Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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1.593. LA VIDA LENTA / JOSEP PLA


1956

1 enero 

Esta noche, cuando volvía a casa (a las dos) a pie, con una tramontana fortísima en contra, pensaba que, a veces, la vida parece más larga que la eternidad. En la cama (glacial), leo los dos últimos números de Il Borghese, hasta las ocho. Me levanto a las cuatro de la tarde. Hace un día despejado, soleado y lívido —sin viento. ¡Año nuevo, vida nueva! Me paso lo que queda del día en casa, junto al fuego. 

2  enero 

Por la tarde trabajo en Viatge a Catalunya. Mercè me hace compañía junto al fuego. A las siete se levanta otra vez la tramontana. Ceno en Palafrugell, restaurante Reig. Conversación con Martinell y Medir. Vuelta a casa a las dos. Oigo París hasta las cuatro, los resultados electorales franceses. Un desastre comunista y pujadista. En la cama, leo el New Yorker. Me duermo por la mañana.




14 DE ABRIL


Filek, Martínez de Pisón, p. 10

Josep Pla, que esa misma mañana había llegado en tren desde Barcelona, recreó esa jornada histórica en El advenimiento de la República: el ondear de las primeras banderas tricolores, el gentío subiendo por Alcalá en dirección a la Puerta del Sol, los comercios apresurándose a ocultar los símbolos monárquicos, los ciudadanos que sin saberse la letra se arrancaban con La Marsellesa y el Himno de Riego ... También Rafael Cansinos- Assens andaba por allí, y en La novela de un literato nos dejó una descripción del ambiente: las regias estatuas de la plaza de Oriente adornadas con banderines rojos, unos alborotadores cambiando el rótulo de la plaza de Isabel II por el de Fermín Galán, otros derribando en esa misma plaza la estatua de la Reina Castiza e intentando hacer lo mismo con la de Felipe III en la plaza Mayor, viejos republicanos con sus gorros frigios como crestas de gallo mezclándose con la multitud, los camiones desde los que unas prostitutas cantaban « ¡ cinco, seis, siete, ocho ... , el rey estaba pocho!» mientras «un hombre de facha soez» exhibía un conejo muerto y gritaba «¡el conejo de la reina!», jóvenes con escarapelas y brazaletes rojos colocando carteles de PUEBLO, RESPETA ESTE EDIFICIO QUE ES TUYO para evitar posibles desmanes, los pequeños altarcitos como mesas petitorias con los retratos de Galán y García Hernández, los edictos en las paredes en los que el alcalde Pedro Rico anunciaba la instauración del nuevo régimen, las largas colas de gente impaciente por comprar los periódicos vespertinos ... La juerga continuaba cuando, ya de madrugada, se acercó Pla a la plaza de Oriente y vio «grupos de aspecto suburbial, con alguna mujer, ligeramente bebidos, con banderas, latas de petróleo, trozos de estatuas mutiladas o derribadas, que seguían gritando y cantando pero con aire de estar ya un poco cansados».

Na foto, A Coruña


INCIPIT 1.448. LA INFLACION ALEMANA / JOSEP PLA


Más prusificados que nunca

Berlín, agosto.-Toda la vida de Alemania se sitúa hoy bajo este hecho: el Gobierno de Cuno, para mantener la resistencia en la cuenca del Ruhr, ha dado préstamos enormes a los industriales. Con este dinero, los industriales han pagado el  jornal a los obreros, y así han asegurado la resistencia pasiva. Estos préstamos se han hecho a largo plazo, a sesenta, a noventa días. No obstante, en el transcurso del plazo para devolver los préstamos, los industriales han hecho que bajara el marco. Ello quiere decir que cuando llega el momento de liquidar los préstamos, el Estado recibe una cantidad nula. Y esto es así no porque los empresarios no devuelvan rigurosamente la cantidad que les ha dejado el Estado, sino porque esa cantidad, en el transcurso del plazo concedido, ha perdido su valor de adquisición. La cantidad prestada tenía, hace noventa días, en el momento de firmar el préstamo, un valor de adquisición, digamos, por ejemplo, de mil, mientras que, en el momento de la liquidación, a duras penas tiene un valor de diez.

Este es el gran hallazgo de la industria alemana. Toda la vida de Alemania en la actualidad está influida por este hecho. Yo pago doscientos marcos al día por mi habitación. El trato lo hice el lunes pasado, es decir, cuando doscientos mil marcos valían dos pesetas. Al final de la semana, liquidaré mi cuenta. Pero al final de la semana se habrá producido un hecho extraordinario. El marco habrá bajado. El sábado, antes de hacer cuentas con el propietario de mi hotel, para tener doscientos mil marcos, habrá suficiente con una peseta. De forma que yo habré dormido una semana entera a mitad de precio.


H.


La inflación alemana, Josep Pla, p. 317

La característica de Hitler es el impermeable. Es un impermeable vulgar, con cinturón y solapas grandes, pero parece el patrón del que han salido los impermeables vulgares, con solapas grandes y cinturón. En la manga del impermeable, Hitler lleva una gran cruz teutónica. Esta cruz, hoy, en Alemania, es el signo anti judío. Los judíos usan los dos triángulos superpuestos e invertidos. Los anti judíos usan una cruz con unas prolongaciones hacia los cuatro lados que le dan la impresión de ser una cruz con patas.

-La situación política en Alemania --dice Hitler para empezar- es desde el punto de vista de la dignidad de nuestro partido, desde el punto de vista de la dignidad de la raza, verdaderamente intolerable. Nosotros estamos decididos a todo, menos a petrificarnos en este estado de vergüenza y de abyección. La guerra es preferible, infinitamente preferible, a la continuación de esta abyecta servidumbre. En todas partes del mundo han triunfado los hombres de orden, de puño de hierro, los patriotas, los verdaderos amigos de su país. Aquí estamos aún dominados por una serie de experimentadores siniestros, vendidos al extranjero, marxistas y judíos. Todo esto se debe expeler. Sobre todo, tenemos que resolver de una forma general, con una explosión en los cuatro puntos cardinales del Imperio, el problema judío. Este problema lo resolveremos con la expulsión en masa. Tenemos un precedente en lo que hizo España con los judíos. Nosotros, sin embargo, corregiremos la solución española. No les dejaremos a los judíos la opción de la conversión o la expulsión, como hizo España. No. Estamos a favor de la expulsión pura y simple. Para España, el problema judío era un problema religioso: para nosotros es un problema de raza. Aquí, en Baviera, ya se está expulsando a los judíos, que no son ciudadanos bávaros. Es un primer paso para la expulsión general.


NAZISMO


La inflación alemana, Josep Pla, p. 248

Ya os podéis imaginar el estado de ánimo de toda esta pobre gente, la indignación y el pánico se traducen a menudo en puro y simple saqueo. Y también ustedes podrán figurarse la confusión que reina en las tiendas. Los precios están a expensas del humor del vendedor. A veces por comprar una botella de vino del Rin te piden cuarenta céntimos y de un cuarto de kilo de margarina te cobran cinco pesetas. Todo está patas arriba porque la gente ha perdido la carta de navegación.

Lo mismo que pasa en las tiendas ocurre en las casas de cambio. La gente, aterrorizada, invade las casas de los cambistas. Esta es la batalla diaria de todos los extranjeros que vivimos en Berlín. Como en esta batalla nos va la comida y la cena, tenemos las ideas muy claras y hacemos todo lo necesario para llevarlas a cabo. No nos privamos de nada. No es raro tener que hacer cola una tarde entera para conseguir los marcos suficientes para ir a cenar, y aún es más usual acabar a puñetazos con gente de todas las razas. La solidaridad humana, ante un trozo de papel con una hilera de ceros, se rompe con una facilidad aterradora.

Las calles tienen un aspecto de anormalidad. La policía no deja llegar al centro de Berlín a las cuadrillas, y las criaturas hambrientas se cuelan, y es raro el día en que la policía no tenga que disolver, ante la Casa de la Ciudad de Berlín especialmente, a manifestantes que gritan:  «¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre!». Y esto no es solo cosa de parados. A pesar de la censura en los periódicos, se sabe que los obreros que tienen empleo han hecho manifestaciones en el interior de sus fábricas. Las direcciones de las fábricas importantes están vigiladas militarmente. Camiones llenos de policías armados hasta los dientes patrullan constantemente las calles. Y, a veces, pasa un camión cargado de obreros pálidos y endemoniados, esposados, estos pobres obreros alemanes que llevan sombrero hongo y sobre todo de tela fina.


MONDADIENTES


La inflación alemana, Josep Pla, p. 207

Un vecino nuestro, entre plato y plato, tomó un mondadientes y empezó a hacer una operación muy común en Alemania. Para un inglés limpiarse los dientes con un palillo en público es algo injustificable. En Barcelona, en cambio, usar un palillo es algo normal y hay mucha gente que va por la calle con su palillo tras la oreja. Es triste el espectáculo que dan los restaurantes en Barcelona después de que la gente haya comido. Los clientes, con el correspondiente palillo en la boca, empiezan a hacer todo tipo de ruidos, sonidos de succión, principalmente de forma que a esa hora los restaurantes parecen jaulas de pájaros. En Alemania, se ha adoptado el sistema ecléctico: es lícito limpiarse los dientes, pero es obligatorio poner la mano izquierda sobre la boca de forma que esconda las manipulaciones de la derecha. El conjunto forma un grupo escultórico poco recomendable. Estábamos en estas, y el vecino de nuestra mesa pidió la cuenta. El camarero se la dio, el señor pagó y se fue, y otro camarero vino a recoger los platos. Hasta aquí todo era normal pero, de repente, en un momento determinado el camarero dejó los platos y salió corriendo como un loco hacia la calle. Hubo un movimiento de expectación en el restaurante. Al rato, entraron mi vecino de mesa y el camarero.

-Perdone -dijo el camarero-. Usted ha usado tres mondadientes. Valen un millón y medio de marcos ...

El otro, evidentemente turbado, pidió perdón. Se sacó un montón de papeles del bolsillo y pagó su deuda.


LA INFLACION ALEMANA


La inflación alemana, Josep Pla, p. 94

La vida caótica

Berlín, agosto.-El catastrófico descenso del marco empieza de verdad a dar a la vida de este lugar un aspecto caótico y fantástico. No hay ningún precio seguro. Sales por la mañana de tu casa con el dinero que aproximadamente crees que te será necesario para vivir un día y te das cuenta, por la noche, de que el millón o millón y medio que te habías reservado para pagar la cuenta del restaurante no te sirve para nada. El millón se ha evaporado. Uno cree que llevaba en el bolsillo cuatro duros y la cotización de la bolsa te dice que solo tienes diez pesetas. Si te da pereza ir a casa a buscar más dinero, tienes que conformarte con reducir la cena. Esto, naturalmente, no es nada agradable. Sin embargo, lo único que puede consolar a los que tienen dólares o pesetas es que mañana irán a la banca y les darán, por el mismo pequeño billete de veinticinco ----dólares o pesetas-, el doble de papelamen en marcos. Ustedes serán el doble de ricos, su fortuna habrá crecido como la levadura, pero también serán el doble de pobres.


CALELLA DE PALAFRUGELL


Calendario sin fechas, Josep Pla, p. 277

Durante los siglos que Palafrugell vivió en un ensimismamiento agrario tan tranquilo, no ocurrió absolutamente nada, aparte de las desgracias corrientes. Tengo la impresión de que ocurrieron bastantes más cosas que de una u otra manera influyeron sobre el pueblo en los cortos años que he vivido. Recuerdo algunas cosas: el atentado de Morral contra los últimos reyes; la revolución de 1909 de Ferrer Guardia y Lerroux; la primera guerra europea, con una gran crisis en la industria y el establecimiento de sopas populares para dar de comer a mucha gente; la revolución de Domingo y los socialistas de 1917; la Revolución rusa y la pérdida de grandes mercados: Hungría, Austria, Rusia, Rumanía, etcétera; triunfo de los aliados, hundimiento de Alemania, dislocación austro-húngara, inflación del marco que terminó: 1 dólar = a 4 billones, doscientos mil millones de marcos; aparición del fascismo en Italia; aparición de Hitler y del nacionalsocialismo alemán; primeros síntomas de la hecatombe judía; nacionalsocialismo frenético y política dirigista; aislamiento de los Estados Unidos; enorme estupidez liberal y desorden europeo; acontecimientos de África, dictadura de Primo de Rivera; acentuado fracaso de la Sociedad de Naciones; elecciones municipales en España, triunfo de la República, la Generalidad, el proceso de la guerra civil. Segunda guerra general, etcétera.

Esta enumeración no es más que esto: una enumeración. Faltan muchas cosas y otras no son quizá más que meros ruidos.

ABURRIMIENTO


Calendario sin fechas, Josep Pla, p. 41

En estos pueblos tan pequeños, la existencia está situada entre dos polos: el hastío, el aburrimiento, el tedio y el avivarse de la curiosidad por la cosa más pequeña, más insignificante, más alejada de nuestros intereses. A medida que uno va entrando en la vida se da cuenta de que la gente no sabe aburrirse, que una de las fuentes de dolor humano más copiosas y más perennes es la agitación inútil, el movimiento gratuito, la imposibilidad de resistir la sensación tremenda de sentir sobre el corazón el paso del tiempo. El hombre no puede con el hastío porque cree -sin razón- que es lo que se parece más a la muerte. Sin embargo, yo creo que una de las piedras de toque más seguras para demostrar la fuerza de un hombre es su capacidad para superar el tedio. Yo he conocido a un hombre de estos. Este hombre es uno de los más ricos de España, y por tanto se trata de un ser que podría tener en su mano todas o casi todas las cosas que el vulgo apetece: es don Juan Tomás Gandarias, mi viejo y gran amigo don Juan Tomás, el gran magnate de las minas. Un atardecer me lo encontré en el hall del hotel Victoria de Biarritz y le pregunté cómo había pasado el día.

-He pasado un día maravilloso -me contestó--. Me he aburrido deliciosamente.

Entonces era yo bastante más joven que ahora, y le propuse que me explicara sus palabras insólitas.

-He pasado el día sentado en esta butaca, viendo caer la lluvia, contemplando el mar, observando más o menos el paso de la gente. He puesto mi reloj sobre esta mesa y de tarde en tarde he dado una ojeada a las agujas. ¿Se hace usted cargo de la satisfacción que produce mirar un reloj y poder decir: no han pasado más que cinco minutos? Es algo tan profundamente agradable como tener la sensación de que se ha parado el tiempo. Esto los jóvenes no lo comprenden por el hecho de serlo, pero los que somos ya viejos -ciertamente, no todos los viejos- lo entendemos quizá más claramente.

DALI


Calendario sin fechas, Josep Pla, p. 75

... Aquí tengo, delante de mis ojos, un número del Esquire, el célebre magazine para caballeros que se publica en Chicago. El número es un poco atrasado: corresponde a abril del año pasado. En este número hay una reproducción a todo color de un cuadro de Salvador Dalí, un cuadro que al parecer ha tenido un gran éxito y que para mí ha sido, por unas horas, como un retorno a Portlligat. Hay una figura de mujer admirable, idealmente dibujada, con una inmensa cabellera rubia enmelada. Cabeza y cabellera, cuyos bucles y volúmenes recuerdan las formas más obsesionantes de los peinados antiguos -quiero decir de los de hace cuarenta años-, reposan sobre una inmensa cáscara de ostra, de una ondulación de curvas suave, curvas como lamidas por el mar, de una calidad de nácar rosado. Tres estrellas de mar, maravillosamente dibujadas, ponen sobre la cabellera un punto de decorativismo, entre primigenio y celestial. Estamos ya lejos de las viejas y grotescas rarezas del surrealismo: de los relojes flácidos, de los huesos de formas fálicas, de los bistecs de ternera colocados en el centro de un paisaje. Estamos ante un esfuerzo de realismo extralúcido, hipersensible. La señorita del cuadro a quien hacemos referencia, con su maravillosa cabellera colocada sobre el cuenco de una cáscara de ostra, tiene como fondo un verde de acuárium. ¿No será este el color que, por los reflejos de las algas, tiene, en cierto momento, el mar engolfado de Portlligat? Sobre este verde acuárium hay tres objetos que se nos aparecen como los alcaloides de la fama marítima más característica: hay un cuerno de mar, un caracol torneado con nácares azules y una rama de coral blanco. El cuerno tiene formas abruptas y caídas de las suavidades formales más delicadas. El caracol es prodigiosamente bello de forma y de color, turgente y delicado, luminoso como una joya rutilante. Y la calidad del coral, excrecencia de la vida del mar, vida mineralizada, caries esponjadas en una botánica mineral, está dada por el pintor con una experiencia y un sentido de la observación de la sensibilidad del mar, verdaderamente admirable.


Céret: agua


Calendario sin fechas, Josep Pla, p. 166

Divago por Céret. Hacía treinta y dos años que no había vuelto a la capital del Vallespir. Me atrapa enseguida el encanto de esta pequeña ciudad. ¿Qué tiene este rincón de mundo para exhalar tanto encanto? El agua. El agua y lo que del agua surge con la ayuda de los trabajos humanos: los árboles, los frutos, la riqueza, el bienestar.

Céret fue un pueblo amurallado y todavía lo es en parte. Su núcleo antiguo se conserva intacto. Paseando por sus callejuelas estrechas, silenciosas y, a pesar de tanto turismo, solitarias, hay un momento en que uno queda como arrobado: uno queda suspendido por el rumor suave, persistente, delicioso que produce el agua al pasar por las calles. Entre las aceras estrechas y la calzada el agua fluye sin cesar. En la calma de la noche este fluir del líquido produce como una magia que envuelve el pueblo entero, que trasmuta la realidad en un vago rumor que pasa y que no acaba nunca de pasar. Todo parece fluir, todo parece pasar -las cosas, los árboles, el aire-  menos el suspendido, estático rumor del agua. Cuando, en el reloj de la iglesia, la campana de toque limpio y cristalino da las horas, el sonido se dispersa y el aire que fluye se lo lleva todo en su marcha. Céret es un pueblo adormecido, extasiado en sus aguas, como los espacios de Roma contiguos a sus fuentes. ¿No es un pueblo curioso, singular?


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