Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare. Mostrar todas las entradas

LA MEMORIA DE SHAKESPEARE


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p.118

DE CÓMO SE OBSERVAN LOS DíAS

Cuando tenía once o doce años, mi padre me leyó un cuento de Borges, «La memoria de Shakespeare», sobre la relación entre la memoria y la imaginación. El narrador del cuento se está tomando un trago en un bar después de un congreso de shakespearianos, cuando de pronto se le acerca un hombre y le dice algo así como:

Te ofrezco la memoria de Shakespeare, ¿la aceptas?

El narrador es un catedrático de cierta edad. probablemente un poco deprimido. y en definitiva nada propenso a creer en ninguna clase de magia o de alquimia. y ni siquiera en la posibilidad de las segundas oportunidades en la vida. Así que, un poco incrédulo. y tal vez un poco borracho. acepta la oferta, paga sus tragos y se va a su cuarto de hotel a dormir. Sería un despropósito resumir lo que ocurre después de eso. Como tantos cuentos de Borges —tan a medio camino entre la parábola biblica y la fisica teórica— este tiene una trayectoria más bien filosófica en vez de una trama y un desarro110 en el sentido tradicional. Lo importante es que, a partir de ese momento, a partir de que el narrador acepta la memoria de Shakespeare, lo que se desenvuelve es la vida interior de un hombre en cuya imaginación confluyen ahora las aguas de dos memorias: la portentosa memoria de Shakespeare y el caudal más modesto de su experiencia pasada.


HAMLET


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 271

Hace algunos años inicié a Christopher Hitchens en un juego literario bastante tonto: rebautizar las obras de Shakespeare a la manera de las novelas de Robert Ludlum (El intercambio Rhinemann, El caso Bourne, El pacto de Holcroft). Esto nos lleva, por ejemplo, a La sanción Rialto (El mercader de Venecia), La implicación del pañuelo (Otelo) y La forestación de Dunsinane (Macbeth). Y Hamlet se convertiría en La indecisión de Elsinor.

En Hamlet, la pregunta se refiere a los interminables aplazamientos del príncipe de Dinamarca, que se prolongan lo suficiente para convertirla en la obra más larga de Shakespeare. ¿Por qué, entonces, después de que el fantasma de su padre le diga claramente cómo murió, Hamlet pospone tanto su venganza? ¿Por qué tantas incertidumbres y divagaciones? En este caso, el propio autor proporciona la respuesta. Hamlet es víctima de la pereza.

“De poco tiempo a esta parte -el porqué es lo que ignoro- he perdido completamente la alegría, he abandonado todas mis habituales ocupaciones, y, a la verdad, todo ello me pone de un humor tan sombrío, que esta admirable fábrica, la tierra, me parece un estéril promontorio; ese dosel magnífico de los cielos, la atmósfera, ese espléndido firmamento que allí veis suspendido, esa majestuosa bóveda tachonada de ascuas de oro, todo eso no me parece más que una hedionda y pestilente aglomeración de vapores. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y-maravilloso! En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo de los seres! Y, sin embargo, ¿qué es para mí esa quinta esencia del polvo? No me deleita el hombre, no, ni la mujer tampoco ...”


William Shakespeare


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 81

-¿Es realmente William Shakespeare un buen escritor? He ahí una cuestión no exenta de trascendencia. Mi respuesta es clara: Wliliam Shakespeare no es bueno, es grande. ¿Dónde reside la diferencia? Trataré de explicarlo.

Bebió un largo trago de whisky con soda y se enjugó los labios con un pañuelo a cuadros que sacó del bolsillo del pantalón antes de continuar su alocución.

-Probadas y admitidas están la riqueza de su léxico, el ritmo de sus frases, la originalidad y belleza de sus imágenes poéticas. Como dramaturgo, sin embargo, sus méritos son menos. Los argumentos de sus obras están copiados de aquí y de allá, por lo general son confusos, a veces banales, en ocasiones, ambas cosas. De los personajes, mejor no hablar: Hamlet es un demente; Otelo, un necio; Romeo y Julieta, dos tontainas excitados; Macbeth, un mangante. ¿Y los reyes? Unos delincuentes sin escrúpulos. ¿Es ésta forma de representar a la más alta instancia de la nación?

Al oír aquella severa crítica, no se pudo contener sir Ambrose.

-¡Que me ahorquen, coronel, nunca había considerado al pobre Will bajo este prisma!

Sin atender a la exclamación de su consocio, prosiguió el docto militar.

-No obstante, queda la grandeza. La cual no proviene de sus méritos literarios, sino de su autoridad. Lo mismo sucede con las Sagradas Escrituras. La mayoría de los textos no se entienden, pero en ellos percibimos la voz del Señor y con eso basta. Cuando Cristo se dirige a sus discípulos y proclama: En verdad, en verdad os digo ... ¿qué importa lo que viene luego? Por lo general, una simpleza o un galimatías. Pero hemos escuchado la voz del Señor, y no podemos dejar de estremecernos. Y con Shakespeare, otro tanto. Ser o no ser, ¿qué carajo significa? Nadie lo sabe. Probablemente una idiotez. Pero uno escucha estos cuatro vocablos y de inmediato queda deslumbrado por el resplandor de la cultura universal.


SHAKESPEARE


Errata, George Steiner, p. 50
La consecuencia es que hay muy pocas críticas de Shakespeare, en el sentido correctivo o instructivo del término, después de Samuel Johnson y de Pope. Para estos hombres augustos, Shakespeare era un dramaturgo sublime, a veces desigual en sus logros, a veces torpe en sus técnicas, de dudoso gusto. El romanticismo inglés y europeo no comparte esta serena visión. La «bardolatría», las proyecciones personales de tantas generaciones en personajes como Hamlet, convirtieron a Shakespeare en un semidiós. Ciertos pasajes de sus obras se comparan con los Evangelios, no siempre en beneficio de estos últimos. Su obra se considera un altar de la humanidad.
Los disidentes son pocos (aunque fascinantes). Acaso encolerizado por el extraño modo en que el rey Lear ejecuta su propio destino y el amargo crepúsculo que se cierne sobre él, Tolstoi se centra casi ciegamente en Shakespeare. Lo encuentra pueril, zafio, insensible a los justos dictados del sentido común y la necesidad social. Entre las enfurecidas líneas que Tolstoi dedica a la necedad del fingido salto de Gloucester desde los acantilados de Dover, distinguimos un motivo inquietante y conmovedor. Como notable dramaturgo que era, a Shakespeare le repugnaban las humillaciones de histérica simulación que tal escena inflige tanto a los actores como al público. Las críticas jocosas de Shaw, su reescritura pedagógica de Cimbelino, se inscriben en la esfera del autobombo y la mera diversión panfletaria. Llama la atención, por el contrario, una observación marginal del joven Lukács, el más sutil de los lectores marxistas. Hay, afirma Lukács, más comprensión de la política y de la historia en el «Paraíso» de Dante que en toda la obra de William Shakespeare.
Pero son las notas marginales de Wittgenstein las que resultan probablemente más incisivas. No consigue «sacar nada en limpio de Shakespeare». Recela del halo de consenso adulador que rodea su obra. Unanimidad tan clamorosa no puede indicar sino un error. Wittgenstein no encuentra en las obras de Shakespeare el menor atisbo de verdad. La vida real, dice  Wittgenstein, sencillamente no es «así». Shakespeare es, sin lugar a dudas, un genial tejedor de palabras. Sus personajes, sin embargo, no son sino accesorios de su virtuosismo semántico. Lo que nos muestra es una deslumbrante superficie lingüística. Wittgenstein incide sobre un aspecto ya señalado por T. S. Eliot con su característica discreción felina al manifestar su preferencia por Dante. En las palabras, en la conducta de los hombres y las mujeres de Shakespeare, no encontramos una ética coherente, una filosofía adulta, y mucho menos una prueba sólida de fe trascendente. Sabemos, afirma Wittgenstein, qué significa «el gran corazón de Beethoven”. Semejante descubrimiento no es aplicable a Shakespeare.

NOCHE DE REYES


El colgajo, Philippe lançon, p. 17
Después de que el barco en el que viajaban haya naufragado, unos hermanos gemelos, Viola y Sebastián, llegan por separado a una costa desconocida. Ambos creen que el otro ha muerto. Son huérfanos solitarios, supervivientes. Viola se disfraza de hombre y se hace llamar Cesado. Se convierte en paje e intermediario amoroso del duque del lugar, Orsino, del que no tarda en quedarse prendada. Sin embargo, debe defender la causa de Orsino ante Olivia, que la toma por un hombre y se enamora de ella. Durante este tiempo, después de varias peripecias, Sebastián llega a la corte. Olivia lo confunde con su hermana Viola y también se enamora de él. El amor es el juguete de las apariencias y los géneros, como se dice hoy, sobre un fondo maquiavélico y puritano encarnado por el intendente de Olivia, Malvolio. Maquiavélico y puritano, dos atributos que son tal para cual: quien quiere castigar a los hombres por sus placeres y sentimientos en nombre del bien que cree defender, en nombre de un dios, se cree con derecho a hacer todo el mal que esté en sus manos para conseguirlo. Malvolio lo quiere todo, lo toma todo y al final es víctima de todo. El happy end que nos brinda Shakespeare no es más que un sueño, todo lo anterior lo desmiente. Todo es magia, todo es absurdo, todo son sentimientos y vuelcos inesperados. La moraleja la pronuncia un bufón.

VENTA DE LIBROS

Las correcciones, Jonathan Franzen, p. 126-127
Se quedó sin dinero un viernes de julio. Ante la perspectiva de un fin de semana con Julia, que podía costarle quince dólares en el bar de un cine) expurgó el marxismo de su librería y lo llevó todo junto, en dos pesadísimas bolsas, a la Strand. Los libros conservaban sus sobrecubiertas originales y sumaban un total de 3.900 dólares a precio de catálogo. Un librero de viejo de la Strand les echó un vistazo, sin mucho interés, y emitió su veredicto:
-Sesenta y cinco.
Chip se rió por lo bajo, en su deseo de no discutir; pero la edición británica de Razón y racionalización de la sociedad, de Jürgen Habermas, que no había logrado leer, y mucho menos anotar, estaba impecable y le había costado 95 libras. No se pudo privar de señalarle este extremo al comprador, a guisa de ejemplo.
--Pruebe en otro sitio, si le parece --dijo el librero, con la mano como si no hubiera sabido si posarse o no en la caja registradora.
--· No, no, tiene usted razón -dijo Chip-. Sesenta y cinco está muy bien.

Era patéticamente obvio su convencimiento previo de que esos libros iban a proporcionarle cientos de dólares. Se dio media vuelta, para no ver el reproche que babia en sus lomos, pero recordando muy bien que cada uno de ellos había significado, en la Iibrería, una promesa de crítica radical de la sociedad tardocapitalista, y con qué alegria se los había llevado a casa. Pero Jürgen Habermas no tenia las piernas largas y frescas, vegetales, de Julia; ni Theodor Adorno emanaba el aroma frutal de lujuria adaptable que desprendía Julia; ni Fred Jameson dominaba las mismas artimañas que la lengua de Julia. A principios de octubre, cuando envió el manuscrito final a Eden Procuro, Chip ya había vendido el feminismo, el formalismo, el estructuralismo, el postestructuralismo, la teoría freudiana y todos los homosexuales. Para sufragar el almuerzo con sus padres y Denise sólo le quedaban sus amados historiadores de la cultura y su edición critica Arden de las obras completas de Shakespeare en tapa dura; y dado que en Shakespeare habitaba una cierta magia -aquellos volúmenes, todo iguales, de color azul pálido, eran como un archipiélago de refugios en la tempestad-, metió sus Foucault y sus Greenblatt y sus books y sus Poovey en bolsas de supermercado y los vendió todos por 115 dólares.

PARLAMENTO DE PROSPERO

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 245
-No es eso -dijo Leander-. Es otra cosa. Cuando me muera, quiero que en mi entierro lean el parlamento de Próspero.
-¿Qué parlamento es ese? -preguntó Honora. -Nuestros festejos acabaron ya -dijo Leander, poniéndose en pie--. Nuestros actores, como os predije, no eran sino espectros y se han desvanecido en el aire, en la nada --declamó, y su estilo declamatorio se inspiraba en parte en los actores shakespearianos de su juventud, en parte en la ampulosidad y el sonsonete de la presentación de un combate de boxeo y en parte en el tonillo de los desaparecidos cobradores de tranvías y coches de caballos que habían convertido en una cantinela los nombres de los lugares de su ruta. Su voz se elevaba e ilustraba la poesía con gestos muy literales- .. . y, al igual que el tejido sin urdimbre de esta visión, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacioso, los solemnes templos, el gran orbe mismo, sí, todo aquello que este heredó, se disolverá y, así como este inmaterial cortejo se evaporó, no dejará el menor rastro –dejó caer las manos, bajó la voz-. Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve existencia concluye con un sueño.

Luego se despidió y se fue.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia