Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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GAETANO POLIDORI


Bravura, Emmanuel Carrère, p. 166

«Vástago de una familia cultivada, crece en el ambiente de los expatriados italianos de Soho. Su padre, Gaetano Polidori, había sido el secretario del poeta Alfieri y, más tarde, su hermana habría de traer al mundo a Christina. Dante Gabriel y William Michael Rossetti, quien en 1876 publicaría los diarios de su tío.Sus pretensiones literarias, sus celos de Lord Byron y Shelley, sus cambios de humor, sus "eternas absurdidades y tracasseries  (en francés en el original) ", como escribe Byron en su diario, fueron una fuente de cuitas constantes durante el verano de 1810. De carácter a la vez agresivo y timorato,  un día desafió a duelo a Shelley, pese a saber que el poeta (y quizá porque lo sabía) desaprobaba toda violencia. Byron propuso entonces ocupar el lugar de Shelley y el incidente no pasó de ahí. Dos anos después, tras un viaje a Alemania, el joven médico regresó a Londres, donde puso fin a sus días en 1821, dejando dos volúmenes de versos mediocres, obras de teatro inacabadas y el relato El vampiro. Publicado en 1819 y nacido de la célebre apuesta de la villa Diodati, el rumor público atribuyó este relato a Byron durante algún tiempo, a pesar de que el poeta había afirmado: "Tengo una aversión personal a los vampiros y el poco conocimiento que poseo de sus costumbres nunca me habría empujado a dedicarles un cuento, y menos uno tan malo." Está demostrado (añade más adelante James Rieger) que "el pobre Polidori", y no Byron, fue el interlocutor de Mary en la conversación científica que a ella le inspiró su famosa pesadilla y, posteriormente, la novela Frankenstein.»

 


INCIPIT 1.641. BRAVURA / CARRERE


Antes de mover el cuerpo, su mirada abarca sucesivamente la penumbra húmeda del pasillo en el que va a entrar y, un momento antes de que la puerta se cierre, el espectáculo de la calle que acaba de abandonar y de la que ahora le separa la pesada hoja de roble. Como la casa no contiene mobiliario y él mismo ya no posee nada, sólo tiene que mover su propio peso, pero es suficiente para agotarle: todo pesa más entre estos muros espesos, empezando por la puerta, cuyo umbral cruza cada vez menos, ya que cada gesto exige un esfuerzo, como si la gravedad se multiplicase y la atracción de la tierra fuera más imperiosa en este lugar preciso de Londres.

A veces, nada más entrar, en lugar de subir, conteniendo el jadeo, el tramo de peldaños que se vislumbra al fondo del estrecho corredor y le conduce a su guardarropa, se arrodilla delante de la puerta, pega el ojo a una rendija que ha descubierto, mira al exterior. Estas sesiones de acecho le agradan, al menos le agradaban al principio, a pesar de la angostura de su campo visual. Para él sigue siendo la mejor manera de ver el mundo: sin que le vean, sin que le pidan que se mezcle con él, que participe.


ICARIA


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 379

ICARIA

El presente

La población de Ucrania se divide hoy en dos bandos: los que luchan y los que no. Se supone que todo el mundo, al menos los hombres, tiene que luchar, pero los más listos se las arreglan para escaquearse. Inicialmente voluntarios, y cada vez más a menudo movilizados contra su voluntad, los civiles que luchan son considerados héroes pero, conforme la guerra se alarga y se empantana, ese heroismo se vuelve cada vez más desesperado. Los que están en el frente tienen cada más claro que solo volverán en un ataúd, u horriblemente mutilados. Las vidas de los combatientes son vidas arruinadas. Inevitablemente, la unidad nacional de los primeros dias se resquebraja. Los que sirven de carne de cañón ya no se contentan con mirar por encima del hombro a los que se esconden y a los fugitivos. Los odian. No les faltan motivos, como tampoco les faltan para temer que a la guerra con Rusia la siga una guerra civil.


“Vivíamos tan bien”


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52

“Vivíamos tan bien”

En verano, en el curso de almuerzos en  los que rara vez se juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había  un grupo de aldeanos que querían verle. El señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre, se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio,  he oído hablar de este ritual que Nabokov describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de los Nabokov y solo en su casa.


NABOKOV


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 38

Nabokov era una especie de extraterrestre;  a veces, leyéndolo, uno dice que era al Homo Sapiens lo que este era al cromañón: un ser más elevado en la escala la evolutiva, dotado en grado sumo de facultades que  en la mayor parte de sus congéneres se hallaban en un estado tosco e incipiente. Su agudeza sensorial solo es comparable a su capacidad de describir y nombrar.  Los insectos, las setas, las hierbas, nada en su mundo iridiscente es genérico. “Una mariposa”, eso no existe; o solo en la cabeza abstracta y reseca de intelectuales como mi abuelo, lo que existe es el ícaro azul, el taladro rojo, el piral del roble y de la encina, el arrán marrón, la carmelita de Sievers. la geómetra esmeralda. Nabokov distinguia al oído el rumor en el aire de las hojas del álamo temblón, del carpe la madreselva o el chopo negro y escribía con con fluidez, mientras párrafos como: “Una sensación de seguridad, de bienestar, de calor estival impregna mi memoria. Incólume realidad que convierte el presente en un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de entrar en la habitación y da con el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca”

 


incipit 1.609. KOLJOS / EMMANUEL CARRERE


1. EL HOMENAJE DE LA NACIÓN

Los órganos constitucionales

El 3 de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras, condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire– y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la República. Durante una hora, el sol calienta que es una delicia. Luego desaparece tras el tejado y de pronto hace mucho frío. Nos arrepentimos de no habernos abrigado más. Nuestro padre, sentado en una silla de ruedas, va envuelto en una manta. No sé qué entiende, exactamente, de lo que está pasando. A ratos parece olvidar que se ha quedado viudo.

 

 

 


La vida es bella


V13, Emmanuel Carrère, p. 235

Farid Kharkhach es el más extraño de los acusados secundarios. Es el intermediario que proporcionó a la célula documentos de identidad falsos. Como en su expediente no hay ningún rastro de radicalización, la fiscalía ha dicho que pactó por codicia con el yihadismo. Esa codicia le reportó los 300 euros por los cuales está en prisión desde hace seis años, y no está nada seguro de que lo liberen. A lo largo de todo el juicio ha sorprendido su personalidad soñadora, su verborrea súbita, su soledad (no conoce a ninguno de los otros acusados) o la increíble y casi burlesca sucesión de chascos y de mala suerte que han merecido que mi compañera de equipo Violette Lazard lo haya apodado Parid el Cenizo. Marie Lefrancq, una de sus abogadas, lo describe como un padre de familia afectuoso que no se ha atrevido a explicar a sus hijos pequeños por qué no estaba en casa desde hacía seis años. Al principio les dijo que estaba enfermo y que recibía tratamiento en Francia. Y después, cuando los niños fueron a visitarlo a la cárcel, dijo que se había hecho carcelero. No me lo invento. Aunque no la haya presenciado, Marie Lefrancq garantiza la autenticidad de la escena: Parid Kharkhach recibe a sus hijos en el locutorio y les asegura que no está detenido, sino que es un celador. No sé cómo es eso realmente posible, pero me he acordado de otra película, La vida es bella, en la que Roberto Benigni hace creer a su hijito que los campos de concentración nazis son un juego divertido de la caza del tesoro, y he pensado que, si Kharkhach no sale muy mal parado, podrá decirse sin remordimientos que su historia tan triste es un tema increíble de comedia.


DEFENSA


V13 Emmanuel Carrère, p. 225

Pero también lo acusan de haber acompañado a Abdeslam cuando iba a alquilar coches, lo cual puede tipificarse como ATM, «asociación terrorista de malhechores»: veinte años. Toda la  estrategia de sus abogados, que van desplegando desde el principio del juicio como quien avanza sus piezas en el ajedrez, va a consistir en que supriman la T: asociación de malhechores a secas. No voy a adelantar las alegaciones que formularan Negar y Nogueras el 14 de junio: solo me limito a transcribir lo que me respondió Nogueras, ante un vaso de vino blanco, cuando le planteé en Les Deux Palais la eterna cuestión del límite: ¿existe un límite? ¿Causas que te negarías a defender? «Si me preguntas eso, quiere decir que no has comprendido qué es ser abogado. Yo no defiendo ninguna causa, pero no rechazo a ningún acusado. Vergès, en cambio, defendía causas. No solo defendía a Poi Pot o a Carlos, sino también lo que habían hecho. Estaba de acuerdo con ellos. Nosotros, por poner el ejemplo de los delitos peor vistos, evidentemente no defendemos la pedofilia o el terrorismo, pero estamos dispuestos a defender a un pedófilo o a un terrorista. Hay que defenderlos, es la ley. Claro que a veces me cuesta, por supuesto, es más fácil defender a un atracador con el que yo podría ir a tomar unas copas cuando salga que a un tío que se excita viendo vídeos de decapitaciones, pero es esencial distinguir en re la persona y el acto. Ser abogado es eso: hacer todo lo posible para  que al acusado se le juzgue con arreglo al derecho y no según las pasiones. Y luego, cuando todo el mundo le haya dado la espalda, ser el último en tender la mano de nuevo.»


BATACLAN


V13, Emmanuel Carrère, p. 214

Entre otros, pienso en aquel joven que por entonces tenía veintiún años y que salió indemne del Bataclan. Durante tres años, disociación total. Ningún recuerdo. Pero sí un malestar, la sensación de que la gente lo mira raro. Ideas negras pero confusas. Pesadillas sin imágenes. Siluetas indistintas, en la periferia del campo de visión. Resaca permanente que combate con alcohol. Sensación de haber hecho algo malo, pero ¿qué? Se le escapa. Al cabo de tres años, se somete a una EMDR (terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares), que ahora sirve para todo, pero que se inventó para el estrés postraumático. Todo vuelve, de pronto. Sabe que actuó mal. Para alcanzar la salida, empujó, aplastó, pisoteó. Se convirtió en una máquina de supervivencia totalmente indiferente a todo lo demás. Si ese hubiera sido el precio por sobrevivir, habría utilizado como escudos a sus seres más queridos. Ahora vive, sí, pero una vida arruinada. Otros han sido héroes, él no. Incesantemente se ve empujando, aplastando, pisoteando. Esta película se desarrollará constantemente en su cabeza hasta el día de su muerte. Está avergonzado. Por eso ha venido. Para pedir perdón a los que pisoteó. Si alguno de ellos está presente y lo escucha, al menos ya es algo. Está bien. Solloza. Se va. Y o también me voy: por hoy ya tengo bastante. Al día siguiente, una amiga abogada me dice que me he perdido algo; es una norma de la crónica judicial: siempre te pierdes algo cuando te vas. Justo después del joven carcomido por la culpa, otro superviviente del Bataclan, visiblemente más distendido, ha empezado su testimonio diciendo que acababa de escuchar la declaración del joven y que quería decir lo siguiente: «A mí me pisoteó alguien y me rompió dos costillas. Solamente dos costillas rotas. Así que quizá fuiste tú el que me pisoteaste, quizá fue otro, no lo sabremos nunca, pero, si fuiste tú, quiero que sepas que no es nada grave, dos costillas rotas. Me salvé, estoy vivo, soy feliz, no te guardo rencor, hiciste lo que pudiste, todos hicimos lo mismo, espero que todavía estés en la sala para escuchar lo que digo». El joven ya no estaba, pero mi amiga abogada corrió al vestíbulo en su busca. Lo alcanzó en la escalera del juzgado. Si hicieran una película, terminaría con esta imagen.


La invasión de los ladrones de cuerpos


V13, Emmanuel Carrère, p. 135

Los que seguimos el juicio ya empleamos el término como si fuera algo que conociéramos de toda la vida. Algunos abogados abusan de la expresión. En vez de decir «mentira» dicen taqiyya, que es más fino. Sin embargo, la taqiyya no es exactamente lo mismo que la práctica totalmente habitual de que un acusado mienta al juez de instrucción. Históricamente, la taqiyya es el fingimiento que practica el creyente cuando no tiene la libertad de vivir su religión a la luz del día. Así lo hacían los musulmanes y los chiitas bajo los califas abasidas del siglo VIII, y los musulmanes y los judíos marranos en la España católica del siglo XV. Los yihadistas de hoy, que se mueven como submarinos en una sociedad a la que odian y que aspiran a destruir, han convertido este fingimiento en una segunda piel. Para engañar a los infieles hay que mezclarse con ellos, aparentar que son musulmanes amables, deseosos de  rezar sin molestar a nadie, en el respeto del pacto republicano. La taqiyya es un poderoso motor de paranoia que angustia las noches de jueces y policías antiterroristas: tener un aspecto inofensivo, o sinceramente arrepentido, ¿no constituye la prueba de que eres monstruosamente peligroso? Es como en la vieja película de ciencia ficción de los años cincuenta La invasión de los ladrones de cuerpos, donde extraterrestres maléficos toman posesión, uno tras otro, de los habitantes de una aldea pacífica. Nada permite distinguir a los verdaderos terrícolas, si aún quedan, de quienes los han reemplazado. Detrás del rostro  familiar de tu vecino puede esconderse un frío monstruo. En su versión rigorista, el islam prohíbe tomar alcohol, fumar, jugar en un casino, perseguir faldas, escuchar música. ¿Qué hará, para dar el pego, un yihadista que se apresta a actuar? Tomar alcohol, fumar, jugar en el casino, perseguir faldas, escuchar música, como los kamikazes del 11 de septiembre o, en  nuestro caso, como Salah Abdeslam.


INICXPIT 1.355. V13 / EMMANUEL CARRERE


EL PRIMER DÍA

El retorno

8 de septiembre de 2021, a mediodía. lle de la Cité, con una fuerte protección policial. Somos varios cientos los que cruzamos por primera vez estos detectores de metales que franquearemos todos los días durante un año. Hay muchas probabilidades de que a ese policía al que saludarnos le demos los buenos días con frecuencia. Las caras de esos abogados con su credencial con cordón negro, las de esos periodistas con el cordón naranja o las de las víctimas  con el verde o rojo se volverán familiares. Algunos van a convertirse en amigos: el grupito de gente con el que vamos a hacer la travesía, a intercambiar notas e impresiones, a turnarnos cuando la jornada sea demasiado larga o a ir a tomar un trago, tarde, en la brasserie Les Deux Palais cuando haya sido excesivamente fatigosa. La pregunta que nos hacemos todos: ¿vas a venir todo el tiempo? ¿A menudo? ¿Cómo te organizas el resto de la vida? ¿La familia? ¿Los hijos? Sabemos ya que algunos solo vendrán de vez en cuando, los días previsiblemente más intensos. Otros han prometido venir todos los días, vivir tanto los momentos álgidos como los bajos. Yo soy uno de ellos. ¿Aguantaré el desafío?


La invasión de los ladrones de cuerpos


V13, Emmanuel Carrère, p. 135

Los que seguimos el juicio ya empleamos el término como si fuera algo que conociéramos de toda la vida. Algunos abogados abusan de la expresión. En vez de decir «mentira» dicen taqiyya, que es más fino. Sin embargo, la taqiyya no es exactamente lo mismo que la práctica totalmente habitual de que un acusado mienta al juez de instrucción. Históricamente, la taqiyya es el fingimiento que practica el creyente cuando no tiene la libertad de vivir su religión a la luz del día, Así lo hacían los musulmanes y los chiitas bajo los califas abasidas del siglo VIII, y los musulmanes y los judíos marranos en la España católica del siglo XV. Los yihadistas de hoy, que se mueven como submarinos en una sociedad a la que odian y que aspiran a destruir, han convertido este fingimiento en una segunda piel. Para engañar a los infieles hay que mezclarse con ellos, aparentar que son musulmanes amables, deseosos de rezar sin molestar a nadie, en el respeto del pacto republicano. La taqiyya es un poderoso motor de paranoia que angustia las noches de jueces y policías antiterroristas: tener un aspecto inofensivo, o sinceramente arrepentido, ¿no constituye la prueba de que eres monstruosamente peligroso? Es como en la vieja película de ciencia ficción de los años cincuenta La invasión de los ladrones de cuerpos, donde extraterrestres maléficos toman posesión, uno tras otro, de los habitantes de una aldea pacífica. Nada permite distinguir a los verdaderos terrícolas, si aún quedan, de quienes los han reemplazado. Detrás del rostro familiar de tu vecino puede esconderse un frío monstruo. En su versión rigorista, el islam prohíbe tomar alcohol, fumar, jugar en un casino, perseguir faldas, escuchar música. ¿Qué hará, para dar el pego, un yihadista que se apresta a actuar? Tomar alcohol, fumar, jugar en el casino, perseguir faldas, escuchar música, como los kamikazes del 11 de septiembre o, en  nuestro caso, como Salah Abdeslam.


El misterio del bien


V13, Emmanuel Carrère, p. 59

La culpa que reconcome a quienes sobrevivieron es por haber sobrevivido: ¿por qué ellos han muerto, por qué yo estoy vivo? Para algunos, la culpa se ha encarnado. Tiene una cara que les obsesiona. La cara de alguien que pedía ayuda, al que quizá podrían haber socorrido y no socorrieron. Ya fuera porque había otra persona a la que auxiliar, alguien querido, alguien que era prioritario. Ya fuese por salvar la piel, porque lo primero era salvarse uno mismo. Los que actuaron así no se lo perdonan. Algunos lo expresan con palabras desgarradoras. Los demás los perdonan, dicen que es algo normal, humano. Se aferran también a que es sabido que muchos actuaron bien, y a menudo más que bien, más allá de lo que exige la conciencia. Las historias de naufragios, de catástrofes, de sálvese quien pueda, suelen revelar lo peor del ser humano. La cobardía, el cada uno a lo suyo, la lucha a muerte por un puesto en los botes salvavidas del Titanic. Aquí, apenas. A menos que imaginemos que entre los supervivientes del Bataclan hayan elaborado, más o menos conscientemente, una ficción colectiva de nobleza y de fraternidad -lo cual es posible-, impresionan, testimonio a testimonio, los ejemplos de ayuda mutua, de solidaridad, de valentía.


BATACLAN


V13, Emmanuel Carrère, p. 58

ENMARAÑADOS

Pisotear, que te pisoteen

La sala Bataclan puede acoger a 1.498 personas, y aquella noche estaba abarrotada. En la pista había cerca de mil espectadores. Estaban de pie, muy apretujados. Cuando se lanzaron al suelo con la esperanza de escapar de las primeras ráfagas, no cayeron unos junto a otros, sino unos sobre otros. Voluntaria o involuntariamente, los de encima protegieron a los de abajo. V arios de los que se encontraban debajo han hablado del líquido caliente y pegajoso que fluía sobre ellos sin que comprendieran de inmediato que era sangre. Un superviviente habla de varias capas de cadáveres. Todo se mezclaba, se enmarañaba: este adjetivo, enmarañados, aparece a menudo. Una superviviente dice que, cuando los asesinos pararon para recargar sus armas, ella quiso levantarse para huir y se apoyó en el suelo con las manos. Pero el suelo debajo de sus manos estaba blando: no se apoyaba en el suelo, sino en personas, y ya no eran personas, sino cuerpos. En los movimientos desordenados hacia las salidas, unos se vieron obligados a pisotear a los demás al intentar sortearlos por encima. Una mujer de entre los supervivientes dijo que lo peor para ella fue eso: que la pisoteasen. Otros dicen que lo peor para ellos fue haber pisoteado.


EMMANUEL CARRERE


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 324
Como nos gusta comunicarnos nuestros ensueños eróticos, le envío a Hélene la dirección del sitio acompañada de un e-mail que es, en síntesis, el capítulo que ustedes acaban de leer: apenas lo he pulido un poco. Ella me responde lo siguiente:
«No ha sido fácil de encontrar, tu morena de los dos orgasmos. He tenido que adivinar la clasificación del logaritmo del sitio para que aparezca por fin en la lista de vídeos que ofrecen en pantalla. He seleccionado a las morenas, las masturbaciones, y descartado a las lesbianas, las parejas, las sodomías, las maduras, y no sigo. Durante esta búsqueda me he cruzado con algunas perlas vintage: pornos con puestas en escena, patas de elefante y coños superpeludos salidos directamente de los años setenta, ya te enseñaré. Cuando aparecieron la viñeta y la leyenda, fue un poco como encontrar a una persona de quien te han hablado muy bien con la esperanza de que te hagas amigo de ella. 
»Estoy de acuerdo contigo: es una muchacha muy bonita. Sobre todo, se mueve con gracia. Infunde elegancia a la masturbación: es eso lo que te gusta. Respecto a si es una profesional, es muy difícil de decir. Como tú, creo que no, pero ante todo está claro que goza de verdad. Si finge, lo hace tan bien que ha debido de acordarse de momentos de placer intensos, lo que en sí mismo es una forma de placer (y el secreto de todas las mujeres que han simulado un día u otro). Es muy raro encontrar orgasmos tan convincentes en el porno. Pero no puedo evitar pensar que es muy reconocible en el vídeo y que esos ocho minutos de su vida en Internet son una forma de suicidio social, o de asesinato si es un regalo que ella hace a un amante que los ha colgado en la red. Hay en ello, por encantador que sea observarlo, algo muy cruel.
»También me he preguntado por lo que tú decías en este texto sobre tu deseo. En principio, y lo divertido es que da la impresión de que ni siquiera te das cuenta de ello, es algo completamente sociológico. Si esta chica te gusta tanto es porque en tus fantasías la concibes como una burguesa extraviada entre las proletarias del porno. No voy a reprochártelo: eres así, me gustas así. Y luego, cuando describes el efecto que te producen sus temblores, la expresión de su deleite, dices otra cosa: que lo que te excita por encima de todo es el placer de las mujeres. Tengo suerte. 
San Lucas, de todos modos, tiene mucho aguante.»

LA HIJA DE JAIRO


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 338

De esta historia, me gusta sobre todo la frase: «Señor, no soy digno de recibirte, pero di una sola palabra y mi pequeño estará curado», que en la misa viene a ser: «Señor, no soy digno de recibirte en mi morada, pero di una sola palabra y estaré curado.»

Una historia muy parecida es la del jefe de la sinagoga Jairo, cuya hija de doce años está moribunda. Al igual que el centurión, Jairo pide socorro a Jesús. Éste se dispone a ponerse en camino cuando se abre un paréntesis en el relato. Nota que alguien toca el borde de su manto. Se detiene, pregunta: «¿Quién me ha tocado?» «Nadie en particular», dice Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» «No», dice Jesús, «alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» Entonces una mujer se arroja a sus pies. Sangra desde hace mucho tiempo por donde sangran las mujeres, pero ella continuamente, y esta impureza permanente convierte su vida en un infierno. «Hija mía», dice Jesús, «tu fe te ha salvado. Ve en paz.» Cerrado el paréntesis, va a reemprender el camino cuando llega de casa de Jairo un criado que porta la terrible noticia: la niña ha muerto. El padre se desploma. «No temas», le dice Jesús. «Si tienes confianza se salvará.» Y por más que le digan lo que diría yo, que es demasiado tarde, que si está muerta está muerta, Jesús va. Al entrar en la casa con el padre y la madre les dice: «No lloréis, no está muerta. Duerme.» Después despierta a la pequeña, que al instante se pone a jugar.


SENECA


El Reino, Carrère, p. 183

Sus detractores poseían argumentos. Séneca era un caballero español que había hecho una carrera fulgurante en Roma, lo cual dice mucho sobre la integración en el imperio: pasaba por ser la encarnación del espíritu romano y nadie habría pensado nunca que era español, del mismo modo que nadie pensará que San Agustín era argelino. Hombre de letras, autor de tragedias de éxito, gran vulgarizador del estoicismo, era también un cortesano dominado por la ambición, que conoció el favor imperial bajo Calígula, cayó en desgracia bajo Claudio y recuperó su posición al comienzo del reinado de Nerón. Era, por último, un avispado hombre de negocios, que utilizó sus prebendas y sus redes para convertirse por sí solo en una especie de banco privado y amasar una fortuna valorada en 360 millones de sestercios, es decir, el equivalente de otros tantos millones de euros. Cuando se sabía esto, y todo el mundo lo sabía, se estaba tentado de tomarse a guasa sus elogios sentenciosos del desapego, la frugalidad y el método que aconsejaba para ejercitarse en la pobreza: una vez por semana, comer un pan tosco y dormir en el suelo.

¿Qué dice Séneca para defenderse de estas críticas que acabaron convirtiéndose en una conjura? Primero, que nunca ha pretendido ser un sabio consumado, sino que sólo se esfuerza en llegar a serlo, y a su ritmo. Que incluso sin haber recorrido él mismo todo el trayecto, es hermoso indicar la dirección a los demás. Que al hablar de la virtud no se pone como ejemplo y que al hablar de los vicios piensa ante todo en los suyos. ¡Y, además, a la mierda! Nadie ha dicho que el sabio debe rechazar los dones de la fortuna.


LA TRANSUSTANCIACION


El Reino, Carrère, p. 84

Sabemos cómo se hace esto. Comenzó hace dos mil años y no se ha interrumpido nunca. Antiguamente, y todavía hoy en algunos ritos, se practicaba realmente con pan: el pan más vulgar, el que amasa el panadero. Hoy, entre los católicos, son esas pequeñas obleas blancas, de consistencia y sabor a cartón, que llamamos hostias. En un momento de la misa, el sacerdote declara que se han convertido en el cuerpo de Cristo. Los feligreses hacen cola para recibir cada uno la suya, en la lengua o en el hueco de la mano. Vuelven a su sitio bajando los ojos, pensativos y, si creen en ello, interiormente transformados. Este rito de una rareza inverosímil, que se refiere a un acontecimiento preciso, sucedido hacia el año 30 de nuestra era y que constituye la médula del culto cristiano, lo celebran actualmente en todo el mundo centenares de millones de personas que, como diría Patrick Blossier, no están, por lo demás, locos. Algunas, como mi suegra o mi madrina, lo practican todos los días sin falta, y si por casualidad están enfermas hasta el punto de no poder acudir a la iglesia hacen que les lleven el sacramento a su domicilio. Lo más extraño es que la hostia no es nada más que pan. Sería casi tranquilizador que fuese un hongo alucinógeno o un secante impregnado de LSD, pero no: es solamente pan. Al mismo tiempo es Cristo.

Es obvio que se puede dar a este ritual un sentido simbólico y conmemorativo. El propio Jesús lo dijo: «Haced esto en memoria mía.» Es la versión light del asunto, la que no escandaliza a la razón. Pero el cristiano hard cree en la realidad de la transubstanciación, ya que es así como la Iglesia denomina a este fenómeno sobrenatural. Cree en la presencia real de Cristo en la hostia. Sobre esta línea de cresta se opera la división entre dos familias espirituales. Creer que la eucaristía es sólo un símbolo es como creer que Jesús no es más que un maestro de sabiduría, la gracia una forma de método Coué o Dios el nombre que damos a una instancia de nuestro espíritu. En este momento de mi vida, yo me opongo: quiero formar parte de la otra familia.


ROMA


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 364

En La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio, Jéróme Carcopino se interroga sobre la población de la ciudad en el siglo I y, tras haber dedicado tres páginas grandes a exponer, impugnar y por último demoler las estimaciones de sus colegas, termina disculpándose de su imprecisión proponiendo una cifra «que oscila entre 1.165.050 y 1.677.672 habitantes». Se sitúe la verdad hacia arriba o hacia abajo de esta sorprendente horquilla, Roma era la ciudad más grande del mundo: una metrópoli moderna, una auténtica torre de Babel, y cuando decimos torre hay que entenderlo literalmente, porque bajo la presión incesante de aquellos inmigrantes, cuyo número y costumbres deploraba Juvenal, había crecido verticalmente, un caso único en la Antigüedad. Tito Livio habla de un toro que se escapa del mercado de ganado y sube los escalones de un edificio hasta el tercer piso, desde donde se lanza al vacío, sembrando el pánico entre los viandantes: este tercer piso lo menciona de pasada, como si fuera evidente, cuando en cualquier parte que no fuera Roma resultaría un dato de ciencia ficción. Los edificios se habían elevado tanto desde hacía un siglo, se habían vuelto tan inseguros que el emperador Augusto tuvo que prohibir que sobrepasaran ocho plantas, decreto que los promotores se las ingeniaban para infringir por todos los medios.

Si señalo esto es para que al leer en los Hechos que Pablo, cuando llegó a Roma, fue autorizado a alquilar un pequeño alojamiento, nos lo representemos no como una de aquellas tiendas habitadas que había siempre en las medinas mediterráneas, sino como un estudio o un apartamento de dos habitaciones en uno de esos bloques que hoy conocemos tan bien, donde se amontonan pobres indocumentados en la periferia de las ciudades: degradados al instante después de construidos, insalubres, explotados por arrendadores abusivos que los estrechan todo lo que pueden, con paredes finas como el papel para no perder espacio y escaleras donde la gente mea y caga sin que nadie las limpie. Sólo había verdaderos retretes en los bellos domicilios horizontales de los ricos, y eran una especie de salones fastuosamente decorados, provistos de un círculo de sillas que permitían aliviarse mientras conversaban. Los pordioseros que ocupaban los edificios alquilados debían conformarse con letrinas públicas que además estaban lejos, y las calles al caer la noche se volvían peligrosas: antes de salir a cenar, dice también Juvenal, más valía haber hecho testamento.


PANADERIAS


El Reino, E. Carrère, p. 160

¿De verdad? ¿Era tan sencillo? Nos cuesta un poco aceptarlo. Al instante pensamos en un cisma, en una herejía. Es porque estamos acostumbrados a considerar que todas las religiones son más o menos totalitarias, mientras que en la Antigüedad no lo eran en absoluto. Sobre   este punto, como sobre muchos otros relativos a la civilización grecorromana, me remito a Paul Veyne, que no es sólo un gran historiador sino un escritor maravilloso. Como Renan, me ha acompañado a lo largo de los años dedicados a escribir este libro, y siempre he disfrutado de su compañía: de su alacridad, su gracejo, su gusto por el detalle. Pues bien, Paul Veyne dice que los lugares de culto en el mundo grecorromano eran pequeñas empresas privadas, el templo de Isis de una ciudad tenía con el templo de Isis de otra la misma relación que, pongamos, dos panaderías entre sí. Un extranjero podía dedicar un templo a una divinidad de su país del mismo modo que abriría hoy día un restaurante de especialidades exóticas. El público decidía si entraba o no. Si aparecía un competidor, lo peor que podía ocurrir era que se llevase a la clientela, como le reprochaban a Pablo que hiciera.Ya los judíos se despreocupaban menos de estas cuestiones, pero fueron los cristianos los que inventaron la centralización religiosa, con su jerarquía, su Credo válido para todo el mundo, sus sanciones para quien se aparta del sistema. Esta invención, en la época de que hablamos, ni siquiera se hallaba todavía en sus balbuceos. Más que a una guerra de religiones, cuyo simple concepto era incomprensible para los antiguos, lo que trato de describir se parecía más a un fenómeno que se observa a menudo en las escuelas de yoga y de artes marciales, y sin duda en otros círculos, pero yo hablo de lo que conozco. Un alumno adelantado se decide a enseñar y arrastra con él a una parte de sus condiscípulos. El maestro rezonga, más o menos abiertamente. Algunos alumnos, con ánimo de concordia, siguen un curso con uno, otro curso con el otro y dicen que está bien, que los dos se completan. Al fin y al cabo, la mayoría elige.


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