Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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DE LA POLITICA

Los ángeles feroces, José Ovejero, p. 260
Cástor se olvidó de comer. Eran años complicados; había sido subsecretario de algo y acababa de ser ascendido a secretario de otra cosa. No lo digo yo así por desprecio a la política, es él quien lo habría dicho. Para él la actividad política no estaba ligada a un contenido. A partir de cierto nivel da igual en lo que trabajes: puedes pasar de asuntos sociales a política energética o a cuestiones de interior. Nadie espera que seas un experto; tu función es imponer medidas que otros elaboran, descabezar a la disidencia, presentar el producto de forma atractiva, mostrar capacidad de decisión, perspectiva, visión de futuro. Así que a Cástor le daba igual la materia con la que trabajaba, porque la auténtica materia era el poder. Lo digo con la misma ecuanimidad que habría mostrado Cástor, del que se pueden decir muchas cosas, pero es un hombre ecuánime que no se engaña; sí engaña a otros porque eso es absolutamente imprescindible. Cástor siempre cuenta cuál fue la clave del gran éxito de los nazis -a veces tiene que explicar a quienes le escuchan, si son muy jóvenes, quiénes eran los nazis, se ha habituado a ello-. La clave era dar a los alemanes lo que querían pero prometiéndoles algo distinto. Algo que pudieran aceptar con buena conciencia: la familia, la nación, el futuro, nuevos valores. Y a cambio les daban venganza, les daban eliminación de la competencia, les daban control. Pero casi nadie habría votado a un partido que les hubiera dicho directamente que gasearía a hombres, mujeres y niños, que repartiría sus despojos entre los alemanes, que llevaría a los hijos de los alemanes a morir en la guerra.

Cástor, a su modesto nivel, hace lo mismo. Promete lo que quieren oír los demás, no porque vaya a dárselo ni porque los demás lo esperen, sino para no tener que hablar de aquello que todos desean. El arte de la política no es mentir, tampoco ser sincero, sino saber qué se puede decir y qué no.

DE LA INCORRECCION POLITICA

La decadencia de Nerón Golden, Salman Rushdie, p 49
Pero las burbujas suelen ser frágiles, y muchas noches los profesores hablaban en tono preocupado del momento en que reventaran. Les preocupaba la corrección política: aquella colega suya que había salido en la tele con una alumna de veintitrés años gritándole palabrotas a la cara desde un palmo de distancia por un desacuerdo sobre periodismo en el campus; aquel otro colega suyo que también había salido en televisión vituperado por negarse a prohibir los disfraces de Pocahontas en Halloween; aquel colega al que habían obligado a tomarse al menos un semestre sabático de uno de sus seminarios por no haber defendido lo suficiente el “espacio seguro” de una estudiante contra la intrusión de una serie de ideas que aquella estudiante consideraba demasiado “poco seguras” para que ~- su joven mente se las encontrara; el colega que había desafiado la petición estudiantil de quitar una estatua del Presidente Jefferson del campus de su facultad, a pesar del hecho reprochable de que Jefferson había tenido esclavos; colega execrado por sus alumnos de familias evangélicas cristianas por pedirles que se leyeran una novela gráfica escrita por una autora de viñetas lesbiana; el colega que se había visto obligado a cancelar una producción de Los monólogos de la vagina de Eve Ensler porque el hecho de definir a las mujeres como personas con vagina suponía una discriminación contra las personas que se identificaban como mujeres y que no poseían vaginas; o bien sus colegas que oponían resistencia a los intentos de los alumnos de “desplataformizar” a los musulmanes apóstatas porque sus ideas eran ofensivas para los musulmanes no apóstatas. Les preocupaba que la gente joven se estuviera volviendo partidaria de la censura, partidaria de prohibir cosas y de las restricciones. Cómo había sucedido esto, me preguntaban, aquel estrechamiento de miras de las jóvenes mentes americanas; estamos empezando a tener miedo a la gente joven.

DEL PUEBLO

Berta Isla, Javier Marías, p. 324-325
El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croada? ¿Qué culpa del stalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y apiada). El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros: 'Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo'. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores.

PODER

Galdós, La segunda casaca
Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo esté el mal demasiado hondo, para que lo puedan remediar los revolucionarios. Entre éstos, se ve de todo; hay hombres de mucho mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero, asimismo, los hay tan bullangueros que sólo buscan el ruido y el tumulto; no faltando  muchos que están llenos de buena fe; pero carecen de luces y de sentido común. Yo he observado este conjunto en que se revuelven sin poderse unir la grandeza de las ideas con la mezquindad de las ambiciones; he sentido al principio cierto temor; pero después de meditarlo, he concluido afirmando que los males que pueda traer ]a revolución no serán nunca tan grandes como los del absolutismo. Y si lo son -continuó desdeñosamente- bien merecido lo tienen. Si esto ha de seguir llevando el nombre de nación, es preciso que en ella se vuelva lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, que el sentido común ultrajado se vengue, arrastrando y despedazando tanto ídolo ridículo, tanta necedad y barbarie erigidas en instituciones vivas; es preciso que haya una renovación total de la patria, que nada de lo antiguo subsista, y se hunda todo con estrépito, aplastando a los estúpidos que se obstinan en sostener sobre sus hombros una fábrica caduca. y esto se ha de hacer de repente, con violencia, porque si no se hace así no se hace nunca ... Aquí se han de romper a hachazos las puertas de la tiranía para destruirlas, porque si las abrimos con su propia llave, quedarán en pie y volverán a cerrarse.

SE LOS NOMBRES

De Pasolini o la noche de las luciérnagas, p. 228-229
Del secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, el alemán Heinz Alfred (llamado Henry) Kissinger, primer culpable de la estrategia Gladio, a Cario Digilio (alias Tío Otro),   coordinador de las operaciones de la CIA en Italia nororiental durante una década, o a Cario Fumagalli, del Movimiento de Acción Revolucionaria, encargado del boicot de los tendidos eléctricos en los alrededores de Milán y otras ciudades, atribuyéndoselo a comandos de   izquierda, con objeto de ir suscitando reacciones encaminadas a justificar la instauración en Italia de una república presidencial. De los jefes de la CIA William Colby y Vernon Walters a los falsos suicidas, silenciados por miedo a que revelaran datos de los atentados, Armando Calzolari, militante del Frente Nacional que fue hallado junto al  cadáver de su perro en un pozo, o, con algunos otros, Vittorio Ambrosini, abogado y agente doble {entre Lenin y Mussolini, según él), que al parecer ·iba a informar al ministro Restivo acerca de las bombas de Piazza Fontana.
La lista es larga, pero podría extenderse a lo desmesurado. Donacelia está considerándola bajo el rumor de la lluvia y en sus intervalos repasa las palabras del poeta publicadas en su día en el Comere de/la Sera: «Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes para instaurar un sistema de protección del poder) [… ].Sé los nombres del "vértice" que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los "desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes [ ... ]. Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios [ ... ) . Sé todos estos nombres, pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios. Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos, a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio”.

LOS POLITICOS SEGUN PASOLINI

De Pasolini o la noche de las luciérnagas de JM García López, p.222-223
Sé que se está produciendo una involución y que no se pueden plantear las cosas en su desnuda objetividad. Yo me sometería al resultado de un debate exhaustivo sobre el aborto, la eutanasia y cualquier otra cuestión. Por otro lado, es inconcebible que yo fuera a estar de   acuerdo con esta sociedad. Cómo van a ser fiables los políticos, los jueces y los ciudadanos de un país que ahora clama por una ley a favor del aborto y que hará unos cuatro o cinco años condenó a nueve de cárcel a Aldo Braibanti por convivir maritalmente con un muchacho ...
-Pero ésa es la forma en que tienen lugar los cambios históricos. No suelen ser el resultado de preámbulos inteligentes.
-Un pensamiento muy pesimista. No estoy dispuesto a aceptar que sea una regla constante. Hoy, por desgracia, es así. Vamos al desmoronamiento antropológico que ya he denunciado no sé cuántas veces. La recuperación será lenta y costosa, y eso si nos ponemos en lo mejor.
-¿Piensas que esa renuncia, esa involución, es dirigida? ¿O es una tendencia espontánea en el hombre contemporáneo?
-Es dirigida, y tengo el convencimiento de que podría y debería orientarse a un polo opuesto. El problema es político. Los que hacen de la política una profesión quieren mantenerse a ultranza en el poder. El poder es normalmente una molicie, un abandono disfrazado de acción. Lo que los políticos programan es su permanencia, sus privilegios, que pueden ser económicos, por ejemplo, o de mero estatus. Programan contenidos raquíticos, si no vacuos, sucumben a la tentación de tergiversar. Cualquier otro trabajo, no digamos el artísrico o el intelectual, tiene en sí mismo alguna compensación. El trabajo político, no. Un político profesional  umanamente no suele ser nada. Se necesita una pirueta muy arriesgada o generosa para ser político. Los que de ordinario lo son están a años luz de concebirla. Por eso se enrocan en un corporativismo cobarde que va minando su alma. Los políticos hacen su carrera siendo unos desalmados casi perfectos, no pudiendo habitar su ser. Y es justo por eso por lo que no les queda más recurso que mostrar señuelos que se puedan seguir, instrumentalizar parodias de fascinación masiva que son una mezcla de aturdimiento, de entrega al diablo y de una monstruosa claudicación.

POBREZA INFANTIL

De El olvido que seremos de Abad Facciolince, p.216-217
En lo que era más radical era en la búsqueda de una sociedad más justa, menos infame que la clasista y discriminadora sociedad colombiana. No predicaba una revolución violenta, pero sí un cambio radical en las prioridades del Estado, con la advertencia de que si no se les daba a todos los ciudadanos al menos la igualdad de oportunidades, además de condiciones mínimas de subsistencia digna, y cuanto antes, durante mucho más tiempo habríamos de sufrir  violencia, delincuencia, surgimiento de bandas armadas y de furibundos grupos guerrilleros.

“Una sociedad humana que aspira a ser justa tiene que 'suministrar las mismas oportunidades de ambiente físico, cultural y social a todos sus componentes. Si no lo hace, estará creando desigualdades artificiales. Son muy distintos los ambientes físicos, culturales y sociales en que nacen, por ejemplo, los niños de los ricos y los niños de los pobres en Colombia. Los primeros nacen en casas limpias, con buenos servicios, con biblioteca, con recreación y música. Los segundos nacen en tugurios, o en casas sin servicios higiénicos, en barrios sin juegos ni escuelas, ni servicios médicos. Los unos van a lujosos consultorios particulares, los otros a hacinados centros de salud. Los primeros a escuelas excelentes. Los segundos a escuelas miserables. ¿se les está dando así, entonces, las mismas oportunidades? Todo lo contrario. Desde el momento de nacer se los está situando en condiciones desiguales e injustas. Aun antes de nacer, en relación con la comida que consumen sus madres, ya empiezan su vida intrauterina en condiciones de inferioridad. En el Hospital de San Vicente hemos pesado y medido grupos de niños que nacen en el Pabellón de Pensionados (familias que pueden pagar sus servicios) y en el llamado Pabellón de Caridad (familias que pueden pagar muy poco o nada por estos servicios) y hemos encontrado que el promedio de peso y talla al nacer es mucho mayor (estadísticamente significante) entre los niños de pensionado que entre los niños de caridad. Lo que significa que desde el nacimiento nacen desiguales. Y no por factores biológicos, sino por factores sociales (condiciones de vida, desempleo, hambre).

ALTA Y BAJA POLITICA


De Monseñor Quijote de Graham Greene, p.24

- Aquí  hay un pasaje muy apropiado, padre, que estaba  leyendo cuando usted ha entrado. Qué escritor más moral era Cervantes, diga lo que diga el obispo de usted. «Que de los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente u otro vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían.» ¿Cómo ha encontrado el Mercedes? ¿Ha sido encantado por algún encantador en esta peligrosa región de La Mancha?

PASIONARIA

De El azar de la mujer Rubia, de Manuel Vicent, p.147-149
Uno detrás de otro, Adolfo Suárez veía pasar todos los féretros. Recordaba a Carmen cuando le decía: «Traigo un mensaje para ti: "Dile que  se atreva a legalizar al Partido Comunista"». Oía cantar La Zarzamora y después enjugaba las lágrimas de su mujer Amparo Illana cuando tuvo que aprobar la Ley del Divorcio siendo presidente del Gobierno.
En el entierro de la madre ibérica, Dolores Ibárruri, diosa de luto, un gran cadáver de noviembre, en Madrid no había milicianos ni barricadas sino una batalla de nubes, aunque la tarde se puso muy dulce en su honor después del aguacero. Fue acompañada a la tumba por gente muy curtida, campesinos cuyo rostro ha labrado la vida, obreros de antigua crin que lloraban y otros hijos de la escarcha. El féretro, tan austero como la verdad, iba cubierto con la bandera roja, atravesando una plantación de flores y puños por la bajada de Génova hacia la plaza de Colón, y desde los balcones de algunos bancos acorazados muchos financieros, habiendo interrumpido por un momento el consejo de administración, lo contemplaron con cierta curiosidad no exenta de respeto, con una copa en la mano y el pensamiento en Brunete. Lejos del cortejo se oía un clamor de bocinas airadas que estaban fuera de la Historia. ¡No hay derecho a que corten el tráfico!

¿Qué pasa? ¿Por qué hay semejante atasco? Están enterrando a Pasionaria. Hoy en la ciudad el cadáver de los héroes sólo produce atascos, pero a Pasionaria la llevaba el río hasta más allá del sueño que es la inmortalidad. Esta vez no había travestis tirados en las aceras con el rímel corrido por el llanto, ni plañideras de clase media con el carrito del supermercado, ni carrozas de oro con guarnición de ediles y maceros vestidos de sota, como en el entierro del alcalde  Tierno Galván. El duelo de Dolores Ibárruri lo formaba el macizo central de la raza con zamarras de oveja, cazadoras de plásticos y paños rudimentarios  que albergaban corazones sencillos. Con lágrimas en los ojos la multitud gritaba: ,,¡No pasarán! », aquel alarido de resistencia que ya se ha hecho romántico, el cual ahora subía hacia los altos despachos y se perdía por el horizonte de los automóviles atascados, y mientras cada día un pedazo de la Historia se derrumba, el cadáver de Dolores Ibárruri esta tarde pasaba entre tantos escombros como una sombra de nostalgia. 

DE LOS POLITICOS

De La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, p.56
Ésta es una idea profunda mía, pero nació a su vez de otro idea profunda. Lo dijo un invitado de papá que vino ayer a cenar: "Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, enseñan a hacerlas; los que no saben enseñar, enseñan a los que enseñan, y los que no saben enseñar a los que enseñan, se meten en política.» Todo el mundo pareció encontrar aquello muy inspirado, pero no por los motivos adecuados. "Cuánta razón tiene», dijo Colombe, que es especialista en falsa autocrítica. Forma parte de aquellos que piensan que el saber vale por el poder y el perdón. Si sé que formo parte de una elite autosatisfecha que sacrifica el bien común por exceso de arrogancia, me libro de la crítica y consigo con ello el doble de prestigio. Papá también tiende a pensar así, aunque es menos cretino que mi hermana. Él todavía cree que existe algo llamado "deber» y, aunque sea a mi juicio quimérico, ello lo protege de la idiotez del cinismo. Me explico: no hay mayor frivolidad que ser cínico.

UNA DE ESPIAS

De El significado de la traición, de Rebecca West, p. 16-17
Desde ese punto de vista, el caso de Anthony Blunt es indefendible. No es a lo que debería tender siempre la ley, que es la franqueza total. Se ha ocultado el grado de importancia que tuvo –o dejó de tener- Anthony Blunt en tanto que informador, lo cual ha desencadenado una desaconsejable falta de confianza en el cuerpo político. No puede haber nada peor para nuestra sociedad que la creencia de que los ricos pueden infringir las leyes a cuyo cumplimiento se obliga en cambio a los pobres. Una vez que trasciende que un miembro de una importante institución social puede saltarse la ley sin que ello vaya en detrimento de su pertenencia a la misma, dicha institución cae en descrédito. Ofrecerle a Anthony Blunt inmunidad procesal a cambio de una declaración acerca de su conducta, y que se le permitiera seguir siendo funcionario de la corte, fue jugar con fuego. Algunos de los abogados del Estado responsables de este anómalo proceder tal vez hayan fallecido ya, pero estaría bien que estos curiosos actos no cayeran en el olvido. Otros aspectos sí pueden olvidarse. A nadie le im porta un comino que las personas en tales circunstancias sean rechazadas por cualquier sociedad culta. Las actividades de tales corporaciones rara vez revisten alguna importancia, y los miembros de las mismas pueden tener trato en sociedad con quienes estimen oportuno, o sean más afines a sus gustos. Ahora bien, ofrecerle a un hombre inmunidad y un cargo a perpetuidad en la parte de la sociedad que se presume que es manantial de toda honra constituye una medida aterradora po r la idiotez que revela. Por fortuna, en lo que atañe a la persona en cuestión, el episodio forma parle de un período que ya toca a su fin. A pesar de todo, sin ningún género de onda fue orquestado por una jerarquía oficial capaz de actuar con fatuidad poniendo en peligro al Estado; si bien no hemos de perder el sueño por culpa de Anthony Blunt, tenemos en cambio motivos serios de recordar que una profesión privilegiada, una jerarquía pomposa, pueden incurrir en errores que a su vez pueden tener peligrosos efectos en nuestras ideas e ideales políticos.




BENETIANA

De Agonía confutans, de JB
EL CENSOR.
Yo creo en la mudanza de los hombres. ¿Habéis probado a ser los mismos de siempre?
CORPUS.
Jamás hemos dejado de ser los mismos. Es muy fácil demostrarlo por la reducción al absurdo. Para ser distinto, en dos momentos distintos, es preciso saber la diferencia, lo que exige que en cada momento se sepa lo que se es; pero como yo sé ahora lo que soy, no puedo saber lo que he sido a menos que sea lo que he sido o sea aquél que siempre sabe lo que ha sido e incluso lo que es; ahora bien, como no se puede ser sin saber lo que se es, tampoco se puede saber lo que se es sin ser lo que se sabe que se es y, por consiguiente, aquél que siempre sabe lo que ha sido es aquél que siempre ha sido lo que sabe que es; y como esto es lo que es, esto mismo es lo que ha sido.
EL CENSOR.
Ya.
PERTES.
A menos que no sepa nunca lo que es o que sepa solamente lo que no sabe ser. En tal caso, como no sabe lo que es tampoco sabe ni supo lo que fue y sigue siendo aquél que sin saber lo que ha sido ni lo que es, puede saber que no es lo que ha sido.
EL CENSOR.
¿Y por qué no probáis a no ser lo que habéis sido?
CORPUS.
Nos sentiríamos muy solos.

DEL PODER

De Anastas o el origen de la Constitución, de JB
ANASTAS.
Sentaos todos. Así me gusta. Vamos a celebrar el primer Consejo de este Gobierno tan reciente como brillantemente formado. Un equipo de hombres jóvenes —técnicos en su mayoría—, perfectamente preparados y con una gran experiencia administrativa, se disponen a gobernar el país, atrozmente desmantelado por la cuadrilla de viejos e ineptos caciques que les precedieron. Los tiempos no cambian, pero sí los apelativos. Lo que se pide de ustedes, caballeros, no es poco: una mayor flexibilidad en el procedimiento, mejor compenetración entre los servicios, un tipo de inversiones con miras a equilibrar la balanza de pagos, atrozmente escorada. En lo posible olvidaremos el Fisco para atender a la Hacienda y en cuanto a la Industria cabe hacer dos cosas con ella: o fomentar su desarrollo, haciendo de tripas corazón, o suprimirla de raíz de una vez para siempre, visto que lo único que proporciona—además de mucha hambre— es un continuo dolor de cabeza. Particularmente yo me inclinaría, así pues, por desmantelarla, haciendo borrón y cuenta nueva. A ustedes les toca decidir. Lo anteriormente dicho vale igualmente para la Agricultura, el Comercio, la Instrucción Pública... Son cosas todas ellas caras y enojosas que, bien miradas, apenas aportan nada al bienestar público. Creo, señores, que con algo de habilidad por nuestra parte se podrán suprimir sin que nadie se aperciba de ello. Otra cosa muy distinta la constituyen las Relaciones Exteriores y el Ejército. Por lo que se refiere a lo primero podemos —si tal es el parecer de ustedes— continuar e intensificar nuestra anterior política de aislamiento hasta llegar a un grado de soledad dificilmente imaginable. Ello contribuirá en alto grado a simplificar el Comercio, las Aduanas, el cuerpo de Carabineros y el Diplomático, una partida de gandules que nos está dejando en la miseria. Con el cierre total de las fronteras podremos, además, incrementar el Ejército para tenerlas bien vigiladas. He oído que los haberes de la tropa son miserables. Si manteniendo el mismo presupuesto de Defensa, aumentamos los cuadros de oficiales y clases, todos tocarán a menos y cundirá el malestar; contra lo que la gente cree no hay como la estrechez y el malestar para mantener a la tropa en los cuarteles, jugando al naipe. Tal ha de ser nuestra línea general: ambiciosa, atrevida y optimista. Con semejante programa podemos mirar con franquía al porvenir; la patria rejuvenece y sonríe. En este sentido sólo una cosa me preocupa y es que desemboquemos en un exceso de bienestar. La prosperidad no es cosa de hombres. Y nada más. Con estas breves palabras, juiciosas y rotundas —como corresponden a tan providencial monarca— les he dado trabajo para meses, tal vez años. Ya pueden ustedes comenzar, y no alcen demasiado la voz porque quiero meditar sobre lo que se nos viene encima.
(ANASTAS se reclina sobre el Trono y, simulando dormir espía a sus MINISTROS.)

COMO HA PASADO EL PASADO

Respuestas de Felipe González y E. Tierno Galván a sendas entrevistas en: Los partidos marxistas. Barcelona: Anagrama, 1977
Decía FG:
32. ¿Aceptarías que tu compañera mantuviera relaciones con personas de ambos sexos?
La respuesta que hay que dar a eso, y lo digo exactamente así, es que la sociedad todavía no es capaz de asimilar ningún fenómeno de esta naturaleza.
Decía ETG:
32. ¿Aceptarías que tu compañera mantuviera relaciones con personas de ambos sexos?
No, de ninguna manera, no es entendible. Desde mi punto de vista, que yo creo comparten muchos otros revolucionarios socialistas, esto responde a formas decadente de la burguesía. En todas las experiencias históricas de la decadencia burguesa observamos lo mismo: crecimiento de la pornografía, desarrollo de los poemas o de la lírica erótica, refugio en el placer por no encontrar otras apoyaturas sólidas, etc.
Cuando el hombre y la mujer tienen sus tentáculos ideológicos y vitales firmes, la sexualidad tiene un lugar absolutamente secundario. Y además están educados en el orden intelectual y sexual para que sus instintos estén de acuerdo con una cierta normativa, no para que las normas sigan a los instintos. De esta manera, si una mujer o un hombre no pueden reducir sus instintos al canon de lo que se entiende por el sentido mayoritario que es normal, si no saben, mantener unos principios ascéticos para que sirvan de modelo regenerador y de ayuda al proceso revolucionario, es que no tienen energía revolucionaria y, por tanto, eso es castigable, no tolerable. No es un modelo que se pueda tener en cuenta.

FAULKNER Y GALICIA

De Cuentos y cuentistas, de Harold Bloom, p.223
WILLIAM FAULKNER (1897-1962)
Escribiendo sobre Faulkner hace una docena de años, profeticé algo que ahora se hace necesario perfilar:
Su gran familia la forma un Dickens enloquecido más que un Conrad salvaje, y la horrible saga del clan Snopes, desde el exageradamente competente Flem Snopes al del acertado nombre de Wallstreet Panic Snopes. Flem, como señala David Minter, está libre de toda angustia. Su sitio está en Washington D. C.: ha llegado hasta allí y provee de personal a la Casa Blanca. Y vaya por dónde que también provee de personal a las universidades y pronto lo hará con todo el país en cuanto sus hijos espirituales, los yupis, lleguen a la edad adulta. Ivy League Snopes, Regan Revolution Snopes, Jack Kemp Snopes: las posibilidades son ilimitadas. Sus familias arruinadas y ahogadas por el peso de la tradición son el tributo que Faulkner rinde a su región. Su dan Snopes es el obsequio a su país.
Ahora, en agosto de 1998, un Snope es portavoz de la Cámara de Representantes, otro encabeza el Senado y un Snopes (del partido contrario) es el presidente del Gobierno.
El Congreso esté dividido casi al cincuenta por ciento entre los que son Snopes y los que no. La visión de los Snopes es tan magnífica y omniabarcadora que merece convertirse en nuestra mitología nacional política y económica.

ALL ABOUT FRANCO

ALL ABOUT FRANCO
De Aire nuestro, de Manuel Vilas, p. 162-163
La tromboflebitis de Francisco Franco no la causé yo, claro, ésa la organizó el tiempo y la vejez, pero yo sí podía cerrar alguna puerta inexplicablemente, dilatar una cura, entorpecer el paso de las enfermeras, esconder un tubo, camuflar unas tijeras, apagar la luz de repente. Todas esas cosas que llevaron al doctor José Luis Palma Gámiz a pensar que en el El Pardo había fantasmas y denunciarlo así al coronel Estrada Marqués, jefe de la seguridad del moribundo Caudillo. A pesar de mis desvelos, Franco resistía. Al ver su resistencia, casi me conmoví. No era un tipo cualquiera. Estaba a la cabecera de su cama, fumándome un puro, cuando Franco expiró. Aplaudí pero no sonaron los aplausos. El también hubiera aplaudido de ser yo el muerto, cosa que era, tiene gracia. Él llevaba aplaudiendo sus muertos durante cuarenta años. Pude ver su memoria y su inteligencia en el tránsito de la vida a la muerte. Vi que había sido feliz y dichoso, vi que amaba la vida tanto como despreciaba a los españoles, tiene gracia eso. Sirvió a algo oscuro que no era él. En realidad, acabó sirviendo a la monarquía. También él era la monarquía, una monarquía sin sangre de la buena, sólo con sangre de los otros, de todos aquellos desgraciados a quienes reventó la vida. Pero la gente lo quería, Fidel, la gente lo quería. O se querían a sí mismos, o querían la vida que él les dio porque carecían de imaginación para pensar una vida distinta a la que él les daba. Quiero decir que su pueblo era como él. Cuando decidieron que ya no querían ser así, lo tiraron a él en vez de tirarse ellos. Para eso sirven los generales, Fidel. Pensaron que nunca habían sido como él y le dieron a Franco el protagonismo absoluto, pero Franco sólo era una emanación de ellos, de millones de españoles que eran así. Esto es jodido de afirmar. Se escudan diciendo que no podían hacer nada, y bla, bla, bla, pero es mentira, Fidel, una puta mentira. A la media hora ya estaba el espíritu de Franco dando vueltas por el mundo, sin destino. Entre el afán dejos médicos por mantenerlo vivo y mi afán en entorpecer su labor, elj sufrimiento final de Franco fue comparable al de los mártires, esos que tanto le gustaban. Por fin, el hijoputa tuvo su martirio. Era alucinante ver cómo ej espíritu de un hombrecillo había oscurecido la vida de treinta millones de personas. Eso da náuseas. No son gente normal, estos tipos, los españoles. Aspiran a joderse los unos a los otros.

EL CAPITAL, AGAIN

POLITICA
De El capital, de Karl Marx, resumido por Gabriel Deville, p. 111-112
III. TRABAJO DE LAS MUIERES Y DE LOS NIÑOS
Haciendo innecesario el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de escasa fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderé de la máquina, exclamó: «¡trabajo de mujeres, trabajo de niños!» La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del hombre, se convirtió al punto en medio de aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo el látigo del capital a todos los miembros de la familia, sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del capital, usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.
El valor de la fuerza de trabajo estaba regulado por los gastos de sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado, y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede ocurrir que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende ahora, le produzca más que antes la sola fuerza de su jefe; pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una, y es preciso que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital, no solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es como la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva al mismo tiempo el grado de explotación.
El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato, cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas libres, ambos comerciantes: poseedor uno de dinero o de medios de producción y otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el instante en que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.
Por la incorporación al personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y dócil de las mujeres y los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.
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LA CANCION DE BENET


De Letras libres -mágnifica revista mejicana-, nº 97: un artículo de Molina Foix: La canción de Benet

Fui a ver Amazing Grace, temiéndome lo peor, como homenaje a Juan Benet, una de las personas fundamentales de la literatura española contemporánea (por no hablar de mi vida). Se confirmó lo peor, pero en dos momentos sentí emoción, no por el film, que es de un convencionalismo apabullante, sino por el recuerdo de las noches en la calle Pisuerga de Madrid donde vivía Benet y de donde raramente se salía sin la ceremonia de escuchar “Amazing Grace”, el himno humanitario que el político abolicionista William Wilberforce cantó vibrantemente en un mitin a finales del siglo XVIII y que desde entonces es popular en el ámbito anglosajón. A Benet, la persona menos sentimental que he conocido, el mensaje del himno le daba un poco igual, y lo tenía grabado en una versión para banda de música con predominio de gaitas escocesas, que es lo que a él le gustaba: al sentimiento de base de la melodía se superponía la pompa un poco chistosa del viento de la gaita.
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Sólo tienen viveza, y me temo que eso lo dan el set y la situación, las escenas de debate parlamentario; ver los escaños de los Comunes y los Lores, las pelucas, el griterío mordaz de sus señorías y el mazo del speaker en acción siempre reconforta. Y aún más cuando algunos de los personajes históricos que debaten están interpretados por actores de genio. Por ellos (y por la memoria gaitera de Benet) di por bien gastados los euros de mi entrada, pues no es un lujo superfluo ver a Michael Gambon (en el papel de Lord Charles Fox); a Albert Finney, encarnando a John Newton, el verdadero creador de la canción “Amazing Grace”, en sus dos escenas, una como vidente, otra como ciego; a Rufus Sewell en una recreación del orate Thomas Clarkson para la que sin duda se ha inspirado en el aspecto, el peinado y la voz cavernosa del Antonin Artaud actor de Gance y Pabst. Y así como el protagonista, Ioan Gruffudd, no le da densidad, sino sólo aspavientos, a su Wilberforce, es para mí un descubrimiento el actor Benedict Cumberbatch en su rol de Pitt el Joven, una de las figuras más atractivamente enrevesadas de la política dieciochesca.

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