Dicho sea suavemente
Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he advertido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón tienden a adoptar esta línea de acción), entonces no tendría que discutir únicamente con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendría también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.
Cuando era un niño de unos nueve
años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de
Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme en ciencias
naturales y también en historia sagrada. Nos llevaba a mis compañeros y a mí a
dar largos paseos por una zona particularmente bella de la hermosa tierra en
que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y
plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos;
la maravilla de unos huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te
picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos)
crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha
permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el
que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y
demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no
tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare,
escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.





















