Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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ESPAÑA ARRIBA

La higuera, Ramiro Pinilla, p. 108
-Di «Arriba España».
El «Arriba España» de Pedro Alberto ha sido lo menos parecido a un grito, las dos palabras han sonado lánguidas.
-¿Arriba España?
-Arriba España -confirma Luis.
-Sólo si lo sientes -dice Pedro Alberto.
El hombre traga otra vez saliva y se aclara la garganta. Está convencido de que en la adecuada emisión de sus dos próximas palabras se juega el pellejo. Aspira hondo.
-iArriba España!
Ha sido más bien un relincho desquiciado. Enmudecen las voces que nos llegaban de todas las dependencias de la comisaría. Después, el bullicio se recupera. El hombre nos ha ofrecido, además, un saludo fascista que ni el propio Mussolini. Si ha dejado bastante que desear su representación debe atribuirse a los nulos ensayos en la zona roja. Tampoco sería justo exigir al hombre el fervor patriótico de los que llevarnos meses o años en Falange. Nuestros «iArriba España!” son desgarrados, potentes, algunos dicen que rabiosos, el enemigo los califica de ladridos. Y creo que es verdad: son corno proyectiles lanzados contra alguien. La parte negra de España debe saber que nos hemos puesto en marcha y que nadie detendrá a unos españoles sin miedo que avanzan con la camisa azul muy abierta, ofreciendo su pecho generoso. Este hombre no ha sido tocado, corno yo, por los ardientes discursos de José  Antonio. Bastante hace con buscarnos. Sólo está un poco fuera de tono.

Su grito deja al hombre agotado. Pedro Alberto le da unas palrnaditas en la espalda, y él y yo observarnos su reacción cuando nos llegan los alaridos de alguien a quien están trabajando en los sótanos. No se inmuta.

INCIPIT 899. AÑOS LENTOS / FERNANDO ARAMBURU

Primera cena
Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueve años con unos parientes míos de San Sebastián. Y fue de esta manera: que mi pobre madre, desamparada por aquel mal hombre que fue su esposo; al cual me niego a nombrar en este escrito, no podía mantenernos ni a mí ni a mis hermanos; buscó ayuda en el pueblo, no la encontró y en consecuencia no tuvo más remedio que darnos a la Casa de Misericordia de Pamplona.

Decía llorando que por unos meses, pero nosotros sospechamos que mentía para hacernos la reclusión más llevadera. Movidos por el cariño que le profesábamos, fingimos creer que dentro de poco tiempo estaríamos de vuelta en casa. Ya que no es esta la historia que a usted le conviene para su novela, la acortaré diciendo simplemente cómo mi madre tenía una hermana que se había ido a trabajar de joven a una fábrica de boinas de San Sebastián. Fue también criada en casa de unos franceses y no sé qué más. Allí conoció a mi tío Vicente Barriola, que era originario de la ciudad, más conocido por el apodo de Visentico. Se casaron y tuvieron dos hijos

LA CAIDA

Patria, F Arambueru, p. 499
La caída
Entraron en una racha de ekintzas y si no hicieron más es porque tardaban en entregarles el material. Reclamaron: ¿Qué pasa? Y el enlace, de mal humor, les respondió que no eran los únicos. Les falló un petardo de amonal al paso de un convoy de la Guardia Civil, que mira que si llega a explotar vuelan picoletos hasta los tejados y ellos habrían sumado muchos puntos dentro de la organización.
Le reventaron el comercio de automóviles a uno del que decían que si esto, que si lo otro. ¿sería verdad? Da lo mismo. Se lo reventaron. Y hasta hubo que evacuar el edificio. Un acraoo en la sucursal de un banco les ayudó a mejorar sus finanzas, que ese sí que era un problema. Vivían con menos de lo justo. Y ya tenían planeada hasta el último detalle la ejecución de un policía jubilado cuando supieron que la dirección al completo de ETA había sido capturada en una villa, casa, chalé o lo que fuera de Bidart.
Desconcierto total. Aún más: sensación de orfandad. ¿Qué hacer? Joxe Mari, preocupado,  agorero, recordó que a Potros Je pillaron el día de su detención una larga lista de militantes. A vers a estos inútiles los han cogido también con todo el tinglado. Patxo advirtió:
-Yo al monte no vuelvo.

Decidieron esperar acontecimientos y suspender las actividades hasta que no se aclarase la situación. Los tres pasaban el día entero fuera del piso. Por precaución y por la insistencia de Joxe Mari que veía agentes de paisano incluso en la forma de las nubes

INCIPIT 872. PATRIA / FERNANDO ARAMBURU

Tacones sobre el parqué Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida.
Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza ...
En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola. Y si, aunque ella no pudiese verla desde la calle, Bittori la estaba mirando con pena y con el entrecejo arrugado, y hablaba a solas y susurró diciendo ahí va la pobre, de adorno de ese vanidoso a quien nunca se le ha pasado por la cabeza hacer feliz a nadie. ¿No se da cuenta de que una mujer ha de estar muy desesperada para tratar de seducir a su marido después de doce años de matrimonio? En el fondo es mejor que no hayan tenido descendencia.

Nerea agitó brevemente la mano en señal de despedida antes de meterse dentro del taxi. Su madre, en el tercer piso, oculta tras el visillo, desvió la mirada. Se veía una amplia franja de mar por encima de los tejados, el faro de la isla de Santa Clara, nubes tenues a lo lejos. La mujer del tiempo había anunciado sol. Y ella, ay, qué vieja me estoy haciendo, volvió a mirar la calle y el taxi ya se había perdido de vista.

NACION Y LITERATURA

Patria, Fernado Arambueru, p. 348
-El nuestro ha sido un pueblo emprendedor, aventurero, de hombres valientes y piadosos. Hemos trabajado la madera, la piedra, el hierro, y hemos andado por todos los mares; pero desgraciadamente, en el curso de los siglos, los vascos no hemos prestado suficiente atención a las letras. ¿Qué te puedo yo decir a ti que tú no sepas? Tú, que según tengo entendido, eres un gran lector y, por lo que ahora sabemos, un poeta.
Gorka asentía cohibido. Enfrente, un espejo de pared, junto al colgador de las casullas, le devolvía su imagen espigada, su nariz un poco (bastante) aplastada. El cura, a lo suyo.
-Dios te ha concedido talento y vocación, y yo, hijo mío, en su nombre te pido que seas disciplinado y pongas tus capacidades al servicio de nuestro pueblo. Es esta una tarea que atañe muy especialmente a los jóvenes que ahora empezáis a escribir. Tenéis energía, tenéis salud y un largo futuro por delante. (Quién mejor que vosotros puede dar forma a una literatura que se convierta en el pilar central de la salvaguarda de nuestra lengua? ¿Entiendes lo que te digo?
-Claro.
-El euskera, alma de los vascos, necesita apoyarse en una literatura propia. Novelas, teatro, poesía. Todo eso. No basta que los niños vayan a la ikastola, que los padres les hablen y canten en euskera. Son más necesarios que nunca unos grandes escritores que lleven el idioma a su máximo esplendor. Un Shakespeare, un Cervantes, en euskera, eso sí que sería maravilloso. ¿Te imaginas?
Gorka se vio a sí mismo en el espejo, asintiendo.

-iAy, este entusiasmo mío! Lo que quería decirte es que sigas formándote y escribiendo, para que nuestro pueblo construya una cultura también por medio de tus manos. Cuando tú escribas es Euskal Herria la que, desde dentro de ti, escribe. Y a sabemos que esta es una responsabilidad mayúscula, quizá demasiado grande por ahora para un hombre todavía joven e inexperto como tú. Pero es una misión, créeme, hermosa, muy hermosa, y en estos momentos de nuestra historia, lo digo sin temor a exagerar, sagrada. Tienes mi bendición, Gorka. Si te aprieta alguna necesidad, no importa de qué tipo, no dudes en visitarme. En todo momento se te echará una mano para que puedas dedicarte con intensidad al noble oficio de escribir.

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