Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Yourcenar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Yourcenar. Mostrar todas las entradas

SEPPUKU


Mishima, Yourcenar, p. 142
Todo está a punto. El seppuku será el 25 de noviembre de 1970, día en que el último volumen de la tetralogía es remitido al editor. Aunque esté sumergido en la acción, Mishima regula todavía su vida con sus obligaciones de escritor: se jacta de no haber dejado nunca de enviar un manuscrito en la fecha fijada. Todo está previsto, incluso –suprema cortesía para los asistentes, o supremo deseo de conservar hasta el final la dignidad del cuerpo- los tampones de guata que servirán para impedir que se salgan las entrañas durante las convulsiones de la agonía. Mishima, que cena en un restaurante el 24 de noviembre con sus cuatro fieles, se retira para trabajar como todas las noches, acaba su manuscrito o le da los últimos retoques, lo firma y lo mete en un sobre que vendrá a buscar, a la mañana siguiente, un empleado del editor. Cuando apunta el día, toma una ducha, se afeita meticulosamente y se pone su uniforme del Escudo sobre un slip de algodón blanco y sobre la piel desnuda. Unos gestos cotidianos, pero que ya tienen la solemnidad de lo que nunca se volverá a hacer. Antes de salir de su despacho, deja sobre la mesa un trozo de papel: «La vida humana es breve, pero yo  querría vivir siempre». La frase es característica de todos los seres lo bastante ardientes para ser insaciables. Pensando bien en ello, no hay contradicción entre el hecho de que esas palabras hayan sido escritas al amanecer y el hecho de que el hombre que las ha escrito esté muerto antes de que termine la mañana.

ADRIANO


Una vuelta por mi cárcel, Marguerite Yourcenar, p. 174
En mis propias obras dos viajeros, sobre todo, se imponen. Uno de ellos, el emperador Adriano, parece haber poseído verdaderamente las características más esenciales de los viajeros de todos los tiempos: hombre de negocios y hombre de Estado movido por razones pragmáticas, que recorre, en sus largos periplos, el vasto mundo romano de su tiempo y sus fronteras bárbaras, pero para quien el viaje era también placer y pasión personales, además de -cosa que sigue siendo, incluso en nuestros días, todo viaje inteligentemente realizado-, una escuela  de resistencia, de asombro, casi de ascesis, un medio de perder los propios prejuicios confrontándolos con los del extranjero. Adriano el Griego, como lo llamaban sus detractores en Roma, escapó de la rutina romana o, más bien, supo integrarse en otra cosa gracias a su cultura, es verdad, pero también gracias a sus viajes. Parece ser que fue el primer hombre -el primer hombre conocido- que escaló una montaña no sólo por razones religiosas, como lo hizo en el monte Cassio en Siria, sino también, como en el Etna, por el puro placer estético y  científico de contemplar desde muy alto el sol naciente. A la vez organizador, peregrino, aficionado y observador del bello espectáculo del mundo.

JAPON


Una vuelta por mi cárcel, MYourcenar, p. 66
El mismo coraje de no ser vencidos, que hizo arrodillarse a batallones enteros para dejarse decapitar  por sus jefes, quienes se suicidaban después “a la manera grande”, que lanzó a los cojos y enfermos de los hospitales contra las ametralladoras enemigas, que obligó a los habitantes de pueblos enteros a arrojarse desde lo alto de los promontorios en las islas invadidas por los marines, que impulsó a los kamikaze a estrellarse voluntariamente sobre la borda o la chimenea de los navíos de guerra, se reconvirtió en chovinismo industrialista. Esos deslustrados muros de fábrica albergan unos equipos que, desde por la mañana, empiezan su trabajo con un himno a la gloria de su sociedad; por una estadística japonesa sabemos que, en caso de seísmo, de cien japoneses hay noventa que llaman por teléfono a la oficina antes de llamar a su propia mujer: están casados con la compañía. Los días laborales, los trenes de cercanías, que se paran al primer síntoma de temblor de tierra, vomitan por la mañana y se tragan por las noches a unos cuantos millones de hombres vestidos, al parecer, con el mismo traje. Se perdió la guerra, que en lo sucesivo retrocede a ese tiempo cíclico que es el de Asia, e incluso parecen haberla olvidado, pero se ha conquistado, ya que no la prosperidad -noción siempre frágil y vacilante en nuestros días y que el Japón, por lo demás, asfixia con demasiadas  obligaciones-, al menos un imperio industrial y financiero sobre el que no se pone el sol naciente.

CRUCERO


Una vuelta por mi cárcel, Yourcenar, p. 55
El barco es hermoso como todos los barcos a punto de zarpar. En nuestra época en que los trayecros utilitarios se hacen en avión, un crucero es lo único que permite hacer largas travesías. Recurso ayer aún, los petroleros y los buques de carga gigantescos hoy ya no dejan apenas si ti o para el flete humano. Los pasajeros pertenecen aquí, por tanto, a esa extraña clase de vagabundos ricos, de edad madura o muy madura, que viven de un sustancioso retiro o del producto de su cuenta corriente y, por consiguiente, se ven dispensados de ir a la oficina. Muchos saltan de un crucero a otro, y a veces incluso eligen como domicilio el barco durante todo el año, escapando así de la rutina en tierra firme. Éstos apenas visitan los puertos exóticos que ya conocen, y la brevedad de las escalas no anima a penetrar en el interior del país; muchos de ellos ya no ponen el pie en la pasarela más que para bajar a comprar -en las tiendas para turistas más cercanas al puerto- el acostumbrado baratillo de cosas. Cuatro comidas, la orquesta de a bordo -canciones nostálgicas a la hora del té, rock o seductores cantantes armados con su micrófono por la noche-, la piscina de color azul chillón sobre la que flota el olor a lunch servido a los bañistas, el inevitable yoga, que se reduce a unos cuantos ejercicios de flexibilidad -por lo demás, muy útiles-, dos sesiones de cine durante las cuales ponen películas antiguas, el baile cuando el parqué del salón no oscila demasiado, acompasan los días. El bridge es un pasaporte en esa sociedad: J., ue juega muy bien, se ha hecho popular y le llaman por su nombre de pila. Las fiestas mundanas “de cinco a siete” a las que   recíprocamente se invitan, y que preceden o siguen a las del capitán, permiten que las mujeres luzcan las faldas de gasa y los escotes que no podrían ponerse a menudo en Cincinnati o en Brisbane. Tres o cuatro bares constituyen los lugares santos de a bordo: un suave alcoholismo conduce a la amenidad y une a los solitarios. Haríamos mal en hablar con desdén de esas oleadas de martini, de bourbon o de vodka, cuando, en cambio, nos enternecemos al recordar pequeñas tabernas frecuentadas por los borrachos y borrachas de Amsterdam, macerados en ginebra, pobres y dorados como unos Rembrandt. Pero el alcohol es como el amor o la vejez: encontramos en él lo que a él aportamos. Al parecer, los pasajeros de este barco de crucero no aportan nada.

SAN FRANCISCO


Una vuelta por mi cárcel, Yourcenar, p. 49
París, Venecia, San Francisco, en el siglo XVIII la Roma de los cardenales y de Casanova, también en el XVIII la Edo de las estampas y de las casas de té, en el XIX la Viena de los valses, son ciudades donde, en ciertos momentos al menos, ha sido agradable vivir. La Roma de Casanova ya no está en Roma; Tokio ha asfixiado a Edo; París chirría; Venecia, lamida por las altas aguas, se hunde con una sonrisa. En San Francisco, asentada sobre una grieta geológica, se teme cada día un desastre semejante al de los primeros años de este siglo. Acepta de buen grado ese peligro. Sus colinas, montañas rusas sobre las cuales nadie comprende como pudo edificarse una ciudad, sorprenden; sus casas, coronadas aquí y allá por inquietantes rascacielos, siguen estando a escala humana en su mayoría, y sus tonos de color pastel: azul, blanco, rosa o verde pistacho, dan a sus calles el aspecto de un helado de arlequín. Se ha reconstruido, a lo largo del agua, un muelle al estilo del que imaginamos fue el del siglo XIX; sus construcciones de madera y de ladrillo recuerdan el decorado de una ciudad situado en Victoria, en la galería de un museo: la nostalgia se expresa en nuestros días mediante puestas en escena hollywoodenses. Pero en los cafés se encuentra comida rápida y los camareros no espantan, de un servilletazo, a los pájaros que picotean por entre las mesas; hay unas placitas peatonales que se animan con hombres que echan fuego por la boca y con acróbatas; unos taxistriciclos pasean a las parejas. El square San Francisco, rodeado de edificios altos, ha perdido su anticuado encanto de antaño, pero la gente que por allí pasea o mordisquea unos sándwiches sentada en los bancos parece sosegada.
Blanca, azul, rosa y gay.

SCHLIEMANN


Una vuelta por mi cárcel, M.Yourcenar, p. 99
Más abajo, en Sacramento, al norte de California y por la misma época, un alemán de unos treinta años pesa ese polvo de oro y gana bastante con su adquisición, aunque tenga que velar noches enteras, con el revólver en la mano, sobre la caja fuerte donde lo ha encerrado. Es Schliemann. Sus dedos tienen afinidad con el metal amarillo. Tras él hay ya una larga carrera de aventurero: ha amasado o amasará en dos continentes dos o tres fortunas; descubrirá un día el oro de Troya y el oro de Micenas. Si la fiebre amarilla lo hubiera llevado hasta Sacramento, como a punto estuvo de hacerlo, o si alguno de sus peligrosos clientes lo hubiese matado de un pistoletazo, nadie se acordaría hoy del hijo de un tendero de Mecklemburgo, que naufragó en Texel, especuló en Rusia con el añil y que después, por avidez de ganancia, se trasladó al brutal Oeste americano de su tiempo. No se imagina que será algún día una de las glorias de la Atenas del siglo XIX, como tampoco presiente que soñará sobre el terreno con emprender excavaciones en las inmediaciones de la Gran Muralla, ni que será uno de los últimos que vieron con sus propios ojos el Japón de los shógun. Más vale no morir demasiado pronto.

INCIPIT 961. UNA VUELTA POR MI CARCEL / MARGARITA VOUCENAR


El día y la noche son los viajeros de la eternidad … Los que pilotan una chalana o llevan todos los días su caballo al campo hasta que sucumben de vejez también viajan continuamente. Muchos hombres de tiempos remotos murieron por los caminos. A mí me ha tentado, a mi vez, el viento que desplaza las nubes, y me ha invadido el deseo de viajar también.
Así hablaba, a finales del siglo XVII, el poeta japonés Basho, que caminaba errante por las provincias del norte calzado con sus endebles sandalias de paja (¡cuántas sandalias usadas y abandonadas a orillas del camino en el transcurso de un viaje así!), tocado con el cono de paja que todavía hoy constituye el sombrero de los monjes errantes y de los peregrinos. Visita, de paso, el templo Chílson y su santuario, todo él de oro, poblado de estatuas del mismo metal, ante las cuales, incluso en nuestra época, los peregrinos abren desorbitadamente los ojos, y sueñan con los esplendores de la Tierra Pura. Las minas de la región habían alimentado los lejanos esplendores de los Fujiwara; agotadas desde hacía siglos, su espejismo aún obsesionaba a Cristóbal Colón, y entre ellas la de Cipango (es decir, Japón) era uno de los objetivos que él creyó primero encontrar en el mar Caribe. Sólo se equivocaba de océano.

INCIPIT 856. RECORDATORIOS / MARGUERITE YOURCENAR

El ser a quien llamo «yo» llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana, en Bruselas, y nada de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos, para luego instalarse en el Hainaut. La casa donde ocurría este acontecimiento –ya que todo nacimiento lo es para el padre y la madre, as! como para algunas personas que les son cercanas-se hallaba situada en el número 19.3 de la Avenue Louise, y ha desaparecido hará unos quince años, devorada por un edificio alto.

Tras haber consignado estos hechos que no significan nada por s! mismos y que, sin embargo, y para cada uno de nosotros, llevan más lejos que nuestra propia historia e incluso que la historia a secas, me detengo, presa de vértigo ante el inextricable enmarañamiento de incidentes y circunstancias que, más o menos, nos determinan a todos. Aquella criatura del sexo femenino, ya apresada entre las coordenadas de la era cristiana y de la Europa del siglo XX, aquel pedacito de carne color de rosa que lloraba dentro de una cuna azul, me obliga a plantearme una serie de preguntas tanto más temibles cuanto que parecen banales y que un literato que conoce su oficio se guarda

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia