la garganta y, al mismo tiempo, bajado hasta el estómago como una palpitación rápida. Ana se quitó el jersey. Sara la camisa.
“Un momento”, dijo Sara, y fue a cerrar la persiana hasta la mitad para evitar que las vieran. La habitación se vació de luz adquiriendo una penumbra tenue, casi mate. Se quitaron los pantalones a la vez, y las bragas, y los calcetines.
Ahora ya estaban desnudas. Ana dejó caer los brazos junto a las caderas y ella también. Los pechos tenían una simplicidad redonda y asimétrica en la que el pezón parecía desdibujado casi, de un color cercano al de la piel. El vello del pubis era negro y contundente y Sara se quedó hipnotizada en él, como si aquel punto de fragilidad pudiera desmoronar el cuerpo completo de Ana. Sentía la mirada de Ana sobre ella de la misma forma; amándola y destruyéndola a la vez, deteniéndose sin piedad en la delgadez de sus piernas, deteniéndose lenta en la ingle, escalando las costillas, y hubiera querido entonces saltar sobre ella, arañada, morderle la cara, pero no, había que estar así, quietas, las dos de pie separadas a un metro de distancia como dos estatuas de sal, los ojos subiendo y bajando, devorándose. Ana avanzó un poco hacia ella y extendió la mano, como para ir a tocarle el pecho.
“No -dijo Sara, y la mano de Ana se detuvo y la miró después, por primera vez, a los ojos-, no nos podemos tocar”, terminó.

“Claro -contestó Ana despacio, como si aquello hubiera sido lo último que le faltaba por comprender-, ahora ya no tenemos secretos.”
Oleo de Balthus

DE LAS EDADES

De La recta intención de Andrés Barba, p. 189
“Quieres dejarme, eso es lo que quieres, lo que pasa es que no sabes cómo hacerlo porque te doy lástima. Pero ¿sabes una cosa? Yo no quiero dar lástima a nadie, así que no tienes por qué preocuparte. No te pongo ya, ¿no es eso? ¿No lo decís así ahora? No te pongo, antes te ponía, yo qué sé, por el morbo quizá, pero ahora te aburres conmigo, no lo reconocerás, claro, pero es así. No te digo que no me tengas un poco de cariño, supongo que o mientes muy bien o un poco de cariño me tendrás, pero no me basta, y si te digo  que no me entiendes es porque no me entiendes, qué me vas a entender, para que me entendieras habrías tenido que pasar veinte años solo, sin nadie, los años, casi, que llevas tú vivo son los años que yo no he tenido a nadie, ¿lo habías pensado? Di, ¿lo habías pensado?”
“Sí, claro que lo he pensado -contestó-. ¿Por qué me hablas así?”

“Pues si lo has pensado -continuó él, intentando no perder el hilo de su argumentación-, ce habrás dado cuenta de que no se puede llegar como has llegado tú y pedirme que me convierta en un chico de veintiún años porque no puede ser eso, Roberto, no se me puede pedir que me vaya a emborrachar a un bar como si me apeteciera porque no me apetece. Antes de que llegaras tú yo me había acostumbrado a un estilo de vida, tenía mis compensaciones, mis alegrías pequeñas, me bastaba, ahora me pasaré cinco años intentando  olvidarte. ¿Y eso? ¿Lo habías pensado eso? No, ¿verdad? Y no me digas que necesitas otro descanso para venir dentro de una semana a decirme que me dejas. Coge esa puerta y no aparezcas más”

INCIPIT 493. LA RECTA INTENCION / ANDRES BARBA

FILIACION
De pronto se hizo consciente del silencio de la tarde, de pronto, igual que si lo hubieran desplomado en medio del cuarto de estar, en la foto de Mamá con los tirabuzones y veinte años casi imposibles, en las cosas de ella y de Manuel, en los niños. El retrato lo había dejado Mamá en un ataque de orgullo hacía un mes un poco porque le gustaba aquella foto y más que nada porque la irritaba que no hubiera ninguna imagen suya en el cuarto de estar cuando había una de la madre de Manuel. Allí estaba ahora; elegante, absurda y fuera de lugar, sin hacer conjunto con ninguno de los muebles, golpeando para ser vista, tan Mamá.

Las palabras que acababa de oír en el teléfono, la voz asustada de la sirvienta al otro lado de la línea (sudamericanísima y quizá exagerada), la habían dejado de aquella forma y un poco culpable de no coger el bolso y salir corriendo hacia el hospital, como había hecho otras veces en situaciones parecidas. La señora, había dicho la sirvienta, como era tan así, tan suya para esas cosas, se había resbalado en la ducha, y aunque ella había oído el golpe y los lamemos desde el principio, hasta que llegó la ambulancia y rompieron la cerradura del baño no la habían podido atender. Ahora estaba en el hospital.

BAILARINA DE STRIPTEASE

De La hermana de Katia de Andrés Barba, p.75-76
“ Es imposible ya saber si sales y están los de siempre, o si son otros, o si son los de siempre con otras ropas, o con otros olores a tabaco, pero ce juro que ce da igual, que siempre es lo mismo salir, la música que empieza, la barra en medio de la pista, las luces rojas, todo igual, que si una no lo pensara despacio le parecería que todo es la misma noche, los mismos hombres, los mismos gritos de "bonita" cuando esrán sobrios que según van pasando las horas se convierten en "guarra, desnúdate, guarra, que queremos verte el coño" o que no digan nada, porque parece mentira pero lo peor es que no te digan nada, que se queden en las mesas mirándote sin hablar, notas sus ojos bajándote por todo el cuerpo, volviendo a subir, volviendo a bajar, algunos hasta te sacan la lengua, no, como Mamá no, te sacan la lengua de  una forma asquerosa y tú les tienes que sonreír, les tiene que parecer que encima te gusta que te hagan eso, llamarte guarra y todo lo demás, y ahora me río un poco de cuando entré, ¿te acuerdas? Con la preocupación esa de no perder el ritmo, del unodos, uno-dos dentro de la cabeza cuando te quitabas el sujetador, cuando te bajabas las bragas, que ya ni lo de bailar desnuda me cuesta, fíjate, ni lo de bailar desnuda, ni lo de preocuparme por no pisar allí, donde ponen las copas, para no resbalarme, ni lo de que me quiten la ropa, casi ni dos meses que llevo y ya son cosas como de las que sabes de toda la vida, que las haces casi sin pensar, me podrían tapar los ojos y me iría lo mismo hacia la barra, la cogería igual, haría lo mismo para oír los mismos gritos de Ka-tia, las mismas copas que se caen, los mismos golpes, y el otro día me dijo el jefe, Morell, que si quería ir cinco días en vez de cuatro y le dije que sí, qué más da, quitando lo que le doy a Mamá para la casa en menos de diez meses tenemos dinero las dos para irnos a Pisa y vivir allí por lo menos tres meses sin preocuparnos por nada, yo con Giac y tú con otro italiano, no te preocupes por eso que no te faltará un hombre, quizá te   faltará comida pero un hombre no, chasqueas un dedo y ya cienes cincuenta buitres besando por donde tú pasas, y cuando nos vayamos se acabarán las copas, y las luces rojas, y los gritos de Ka-tia, pero te juro que no me va a dar ninguna pena, de pena ni esto, ni esto.” Y cogía Kacia un pellizco al aire, un pellizco que era lo poco que le importaba no volver a bailar en un striptease.

INCIPIT 450. LA HERMANA DE KATIA / ANDRES BARBA

La primera vez que besó los labios de Katia tenía trece años, dolor de garganta y un pijama azul con los aros olímpicos que decía “Sports”'· Le gustaba mucho aquel pijama. Mamá llevaba una semana sin aparecer por casa. Katia acababa de cumplir dieciocho años y ella le había  regalado unos pendientes con forma de mariquita que no le gustaron. Cualquiera lo habría notado en su gesto de concentrada resignación de la sonrisa cuando le pidió que se los pusiera, pero ella se acostó aquella noche con la felicidad de quien todavía piensa que ha hecho el regalo perfecto. Tres días más tarde comprobó que Katia no se los había puesto ni una sola vez. Tampoco le dolió. Recordó que cuando tenía ocho años Mamá le regaló a ella un reloj rosa y le gustó tanto que no se atrevió a ponérselo de puro miedo a que se le rompiera. Lo sacaba por las noches, lo miraba despacio acariciar los segundos, los cuartos de hora y lo volvía a guardar en el mismo estuche imperturbable que habría de verlo detenerse un año después y, en los sucesivos, cubrirse de polvo, purgar su pecado de haber sido demasiado hermoso. Quizá por eso mismo Katia no se había puesto los pendientes, porque eran demasiado bonitos. Mamá no estaba en casa y cuando eso ocurría Katia se disgustaba, decía cosas que ella no terminaba de entender

DE LAS LEONAS Y SUS CRIAS

De La hermana de Katia de Andrés Barba, p. 142-143
Pasaron dos días y llamó Mamá por la tarde, para ver qué hacían. Ella estaba viendo un reportaje de la televisión sobre cómo las leonas, después de siete meses de buscarles comida y cuidar de que no se perdieran, dejaban a los cachorros abandonados para que hicieran su vida, y aunque daba un poco de pena ver cómo los leones pequeños se quedaban al principio con caras de angustiados, intentando ir tras ella, era verdad que daban ganas de gritarles que no fueran tontos, que ya era hora de que empezaran ellos a buscarse el pan. A Mamá le dijo la verdad; que estaba sola en casa, que no había comido y que la echaba de menos. Ella le contó que aquel día había comenzado a trabajar con Jorge en la carnicería, y que aunque aún le daba un poco de miedo manejarse con aquellos cuchillos tan afilados, que parecía que te ibas a cortar con sólo mirarlos, ya había empezado a practicar y no se le daba tan mal. Luego le preguntó si Katia había comentado algo sobre ella y volvió a contestarle con la verdad: que no lo había hecho. Resultaba un poco extraño hablar con Mamá pero no porque la conversación fuese distinta, o porque preguntara con otro tono que no fuese el habitual, sino porque, corno la leona de la televisión, se había marchado sin marcharse, mirando hacia atrás y diciendo que no la acompañaran pero como si al mismo tiempo quisiera que la acompañaran, que los cachorros fuesen lo suficientemente mayores como para que no pudiera despistarles con una simple carrera. Cuando Katia llegó a casa le contó que había llamado Mamá.

“Para qué”, dijo.

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