Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Auschwitz


Tras mi rastro, Gregor von Rezzori, p. 398

Fue por eso que el patriota alemán que habita en mí se rebeló contra el hecho de que se exigiera a los alemanes tener una mala conciencia colectiva. No obstante, ese patriota que me habita se vino abajo cuando caminé por las calles de Auschwitz. Uno puede llenar con imágenes las barracas vacías que allí se ven, algunas de esas imágenes las hemos visto. Lo que supera toda imaginación se apila en vitrinas y contenedores: toneladas de zapatos, centenares de maletas, miles de bolsos, monederos, billeteras y carteras. Todo apilado por separado, numerado, clasificado. Y gafas, prótesis dentales y auditivas. Y cabello, enormes depósitos llenos de cabello. Cabello humano como esquileo de ovejas. Hasta un rollo de tela podría confeccionarse con ellos. Eso es más atroz que todo martirio, todo dolor o humillación. Ese concienzudo aprovechamiento, el meticuloso almacenaje, su amontonamiento, lleva el crimen a otra dimensión que no puede comprenderse a través de conceptos morales. El asesinato de pueblos enteros, la tortura y la crueldad son tan antiguos como la bestial humanidad que destroza este planeta. También el despojo de todas las posesiones, la profanación de las víctimas: todo eso existió ya antes. Pero esto no. No ese amor por el orden del hombre pequeño en su impulso destructivo. No esa meticulosa reflexión sobre las ventajas que pudieran sacarse del crimen. El patriota alemán que me habita hubo de confesarse entonces: en eso ningún otro pueblo nos iguala.


PRIMO LEVI


Una leve exageración, Adam Zagajewski, p. 298

27 DE ENERO. Un frío cortante, nieve. El invierno hace una exhibición de todos sus trucos vulgares y perfectamente previsibles. La vida de la ciudad se desacelera, los transeúntes se abren camino a través de los montones de nieve apelmazada que no hacen falta a nadie. La mente también vive más despacio. El invierno es un prestidigitador de poca monta que en realidad sólo domina un truco de magia: la transformación del agua en hielo y viceversa, de la nieve en agua sucia. Desde hace un tiempo, desde que me di cuenta de la fuerza de los símbolos relacionados con esta fecha, intriga este día que simboliza dos dimensiones importantes de nuestro momento histórico. El 27 de enero es el aniversario de lo que se ha dado en llamar la liberación del campo de Auschwitz y, por lo tanto, el día de la memoria del Holocausto, pero también es el cumpleaños de Mozart. No, no se trata de ningún error. Ni tampoco de un azar. Wolfgang Amadeus Mozart nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo, y se da la coincidencia de que el 27 de enero de 1945 los rusos llegaron al campo de Auschwitz. En palabras de un comunicado de prensa, los soldados del 60. 0 Ejército del Primer Frente Ucraniano «abrieron las puertas del campo de concentración Auschwitz» donde encontraron a apenas siete mil prisioneros. La fórmula «abrieron las puertas» me gusta más, ya que «liberación» implica un acto enérgico, el encontronazo de dos energías opuestas, mientras que allí, detrás de la alambrada del campo, no había más que gente exánime, enferma, moribunda. Como es sabido, las SS habían sacado del campo a cincuenta mil prisioneros, condenando así a morir de extenuación a gran parte de ellos. Por eso suele hablarse de la marcha de muerte. Entre los prisioneros que arrastraban los pies por los caminos nevados de Silesia (de hecho, más que una marcha, aquello era arrastrar la muerte tras sí), había un tímido químico italiano, Primo Levi, que sobreviviría a aquella caminata, a aquel arrastre por los caminos invernales, a pesar de que era de constitución delicada y no atlética. Sobreviviría y luego escribiría unos libros excelentes. Resulta difícil imaginar un día más escindido, más complejo, más ambivalente, un día que ponga mejor de manifiesto la naturaleza de la realidad en la que nos ha tocado vivir.


MEDICOS DE AUSCHWITZ


La desaparición de Josep Menguele, p. 163

Ese día Mengele está amargado. Se lamenta de su suerte, como siempre, sin remordimientos ni pesar, y descarga su hiel en sus cuadrúpedos y en los baobabs de la selva virgen, que murmura y canta pero no le escucha. Al llegar a un calvero, se sienta en un tronco, la cabeza entre las manos, y piensa en sus colegas de Auschwitz, los veinte médicos destinados al campo. Horst Schumann esterilizaba a hombres y mujeres irradiándoles rayos X antes de castrar a los primeros y someter a una ovariotomía a las segundas. Carl Clauberg implantaba fetos de animales en el vientre de sus cobayas humanas y las esterilizaba inyectándoles sustancias a base de formol en el sistema genital. El farmacéutico Víctor Capesius birlaba las prótesis dentales aún sangrantes de los deportados asesinados para venderlas fuera del campo. Friedrich Entress inoculaba el tifus a los prisioneros y los eliminaba mediante inyecciones intracardiacas de fenol. August Hirt inyectaba hormonas a los homosexuales y asesinaba para establecer una tipología del esqueleto judío. Y de todos los demás que cometían barbaridades en el campo (trescientos cincuenta profesores de universidad, biólogos, médicos) y habían participado en el programa T4 de eutanasia, ¿qué había sido de ellos? Algunos se habían dado muerte o fueron condenados en los procesos de Núremberg, pero la mayoría se había escurrido entre las mallas de la red, habían retornado a la familia y a la sociedad civil y habían reemprendido su carrera, Mengele lo sabía y se ponía enfermo.


EICHMANN


La desaparición de Josef Menguele, Olivier Guez, p. 68

Siempre vestido con elegancia y de humor jovial, Gregor goza de buena reputación entre la comunidad alemana de Buenos Aires. Considerado de gran talla intelectual, trufa sus frases con citas de Fichte y de Goethe. Las mujeres alaban su cortesía casi ceremoniosa y su notable cultura germánica. Dentro de esa comunidad, sólo en un hombre no opera su encanto. Se lo presentó Sassen un día en que Gregor almorzaba en el ABC, en su reservado habitual, bajo el blasón de Baviera. Cuando saludó a aquel tipo de frente despoblada y toscamente vestido, supo de inmediato que no podrían entenderse. La mano de Ricardo Klement estaba húmeda, protegían su mirada oblicua unas gruesas gafas que llevaba torcidas.

Aquel día, Sassen no pudo evitar revelar a los interesados la auténtica identidad de ambos. Adolf Eichmann, le presento a Josef Mengele ; Josef Mengele, éste es Adolf Eichmann. Al segundo, a Eichmann, el nombre del primero no le dice nada. El gran mandamás del Holocausto se ha cruzado con cientos y con miles de capitanes y médicos. Mengele es un verdugo de pacotilla, un mosquito a ojos de Eichmann, quien se lo hizo notar de forma manifiesta durante ese primer encuentro, poniendo especial cuidado en recordarle su deslumbrante trayectoria en la cima de los arcanos del Tercer Reich, el aplastante peso de sus responsabilidades, su poder: «¡Todo el mundo sabía quién era yo! Los judíos más ricos me besaban los pies para salvar la vida».


GREGOR

La desaparición de Josep Mengele, Oliver Guez, p.22

Gregor piensa en otro damero, barracones, cámaras de gas, crematorios,vías férreas, donde pasó sus mejores años como ingeniero de la raza, una ciudad prohibida sumida en el olor acre de carne y pelo socarrados y rodeada de torretas y alambre de espino. En moto, en bicicleta y en coche, circulaba entre las sombras sin rostro, infatigable dandi caníbal, botas, guantes y uniforme deslumbrantes, gorra levemente inclinada. Cruzar su mirada y dirigirle la palabra estaba prohibido; sus propios camaradas de la Orden Negra le temían. En la rampa donde se clasificaba a los judíos de Europa, ellos estaban borrachos, pero él permanecía sobrio y silbaba entre dientes compases de Tosca con una sonrisa. No abandonarse nunca a un sentimiento humano. La piedad es una debilidad: con un movimiento del fino bastón, el omnipotente sellaba la suerte de sus víctimas, a la izquierda la muerte inmediata, las cámaras de gas, a la derecha la muerte lenta, los trabajos forzados o su laboratorio, el mayor del mundo, que él alimentaba con «material humano idóneo» (enanos, gigantes, tullidos, gemelos) con la llegada diaria de los convoyes. Inyectar, medir, sangrar; descuartizar, asesinar, practicar autopsias: a su disposición, un zoo de niños cobayas con el fin de desvelar los secretos de la gemelaridad, de producir superhombres y de acrecentar la fecundidad de las alemanas para poblar algún día con campesinos soldados los territorios del Este arrancados a los eslavos y defender la raza nórdica. Guardián de la pureza de la raza y alquimista del hombre nuevo: después de la guerra le esperaban una formidable carrera universitaria y el reconocimiento del Reich victorioso.


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