Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.648. ODISEA / STEPHEN FRY


Bienvenidos a Odisea. Este es el cuarto libro de esta serie mía de reinterpretaciones de los mitos griegos. Os aseguro que para entenderlo y disfrutarlo no hace falta haber leído los tres anteriores: Mythos, Héroes y Troya. Naturalmente, espero que os apetezca acudir a ellos o que ya lo hayáis hecho, aunque la historia de la Odisea se sostiene por sí sola, en todos los sentidos.

          Dicho lo cual, quizá merezca la pena que nos demos un paseo por el circuito antes de que empiece la carrera para familiarizarnos con el mundo en el que hemos entrado. Tal vez la mejor forma de hacerlo sea pensar en las tres «edades» que se corresponden con los tres primeros libros de la serie.

LA EDAD DE LOS DIOSES

El nacimiento y ascenso de los dioses constituye la primera parte del libro Mythos. Tras una serie de tumultuosos derrocamientos, doce grandes entidades divinas se establecen en el monte Olimpo para gobernar el mundo y sus territorios. Su rey es Zeus, el Padre Celestial. Al final del libro encontraréis una lista de los principales dioses con una breve descripción de sus naturalezas y responsabilidades.


AFRODITA


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p. 120

A veces, leyendo las siempre fascinantes pero siempre confusas sagas de los dioses griegos y romanos, me parece que lo que estaban haciendo escritores como Hesíodo o, más tarde, Ovidio, era ofrecer una especie de diccionario. Un diccionario en el sentido de un lugar donde los conceptos y las palabras se definen unas en relación con otras, solo que en este diccionario, esas relaciones son matrimonios, traiciones, incestos, amasiatos, amantazgos. Siempre es más fácil recordar la historia de una tremenda traición o un gran amor que una mera relación léxica entre palabras.

Afrodita, diosa de la Belleza, tiene una de las historias mejor conocidas, y es una de mis entradas favoritas del de los dioses en la Teogonía. Su historia está llena de gore, pero también de una dulzura extraña. La Tierra está furiosa con el Cielo, su amante, porque decidió encerrar a algunos de sus hijos —los más anómalos, los cíclopes y los centinamos-  en las profundidades oscuras de algún calabozo cósmico en vez de dejarlos vivir libre y plenamente. Así que reúne a los demás hijos, los titanes, y les pide que castiguen a su padre, les pide que Io castren. Ninguno se anima a hacerlo salvo Cronos, dios del Tiempo, que alegremente acepta el encargo  de matar a su padre. Así que un día, cuando el Cielo desciende sobre la Tierra para satisfacer sus deseos. Cronos lo atrapa y con un serrucho gigante le corta los testículos. Los avienta al Océano. Los testículos del Cielo flotan sobre el agua del Océano durante días, meses, tal vez siglos, hasta que un día, de la espuma blanca que emerge de ellos, nace Afrodita.

En una versión de la historia, la más literal. Afrodita es simplemente hija de la Tierra y el Cielo gracias a las acciones de su hermano Tiempo. Pero en otro sentido, más hondo. el diccionario de Hesíodo define la belleza como la unión del Cielo y la Tierra por medio del tiempo. O tal vez, como la unión del aire y el agua con la intervención del tiempo. O incluso la mezcla de dos elementos opuestos, uno palpable y otro inefable, a través del paso del tiempo. Y la clave radica,  por supuesto, en el tiempo. La belleza no surge Ipso facto, como nacen otras deidades de la frente o las piernas de Zeus. La belleza nace solo con el tiempo, a su tiempo, después de un tiempo. y no sin dolor y tiempo de espera.

 

 


ARION


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p. 216

Arión viajó a Sicilia para una competencia de poesía. Tocó su lira, cantó sus poemas, ganó el concurso. Su premio fue un saco de monedas de plata. Pero después, los marineros que tenían la tarea de llevarlo de regreso a Lesbos le robaron el saco de monedas y Io amenazaron de muerte. Le dieron dos opciones: morir en el barco y ser enterrado, más tarde, en tierra firme, o ser arrojado a altamar y ahogarse. Lo pensó, lo sopesó. Decidió ser arrojado al mar, pero pidió a los marineros un último deseo: quería tocar su lira una última vez y cantar uno de sus poemas. Los marineros le concedieron este último deseo y Arión empezó a tocar. Su canto y su música eran tan potentes, tan hermosos, que se acercaron al barco una familia de delfines y otros animales marinos para poder escucharlo. Cuando Arión terminó, se lanzó al mar. Pero una vez en el agua, lo rescataron los delfines, y uno de ellos Io llevó sobre su lomo hasta tierra firme.


PROTEO


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p. 39

La cosa fue que nunca nadie le dio ningún crédito por haber descubierto esos mosaicos, porque era jornalera y el crédito se lo llevó el arqueólogo. Pero Nanna siguió excavando y en un momento dado encontró un vestíbulo con mosaicos aún más hermosos, perfectamente preservados, con una representación del mito del dios Proteo: un dios del mar, elusivo, siempre cambiante, profeta y pastor de las bestias marinas, hijo del dios mayor del mar, Poseidón, y de Fénice. Proteo podia no solo ver el futuro, como la mayoría de los profetas, también veía el pasado remoto con absoluta claridad. pero detestaba revelar sus profecías a los mortales. Si alguien acudía a él en busca de información, Proteo cambiaba de forma, para escabullirse. En manos de su captor, se convertía en pez espada, en cámara, en tempestad, en medusa, en burro, en cepillo de dientes, en fuego, en barco, en libro.

¿En cepillo de dientes?

Bueno, en lo que fuera. Así, transformándose de una cosa en otra, despistaba y mareaba a su captor y lograba escapar.

Pez espada, cámara, tempestad, medusa, burro, cepillo de dientes, fuego, barco, libro, repite ella.

Sí, o en cualquier otra cosa, esos son solo ejemplos. Simplemente se metamorfoseaba en cosas distintas. Pero si su captor aguantaba y podía seguir reconociéndolo en todas sus metamorfosis, en algún momento Proteo volvía a su forma original de dios y revelaba la verdad sobre el pasado y el futuro antes de regresar otra vez a las aguas.


LAS MUSAS


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 18-19

En el pasillo, sobre unas repisas, había tres candelabro de tres brazos cada uno que le había regalado a mi padre una tía suya que vivía en la ciudad y que había sido enfermera de guerra. Eran de bronce con las figuras de las musas griegas sosteniendo la base de las velas. Mi padre me fue dando cuenta de aquellas diosas, hijas de Zeus, que era el jefe de los dioses, y de Mnemosina, que era la diosa de la memoria, y me hablaba de ellas como si las hubiera conocido en sus tiempos como alférez en la milicia por los montes pirenaicos, y me explicaba con emoción que eran jóvenes ociosas y de muy buen ver que no tenían la responsabilidad de los dioses principales y que llenaban el tiempo en el Olimpo escribiendo, cantando y enamorándose, y me comentaba cada detalle, esta que lleva la corona de laurel se llama Calíope y se ocupa de la belleza, y esta de la trompeta y del libro bajo el brazo es Clío, mi favorita, y es la musa de la historia, y la tercera de este candelabro es Erató, que, como ves, lleva rosas y una cítara, que es un instrumento musical de cuerda, como la lira, y aquella de la flauta es Euterpe y se ocupa de la música, y la de la máscara es Melpómene, la musa de la tragedia, y esta del vestido largo es la más espiritual de todas y se llama Polimnia, y en este otro candelabro está Talía, parece la más joven y graciosa, se ocupa de la comedia, y esta otra es Terpsícore, la musa de la danza y madre de las sirenas, otro día te hablaré de las sirenas, y la última es Urania, lleva un globo terráqueo en las manos como el que yo tengo en la escuela, porque es profesora de físicas y astronomías. Tantas veces me lo contaba que no tardé en memorizar sus nombres y ocupaciones.


ATENEA


Entra el fantasma, Isabella Hammad, p. 173

-Metis estaba embarazada del hijo de Zeus —leí—. Un oráculo le dijo a Zeus que si Metis tenía un hijo, usurparía el trono cuando creciera. ¿Sabes lo que significa eso? Significa que Zeus ya no sería rey de los dioses, sino que el rey sería su hijo. Y Zeus no quería eso, ¿y qué hizo entonces? —Miré más adelante-. Decidió comérsela. iSe la comió! Córcholis. —Seguí leyendo—. Y Metis era muy lista, y le dio consejos a Zeus desde el interior de su cerebro. Precioso. —Vi que Emil miraba mi cara en lugar de seguir las palabras de la página, así que quizá no supiera Ieer después de todo, sino que se limitaba a escuchar. Empecé a improvisar - Y así, encerrada dentro del cerebro de Zeus, Metis se puso a coser y coser y coser, y tejió una armadura completa para el hijo que aún no había nacido, y mientras barriga creció y creció y creció. Y a veces, solo para irritar a Zeus, sacudía la máquina de coser y él notaba unos ligeros pinchazos detrás del ojo.

Emil rió brevemente.

—Un día, Zeus sintió un horrible dolor de cabeza. Esta vez era peor que cuando Metis sacudía su máquina de coser. Le zumbaba, zumbaba y zumbaba, como si alguien tratara de salir de allí. El dolor de cabeza empeoró tanto que finalmente Zeus pidió a su amigo Ares que le abriera la cabeza con un hacha. ¿Te imaginas? Un dolor de cabeza tan fuerte que lo mejor que puedes hacer para eliminarlo es darte de hachazos.

Me miró. No estaba segura de que lo hubiera entendido.

—No me lo puedo imaginar —dije.

—Yo sí —dijo Emil.

—Ah, ¿sí? —dije complacida. Eramos camaradas—. Así que

Ares levantó el hacha, apuntó a la cabeza de Zeus y ¡TOMACASTAÑA! La cabeza se abrió por la mitad y de allí salió Atenea, vestida con la armadura y lista para la batalla.


EL JUICIO DE PARIS


Troya, Stephen Fry, p. 68

París miró hacia la segunda diosa, que ahora se le acercó con una sonrisa grave en los labios. En la superficie del escudo que portaba (por medio de un artificio que no comprendía) distinguió la expresión furiosa y aterrorizada de Medusa. Solo con la égida ya supo que la diosa que tenía delante era Palas Atenea, y sus palabras confirmaron su convencimiento:

-Regálame la manzana, París, y yo te daré algo más que poderes y principados. Te ofrezco sabiduría. Con la sabiduría viene todo lo demás: riquezas y poder, si quieres; paz y felicidad, si quieres. Penetrarás en el corazón de los hombres y las mujeres, en los rincones más oscuros del cosmos y hasta en los comportamientos de los inmortales. La sabiduría te garantizará un nombre que jamás desaparecerá de la tierra. Cuando todas las ciudadelas y los palacios de los poderosos hayan quedado reducidos a polvo, tu conocimiento y tu dominio de las artes de la guerra, la paz y el pensamiento mismo elevarán el nombre de París más allá de las estrellas. El poder de la mente parte la lanza más poderosa.

«Bueno, menos mal que no le di directamente la manzana a Hera, porque aquí tenemos a la ganadora entre las ganadoras. Tiene razón. Por supuesto que la tiene. La sabiduría primero, y el poder y las riquezas vendrían a continuación, sin duda -pensó París-. Además, ¿de qué sirve el poder sin intuición ni inteligencia? La manzana debía quedársela Atenea.»


TANATOS E HIPONOS


La estrella de la mañana, KO Knausgard, p. 734

Si resulta que para ver la muerte hay que suprimir el conocimiento, se suprime a la vez la conciencia de la muerte, entonces desaparece la muerte, y ya no queda nada por ver. La paradoja recuerda a lo que ocurre en el mito de Orfeo cuando baja al inframundo a llevarse a Eurídice, y Hades se lo permite con una condición: que no se vuelva a mirarla antes de que hayan subido de nuevo al sobremundo. Pero él quiere verla, se vuelve, y Eurídice desaparece. Solo está cuando él no mira. Si él mira, ella ya no está.

Esa idea, y que el éxtasis siempre ha formado una parte importante de la vida religiosa, hizo al chamán buscar el sueño y las visiones, porque los sueños, las visiones y el éxtasis tratan de la disolución de la conciencia del yo, que es la que une el conocimiento y la mirada.

En la antigua Grecia, la muerte y el sueño eran fenómenos emparentados, en la mitología eran hermanos, y en la Ilíada, incluso gemelos, Tánatos e Hipnos, que transportan a los muertos al reino de los muertos. Racionalmente, los dos están separados, como es natural: el sueño  es un estado en el que entramos deslizándonos y del que luego salimos de la misma manera, la muerte es absoluta. La pregunta que plantean los mitos griegos es si también la frontera entre la muerte y la vida es deslizante, un desplazamiento de estado, como el que se da entre el sueño y el estado de vigilia, o si es, como nosotros lo entendemos, absoluta, una cuestión de esto o aquello. Dicho de otra manera: ¿la frontera entre la vida y la muerte es el resultado de las limitaciones de nuestros sentidos, o es real?


EGEO


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 115

El clima de la Tierra no ha hecho más que cambiar, oscilando entre momentos fríos y calientes, a veces moderados y a veces extremos. A decir verdad, durante la primera mitad de su existencia, este planeta fue un infierno de gases, cataclismos, terremotos y erupciones volcánicas. Después, hubo varios momentos en que fue lo contrario: una silenciosa esfera blanca, recubierta parcial o totalmente de hielo. De hecho, ha habido siete grandes eras glaciales, y ahora, aunque no lo parezca, estamos todavía en la última de ellas, pues la Tierra aún mantiene sus menguados y frágiles casquetes polares.

Hace dieciocho mil años, los hielos del norte llegaban, sin embargo, a las costas del Mediterráneo. Fue entonces cuando comenzaron a fundirse; y, a medida que el mar crecía con el aporte de las aguas retenidas en forma de glaciar, la tundra crecía también en la franja de tierra deshelada que iba recibiendo otra vez los rayos olvidados del sol. Pero aún habría de alejarse mucho el hielo para que brotaran con fuerza la hierba y el bosque, y habría de pasar largo tiempo para que aquellas tierras nuevas se hicieran habitables para el hombre.

Sin embargo, desde su propio origen, el hombre paleolítico tuvo, en esta charca del Egeo, su Jardín del Edén: vegetación frondosa, arroyos cristalinos, árboles y arbustos que lo obsequiaban con sus frutos, cuevas donde encontrar un refugio oportuno, un mar omnipresente de aguas claras y muy poco profundas (como las de esta bahía de Prasa), radas llenas de peces y de otras criaturas de muy fácil captura,  piedra y madera para construir sus ingenios, caza abundante en cada estación, noches estrelladas para aprender del cielo, un invierno benigno y una dilatada primavera.

En la imagen Medea con Teso y su padre -de él- Egeo


Deucalión y Pirra


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.22

Dicen que, cuando el mar subió a la tierra y las aguas cubrieron gran parte de la Hélade, los bondadosos y devotos Deucalión y Pirra sobrevivieron al desastre en una embarcación construida por advertencia del titán Prometeo. Una vez amainaron las aguas, aunque desolados por ver toda la tierra silenciosa y vacía, Pirra y Deucalión dieron gracias a Zeus, a las ninfas de la montaña y a la diosa Temis, y luego lloraron por hallarse solos, como un triste despojo viviente de la raza humana. Conmovida entonces Temis, pronunció, desde la helada roca de su oráculo, las oscuras palabras que habrían de salvar a la especie: «Cubrid vuestras cabezas, desceñid vuestras túnicas y echad a andar arrojando hacia atrás los pulidos huesos de vuestra gran madre». Deucalión, como hijo que era del sagaz Prometeo, comprendió que la madre era la Madre Tierra; y los huesos, las piedras que estuvieron un día en su seno. Comenzaron, pues, a cogerlas del suelo y a arrojarlas de nuevo a sus espaldas, y de la piedra dura se renovó la dura estirpe de los hombres. Y de la piedra (laas) tomó su nombre el pueblo (laós).

¡Razón tenía el sabio que afirmó que el logos es el retrato del alma! Comprender que los griegos vieron en estas piedras acumuladas en la orilla la imagen de una humanidad es comprender el alma de este pueblo marino. ¿Ves los cantos rodados, Silvano? ¿Los ves ahí en la playa? Pues ahí están los griegos, ahí están los antiguos pobladores del Egeo: nacidos de la  adusta tierra, traídos y llevados por el mar, pulidos por las olas, brillando al sol, rumoreando, todos iguales y todos diferentes. Los griegos: «pueblo marino», como decía Sófocles," o  humildes «ranas asomadas al mar», como decía Sócrates.


IFIGENIA


Las mil naves, Natalie Hayes, p. 145
De pronto vio destellar el cuchillo de su padre al sol de la mañana y lo comprendió todo, como si un dios hubiera dejado caer las palabras en su cabeza. La traicionera quietud del aire era un designio divino. Artemisa se había ofendido por algo que había hecho su padre, y ahora exigía un sacrificio o no permitiría que las naves zarparan. De modo que no habría matrimonio ni marido para Ifigenia. Ni en ese momento ni nunca. Ella mantuvo la cabeza totalmente clara mientras se le nublaban los sentidos. Oyó el grito de rabia que dejó escapar su madre, aunque de forma muy vaga, como si reverberara en las paredes de una cueva. Los hombres se detuvieron al pie del altar y ella subió los tres escalones desvencijados hacia su padre. No lo reconoció.
Se arrodilló en silencio ante él. Le caían las lágrimas sobre la barba, pero tenía el cuchillo en las manos. Detrás estaba su tío, cuyo cabello pelirrojo brillaba al sol de la mañana. Se fijó en que le tendía una mano a su padre; infundiéndole fuerzas para el acto terrible que estaba a punto de cometer. Ifigenia miró el mar de armaduras de cuero y se preguntó cuál de ellos era Aquiles. A la derecha podía ver a su madre, con la boca abierta en un grito salvaje, pero le zumbaban los oídos y no pudo oír las palabras. Vio que la sujetaban cinco hombres y que uno de ellos le hacía una llave en el cuello. Pero su madre no cayó inerte en los brazos de los hombres; continuó gritando y agitándose aun cuando ya no le quedaba aire en los pulmones.
Muchos de los hombres de las primeras filas apartaron la mirada cuando el cuchillo descendió. E incluso los que no palidecieron apenas pronunciaron una palabra después de lo que vieron. Un soldado aseguró que, en el momento crucial, la joven había desaparecido misteriosamente y había sido reemplazada por un ciervo. Pero ninguno de ellos le hizo caso, ni los que aún no habían combatido en muchas batallas ni los que tenían hijas y habían combatido en demasiadas, porque hasta los que habían mirado para otro lado mientras el cuchillo caía, o habían cerrado los ojos para no ver brotar la sangre del cuello, hasta ellos habían visto el cuerpo blanco y sin vida que yacía a los pies de su propio padre. Y entonces sintieron que los envolvía una suave brisa.

AFRODITA


La mil naves, Natalie Haynes, p. 156
Afrodita, por otro lado, veía cada boda como una pequeña derrota. Tenía en gran consideración el amor, pero no el conyugal. ¿Qué clase de amor era ése? ¿Compañerismo? ¿El  paso previo a tener hijos? Hacía todo lo posible por no resoplar. ¿Qué era el compañerismo al lado de una pasión que lo consumía todo? ¿Quién no cambiaría un marido por un amante que la excitara en lugar de reconfortarla? ¿Quién no querría que su hijo se escabullera de una habitación sin ser visto si eso significaba que su amante podía colarse por otra puerta? Costaba creer que alguien eligiera el amor conyugal por encima de esa clase de deseo indestructible que Afrodita creía que le pertenecía. La gente siempre decía que apreciaba a sus cónyuges, a su prole -ella misma tenía un hijo que le gustaba-, pero Afrodita sabía la verdad. Cuando en la madrugada hombres y mujeres susurraban sus plegarias secretas, se las dirigían a ella. No pedían salud ni una larga vida, como hacían durante las horas del día. Suplicaban para que la fuerza cegadora y ensordecedora de la lujuria se apoderara de ellos y fuera correspondida. Todo lo demás -riqueza, poder, posición- sólo eran accesorios, colocados alrededor de lo que realmente querían, para obstruirlo o disfrazarlo. Y eso no tenía nada que ver con el matrimonio. Podía verse en el rostro de ese pobre tonto vuelto hacia su futura esposa, intentando por todos los medios que se encontraran sus miradas sin conseguirlo. Él sabía lo que era sentir ese deseo, y sabía que el matrimonio no haría nada para calmarlo. Se llevaría a Tetis al lecho, pero su desdén corrompería cualquier placer que podría haber alcanzado con ella. Una ninfa podía amar a un mortal -Afrodita repasó mentalmente la breve lista de ninfas que lo habían hecho: Mérope, Callirhoé, Enone ... -, pero no Tetis, quien no mostraba más que desprecio hacia ese griego.

AQUILES


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 121

Aun así, Tetis sabía que una vez que mataran a Héctor, e incorporaran el nombre de Pentesilea a la larga lista de héroes a quien Aquiles había abatido, su hijo no tardaría en cruzar el río Estigia. Y cuando su hijo murió asesinado por Apolo (tal vez engañara a algunos al disfrazarse del adúltero París, pero no a Tetis), ella lloró pese a que siempre había sabido que llegaría ese día. Su cuerpo era tan hermoso que no podía creer que estuviera muerto por una pequeña herida. Una flecha envenenada era todo lo que había necesitado el Arquero para matar a su amado hijo. Y ahora Aquiles vivía en la Isla de los Benditos, y Tetis sabía que se arrepentía de haber tomado la decisión equivocada. Un día Odiseo lo encontraría en el Inframundo y le preguntaría cómo era la muerte, y Aquiles respondería que prefería ser un campesino vivo a un héroe muerto. Que su hijo dijera eso la llenaba de ira y vergüenza. Estaba claro que él era mortal si valoraba su preciosa vida por encima de todo. ¿Cómo podía ser tan estúpido e ingrato cuando ella le había dado tanto? A veces pensaba que no podía conocer a fondo la mente de su hijo porque ella nunca moriría, pero eso sólo la llevaba a despreciarlo más: la sangre de su padre le corría por las venas más de lo que ella había creído. Y entonces lloraba, pero sus lágrimas no sabían a nada.


LAOCONTE


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 36

Creúsa no estaba segura de lo que había ocurrido a continuación. Ella no vio las serpientes, aunque muchas personas aseguraron haberlas visto. No estaba mirando los juncos sino al hombre, Sinón, y su rostro sucio e impenetrable. El único indicio de que entendía lo que había dicho Laocoonte fue que las cuerdas que todavía lo sujetaban se tensaron contra sus bíceps. En cuanto a los dos hijos de Laocoonte, ella pensó que habían corrido hacia el agua. ¿Por qué no habrían de haber ido? Hacía rato que se habían hartado de oír discutir a los hombres y, como todos los niños de Troya, nunca habían bajado a la orilla ni jugado en la arena. De modo que siguieron el río hasta que llegaron a la playa, y antes de que alguien los echara de menos, los dos se habían adentrado en los bajíos.

Creúsa sabía que allí las algas formaban enormes frondas. Cuando era pequeña, su niñera la había advertido  que no se metiera nunca en el agua y que evitara sus tentáculos verdes. Las puntas de las algas tal vez eran lo bastante finas para que un niño las rasgara, pero el resto de la planta era grueso y fibroso.  Era muy fácil tropezar y perder pie, tal como debió de pasarles a los hijos de Laocoonte. Uno debió de caer al engancharse el pie en un nudo de algas y, al no estar acostumbrado a la corriente, le entró pánico y se retorció, enredándose aún más. El otro, al acercarse para ayudar a su hermano, que se había hundido, se encontró en la misma situación. La brisa de la orilla se llevó sus débiles gritos de socorro.

Cuando Laocoonte corrió a salvarlos -demasiado tarde-, las algas habían cobrado una forma malévola. Eran serpientes marinas gigantescas que los dioses habían enviado, dijo alguien, para castigar al sacerdote por haber profanado su ofrenda con la lanza. En cuanto se pronunciaron esas palabras, hubo quienes las creyeron. Ante la imagen del sacerdote en la playa llorando y acunando los cuerpos de sus hijos ahogados, difícilmente la decisión de Príamo podría haber sido otra. Los dioses habían castigado a Laocoonte.


SANTA TECLA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 346

El mito subyacente al relato de Tecla de Iconio en los Hechos de Pablo y Tecla, apócrifo neotestamentario cristiano, es el de Ifigenia y Orestes, los hermanos que en su huida se llevaron de Táurida la imagen de Artemisa. En Iconio, la ciudad del centro de Anatolia donde la futura mártir había nacido en el seno de una familia de clase alta, San Pablo convirtió a Tecla al cristianismo y a la castidad perpetua. La historia de Tecla cuenta, entre otras cosas, cómo supo resistirse a un hombre que la cortejaba y el episodio en que, condenada a morir en la hoguera, la salvó una tormenta enviada por Dios. Tecla viajó con Pablo a Antioquía y resistió con éxito los intentos de un aristócrata llamado Alejandro, que quería raptarla. La condenaron a ser devorada por animales salvajes, y una vez más la salvó la intervención divina (como a Artemisa, se la solía presentar rodeada de animales). No es de extrañar, pues, que los primeros cristianos, como Tertuliano, que se oponían a que las mujeres predicaran Y administrasen el bautismo, afirmaran que la historia de Tecla era fraudulenta. Tampoco ha de extrañarnos la importancia de Tecla como antecesora de todas las mujeres que hoy forman parte de las iglesias cristianas.

Hay un apéndice a su historia que cuenta lo que le ocurrió a Tecla hacia el final de su vida, y también cómo murió: la virgen de Iconio viajó a Seleucia Pieria «en una nube brillante», y convirtió a muchos al cristianismo; después se recluyó y ejerció de sacerdotisa en una cueva cercana, un lugar del que se decía que tenía tanto poder que incluso acercarse a él producía curas milagrosas. Los médicos paganos de la ciudad, que suponían que Tecla era una sacerdotisa de Artemisa, conspiraron contra ella por haberles arruinado el negocio con sus curaciones. Dado que los dioses le quitarían sus poderes si perdía la virginidad, aunque fuera a los noventa años, los médicos organizaron una violación colectiva, pero Dios abrió para ella una caverna en la roca, salvando así su virginidad mientras moría de una muerte digna de canonización. En este relato, la valerosa y viajada virgen, asociada con la sanación, cuya memoria se preserva en la milagrosa caverna, es, para los paganos del oeste de Asia Menor, el epicentro del culto de Artemisa, sacerdotisa de la diosa local. Es en una cueva situada en lo alto de las ruinas de Éfeso donde arqueólogos austriacos descubrieron una asombrosa pintura cristiana de Tecla y Pablo; de hecho, se los ha presentado con frecuencia como una pareja, no unida sexualmente, sino compartiendo el viaje en que anuncian la llegada de un nuevo dios.


LISISTRATA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 232

En Lisístrata de Aristófanes, estrenada en 411 a. C., el estereotipo ateniense de la mujer espartana irrumpe en escena en el personaje de Lampito («la Brillante»), una mujer de pechos hermosos y tan fuerte que podía estrangular a un toro. Cinisca, una princesa espartana, fue la primera mujer que ganó en una competición olímpica como propietaria y adiestradora de los caballos que participaban en concursos ecuestres, y lo hizo dos veces en la década de 390 a. C. La inscripción en que la princesa describe su estatua de vencedora, erigida en O limpia,  proclamaba orgullosamente: «Mi padre y mis hermanos son reyes de Esparta, pero Cinisca, vencedora de la carrera de carros de caballos de patas veloces, mandó construir esta imagen en la que me proclamo la única mujer de toda Grecia que ha recibido la corona.»

A las ingeniosas y atléticas mujeres de Esparta las preparaban para ser esposas y madres de espartiatas, y uno de los aspectos más singulares de la vida espartana era la ceremonia de la boda. El matrimonio era un asunto de Estado; a los hombres se los penalizaba si no se casaban o si lo hacían con mujeres demasiado viejas o de manera poco adecuada. En cambio, se recompensaba a los que traían al mundo hijos sanos. Un padre que engendraba tres niños estaba exento del servicio militar, y si eran cuatro, incluso se libraba de pagar tributos económicos al Estado. El verbo que empleaban los novios espartanos que se agenciaban una novia significaba algo así como «apoderarse, incautarse de», y no está claro si ese secuestro era ritual o real. Los novios menores de treinta años, que vivían, como hemos visto, en los grupos públicos de militares, solo tenían permitido visitar a la novia a escondidas y copular en la oscuridad total. Es posible que la intención fuera aumentar la tensión sexual y engendrar más criaturas; según Plutarco, algunos hombres tenían hijos antes de saber cómo era la mujer a la luz del día.

Las prescripciones de Licurgo también fomentaban una alta tasa de natalidad en la medida en que autorizaban a la mujer joven de un hombre mayor a tener hijos de otro hombre siempre y cuando el marido estuviera de acuerdo; luego los hombres mayores adoptaban a esos hijos, una costumbre que mejoraba su prestigio. Polibio cuenta que las mujeres tenían hijos de tres o cuatro hombres, y que cuando un hombre había engendrado un número suficiente, se consideraba honorable que cediera su mujer a un amigo. Huelga decir que a los griegos patriarcales de otras ciudades-Estado les indignaba esa práctica, que podía considerarse la autorización legal de la libertad sexual femenina. Para Aristóteles, las mujeres espartanas podían darse todos los gustos sin que nadie las controlase.


PLUTARCO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 342

Plutarco, que sabía tanto del epicureísmo y el estoicismo como sobre las tradiciones platónicas y aristotélicas en las que se había formado, creía en la aplicación práctica de la ética clásica a los problemas humanos. Sus obras persiguen una finalidad filosófica, concretamente, la edificación moral de los lectores, pero nunca son aburridas ni condescendientes, en gran medida debido a la genial personalidad de Plutarco y a su vena humorística, que brilla incluso en sus obras más sentenciosas, como Sobre la locuacidad, sus consejos para tratar con individuos demasiado parlanchines.

Algunos de sus ensayos incluyen consejos que vale la pena consultar aún hoy; por ejemplo, cuando dice que ser pacientes si nos irritamos con los niños, la mujer y los amigos íntimos es de por sí bueno, pero que también es el modo más seguro de aprender a controlarnos cuando tratamos con personas difíciles fuera del círculo inmediato, vemos al Plutarco más práctico y ético en Sobre el refrenamiento de la ira. En De cómo alabarse sin despertar envidia da inteligentes recomendaciones sobre los contextos en que es aceptable elogiarse a uno mismo (por ejemplo, cuando nos tratan injustamente) y fórmulas que pueden suavizar la impresión de falta de modestia.

Entre los escritos de Plutarco, el que más eficazmente combina un mensaje serio con el valor añadido de entretenimientos es Grilo, donde examina la naturaleza humana escenificando un debate pseudoplatónico entre Ulises, Circe y Gryllus ( «el Gruñón»), transformado este en un cerdo que no quiere recuperar su forma humana. Grilo sostiene que no se equivoca al elegir esa existencia y lleva a cabo una defensa admirable del ser zoomórfico: los animales son más valiente; porque pelean sin malicia; las hembras de los animales son más valientes que las mujeres; los animales son más moderados y no desean posesiones materiales; tampoco necesitan perfumes; no cometen adulterio a escondidas, no tienen relaciones sexuales salvo para procrear y, por tanto, evitan las perversiones sexuales; siguen dietas sencillas, tienen la cantidad justa de inteligencia para sus condiciones de vida naturales y, en consecuencia, se les ha de reconocer que son racionales. La vida del animal, tal como la define Grilo, se parece a la vida de un filósofo ascético. Aquí Plutarco invita al lector a pensar seriamente sobre la vida ética y social de los humanos recurriendo a la historia más encantadora y conocida de la Odisea, el episodio en que Circe transforma en cerdos a los hombres de Ulises.

*


LOS HEROES


Héroes, Stephen Fry, p. 423

Los héroes limpiaron nuestro mundo de terrores crónicos: monstruos nacidos de la tierra que ponían en peligro a la humanidad y amenazaban con asfixiar el crecimiento de la civilización. Durante el tiempo en que dragones, gigantes, centauros y bestias mutantes infestaron el aire, la tierra y los mares no pudimos expandirnos con confianza y transformar al mundo salvaje en un lugar de seguridad para el género humano.

Con el tiempo, incluso las deidades menores benevolentes se verían arrinconadas por una floreciente raza humana provista de una confianza recién descubierta. Las ninfas, dríades, faunos, sátiros y duendecillos de las montañas, los arroyos, los prados y los océanos no fueron capaces de competir con nuestra necesidad y avidez de tierras en las que excavar, cultivar y construir. La progresión de un espíritu de investigación racional y una comprensión científica alejaron a los inmortales todavía más. El mundo se estaba reconformando corno hogar adecuado solo para seres mortales. Hoy, evidentemente, algunas de las criaturas mortales más raras y vulnerables de las que han compartido el mundo con nosotros experimentan las mismas amenazas de sus territorios naturales que provocaron el fin de las ninfas y los espíritus del bosque. La destrucción de hábitats y la extinción de las especies han sucedido más veces.

 


PASIFAE


Héroes, Stephen Fry, p. 383

-Mándame un toro del mar, mi señor Poseidón -clamó-, para que mis hermanos sepan que Creta es mía. Yo sacrificaré al toro en tu nombre y siempre te veneraré. Dicho y hecho, el toro blanco más hermoso que se hubiera visto emergió de entre las olas. Tan hermoso, de hecho, que produjo dos resultados desastrosos. El primero, que Minos decidió que era un animal demasiado bello para matarlo, así que sacrificó un animal más común de su propio ganado, cosa que enfureció muchísimo a Poseidón. Y, en segundo lugar, la asombrosa belleza del toro atrajo a Pasífae. No podía dejar de mirarlo. Lo deseaba. Lo deseaba encima, a su alrededor, dentro de ella ... Lo siento, Teseo, pero es que es así. Cuento la historia como la sabemos. Hay quienes dicen que fue Poseidón, furioso, quien le insufló esta lujuria, parte del castigo de Minos por no sacrificar el toro, pero en cualquier caso, Pasífae se vio poseída por un deseo  frenético por el animal.

El toro era, pues eso: un toro, así que no tenía manera de saber cómo responder a las insinuaciones de una mujer. En pleno marasmo de aquella pasión erótica suya, la enamorada Pasífae acudió a su amigo (y tal vez examante) Dédalo y le pidió si podría ayudarla a beneficiarse al toro. Sin pensárselo dos veces, Dédalo, excitado quizá por el desafío intelectual, se puso a fabricar una vaquilla artificial. La hizo de madera y hojalata, pero la forró con una piel de vaca auténtica. Pasífae se metió dentro y colocó la parte que le interesaba en la obertura practicada a tal efecto. Empujaron el artefacto sobre ruedas hasta el prado donde el toro pastaba. Lo sé, muchacho, qué asco, pero te cuento la historia como la conoce el mundo.

Aquel plan depravado funcionó, para gran asombro de todos. Pasífae chilló en medio de un delirio jubiloso mientras el toro la penetraba. En su vida había experimentado un éxtasis carnal semejante. Sí, ríete, búrlate y resopla con sorna lo que te apetezca, pero eso es lo que sucedió, Teseo.


PERDIX


Héroes, Stephen Fry, p. 380

Durante muchos años, Minos ha tenido la suerte de contar en su corte con el dotadísimo inventor, el artesano más habilidoso aparte de las forjas olímpicas de Hefesto. Se llama Dédalo y es capaz de crear objetos semovientes a partir de metal, bronce, madera, marfil y piedras preciosas. Ha dominado el arte de ovillar láminas de acero hasta convertirlas en potentes muelles, con los que controla ruedas y cadenas para formar complejos y maravillosos mecanismos que marcan el paso de las horas con tremenda precisión o controlar los niveles del cauce de los ríos. No hay nada que no pueda elaborar en su taller este hombre astuto. Allí guarda estatuas semovientes, hombres y mujeres animados por su pericia, cajas que hacen sonar música y artefactos que lo despiertan por las mañanas. Solo con que la mitad de lo que se cuenta de Dédalo fuese verdad ya podrías decir que es el inventor, arquitecto y artesano más dotado e inteligente que ha caminado sobre la faz de la tierra.

Dicen que es descendiente de Cécrope, el primer rey de Ática y antepasado de todos los atenienses, Cécrope, que falló a favor de Atenea cuando Poseidón y ella pugnaban por el control de la nueva ciudad que estaba construyendo. Por eso se llama Atenas y disfruta de la sabiduría y la cordialidad de la protección de la gran diosa. Solo lo apunto por que aunque trabaje para Minos, nuestro enemigo, creo que Dédalo es de los nuestros, como ateniense. Después de todo, me fastidiaría enterarme de que un cretense sea tan listo. De hecho, Dédalo fue expulsado de Atenas. Tenía de aprendiz un sobrino llamado Pérdix, que era, dicen, incluso más ingenioso y dotado que su brillante tío. Antes incluso de cumplir los veinte años, Pérdix había inventado la sierra (inspirada, dicen, en el borde dentado de la aleta dorsal de los peces), brújulas pata planos arquitectónicos y geometría, y también el torno de alfarero. ¿Quién sabe qué habría llegado a inventar de no ser porque su celoso tío lo mató despeñándolo por la Acrópolis? La diosa Atenea lo convirtió en una perdiz. Si alguna vez te has preguntado por qué las perdices vuelan bajo y nunca surcan los aires e incluso construyen sus nidos. en el suelo, es porque recuerdan la aterradora caída desde las alturas de Atenas.


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