Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPT 1.411. DEMONIOS INTIMOS / RUBERT DE VENTOS


TARDE EN CASA

Llueve, pero no mucho. Se oyen un poco los pájaros y un poco más los camiones. El vecino de arriba rezonga, pero tampoco chilla como otros días. Suenan las campanas de Sarria, que por unos momentos ensordecen la sinfonía de la radio y las vibraciones del ventilador.

Estarnos en febrero de 1985. Llego de Estrasburgo y mañana me voy a México a dar un curso más, el sexto ya. Después he de pasar por Nueva York. No me hace ilusión ir, ni tampoco me desagrada. Tan sólo me da algo de pereza.

No soy joven ni llego a ser viejo del todo: estoy justo en medio de no sé qué. No tengo ninguna enfermedad, es cierto, pero la propia salud física se me antoja ahora como ese estado de bienestar transitorio que no presagia nada bueno. Tengo hijos medio adolescentes, a los que quiero más que a nada y con los que la semana pasada no acabé de entenderme.

Tengo también libros hechos y libros por hacer, pero estos últimos ya no sé si es preciso hacerlos. Serán, si son, libros mejores y menos cándidos que los anteriores (a menudo tan aplicados, tan convencidos ellos)


BORGES Y EL SEXO


Demonios íntimos, Rubert de Ventós, p. 251

«El asco, la repugnancia incluso, son virtudes fundamentales. Y sólo dos disciplinas, lo tengo escrito en algún lugar,sólo dos disciplinas pueden liberarnos de ese asco: la abstinencia y el desenfreno, el ejercicio de la carne o la castidad.» Está claro que el sexo ( él tal vez diría «el amor carnal») planea siempre por encima o por debajo de sus ficciones. Pero con frecuencia parece que trata de exorcizar ese deseo prohibiéndose directamente representarlo. Es el sexo o el amor lo que rodea, por ejemplo, La intriga, su mejor obra según ha dicho él mismo. En ella aparecen el amor y el sexo como trasfondo, pero el verdadero tema es la rivalidad, la complicidad y la venganza: la camaradería entre los dos hermanos que acaban por matar a la mujer a la que ambos desean y que habría podido separarlos. Como en otros cuentos o poemas suyos, el amor obra aquí como coartada para describir el grado cero de la violencia, el conato de la agresión, la ejecución en suspenso, la pura agresividad contenida del cuchillero presto o del tigre inmóvil pero listo para saltar y «que va cumpliendo en Sumatra o en Bengala su rutina de amor, de ocio y de muerte».

La crueldad, la violencia contenida, he aquí algo que seduce a Borges al tiempo que lo rechaza. Una primera muestra de esta seducción nos la da el tono beligerante de sus declaraciones pacifistas y la propia evocación de su abuelo: el heroico general Borges, muerto en una batalla con los indígenas, donde quedó solo y siguió avanzando solo, trotando en su caballo blanco, contra un enemigo que lo acribilló a balazos.

BORGES


Demonios íntimos, Rubert de Ventós, p. 238

Borges creía en la democracia pero en su vertiente marcadamente conservadora. Por conservador era antiperonista, más que por democrático; por eso tuvo veleidades con las juntas militares después del retorno de Perón. Borges había heredado un concepto patricio de su país: Argentina era la nación que sus antecesores le habían legado y quería que continuase fiel a aquel modelo heroico.

“A mí me han engañado y tomado el pelo muchas veces, y de la manera más burda ... , aunque he de reconocer ahora que pudieron hacerlo porque yo fui siempre cómplice del engaño ...

-¿Un engaño que le llevó a negar la existencia de treinta mil desaparecidos?

-La verdad, yo no leía los periódicos y conocía a poca gente, aunque sí, sí había oído hablar de «desapariciones». Pero mis amigos ... -y lo que ahora añade lo repite casi al pie de la letra en una entrevista posterior con R. Chao-, pero mis amigos me habían asegurado, sinceramente creo, que se trataba de turistas que cambiaban de sitio, pero que no había realmente «desapariciones». Yo les creí hasta que las madres y abuelas de la Plaza de Mayo vinieron a casa. Entre ellas se encontraba la prima de los propietarios de uno de los periódicos más importantes de Argentina. Enseguida comprendí que esa mujer no era una actriz. Y ella me dijo que su hija estaba desaparecida hacía seis meses.”


EROS


Demonios íntimos, Rubert de Ventós, p. 136

Por la tarde vuelvo al Village y paseo por Christopher Street, donde hace ya tiempo Ángel Zúñiga me introdujo en los primeros -discretos- clubs gays. Ahora los gays ya han salido del armario e incluso ocupan la calle, donde se mueven como Pedro por su casa. El color del pañuelo de paliacate que llevan en el bolsillo de los vaqueros identifica sus preferencias o especialidades: activo o pasivo, sado u oral, de hotel o de apartamento.

¡Y qué alegría ver ahora a esos chicos en floración, paseando seguros y comentos, ufanos de su identidad! ¡Cuánta vergüenza secreta y cruel, cuánta culpabilidad gratuita por fin disuelta (y cabe decir que también un tanto banalizada) en esa aceptación de un mundo hasta ahora condenado a bascular entre la perversión y la mala conciencia, entre los oropeles del espectáculo, los setos de Washington Square y las tinieblas del urinario!

Ahora sólo falta que eso se generalice a otros colectivos, que no será fácil. ¿Cuándo llegaremos a que los ancianos, los étnicos, los gordos, los andrajosos o simplemente los feos puedan mostrarse seguros y orgullosos? ¿Cuándo dejarán de vivir su estado como un pecado? ¿Cuándo podrán exhibirse sin avergonzarse? ¿Cuándo saldrán de su madriguera todos los que todavía no pueden dejarse ver sin ofender, amar sin asustar, mostrarse sin aterrar, todos los que viven en la alternativa de suscitar el escándalo o dar lástima?


TIRESIAS


Demonios íntimos, Rubeert de ventós, p. 40

Y es entonces cuando los aquí y allí comienzan a enredarse y nos sentimos participantes -ya no meros observadores- de la natura naturans, del proceso todavía misterioso por el que las cosas se hacen y se deshacen. Es el puro egoísmo a deux de la cópula transfigurado en niño, en vida autónoma, en materia ajena y enajenada que a través de nosotros produce un nuevo artefacto.

Y eso resulta más exquisito y más misterioso aún que lo de formar una bestia de dos espaldas trabadas con un clavo. Es la alquimia por la que participamos, sin saber cómo, en un proceso milagroso donde la química se sublima en metafísica. Copular resulta así la experiencia ontológica más al alcance de nuestra especie y que nos convierte, como quería Heidegger, en auténticos «pastores del Ser». El amor o el placer pueden ser magníficos pero al fin y al cabo son poco más que el señuelo que la Naturaleza nos pone para que cumplamos nuestro deber de reproducirnos a mort, hasta devolverle el cadáver que aún le debemos. No resulta, pues, sorprendente la envidia masculina de la doble y dilatada experiencia que en este capítulo tienen las mujeres: ¡pobre de él, para quien tantas veces hacer el amor supone simplemente eyacular! Es quizá por eso por lo que el hombre va siempre tan atento y al acecho con lo del sexo: para suplir, al menos en cantidad, lo que en versatilidad jamás tendrá. No le faltaba razón a Hera al cegar a Tiresias cuando éste osó revelar a Zeus el gran secreto: «Las mujeres gozan más que los hombres también en la cópula.» Su veredicto fue terminante, según refiere Apolodoro: «Si el placer genésico tiene diez partes, nueve corresponden a la mujer y una sola queda para el hombre.» ¡Sólo faltaba eso!: ¡sólo faltaba que el secreto se divulgara! Mirad, si no, lo que pasa en muchos lugares, donde al parecer el secreto corrió y donde desde entonces no cejan de obstruir, taponar, cortar, coser y recoser los clítoris o las vaginas, que podrían gozar más de la cuenta.


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