Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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ECFRASIS

El Sistema,Menéndez Salmón, p. 162
La lección de anatomía del doctor Tulp me interpela con la formidable estatura de las obras maestras. En ningún lugar como en la Academia del Sueño este impagable recordatorio de que apenas somos otra cosa que muerte aplazada cobra su significado pleno. Los ojos de los hombres del cuadro exponen con callada admiración el ímpetu de siglos de ciencia y cultura. Almacenes de vísceras y sangre examinados por intelectos fértiles: la historia del mundo encerrada en un memento mori. Porque en esta estancia en la que nos reunimos a la espera de noticias, de veredictos, de dictámenes consoladores o despiadados, el camino que conduce desde el bípedo que en la negrura primordial de la Protohistoria devora carne cruda consagrado a brutales formas de autopsia hasta el refinado sabio que expone a sus discípulos la aventura interior de la máquina humana con metódica frialdad se me antoja un trayecto demasiado intenso como para obviar su belleza, pero también un viaje demasiado lúcido como para ignorar su advertencia. La búsqueda de la luz ha guiado ese fecundo arco que va desde las cavernas hasta las aulas, desde la mera supervivencia al refinamiento, pero el sustrato que sigue sosteniendo al hombre ya civilizado, capaz de pergeñar una sensibilidad apellidada Rembrandt, es el mismo que nos señala, en esta hora acaso fatídica y quién sabe si augural, que la flecha del progreso no es por definición irreversible. El cuerpo que yace exánime y sin capacidad de réplica al alcance del escrutinio del doctor Thlp se parece demasiado a cualquiera de nosotros como para no sentir que todo cadáver es autorreferencial, un sujeto no destinado a engrosar los archivos de la histología o de la craneometría, sino llamado a nutrir los combates de la retórica. 

Todo cuanto alguna vez ocurrió está condenado a repetirse.

De Limbo de Agustín Fernández-Mallo, p. 137
Todo cuanto alguna vez ocurrió está condenado a repetirse. Si todo lo que existe no hubiera ya existido, moriríamos de susto una vez que lo tuviéramos delante. Predecimos lo que ya ha ocurrido. Son tales repeticiones las que crean adaptaciones a una cotidianidad que de otro modo sería invivible. A esta ley tampoco se escapan los secuestrados. Entre cuatro paredes llenas e! día con repeticiones. Caminas por el apartamento y tus pies son un salvapantallas; cuando has pasado por todos los puntos, cuando ya has pisado todas las baldosas, la pantalla se actualiza y vuelves a empezar. Esto ocurre varias veces al día.

Durante los meses iniciales del secuestro se dibujó insistentemente en mi cabeza el último  cuadro que recordaba haber visto, , pintado en 1852. Podría haber sido otro cualquiera, pero fue ése; lo reproducía una revista de interiorismo. Ofelia yace muerta en el río, boca arriba, los ojos abiertos y los labios también abiertos, pero no con expresión de estar muerta, sino de gozo. Los brazos de Ofelia se hallan ligeramente separados, como atrapada en el momento de realizar una ofrenda a las nubes, al cielo, a algo que no vemos. En una de sus manos aún sostiene las flores que había ido arrancando en las cercanías de! arroyo antes de que, no se sabe, fuera arrojada al agua o simplemente se cayera.

LA VOCACION DE SAN MATEO

De Muerte súbita de Alvaro Enrigues. p.156 ss.
El 17 de septiembre de 1599 Caravaggio terminó martirio de San Mateo. Llevó el cuadro -un puro vórtice de violencia sin sentido y arrepentimiento a la sacristía de San Luis de los  Franceses y estableció una fecha para entrega de la segunda de las tres pinturas que adornarían la capilla del patrono de los contadores y los que recolectan  impuestos: el día 28 del mismo mes. Como la entre del segundo cuadro supondría,  por fin, la posibilidad de inaugurar la capilla -consagrarla, traer al papa al primer oficio para que afirmara su ecuanimidad en el eterno conflicto entre España y Francia-, firmó con sangre una adenda al contrato, asegurando que esta vez sí entregaría a tiempo. A cambio de la entrega de La  vocación de San Mateo, le pagarían los segundos 75 escudos de los 150 –una fortuna- que ganaría por toda la decoración de la capilla cuando entregara el tercer cuadro, con mayor margen tiempo.
Legendariamente, Caravaggio no durmió en los los días que le tomó pintar el cuadro, que por supuesto había comenzado cuando firmó la adenda. Tampoco durmieron sus modelos  reconocidos, que fueron: Silvano,  afilador de cuchillos; Prospero Orsi, soldado; Onorio Bagnasco, mendigo; Amerigo Sarzana, soplaculos; Ignazio Baldemenri, tatuador. Aunque Caravaggio tuvo el buen gusto de utilizar para el modelo de Jesús de Nazaret a un desconocido, el escándalo fue mucho porque los demás actores del drama sagrado eran pequeños criminales y holgazanes que merodeaban todos los días por las canchas de tenis de la Plaza Navona. No pasó nada, más allá de que circularon rumores sobre la ira de los cofrades de Francia. Los cuadros eran simplemente magníficos, el papa ya estaba convocado para la consagración de la capilla y el artista todavía estaba protegido por el poder infranqueable del cardenal Del Monte y Giustiniani.

La vocación de San Mateo ya tiene todos los elementos que serían la insignia del artista y representaba, por mucho, la obra de arte más revolucionaria que se había visto en un templo romano desde la inauguración de la Capilla Sixrina. Como Caravaggio lo sabía, citó el fresco de Michelangelo con elocuencia: la mano con la que Jesús de  Nazaret señala al cobrador de impuestos es exactamente la misma con que Dios roca al Hijo del Hombre en los altos vaticanos.

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