Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.623. MANIA / LIONEL SHRIVER
Iba camino de comprar un par de cosas para la cena –Emory, mi mejor amiga, vendría a casa esa noche, como hacía muy a menudo– cuando llamaron del colegio de mi hijo para comunicarme que lo mandaban a casa por «acoso escolar». Que si podía por favor pasar a buscarlo. Darwin es un chico contenido, prudente, poco propenso a mangonear a otros niños; de ahí que me preguntase si no se trataría de un malentendido. Él siempre había estado entre los primeros de la clase y –hasta hacía poco– había sido el ojito derecho de los profesores. Como era de esperar, cuando fui a recogerlo a secretaría, mi delgado y precoz hijo mayor me esperaba sentado en silencio, aunque con los labios apretados y mirando con rabia un punto situado a media distancia; así excluía de su campo visual a los dos adultos que había en el despacho. A los once años, tenía más o menos la edad en la que yo escapé de un adoctrinamiento del que él se había salvado. Aun así, esa tarde su contención habitual ocultaba algún elemento inflamable que me recordaba a mi propia conducta cuando soportaba en un silencio furibundo la Noche de Adoración en Familia.
La Iglesia del ejercicio físico
El movimiento del cuerpo a través del espacio, Lionel Shriver, p. 250
La Iglesia del ejercicio físico
proporcionaba claridad. Es decir, establecía un inequívoco conjunto de virtudes
-esfuerzo, agotamiento, desprecio del dolor, desafío de los límites percibidos,
cualquier distancia más larga que la anterior, cualquier ritmo más rápido- que
despejaba toda posible confusión sobre lo que se consideraba un uso productivo
del día. También definía el mal: la pereza. Y, más que nada, a propósito del
testimonio de Remington sobre los poderes curativos de un mejor ritmo cardiaco
para el Parkinson, el insomnio, la diabetes, la demencia senil y la depresión,
solo con el ejercicio se podía prevenir la enfermedad, la degeneración y el
deterioro mental. Así pues, elevada a la enésima potencia, la Iglesia del ejercicio
físico prometía no solo el final de todo envejecimiento y de todos los
achaques, sino también su revocación, la vida eterna.
Era el timo más viejo del mundo.
MACHISMO
INCIPIT 1.397. EL MOVIMIENTO DEL CUERPO A TRAVES DEL ESPACIO / LIONEL SHRIVER
-He decidido correr una maratón.
En una sitcom de segunda,
Serenata habría escupido el café del desayuno. Pero no. Era una persona
comedida, y, además, en ese preciso momento había hecho una pausa entre sorbo y
sorbo.
-¿Qué? -preguntó; su tono era un
poco altivo, aunque cortés.
-Ya me has oído. -Remington, otra
vez junto a la cocina, la examinó con una desapasionada mirada de
desconcierto-. Tengo la vista puesta en la carrera de abril, la de Saratoga
Springs.
Serenata tuvo la sensación, rara
en su matrimonio, de que debía vigilar lo que decía.
-Lo dices en serio. No me estás
tomando el pelo.
-¿Es que acaso suelo hacer
declaraciones de intenciones y después echarme atrás, como si solo estuviera
tonteando? No sé muy bien cómo tomarme tu incredulidad: solo me suena a
insulto.
-Mi «incredulidad» podría tener
algo que ver con que nunca te he visto correr de aquí a la sala.
-¿ Y por qué tendría que correr
de aquí a la sala?
Esa literalidad tenía
precedentes. Para ellos era natural hablarse así, de forma tan quisquillosa.
Era un juego.
-Diría que llevas treinta y dos
años sin dar una vuelta a la manzana al trote



