Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas

SANTIAGO 1978

 


Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 81

Así llegué a Santiago, a la universidad que no pisaría más que para matricularme. Santiago, sinónimo de libertad para mí.

Santiago era un hervidero de actividad. Era el año 1978. Franco había muerto tres años antes. Coincidió mi adolescencia con el fin de la dictadura y, de alguna manera, me sentía como los tiempos: optimista, llena de expectativas. Me sentía como se siente uno en la juventud, más capaz que sus mayores, indestructible. Así me sentía yo. Una vez fuera de la jaula nadie me marcaba límites, no había límites. Así pues me dispuse a explorar ávidamente y todo lo que vi me pareció fascinante.

Santiago era el escenario perfecto, una ciudad de otro tiempo, un lugar donde era fácil despegarse de la realidad, una ciudad llena de universitarios, gente joven con el estómago lleno, rebosantes de energía, y, sobre todo, rebosantes de tiempo. Una ciudad donde, como en tantas otras, junto a la ilusión que el momento político favorecía, se instaló el negocio floreciente de las sociedades modernas: las drogas.

Santiago me fascinó. En Santiago de mostraban mil de las millones de maneras posibles de vivir; la gente me parecía tan libre… Cada uno vestía como quería, hacía el horario que le daba la gana, se comía a cualquier hora, se dormía despreocupadamente. Ausencia de disciplina, de imposiciones… ¡qué maravilla¡

               

 


MI MADRE


Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 75

MI MADRE

Cánta morte eu vivín polo alento ó revésdo meu sentir!

MARÍA MARIÑO

Yo nací para creer ciegamente. Fui educada para tener fe, para aceptar un destino predeterminado sellado en el mismo instante de la selección cromosómica que marcaría mi género, como mi madre, como la suya, como la madre de la suya que, contaba la mía, se desmayó mientras trabajaba en el campo con el disgusto de sentir un nuevo hijo en su vientre, el séptimo. Casi todos esos hijos huyeron de la miseria y emigraron a Argentina, menos Concha, la primera mujer de mi abuelo Manuel, la que murió de peritonitis y fue sustituida por su hermana, mi abuela Olimpia, emigrante retornada. Era su destino.

Yo crecí creyendo: creía lo que mi madre me decía, creía Io que me decían en el colegio, creía lo que nos decían en la iglesia... creía ciegamente. Crecí educada por mi madre, como marcaban los cánones, en los principios que correspondían a mi género: resignación, docilidad, entrega, aceptación del sufrimiento como destino inseparable de la condición femenina. De niña respondí de forma impecable a Io que de mí se esperaba: buena estudiante, solista del coro de la iglesia, catequista cuando llegó la edad.

Primero quise ser monja, después misionera. Escuchaba con atención a mi profesor de religión, el refugio donde iba a poder encontrar la paz, según mi madre. Me enseñaron, y lo creí, que la verdad prevalece frente a la mentira, que el buen comportamiento recibe siempre una compensación, que todos somos iguales, que la justicia siempre vence, que dios es justo.


HERIDA


Las singularidades, John Banville, p. 281

En los viejos tiempos de inconsciencia, cuando los niños todavía jugaban al aire libre, en sitios donde había piedras y espinas, todos tenían costras, según escribe Godley -recordad que seguimos estudiando con detenimiento su carta, escépticos y llenos de curiosidad. Al principio, cuando la costra acaba de formarse, es sumamente delicada y sangra al menor pinchazo o golpecito exploratorio. Los cortes dejaban una sola costra, pero los arañazos, sobre todo los provocados por las zarzas, dibujaban una larga elipse rojo oscuro, como un collar de rubíes diminutos. Una vez secas y endurecidas, las de mayor tamaño adquirían el color de las moras no del todo maduras y presentaban su mismo brillo opaco y su mismo tacto irregular, firme y cálido en la superficie. Los chiquillos las cuidaban y protegían, y al menos una vez al día alzaban un borde con una uña, solo un poco, con cautela, para comprobar el grado de resistencia que aún oponían. Una punzadita aguda advertía de que todavía no estaban maduras. Sin embargo, llegaba el día en que era posible levantarlas por completo, como la tapa de un joyero en miniatura, despacio y conteniendo el aliento. Siempre había un punto pegajoso al que se aferraban tercamente, o que las aferraba tercamente, por lo que se requería una pausa para reflexionar, tras la cual se reanudaba la operación con una maniobra más firme y más enérgica, y de repente el caparazón se desprendía, intacto y ligero como una escama de mermelada de mora seca, y el último punto de fijación cedía con lo que parecía un beso minúsculo al revés, y allí, expuesta al fin, estaba la zona de piel irrealmente nueva y tierna, fresca, frágil y brillante como el ala de una libélula.


MUERTE


Madres, padres y demás, Siri Hustvedt,  p. 75

El día antes de morir, mi madre ya no me conocía. Me había reconocido dos días antes, el día que llegué y algún que otro rato del siguiente, pero el último que estuve con ella no había nada en sus ojos, ni para mí ni para nadie. Ese fue el día en que se sentó en el borde de la cama, y mientras la veía allí sentada percibí la tensión en cada músculo de su cuerpo. Desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde del 11 de octubre de 2019, rechazó todos los esfuerzos de los auxiliares de enfermería para que se recostara. De vez en cuando se le caía la cabeza a causa deI cansancio, pero las amables sugerencias de que estaría más cómoda acostada fueron inútiles.

Hay un nombre para lo que Ie1sucedió a mi madre: delirio o inquietud terminal. Cuando las personas mueren, en ocasiones entran en un estado alucinatorio, beligerante o simplemente agitado. La enfermera de la residencia lo había visto muchas veces antes. Me preguntó si no ayudaría que yo animara a mi madre a acostarse. Dijo que las intervenciones de «la familia» a menudo eran más efectivas que las del «personal».

-No voy a decírselo -dije, y me mantuve firme-. Es la muerte de mi madre y no interferiré.

Ella no insistió.

Aquel día tuve que dejar a mi madre. La abracé, lloré y le dije que la quería, aunque ella no me oyó. Nos gusta separar los síndromes, las afecciones y las enfermedades de las personas, como si no pertenecieran a nadie, pero es una manera falsa de pensar en ellos. La enfermedad forma parte de nosotros y la enfermedad que acaba en muerte varía de persona a persona. En su feroz desafío y resistencia a la muerte reconocí a la mujer que tan bien conocía, la mujer que quería vivir.


HELADOS


En verano, Karl Ove Knausgard, p. 328

Cuando salen del congelador, la bola de helado está dura, con bordes afilados en la superficie circular de la parte arriba, y se puede elegir entre chuparlos -entonces los cantos se redondean, un proceso que se intensifica si hace calor y el helado se derrite, y la bola va adquiriendo lentamente forma de pera, con el helado a menudo goteando por el cucurucho, que hay que retirar chupándolo con cuidado- o morderlos, lo que resulta más rápido. Pero como para muchos parte de la gracia del helado está en prolongar la vivencia de comerlo, eso no es una ventaja obvia, excepto que se evita ese caldillo pegajoso, y la guarrada que conlleva un prolongado goce del helado, sobre todo en lo que se refiere al helado Corona de chocolate, ya que el chocolate también se derrite. Otra manera de abordar el helado Corona es a mitad de camino del proceso de chupado, cuando el helado está blando y maleable por algunas partes, casi como crema, simplemente mordiendo la parte de abajo del cucurucho, de manera que se haga un agujero por el que sea posible sacar el helado absorbiéndolo. El otro gran superviviente de la oferta noruega de helados es el Palo de Oro. Es, como su nombre indica, un helado de palo. Está hecho de leche y recubierto de chocolate y crocanti, y también tiene capas de chocolate en el interior. Precisamente esa combinación de helado, cobertura de chocolate, crocanti y palo tiene algo básico, algo sólido y poco ostentoso que en mi opinión eligen muchos padres para sus hijos con el fin de atenuar el carácter extravagante que se asocia con la compra de helados, que es un lujo innecesario, algo insalubre y vacío, lo que la funcionalidad y simpleza básica del Palo de Oro en cierto modo contrarresta. Mi problema con los helados en mi infancia era elegir el bueno.


SIR HITCH



Alfred Hitchcock, Donald Spoto, p. 479
Poco después del ochenta cumpleaños de Hitchcock, en agosto de 1979, Ingrid Bergman les hizo una visita. «Tomó mis dos manos -recordaría la actriz- y las lágrimas rodaron por sus mejillas, y dijo: "Ingrid, voy a morirme", y yo le dije: "Por supuesto que va a morirse algún día, Hitch ... todos nosotros vamos a morimos". Y entonces le dije que yo también había estado muy enferma recientemente, y que también había pensado en ello. Y por un momento la lógica de todo aquello pareció hacerle sentirse algo más en paz.»
Poco antes de terminar el año, la Cámara de Comercio Británico-Americana, apresurándose a adelantarse a un mayor honor del que todo el mundo hablaba, votó a Hitchcock «Hombre del Año”. Y luego, por Navidades, llegó el anuncio oficial: fue publicada la Lista de Honores del Nuevo Año de su Majestad la Reina lsabel y en la Lista  de Servicio Diplomático y Ultramar Alfred Hitchcock era nombrado Caballero Comendador del Imperio Británico. Un viaje a Londres era imposible, y así, el 3 de enero de 1980, el cónsul general británico, Thomas W. Aston, vino a los Estudios Universal. Los equipos de cámaras acudieron a primera hora aquel día y, tras una rápida preparación, la presentación de los documentos oficiales no se realizó en la oficina de Hitchcock -que por aquel entonces ya había sido completamente desmantelada y se hallaba hecha un caos-, sino en una oficina ficticia montada en un plató, que daba la ilusión de ser una oficina en pleno funcionamiento. Con las cámaras y las luces, hubiera podido parecer una de sus fugaces apariciones en una de sus películas: Hitchcock permanecía sentado tras un escritorio de caoba, impasible, algo displicente.
Le habían administrado generosas inyecciones de cortisona, porque la artritis estaba causándole dolores más crueles que nunca. Su marcapasos había sido controlado el día  anterior. Tras las palabras formales de investidura, Hitchcock sorprendió a todo el mundo -e hizo que los hombres de la Universal se mostraran algo más que inquietos- aceptando responer a la spreguntas de los periodistas: “Me siento muy feliz de que esto hay llegado a su debido momento -dijo con un rastro de sarcasmo-. Supongo que demuestra que si te aferras a algo durante el tiempo suficiente, al fin siempre hay alguien que se da cuenta y toma nota de ello.” ¿Por qué había tomado tanto tiempo el reconocimiento de la reina? «Supongo que ha sido culpa de algún descuido.” ¿Creía que ser ahora Sir Alfred iba a señalar alguna diferencia en la actitud de su esposa hacia él? «Espero que sí. Quizás ahora se preocupe de sus propios asuntos y haga lo que tiene que hacer.»
Siguió una comida, y un cierto número de sus colegas de los negocios y la industria brindaron por Sir Hitch. Cary Grant, otro británico que había emigrado, aportó una gran alegría a la en cierto modo desconcertante tarde. Janet Leigh estaba allí también. y el ramillete habitual de los ejecutivos de la MCA/Universal y la hija de Hitchcock, y su agente. «Sin saber que iba a ser el ú1timo adiós, estuve hablando con Hitchcock durante toda la comida aquel día -recordaría Ernest Lehman-. Pero nada de la tristeza de aquel último año puede borrar mis recuerdos de todos los buenos tiempos, los excitantes tiempos, las creativas victorias que compartimos en el pasado.”

CHOPPED


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 510
¿Qué es el chopped? ¿En qué consiste un bocadillo de chopped? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel alba!? ¿Y en qué consiste el chopped? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chopped? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama alba!? ;Es un apellido. el apellido del señor Nemesio Alba!? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chopped?

ANTIGUAMENTE

Un andar solitario entre la gente, A Muñoz Molina, p. 71
De niño experimentaba con mucha frecuencia plenitudes secretas. Pasaba mucho tiempo solo y la soledad no me entristecía ni me pesaba nunca. Vivía en un tiempo fuera del tiempo en el que las horas no contaban. Su duración desaparecía en la entrega perfecta a lo que estuviera haciendo. Jugar o leer, escuchar la radio, mirar el fuego en la cocina, ir de una casa a otra de mi familia imaginando que galopaba, ir al cine de verano. Me gustaban las películas que llamaban de romanos, en las que había peleas de gladiadores y cabalgatas y batallas, y también mujeres con escotes y túnicas que se abrían por el costado revelando largos muslos y pies calzados con sandalias. Volvía de la escuela por la tarde y me regocijaba íntimamente pensando en el tebeo recién comprado que leería y miraría en cuanto llegara a casa, un tesoro intacto esperándome· Escuchaba en la radio canciones populares que me estremecían por dentro con algo que yo no sabía lo que era, un tono de voz, el quiebro en una melodía, aunque no entendiera casi nunca el sentido de las letras, coplas de amores y de celos.
A tu vera siempre a la verita tuya hasta el día en que me muera.

Aguardaba desde el principio de la canción a que llegara ese momento justo, la efusión emocional que nunca fallaba. No decía nada de eso a nadie. No por timidez o por reserva sino porque no sabía que esas emociones pudieran expresarse en palabras o necesitaran compartirse. No tenía la menor necesidad. Mi padre y mi madre eran presencias protectoras y benévolas que casi siempre habitaban en otro mundo exclusivamente suyo, como yo habitaba en el mío, o un gato en su mundo de gatos. Coleccionaba cromos a todo color del álbum de la película Los diez mandamientos. Eran cromos rectangulares de superficie satinada y en tecnicolor que venían en sobres y que había que pegar cuidadosamente en el rectángulo que les correspondiera en el álbum. Las manos infantiles se complacían en el tacto del papel igual que el olfato en el olor de las tintas y en el del pegamento, con su efecto narcótico. Como no tenía figuras de Nacimiento las dibujaba sobre cartulina y luego las recortaba y las pegaba sobre una base de cartón. De noche, en la oscuridad, antes de dormirme, recapitulaba argumentos de películas que hubiera visto o inventaba historias muy elaboradas que no conté nunca a nadie. 

PADRE E HIJOS

Elegía, Philip Roth, p 77
Cuando huyó de Nueva York, eligió la costa como su nuevo hogar porque siempre le había encantado bañarse en el mar y luchar contra las olas, y porque estaba felizmente asociado a aquel sector de la costa de Jersey debido a su infancia, y porque, aunque Nancy no estuviera con él, tan solo se encontraba a una hora de distancia, y porque vivir en un entorno relajante y confortable sin duda sería beneficioso para su salud. Aparte de su hija, no había ninguna mujer en su vida. Ella nunca dejaba de llamarle antes de salir por la mañana hacia el trabajo, pero, por lo demás, el teléfono casi nunca sonaba. Ya no buscaba el afecto de los hijos habidos de su primer matrimonio; tanto ellos como su madre sostenían que nunca había hecho lo correcto, y ofrecer resistencia a la constante reiteración de esas acusaciones y a la versión que daban sus hijos de la historia familiar requeriría un grado de combatividad que había desaparecido de su arsenal. La combatividad había sido sustituida por una enorme tristeza. Si, en la soledad de sus largas noches, cedía a la tentación de llamar a uno u otro de ellos, luego siempre se sentía entristecido, entristecido y derrotado.

Randy y Lonny eran los que le hacían sentirse más culpable, pero no podía seguir dándoles explicaciones acerca de su comportamiento. Lo había intentado a menudo cuando eran jóvenes, pero entonces eran demasiado jóvenes y estaban demasiado furiosos para comprender, y ahora eran demasiado mayores y estaban demasiado furiosos para comprender. ¿Y qué era lo que debían comprender? A él le resultaba inexplicable la emoción con que seguían insistiendo gravemente en condenarlo. Él actuó de la manera en que lo hízo del mismo modo que ellos actuaban de la manera en que lo hacían. ¿Era acaso más perdonable su firme postura de negar el perdón? ¿O a todos los efectos menos dañina? Él era uno más entre los millones de norteamericanos cuyo divorcio había destrozado una familia. Pero ¿había pegado a su madre? ¿Los había maltratado a ellos? ¿Había dejado de mantener a su madre o a ellos? ¿Alguno de ellos había tenido que rogarle alguna vez que le prestara dinero? ¿Había mostrado excesiva severidad en alguna ocasión? ¿No había hecho todos los intentos posibles de acercamiento? ¿Qué era lo que podría haber evitado? ¿Qué podría haber hecho de un modo diferente para que todo fuera más aceptable por parte de ellos, salvo lo único que no podía hacer, que era seguir casado y vivir con su madre? O lo comprendían o no, y tristemente para él (y para ellos), no lo comprendían. Tampoco podrían entender jamás que él había perdido la misma familia que ellos. Y sin duda había cosas que él seguía sin comprender. Y eso no era menos triste. Nadie podría decir que no le embargaran la suficiente tristeza ni el remordimiento para incitar la fuga de preguntas con las que trataba de defender la historia de su vida.

UN RECIEN NACIDO

John Banville, Eclipse, p. 52
Yo estuve presente en el parto. Sí, fui muy progre; me encantaba todo ese tipo de cosas; fue otra representación, desde luego, por dentro aquel sangriento espectáculo me horrorizaba. Cuando la criatura salió por fin, yo me hallaba en una especie de aturdimiento, y no sabía adónde mirar. Me pusieron a la criatura en brazos antes de haberla lavado. Qué ligera era, y, sin embargo, vaya peso. Un médico que llevaba unas botas de goma verdes y ensangrentadas habló conmigo, pero no entendí lo que me decía; las enfermeras eran enérgicas y altivas. Cuando me quitaron a Cass me pareció oír el chasquido de un cordón umbilical, del cual yo me había despojado poco a poco cortándolo .. La llevamos a casa en un cesto, como un objeto preciadísimo que hubiésemos comprado y nos muriésemos de ganas de desenvolver. Era invierno, y el aire tenía un matiz alpino. Recuerdo la pálida luz del sol en el aparcamiento  -Lydia parpadeaba como un preso al que· sacaran de las mazmorras- y la brisa fresca y aromática que bajaba de las altas colinas que había detrás del hospital, y que del bebé solo se veía una mancha de un vago color rosa por encima de una sábana de raso. Cuando llegamos a casa, no teníamos cuna para la niña, y tuvimos que colocarla en el cajón superior de la cómoda de nuestro dormitorio. Casi no podía dormir por- miedo a levantarme por la noche, y, olvidándome de que estaba allí, cerrar el cajón de un golpe. En el techo aparecían triángulos de luz acuosa formados por los faros de los coches que pasaban, que enseguida eran elegantemente doblados y desaparecían, como los abanicos de las señoras, en el cajón donde la niña dormía. Le pusimos un apodo, ¿cuál era? Erizo, creo; sí, ese era, a causa de los pequeños resoplidos que daba. Días hermosos, de apariencia inocente, tal como se dibujan en mi memoria, aunque siempre se formaban nubes en el horizonte.

THE CLOISTERS


Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 100
Días más tarde, en la cafetería en la que solíamos quedar, en tanto yo rebañaba las últimas huellas amarillas de los huevos Benedict, Rodolfo me dijo que Central Park estaba muy bien, sí, pero que lo que a él realmente le gustaba eran los Cloisters. Ante mi pregunta de qué era eso de los Cloisters, me contó que se trababa, como el nombre indica, de unos claustros, pero claustros de verdad, originales del medievo, situados en el extremo más noroccidental de la isla de Manhattan, mucho más arriba de Harlem, en la poco conocida zona de Washington Heights, sobre una colina con vistas al río Hudson. A principios del siglo XX, me dijo, esos claustros habían sido traídos, piedra a piedra, desde distintos lugares de Europa, para ser montados allí. “La resultante es una abadía medieval hecha con trozos de francesas y españolas. Si tomamos ahora el metro podemos estar allí en poco más de media hora», propuso. No vi inconveniente alguno.
En Columbus Circle tomamos la línea A. El andén estaba ocupado por un mural de técnica grafiti; mostraba avenidas atestadas de gente, que en perspectiva caballera se perdían en un fondo de rascacielos sobre los que parecía estar lloviendo. Una vez en el tren, fui haciéndole preguntas acerca de los Cloisters. Supe entonces que en el año 1925 John Rockefeller Jr. había donado a la ciudad esas hectáreas de tierra a orillas del Hudson para la construcción de un museo que, según era su deseo, albergara la colección de arte medieval del escultor y gran coleccionista americano George Barnard. Al mismo tiempo, Rockefeller Jr. también había donado varias hectáreas de tierra en Nueva Jersey, es decir, en la orilla justamente opuesta del río Hudson, con la consigna de que no fueran tocadas para que la vista desde el futuro museo se conservara por siempre intacta. Años más tarde, en 1930, ese mismo Rockefeller encargaría por fin a Charles Collens, arquitecto de su confianza, la construcción del monasterio hoy  conocido como los Cloisters, usando para ello las partes originales, llevadas en barco a Nueva York, de distintas edificaciones medievales, como el monasterio de San Miguel de Cuxá o el monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza.
Claustro de San Miguel de Cuxa, New York, 3 de marzo de 2014

PACO, PACO, PACO

Años lentos, Fernando Aramburu, p. 77
El comienzo de la partida
Me viene ahora a la memoria un lunes caluroso de septiembre, por la tarde, en que volviendo del dentista con mi tía nos llegamos a la calle de Hernani a ver pasar a Franco. Mucha gente se apretaba en las aceras, tanta que nos costó encontrar un hueco, y aun mi tía, que era muy discutidora, estuvo porfiando con un señor hasta que este se dignó hacernos sitio de mala gana a su costado.
Algunas personas sostenían pancartas de bienvenida, y a cada trecho podía verse un policía con gorra de plato y cara de pocos amigos, y también en las azoteas. Numerosos vecinos de los alrededores, atendiendo a la solicitud hecha pública de víspera por el alcalde, habían adornado ventanas y balcones con la bandera de España.

A mi tía lo que la molestaba de la visita anual de Franco era que las tiendas de ultramarinos subían los precios de sus productos y en casa había restricciones de agua, decían que porque la necesitaban para lavar los caballos de la escolta del Generalísimo, aunque yo aquel día sólo vi acompañamiento de motoristas.

BANDERILLERO

Berta, Isla, Javier Marías, p. 35
Berta se había rasgado las medias y le sangraba una rodilla y seguía muy atemorizada, verse con el caballo encima y la porra en el aire, a punto de abatírsele sobre la nuca o la espalda, la había dejado hecha un manojo de nervios, pese al desenlace benévolo del incidente, que a su vez la había dejado con una extraña flojera física, ese desenlace. La mezcla la agotaba momentáneamente, carecía de sentido de la orientación y de voluntad, no habría sabido hacia dónde encaminarse en aquel instante. El joven anticuado, llevándola siempre de la mano como si fuera una niña, la sacó de la zona más conflictiva a buen paso, la condujo hacia la de Las Ventas y le dijo:
-Yo vivo aquí cerca. Sube y te curamos esa herida y te calmas un rato, venga. No vas a volver así a tu casa, mujer. Mejor que descanses y te adecentes un poco. -Ahora ya no la llamó 'muchacha'-. ¿Cómo te llamas?  ¿Eres estudiante?
-Sí. De primero. Berta. Berta Isla. ¿Y tú?
-Yo Esteban. Esteban Yanes. Y soy banderillero.
Berta se sorprendió, nunca había conocido a nadie taurino, ni a los figurantes de ese mundo se los había imaginado fuera del ruedo y vestidos de calle.
-¿Banderillero de toros?

-No, de rinocerontes, a ver de qué va a ser. Dime otro bicho al que se le pongan banderillas.

DECLARO LA GUERRA

La conjura contra Amércia, Philip Roth, p. 39-40
Durante los largos meses de vacaciones, jugábamos en la acera a un nuevo juego llamado “Declaro la guerra” utilizando una pelota de goma barata y un trozo de tiza. Con la tiza trazabas un círculo de metro y medio o dos metros de diámetro, dividido en tantos segmentos, a modo de porciones de pastel, como jugadores participaban, y anotabas en cada porción el nombre de uno de los diferentes países extranjeros que habían salido en los noticiarios durante el año. A continuación, cada jugador elegía «su» país y se colocaba a horcajadas en el borde del círculo, con un pie dentro y el otro fuera, de modo que, cuando llegara el momento pudiera emprender una huida precipitada. Entretanto, un jugador designado, con la pelota en alto, anunciaba lentamente, con una cadencia inquietante: «Declaro ... la ... guerra .. a ... ». Había una pausa cargada de suspense, y entonces el chico que declaraba la guerra hacía botar la pelota en el suelo al tiempo que gritaba «¡Alemania!» o «¡Japón!» u «¡Holanda!» o «Italia”o «¡Bélgica!» o «¡Inglaterra!& o «¡China!», a veces incluso «¡Estados Unidos!”, y todo el mundo echaba a correr excepto el niño contra el que se había lanzado el ataque por sorpresa. Su tarea consistía en hacerse con la pelota cuando rebotaba, tan rápido como pudiera, y gritar: «¡Alto!». Todos los que ahora estaban aliados contra él debían detenerse, y el país en cuestión iniciaba el contraataque, .tratando de eliminar a un país agresor tras otro, golpeando a cada uno tan fuerte como pudiera con la pelota. Empezaba por lanzarla contra los que estaban más cerca de él y su posición avanzaba con cada golpe letal. Jugábamos sin cesar a ese juego. Hasta que llovía y los nombres de los países desaparecían temporalmente, y la gente tenía que pisarlos y saltar por encima de ellos cuando caminaban por la calle. En aquella época, en nuestro vecindario no había otras pintadas dignas de mención, solo aquellos restos de jeroglíficos de nuestros sencillos juegos callejeros. Por inocuos que fuesen, ponían fuera de sí a algunas de las madres, obligadas a oírnos durante horas a través de las ventanas abiertas. «Eh, chicos, ¿es que no podéis hacer otra cosa? ¿No podríais encontrar otra clase de juego?» Pero no podíamos; tampoco nosotros podíamos pensar en otra cosa que en declarar la guerra.

RELIGION

La barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 14-15
Aunque no soy creyente, crecí en un mundo dominado por la religión y recibí una instrucción religiosa no sé si sólida, pero si muy tenaz. La mayor parte de las manifestaciones religiosas me son conocidas en mayor o menor grado de intensidad. En mi niñez y juventud la religión en España era un hecho indiscutible para la inmensa mayoría de la población. Mi familia no era practicante, salvo en ocasiones sociales, y si era creyente, lo era por inercia. En aquella época, pertenecer a la religión católica era lo natural. Bastaba con dejarse llevar por la corriente. No creer en Dios no solo era un acto de rebeldía y una postura antisocial, sino que requería un notable esfuerzo intelectual. Eran ateos unos pocos filósofos, y esta excentricidad les era perdonada e incluso consentida porque su oficio consistía precisamente en pensar cosas raras y en decir lo contrario de lo que decía el común de los mortales. Para el resto, todas las etapas y acontecimientos de la vida, desde los más importantes hasta los más nimios, estaban incluidos en el patrón de las normas y prácticas religiosas. El nacer y el morir, por supuesto; como el casarse, el pecar y el obtener el perdón; y también el despertarse, el sentarse a la mesa, el subir a un transporte público, el saludarse y el estornudar. Salir de la religión era salir de la comunidad, convertirse en lo que nadie quería ser, un bicho raro.

De la enseñanza se ocupaban en gran parte las órdenes religiosas y, como se puede suponer, la presencia de la religión en nuestra educación era abrumadora. Había rezos continuos, misas frecuentes y una dosis considerable de adoctrinamiento. Este adoctrinamiento consistía en aprender de memoria un rígido y pintoresco organigrama moral consistente en diez mandamientos; tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad;  las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, sin que nadie aclarase en qué consistía cada una de ellas; siete pecados capitales: ira, gula, lujuria, soberbia, avaricia, envidia y pereza, todos ellos fácilmente identificables, a poco que uno hiciera introspección, y sus correspondientes virtudes; cuatro novísimos o postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria, y un largo etcétera, del que cabe destacar una lista de obras de misericordia que acababa con visitar a los enfermos y presos y enterrar a los muertos. Creo haber cumplido bien que mal con lo de los enfermos, en alguna ocasión con los presos, pero espero no tener ocasión de enterrar físicamente a ningún muerto, un acto cuyo mero enunciado siempre trae a mi imaginación una escena recurrente en las películas del oeste.

JOYAS LITERARIAS JUVENILES

Diccionario enciclopédico, JP Andújar, p. 214-215
 En las Joyas Literarias Juveniles existe una literatura, y existe una Juventud, y existe una infancia, que tienen más de biblioteca saqueada, de lectura en precario, como se lee de niño sentado al filo de la cama, y de lectura de barrio, igual que hubo cine de barrio, que de tesoro literario. Las Joyas Literarias Juveniles son tebeos de treinta páginas que han querido ser libros de novecientas, pero a los cuales la vida, o las condiciones objetivas, no les han dado otras oportunidades. Hay una orfebrería de la insignificancia, y hasta del desengaño, que es la que se entrega a cultivar este tipo de joyas. Las Joyas Literarias Juveniles eran las alhajas con que yo me engalanaba en un mundo en que las alhajas de verdad las tenían las mujeres de los ministros y la esposa del Generalísimo. Las nuestras eran joyas de papel impreso a todo color, broches proletarios de una princesa Sissí dibujada a plumilla por un secreto padre con familia numerosa, que mantenía a los suyos con eso, con el esfuerzo de su lápiz. Uno va a entrar en la lectura por la puerta de servicio, que es por donde les gusta pasar a los niños; voy a entrar con un montón de tebeos guardados en la caja de una camisa con la tapa de plástico, y así era más ventana que tapadera, y con los nombres sagrados de Verne, Salgari, Dickens, Karl May, Walter Scott ... , grabados en la vista de haberlos visto con el cristal palpitante de los ojos, leídos dibujo a dibujo, antes de haberlos leído párrafo a párrafo al  fin inmerso en el rugido inacabable del abecedario. A estos relatos en tebeo, la crítica de entonces va a apartarlos de su canon con un manotazo, los va a quitar como telarañas  pegajosas, y hará falta que se vuelque toda la arena de nuestro reloj de arena, y que estaba hecha por ejemplo con las arenas pintadas de Lawrence de Arabia, habrá que esperar a que el tiempo caiga como el cemento de una hormigonera, para que a los dibujantes, a los guionistas, a los adaptadores de las Joyas Literarias Juveniles se les reconozca el servicio prestado a la única causa a la que he querido deberme, y que no es otra, por supuesto, que la causa milenaria de la lectura.

Y sin embargo, ya digo, ser lector de Joyas Literarias Juveniles no va a consistir en ser lector de palabras, sino de dibujos. A la épica monumental del escritor, que levanta en solitario una cultura colectiva, que va constituyéndose en literatura, cosido a su mesa de escribir, arrojándose a los periódicos en los que publica por entregas una novela, fantasmagorizándose en los salones literarios donde le reciben, las Joyas Literarias Juveniles van a oponer una épica más modesta y más moderna, que es la del dibujante que tiene que entregar a toda castaña treinta planchas (“300 ilustraciones a todo color”, anuncian en la cabecera), la del redactor que alguna vez soñó con escribir la gran novela de su generación y que se ha visto en la obligación de resumir a tanto el folio las más conocidas obras de la literatura universal, que ha tenido que renunciar a su propia literatura, queriendo vaciar de eso, de literatura, los títulos clásicos, a los que ha ido podando de sintaxis, de palabras, de metáforas, para convertirlos en un esquema dibujable. Un testigo de primera mano de aquella redacción de Bruguera me ha explicado que en cierta ocasión un guionista fue a quejarse de la barbaridad que suponía meter en treinta páginas las más de novecientas de Los hermanos Karamazov, y que el redactor jefe le contestó: “Si te falta espacio, elimina un hermano”

DE LA INFANCIA

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas, p. 22
De mi calle Rimbaud, no quedan ni los vestigios. El cine Chile es hoy un vulgar parking. La tienda del viejo librero judío es hoy el obsceno snack-bar Poppy's. Y en cuanto a la bolera abandonada, los viejos ecos republicanos han cedido el paso a un homenaje funeral y hortera al dinero: un soberbio y gris banco provinciano, en crisis [ ... ] La herencia del horror marcaría el declive de la infancia y de la genialidad. Con mi primer paso en el desierto y el descubrimiento de la realidad, todo fue cambiando, y ya no ha cesado nunca de hacerlo y, además, de empeorar. Avanzar por el desierto de la vida ha servido para constatar que al final apenas queda nada en pie de nuestro mundo, del decorado que nos fue propio, de nuestra entrañable calle Rimbaud, allí donde estaba todo nuestro mundo, y ahora simplemente no está. Nada, apenas nada queda. Sólo podemos ver un viejo camino en el que el tiempo, a las puertas ya del desierto, ha escrito el fin abrupto de nuestro mundo, del mundo.

EL PALACIO DE LA RISA

Canadá, Richard Ford, p. 150
Me miró directamente a los ojos, como si estuviera diciendo algo que significara otra cosa. O como si me hubiera pillado en una mentira y estuviera tratando de hacerme entender la importancia de no mentir. En aquel tiempo yo no mentía.
-Hoy es el último día -dije. El anuncio podía leerse en el periódico sobre el que estaba limpiándose las botas. Probablemente lo había visto, y por eso lo sacaba a colación-. Aún podríamos ir.
Miró por la ventana en el instante en que pasaba un coche, y luego miró el globo terráqueo.
-Lo sé -dijo-. Pero hoy no me siento demasiado bien.

Una vez, en Mississippi, habíamos ido a una feria del condado ambulante que levantaba sus tiendas no lejos de donde vivíamos. Él y yo fuimos una noche. Lancé pelotas de goma contra muñecas de trapo con coletas rojas, pero nunca logré derribar ninguna. Luego disparé con un rifle cargado con corchos y tumbé unos patos, y gané un paquete de caramelos terrosos en forma de rombo. Mi padre me dejó solo y entró en  una tienda a ver un espectáculo no apto para menores. Me quedé fuera, sobre un suelo lleno de serrín, escuchando las voces de la gente y la música de las atracciones y el sonido de las carcajadas del Palacio de la Risa. El sol tenía un tono amarillento por las luces de la feria. Cuando mi padre salió de la carpa con un numeroso grupo de otros hombres, dijo que había sido toda una experiencia, pero no explicó nada más. Montamos juntos en los autos de choque, y comimos tofes, y nos fuimos a casa. No he estado en ninguna otra feria, y aquella tampoco me pareció gran cosa. Los chicos del club de ajedrez me habían dicho que en la feria de Montana exhibían ganado y aves de corral y cosas agrícolas, y que no tenía el menor interés. Pero yo seguía interesado en las abejas.

CULPAR A LOS PADRES

Canadá, Richard Ford, p. 22-23
Consecuentemente, lo que a mí me empezó a importar de verdad fue el colegio, algo que constituía un hilo constante en mi vida, además de mis padres y mi hermana. Nunca quería que se acabara el colegio. Me pasaba dentro de él todo el tiempo que podía, leyendo detenidamente todos los libros que nos daban, estando siempre al lado de los profesores, imbuyéndome de los olores escolares, que eran idénticos en todas partes y distintos de todos los demás. Saber cosas se convirtió en algo muy importante para mí, con independencia de cuáles fueran esas cosas. Nuestra madre sabía cosas y las apreciaba. Y o quería ser como ella a este respecto, ya que sería capaz de conservar las cosas que sabía, y éstas me acreditarían como alguien polifacético y prometedor, características que eran muy importantes para mí. No importaba si no pertenecía a aquellos lugares: pertenecía a sus colegios. Era bueno en lengua y literatura, en historia, en ciencias y en matemáticas, materias en las que también mi madre era buena. Cada vez que levantábamos el campo y nos mudábamos, lo único que era capaz de infundirme miedo de aquella circunstancia de la vida era que por una u otra razón no pudiera volver al colegio -fuera éste cual fuera-, o que el hecho de marcharme haría que me perdiera algún saber crucial capaz de asegurarme el futuro y que no pudiera obtenerse en ningún otro sitio. O que tuviéramos que irnos a algún sitio donde no existiera ningún colegio para mí. (En cierta ocasión se habló de Guam.) Me daba miedo acabar no sabiendo nada, no tener nada en que basarme, nada que pudiera distinguirme. Estoy seguro de que todo eso era herencia de mi madre, que albergaba el temor de una vida sin recompensa. Aunque también podría haber sido que nuestros padres, atrapados en el torbellino de la confusión cada día más densa de sus propias vidas jóvenes -no estando hechos el uno para el otro, probablemente no deseándose físicamente como lo habían hecho de forma breve al principio, convirtiéndose más y más en satélites del otro y acabando por sentir un resentimiento mutuo sin ser demasiado conscientes de ello-, no nos ofrecieron a mi hermana y a mí nada muy sólido a lo que aferrarnos, que es lo que se supone que los padres tienen que ofrecer a sus hijos. Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte.

LA PRIMERA VEZ

La guitarra azul, John Banville, p. 91
A pesar de lo espantoso de la situación, confieso con vergüenza que sentí cómo me bullía la sangre en las venas -¡qué recatados somos!- al notar el sofocante olor que despedía y la presión de sus caderas contra las mías. La primera vez que tuve a una chica en mis brazos y me froté contra ella -da igual su nombre, ahorrémonos los detalles-, lo que me sobresaltó y me excitó sobremanera, por paradójico que pueda sonar, fue que en el vértice de sus piernas no hubiese nada salvo un abultamiento huesudo y más o menos liso. No sé qué esperaba encontrar. Yo no era tan inocente. No obstante, esa ausencia misma se presentaba como una promesa de exploraciones deliciosas e inimaginables hasta entonces, de arrebatos inmateriales. ¡Qué increíbles eran mis sueños y mis deseos! Debe de ser igual para todo el mundo. O tal vez no. Por lo que yo sé, lo que sucede en el interior de otras personas puede no tener ningún parecido con lo que sucede dentro de mí. Es una idea vertiginosa y yo me encontraba solo ante ella.
En la imagen, grabado de Balthus para Cumbres borrascosas

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia