Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SANTIAGO 1978

 


Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 81

Así llegué a Santiago, a la universidad que no pisaría más que para matricularme. Santiago, sinónimo de libertad para mí.

Santiago era un hervidero de actividad. Era el año 1978. Franco había muerto tres años antes. Coincidió mi adolescencia con el fin de la dictadura y, de alguna manera, me sentía como los tiempos: optimista, llena de expectativas. Me sentía como se siente uno en la juventud, más capaz que sus mayores, indestructible. Así me sentía yo. Una vez fuera de la jaula nadie me marcaba límites, no había límites. Así pues me dispuse a explorar ávidamente y todo lo que vi me pareció fascinante.

Santiago era el escenario perfecto, una ciudad de otro tiempo, un lugar donde era fácil despegarse de la realidad, una ciudad llena de universitarios, gente joven con el estómago lleno, rebosantes de energía, y, sobre todo, rebosantes de tiempo. Una ciudad donde, como en tantas otras, junto a la ilusión que el momento político favorecía, se instaló el negocio floreciente de las sociedades modernas: las drogas.

Santiago me fascinó. En Santiago de mostraban mil de las millones de maneras posibles de vivir; la gente me parecía tan libre… Cada uno vestía como quería, hacía el horario que le daba la gana, se comía a cualquier hora, se dormía despreocupadamente. Ausencia de disciplina, de imposiciones… ¡qué maravilla¡

               

 


PORTICO DE LA GLORIA


Fractal, Andrés Trapiello, p. 155

El Pórtico estaba encofrado por completo con andamios, de modo que pude subirme a uno de ellos y mirar de cerca aquellas figuras agrestes y rudas, con Santiago, el Pantocrátor y toda la corte celestial. Eran figuras como talladas por alguien solo con el oficio a medias, y tomadas una a una, aisladas, producirían escasa impresión o una impresión penosa, ya que no eran más que trozos inexpresivos de piedra. Muchas esculturas del románico es lo que no tienen, su barbarie, su carácter elemental, como esas figurillas que se venden para hacer los belenes. Como a las figuritas de belén no se les podía pedir a aquellas esculturas del Pórtico emociones, sentimientos, ni siquiera la belleza del cuerpo. Casi se diría que no tienen alma. Ahora, juntas, formaban un conjunto admirable, como esas polifonías antiguas que se sostienen únicamente en la voz. Emocionaba de ellas saberlas depositarias de una fe y unas vidas extraordinarias, las de todos los peregrinos que han llegado hasta ellas desde los confines de la cristiandad.

Imaginaba lo que sería un lugar como ese hace solo ochenta años, antes del boom del turismo. Un día de lluvia, un corto día de invierno, los soportales de techo tan bajo, las calles estrechas, los comercios angostos y profundos, las bombillas avaras de los curas. Cuando se ven las fotografías en blanco y negro en las guías antiguas de Otero Pedrayo, en la de Castroviejo, en los libros de Cunqueiro, se le encoge el corazón a cualquiera, del tenebrismo levítico de la localidad. Y escuchar la lluvia perpetua sobre las losas que empedran las calles, todo el día, lenta y suave, interrumpida cada hora por las campanadas graves de las iglesias y los conventos, y así un día y otro día ... Dejémoslo ya porque me estoy deprimiendo yo solo.


EPÍSTOLA DE SANTIAGO APÓSTOL A LOS SALMONES DEL ULLA


DE Fábulas y leyendas del mar de Alvaro Cunqueiro, p. 279
Epístola de Santiago Apóstol a los salmones del Ulla
Y aconteció que, subiendo la Barca Apostólica por las claras aguas del río Ulla, y siendo por el tiempo alegre de abril, se juntaron a babor y a estribor y a popa multitud de salmones, todos los que estaban remontando el río, como suelen, para el desove; y, como es verdad, según dijo el hagiógrafo griego, que «los huesos de los santos, de los mártires y de las vírgenes están vivos en sus venerados sepulcros, como si no los hubiese tocado el ala de la muerte corporal», y conservan milagrosamente el oído y la voz, aconteció que Jacobo muerto escuchaba a los salmones que unos a otros se preguntaban por aquella barca de luz que subía con ellos, y mucho más plateada y que daba un perfume que se posaba en las aguas y llegaba a ellos, dulce y misteriosa canela. Se dijo Jacobo que no podía perder aquella ocasión pata predicar la Buena Nueva a aquella población fluvial, hizo que de sus huesos brotase su imagen, tal como en vivo fue, y puesta esta figura suya de pie en el banco de la barca, apoyándose en el palo, y haciendo uso del don de lenguas, dijo:
“Hermanos: a la curiosidad vuestra por saber qué barca es ésta, a quién conduce y de dónde viene el insólito perfume que os sorprende, corresponde la mía por saber de vuestra nación, y si sois gentiles o ya habéis escuchado el nombre de Jesús. Yo os digo que prediqué que Jesús es el Hijo de Dios vivo, y, por predicarlo, en lejana tierra de la que nunca habréis oído hablar, porque allá no hay río que vaya al mar, fui degollado por gente incrédula y cruel…”

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