Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INSOMNIA

De Los tesoros de Poynton de Henry James, p.31-32 (Barral)
Consciente de que la iglesia se hallaba cerca, se atavió en su cuarto para un corto paseo campestre, y al volver a bajar, mientras recorría los pasillos y observaba los desatinos de la decoración, la miseria estética de la mansión grande y espaciosa, sintió que retornaba la marea de la irritación de la noche anterior, sintió que resurgía en ella todo el sufrimiento secreto que podían causarle la fealdad y la estupidez. ¿Por qué se estaba sometiendo a semejante compromiso?, ¿por qué se exponía tan temerariamente? Ella había tenido, bien lo sabía Dios, sus razones para ello, pero la experiencia entera iba a resultar más aguda de lo que se había temido. Precipitarse fuera de aquello y hacia el aire libre, hacia la presencia de cielo y árboles, flores y pájaros, era una necesidad que le exigía cada nervio. En Waterbath probablemente las flores se habrían equivocado de color y los ruiseñores desafinarían; mas recordó haber oído describir el lugar como poseedor de los atractivos que se acostumbra calificar de naturales. Había sobrados atractivos que era patente que el lugar no poseía. Le era muy difícil creer que una mujer pudiese tener un aspecto presentable tras haberse pasado una serie de horas insomne a causa del papel pintado de su habitación; y no obstante, mientras crujían sus recias ropas de viuda cuando atravesaba el vestíbulo, la reconfortó la conciencia, que siempre contribuía al esplendor de sus domingos en sociedad, de que ella era, como de costumbre, la única persona en toda la casa incapaz de llevar en sus atavíos el horrible sello de esa misma elegancia única que haría las delicias de la esposa de un tendero. Habría preferido morirse a parecer endimanchée. 

JAMESIANA

De El cerco de Londres de Henry James, p.60
-Depende de lo que haya querido decir con ello. -A Waterville le gustaba encontrarles diversos sentidos a las cosas.
-¡Cuanto más quisiera decir con ello, menos debiera decirlo! -declaró Littlemore.

Sin embargo, volvió al Hotel Meurice, y en la siguiente ocasión llevó a Waterville con él. El secretario de Legación, que no estaba acostumbrado a tratar con damas de tal ambigüedad, estaba dispuesto a considerar a la señora Headway como representante de una clase muy curiosa. Temía que pudiera ser muy peligrosa; pero, en términos generales, se sintió seguro. El objeto de su devoción en aquel momento era su país, o por lo menos el Departamento de  Estado; no tenía ninguna intención de dejarse desviar de esa lealtad. Además, él tenía su propio ideal de mujer atractiva: una persona de tono mucho más suave que esta brillante, sonriente, susurrante charlatana hija de los Territorios. La mujer que a él le gustaría sería reposada, con cierto gusto por la intimidad; a veces le gustaría dejarlo solo. La señora Headway hada alusiones personales, familiares, íntimas; siempre estaba suplicando o acusando, pidiendo explicaciones y promesas, diciendo cosas a las que uno tenía que contestar. Todo ello acompañado de mil sonrisas y atenciones y otras gracias naturales, pero el efecto general era algo fatigoso. Tenía sin duda un gran encanto, un deseo inmenso de complacer, y una maravillosa colección de vestidos y chucherías; pero estaba impaciente y preocupada, y era imposible que otras personas compartieran su impaciencia. Si bien era cierto que ella quería entrar en la alta sociedad, también lo era que no había ninguna razón para que sus visitantes solteros desearan verla allí; porque era precisamente la ausencia de los estorbos sociales habituales lo que hacía tan atractivo su salón. No cabía duda de que era varias mujeres en una, y que debería contentarse con esa especie de victoria numérica.   Littlemore le dijo a Waterville que era una torpeza por parte de ella desear escalar las alturas; debería saber cuánto mejor estaba en su lugar, más bajo. Parecía que la actitud de la señora Headway le irritaba vagamente. Incluso en sus agitados intentos de autoeducarse, se había convertido en una gran crítica, y manejaba muchas de las maneras de la época con un toque libre y atrevido.

ALTA SOCIEDAD ROMANA

De El cerco de Londres de Henry James. p.81
Había pasado el invierno en Roma, viajando directamente desde esta ciudad a Londres, con sólo una pequeña parada en París, para comprar algo de ropa. Roma, ciudad en la que había hecho muchos amigos, le había gustado mucho. Le aseguraba que conocía a la mitad de la nobleza romana.

-Son una gente encantadora; sólo tienen un defecto, se quedan demasiado tiempo -dijo ella. Y, en respuesta a su mirada inquisitiva, continuó-: Me refiero a cuando vienen a verte. Solían venir todas las tardes, y querían quedarse hasta el día siguiente. Eran todos príncipes y condes. Yo les solía ofrecer puros, etc. Conocí a tanta gente como quise -añadió, en un momento dado, descubriendo quizá en los ojos de Waterville algún rastro de la compasión con la cual seis meses antes había escuchado el relato de su desconcierto en Nueva York-. Había muchos   ingleses; conocí a todos los ingleses y tengo la intención de visitarlos aquí. Los americanos esperaron a ver qué hacían los ingleses para luego hacer lo contrario. Gracias a eso me libré de algunos ejemplares increíbles. Hay algunos, ¿sabe?, que son horrendos. Además, en Roma, pertenecer a la alta sociedad no es tan importante, si se es capaz de apreciar las ruinas y la Campagna; yo apreciaba muchísimo la Campagna. Siempre estaba paseando alrededor de algún húmedo templo antiguo medio transida de romanticismo. A excepción de los templos me recordaba bastante el paisaje de los alrededores de San Diego. Me gustaba repasarlo todo, cuando iba conduciendo por allí; andaba siempre meditando tristemente sobre el pasado.

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