Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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HOMBRES


El escándalo de los Wapshot, John Cheever, p. 84
En el piso de abajo, Betsey pensó airadamente que Coverly había encontrado al fin algo útil que hacer los sábados por la mañana y que por lo menos una habitación estaría limpia. Se metió en el cuarto de baño donde tuvo una visión, no tanto de la emancipación de su sexo como de la esclavización del macho.
El progreso rutinario -una Presidenta y un Senado femenino- no aparecía en la fantasía de Betsey. De hecho, en su visión los hombres continuaban realizando la mayor parte del trabajo en el mundo, si bien ampliado para incluir las tareas domésticas y las compras. Sonrió al imaginar a un hombre inclinado sobre la tabla de la plancha, un hombre limpiando el polvo de la mesa, un hombre untando el asado. En su visión todos los monumentos públicos en homenaje a grandes hombres serían derribados y arrojados a los vertederos. Generales a caballo, sacerdotes con sotana, estadistas de frac, aviadores, exploradores, inventores, poetas y filósofos serían reemplazados por atractivas representaciones de la mujer. Las mujeres tendrían independencia sexual completa y harían el amor con desconocidos con la misma despreocupación con que compraban un libro de bolsillo, y al volver a casa por la tarde, les describirían con descaro a sus deprimidos maridos (que estarían preparando un asado a la parrilla) los momentos más destacados de sus aventuras eróticas. No fue tan lejos como para imaginar una legislación que limitara los derechos de los hombres; pero les veía tan cabizbajos, insulsos y deprimidos que habrían perdido la posibilidad de que los tomaran en serio.

HONORA WAPSHOT


El escándalo de los Wapshot, John Cheever, p. 68
Por muy increíble que parezca, Honora Wapshot nunca había pagado impuestos. El juez Beasely, que teóricamente estaba encargado de sus asuntos, supuso que ella estaba al corriente de las leyes fiscales y nunca le preguntó nada sobre ese tema. Su descuido, su negligencia criminal, podría atribuirse a su edad. Puede que se considerase demasiado vieja para iniciar una nueva actividad como la de pagar impuestos, o puede que pensara que se moriría antes de que la pillaran. De vez en cuando la idea de su negligencia cruzaba por su mente y sufría una fugaz punzada de culpa, pero, en su opinión, uno de los privilegios de la edad era un alto grado de irresponsabilidad. El caso es que nunca había pagado un impuesto, por lo que un hombre llamado Norman Johnson bajó una tarde del mismo tren que había traído a Coverly a St. Botolphs la noche en que vio al fantasma de su padre.
El Sr. Jowett adivinó por su indumentaria que era un viajante y le recomendó la Casa del Viaducto. Mabel Moulton, que llevaba el hotel desde que su padre tuvo un ataque a la cabeza, le condujo .a una habitación en la parte de atrás del primer piso.
-No vale mucho -explicó-, pero es la única que tenemos.

LA FAMILIA WAPSHOT


El escándalo de los Wapshot, John Cheever, p. 29
La familia Wapshot se instaló en St. Botolphs en el siglo XVII. Yo los conocía bien; me dediqué a examinar sus asuntos, de hecho pasé los mejores años de mi vida, la culminación de la misma, entregando a su crónica. Eran bastante cordiales. Cuando te los encontrabas por la calle en St. Botolphs se comportaban como si este encuentro casual fuese algo que habían anticipado, pero si les contabas cualquier cosa -que el río West se había desbordado o que Pinkham's Folly había ardido por completo-- te daban a entender, con una sonrisa fugaz, que habías cometido una equivocación. A los Wapshot no había que contarles nada. Su resistencia a recibir información parecía ser un rasgo de familia. Tenían buena opinión de sí mismos; se consideraban tan sanos que les parecía imposible no haberse enterado de la inundación o el incendio, aunque hubieran estado en Europa. Yo fui al colegio con los chicos, participé en regatas con Moses en el Club Náutico de Travertine y jugué al fútbol con ambos. Se animaban el uno al otro como si gritando el apellido familiar en un terreno de juego le confirieran una especie de inmortalidad. Pasé muchos ratos agradables en su casa de River Street y, sin  embargo, lo que recuerdo es que siempre estaba en su poder el hacerme sentir solo, el dejar dolorosamente claro que era un extraño.

INCIPIT 921. EL ESCANDALO DE LOS WAPSHOT / JOHN CHEEVER


Comenzó a nevar en St. Botolphs a las cuatro y cuarto del día de Nochebuena. El viejo Sr. Jowett, el jefe de estación, salió al andén con su faro en la mano y lo sostuvo en alto. Los copos de nieve brillaban como limaduras de hierro en el rayo de luz, aunque en realidad allí no había nada. La nevada le alegró, le reanimó y le sacó –con toda el alma, al parecer- de su caparazón de preocupaciones y trastornos digestivos. El tren de la tarde llevaba ya una hora de retraso, y la nieve (cuya blancura parece formar parte de nuestros sueños, puesto que la llevamos con nosotros a todas partes) caía con tan generosa velocidad, con tal rapidez, que parecía que el pueblo se hubiese separado de su contexto en el planeta y estuviese impulsando sus tejados y sus torres hacia lo alto. Los restos de una cometa colgaban de los cables del teléfono, como un recordatorio de la versatilidad del año.
-Oh, ¿quién metió el guardapolvo en la sopa de pescado de la Sra. Murphy? -cantó el Sr. Jowett en voz alta, aun sabiendo que era inadecuado para la época del año, el día y la dignidad de un empleado de estación, el guardián de los verdaderos y antiguos límites de la ciudad, de su Puerta de Hércules.

ITALIA

Cartas, Cheever, p. 224
Querido Bill:
                                                                                                     La Rocca, Porto Ercole, Pridi Grosetto
                                                                                                     Sábado
La gente es muy guapa, y creo que sigue siéndolo porque hay muy pocos stranieri. Quiere ser guapa y no creo que eso siga siendo posible en el mundo moderno. Nunca he visto una mezcla tan llamativa de vanidad y absoluta inocencia. Los muchachos llevan bañadores de colores llamativos, las jóvenes se tapan con mucha modestia y se cogen de la mano y juegan a un juego que nuestros niños llaman Tapar el hueco y que parece tan antiguo como el mar. Me siento en una roca a observarles con mi bañador largo de Brooks Brothers, que lleva un bañador debajo del bañador para evitar cualquier sugerencia embarazosa. Pensé en comprarme algo más deportivo, pero todos pusieron el grito en el cielo -sobre todo Iole y Susie, que gritaron más que nadie. Mi bañador no solo es ancho, sino que cuando buceo se llena de aire como un globo. Pero la gente de aquí no tiene la misma complexión que los norteamericanos, tal como se vio hace unos días cuando un apuesto norteamericano paseaba por la playa. Daba la impresión de que fuese un error.

John
(En la foto Cary Grant vigilado por Grace Kelly)

ROMA

Cartas, Cheever, p. 220
Querida Helen:
                                                                                                                              Via del Plebiscito, 107
                                                                                                                               29 de marzo
Eres muy amable y no sabes lo mucho que te lo agradezco. Borra esa repugnante sonrisa de tu cara, me ha dicho Mary en cuanto he acabado de leer tu carta, pero ahora he salido a la galería y estoy sonriendo y sonriendo en privado y riéndome y carcajeándome. Creo que he tenido mucha suerte con las reseñas y espero que se venda bien. Esta mañana voy a ir a comprar un coche; o al menos voy a intentarlo. Luego intentaré conducirlo, pues el tráfico aquí es literalmente homicida. Nada más llegar, cuando los Fiat te arrancan los botones de la chaqueta piensas “Oh, bueno, pero no matan a nadie”. Luego ves a una anciana volteada por una Vespa y rodando por la Piazza Rotounda como un barril de cerveza y ya no estás tan seguro. Después te enseñan las estadísticas, ves que en un año hay más atropellos que muertos en los combates de gladiadores y mientras recorres el corso empiezas a formarte juicios morales sobre la vida en Roma.
Mary está bien y lo que empezó siendo Frederick es ahora Federico, un niño muy bueno que también está muy bien, pero hoy hace un día frío y nublado, las wisterias están en flor y echo de menos mi país, y los niños también. La única información que tengo hoy es sobre la princesa Doria. Es encantadora, vaporosa, ingeniosa y la última de un linaje que empezó con Numa Pompilius, pero no soporta a los hombres. En la torre ha anidado un búho (encima de una familia de Filadelfia) que se pasa la noche ululando una canción sobre el final de la familia. Traen duques y condes de Inglaterra para sacarla a bailar, pero a ella no le gustan. Dan ganas de proponerle ir al psicoanalista, hasta que uno repara en que una princesa no puede tumbarse en un diván. Así que, como dice Ben, todos tenemos nuestros problemas.
Abrazos,

John

CONSEJOS A LOS HIJOS

Cartas, Cheever, p. 198
Mi padre tenía cuarenta y cuatro años cuando se publicó La crónica. Llevaba trabajando en una u otra novela desde los dieciocho. Cuando estaba en la facultad, memoricé las últimas frases del libro y al leerlas aún me parece oír su voz.
Leander, un suicida, había dejado una nota en la edición de las obras de Shakespeare de la familia.

... «Consejos a mis hijos -decía-. No poner nunca whisky en botella de agua caliente al cruzar fronteras de países o estados secos. La goma estropeará el sabor. No hacer nunca el amor con los pantalones puestos. Después de whisky, cerveza, se sube a la cabeza. Al revés, nada que temer. N o tomar nunca manzanas, melocotones, peras, etcétera, bebiendo whisky, excepto en comidas largas estilo francés que terminan con fruta. Otras viandas tienen efectos mitigantes. No dormir nunca a la luz de la luna. Comprobado por los científicos que induce a la locura. Si la cabecera de la cama está junto a la ventana, en las noches claras correr las cortinas antes de acostarse. N o sostener nunca un puro en ángulo recto con los dedos. Muy paleto. Sostener en diagonal. Quitar la vitola o no, corno se prefiera. No llevar nunca corbata roja. En las fiestas tener siempre bebidas ligeras para las señoras. El efecto de las fuertes en el sexo débil es a veces desastroso. Bañarse en agua fría todas las mañanas. Desagradable, pero estimulante. También reduce las callosidades. Cortarse el pelo una vez por semana. Llevar traje oscuro después de las seis de la tarde. Tornar un plato fresco para desayunar, si es posible. Evitar arrodillarse en los suelos de piedra de iglesias no caldeadas. La humedad eclesiástica produce canas prematuras. El miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarlo entrar en casa. El valor tiene el sabor de la sangre. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor.”

POLVO

Cartas, Cheever, p. 194
Crónica de los Wapshot había sido aceptada por el Club del Libro del Mes, lo que contribuyó mucho a su éxito. El club quería que se borrara una palabra.
“Entonces, ella abrió la puerta y salió, pero no desnuda, sino con un camisón cerrado y suelto y pasándose un trozo de seda dental por entre los dientes.
-¡Oh, Melissa! -dijo él.
-Dudo que me quieras -dijo ella con la voz tenue y desapasionada de una solterona, que le recordó cosas tenues como el humo y el polvo-. A veces pienso que no me quieres en absoluto y, desde luego, te importa demasiado el sexo, oh, demasiado ...
-Pero yo te quiero -dijo él, esperanzado.
-Hay hombres que se traen trabajo de la oficina a casa –dijo ella-. La mayoría de los hombres lo hacen. La mayoría de los hombres que yo conozco. -Su voz parecía secarse mientras él la escuchaba, perder sus notas más profundas a medida que sus sentimientos se estrechaban-. Y la mayoría de los hombres de negocios tienen que viajar mucho. Pasan mucho tiempo lejos de sus mujeres. Tiene otros desahogos además del sexo. Al menos, la mayoría de los hombres sanos. Juegan al squash.
-Yo juego al squash.
-Nunca has jugado al squash desde que yo te conozco.
-Pues antes jugaba.
-Desde luego -dijo ella-, si es absolutamente necesario para ti hacerme el amor, lo haremos, pero creo que deberías comprender que no es algo tan crucial.
-Con tanto hablar has conseguido ahorrarte un polvo -dijo el fríamente.”

El Club del Libro del Mes quería saber si era imprescindible que usara la palabra «polvo». El cuento en el que se inspiraba esta parte de la novela se había publicado en The New Yorker sin la palabra en cuestión. Aparte de la probabilidad de un aumento de las ventas, el acuerdo con el club incluía una considerable cantidad de dinero. Pero mi padre se mostró inflexible. The New Yorker le había apoyado y publicado sus relatos desde que tenía veinte años, y haría casi cualquier cosa por The New Yorker. Pero este era su libro y esa era la palabra adecuada. Bessie aceptó, y volvió a la mesa de negociaciones. Tuvo éxito y así fue como los miembros del Club del Libro del Mes vieron publicada por primera vez en su vida la palabra “polvo”.

COMED COMED

Cartas, Cheever, p. 158
La cocinera que teníamos aquel año era una polaca llamada Anna Ostrovick, contratada exclusivamente para el verano. Era excelente: una mujer grande, gorda, cordial, diligente, que se tomaba su trabajo muy en serio. Le gustaba cocinar, y que la gente apreciara y comiera los alimentos que preparaba, y siempre que la veíamos insistía en que comiéramos. Hacía bollos calientes, croissants y brioches dos o tres veces por semana para desayunar y los traía ella misma al comedor diciendo: «¡Coman, coman, coman!». Cuando la doncella devolvía los platos sucios a la antecocina, a veces oíamos decir a Anna, que estaba allí esperando: «¡Excelente! Comen”. Daba de comer al que recogía la basura, al lechero Y al jardinero. “¡Coma!”, les decía. Los jueves por la tarde iba al cine con la doncella, pero no disfrutaba con las películas, porque los actores estaban demasiado delgados. Se pasaba hora y media en la sala a oscuras aguardando ansiosamente a que apareciese alguien con aspecto de disfrutar comiendo. Para Anna, Bette Davis no pasaba de ser una mujer con aspecto de no comer bien. “¡Están todos tan flacos!”, decía al salir del cine. Por las noches, después de habernos atiborrado y de fregar las cazuelas y las sartenes, recogía las sobras y salía fuera para alimentar a la creación. Aquel año teníamos unos cuantos pollos, y aunque para entonces ya estaban todos descansando en sus perchas, les arrojaba los alimentos en el comedero y exhortaba a las aves dormidas para que comieran. También alimentaba a los pájaros cantores del jardín, y a las ardillas del patio trasero. Su presencia en el límite del jardín y su voz apremiante -oíamos perfectamente su «Comed, comed, comed»- estaban ya, como la salva de cañón en el club náutico y la luz del faro Heron, ligadas a aquel momento del dia. «Comed, comed, comed>>, le oíamos decir a Anna. “Comed, comed ...”. Y ya se había hecho de noche.

INCIPIT 916. EN LA CARCEL DE FALCONER / CHEEVER

La entrada principal a Falconer -la única entrada de los convictos, sus visitantes y el personal- estaba coronada por un escudo de armas que representaba a la Libertad, la Justicia y, entre ambas, el poder soberano del gobierno. La Libertad llevaba cofia y sostenía una pica. El gobierno era el Aguila federal que sostenía una rama de olivo y estaba armada con flechas de caza. La Justicia era una figura convencional; con los ojos tapados, indefinidamente erótica con su vestido de pliegues colgantes y armada con la espada del verdugo. El bajorrelieve era de bronce, pero aparecía ya negro -el negro de la antracita sin pulir o el ónix-. Cuántos centenares habían pasado bajo esta figura, el último emblema que la mayoría de ellos vería, el esfuerzo del hombre para interpretar con símbolos el misterio del encarcelamiento. Centenares, quizá miles, mejor millones. Sobre el escudo de armas se desgranaban los nombres del lugar: Cárcel Falconer, 1871, Reformatorio Falconer, Penitenciaría Federal Falconer, Prisión Estatal Falconer, Correccional Falconer; y el último, que nunca había sido aceptado: Casa del Alba. Ahora los presos eran internos, los gilipollas eran empleados y el carcelero jefe se llamaba superintendente. Dios sabe que la fama es caprichosa, pero Falconer -con su espacio limitado para dos mil malandrines- era tan famosa como Newgate.

INCIPIT 915. CARTAS / CHEEVER

AÑOS TREINTA: INICIOS
Esta carta se escribió desde la casa de mis abuelos en Quincy, Massachusetts. Mi padre había estado hacía poco en la fiesta en casa de los Cowley, una fiesta a la que asistieron muchos famosos, uno de los cuales puede que fuese Mae West. El nombre de Curtis Glover no vuelve a aparecer. Fritz es un diminutivo de Fred. Reproduzco la carta tal como la encontré, por lo que las elipsis son las que son y no indican que haya eliminado ningún fragmento. Los errores ortográficos también son suyos. Es con mucho el texto de mi padre peor escrito que he visto nunca, pero no se desanimen, no es indicativo de lo que vendrá después.
malcolm cowley:
ayer por la tarde se pasó por casa Curtís Glover “Para discutir los problemas educativos”. Recordarás (Jamás había oído hablar de él) que se escapó del instituto hace unos años y que huyó de dartmouth hace dos años. nos vimos con el punto en común de ser radicales ... «ser radical en la norteamérica de nuestros días implica estar solo. es sentirte marginado, y como tanta gente te desprecia, un poco inferior...”
Hacía mucho que no me divertía tanto.
Era alto, rubio, de tez pálida y sonrosada, caderas anchas y boca floja. Tenía una risa nasal, comía las tostadas con cuchillo y tenedor y leía puntualmente the new republic. carecía de entusiasmo, de pasión y de barbilla. N os despedimos con la promesa de escribirnos.
el año que viene va a impartir clases de matemáticas en un instituto.

en cualquier caso fue muy divertido, obviamente huyó de la universidad por las malas compañías y no por problemas educativos. ahora está en harvard. cree que spengler es un poco desagradable y Joyce

INCIPIT 796. SUBURBIA / JOHN CHEEVER

Imagino una pequeña estación de ferrocarril, diez minutos antes del oscurecer. Pasado el andén están las aguas del rio Wekonsett, que difunden un sombrío resplandor. La arquitectura de la estación es extrañamente informal, sombría, pero no grave, y casi recuerda una pérgola, una cabaña o una casa de verano, pese a que aquí los inviernos son duros. Las farolas distribuidas a lo largo del andén tienen un aire delicado que casi se palpa. Se diría que el escenario es la esencia del argumento. Viajamos sobre todo en avión y, sin embargo, parece que el espíritu de nuestro país ha conservado el carácter de una tierra de ferrocarriles. U no despierta en el dormitorio de un coche-cama a las tres de la madrugada, en una ciudad cuyo nombre no conoce y quizá nunca descubra. En el andén hay un hombre con un niño sobre los hombros. Hacen gestos de despedida a un viajero, pero ¡qué hace el niño tan tarde, y por qué llora el hombre? En un desvío, al otro lado del andén, hay un coche comedor iluminado, y un camarero está sentado, solo, frente a una mesa, haciendo sus cuentas.

INCIPIT 577. LA GEOMETRIA DEL AMOR / JOHN CHEEVER

Somos una familia que siempre estuvo espiritualmente muy unida. Nuestro padre se ahogó en un accidente marino cuando éramos pequeños y nuestra madre siempre destacó el hecho de que nuestras relaciones de familia tienen una suerte de permanencia que nunca volveremos a encontrar. No pienso mucho en la familia, pero cuando recuerdo a sus miembros y la costa en que vivían y la sal marina que según creo fluye por nuestras venas, me alegro de recordar que  soy un Pommeroy (que tengo la nariz, el color de la piel y la promesa de la longevidad) y que si bien no somos una familia distinguida, cuando nos reunimos compartimos la ilusión de que los Pommeroy son únicos. No digo esto porque me interese en la historia de la familia o porque este sentimiento de originalidad sea profundo o importante para mi, sino para aclarar la idea de que nos guardamos mutua lealtad a pesar de nuestras diferencias, y de que cualquier acto que implique faltar a esta lealtad es fuente de confusión y dolor.

Somos cuatro hijos; mi hermana Diana y los tres hombres, Chaddy, Lawrence y yo. Como ocurre en la mayoria de las familias en que los hijos ya sobrepasaron la veintena, nos hemos separado a causa del trabajo, el matrimonio y la guerra. Helen y yo vivimos en Long Island, con nuestros cuatro hijos. Yo enseño en un colegio secundario y ya pasé la edad en que espero me designen director, pero respeto mi trabajo. Chaddy, que ha prosperado más que el resto, vive en Manhattan con Odette y sus hijos. Mamá vive en Filadelfia, y después de su divorcio Diana ha estado residiendo en Francia, pero en verano vuelve a Estados Unidos para pasar un mes en el Promontorio.

INCIPIT 537. EN LA CARCEL CON FALCONER / JOHN CHEEVER

La entrada principal a Falconer -la única entrada de los convictos, sus visitantes y el personal- estaba coronada por un escudo de armas que representaba a la Libertad, la justicia y, entre ambas, el poder soberano del gobierno. La Libertad llevaba cofia y sostenía una pica. El gobierno era el Aguila federal que sostenía una rama de olivo y estaba armada con flechas de caza. La justicia era una figura convencional; con los ojos tapados, indefinidamente erótica con su vestido de pliegues colgantes y armada con la espada del verdugo. El bajorrelieve era de bronce, pero aparecía ya negro -el negro de la antracita sin pulir o el ónix - . Cuántos centenares habían pasado bajo esta figura, el último emblema que la mayoría de ellos vería, el esfuerzo del hombre para interpretar con símbolos el misterio del encarcelamiento.  Centenares, quizá miles, mejor millones. Sobre el escudo de armas se desgranaban los nombres del lugar: Cárcel Falconer, 1871, Reformatorio Falconer, Penitenciaría Federal Falconer, Prisión Estatal Falconer, Correccional Falconer; y el último, que nunca había sido aceptado: Casa del Alba. Ahora los presos eran internos, los gilipollas eran empleados y el carcelero jefe se llamaba superintendente. Dios sabe que la fama es caprichosa, pero Falconer -con su espacio limitado para dos mil malandrines- era tan famosa como Newgate. Ya no se usaba la tortura del agua, los uniformes rayados, la fila en orden cerrado, los grilletes

CONSEJOS A LOS HIJOS

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 346-347
Pero fue Leander quien dijo la última palabra. Al abrir el ejemplar de las obras de Shakespeare que perteneció a Aaron, cuando ya había comenzado a llover, Coverly encontró una nota escrita por su padre. «Consejos a mis hijos -decía-. No poner nunca whisky en botella de agua caliente al cruzar fronteras de países o estados secos. La goma estropeará el sabor. No hacer nunca el amor con los pantalones puestos. Después de whisky, cerveza, se sube a la cabeza. Al revés, nada que temer. No tomar nunca manzanas, melocotones, peras, etcétera, bebiendo whisky, excepto en comidas largas estilo francés que terminan con fruta. Otras viandas tienen efectos mitigantes. No dormir nunca a la luz de la luna. Comprobado por los científicos que induce a la locura.

Si la cabecera de la cama está junto a la ventana, en las noches claras correr las cortinas antes de acostarse. No sostener nunca un puro en ángulo recto con los dedos. Muy paleto. Sostener el puro en diagonal. Quitar la vitola o no, como se prefiera. No llevar nunca corbata roja. En las fiestas tener siempre bebidas ligeras para las señoras. El efecto de las fuentes en el sexo débil es a veces desastroso. Bañarse en agua fría todas las mañanas. Desagradable pero estimulante. También reduce las callosidades. Cortarse el pelo una vez por semana. Llevar traje oscuro después de las seis de la tarde. Tomar un plato fresco para desayunar, si es posible. Evitar arrodillarse en los suelos de piedra de iglesias no caldeadas. La humedad eclesiástica produce canas prematuras. El miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarlo entrar en casa. El valor tiene el sabor de la sangre. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor.

DELLE DONNE

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 342
Moses sabía que si concedemos que en los hombres hay vestigios de ritos sexuales -que si la naturalidad de su postura cuando le pusieron en las manos por primera vez un palo de hockey, el placer que le proporcionaban los equipos de deportes que había en el armario de West  Farm, o la sensación, experimentada durante la melé de un partido de pelota un día de lluvia, de estar mirando, en los últimos minutos de luz y de juego, al pasado remoto de su especie, si todo eso tenía alguna validez-, debe de haber ritos y ceremonias equivalentes para el sexo opuesto. Con eso, Mases no se refería a la habilidad para metamorfosearse velozmente, sino a otra cosa, relacionada quizá con la capacidad que poseen las mujeres hermosas de evocar paisajes, una sensación de terrible distancia, como si sus ojos descansaran en un horizonte que ningún hombre hubiese visto. Había cierta evidencia física de ello: sus voces se hacían más suaves y sus pupilas se dilataban y parecía que estuvieran recordando una travesía femenina por aguas femeninas hasta una isla amurallada en la que se entregaban, por la naturaleza de su mente y de sus órganos, a ritos secretos que renovarían sus encantadoras y creativas reservas de tristeza. Mases no esperaba llegar a saber nunca lo que sucedía en la mente de Melissa, pero, al ver ahora que sus pupilas se dilataban y su hermoso rostro adquiría una expresión profundamente pensativa, comprendió que sería inútil preguntarle. Ella estaba recordando la travesía o había visto el horizonte y el efecto era el de despertar en ella vagas y tormentosas ansias, pero que Badger encajara de algún modo en esos recuerdos era lo que le preocupaba.

SEXO Y MATRIMONIO

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 329-330
-Pero yo te quiero -dijo él, esperanzado.
-Hay hombres que se traen trabajo de la oficina a casa -dijo ella-. La mayoría de los hombres lo hacen. La mayoría de los hombres que yo conozco. -Su voz parecía secarse mientras él la escuchaba, perder sus notas más profundas a medida que sus sentimientos se estrechaban-. Y la mayoría de los hombres de negocios tienen que viajar mucho·. Pasan mucho tiempo lejos de sus mujeres. Tienen otros desahogos  además del sexo. Al menos, la mayoría de los hombres sanos. Juegan al squash.
-Yo juego al squash.
-Nunca has jugado al squash desde que yo te conozco.
-Pues antes jugaba.
-Desde luego -dijo ella-, si es absolutamente necesario para ti hacerme el amor, lo haremos, pero creo que deberías comprender que no es algo tan crucial.
-Con tanto hablar has conseguido ahorrarte un polvo -dijo él fríamente.
-Oh, qué odioso y egoísta eres -dijo ella, sacudiendo la cabeza-. Tu manera de pensar es grosera y mezquina. Lo único que quieres es hacerme daño.
-Lo que quería es hacerte el amor -dijo él-. Esa idea me ha alegrado durante todo el día. Cuando te lo pido tiernamente, te vas al tocador y te llenas la cabeza de horquillas. Yo me sentía cariñoso -añadió con tristeza-, ahora me siento furioso y violento.
-¿Y supongo que todos tus malos sentimientos van dirigidos contra mí? -preguntó ella-. Ya te he dicho que no puedo ser todo lo que tú deseas. No puedo ser esposa, hija y madre, todo al mismo tiempo. Es demasiado pedir.
-Yo no deseo que seas mi madre ni mi hija -dijo él ásperamente-. Tengo madre y tendré hijos. No me faltarán.

Deseo que seas mi mujer, y tú te llenas la cabeza de horquillas.

DEBERES MATRIMONIALES

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 336-337
Una vez lo rechacé sin pensar. Una vez, cuando empezó a tocarme, le contesté de malos modos. Olvídate un poco de eso, Charlie, le dije. Helen Sturmer dice que su marido solo lo hace una vez al mes. ¿Por qué no intentas ser como él? Bueno, pues fue como el fin del mundo. Tenía que haber visto usted cómo se le oscureció la cara. Era terrible. Hasta la sangre de sus venas se oscureció. Nunca lo vi tan enfadado en mi vida. Se fue de casa. Llega la hora de cenar y no ha vuelto. Me acosté esperando que llegara, pero, cuando me desperté, la cama estaba vacía. Cuatro noches esperé a que volviera a casa, pero no apareció. Al fin, pongo un anuncio en el periódico. Eso era cuando vivíamos en Albany. Por favor, vuelve a casa, Charlie. Eso es todo lo que digo. Me costó dos dólares cincuenta. Bueno, pues puse el anuncio el viernes por la noche y el sábado por la mañana oigo su llave en la cerradura. Sube las escaleras, todo sonrisas, con un gran ramo de rosas en la mano y una sola idea en la cabeza. Bueno, son solo las diez de la mañana y tengo casi toda la casa por hacer. Los platos del desayuno están en el fregadero y la cama está sin hacer. Es muy difícil para una mujer ponerse cariñosa antes de tener hecho su trabajo, pero, aunque todas las mesas estaban cubiertas de  polvo, yo sabía cuál era mi obligación.

»Algunas veces --dijo- se me hacía cuesta arriba. Me impedía cultivarme. Hay muchas cosas importantes que él me impidió ver, como después de la guerra cuando el desfile pasó justo debajo de nuestras ventanas con el mariscal Foch y todo. Yo estaba deseando ver el desfile y no llegué a verlo. Él estaba sobre mí cuando Lindbergh voló sobre el Atlántico y cuando ese rey inglés, como se llame, dejó la corona por amor e hizo un discurso por la radio, no pude oír ni palabra. Pero cuando me acuerdo de él ahora, así es como lo recuerdo, con esa cara tan triste que quería decir que estaba cariñoso. Nunca tenía bastante y ahora, Dios le bendiga al pobrecito, está en una fría tumba».

MUJERES

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 325-326
Se sentó ante el tocador y se quitó los pendientes, las pulseras y el collar de perlas y empezó a estirarse el pelo con el cepillo.
Moses sabía que las mujeres pueden adquirir muchas formas; que, en las convulsiones del amor, son capaces de adquirir el aspecto de cualquier bestia o belleza de la tierra o el mar -fuego, cuevas, la dulzura del tiempo de la cosecha- y de proyectar en la mente, como la luz en el agua, su más brillante imaginería, y no le preocupaba que ese don para la metamorfosis fuera utilizado en apoyo de toda clase de intrigas venales y mezquinas para engrandecerse. Mases había aprendido que era conveniente tener en cuenta las actitudes que con mayor frecuencia adoptaban las mujeres que amaba, de manera que cuando una mujer cariñosa parecía transformarse de repente, por algún motivo que solo ella  conocía, en una solterona, él estuviera preparado para ello y no hubiese mucho peligro de que perdiera la esperanza que sustentaba su paciencia, porque, si bien las mujeres podían metamorfosearse a voluntad, él había descubierto que no eran capaces de mantener esos papeles durante mucho tiempo y que, si él lograba soportar, pacientemente, un disfraz o una destemplanza o una falsa modestia, esta desaparecía pronto. Ahora observó los cambios que se habían producido en su mujer de piel dorada, intentando descubrir qué papel estaba representando.
Representaba la castidad, una castidad desdichada e implacable. Representaba a una solterona insatisfecha. Ella miró despectivamente el lugar donde él había dejado caer su ropa, apartando los ojos al mismo tiempo del punto donde él se erguía en cueros.

-Quisiera que aprendieses a recoger tus cosas, Moses -dijo, con un sonsonete que él no reconocía.

PARLAMENTO DE PROSPERO

Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 245
-No es eso -dijo Leander-. Es otra cosa. Cuando me muera, quiero que en mi entierro lean el parlamento de Próspero.
-¿Qué parlamento es ese? -preguntó Honora. -Nuestros festejos acabaron ya -dijo Leander, poniéndose en pie--. Nuestros actores, como os predije, no eran sino espectros y se han desvanecido en el aire, en la nada --declamó, y su estilo declamatorio se inspiraba en parte en los actores shakespearianos de su juventud, en parte en la ampulosidad y el sonsonete de la presentación de un combate de boxeo y en parte en el tonillo de los desaparecidos cobradores de tranvías y coches de caballos que habían convertido en una cantinela los nombres de los lugares de su ruta. Su voz se elevaba e ilustraba la poesía con gestos muy literales- .. . y, al igual que el tejido sin urdimbre de esta visión, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacioso, los solemnes templos, el gran orbe mismo, sí, todo aquello que este heredó, se disolverá y, así como este inmaterial cortejo se evaporó, no dejará el menor rastro –dejó caer las manos, bajó la voz-. Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve existencia concluye con un sueño.

Luego se despidió y se fue.

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