Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.244. VIAJE A LAS HORMIGAS / EO WILSON


The Ants, la monografía que publicamos en 1990, fue un éxito de crítica y, para nuestra sorpresa, obtuvo un amplio éxito de público. Pero es un libro técnico, dirigido básicamente a otros biólogos, así como una enciclopedia y un vademécum de mirmecología, el estudio científico de las hormigas. Y puesto que su objetivo principal es una cobertura exhaustiva, es  de un tamaño considerable: contiene 732 páginas de tablas, ilustraciones y texto a doble columna, y el libro de tapas duras mide 26 x 31 centímetros y pesa 3,4 kilogramos. The Ants, en suma, no es un libro para comprar casualmente y leerse de cabo a rabo. Ni intenta transmitir de una manera directa la aventura de la investigación de  estos insectos sorprendentes.

Viaje a las hormigas condensa lo mejor de la mirmecología en una extensión más manejable, con un lenguaje menos técnico y con un sesgo, admitido e inevitable, hacia aquellos temas y especies sobre los que hemos trabajado personalmente. Cuando es preciso utilizar términos especiales debido a la naturaleza especializada del tema, los definimos allí mismo.

Nuestro enfoque es temático al principio, para abrirse paso cada vez más hacia la historia natural. Empezamos con una explicación de por qué las hormigas han tenido un éxito tan sorprendente. La razón, aducimos, es el poder abrumador y rápidamente aplicado que surge de la cooperación de los miembros de la colonia. La acción combinada a este nivel de eficiencia  es posible por el desarrollo avanzado de la comunicación química: la liberación de una mezcolanza de sustancias desde diferentes partes del cuerpo que son probadas y olfateadas por las compañeras de hormiguero y que evocan en ellas, según sean las sustancias liberadas y la circunstancia del momento, respectivamente alarma, atracción, cuidados, ofrecimiento de comida y otras muchas actividades. Las hormigas, como los seres humanos, para decirlo en pocas palabras, tienen éxito porque hablan muy bien.


PERRITOS DE PARIS


Diarios, Rafael Chirbes, p. 92

Esos perritos de París, tan urbanos, perritos de exputa, hijos de perritas de puta. A la gente de campo, a los rústicos, nos excita la fantasía esos perros: lo que los animalitos han visto, las chocolatinas que han mordido, el champán que han lameteado, las sábanas sobre las que se han tendido. Incluso imaginamos las ceremonias en las que han participado, de buena o de mala gana; imaginamos en ellos un refinamiento canalla, que atrae y repugna al tiempo. Otro trabajo para Bachelard: Psicoanálisis del perro de puta. Guzmán de Alfarache, proxeneta de su propia esposa, nos habla de la falderilla que siempre llevaba consigo la mujer y dice que «es cosa muy esencial y propria en una dama uno destos perritos y así podrían pasar sin ellos como un médico sin guantes y sortija, un boticario sin ajedrez, un barbero sin guitarra y un molinero sin rabelico» (pág. 686). En la cárcel de Carabanchel, los presos los llamaban perros piloneros: se suponía que las putas, las solteronas y las viudas (y hasta no pocas casadas) se dejaban lamer por ellos, se los bajaban al pilón y preferían sus manipulaciones a las del amante o el marido. Sus dueñas los mantienen, los peinan, los perfuman, los visten: como si fueran sus «maquereaux. Muchas se envician n los perritos y los prefieren a los hombres», les oía yo decir los presos de Carabanchel en algunas de las conversaciones arras que mantenían. Aseguraban que sus lenguas son más suaves, y, sobre todo, revelan mayor constancia en la tarea, y desde luego más docilidad que la de amantes y maridos.


ANIMALES


Hormigón, Thomas Berhard, p. 42

El llamado amor a los animales ha causado ya tantas desgracias que, si pensáramos realmente en ello con la mayor intensidad, quedaríamos al instante aniquilados de espanto. No es tan absurdo como parece a primera vista que yo diga que el mundo debe sus guerras más horribles al llamado amor a los animales de sus dominadores. Todo eso está documentado y habría que aclarar de una vez ese hecho. Esas gentes, políticos, dictadores, están dominadas por un perro y por ello precipitan a millones de personas en la desgracia y la degeneración, aman a un perro y maquinan una guerra mundial en la que, por ese perro, mueren millones. Solo hay que pensar en qué aspecto tendría el mundo si una vez, ese llamado amor al prójimo se redujera por lo menos a algún porcentaje ridículo, en beneficio del amor al prójimo que, como es natural, tan solo se llama así. La pregunta no puede ser, tengo un perro o no tengo un perro, partiendo de mi mente no estoy en absoluto en condiciones de tener un perro, que además, como me consta, hay que cuidar y atender de forma intensa, como a cualquier ser humano, que hay que cuidar y atender más de lo que yo mismo exijo, pero la Humanidad, incluidas todas las partes del mundo, no encuentra nada raro en cuidar más y atender mejor a los perros que a sus semejantes, en efecto, cuida más y atiende mejor todos esos miles de millones de casos de perros que a ella misma. Me permito calificar un mundo así de perverso y en el más alto grado inhumano y totalmente loco. Si estoy aquí, el perro está también aquí, si estoy allá, el perro está también allá. Si el perro tiene que salir, tengo que salir con el perro, etcétera. No tolero la comedia del perro, que diariamente, cuando abrimos los ojos y no nos hemos acostumbrado aún a la ceguera diaria, podemos ver. En esa comedia del perro, aparece un perro que molesta a un ser humano, lo explota y, en el curso de varios o pocos actos, expulsa a su inocente humanidad. La losa sepulcral más alta y más cara y realmente más preciosa que jamás se ha levantado en el curso de la Historia fue levantada, al parecer, para un perro. No, no en América, como habría que suponer, sino en Londres. Ver claramente otra vez  ese hecho basta para mostrar al hombre en su auténtica luz de perro. La realidad es que, en este mundo, la cuestión no es ya desde hace tiempo hasta qué punto es uno humano sino hasta qué punto es canino, pero hasta hoy, cuando, en el fondo, si hubiera que hacer honor a la verdad, donde habría que decir realmente hasta qué punto es canino el hombre, se dice hasta qué punto es humano. Y eso es lo repelente. Tener un perro no se me plantea. Si por lo menos tuvieras un perro, dijo mi hermana inmediatamente antes de irse. No por primera vez, es una de esas observaciones con que, desde hace años, me irrita. ¡Por lo menos un perro! Yo no necesito perro, tengo a mis amantes, según ella. Una vez, por capricho, como creo, renunció a sus amantes y tuvo un perro, tan pequeño que, al menos en mi fantasía, hubiera podido meterse bajo sus zapatos de tacón alto. Le gustaba lo grotesco del hecho y encargó para el perro, que no merecía en absoluto ese calificativo, un abrigo de terciopelo con ribete dorado. En el Sacher admiraron el perro, y eso le resultó a ella tan repugnante que le regaló el animal a su ama de llaves, la que por su parte, naturalmente, lo regaló a su vez.


RANAS


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 200
Puede sonar sospechosamente parecido a la falsa medicina popular de los bestiarios medievales, pero lo cierto es que entre las décadas de 1940 y 1960 la primera prueba de embarazo fiable del mundo fue un anuro de ojos saltones. Cuando se le inyectaba la orina de una mujer embarazada, la rana no se volvía de color azul ni exhibía franjas de ningún tipo, sino que lanzaba un chorro de huevos entre ocho y doce horas después, lo que confirmaba un resultado positivo.
No había ranas para llevarse a casa y hacer allí la prueba. La inyección la aplicaban profesionales especializados en la prueba del embarazo que pasaban horas en los sótanos y edificios adyacentes de muchos hospitales y clínicas de planificación familiar, rodeados de tanques llenos de aquellas ranas especializadas en hacer pronósticos. Comenté este proceso con Audrey Peattie, una mujer de ochenta y dos años de Hertfordshire rebosante de vitalidad que había realizado esa labor, y que me habló de sus tres años trabajando con ranas en el hospital de Watford.
Trabajar en un laboratorio lleno de orina y de anfibios era una ocupación inusual para una joven en la década de 1950. Mientras la mayoría de las amigas de Audrey dejaban la escuela para convertirse en secretarias, a los diecisiete años puso rumbo a Watford para seguir una carrera profesional que, según me dijo, resultaba un poco más “peculiar” y “embarazosa de explican”, pero con la que, sin embargo, disfrutaba.
“Hacíamos unas cuarenta pruebas al día. Las ranas eran bastante escurridizas, pero las Sujetabas entre las patas y les inyectabas bajo la piel y en sus partes más carnosas”, recordaba Audrey. “luego las metías en un tarro numerado, las dejabas toda la noche en una zona caldeada, y por la mañana las examinabas para ver si habían puesto huevos. Si la rana solo había puesto unos pocos huevos, repetíamos la prueba con otra. Pero casi nunca nos quedábamos sin ranas.»
Según Audrey, aquellas ranas tan sibilinas no eran “como las que ves arrastrándose por tu jardín”, sino de una especie mucho más exótica conocida como rana africana de uñas (Xenopus laevis), una antigua especie de anuro acuático del África subsahariana. No se puede decir que estas ranas, armadas de largas garras, y con el cuerpo plano y adornado con lo que parecen costuras tipo Frankenstein, sean precisamente bonitas. Sus ojos saltones tampoco tienen párpados, lo que implica que bajo el agua se mueven en todas direcciones exhibiendo una mirada amenazadora que te sigue por todo el laboratorio. La capacidad de estas ranas de detectar el embarazo fue descubierta por el endocrinólogo británico Lancelot Hogben cuando trabajaba en la Universidad de Ciudad del Cabo, a finales de la década de 1920. Hogben había utilizado previamente ranas europeas en sus estudios sobre hormonas, pero en Sudáfrica empezó a experimentar con la fauna local. Y descubrió que Xenopus, tal como hacen hoy las pruebas de embarazo químicas, exhibía una drástica respuesta ante la presencia de la gonadotropina coriónica humana (o hCG), la hormona que se libera cuando un óvulo humano es fécundado. Hogben comprendió que el potencial de la rana como prueba de embarazo era un “regalo del cielo”; tan entusiasmado se sintió con el anfibio que más tarde le puso su nombre a su propia residencia.

MURCIELAGOS


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 158
Buffon también se sentía ofendido por las partes pudendas del murciélago, que parecía haber tomado prestadas de alguna otra especie, quizá incluso -lo que resultaba bastante alarmante- de la suya propia: “El pene, que es colgante y fláccido”, anunciaba, “es algo peculiar del hombre, [y de]los monos.”
Como el conde, también yo me quedé sorprendida la primera vez que vi el pene de un murciélago. Fue aproximadamente hace diez años, en un remoto rincón de la Amazonia peruana donde me había unido al doctor Adrián Tejedor, un investigador cubano especializado en quirópteros, en la tarea de capturar murciélagos con red de niebla. Ello requería instalar lo que parecía una red de bádminton muy grande y fina en un claro de la selva, y luego limitarse a esperar -como las arañas- a que algún murciélago cayera volando en nuestra trampa (dado que la red era tan fina que no podían detectarla). Permanecimos sentados durante varias horas entre las oscuras y bochornosas sombras de la noche con las antorchas apagadas para no ahuyentar a los murciélagos, un ejercicio de control del aburrimiento digno del perezoso, aunque recuerdo que durante un rato me entretuve contemplando un hongo surrealista que brillaba en la oscuridad y que me recordó al tipo de cosas que de niño pegabas en la pared.
El primer invitado que cayó en la red fue un ejemplar de la especie Phyllostomus elongatus (o murciélago de lanza alargado). Adrián se sintió emocionado: hacía nueve años que no veía un ejemplar de esta especie de murciélago. A mí me impresionó el tamaño del pene, que le colgaba casi hasta la rodilla y me pareció cualquier cosa menos aerodinámico. Adrián me informó con cierta frivolidad de que «en los mamíferos la longitud del pene parece estar relacionada con el grado de promiscuidad de las hembras». De ser así, las señoras de Phyllostomus elongatus deben de ser auténticas meretrices, dado que los machos son famosos por lo especialmente prolongado de sus apéndices. Cuanto más largo es el pene, más posibilidades tienen de introducir su esperma en la hembra, lo que da ventaja a su simiente sobre la de sus rivales amorosos.

HIENAS


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 110
Cada clan de hienas es un matriarcado dominado por una hembra alfa. En la estricta estructura de poder del clan, esa dominancia se transmite a través de la línea sucesoria de la hembra alfa a sus crías. Los machos adultos ocupan la última posición en la jerarquía, reducidos al papel de sumisos parias que mendigan aceptación, comida y sexo. Ante un cadáver compartido, donde podría haber alrededor de treinta hienas disputándose su libra de carne, los machos son los últimos en comer –si es que queda algo-, ya que de lo contrario corren el riesgo de sufrir violentas represalias por parte de las hembras.
Holekamp cree que el factor crucial que explica la agresividad y la dominancia de la hembra de la hiena manchada es precisamente esta intensa competencia por los cadáveres. Una avalancha de hienas frenéticas puede convertir una cebra adulta de 250 kilos en una mera mancha de sangre sobre la hierba en menos de treinta minutos. Una hiena adulta es capaz de engullir hasta una tercera parte de su peso corporal-entre 15 y 20 kilos de carne- en una sola comida. Resulta una escena frenética, desenfrenada y a veces bastante aterradora. Las hembras más grandes y agresivas tienen mayores probabilidades de asegurarse de que sus crías -las que hayan sobrevivido al parto- tengan un lugar en la mesa y no resulten lastimadas en el proceso.
Las hembras dominantes tienen otro truco para proporcionar a sus cachorros una ventaja agresiva. Un reciente estudio ha revelado que cuanto más poderosa es una hembra, mayor es el nivel de testosterona al que se ven expuestos sus fetos durante la última fase del embarazo. Dicho andrógeno se produce en los ovarios de la madre, lo cual resulta bastante insólito. Pero Holekamp cree que las crías hembra son más sensibles a sus efectos que los machos. Las hienas moteadas tienen un periodo de gestación inusualmente prolongado, y «macerarse» en este baño de andrógeno prenatal afecta al desarrollo del sistema nervioso de las crías, de modo que estas se hallan predispuestas al combate desde el momento en que nacen. Y además cuentan ya con las armas necesarias para ello: a diferencia de la mayoría de los mamíferos, los cachorros de hiena nacen con los ojos abiertos, los músculos coordinados y los dientes asomando ya a través de las encías y ansiosos por morder. Estos belicosos recién nacidos suelen luchar a muerte por la comida, y el cainismo es habitual entre ellos.

FREUDIANA


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 36
Cuando era un estudiante de diecinueve años en la Universidad de Viena, el futuro fundador del psicoanálisis emprendió el que sería su primer auténtico trabajo de investigación,  desplazándose en 1876 a una estación zoológica de Trieste, en la costa adriática de Italia, con el encargo de encontrar los testículos de la anguila.
La única manera de determinar el género era abriendo el pez, «habida cuenta de que las anguilas no escriben diarios”, opinaba Freud con sarcasmo en una carta a un amigo. Durante semanas hizo exactamente eso, cada día, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, en un laboratorio caluroso y maloliente. Le habían encargado que investigara la pretensión de un profesor polaco llamado Szymon Syrski, que aseguraba haber descubierto los testículos de la anguila. “Pero dado que al parecer no sabe lo que es un microscopio», se quejaba Freud en su carta, «ha sido incapaz de proporcionar una descripción exacta de estos.”
Cuatro semanas y cuatrocientas anguilas destripadas después, Freud tiró la toalla. «Me he estado atormentando a mí mismo y a las anguilas, pero en vano: todas las anguilas que he abierto son del bello sexo”, se lamentaba, en tina misiva plagada de dibujitos de anguilas que mostraban una sonrisita burlona. El ensayo resultante de Freud, titulado «Observaciones sobre la forma y la estructura fina de los órganos arrollados de la anguila, órganos considerados los testículos», fue su primer trabajo publicado. Aunque sospechaba que Syrski estaba en lo cierto, no pudo ni confirmar ni desmentir las afirmaciones del polaco.
Nadie sabe con certeza en qué medida aquellas largas jornadas dedicadas a abrir peces de aspecto fálico en una infructuosa búsqueda de su sexo influirían en las posteriores teorías de Freud sobre la fase de “envidia del pene” del desarrollo psicosexual humano. Sea como fuere, en lo sucesivo el científico se dedicaría a sondear a sujetos menos escurridizos, como la psique humana, con bastante más éxito. Dos décadas más tarde, una solitaria anguila macho reveló finalmente sus partes íntimas. El joven biólogo que tuvo la fortuna de conocer a aquel ejemplar fue otro italiano, Giovanni Grassi, que capturó el pez -cuyos órganos sexuales estaban hinchados de esperma- nadando en la costa de Sicilia.

(Lobos no tan feroces)


De algunos animales, RS Ferlosio, p.71
La milenaria propaganda infamatoria -promovída, sin duda, primordialmente por el gremio de los pastores- contra el lobo, cuya figura ha llegado a constituirse en paradigma universal del malo, ha sido de una eficacia sólo comparable con la que los romanos proyectaron contra los cartagineses -que desde entonces vienen arrastrando pareja mala fama entre todos los pueblos civilizados de la historia-, siendo así que lo más cierto es que el lobo, al igual que todo el resto de los cánidos, y en contraposición, por ejemplo, a los felinos, es uno de los animales más dulces y más capaces de amor hacia sus semejantes y sus desemejantes de entre todos cuantos están catalogados en los registros de la zoología. Y manifestación de ello considero el hecho, tan resaltante, de que en la nómina de los casos conocidos de niños adoptados, criados y educados por algún animal no sea otro que el lobo el que por aplastante mayoría cubre el papel de animal adoptante. ¿Y cuántas veces no hemos visto en los periódicos alguna perra a cuyas tetas aparece agarrado no un perrito sino un cerdito, un gatito, etcétera? Por el contrario, frente a lo que en un primer momento esperaríamos, esa nómina está bien lejos de apoyar con datos de experiencia el mito de Tarzán (mito, dicho sea de paso, de lo más idiota y más falto de imaginación que se haya conocido, tanto en la originaria invención novelesca de Edgad Rice Burroughs corno en los ulteriores traslados cinematográficos, a cuyo inexplicable éxito de público debieron de contribuir en gran medida los especiales atractivos anatómicos de Johnny Weissmüller), ya que ninguno de los cuatro grandes monos antropoides -gorila, orangután, chimpancé y gibón- prestigia su propia especie apareciendo siquiera con un solo caso entre los animales adoptantes.

INCIPIT 894. EL ALMA DE LOS PULPOS / SY MONTGOMERY


Atenea. Descubrir el cerebro de un molusco
Un día de mediados de marzo inusitadamente cálido, cuando en Nuevo Hampshire la nieve empezaba a derretirse y convertirse en barro, fui a Boston, donde la gente paseaba por el puerto o estaba sentada en los bancos con cucuruchos de helado. Yo, sin embargo, cambié el agradable sol por el húmedo y tenue santuario del Acuario de Nueva Inglaterra. Tenía una cita con un pulpo gigante del Pacífico.
No sabía gran cosa de los  pulpos, pero lo poco que sabía me intrigaba: es un animal que tiene veneno, como una serpiente, pico, como un loro, y tinta, como una pluma estilográfica. Puede pesar tanto como un hombre y ser tan largo como un coche, y sin embargo es capaz de introducir su ancho e invertebrado cuerpo por una abertura del tamaño de una naranja. Puede cambiar de color y de forma. Puede percibir el sabor de algo con la piel. Y son inteligentes.

DEL GATO

Qwertyuiop, Sánchez Felosio, p. 480
En cuanto al gato, si bien respecto de él la saga es, en sus dispersas y múltiples versiones, bastante más oscura y fragmentaria que en lo que al perro se refiere, parece ser que fue en principio su rival de merodeo y que su situación empeoró notablemente cuando el perro fue acogido por el hombre, supuesto que ya no sólo contra fuerza, sino también contra derecho tuvo que disputarle los despojos, hasta el día en que a su vez -recuperando de nuevo la perdida igualdad de condiciones en la querella originaria, desde ahora por ambas partes transferida a equitativo estado de derecho, y perpetuada en el seno de la casa- se vio integrado, con un cometido propio y peculiar, en la familia de los hombres, gracias a la calamitosa aparición de otros dos parásitos que, por su parte, irreductibles y orgullosos, vienen perseverando hasta nuestros días al margen de la ley: la rata y el ratón. De modo, pues, que de las dos grandes clases en que, según su procedencia, la fauna doméstica se puede y aun se debe dividir, el perro constituiría con el gato, frente a la clase de los «habidos por captura” -herbívoros ungulados en su mayoría-, la de los «parásitos integrados”; y que, en sus líneas generales, el mito no nos miente en este punto podría probarlo el hecho de que cuando, por adversas circunstancias, tienen que hacerse cimarrones, los segundos se mantienen en el parasitismo mientras que los primeros, como es notorio al menos del caballo, retornan a una vida silvestre y alejada de toda relación con los humanos, cual si una y otra clase quisiese demostrarnos, en la distinta forma de semejante regresión, cuál fue el estado y condición que precedió inmediatamente a su domesticidad. Entre los gatos cimarrones son famosos los que aún hoy, suscitando en algunos la piedad y en otros la repugnancia y el escándalo, pueblan las ruinas de la ciudad de Roma; y en lo que atañe a perros, pueden leerse con provecho las impresionantes páginas de Brehm sobre los perros de Constantinopla y los de Alejandría, igualmente parásitos al par que cimarrones, que al menos por los años en que este gran maestro compilaba su célebre Tierleben infestaban todavía calles y ruinas de aquellas dos decaídas y antiquísimas metrópolis.

DE LOS ORIGENES DEL PERRO


Qwertyuiop, Sánchez Felosio, p. 479
El perro se hizo amigo del hombre de la siguiente manera. Siempre hubo dos clases principales de animales carniceros: carniceros de asalto y carniceros de emboscada; los segundos, a quienes posteriormente vino a dárseles el nombre de felinos, podían, merced a la eficacia prensara de sus zarpas, afrontar individualmente el agarre de la presa, a diferencia de los primeros, que, privados de tan útil instrumento, se veían constreñidos a asociarse en aquel lance decisivo de la caza y de la supervivencia y vinieron a hacerse de gregaria condición y consiguientemente más prolificos. De entre éstos, con el perro, los más famosos son el lobo y el coyote, la hiena y el chacal; pues con respecto al zorro hay que decir que intentó y consiguió con excelentes resultados pasarse a carnicero de emboscada, camino que, habida cuenta de la inferior circunstancia de sus uñas, fue tenido por harto meritorio y le valió ser puesto por dechado y figura de la astucia misma. El perro, pues, que, como algunos otros de su clase, llevaba una existencia desgraciada desde que el hombre, que se multiplicaba y esparcía sin proporción, le iba usurpando el territorio y diezmando la madre de la caza, tuvo al fin -cada vez más apretado por el hambre—que irse reduciendo a la condición de merodeador de campamentos, convirtiéndose en parásito de su propio expoliador y alimentándose de los despojos de aquella misma presa que con sus propios colmillos habría, tal vez, preferido degollar; y aunque tampoco falten quienes más a pereza se lo achaquen que a rigurosa constricción, el caso es que si bien, en efecto, por entonces al principio su papel se limitó al de mero huésped de segunda mesa que aguardaba pasivo a la salida del banquete -tal vez por no saber otra cosa todavía sino que la caza se había hecho en los bosques más rara y más huraña cada vez, y sólo allí podía encontrar, sin conocer tampoco por qué artes le llegaba, con qué aliviar sus hambres-, no es menos cierto que más adelante fue sacando el ovillo por el hilo y comenzó a fijar su atención en los alborotados retornos de los cazadores, aprendiendo a mirar hachas y lanzas como seguros heraldos de una próxima comida, con lo que, siguiendo ya cada vez con mayor interés cualquier aparición y movimiento de tan faustos indicios y señales, vino al fin, igualmente, a reparar en las aparatosas partidas de las expediciones venatorias y, estimando tal vez que si perdía de vista hachas y lanzas perdería de igual modo el buen augurio que su simple figura comportaba, fue a ponerse a la zaga del tropel de cazadores y los siguió hasta el encuentro con la caza, sin atreverse a otra cosa, de momento, que a conservarlo siempre al alcance de la vista y seguirlo día y noche por montes y cañadas. Hasta que, habiendo penetrado la causa y el efecto de aquellas aventuras, el interés, la impaciencia, la solidaridad de la intención, ya no le consintieron mantenerse a raya por más tiempo cual mero espectador, y osó irrumpir animosamente en la palestra; intromisión que bien poco tardó el hombre en dejar de estimar inoportuna, antes reconociendo, en cambio, hasta qué punto hábilmente aprovechada podría llegar a sede de grande utilidad -ya que, anunciada sin tregua en las más densas espesuras por el clamor de los ladridos y rastreada por el olor de sus pisadas hasta el más apartado perdedero, ninguna presa habría ya de zafarse de su persecución-, resolvió que no más pedradas, desde entonces, contra el merodeador cuando en hambrienta turba se apiñaba en derredor del campamento, sino que los despojos, antes siempre  arrojados, simplemente por deshacerse de ellos sin preocuparse de quien se los comiese o dejase de comer, le fuesen especialmente destinados e inclusive aumentados cada vez que la suerte o la abundancia así lo permitiesen.

CUCHARACHAS

La broma infinita, DF Wallace, p. 56
El lavabo tiene unos azulejos de color amarillo verdoso, que él no eligió, pero acaso lo hizo el defensa libre que vivió aquí antes de que los Cardinals lo enviaran de regreso a Nueva Orleans junto con dos defensas de reserva y dinero en efectivo a cambio de Orín Incandenza, pateador.
Y por más veces que ha hecho venir a la gente de Terminex, no ha habido forma de erradicar las inmensas cucarachas que salen de la cañería del lavabo. Según los de Terminex, son cucarachas de cloaca, Blattaria implacabilis, o algo así. Unas cucarachas verdaderamente enormes. Unos bichos acorazados, renegridos con caparazones del tipo Kevlar, la hostia. E intrépidos, criados en esas cloacas hobbesianas. Ya eran una desgracia las pequeñas cucarachas marrones de Boston y Nueva Orleans, pero al menos uno podía entrar en casa y, al encender la luz, huían despavoridas. Estas cucarachas de cloacas del sudoeste, cuando enciendes las luces, te miran de abajo arriba como diciendo: «¿Tienes algún problema?». En una sola ocasión, Orin pisó una que había salido diabólicamente del desagüe de la ducha cuando él aún estaba allí; salió disparado desnudo, se calzó unos zapatos y volvió a intentar aplastarla convencionalmente; el resultado fue explosivo. De aquel incidente todavía quedan restos en las rendijas del azulejo. Imposible de limpiar. Tripas de cucaracha. Algo nauseabundo. Fue preferible tirar a la basura los zapatos que intentar lavar la suela. Ahora guarda grandes vasos de vidrio en el baño, y cuando enciende la luz y ve una cucaracha, le pone el vaso encima inmovilizándola. A los dos días, el vaso está empañado y la cucaracha se ha asfixiado sin ensuciar nada; Orin pone la cucaracha y el vaso en diferentes bolsas Ziplocs, y los tira en el basurero que hay en su calle, aliado de un campo de golf.

Con cierta frecuencia, el suelo de mosaicos amarillos parece una pista de carreras de obstáculos con los vasos y los bichos que allí están atrapados, inmóviles, agonizando estoicamente hasta que poco a poco los vasos se nublan con el dióxido cucarachil. Todo eso enferma a Orin. Ahora piensa que cuanto más caliente esté el agua de la ducha, menos probabilidades hay de que alguno de esos pequeños vehículos acorazados tenga interés en aparecer cuando él todavía está allí. A veces se presentan a primera hora de la mañana en la taza del váter, nadando estilo perrito y tratando de escalar por los costados. 

EL PEQUEÑO MUNDO DE UN PERRO

El rey pálido, DF Wallace, p. 141
-Nuestra casa estaba fuera de la ciudad, junto a una de las carreteras asfaltadas. Teníamos un perro muy grande que mi padre tenía encadenado en el jardín. Un perro grande que era parte pastor alemán, Yo odiaba aquella cadena, pero no teníamos cerca y estábamos justo al lado de la carretera. Y el perro también odiaba la cadena. Pero tenía dignidad. Lo que hacía era no estirar nunca la cadena del todo. Ni siquiera llegaba al punto en que se tensaba. Aunque el cartero parara el coche delante, o un vendedor. Por pura dignidad, aquel perro fingía que prefería quedarse dentro de la zona que marcaba la longitud de la cadena. No había nada fuera de aquella zona que le interesara. Simplemente tenía cero interés. Así que ni se fijaba en la cadena. No la odiaba. La cadena. Se limitaba a hacerla irrelevante. Tal vez no estuviera  fingiendo, tal vez fuera verdad que había elegido que aquel circulito fuera su pequeño mundo. Tenía poder. Toda su vida era aquella cadena. Me encantaba aquel perro, coño.

DE LAS LEONAS Y SUS CRIAS

De La hermana de Katia de Andrés Barba, p. 142-143
Pasaron dos días y llamó Mamá por la tarde, para ver qué hacían. Ella estaba viendo un reportaje de la televisión sobre cómo las leonas, después de siete meses de buscarles comida y cuidar de que no se perdieran, dejaban a los cachorros abandonados para que hicieran su vida, y aunque daba un poco de pena ver cómo los leones pequeños se quedaban al principio con caras de angustiados, intentando ir tras ella, era verdad que daban ganas de gritarles que no fueran tontos, que ya era hora de que empezaran ellos a buscarse el pan. A Mamá le dijo la verdad; que estaba sola en casa, que no había comido y que la echaba de menos. Ella le contó que aquel día había comenzado a trabajar con Jorge en la carnicería, y que aunque aún le daba un poco de miedo manejarse con aquellos cuchillos tan afilados, que parecía que te ibas a cortar con sólo mirarlos, ya había empezado a practicar y no se le daba tan mal. Luego le preguntó si Katia había comentado algo sobre ella y volvió a contestarle con la verdad: que no lo había hecho. Resultaba un poco extraño hablar con Mamá pero no porque la conversación fuese distinta, o porque preguntara con otro tono que no fuese el habitual, sino porque, corno la leona de la televisión, se había marchado sin marcharse, mirando hacia atrás y diciendo que no la acompañaran pero como si al mismo tiempo quisiera que la acompañaran, que los cachorros fuesen lo suficientemente mayores como para que no pudiera despistarles con una simple carrera. Cuando Katia llegó a casa le contó que había llamado Mamá.

“Para qué”, dijo.

DEL AMOR A LOS ANIMALES

De Un reguero de pólvora, de Rebecca West, p. 238
El trazado de la costa es muy tortuoso por aquí, y tal como está orientada esta bahía, el rompeolas nos guarece del viento del este. Vaya, no hace demasiado tiempo, estábamos en pleno noviembre, bajé hasta aquí y me encontré con una gran foca tomando el sol en aquel canal de allí. La batea estaba aquí, la foca allí, recostada en la orilla como si estuviese en una butaca. Me dije a mí mismo, “Vaya, nunca he cazado una foca, y ahora voy a hacerme con una”; había dejado la escopeta en el suelo al pie del rompeolas, y volví por ella. Estaba reptando hacia la foca cuando se volvió, me miró y empezó  a sacudir la cabeza, ¿me entienden? La movió de un lado a otro, como suele hacer la gente mayor cuando está sentada y a gusto. Así -y el señor Tiffen hizo un movimiento que nos trajo ante los ojos de la mente a todas las focas de zoológicos y circos que recuerdan a señoras mayores, a todos los señores mayores que parecen focas-. Después de ver eso, no fui capaz de dispararle. No tuve valor para quitarle la vida. No, después de que me hubiese mirado y hubiese movido la cabeza de esa forma. Bajé la escopeta y la dejé tranquila. -Con el rostro todo arrugado por una afectuosa sonrisa, el señor Tiffen paseó la mirada por su marisma, por su cielo-. Era un día precioso, como éste -dljo.

WIKIPEDIA

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