Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Pasolini

 


Mujeres elegantes, Milena Busquets, p. 57

 Pasolini

Ayer fui a ver una obra de teatro dirigida por Alex Rigola y basada en un poema de Pier Paolo Pasolini. No había leído a Pasolini, ni visto ninguna de sus películas; solo sabía (como todos los cultos incultos y los incultos cultos; cultos cultos quedan cinco o seis en todo el país) que era homosexual y extraordinariamente guapo (como los italianos, que cuando son guapos son los hombres más guapos del mundo, por esa combinación de virilidad, glamur, joie de vivre y profundidad tan difícil de conseguir), pero ni siquiera me acordaba de que había muerto asesinado. Sabía que era comunista, que en sus películas había mucho sexo, sexo difícil, político. El sexo le interesaba desde un punto de vista personal (era un apasionado y un loco. un hambriento), pero también social y cultural, como instrumento para cambiar y entender el mundo. Sabía que era un hombre muy comprometido con su época, los años sesenta y setenta, y sabía, claro, que era un mito. En fin, la verdad es que me daba un poco de pereza ir a ver una obra basada en un poema suyo.

 


El mismo mar de todos los veranos


Mujeres elegantes, Milena Busquets, p. 241

El mismo mar de todos los veranos

Mi madre publicó, hace muchos años, una novela que se titulaba El mismo mar de todos los veranos. Desde entonces he escuchado tantas veces esa frase que es casi como si la hubiese escrito yo.

No he leído el libro y no sé a qué mar Se refería, supongo que al de Cadaqués, tal vez no. Todos vivimos varias vidas, con varios mares y varios amores. Algunos parecen definitivos y algunos lo son. A veces lo sabemos desde el primer segundo y otras veces necesitamos tiempo (meses, años, cuando ya han acabado) para darnos cuenta.

Puede que mi madre se equivocase con su título tantas veces repetido (sabes que has escrito algo interesante cuando la gente empieza a repetirlo sin saber ni siquiera de dónde sale. Dejar una frase, aunque sea solo una, eso estaría bien). Pensaba que mi madre siempre tenía razón, iera tan lista!; pero la gente inteligente es también la que más errores comete porque es la que más opciones baraja y la que más se arriesga, Los tontos casi nunca se equivocan; los listos, todo el rato.

 


SWANN, GUSTAV


Mujeres elegantes, Milena Busquets, p. 231

Swann, uno de los personajes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En Un amor de Swann, este tarda mucho en enamorarse de Odette, pero al darse cuenta una noche de que no está en casa de los Verdurin, decide (sin motivo aparente) dejarlo todo para ir a buscarla. A partir de ese momento, pasa años de sufrimiento hasta que un día, cuando todo ha pasado, se dice: «Y pensar que he perdido años de mi vida, que he deseado la muerte, que he vivido la historia de amor más importante de mi vida con una mujer que ni siquiera me gustaba, ique ni siquiera era mi tipo!».

El protagonista de Muerte en Venecia. ¿Se enamora Gustav del joven Tadzio? ¿O es más bien una obsesión, el homenaje a otra gente que conoció antes, el símbolo de la vida y de la juventud pasadas? En cualquier caso, siente una fascinación inmediata por el joven y en cierto modo es correspondida: el joven también lo ve a él. Y Tadzio será la última persona a la que mire (y vea) Gustav antes de morir. Tadzio lo saluda (¿se despide?) desde el borde del mar y a continuación señala al horizonte (la eternidad, el principio y el final, lo desconocido). Junto con los de Blade Runner y Lo que e/ viento se llevó, mi final favorito en una película.

Pero en realidad lo importante no es cuánto tardas en querer a alguien. sino durante cuánto tiempo lo quieres. Y solo hay una respuesta posible: eternamente. Todo lo demás es un estrepitoso        

               

                 

 


MUJERES ELEGANTES


Mujeres elegantes, MIlena Busquets, p. 279

Son elegantes las cuatro protagonistas de Gritos y susurros de Ingmar Bergman, sobre todo Anna, la criada, tal vez un poco menos guapa que las otras tres, pero capaz de enfrentarse a la muerte (la mayor elegancia: saber enfrentarse a la muerte) y de mostrar compasión.

Hannah Arendt era elegante. Y también fue la mujer más inteligente del siglo XX.

Pina Bausch era el colmo de la elegancia. Y un genio absoluto.

Colette, con su amor por los hombres y las mujeres, su vitalidad. su genio, su rebeldía. su libertad,  su independencia, también era elegante.

Virginia Woolf. su carta de despedida (de nuevo. la forma de enfrentarse a la muerte), su mirada melancólica, sus largos vestidos victorianos, sus sombreros, sus libros alucinantes, el conocimiento preciso. compasivo y luminoso de los seres humanos.

Annie Ernaux, su honestidad, su forma de ser sexualmente explicita sin ser nunca ni pornográfica ni obvia es un milagro de elegancia y de talento.

Karen Blixen, esquelética y muy enferma, con sus turbantes y su rostro, sus cuentos... Era un genio.

Mary Poppins también era elegante: generosa. imaginativa valiente. intransigente.

Milena Jescnská, la Milena de las cartas de Kafka, de la que él escribió: «Milena es un fuego vivo. No puede vivir sin quemar algo». Murió en un campo de concentración (como cuenta su amiga Margarete Bubcr-Neumann en Milena).

 


INCIPIT 1.644. MUJERES ELEGANTES / MILENA BUSQUETS


Prólogo

Hace quince años tuve un blog. Lo empecé sin pensarlo demasiado, simplemente quería escribir (y nunca he escrito solo para mí; un escritor existe cuando alguien lo lee, aunque solo sea una persona en el universo, y cuando se expone a los demás). En teoría era un blog de moda, pero es difícil hablar de moda sin hablar de belleza, y hablar de belleza sin hablar de amor, y hablar de amor sin hablar del mundo entero.

En poco tiempo encontré un grupo de lectores que se divertían con mis textos, dejaban comentarios, dialogaban entre sí, discutían y añadían valor e interés a lo que yo escribía. Me leía más gente de lo que yo pensaba, ¡incluso mi madre se convirtió en una apasionada seguidora! Era una escritura ligera e inmediata, a vuelapluma, cuando se me ocurría algo, lo escribía al momento. A veces metía la pata, pero a menudo acertaba; suelo estropear las cosas (y también las ideas y las frases) cuando las pienso demasiado, no soy una intelectual.

Y un día lo dejé, mi madre había muerto, el blog ya no me divertía. Quería escribir un libro.

Se tituló También esto pasará. Seguí publicando y me convertí (un poco a regañadientes) en una escritora profesional (yo lo que quería ser era una estrella del rock, Madonna o algo así; la mayoría de los escritores que conocía eran bastante aburridos y desdichados).


INCIPIT 1.571. LA DULCE EXISTENCIA / MILENA BUSQUETS


–Esta actriz es una anciana. Tiene mi edad. Es imposible que haga de Blanca.

–No te preocupes, Milena. Le pondremos una coleta como la que tú llevas, unas alpargatas de Cadaqués y ya verás lo creíble que resulta brincando por las rocas.

–No. Es imposible. En serio.

No había sido fácil. Desde la publicación de También esto pasará en 2015, los derechos para la película habían pasado por tres productores, varios directores y un montón de actrices. Por el camino, había perdido a mi agente (me había despedido), mi editor originario se había jubilado (y había sido felizmente sustituido por la única otra editora en lengua española que había visto el potencial de la novela y había mostrado interés en publicarla) y había escrito tres o cuatro libros más.


iQUÉ NECESITA UNO PARA SER FELIZ?


Ensayo general, Milena Busquets, p. 73

Ser feliz no es tan difícil, no hacen falta tantas cosas, no son necesarias tantas personas, ni tanto éxito, ni tantos viajes, ni tantos libros. Yo creo que, en las épocas buenas, soy feliz al menos una vez al día, incluso más. No hace falta desear que el tiempo se detenga o ver el Partenón o que sea verano y estar bañándote en el Mediterráneo. No hace falta estar delgadísimo ni tener una casa enorme. No es necesario comprar una chaqueta de tweed, un vestido por duplicado o el vigésimo par de vaqueros casi idénticos a los que uno ya tiene. Tampoco hace falta escribir dos páginas buenas al día porque sabes que eso es imposible y que si pudieses pedir algo imposible pedirías cenar con tu madre una vez más. No hace falta tener grandes amigos, es suficiente con tener cerca a algunas personas a las que respetes y admires o con las que hayas compartido una parte de tu juventud, a alguien que te haya tendido la mano en un momento crítico o que se la haya tendido a otro ser humano.


JAVIER MARIAS


Ensayo general, Milena Busquets, p. 72

Yo tenía una amistad pendiente con Marías. Durante meses o quizá años no podré escuchar su nombre sin sentir una punzada de dolor y de incredulidad en el corazón, sin pensar que murió demasiado pronto; sé que no soy la única. Entre susurros y sin hacer grandes dramas, sus hordas de lectores le echan de menos como se echa de menos a un amigo -a alguien que te hizo feliz y que supo a ratos alejar la soledad y el miedo, a alguien que cumplió con el destino de todos: hacer que el mundo fuese un lugar un poco mejor-, hablan de él y, sobre todo, le siguen leyendo. Seguro que Javier Marías sabía que era el mejor escritor de España, espero que supiera también que además (a pesar de ser un gruñón y de tener tal vez la polla un poco vieja, como correspondería a un hombre de su edad) era el más querido.


EL GRAN TEATRO DEL LICEO


Ensayo general, Milena Busquets, p. 45

He vuelto a ir al Liceo. De niña me llevaban a las representaciones de ballet. Mi madre reservaba uno de los palcos de platea y lo llenaba de amigos. Cada palco tenía su antepalco, un salón pequeño como un camarote de barco donde dejábamos nuestras cosas, comíamos canapés y charlábamos durante el entreacto. Me pregunto si alguna vez alguien los utilizó para hacer el amor mientras la música sonaba fuera, los cantantes respiraban profundamente y abrían los brazos y las bailarinas demostraban que incluso frente a la desgracia más absoluta se podía ser grácil y etéreo. Seguro que sí, todos tenemos una imaginación bastante parecida y una imaginación calenturienta bastante parecida también, tal vez incluso fuesen construidos especialmente para eso, para follar. Los quitaron hace años, claro. Ya no se suele reservar un palco entero para toda la temporada, los asientos se venden de forma individual, como los del resto del teatro, no hay ningún sitio para besarse, ni para fumar, ni para echar una cabezadita si estás cansado, ni para pensar a solas (el pensamiento se ha vuelto muy aburrido porque ya casi nunca pensamos a solas, lo hacemos en grupo, como un rebaño de vacas gordas y satisfechas, la promiscuidad del pensamiento cuando el pensamiento debería ser como una monja de clausura, sola delante de un muro, puro, duro, brillante, no promiscuo, bastardo, mugriento y perezoso).

Y un día, diez años más tarde, mi madre me llamó por teléfono desconsolada porque el Liceo acababa de arder.


INCIPÌT 1.470. ENSAYO GENERAL / MILENA BUSQUETS


LO QUE HE PERDIDO

Ya no tendré más hijos, no volveré a sentir el calor de un bebé propio contra mi pecho, la ligera repugnancia al cambiar un pañal y la satisfacción (tan banal, tan completa) una vez el niño está limpio, tranquilo y reluciente. Ni la identificación, ni el reconocimiento, ni el afán de protección. Tres kilos y medio de peso ya no significarán nada para mí. No volveré a creer que algo milagroso ha sucedido y que lo tengo entre los brazos. No habrá más ropa diminuta que lavar, ni cuna de mimbre con cortinas de encaje agitadas por la brisa, ni biberones apilados como torres en el fregadero, ni mantas espumosas de color rosa más pequeñas que mis chales.

Paso por delante de la sección de pañales del supermercado sin detenerme, mirándolos de reojo e intentando recordar la época en que ir a comprarlos era parte de nuestra vida cotidiana y quedarse sin ninguno un drama terrible, tan grave como quedarse sin tabaco unos años antes, cuando nos encantaba fumar


ANAGRAMA


Ensayo general, Milena Busquets, p. 39

En la actualidad voy a la editorial que publica mis libros una o dos veces al año. Fui hace unos días. Es una editorial bonita, limpia, luminosa y aireada en un edificio clásico justo al lado de Paseo de Gracia. De momento, no es un lugar romántico. El fútil cuestionamiento del amor romántico -que viene acompañado de la fantasiosa idea (que ya se intentó y fracasó en los años setenta) de que el amor debe ser un experimento social y no el lugar donde nos recogemos para intentar salvar nuestra alma- ha expulsado al romanticismo de la mayoría de los ámbitos, mentales y físicos. Donde no ha sido expulsado, ha sido sustituido por un débil sucedáneo: la cursilería, que es una forma de puritanismo. El despacho de arquitectura de los hijos de Ricardo Bofill en Sant Just sigue siendo un lugar romántico. La sede original de mi editorial también lo era. Estaba en Sarria y me parecía un lugar mítico (para mí mítico y romántico son casi lo mismo), por allí habían pasado Javier Marías, Ian McEwan, Richard Ford, Patricia Highsmith, Hanif Kureishi. Por la nueva, de momento, solo hemos pasado nosotros. Silvia Sesé me contó que el Premio Herralde había quedado desierto y que, como no habría cóctel de celebración, estaban pensando en hacer una fiesta para bailar en diciembre.

Antes de marcharme, pasé a saludar a Jorge Herralde. Su despacho era la única parte de la oficina que estaba en penumbra, me pareció que había una vieja butaca de cuero, una alfombra, algunos cojines, que él llevaba un viejo jersey de cashmere con cuello de pico como los que llevaba mi abuelo. Solo una lámpara de mesa iluminaba la habitación, el foco perfectamente dirigido hacia el texto que leía Jorge. 

¿Cuándo empezamos a pensar que hacía falta tanta luz para todo?


ROMEO Y JULIETA


Ensayo general, Milena Busquets, p. 21

Romeo y Julieta se hubiesen acabado separando, lo sabe todo el mundo. Dos adolescentes apasionados y malcriados, dos niños bien soñadores y noveleros no hubiesen tolerado que su amor se debilitase y se transformase en una amistad, una hermandad, una asociación o como se llame ahora, tampoco hubiesen aceptado tener una relación abierta o permitido que entrasen terceras personas en la partida, aunque eran jóvenes, no eran tontos, en el amor solo existe un número, el dos, ni el uno, ni el tres, ni el cuatro, ni el cinco. Romeo y Julieta no hubiesen claudicado ante el paso del tiempo, ante el temor a estar solos o ante el miedo a la enfermedad, a la vejez y a la pobreza. Romeo y Julieta nunca se hubiesen convertido en un equipo, él nunca la hubiese llamado «mamá» -he tenido suerte en esta vida, me han llamado «puta» alguna vez, pero nunca ningún hombre (a excepción de mis hijos, claro) se ha atrevido a llamarme «mamá-, ella nunca le hubiese repetido lo mismo quince veces y él no le hubiese dicho jamás que era una pesada. Aun así, me alegro de que Shakespeare se lo impidiese


INCIPIT 1.440. LAS PALABRAS JUSTAS / MILENA BUSQUETS


6 de enero

Lo único que hay hoy para desayunar son los marrons glacés que me han traído los Reyes.

8 de enero

Carmen quiere saber qué hacer con los adornos de Navidad, si dejarlos un año más o hacer como «la gente normal» y guardarlos en lo alto del armario. Le pido que deje puestos unos cuantos días más. Resulta deprimente tener que desmantelar la Navidad. También tengo toda mi ropa mezclada, invierno, verano y entretiempo. ¡Si todo pudiese ocurrir a la vez y todo el rato! Es un incordio el tiempo, no solo porque pase tan deprisa y no nos demos cuenta y ya estemos muertos, sino por su manía del orden, primero esto, después aquello, después lo de más allá, como una profesora de guardería. Todo a la vez no puede ser, pero en cambio en nuestra cabeza y en nuestro corazón todo ocurre simultáneamente.


DE LA ELEGANCIA


Las palabras justas, Milena Busquets, p. 46

8 de julio

Un hombre inteligente no es nunca feo, si nos parece feo, es que no es inteligente.

La inteligencia siempre es elegante, si no es que no es inteligencia.

10 de julio

La buena educación no es más que una mayor tolerancia al aburrimiento y a las bobadas ajenas.

El objetivo debería ser intentar no hablar o hablar lo menos posible con las personas que antes de abrir la boca ya sabemos lo que nos van a decir.

12 de julio

La elegancia no tiene ni mucho mérito ni mucha importancia. Solo depende de la estructura ósea de cada uno y del buen gusto a la hora de escoger la ropa.

Para saber si alguien es de veras elegante, basta imaginárselo con diez kilos de más.

A las personas más elegantes que he conocido les importaba un pito la ropa.

Y tal vez la elegancia también sea una mezcla de bondad, de inteligencia y de generosidad. Alguien que no sea generoso ( de veras generoso, los que en el cómputo final siempre salen perdiendo, los que nunca calculan nada, los que siempre dan más de lo que reciben) no puede ser elegante, le faltará siempre una cierta soltura y fluidez vital.


Los fans


Las palabras justas, Milena Busquets, p. 27

Son adorables, siempre traen algún regalito, chocolate, galletas, un libro (suyo, aunque siempre he pensado que regalar un libro que has escrito tú no es propiamente hacer un regalo, es un poco como plantificarle un beso en la boca a alguien que no te lo ha pedido, da un poco de vergüenza ajena, es un poco embarazoso y deshonesto, mucho mejor regalar un libro de otro, de Dostoievski, por ejemplo), una flor. Están el tiempo justo, suelen mostrarse tímidos y encantadores, sonríen como niños y como si te conociesen de toda la vida, a veces se emocionan y acabáis llorando los dos (es mucho más contagioso el llanto que la risa). No intentan ligar. Sant Jordi y las demás ferias del libro no se prestan a ligar, no conozco casi ningún caso de escritor o de escritora que haya ligado en Sant Jordi. Desgraciadamente, no puedo dar consejos a los lectores o las lectoras que estén enamorados de un autor. Nunca me he enamorado de ninguno, ignoro cómo se les seduce. Pero de todos modos ya se sabe que, escritor o no, hay gente que sencillamente no es seducible, igual que hay gente que no tiene ritmo. A mí nunca se me ocurriría la idea de seducir a un escritor: si tuviese menos talento que yo, no podría amarle, y si tuviese más, tampoco.


FERIA DEL LIBRO


Las palabras justas, M.Busquets, p. 25

24 de abril

Una vez al año, en Barcelona, en Madrid y en muchos otros lugares, los escritores son expuestos al público, no para hacer lo que supuestamente mejor saben hacer, escribir, sino para firmar y dedicar sus libros. Tal cosa no ocurre con ninguna otra profesión artística, ni actores, ni músicos, ni pintores son expuestos de ese modo tan crudo: en plena calle, a menudo bajo un sol inclemente, detrás de un humilde tablón de madera colocado encima de un par de caballetes. Te sientas detrás de una mesita, firmas libros e intentas ofrecer algo auténtico y verdadero a cada una de las personas que se acercan a verte. Casi nadie viene solo a buscar una firma. ¿Lo conseguimos siempre? No lo sé, no es fácil, intentas decirles: «Sí, sí, no te has equivocado, detrás de estas páginas hay alguien no demasiado distinto a ti porque en realidad somos todos muy parecidos.» Intentas prestar a esa persona una milésima parte de la atención que ella ha dedicado o va a dedicar a tu libro. Tú sientes que estás en deuda con ellos y ellos se sienten en deuda contigo (no todos, hay un tipo de lector, el lector petulante, que viene a verte con la intención de darte un par de lecciones sobre literatura y vida). Tú en el fondo crees que ellos están equivocados y que deberían estar leyendo a Proust, pero igualmente deseas que te quieran eternamente. Cien firmas: cien microrromances de dos minutos. Por fuerza los pobres escritores acaban el día aturdidos (los que tienen la suerte de firmar libros, hay grandes escritores que no firman nada), entre eufóricos y profundamente deprimidos.


INCIPIT 1.324. GEMA / MILENA BUSQUETS


Para mí Gema siempre ha sido el nombre de una muerta. Bueno, no siempre, desde hace unos treinta años, que es casi lo mismo. Murió a los quince. Dos años después murió mi padre. Sin embargo, sobre su nombre no cayó ninguna maldición. Soy capaz de oír a mis hijos interpelar a sus padres sin pensar en el mío, sin sentir ninguna pena ni extrañeza, y cuando alguien pronuncia su nombre, «Esteban», solo pienso: «Mira, como papá.» En cambio, cuando me presentan a alguna mujer llamada Gema y al levantar la mirada no reconozco la hermosa melena oscura, la tez pálida y los ojos inquisitivos y burlones de mi amiga, pienso: «No, tú no eres Gema. En absoluto.»

¿Qué quiere decir Gema? ¿Piedra? ¿Cómo piedra preciosa? ¿ Una gema? Gem, ¿en inglés? En Inglaterra no hay nadie que se llame Gem, pero creo que hay unas cuantas «Gemas».


INCIPIT 1.317. HOMBRES ELEGANTES / MILENA BUSQUETS


Empecé a escribir artículos en la prensa al poco tiempo de la publicación de mi segunda novela, También esto pasará. Tenía claro que a pesar de las presiones externas e internas tardaría unos años en ponerme a escribir de nuevo. Entre el primer libro y el segundo habían pasado siete, y no veía razón alguna para acelerar ese proceso largo, solitario, complicado y a ratos incluso feliz que supone la gestación de una novela.

Mi editor español, Jorge Herralde, tal vez intuyendo mis nulas intenciones (y capacidades, ¡qué más quisiera yo!) de convertirme en uno de esos autores que escriben un libro cada dos o tres años, me aconsejó que aceptara la propuesta de colaborar con un medio escrito, era un modo de seguir practicando la escritura, de mantener cierto ritmo (iba a ser una colaboración semanal) y tal vez incluso de dar con ideas para la siguiente novela. Como (casi) siempre, le hice caso.

No creo que haya libros menores. Me parece, por poner un ejemplo, que Las pequeñas virtudes, un escueto volumen de artículos de la extraordinaria Natalia Ginzburg, es, junto con Querido Miguel su mejor libro.


HOMBRES ELEGANTES


Un hombre elegante lee. Un hombre elegante es generoso y lleva ropa vieja. Un hombre elegante no vocifera en Twitter. Un hombre elegante no usa tirantes ni chalecos, a no ser que sea un hombre elegante corpulento. Los tirantes y los chalecos son las dos únicas prendas que les quedan mejor a los gordos que a los flacos. Un hombre elegante suele ser inteligente, la tontería no es nada chic. Un hombre elegante no hace experimentos con su barba ni con sus patillas. Un hombre elegante ha leído a los novelistas rusos. Un hombre elegante no habla -más- de nacionalismo. Un hombre elegante sabe cambiar la rueda de un coche, sabe hacer arroz a la cubana y no les tiene miedo a los perros. A un hombre elegante le gustan los niños. A un hombre elegante le gustan las mujeres. La mayoría de los heterosexuales afirma adorar a las mujeres, pero no es cierto: en realidad se sienten más cómodos entre hombres. Un hombre elegante tiene amigas.

Un hombre elegante ha leído a Proust. Un hombre elegante jamás come barritas energéticas. Un hombre elegante gasta más en libros que en ropa. Un hombre elegante sabe remangarse la camisa, literal y figurativamente. Un hombre elegante no se hace selfis. Un hombre elegante no lleva joyas y tiene sentido del humor. Albert Camus, Samuel Beckett, Miguel Delibes, Ernest Hemingway y Vladimir Nabokov eran hombres elegantes. Si no saben qué ponerse para resultar elegantes, imítenlos, o mejor todavía: léanlos.


INCIPIT 1.234. HOY HE CONOCIDO A ALGUIEN / MILENA BUSQUETS


«Nos pasamos la vida entera acercándonos y tomando distancias, en un vaivén continuo, respecto a uno mismo, a nuestros amores, a cosas menos importantes», pensó Ginebra mientras esperaba que la clienta saliera del probador. «Un movimiento que se repite idéntico, primero una carrera hacia delante, a toda velocidad -siempre es a toda velocidad-, el vértigo,  la cúspide de intensidad, y luego la marcha atrás, cuando la luz se ha apagado o la estamos apagando nosotros o la ha apagado otro dejándonos a oscuras; cuando aquello que nos parecía único, importantísimo, excepcional, pasa a ser un capítulo más de nuestra vida, algo, por otra parte, que le ha pasado a casi todo el mundo -esto le ha pasado a todo el mundo, no te preocupes-, que ha sido narrado en multitud de novelas y de películas, unos sentimientos que podemos considerar sin que nos importen demasiado, mirar de lejos, sentimientos en ocasiones ya apenas recordados. Tal vez persistan más los hechos, las frases, y uno empiece a olvidar lo que sintió -el vértigo, la puñalada, el sol inundando la habitación, el suelo abriéndose bajo los pies- en cuanto deja de sentirlo.


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